Una historia conmovedora, asombrosa y genial

Dave Eggers

Fragmento

NORMAS Y SUGERENCIAS PARA DISFRUTAR DE ESTE LIBRO

NORMAS Y SUGERENCIAS PARA DISFRUTAR DE ESTE LIBRO:

1. No hay necesidad perentoria alguna de leerse el prefacio. En serio. Existe básicamente para el autor y para aquellos que, una vez leído el resto del libro, por alguna razón se encuentren sin nada más que leer. Si ya habéis leído el prefacio y desearíais no haberlo hecho, perdón. Deberíamos haber avisado antes.

2. Tampoco hay necesidad perentoria alguna de leerse los agradecimientos. Muchos de los primeros lectores del libro (véase p. XLIX) sugirieron acortarlos o retirarlos, pero no se les hizo caso. Con todo, no afectan a la trama de ningún modo relevante y, por tanto, como en el caso del prefacio, si ya habéis leído los agradecimientos y desearíais no haberlo hecho, perdón. Deberíamos haberos advertido.

3. También podéis saltaros el índice, si vais mal de tiempo.

4. En realidad, tal vez muchos de vosotros podríais saltaros gran parte de la sección central, en concreto las páginas de la 225 a la 331, que aluden a la vida de gente de veintipocos años y son vidas que difícilmente pueden hacerse interesantes por mucho que se lo parecieran a los que las vivieron en su momento.

5. De hecho, quizá a algunos no os molestará leer los tres o cuatro primeros capítulos. Así llegaréis a la página 115 más o menos, lo que parece una extensión correcta, propia de una agradable novela corta. Los cuatro primeros capítulos se ciñen a un tema general, algo razonable, que es más de lo que puede decirse del resto del libro.

6. De ahí hasta el final, el libro es algo irregular.

PREFACIO A LA PRESENTE EDICION

PREFACIO A LA PRESENTE EDICIÓN

Por mucho que haya alardeado el autor por ahí, en realidad, esto no es estrictamente una obra de no ficción. Muchas partes han sido convertidas en ficción, en diferentes grados y por diversas razones.

LOS DIÁLOGOS: Por supuesto, han sido reconstruidos casi por completo. Los diálogos, en esencia verdaderos –excepto en los casos en que obviamente son falsos, como cuando la gente irrumpe en el continuo espacio-temporal de la narración para hacer empalagosos comentarios sobre el libro–, están escritos de memoria y reflejan tanto las limitaciones de memoria del autor como los estímulos de su imaginación. Todas las palabras y frases individuales han pasado por un intermediario, han sido manufacturadas de tal manera que: 1) son rememoradas; 2) están escritas; 3) están reescritas para que parecieran más exactas; 4) están editadas para que encajaran en la narración (conservando no obstante la esencia de su verdad); 5) están reescritas otra vez para evitar al autor y al resto de los personajes la vergüenza de hablar con las dificultades expresivas que invariablemente demuestran, o demostrarían, si sus frases, acabadas casi de manera invariable en «tío» –como, por ejemplo, «Está muerta, tío»– se transcribieran sin más. Sin embargo, debe destacarse que los diálogos más surrealistas del libro, como el de los adolescentes latinos y el de la atribulada Jenna, son los más fieles a la realidad.

LOS PERSONAJES Y SUS CARACTERÍSTICAS: El autor, aunque se resistía a hacerlo, tuvo que cambiar algunos nombres y disfrazar todavía más a esos personajes de nombre cambiado. El ejemplo principal es el del personaje llamado John, cuyo nombre real es otro, porque el homólogo de John en la vida real no quería, con toda razón, que se recogieran por escrito ciertas facetas oscuras de su vida (aunque, tras leer el manuscrito, no puso objeción a ver los hechos y palabras de su vida expuestos por otro). En especial si el personaje no era tanto un facsímil directo como una amalgama. Que es el caso. En fin, para que John funcionara y para crear una narración manejable, su modificación produjo una especie de efecto dominó que hizo necesarias otras ficciones. Entre ellas: en la vida real, Meredith Weiss, que existe, no conoce tanto a John. La persona que actuó de intermediario en la vida real no fue Meredith, sino otra, cuya presencia revelaría la conexión, de hecho delataría al pobre John, cosa que no podíamos permitir. Por tanto, el autor telefoneó a Meredith:

–Hola.

–Hola.

–Bueno, pues ¿te importa hacer [esto y lo otro] y decir [esto y aquello] aunque en la vida real ni lo hicieras ni lo dijeras?

–No, para nada.

Y ya está. Aunque debería señalar que la escena principal de Meredith, en el capítulo V, no contiene invenciones. Podéis preguntárselo a ella. Vive en el sur de California.

Por lo demás, los cambios de nombre se abordan en el cuerpo del texto. Sigamos:

TIEMPO Y LUGAR: En primer lugar, hay algunos ejemplos de ubicaciones cambiadas. En el capítulo V, destacan dos en particular. La conversación con Jenna, en el curso de la cual el narrador le cuenta que Toph ha disparado en la escuela y luego ha desaparecido, no ocurrió esa noche ni en ese sitio, sino que tuvo lugar en el asiento trasero de un coche de camino de una fiesta a otra en la Nochevieja de 1996. Más adelante en el mismo capítulo, el narrador y la susodicha Meredith se encuentran con unos jóvenes en una playa de San Francisco. Este episodio, que por lo demás se atiene totalmente a los hechos, en realidad ocurrió en Los Ángeles. Además, en ese capítulo como en varios otros, se ha comprimido el tiempo. En la mayoría de los casos se hace constar en el texto, pero reiteraremos aquí que en el último tercio del libro pasan muchas cosas en un período que se antoja corto. Aunque la mayoría de los acontecimientos que se describen ocurrieron en un lapso de tiempo muy breve, en algunos casos no fue así. Cabe señalar, sin embargo, que los siguientes capítulos no incorporan compresiones temporales: I, II, IV, VII.

NOTA ACERCA DE COLUMBINE: Este libro se escribió, y los diálogos que recoge se pronunciaron, muchos años antes de los horribles hechos acontecidos en ese instituto y otros lugares similares. No se han tomado a la ligera, ni consciente ni inconscientemente.

OMISIONES: Se han omitido algunas escenas de sexo estupendas a petición de quienes ahora están casados o emparejados. También se ha omitido una escena fantástica –cien por cien cierta- en la que aparecían la mayoría de los personajes principales del libro y una ballena. Asimismo, la presente edición omite cierto número de frases, párrafos y pasajes. Entre ellos:

Acostados en cama, son pocas las largas horas en que Beth duerme y Toph duerme y mi madre duerme. Yo paso despierto casi todo el tiempo. Me gusta la parte oscura de la noche, después de la medianoche y antes de las cuatro y media, cuando está vacía, cuando los techos están más duros y más lejos. Entonces puedo respirar, y puedo pensar mientras los demás duermen, de un modo que me permite parar el tiempo, en que consigo –siempre ha sido mi sueño–, mientras los demás siguen inmóviles, poder ocuparme de ellos, hacer lo que sea que haga falta, como los elfos que fabrican zapatos mientras los niños duermen.

Tumbado, empapado en la habitación ambarina, me pregunto si dormiré por la mañana. Pienso que puedo, creo que puedo dormir tal vez de cinco a diez, antes de que las enfermeras empiecen a llegar, se pongan a ajustar cosas y a limpiar, y por tanto me alegro de permanecer despierto.

Pero esta cama plegable me está matando, el colchón fino, la barra que se me clava en la espalda partiéndome el espinazo, hundiéndose en él. Toph girándose, pateando. Y al otro lado de la habitación, la respiración irregular de ella.

¿Cómo lo llevas? Bill ha venido de visita y él, Toph y yo vamos en el coche a Bay Bridge, charlando sobre el mercado de valores. Hablamos de que, tras pasar un fin de semana en Manhattan Beach con Bill y sus dos compañeros de cuarto corredores de bolsa, Toph también quiere trabajar en la bolsa. A Bill le hace tanta ilusión que apenas se controla, quiere comprarle unos tirantes, una teleimpresora básica…

–Ya se nos había ocurrido que, como a Toph se le dan tan bien los números y eso, algo por el estilo sería una carrera perfecta para él…

Casi saco el coche del puente.

¿Por qué los andamios?

Veréis, me gustan los andamios. Me gustan los andamios tanto como el edificio. Sobre todo si son andamios, a su modo, bonitos.

El alcoholismo y la muerte te hacen omnívoro, a la vez temerario y temeroso, amoral, desesperado.

¿Lo crees de verdad?

A veces. Claro. No. Sí.

… Pero veréis, en el instituto pinté una serie de cuadros de los miembros de mi familia. El primero era de Toph, tomado de una fotografía que yo mismo había sacado. Como el ejercicio consistía en cuadricular la fotografía para una mayor precisión, el cuadro, en témpera, me salió clavado; igualito que Toph. Con los demás, sin la ayuda de una imagen cuadriculada, no pasó lo mismo. Pinté uno de Bill, pero la cara quedó demasiado rígida, los ojos demasiado oscuros y el pelo se veía apelmazado, a lo César, que no recordaba para nada al de verdad. El cuadro de Beth, copiado de una fotografía en la que lucía el vestido de la graduación, también era malo, un montón de carne color rojo sangre cubierta de tafetán rosa: lo abandoné enseguida. El de papá y mamá, inspirado en una diapositiva vieja, les mostraba en una barca un día gris. Mi madre ocupa casi todo el espacio, de cara a la cámara, mientras que mi padre asoma por encima de su hombro, en la parte de delante de la barca, mirando a un lado, sin saber que los están fotografiando o al menos fingiendo no saberlo. Ese también lo cagué: no se parecían en nada. Cuando vieron los retratos, no les gustaron. Bill se puso hecho una furia cuando el suyo se expuso en la biblioteca pública. «¿Es legal? –le preguntó a mi padre, abogado–. ¿Pueden hacerlo? ¡Parezco un monstruo!» Y tenía razón. De verdad. De modo que en tercer curso, cuando Ricky Storr me pidió que pintara un retrato de su padre, dudé, por las repetidas frustraciones derivadas de mis limitaciones, de mi incapacidad para retratar a alguien sin distorsionarlo de un modo torpe, horrible. Pero a Ricky le dije que sí por respeto, emocionado porque me había concedido el honor de encargarme pintar un monumento a su padre. De modo que Ricky me consiguió una fotografía en blanco y negro con la que trabajé durante semanas, con pinceles minúsculos. Cuando terminé, el parecido, para mí, era incuestionable. Le pedí a Ricky que pasara por el aula de bellas artes de la escuela, que el cuadro estaba listo. Un día acabó pronto de almorzar y pasó a verlo. Di la vuelta al cuadro con una floritura, muy orgulloso, dispuesto a que ambos nos admiráramos ante su presencia.

Se hizo el silencio. Luego Ricky dijo:

–Oh. Oh. No es lo que esperaba. No es… lo que esperaba.

Salió del aula y me dejó con el cuadro.

Cuando pasábamos con el coche junto a un cementerio solíamos chasquear la lengua y maravillarnos, incrédulos. En especial con los grandes, los abarrotados, lugares obscenos, con escasos árboles, grises, como una especie de cenicero monstruoso. Cuando pasábamos por el lado, Toph no podía mirar y yo solo miraba para saber, para reconfirmar mi promesa de que nunca acabaría en un lugar así, que nunca enterraría a nadie en un sitio así –¿para quién eran las tumbas?, ¿a quién reconfortaban?–, que jamás permitiría que me enterraran en un sitio semejante, que desaparecería por completo o…

Tengo visiones de mi deceso: cuando sepa que solo me queda un tiempo determinado –por ejemplo, si efectivamente tengo sida tal y como sospecho porque, si alguien lo tiene, ese soy yo, ¿por qué no?–, cuando llegue mi hora, me iré sin más, me despediré y me marcharé y luego me tiraré a un volcán.

No es que parezca existir un lugar apropiado para enterrar a alguien, pero esos cementerios municipales, o cualquier cementerio para el caso, como los de junto a la carretera o los que están en medio de la ciudad, con todos esos cadáveres con sus piedras correspondientes… bueno, es algo primitivo y vulgar, ¿no? ¿Un hoyo, una caja y un pedrusco en la hierba? Y nosotros sofisticamos el proceso, lo consideramos digno y dramático, de una belleza austera, plantándonos de pie junto al hoyo mientras desciende la caja. Es increíble. Bárbaro y vil.

Aunque debería decir que una vez vi un lugar que parecía adecuado. Iba paseando –diría que «de excursión» si hubiera estado haciendo algo más que caminar, pero puesto que solo estaba caminando, no empleo el término «excursión», que todo el mundo tiende a utilizar cada vez que está al aire libre y hay una ligera pendiente– por una selva por encima del Carapa, un afluente del Amazonas. Iba en un viaje pagado con otros pocos periodistas –dos de la revista Reptile– y un grupo de herpetólogos, un puñado de americanos rollizos expertos en serpientes y cargados con cámaras, y nos habíamos adentrado en la selva por un sendero empinado y sinuoso en busca de boas constrictor y lagartos. Al cabo de unos cuarenta y cinco minutos en la oscuridad moteada de la selva, de pronto los árboles se abrieron y salimos a lo alto del sendero, a un claro con vistas al río desde el que se vislumbraban, sin exagerar, más de ciento cincuenta kilómetros. Se estaba poniendo el sol y estelas azules y naranjas, densas oleadas de cada color mezcladas con libertad, como pintura aplastada con los dedos, llenaban el inmenso cielo amazónico. Abajo, el río avanzaba despacio, del color del caramelo, y más allá, la selva, la jungla, se extendía hasta donde alcanzaba la vista como un caos verde brócoli. Y justo delante de nosotros había una veintena de cruces blancas y simples, sin ningún tipo de grabado. Un camposanto para la gente del pueblo.

Y se me ocurrió que podría quedarme allí, que si hubieran de enterrarme, cubrir mi cadáver en descomposición con un montón de tierra, pediría que lo hicieran allí. Con aquella vista y todo lo demás.

Además pasó en un momento extraño, porque ese mismo día un poco antes, había llegado al convencimiento de que iba a dejar este mundo por culpa de las pirañas.

Habíamos fondeado el barco, una embarcación fluvial de tres pisos, en un pequeño cul-de-sac del río y los guías se habían puesto a pescar pirañas solo con palos, cordel y un poco de pollo de cebo.

Las pirañas picaron enseguida. Fue pan comido: saltaban al barco y caían a nuestro alrededor con las caritas enfurecidas.

Y entonces, nuestro guía estadounidense, un barbudo Bill, se echó a nadar por el otro lado del barco. El agua, del color del té, hacía que los miembros sumergidos se le vieran rojos, por lo que todavía desconcertaba más que estuviera nadando en medio de un banco de pirañas.

–¡Venid! –nos llamó.

Ni hablar, ¡por Dios!

Luego todo el mundo se metió en el agua, los rollizos herpetólogos nadaban con los miembros sumergidos en té encarnado. A mí me habían contado que los ataques de pirañas eran extremadamente raros (aunque no desconocidos), que no había nada que temer, así que no tardé mucho en saltar del barco y echarme también a nadar, relativamente contento de que, incluso si se desencadenara cualquier clase de frenesí alimenticio, al menos tenía mejores perspectivas que si hubiera estado nadando solo en el agua: mientras los peces estuvieran atiborrándose de otro, tendría tiempo de ponerme a salvo a nado. De hecho hice cálculos, calculé cuánto tardaría el pez en comerse a los otros cuatro comparado con el tiempo que me llevaría alcanzar la orilla. Pasados tres o cuatro minutos, cada uno de ellos aterradores, intentando no tocar el lecho fangoso con los pies y reduciendo los movimientos al mínimo para no llamar la atención, salí.

Más tarde, probé una de las piraguas de los guías. Después de que varios herpetólogos no hubieran conseguido mantenerse a flote en ella, estaba convencido de que yo, al ser tan ágil, podría remar sin hundirme. Me subí a la minúscula piragua, me coloqué bien y me alejé remando. Durante un instante lo conseguí. Zarpé lejos del barco, río abajo, alternando el remito de lado, convertido en la viva imagen de la gracia y la destreza.

Pero al cabo de unos doscientos metros, la piragua empezó a hundirse. Demasiado peso. Estaba entrando agua.

Miré atrás, al barco. Los guías peruanos me observaban, riendo histéricos. Estaba hundiéndome en el agua marrón, la corriente me arrastraba y ellos se desternillaban, doblándose de la risa. Disfrutaban.

La piragua se ladeó y caí al agua, ya en medio del río, donde era mucho más profundo y de un tono más oscuro de marrón. No me veía las extremidades. Trepé, desesperado, a la piragua volcada.

Estaba convencido de que me había llegado la hora. Sí, junto al barco las pirañas no nos habían tocado, pero ¿cómo podía uno estar seguro de que allí en medio no probarían un mordisquito de algún dedo? Mordisqueaban dedos de pies y manos a menudo, lo que me haría sangrar y luego…

Ay, Dios, Toph.

Allí seguía yo y la piragua volvía a sumergirse, hundiéndose bocabajo bajo mi peso, y pronto volvería a sumirme completamente en el río, aquel río infestado de pirañas, y mi agitación las atraería hacia mí –lo intentaba, intentaba reducir la agitación al mínimo, pateaba lo justo para seguir a flote– y luego me picotearían lentamente, arrancándome trocitos de las pantorrillas y la barriga y después, una vez levantada la carne y liberados los chorros de sangre, llegaría el aluvión, un centenar a la vez, bajaría la vista y me vería las extremidades invadidas por un terrible borrón de dientes y sangre, y me dejarían limpio, puro hueso, y ¿por qué? Porque tenía que demostrarle al equipo que era capaz de hacer cualquier cosa que hiciera un guía fluvial peruano…

Y pensé en el pobre Toph, pobre chaval, a cinco mil kilómetros de distancia, en casa de mi hermana…

¿Cómo podía abandonarlo?

[M]i madre leía una novela de terror cada noche. Se había leído todas las de la biblioteca. En los cumpleaños y las Navidades, me planteaba regalarle una nueva, el último Dean R. Koontz o Stephen King o lo que fuera, pero no podía. No quería animarla. Yo no podía tocar los cigarrillos de mi padre, no podía mirar los cartones de Pall Mall de la despensa. Era la clase de niño que ni siquiera podía ver los anuncios de las películas de terror (el de Magic, la película de la marioneta asesina, me sumió en constantes pesadillas durante seis meses). De modo que no podía mirar los libros de mi madre, les daba la vuelta para no ver las portadas, las letras en relieve y las manchas de sangre (en especial las obras de V.C. Andrews, con sus ampulosas imágenes de niños espantosos, siempre tan quietos e iluminados en azul).

Bill, Beth, Toph y yo estamos viendo las noticias. Dan un breve sobre la abuela de George Bush. Por lo visto, es su cumpleaños.

Discutimos sobre lo vieja que debe de ser la abuela de un hombre que está a punto de cumplir setenta años. Parece imposible que todavía respire.

Beth cambia de canal.

–Es asqueroso –dice.

[E]lla vivía en una suerte de presente perpetuo. Había que recordarle siempre el contexto, qué la había llevado a donde estaba, el origen y los parámetros de su situación actual. Había que repetírselo todo decenas de veces al día –¿Qué me hizo? ¿De quién soy culpa? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Quiénes son esos?–, volver a contar el accidente, esbozarlo en líneas generales, porque continuamente se lo recordábamos pero siempre lo olvidaba…

No lo olvidaba. En realidad, no tenía capacidad para asimilar la información…

Pero ¿quién la tiene? A la mierda, estaba viva y lo sabía. Su voz cantaba igual que siempre, sus ojos se abrían sorprendidos ante el detalle más nimio, cualquier cosa, mi corte de pelo. Sí, todavía sabía y tenía acceso a las cosas que la habían acompañado durante años –esa parte de la memoria seguía allí, intacta– y aunque yo quería castigar a los responsables, disfrutaba, y suponía que nunca me cansaría de hacerlo, de estar con ella, tan cerca de su piel y de la sangre que le corría por debajo, me vaciaba de odio.

La música de la piscina cambió.

–Oooh, me encanta esta canción –dijo, haciendo zigzag con el cuello.

Por último, la presente edición refleja la petición del autor de que todos los epígrafes previos –«La inmortal sed del corazón de ser completamente conocido y perdonado» (H. Van Dyke), «Tal vez [mis poemas] dañen a los muertos, pero los muertos me pertenecen» (A. Sexton), «No todos los niños lanzados a los lobos se convierten en héroes» ( J. Barth), «Todo se olvidará y nada se reparará» (M. Kundera), «¿Por qué no limitarse a escribir lo ocurrido?» (R. Lowell), «¡Oooh, mírame, soy Dave y estoy escribiendo un libro! ¡Con todo lo que pienso! ¡La, la, la!» (Christopher Eggers)– se eliminaran, puesto que en realidad nunca se ha considerado la clase de persona que usaría epígrafes.

Agosto de 1999

RECONOCIMIENTOS

RECONOCIMIENTOS

El autor desea en primer lugar y antes que nada agradecer a sus amigos de la NASA y la Marina estadounidense su enorme apoyo e inconmensurable ayuda con los aspectos técnicos de esta historia. ¡Les saludo, muchachos!* Desea también dar las gracias a las numerosas personas que han ampliado el significado del término «generosidad» al permitir que sus nombres y acciones reales aparecieran en este libro. Doblemente en el caso de los hermanos del autor, en especial de su hermana Beth, cuyos recuerdos eran muchas veces más vívidos, y triplemente en el de Toph (pronunciado Toof, con una o larga), por razones evidentes. No se destaca a su hermano Bill porque vota republicano. El autor querría reconocer que no le sienta bien el rojo. Ni el rosa, ni el naranja, ni siquiera el amarillo: ya no es un pipiolo. Y hasta el año pasado creía que Evelyn Waugh era una mujer y George Eliot un hombre. Es más, el autor y quienes han participado en la elaboración de este libro desean reconocer que sí, que quizá en este momento ya se estén escribiendo demasiados libros de memorias, y que tales libros, sobre asuntos y personas reales en contraposición con asuntos y personas más o menos inventados, son inherentemente viles y corruptos y erróneos y malvados y malos, pero quisieran recordarle a todo el mundo que podría ser aún peor, como lectores y como escritores. ANÉCDOTA: a medio escribir este… estas… memorias, un conocido del autor se le acercó en un bar/restaurante de temática del Oeste mientras el autor se comía un suculento plato de costillas y patatas fritas al estilo francés. El abordante se sentó enfrente, preguntó qué había de nuevo, qué tal iba, en qué estaba trabajando, etcétera. El autor contestó que bien, que más o menos estaba trabajando en un libro y más o menos farfulló esto y lo otro. Estupendo, dijo el conocido, que vestía una americana confeccionada en lo que parecía (aunque quizá fuera por efecto de la luz) terciopelo morado. ¿Qué clase de libro?, preguntó el conocido. (Llamémosle, venga, Oswald.) ¿De qué trata?, preguntó Oswald. Bueno, eh, dijo el autor, recuperando la elocuencia, digamos que es difícil de explicar, supongo que vendría a ser algo así como una especie de memorias… «¡Oh, no!», exclamó Oswald, interrumpiéndole en voz alta. (El pelo de Oswald, quizá os interese saberlo, era suave como las plumas.) «¡No me digas que has caído en esa trampa!» (Hundió los hombros, al estilo Dragones y mazmorras.) ¡Memorias! ¡Vamos, hombre, no me vengas con esas! Siguió en la misma línea durante un rato, empleando el lenguaje coloquial del momento hasta que, bueno, el autor empezó a sentirse digamos que mal. Al fin y al cabo, tal vez Oswald, con el terciopelo morado y los pantalones de pana marrón, tuviera razón: quizá las memorias estuvieran Mal. Quizá escribir sobre acontecimientos reales en primera persona, si no se hacía desde Irlanda y aún no se habían cumplido setenta años, estaba Mal. ¡Tenía su lógica! Confiando en cambiar de tema, el autor le preguntó a Oswald, que comparte nombre con el hombre que mató a un presidente, en qué estaba trabajando él. Por supuesto el autor a la vez esperaba y temía que el proyecto de Oswald fuera de suma importancia y gran alcance: una recusación de la economía keynesiana, una revisión de Grendel (esta vez desde el punto de vista de las coníferas de la zona), cualquier cosa. Pero ¿sabéis lo que dijo el del terciopelo morado y el pelo plumífero? Lo que dijo fue: Un guión. ¿Qué clase de guión?, preguntó el autor, que no tenía ningún problema con los guiones en general, le gustaban una barbaridad las películas y todo eso, la manera en que sostienen un espejo ante nuestra sociedad violenta y demás, pero que de todos modos se sintió algo mejor. La respuesta: Un guión «sobre William S. Burroughs y la cultura de las drogas». Bueno, de repente las nubes se abrieron, el sol brilló y una vez más el autor supo lo siguiente: que incluso si la idea de relatar una historia real es una mala idea e incluso si la idea de escribir sobre muertes en la familia y los consiguientes delirios carece de atractivo para todos salvo para los compañeros de instituto del autor y un puñado de estudiantes de escritura creativa de Nuevo México, todavía existen ideas mucho, muchísimo peores. Además, si os preocupa que esto sea real, consideraos invitados a hacer lo que debería haber hecho el autor y lo que autores y lectores llevan haciendo desde el principio de los tiempos:

FINGIR QUE ES FICCIÓN.

De hecho, el autor quisiera hacer una oferta. Para aquellos de vosotros que estéis del lado de Oswald, hará lo siguiente: si le mandáis vuestro ejemplar de este libro, en cartoné o rústica, el autor os enviará, por diez dólares (extended un talón a nombre de D. Eggers), un disquete que contendrá un manuscrito digital completo de la obra, aunque con todos los nombres y lugares cambiados de manera que los únicos que sabrán quién es quién son aquellos cuyas vidas, aunque mínimamente disimuladas, han sido incluidas en la misma. Voilà! ¡Ficción! Es más, la versión digital será interactiva, como se espera de todo lo digital (¿habéis oído hablar de esos microchips del tamaño de una molécula, esos capaces de ejecutar en un segundo, en un grano de sal, todas las funciones realizadas por todos los ordenadores que han existido desde el principio de los tiempos? ¿No os parece increíble? Bueno, siempre ha sido así: la tecnología cambia nuestra forma de vivir). En cuanto a la versión digital, para empezar, podréis elegir el nombre del protagonista. Incluiremos varias sugerencias, como «el Escritor», «el Autor», «el Periodista» y «Paul Theroux»… o podéis ir por libre e ¡inventaros uno! De hecho, mediante la función de «buscar y remplazar», que sin duda incorpora vuestro ordenador, los lectores deberían poder cambiar todos los nombres de la obra, desde los personajes principales al más insignificante de los cameos. (¡Podría tratar sobre vosotros! ¡Sobre vosotros y vuestros colegas!) Los interesados en esta versión ficticia del libro deberían mandar sus ejemplares a U. H. C. A. Y. G. Oferta Especial para Partidarios de la Ficción, c/o Vintage Books, 299 Park Avenue, Nueva York, NY 10171. NOTA: La oferta es real. NO OBSTANTE: Por desgracia, no podrán devolverse los ejemplares remitidos. EN SU DEFECTO: Se liquidarán con los restos de edición. Sigamos: El autor desea reconocer la existencia de un planeta justo detrás de Plutón y asimismo quiere, basándose en la fe y sus propias investigaciones ocasionales, reafirmar la condición de planeta de Plutón. ¿Por qué le hemos hecho eso a Plutón? Con Plutón, nos hemos pasado. El autor quiere reconocer también que, como este libro de vez en cuando es un cachondeo, está permitido descartarlo. El autor desea agradecer vuestras reservas en relación con el título. También él las tiene. El título que veis en la portada ganó una especie de torneo de títulos celebrado en las afueras de Phoenix, Arizona, en el curso de un largo fin de semana de diciembre de 1998. Los demás aspirantes, con las razones de su fracaso son las siguientes: Una historia conmovedora de muerte y vergüenza (cierto, pero nada atractivo); Una historia asombrosa de fuerza y coraje (Stephen Ambrose tendría motivos para querellarse); Memorias de una niñez católica (también estaba cogido, más o menos), y Viejo y negro en América (para algunos, arriesgado). Preferíamos el último, puesto que alude tanto al envejecimiento como a una suerte de alteridad americana, pero el editor lo rechazó de plano y nos dejó con Una historia conmovedora, asombrosa y genial. Sí, llamaba la atención. Primero te entraba por los ojos y luego lo cogías enseguida. «¡Justo la clase de libro que andaba buscando!» Muchos de vosotros, en particular aquellos que buscáis algo lacrimógeno y melodramático, os quedasteis atrapados en lo de «conmovedora». Otros creísteis que la parte «asombrosa y genial» se antojaba una buena recomendación. Pero luego pensasteis: Oye, ¿seguro que esos dos elementos pueden funcionar juntos? ¿O quizá sean como la mantequilla de cacahuete y el chocolate, los cuadros escoceses y el estampado de cachemir… que nunca coexisten pacíficamente? O sea, si este libro es, efectivamente, conmovedor, entonces, ¿por qué cargarse la atmósfera con fuegos de artificio? O, si el título constituye alguna clase de broma retorcida, entonces, ¿por qué intentar ponerse sentimental? Por no hablar de la falsa fanfarronería (¿auténtica? No, suplicáis, por favor, no) del título en su conjunto. Al final, la única interpretación lógica de la intención del título es como: a) un chiste fácil b) basado en un interés por la innovación en los títulos ejecutada sin convicción (y utilizada, sospecha uno, solo para epatar) que, por supuesto, queda c) minada por ese rasgo de broma barata y d) confusa por la sensación creciente de que el autor considera completamente en serio que el título describe con precisión el contenido, la intención y la calidad del libro. Bah, ¿importa ahora? Claro que no. Estáis aquí, moláis y ¡lo estamos pasando en grande! El autor quisiera admitir que, efectivamente, en 1996 votó a Ross Perot y no se avergüenza de ello en lo más mínimo porque es un seguidor ferviente de los ricos y los locos, particularmente cuando se dejan conmover, cosa que sin duda ocurre en el caso de Perot. En otro orden de cosas, el autor se siente en la obligación de admitir que sí, que el éxito de unas memorias –de cualquier libro, en realidad– depende mucho del atractivo del narrador. Al respecto de dicha cuestión, el autor apunta lo siguiente:

a) Que es como vosotros.

b) Que, como vosotros, se duerme al poco de emborracharse.

c) Que a veces practica el sexo sin condón.

d) Que a veces se duerme mientras practica el sexo borracho y sin condón.

e) Que nunca enterró a sus padres como es debido.

f ) Que nunca terminó la carrera.

g) Que cree que morirá joven.

h) Que, como su padre fumaba y bebía y murió a consecuencia de ello, le da miedo la comida.

i) Que sonríe cuando ve a jóvenes negros con un bebé en brazos.

En una palabra: atractivo.

¡Y acabamos de empezar!

En fin, el autor también quisiera reconocer cuáles son los principales temas del libro.

A saber:

A) LA MAGIA SILENCIADA

DE LA DESAPARICIÓN PATERNA

Es el sueño de todo niño y adolescente. A veces nace de la amargura. A veces nace de la autocompasión. A veces uno quiere llamar la atención. Normalmente intervienen los tres factores. La cuestión es que todos en algún momento fantaseamos con la muerte de los padres y con cómo sería ser huérfano igual que Annie o Pippi Calzaslargas o, más recientemente, los bellos, trágicos e inocentes personajes de Cinco en familia. Uno imagina, en lugar del amor de sus padres, quizá repartido de manera impredecible y más frecuentemente reprimido, que, en ausencia de estos, recibirá ese amor y esa atención a raudales, que los vecinos, los parientes, los amigos y los profesores, el mundo que le rodea, de pronto quedarán inundados por una oleada de compasión y fascinación por el niño huérfano, que su vida será una mezcla de celebridad y patetismo y fama nacida de la tragedia (que es, de lejos, la mejor de todas). La mayoría sueña con ello, algunos lo viven, y este aspecto del libro dará a entender que en la vida real ocurre igual que en Pippi. Por tanto, una pérdida incomparable engendra tanto una lucha constante como un endurecimiento del corazón, pero también algunas recompensas irrefutables, empezando por la libertad absoluta, interpretable y aprovechable de diversas maneras. Y aunque parece inconcebible perder a ambos progenitores en el espacio de treinta y dos días –recordemos aquel comentario de La importancia de llamarse Ernesto: «Perder a uno de los padres, señor Worthing, puede considerarse una desgracia. Perder a los dos parece negligencia»– y perderlos debido a enfermedades completamente diferentes (cáncer, sí, pero muy distintos en términos de localización, duración y origen), dicha muerte va acompañada de un sentimiento, innegable pero, por supuesto, culpabilizador, de movilidad, de posibilidad infinita, al encontrarse uno de pronto en un mundo sin suelo ni techo.

B) EL FACTOR

AMOR FRATERNAL/SIMBIOSIS EXTRAÑA

Este hilo se desarrollará a lo largo de todo el libro y, de hecho, se suponía que debía constituir la sorprendente conclusión que se alcanzaba al final del mismo, el gran desenlace, como si dijéramos, es decir, que mientras el autor busca el amor –habrá algunos episodios que aborden el tema– y su hermano busca, bueno, lo que sea que busquen los niños (¿chicles y monedas?), y juntos intentan ser normales y felices, en realidad es probable que siempre fracasen en todas y cada una de sus relaciones extracurriculares, dado que las únicas personas a las que aman y admiran de verdad y consideran perfectas son el uno al otro.

C) EL MOLESTO E INTERMINABLE

ASPECTO AUTORREFLEXIVO DEL LIBRO

Probablemente resulta ya más que obvio. La cuestión es que el autor carece de la energía o, más importante aún, la habilidad para inventarse que esto es algo más que unas cosas que os va contando y no miente lo bastante bien para hacerlo de una forma narrativa sublimada de manera competente. Al mismo tiempo, será muy claro y franco sobre el hecho de que esto son unas memorias conscientes que tal vez lleguéis a apreciar y que conforman el siguiente tema:

C.2) LA CONCIENCIA DEL ASPECTO

AUTORREFLEXIVO DEL LIBRO

Mientras el autor autorreflexiona acerca de ser autorreferencial, también es consciente de la autorreferencialidad autorreflexiva. Es más, si sois de esas personas que saben lo que va a ocurrir antes de que pase, ya habréis adivinado el siguiente elemento: el autor también planea ser clara y meridianamente conocedor de su conciencia de su autorreflexión de autorreferencialidad. Más aún, es plenamente sabedor, mucho antes que vosotros, en términos de conocimiento y admisión total del efectismo inherente a todo esto, y se adelantará a vuestras quejas sobre la irrelevancia del libro derivada del citado efectismo argumentando que el efectismo es solo un recurso, una defensa para disimular la rabia y la pena asesinas, negras y cegadoras que ocupan el centro de toda esta historia, demasiado oscuro y cegador para mirarlo –¡aparta… la vista!–, pero no obstante útil, al menos para el autor, incluso en forma condensada o caricaturizada, porque hablar de ello con cuantas más personas mejor le ayuda, cree él, a diluir el dolor y la amargura y por consiguiente facilita su expulsión del alma, finalidad que constituye la base del siguiente grupo de temas:

D) EL ASPECTO DE CONTARLE AL MUNDO

EL SUFRIMIENTO COMO MEDIO PARA EXPULSAR O AL MENOS DILUIR EL DOLOR

Por ejemplo, más adelante el autor dedica cierto tiempo a relatar su intento fracasado, aunque fracasado solo por l

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