Tú eres el ave de mar, que ha fabricado su nido
en el acantilado torvo, entre las arenas negras.
Ni hilos de hierba sobre aquellos túmulos atroces
ni voces de otras familias. Solo ecos de estragos
rompen allí, mar adentro, sobre trombas y campanas de agua.
Pero ella, llena de gracia,
bajo el ala celosa
que vela sus queridos huevos
el desnudo temblor escucha de otras pequeñas alas hijas suyas
y los serenos afectos suyos nada más saben.
Desde allí mañana
grande, blanca y desplegada
guiará a una pueril corte alada
hacia terrestres elíseos.
Nota a esta edición
Leer los relatos de Elsa Morante que componen El chal andaluz supone retroceder en el tiempo a un pasado marcado por dos fechas: la primera es 1941, cuando algunos de estos relatos se publicaron bajo el título de Il gioco segreto (El juego secreto); la segunda es 1963, fecha en la que se publicó El chal andaluz, recopilación de los doce relatos que aquí se presentan y siguen el mismo orden. Cuando se publicaron, la escritora ya era muy conocida por la crítica y el público italiano. Su primera novela, Mentira y sortilegio, había merecido en 1948 el Premio Viareggio y la segunda, La isla de Arturo, había ganado el prestigioso Premio Strega en 1957. Anteriormente, en 1942, publicó Las extraordinarias aventuras de Caterina, relato largo destinado a un público infantil acompañado de atractivos dibujos de la escritora y, en 1958, el poemario Alibi.
Más allá del reconocimiento de la crítica, muchos relatos, poemas, rimas para la infancia de Morante se dieron a conocer con anterioridad en pequeñas publicaciones de carácter pedagógico cuando Elsa aún era niña y adolescente. Animada por su madre, maestra montessoriana, quien siempre creyó en el talento de su hija, la escritora en ciernes —si así pudiéramos definirla— disfrutaba de la escritura como juego, realización, ejercicio de fantasía, imaginación, cuentacuentos para sus hermanos pequeños, satisfacción personal y evasión de lo cotidiano.
¿Por qué evadirse tan joven —o incluso tan pequeña— de lo que representaba lo cotidiano? Porque la vida de la familia Morante era realmente muy complicada: empezando por la presencia de dos figuras paternas (¿dos padres?). El primero de ellos (el padre que dio su apellido a la descendencia) vivía con la familia y el segundo (el padre que permitió a Irma Poggibonsi tener hijos y realizar su deseo de maternidad) aparecía y desaparecía a intervalos, para que la familia aumentara y, además, al volver, llevaba regalos y hacía mimos a los pequeños, como si de un generoso Papá Noel se tratara.
El padre número dos siempre era bien acogido en la casa de Roma y sus visitas eran motivo de alegría; sin embargo, el padre número uno, al no ser apreciado por Irma Poggibonsi, tampoco era objeto de manifestaciones amorosas por parte de los hijos: hacia él dirigían miradas de indiferencia.
Este secreto (a voces) tan escandaloso según se mire, y según la mentalidad de cada uno, caló muy pronto en la formación de la personalidad de la joven Morante, tan sensible y espabilada, tan atenta a las necesidades de su madre. Por ello también consintió que su narrativa se conociera, siguiendo el deseo materno, y secundando el tesón de ella, pero asimismo siguiendo el suyo propio al escuchar la necesidad de escritura como un ejercicio de fantasía.
La fantasía y la realidad son, según la autora, caras de la misma moneda y algo único que representa la belleza de la verdad. Aunque los relatos que aquí aparecen se pueden interpretar como visionarios son, al contrario, fruto de la realidad de Morante en el momento de su redacción. Algunos de ellos son la reescritura de apuntes de sus sueños; otros son la evasión de una realidad dura de aceptar, o el reflejo del miedo a las leyes raciales y a la persecución de los judíos. Su madre era judía y sus hijos, por lo tanto, lo hubieran sido en un porcentaje parcial, pero Irma, mujer dotada de inteligencia y muy previsora, decidió que sus hijos fueran bautizados, además por un conocido cura para que dicha elección tuviera más relevancia o renombre.
Cuando Elsa redactaba algunos de estos relatos —entre 1935 y 1951— Italia había entrado en guerra y el temor a la persecución era evidente: temía por ella misma, por su familia y por las personas de su entorno más cercano.
También era más que evidente el miedo a la pobreza, a la soledad, y al abandono debido a que la escritora, siendo muy joven y disponiendo de escasos recursos, se alejó de la familia para empezar a vivir de forma independiente: las dificultades económicas, el poco trabajo remunerado y la falta de apoyo hacían que se sintiera débil y vulnerable. Así que leer El chal andaluz supone enfrentarse a temas como el amor, el odio, el miedo, la falta de esperanza y la inevitable presencia de la muerte. Además, el dolor por el sentimiento de culpa se mueve paralelamente a la manifestación del sentimiento amoroso como posesión y exclusividad.
Los personajes son descritos de forma atenta y precisa, con un amplio espacio dedicado a sus aspectos psicológicos. Las descripciones de los niños y de los animales, así como del espacio físico y geográfico, son especialmente meticulosas.
Por mencionar solo algunos de los relatos de este libro, comentaremos que «Via dell’Angelo» es la transcripción y elaboración de un sueño de la escritora; «El juego secreto» refleja uno de los momentos lúdicos que Elsa compartía con sus hermanos, al realizar entre todos una ficción teatral; y el último, «El chal andaluz», que da título a esta recopilación, es una apasionada historia de amor materno-filial, en la que se puede entrever la mitificación de una relación tan difícil como la que aquí se refleja.
Si a primera vista los relatos pueden parecen pura fantasía, y moverse en un mundo fantástico o surrealista, en realidad están motivados por una carga onírica que se superpone al mundo real. Según el pensamiento de Morante, se trata de la realidad que vive todo poeta, escritor, narrador a través de la experiencia de la angustia y que, gracias a su especial sensibilidad, se transforma en capacidad creativa poética o narrativa. Siguiendo la línea marcada por sus reflexiones, en palabras de la autora, la creación literaria pasa a través de la prueba de la realidad y de la angustia, hasta llegar a la transparencia de la palabra que permite alcanzar la libertad.
En la contraportada de la primera edición italiana de El chal andaluz (Morante se encargaba de escribir los textos que acompañaban las ediciones) leemos:
Aunque cree inventar, todo narrador, incluso de la forma más objetiva, siempre describe su autobiografía. [...] Cuando se trata de un autor precoz (en el que la identificación entre poesía y realidad es innata), curiosamente se puede descubrir que, aun considerándose ignorante de su destino humano, desde los primeros escritos ya iba relatando toda la historia. Creía correr por una región fantástica, sin embargo exploraba la única y original realidad, donde el pasado y el futuro son contemporáneos y cada evento es natural. Y el único progreso que recibirá con la madurez será la conciencia de esta realidad increíble. Es un paso difícil, al que algunos ni siquiera sobreviven. De cualquier forma, es el riesgo necesario de una gran aventura.
Es la originalidad de la escritura de Elsa Morante, quien, conscientemente, vivía el drama de la realidad aceptándolo como una gran aventura.
FLAVIA CARTONI
El ladrón de luces
A pesar de que no he vivido todavía el número suficiente de años para llegar a creerlo, estoy casi segura de haber sido yo esa chiquilla. Veo con claridad la calle angosta, sucia, donde las grietas del viejo enlucido dibujaban figuras y manchas. La casa de cinco pisos (mi familia ocupaba el último) era la más alta de la calle. Al fondo estaba el Templo.
Yo no tenía más de seis años. Desde las ventanas veía pasar a hombres pálidos, a mujeres morenas con una expresión casi siempre vulgar o torva, a muchachos semidesnudos, grisáceos por el polvo. También veía enfrente una casa amarillenta, con esterillas en las ventanas y, a un lado, un amplio patio sin hierba.
A menudo una fila de hombres, militares en su mayoría, esperaba en ese patio. Entraban por turnos durante unos minutos y luego se alejaban, intercambiando ocurrencias y chismes. A las ventanas del primer piso siempre se asomaban mujeres misteriosas, risueñas, con las caras pavonadas, los ojos tiznados, y la voz fuerte y decidida. Oía sus vulgares reclamos, especialmente de noche; cuando mi padre volvía de la taberna, a pesar de que solo era un viejo jorobado, ellas le invitaban:
—¿Quieres subir, morenazo? ¿Quieres?
Mi madre, todavía joven, menuda, tenía un rostro agradable, pero estropeado por el rencor. En muchas ocasiones, se golpeaba rabiosa la frente con los puños, y tenía la costumbre de maldecirme, por mis faltas, en hebreo solemne, volviendo hacia el Templo su cara deshecha. Yo me desconcertaba, porque sabía que las maldiciones de los padres y de las madres, reverberadas por el eco, siempre llegan a Dios.
En cuanto se hacía de noche, mientras mi padre se dirigía a su taberna, ella iba a pasear por las murallas, junto a mi hermana mayor, la bella, la displicente. Yo me quedaba en casa, para no dejar sola a la vieja.
La abuela estaba sorda y parecía de madera. Un rosario innumerable de años la había chupado lentamente, hasta reducirla a un pequeño esqueleto de madera, que tal vez ya ni siquiera podría morir. Su cabeza estaba casi calva y sus párpados oscuros siempre bajados. Mantenía quietas las manos junto a las caderas, con las uñas de un azul oscuro lívido. Yo había descubierto con estupor que se vendaba el pecho y las caderas, como se hace a los niños, y sobre esas vendas ponía anchos trapos grises. Decían que era rica.
En cuanto los demás salían, con una frase entrecortada, que se deslizaba con dificultad entre sus encías, me ordenaba que apagara la luz; era inútil, para nosotras dos solas, derrochar petróleo. Luego se volvía muda e inmóvil. Aunque yo estuviera temblando, obedecía. En efecto, nada más girar la llavecita de la lámpara, el fantasma de la oscuridad y del miedo se erguía a mis espaldas, y mostraba en lugar de los ojos dos fosas negras. Y yo, para tener un poco de claridad, me ovillaba junto a la ventana.
Esto ocurrió hace más de cincuenta años.
Desde la ventana podía distinguir el Templo, su cúpula maciza, los escalones, las altas ventanas con cristales de colores y, a través de los cristales, el opaco bermejear de las lamparillas de los muertos. Las lamparillas de hierro forjado estaban colgadas en el interior del Templo, y quien quisiera dedicar una a un muerto debía pagar al guardián Jusvin para que la alimentara con aceite y velara por que no se apagase ni de día ni de noche. Los muertos, en sus tinieblas, estaban mucho más tranquilos si poseían una lamparilla.
Solo desde mis ventanas se podía distinguir el interior del Templo, con sus luces rojas. Veía al guardián Jusvin subir cada noche los escalones para cerrar el Templo y echar el aceite. Era un hombre moreno, de aspecto atractivo y solemne, con ojos negros, y cabello y barba rizada. En la penumbra, tan oscuro, parecía un profeta o un ángel, mientras subía al Templo, con su paso sesgado, debido a las pesadas llaves. Pero una noche, cuando acababa de entrar, vi cómo se apagaban de una en una las lamparillas; él salió, circunspecto, con su apagavelas, dejando tras de sí una oscuridad inmensa.
—¡Abuela! —grité—. ¡Jusvin ha apagado todas las luces de los muertos!
—No —farfulló la sorda—. No se derrocha el petróleo. No se enciende la lámpara.
—¿No comprendes? —grité mientras me temblaba todo el cuerpo—. ¡Jusvin ha apagado las luces!, ¡las luces!
—Marianna volverá enseguida, sí, sí —respondió la vieja.
Entonces renuncié a explicarle aquel secreto. Veía a mi alrededor las figuras de la oscuridad y temblaba por temor a que abrieran sus bocas y me hablaran. Temblaba por lo que podrían decirme, y por lo que diría el Señor.
Todas las noches, desde aquel día, veía a Jusvin cerrar tras de sí el portal del Templo y apagar las luces. Su intención era ahorrar aceite y sisar del tributo que percibía por las lamparillas. Así me lo explicó mi madre; y m
