Esta novela está dedicada a las valientes que sirvieron en
Vietnam. Estas mujeres, la mayoría enfermeras
y muchas de las cuales se criaron escuchando heroicas y
orgullosas historias familiares de la Segunda Guerra
Mundial, respondieron a la llamada a las armas y fueron
a la guerra. En demasiados casos, regresaron a un país al
que no le importaba su sacrificio y a un mundo que no
quería saber de sus experiencias; con demasiada
frecuencia, sus dificultades tras el conflicto y sus historias
se vieron olvidadas o marginadas. Me enorgullece tener
esta oportunidad para poner de relieve su fortaleza,
resiliencia y determinación.
A todos los veteranos, prisioneros y desaparecidos, y a sus
familias, que tanto han sacrificado.
Y, por último, al personal sanitario que luchó durante la
pandemia y dio tanto de sí para ayudar a los demás.
Gracias a todos y todas.
PRIMERA PARTE
Esta guerra ha […] agrandado tanto la brecha generacional que acabará partiendo el país en dos.
FRANK CHURCH
1
Isla de Coronado, California
Mayo de 1966
Tras los muros y la verja de la propiedad, la mansión de los McGrath era un mundo aparte, privado y protegido. Aquel atardecer, las ventanas con parteluces del caserón de estilo Tudor brillaban como joyas en mitad de los exuberantes y cuidados jardines. Las palmeras mecían sus hojas extendidas hacia el cielo, las velas flotaban en la superficie de la piscina y las lámparas doradas tintineaban colgadas de las ramas de la enorme encina de California. Entre los distinguidos asistentes se movían camareros de negro cargados con bandejas de plata llenas de champán, mientras en un rincón tocaba música suave un trío de jazz.
Frances Grace McGrath, de veinte años, sabía lo que se esperaba de ella aquella noche. Debía ser la encarnación de la joven de buena familia, serena y sonriente; cualquier emoción sospechosa debía reprimirse, ocultarse y soportarse en silencio. Las lecciones que Frankie había recibido en casa, en la iglesia y en el colegio femenino de Santa Bernadette le habían inculcado un riguroso sentido del decoro. La inquietud que reinaba aquellos días por todo el país, la ira que estallaba en las calles de las ciudades y los campus universitarios no eran más que un mundo distante y ajeno para ella, tan incomprensible como el conflicto en el lejano Vietnam.
Circulaba entre los invitados dando sorbitos a su Coca-Cola helada, tratando de sonreír, deteniéndose de vez en cuando a charlar un poco con los amigos de sus padres, confiando en que no se le notara la preocupación. Entretanto, buscaba con la mirada entre la multitud a su hermano mayor, que llegaba tarde a su propia fiesta.
Frankie idolatraba a Finley. Siempre habían sido inseparables, un par de chiquillos de pelo negro y ojos azules que se llevaban menos de dos años y habían pasado los largos veranos californianos sin la supervisión de los adultos, recorriendo en sus bicicletas la adormilada isla de Coronado de punta a punta, sin volver casi nunca a casa antes de que cayera la tarde.
Pero ahora se iba adonde ella no podía seguirlo.
El rugido del motor de un coche perturbó la serenidad de la fiesta; las bocinas sonaron fuertes y seguidas.
Frankie vio a su madre arrugar la nariz ante el ruido. Bette McGrath aborrecía todo lo que fuera vulgar o llamativo y, desde luego, no creía que hacer sonar un claxon fuera la mejor forma de anunciar la llegada de nadie.
Momentos más tarde, Finley abría de golpe la verja trasera, con el apuesto rostro encendido y un mechón de rizado cabello negro cayéndole por la frente. Su mejor amigo, Rye Walsh, lo rodeaba con el brazo, pero ninguno de los dos parecía tenerse del todo en pie. Soltaron una carcajada beoda y avanzaron apoyándose en el otro mientras el resto de sus amigos entraba a trompicones detrás de ellos.
Impecable con un vestido recto negro y el cabello recogido en un moño regio, la mujer se acercó al grupo de chicos y chicas que reían. Lucía las perlas que le había legado su abuela, sutil recordatorio de que Bette McGrath una vez había sido Bette Alexander, de los Alexander de Newport Beach.
—Chicos —dijo con su modulada voz de escuela de buenos modales—, cómo me alegro de que por fin estéis aquí.
Finley trastabilló al separarse de Rye y trató de erguirse.
El señor McGrath hizo un gesto a la banda y la música se detuvo. De pronto, los sonidos de la noche de finales de primavera en la isla de Coronado —el murmullo gutural del océano, el susurro de las hojas de las palmeras, los ladridos de un perro al final de la calle o en la playa— cobraron protagonismo. El padre de Frankie dio un paso al frente, ataviado con su traje negro a medida, su camisa de un blanco inmaculado y su corbata negra, con un cigarrillo en una mano y un manhattan en la otra. Con su pelo cortado a cepillo y su mandíbula cuadrada, tenía cierto aire a un exboxeador que, tras triunfar a lo grande, hubiera aprendido a vestir bien, lo cual no se alejaba demasiado de la verdad. Incluso entre aquella multitud atractiva y elegante, su esposa y él llamaban la atención, irradiaban éxito. Ella venía de una dinastía adinerada y siempre había estado en lo más alto de la escala social; él había ascendido hasta situarse con confianza a su lado.
—Amigos, familia, recién graduados en la academia —anunció con su potente voz.
Cuando Frankie era pequeña, a su padre aún le quedaba algo de acento irlandés, que se había esforzado mucho en eliminar. A menudo sacaba a relucir su propia mitología del inmigrante, la historia de un hombre hecho a sí mismo a base de duro trabajo. Pocas veces mencionaba la buena suerte y la oportunidad que había supuesto casarse con la hija del jefe, pero todos lo sabían. Igual que sabían que, tras la muerte de los abuelos maternos de Frankie, su padre había triplicado o más su fortuna gracias al empeño por desarrollar el sector inmobiliario de California.
Rodeó con un brazo a su esbelta esposa y la atrajo todo lo que ella le permitía en público.
—Os agradecemos que hayáis venido a desearle buen viaje a nuestro hijo, Finley. —El señor McGrath sonrió—. Se acabó lo de pagar la fianza para sacarlo del calabozo de la comisaría de Coronado a las dos de la madrugada tras alguna ridícula carrera de coches.
Se oyeron algunas carcajadas. Todos en la fiesta conocían la tortuosa vida que Finley había llevado hasta entonces. Desde siempre había sido un chico de oro, un chavalillo travieso que derretía hasta el corazón más pétreo. La gente reía con sus bromas; las chicas lo seguían adonde fuera. Todos querían a Finley, pero la mayoría coincidía en que era difícil de controlar. Había tenido que repetir cuarto grado, más por sus constantes trastadas que por otra cosa. A veces se mostraba irrespetuoso en la iglesia, y le gustaba ese tipo de chica que llevaba falda corta y cigarrillos en el bolso.
Cuando las risas se apagaron, el señor McGrath prosiguió:
—Brindo por Finley y su gran aventura. ¡Estamos orgullosos de ti, hijo!
Aparecieron camareros con botellas de Dom Pérignon y sirvieron más champán; el aire se llenó del tintineo de las copas al chocar. Los invitados rodearon a Finley; los hombres lo felicitaban con palmadas en la espalda. Las jóvenes se le arrimaban rivalizando por su atención.
El señor McGrath hizo un gesto a la banda y la música volvió a sonar.
Frankie, sintiéndose excluida, entró en la mansión y atravesó la enorme cocina, donde los encargados del servicio se afanaban en preparar bandejas de canapés.
Entró de puntillas en el despacho de su padre. De pequeña había sido su habitación favorita: grandes butacones de cuero capitoné, escabeles, dos paredes llenas de libros, un escritorio gigantesco. Encendió la luz. El cuarto olía a cuero viejo y cigarros puros, con un toque de loción cara para después del afeitado. Encima del escritorio descansaban pilas de permisos de construcciones y planos arquitectónicos organizados con pulcritud.
Una pared entera del despacho estaba dedicada a la historia de la familia. Fotografías enmarcadas que la señora McGrath había heredado de sus padres y hasta unas pocas que su esposo había traído cuando emigró de Irlanda. Había una foto del bisabuelo McGrath saludando a la cámara con uniforme de soldado. Al lado, una medalla de guerra enmarcada que habían concedido al abuelo Francis en la Primera Guerra Mundial. La de la boda de los padres de Frankie se encontraba entre el Corazón Púrpura del abuelo Alexander y un recorte de periódico con una imagen del barco en el que había estado destacado al arribar a puerto una vez acabada la guerra. No había fotografías de su padre en uniforme. Para su gran vergüenza, lo habían declarado no apto para el servicio militar. Era algo que lamentaba en privado, solo delante de la familia y únicamente cuando había bebido. Después de la guerra, había convencido al abuelo Alexander de que comenzara a construir viviendas asequibles en San Diego para los veteranos que volvían. El padre de Frankie lo había llamado su «contribución al esfuerzo bélico» y había tenido un éxito espectacular. En las conversaciones siempre se mostraba tan orgulloso de todo lo relacionado con el Ejército que, con el tiempo, todo el mundo en Coronado parecía haber olvidado que él no había servido en las Fuerzas Armadas. Tampoco había fotografías de sus hijos, aún. En opinión del señor McGrath, uno debía ganarse el honor de figurar en esa pared.
A sus espaldas, Frankie oyó que la puerta se abría sin ruido y alguien decía:
—Ay, lo siento. No quería molestar.
Al darse la vuelta, vio a Rye Walsh en el umbral. Tenía un cóctel en una mano y un paquete de cigarrillos Old Gold en la otra. Sin duda, estaba buscando un lugar tranquilo en el que fumar.
—Me escondo de la fiesta —dijo Frankie—. Por lo que se ve, no tengo mucho ánimo de celebración.
Rye entró y dejó la puerta abierta.
—Supongo que yo estoy igual. Es probable que no te acuerdes de mí…
—Joseph Ryerson Walsh, o Rye. Puedo servir para hacer whisky.[1] —Frankie trató de sonreír. Así era como él se le había presentado el verano anterior—. ¿Por qué te escondes? Si Fin y tú sois uña y carne. A los dos os gusta la fiesta.
Cuando Rye se le acercó, el corazón le dio un pequeño vuelco. Ejercía ese efecto sobre ella desde la primera vez que lo vio, aunque en realidad nunca habían hablado. En ese momento tampoco sabía qué decirle; se sentía un poco desamparada. Sola.
—Voy a echarlo de menos —confesó Rye en voz baja.
Frankie notó el escozor de las lágrimas y, volviendo la cabeza a toda prisa, se quedó mirando la pared de homenaje; él se colocó a su lado. Ambos contemplaron las fotografías y recuerdos de la familia. Hombres de uniforme, mujeres vestidas de novia, medallas al valor y al sufrimiento por la patria, una bandera estadounidense doblada formando un triángulo y enmarcada, que le habían entregado a su abuela paterna.
—¿Cómo es que no hay más fotografías de mujeres que las de las bodas? —preguntó Rye.
—Es la pared de los héroes. Para honrar los sacrificios que nuestra familia ha hecho al servicio del país.
Rye se encendió un cigarrillo.
—Las mujeres pueden ser heroínas.
Frankie rio.
—¿De qué te ríes?
Frankie se dio la vuelta y, enjugándose las lágrimas, balbuceó:
—Yo… Bueno… No lo dirás…
—Sí, lo digo en serio —replicó él, mirándola fijamente. No recordaba que ningún hombre la hubiera mirado así, con tanta intensidad. La dejó sin aliento—. Estamos en 1966. El mundo entero está cambiando.
Horas después, cuando los invitados habían empezado a retirarse, Frankie descubrió que seguía pensando en Rye y en su afirmación.
«Las mujeres pueden ser heroínas».
Jamás le habían dicho algo así. Ni los profesores de Santa Bernadette ni sus padres. Ni siquiera Finley. ¿Por qué jamás se le había pasado por la cabeza que una chica, una mujer, pudiera ocupar un lugar en la pared del despacho de su padre por hacer algo heroico o importante, que una mujer pudiera inventar o descubrir algo o ser enfermera en el campo de batalla, que literalmente pudiera salvar vidas?
La idea fue como un terremoto que puso patas arriba la visión tradicional que tenía del mundo y de sí misma. Durante años, las monjas, los profesores y su propia madre le habían dicho que la de enfermera era una profesión excelente para una mujer.
Maestra. Enfermera. Secretaria. Esos eran los destinos aceptables para una chica como ella. La semana anterior, sin ir más lejos, mientras le contaba a su madre las dificultades que tenía en Biología Avanzada, esta le había respondido con afecto: «¿Qué más dan las ranas, Frances? Solo vas a ejercer hasta que te cases. Y, por cierto, va siendo hora de que empieces a pensar en ello. Deja de dar tanta importancia a las clases y baja el ritmo. ¿A qué graduarse tan pronto? Necesitas salir más con chicos». A Frankie le habían enseñado a creer que su trabajo era ser una buena ama de casa, criar a hijos bien educados y cuidar del hogar. En su colegio católico, había pasado días aprendiendo a planchar ojales a la perfección, a doblar con precisión una servilleta, a decorar una mesa con elegancia. En la San Diego College for Women, la universidad privada femenina en la que estudiaba, tampoco había notado demasiadas señales de rebeldía entre sus compañeras y amigas. Las chicas bromeaban sobre los esfuerzos para conseguir el título de esposa. Ni siquiera Enfermería, la carrera que ella misma había elegido, exigía demasiada introspección; lo importante era sacar buenas notas para que sus padres estuvieran orgullosos.
Mientras los músicos guardaban los instrumentos y los camareros empezaban a retirar las copas vacías, Frankie se quitó las sandalias, salió del jardín y caminó por una desierta Ocean Boulevard, la ancha calle pavimentada que separaba la mansión de sus padres del mar.
A sus pies se extendía la arena dorada de la playa de Coronado. A la izquierda quedaba el famoso Hotel del Coronado y, a la derecha, la enorme Base Aeronaval de North Island, que no hacía mucho había sido reconocida como la cuna de la aviación naval.
La fresca brisa nocturna trató de alborotarle la melena corta y ahuecada, a la altura de la barbilla, pero tenía poco que hacer ante la laca que mantenía cada mechón en su sitio.
Se sentó en la arena fría, se rodeó con los brazos las rodillas dobladas y fijó la vista en las olas. Sobre su cabeza brillaba la luna llena. No demasiado lejos se distinguía el fulgor anaranjado de una hoguera en la playa; el olor del humo impregnaba el aire nocturno.
¿Cómo podía una mujer abrir los horizontes de su mundo? ¿Cómo se emprendía un viaje sin invitación? Para Finley era fácil: a él le habían dado el camino trazado. Solo tenía que hacer lo mismo que habían hecho todos los McGrath y Alexander: servir a su país con honor y luego hacerse cargo del negocio inmobiliario de la familia. Nadie había sugerido a Frankie un futuro más allá del matrimonio y la maternidad.
A sus espaldas oyó risas y pisadas. Una joven rubia se descalzó en la orilla y, salpicando a diestro y siniestro, se metió en el agua. Rye la siguió entre risas, sin molestarse siquiera en quitarse los zapatos. Alguien empezó a cantar desafinando Walk Like a Man.
Finley se dejó caer, borracho, junto a Frankie.
—¿Dónde has estado toda la noche, muñeca? Te he echado de menos.
—Hola, Fin —respondió ella en voz baja.
Se apoyó en su hermano y recordó su vida en esa misma playa; de niños, levantaban elaborados castillos de arena y compraban polos cremosos de naranja del traqueteante camión de helados que durante todo el verano subía y bajaba por Ocean Boulevard. Se habían pasado las horas muertas en la tabla de surf, las piernas colgando por los lados, charlando bajo el sol abrasador mientras esperaban la ola perfecta, compartiendo sus secretos más ocultos.
Siempre juntos. Los mejores amigos.
Sabía lo que su hermano necesitaba de ella en ese momento; debía decirle que estaba orgullosa de él y despedirlo con una sonrisa, pero no pudo hacerlo. Jamás se habían mentido y no iba a empezar ahora.
—Fin, ¿estás seguro de ir a Vietnam?
—No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país.
Frankie suspiró. Finley y ella habían idolatrado al presidente Kennedy. Sus palabras significaban mucho para ellos, así que ¿qué podía responder?
—Ya lo sé, pero…
—No es peligroso, Frankie. Tú confía en mí. Soy graduado de la Academia Naval, un oficial con un puesto tranquilo a bordo de un buque. Volveré en menos que canta un gallo. No te va a dar tiempo ni a echarme de menos.
Todos decían lo mismo: el comunismo era un mal que había que frenar. Eran los años de la Guerra Fría, tiempos peligrosos. Si a un gran hombre como el presidente Kennedy lo disparaba un rojo en Dallas a plena luz del día, ¿cómo iba a sentirse seguro el estadounidense de a pie? Todos estaban de acuerdo en que no se podía permitir que el comunismo prosperase en Asia, y Vietnam era el lugar para cortar su avance.
El noticiario vespertino mostraba soldados sonrientes que marchaban en formación por la selva vietnamita, levantando los pulgares a la cámara. No había derramamiento de sangre.
Finley la rodeó con el brazo.
—Te echaré de menos, chiquitina —dijo. Frankie oyó el temblor de su voz y supo que tenía miedo.
¿Se lo había estado ocultando todo ese tiempo a ella o a sí mismo? Pero allí estaba, el miedo y la preocupación que durante toda la noche había intentado reprimir e ignorar. De repente se había vuelto insoportable. Ya no podía mirar a otro lado.
Su hermano se iba a la guerra.
2
Durante los seis meses siguientes, Frankie escribió a su hermano todos los domingos después de misa. En respuesta recibía divertidas cartas sobre la vida a bordo y las bribonadas de los marineros. Fin le enviaba postales con selvas de un verde exuberante, mares turquesa y playas de arena blanca como la sal. Le hablaba de las fiestas que se celebraban en el club de oficiales y los bares en las azoteas de Saigón, y de los famosos que acudían a animar a las tropas.
En su ausencia, Frankie incrementó su carga lectiva y se graduó antes de lo previsto y con honores. Obtuvo su primer empleo como enfermera recién diplomada en el turno de noche de un pequeño hospital en la cercana San Diego. Había empezado a plantearse dejar la casa de sus padres y alquilar un apartamento sola, un sueño que solo la semana anterior había compartido con Finley. «Piénsalo, Fin. Nosotros dos en un pisito cerca de la playa. Puede que en Santa Mónica. Cómo nos lo íbamos a pasar…».
Los pasillos del hospital estaban desiertos aquella noche fresca de la última semana de noviembre. Ataviada con su almidonado uniforme blanco y con la cofia prendida en la media melena ahuecada con laca, Frankie caminaba tras la enfermera jefe de la guardia, que la condujo a una habitación privada, desprovista de flores o visitas, en la que dormía una joven. Frankie tuvo que oír —una vez más— cómo tenía que hacer su trabajo.
—Adolescente, de Santa Ana —dijo la enfermera jefe antes de formar con los labios la palabra «embarazada», como si en sí misma fuera un pecado.
Frankie sabía que se trataba del hogar para madres solteras, aunque era algo de lo que nadie hablaba: las chicas que dejaban el instituto de repente y regresaban al cabo de unos meses, más calladas y con aspecto solitario.
—Tiene el gotero bajo. Podría…
—Por el amor de Dios, señorita McGrath, ya sabe que aún no está preparada. ¿Cuánto tiempo lleva aquí? ¿Una semana?
—Dos, señora. Y soy enfermera diplomada. Mis notas…
—Me dan igual. A mí lo que me importa son las habilidades clínicas, y de esas anda usted floja. Compruebe las cuñas, rellene las jarras de agua y ayude a los pacientes a ir al baño. Cuando esté lista para algo más, se lo haré saber.
Frankie suspiró en silencio. No había invertido todas aquellas horas, largas y extenuantes, en las mesas de estudio y se había sacado el título antes para cambiar cuñas y ahuecar almohadas. ¿Cómo iba a adquirir las habilidades clínicas que necesitaba para conseguir un trabajo en un hospital de primera categoría?
—Así que compruebe y anote todos los medicamentos intravenosos, por favor. Necesito la información cuanto antes. Venga.
Frankie asintió y comenzó sus rondas nocturnas, yendo de habitación en habitación.
Eran casi las tres de la madrugada cuando llegó a la 107.
Abrió la puerta con cuidado; no quería despertar al paciente sin necesidad.
—¿Ha venido a ver el espectáculo de feria?
Frankie, vacilante, se detuvo.
—Si quiere, puedo volver más tarde…
—Quédese, por favor.
Frankie cerró la puerta y se acercó a la cama. El paciente era un hombre joven de pelo rubio, largo y despeinado, y cara pálida y enjuta. Sobre el labio superior asomaba un bigote ralo, entre rubio y castaño. Parecía un chiquillo de los que una se encontraría cabalgando las olas en Trestles, salvo por la silla de ruedas del rincón.
El contorno de sus piernas, o más bien de su única pierna, se distinguía bajo la manta blanca.
—Puede mirar —dijo—. Es imposible no hacerlo. ¿Quién no se quedaría fascinado frente a un accidente de coche?
—Lo estoy importunando —se disculpó Frankie al tiempo que retrocedía un paso y empezaba a dar media vuelta.
—No se vaya. Van a mandarme al pabellón psiquiátrico por intento de suicidio. Internamiento forzoso o una chorrada por el estilo. Como si ellos supieran lo que estaba pensando. El caso es que usted podría ser la última persona cuerda que vea en un tiempo.
Frankie se movió con cuidado, echó un vistazo al gotero y apuntó los datos en su ficha.
—Tendría que haber usado la pistola —se lamentó el joven.
Frankie no supo qué responder. Jamás había conocido a alguien que hubiera intentado suicidarse. Le parecía maleducado preguntarle por qué, pero también seguir callada.
—Pasé trescientos cuarenta días de misión en el país. Pensaba que volvería a casa indemne. Es una faena que te ocurra cuando estás en tiempo de descuento. —Al ver que Frankie no lo entendía, añadió—: Vietnam. —Suspiró—. Mi chica, Jilly, me esperó, siguió escribiéndome hasta que pisé aquella puñetera Bouncing Betty y perdí la pierna. —Bajó la vista—. Me dijo que me diera tiempo, que me acostumbraría. Eso intento…
—¿Eso le dijo su chica?
—Qué va. Una enfermera en el 12.º Hospital de Evacuación. Si no es por ella, ni lo cuento. Permaneció sentada conmigo mientras se me iba la cabeza. —Miró a Frankie y le tendió la mano—. ¿Se quedará hasta que me duerma, por favor? Tengo unas pesadillas…
—Claro, soldado. No me moveré de aquí.
Frankie aún le tenía cogida la mano cuando se quedó dormido. No dejaba de pensar en Finley y en las cartas que le escribía cada semana, llenas de anécdotas divertidas y descripciones de bellos paisajes. «Deberías ver las sedas y las piedras preciosas que hay por aquí, muñeca. Mamá no pararía de comprar de todo. Y, santo cielo, menudas fiestas montan los marinos». Le repetía una y otra vez que la guerra estaba a punto de terminar. Walter Cronkite decía lo mismo en el noticiario vespertino.
Pero la guerra seguía.
Los hombres morían. Y, por lo visto, perdían piernas.
«Una enfermera en el 12.º Hospital de Evacuación. Si no es por ella, ni lo cuento».
Frankie no se había planteado que hubiera enfermeras en Vietnam; los periódicos no mencionaban a ninguna mujer. Desde luego, nadie hablaba de que las hubiera en la guerra.
«Las mujeres pueden ser heroínas».
Frankie sintió nacer en su interior una especie de despertar, una nueva y audaz ambición.
—Yo podría servir a mi país —le dijo al hombre cuya mano sostenía. La idea era revolucionaria, aterradora, emocionante.
Pero ¿podría? ¿De verdad? ¿Quién podía saber si poseía la fortaleza y el coraje para algo así? Sobre todo siendo mujer, y a la que habían educado para ser una dama, sin que jamás se hubiera puesto a prueba su valentía.
Dejándose llevar por la idea, cerró los ojos y se imaginó anunciándoles a sus padres que se había alistado en la Armada y la mandaban a Vietnam, y escribiéndole una carta a Finley: «¡Un redoble de tambor, por favor, que me he enrolado y embarco para Vietnam! ¡Nos vemos en nada!».
Si lo hiciera ya, podrían estar juntos en el país.
Podría ganarse un lugar en la pared de los héroes, y no por haberse casado bien: por haber salvado vidas en tiempos de guerra.
Sus padres estarían orgullosísimos de ella, tanto como lo estaban de Finley. Durante toda su vida le habían enseñado que servir en el Ejército era un deber familiar.
«Un momento. Piénsatelo, Frankie. Podría ser peligroso».
Pero no acababa de ver el peligro. Ella permanecería a bordo de un buque hospital, lejos de la línea de fuego.
Cuando le soltó la mano al soldado, lo tenía decidido.
Frankie se había pasado la semana anterior planeando hasta la obsesión cómo emplearía el día libre, sin hablarle a nadie de sus intenciones ni buscar consejo. Se había dicho una y otra vez que debía frenar y pensárselo mejor, y lo había intentado; pero la verdad era que sabía lo que quería hacer y no deseaba que nadie la disuadiera.
Tras una ducha rápida, regresó a su dormitorio, diseñado años atrás para una adolescente, con su cama con dosel de volantitos, su moqueta mullida y su empapelado de grandes rosas de Provenza. Escogió uno de los recatados vestidos que su madre solía comprarle. «Prendas de calidad, Frances; así es como una mujer se distingue a primera vista».
Como era de esperar, a esas horas la casa estaba desierta. Su madre estaba jugando al bridge en el club de campo, y su padre, trabajando.
A las 13.25, Frankie se acercó en coche a la oficina de reclutamiento de la Armada más cercana, ante cuya puerta se manifestaba un reducido grupo de opositores a la guerra, coreando eslóganes y blandiendo pancartas que rezaban: LA GUERRA ES PERJUDICIAL PARA LOS NIÑOS Y EL RESTO DE LOS SERES VIVOS o BOMBARDEAR POR LA PAZ ES COMO FOLLAR POR LA VIRGINIDAD.
Dos hombres de pelo largo estaban quemando sus tarjetas de reclutamiento —lo que era ilegal—, jaleados por los demás. Frankie jamás había entendido sus protestas. ¿De verdad creían que con unos cuantos carteles iban a convencer a Johnson para que parara la guerra? ¿Acaso no entendían que, si Vietnam caía ante el comunismo, a continuación iría el resto del Sudeste Asiático? ¿No habían leído sobre lo atroces que podían ser tales regímenes?
Al bajarse del coche, a Frankie le pareció que llamaba muchísimo la atención. Apretó su caro bolsito de piel de cordero azul marino contra el costado mientras se acercaba al grupo, que coreaba: «No, demonios, claro que no iremos».
Los integrantes se volvieron hacia ella y se quedaron callados un instante.
—¡Es una puñetera joven republicana! —gritó alguien.
Frankie se obligó a seguir adelante.
—¡Jo, tío! —dijo otro—. Esa chica tiene que estar majara.
—¡Eh, chavala, no te metas ahí!
Frankie abrió las puertas del centro de reclutamiento. En el interior encontró una mesa bajo un letrero que decía: SÉ UN PATRIOTA, ÚNETE A LA ARMADA. Al otro lado estaba sentado un marino de uniforme.
Frankie cerró tras de sí y se acercó al mostrador de reclutamiento.
Los manifestantes daban golpes en la ventana. Frankie trató de no estremecerse ni delatar miedo o nerviosismo.
—Soy enfermera —dijo, haciendo caso omiso de las voces del exterior—. Me gustaría enrolarme en la Armada y presentarme voluntaria para ir a Vietnam.
El marino lanzó una mirada nerviosa al grupo del exterior.
—¿Cuántos años tiene?
—Veinte, señor. La semana que viene cumplo veintiuno.
—La Armada exige dos años de servicio para poder enviarla a Vietnam. Antes de enrolarse, debe pasar dos años en un hospital en Estados Unidos.
Dos años. Para entonces la guerra habría terminado.
—¿No necesitan enfermeras en Vietnam?
—Ya lo creo.
—Mi hermano está en Vietnam. Quiero… ayudar.
—Lo siento, señora. Las normas son las normas. Créame que es por su propia seguridad.
Decepcionada, que no desalentada, Frankie salió del centro de reclutamiento —acelerando al pasar entre los manifestantes, que le gritaron groserías— y buscó una cabina de teléfonos; una vez en ella, consultó en el listín telefónico de Los Ángeles la dirección del centro de la Fuerza Aérea más cercano. Una vez allí, le respondieron lo mismo, que le hacía falta acumular más experiencia en el país antes de que la enviaran a Vietnam.
En el centro de reclutamiento del Ejército de Tierra, por fin le dijeron lo que quería oír: «Claro, señora. El Cuerpo de Enfermeras del Ejército necesita personal. Podemos mandarla en cuanto acabe la formación básica».
Frankie firmó sobre la línea de puntos y así, sin más, se convirtió en la teniente segunda Frances McGrath.
3
Para cuando Frankie volvió a la isla, las farolas ya se estaban encendiendo. El centro de Coronado estaba engalanado para las fiestas con luces y guirnaldas; varios Santa Claus de barba blanca y traje rojo hacían sonar sus campanillas delante de las tiendas. Copos de nieve iluminados colgaban de cables tendidos sobre la calle.
Al entrar en casa, encontró a sus padres en el salón, vestidos para cenar. Su padre estaba de pie en el mueble bar, hojeando el periódico; su madre, sentada en su sillón favorito junto a la chimenea, fumando un cigarrillo y leyendo una novela de Graham Greene. La casa estaba decorada para celebrar la Navidad con todo un despliegue de luces y un árbol de tres metros.
El señor McGrath cerró el periódico en cuanto la vio entrar y le sonrió.
—Hola, chiquitina.
—Tengo una noticia que daros —anunció Frankie, a punto de explotar de la emoción.
—Has conocido a un chico que te gusta —dijo su madre al tiempo que cerraba la novela—. Por fin.
Frankie se quedó parada.
—¿Un chico? No.
—Frances —su madre frunció el ceño—, la mayoría de las chicas de tu edad…
—Mamá —la interrumpió Frankie con impaciencia—, estoy intentando deciros algo importante. —Inspiró hondo y añadió—: Me he alistado en el Ejército. En el Cuerpo de Enfermeras. Ahora soy la teniente segunda McGrath. Me voy a Vietnam. ¡Compartiré con Finley parte de su aventura!
—No tiene ninguna gracia, Frances —la reprendió su madre.
Su padre se quedó mirando a Frankie sin sonreír.
—No creo que esté de broma, Bette.
—¿Que te has alistado? —repitió la señora McGrath con lentitud, como si aquellas palabras pertenecieran a un idioma desconocido que intentaba pronunciar.
—Os haría el saludo reglamentario, pero aún no sé. Empiezo la formación básica dentro de tres semanas. En el fuerte Sam Houston. —Frankie arrugó el entrecejo. ¿Por qué no la felicitaban?—. Los McGrath y los Alexander siempre han servido al país. Os llevasteis un alegrón cuando Finley se alistó voluntario.
—Al país lo sirven los hombres —replicó el señor McGrath con sequedad—. Los hombres. —Se quedó callado un momento—. Espera. ¿Has dicho el Ejército? ¿De Tierra? Nuestra familia siempre ha pertenecido a la Armada. Coronado es una isla de la Marina.
—Ya lo sé, pero no me dejaban ir a Vietnam hasta que hubiera pasado dos años en un hospital de aquí —explicó Frankie—. Y lo mismo con la Fuerza Aérea. Dicen que no tengo suficiente experiencia. El único que me dejaba ir nada más acabar la formación básica militar era el Ejército de Tierra.
—Por todos los santos, Frankie —dijo su padre, pasándose una mano por el pelo—. Si existen esas normas es por algo.
—Échate atrás. Anúlalo. —La señora McGrath miró a su marido y se puso en pie lentamente—. Por Dios, ¿qué vamos a decirle a la gente?
—¿Que qué vais a…? —Frankie no entendía nada. Actuaban como si se avergonzaran de ella. Pero… no tenía sentido—. ¿Cuántas veces nos has reunido en tu despacho para hablar de la hoja de servicios de la familia, papá? No parabas de decir lo mucho que habrías querido luchar por el país. Pensaba que…
—Él es un hombre —la cortó su madre—. Y se trataba de Hitler. Y de Europa. No de un país que nadie es capaz de situar en el mapa. Hacer una estupidez no es patriótico, Frances. —Los ojos se le llenaron de lágrimas, que enjugó con un manotazo impaciente—. Ya ves, Connor, la consecuencia de tus enseñanzas. Es una creyente. Una patriota.
Al oír el reproche de su esposa, el señor McGrath salió del salón, dejando un rastro de humo tras él.
Frankie se acercó a su madre y trató de tomarle la mano, pero esta se apartó rauda sin dejar que la tocara.
—¿Mamá?
—No debería haber permitido que tu padre te llenase la cabeza de pájaros con tanta anécdota. Hacía que las historias bélicas de la familia sonaran demasiado… épicas. Aunque ninguna era suya, ¿verdad? Él no pudo servir en el Ejército, así que lo convirtió en… Ay, por el amor de Dios, qué más da todo eso ahora. —Apartó la vista—. Recuerdo cuando mi padre volvió de la guerra. Estaba destruido, apenas se tenía en pie. Y las pesadillas. Te juro que es lo que le mató antes de tiempo. —Se le quebró la voz—. ¿Y tú te piensas que vas a ir allí a estar con tu hermano y correr aventuras juntos? ¿Cómo puedes ser tan idiota?
—Soy enfermera, mamá, no soldado. El reclutador dijo que estaré destacada en un gran hospital, lejos del frente. Me prometió que vería a Finley.
—¿Y tú te lo creíste? —Su madre dio una larga calada de cigarrillo. Frankie vio cómo le temblaba la mano—. ¿Es definitivo?
—Es definitivo. En enero empezaré la formación básica militar y en marzo me embarcaré para pasar un año de servicio. Estaré en casa para mi cumpleaños la semana que viene y en Navidad. Me aseguré de ello. Sé lo mucho que os importa.
Su madre se mordió el labio y asintió con lentitud. Frankie vio que trataba de controlar sus emociones, de mantener la serenidad. De repente la agarró de los brazos y la estrechó con tanta fuerza que no la dejaba ni respirar. Frankie se aferró a su madre y hundió el rostro entre su cabello peinado con laca.
—Te quiero, mamá —dijo.
Esta se echó hacia atrás, se limpió las lágrimas y lanzó una mirada dura a su hija.
—Ni se te ocurra ser una heroína, Frances Grace. Me da igual lo que te hayan enseñado o las historias que te hayan contado los hombres como tu padre. Tú mantén la cabeza baja, aléjate del peligro y ve con cuidado. ¿Me oyes?
—Te lo prometo. Estaré bien.
En ese momento sonó el timbre.
Era un sonido distante, apenas audible por encima de la combinación de su respiración y las palabras no pronunciadas que flotaban en el silencio que se extendía entre ellas.
La señora McGrath volvió la vista hacia el vestíbulo.
—¿Quién será?
—Voy a ver —dijo Frankie.
Dejó a su madre sola en el salón. Una vez en el vestíbulo, Frankie rodeó la reluciente mesa de palisandro que sostenía una enorme maceta con una orquídea blanca y abrió la puerta.
Dos oficiales de la Marina uniformados esperaban en posición de firmes.
Frankie llevaba toda la vida en la isla de Coronado, viendo aviones y helicópteros pasar rugiendo por encima de su cabeza y marinos corriendo en fila por la playa. En cada fiesta o reunión, alguien contaba una batallita de la Segunda Guerra Mundial o de Corea. El cementerio local estaba lleno de hombres del lugar caídos por el país.
Sabía lo que significaba la presencia de aquellos oficiales en el umbral.
—Por favor —musitó con ganas de retroceder y cerrar la puerta.
Oyó pasos de tacones sobre el parquet a sus espaldas.
—¿Frances? —dijo su madre, situándose a su lado—. ¿Qué…?
Al ver a los dos oficiales, la mujer ahogó un grito silencioso.
—Lo siento, señora —dijo uno de los oficiales al tiempo que se quitaba la gorra y se la colocaba bajo el brazo.
Frankie quiso tomarle la mano a su madre, pero esta se desasió.
—Entren —los invitó a pasar con voz ronca—. Querrán hablar con mi esposo…
«Señora, lamentamos comunicarle que el alférez Finley McGrath ha muerto en combate».
«Abatido… en un helicóptero…».
«No hay restos… ni supervivientes».
No hubo respuesta para las preguntas, tan solo un «es la guerra, señor» en voz baja, como si aquello lo justificara todo. «No es fácil obtener respuestas».
Frankie sabía que las extraordinarias imágenes de aquella tarde quedarían grabadas para siempre en su mente: su padre, con la cabeza alta y las manos temblorosas, sin mostrar signo alguno de emoción hasta que uno de los oficiales llamó héroe a su hijo, con la voz serena mientras se interesaba por los detalles, como si estos importaran: ¿dónde, cuándo, cómo? Su madre, siempre tan fría y elegante, acurrucada en el sillón mientras su cabello cuidadosamente peinado se iba desmoronando, sin dejar de repetir una y otra vez: «¿Cómo es posible, Connor? Si dijiste que casi no era una guerra».
Frankie no creía que sus padres se dieran cuenta cuando se escabulló de la mansión y atravesó Ocean Boulevard para ir a sentarse sobre la arena helada.
¿Cómo lo habían abatido? ¿Qué hacía el asistente de un oficial en un helicóptero? ¿Y qué significaba que no había restos? ¿Qué iban a enterrar entonces?
Volvió a notar cómo se le anegaban los ojos al recordar a su hermano en esa misma playa, corriendo hacia el oleaje, cogiéndole la mano, enseñándole a flotar de espaldas y a nadar, llevándola a ver Psicosis cuando su madre se lo había prohibido expresamente, pasándole a hurtadillas un botellín de cerveza el Cuatro de Julio. Cerró los ojos y dejó que fluyeran las imágenes; recordó la vida a su lado, las peleas y las riñas. La primera visita a Disneylandia, los paseos en bici en verano y las carreras que echaban hasta el árbol la mañana de Navidad: siempre la dejaba ganar. Era su hermano mayor.
«Se ha ido».
¿Cuántas veces habían estado Fin y ella allí fuera, corriendo por la playa, pedaleando de vuelta a casa ya de noche, guiados por las farolas, riendo, dándose empujones, extendiendo los brazos y creyéndose valientes por montar sin manos?
Qué libres se habían sentido. Invencibles.
Sintió una presencia a sus espaldas y oyó pasos sobre la playa. La señora McGrath se sentó en la arena a su lado, dejándose caer los últimos centímetros.
—Dicen que deberíamos enterrar las botas y el casco de otro hombre en el ataúd de mi hijo —terminó por decir. El labio inferior le sangraba un poco: se lo había mordido. Se rascó una marca roja en el cuello.
—Un funeral… —musitó Frankie, que hasta entonces ni siquiera había pensado en ello. Dolientes de negro, sentados en los bancos, el padre Michael hablando sin parar, contando anécdotas divertidas sobre Finley, de sus días de monaguillo rebelde, cuando lavaba los soldaditos de juguete en la pila bautismal. ¿Cómo iban a soportarlo?
Un ataúd vacío. «No hay restos».
—No te vayas —dijo su madre con voz queda.
—Estoy aquí, mamá.
Su madre se giró.
—Me refiero a… Vietnam.
«Vietnam». De pronto la palabra sonaba a desastre.
—Tengo que hacerlo —respondió Frankie.
No paraba de darle vueltas desde que se había enterado de la muerte de su hermano: cómo librarse de su compromiso con el Ejército, cómo quedarse en casa con sus padres, llorar con ellos y mantenerse a salvo.
Pero era demasiado tarde. Había firmado, había hecho una promesa.
—No tengo elección, mamá. No puedo echarme atrás. —Se volvió hacia ella—. Dame tu bendición, por favor. Necesito que me digas que estás orgullosa de mí.
Por un instante, Frankie vio el dolor que sentía su madre, que le arrebataba el rubor de las mejillas y el color de la piel. Estaba pálida, desvaída. Se quedó mirándola con los ojos azules apagados, exánimes.
—¿Orgullosa de ti?
—No tienes que preocuparte por mí, mamá. Volveré. Te lo prometo.
—Esas fueron las últimas palabras de tu hermano —contestó su madre con la voz rota.
La mujer se quedó inmóvil un momento, como si fuera a hablar. En cambio, se puso lentamente de pie, le dio la espalda a Frankie y echó a andar por la arena.
—Lo siento —musitó esta en voz demasiado baja como para que la oyera, pero ¿qué más daba?
Era demasiado tarde para las palabras.
Demasiado tarde para desdecirse.
4
Frankie destacó por su excelencia durante la instrucción. Además de aprender a marchar en formación (trabajo en equipo) y a ponerse con rapidez las botas de combate y la máscara antigás (una no sabía cuándo iban a despertarla en mitad de la noche para una emergencia; en zona de guerra había que moverse a toda velocidad), aprendió a entablillar, a desbridar una herida, a transportar una camilla y a poner una vía. Era capaz de enrollar las vendas más rápido que cualquier otro recluta.
En marzo estaba más que lista para poner a prueba las habilidades adquiridas. Había preparado y comprobado el enorme petate que le había proporcionado el Ejército, a rebosar con el chaleco antimetralla, el casco M1, las botas de combate, el kit de soldado, el uniforme blanco de enfermera y una guerrera.
Y ahora, por fin, ponía rumbo a Vietnam. Horas después de aterrizar en Honolulú, embarcó en un avión de transporte militar destinado al país. Era la única mujer a la cabeza de una fila de doscientos cincuenta y siete soldados de uniforme.
A diferencia de los hombres, ataviados con sus cómodos uniformes de campaña verde oliva y el pantalón remetido por dentro de las botas negras, Frankie tenía que viajar con su uniforme de diario: guerrera verde, falda recta, medias de nailon, lustrosos zapatos de tacón y gorro de cuartel. Y, debajo de todo aquello, un liguero reglamentario para que no se le bajaran las medias. Si ya era incómodo cuando salió de Texas y se subió al avión, veintidós horas después era directamente doloroso. Le parecía ridículo que en los tiempos que corrían no pudiera llevar panties.
Guardó el bolso de viaje nuevo en el compartimento superior y se sentó junto a la ventanilla. Al hacerlo, una de las ligas se le soltó y le azotó el muslo como si fuera un elástico. Le costó volver a colocársela sin levantarse.
Los soldados pasaban a su lado, riendo, charlando y dándose empujones. Muchos de ellos parecían de su edad o incluso menores. La mayoría tendría dieciocho o diecinueve años.
Un capitán con el uniforme de campaña manchado y arrugado se detuvo junto a su fila.
—¿Le importa si me siento aquí, teniente?
—En absoluto, mi capitán.
Se acomodó junto al pasillo. Incluso con el uniforme se percibía lo delgado que estaba. Las arrugas se hundían en la piel de sus mejillas. La ropa despedía un vago y desagradable tufillo a moho.
—Norm Bronson —se presentó con una sonrisa cansada.
—Frankie McGrath, enfermera.
—Que Dios la bendiga, Frankie. Buena falta nos hacen.
El avión echó a andar, despegó de la pista y se elevó entre las nubes.
—¿Cómo es? —preguntó Frankie—. Vietnam, digo.
—No hay palabras suficientes. Podría pasarme el día contándole cómo es y aun así no estaría preparada. Pero aprenderá enseguida. Usted solo mantenga la cabeza baja —concluyó antes de recostarse y cerrar los ojos.
Frankie nunca había visto a nadie dormirse tan rápido.
Cogió el bolso de mano reglamentario negro, sacó el paquete de información y lo releyó por enésima vez. La repetición y los datos siempre la calmaban, y estaba decidida a ser tan ejemplar como soldado como lo había sido como estudiante. Era la única manera de demostrarles a sus padres que había sido inteligente al alistarse, valiente incluso; el éxito era importante para ellos.
Había memorizado las ubicaciones de todas las comandancias y hospitales, subrayándolas en amarillo sobre el mapa de Vietnam. Además, se había aprendido todas las normas de conducta. Había reglas sobre comportamiento individual, sobre seguridad en la base, sobre vestimenta y manejo de armas de fuego, para mostrar en todo momento el orgullo de ser soldado.
Para ella, todo tenía sentido en el Ejército. Si había normas era por algo, y una las seguía para mantener el orden y ayudar a los demás. El sistema estaba diseñado para igualar a todos los soldados, hombres y mujeres. Para hacer equipo. Por lo visto, encajar, formar parte de algo mayor, conocer tu trabajo y hacerlo sin rechistar podía hasta salvarte la vida. Y a ella le resultaba cómodo todo aquello.
Como le había dicho a su madre una y otra vez, se iba a la guerra, pero no del todo, no como los hombres en ese avión. Ella no estaría a tiro, en la línea de fuego. Ella iba a Vietnam a salvar vidas, no a arriesgar la suya. Las enfermeras militares trabajaban en grandes edificios relucientes, como el Tercer Hospital de Campo de Saigón, protegido por una alta valla y lejos del frente.
Frankie se arrellanó y, cerrando los ojos, dejó que el rumor de los motores la arrullara y calmara. Oyó el murmullo de los hombres que hablaban y reían, el chasquido y el siseo de las Coca-Colas al abrirse, el olor de los sándwiches que se repartían. Se imaginó a Finley a su lado en el avión, cogiéndole la mano; por un segundo, olvidó que ya no estaba y sonrió. «Voy a verte», pensó, pero entonces se le desvaneció la sonrisa.
Mientras se quedaba dormida, le pareció oír al capitán Bronson farfullar en voz baja: «Mandan unos puñeteros bebés…».
Cuando Frankie despertó, lo único que rompía el silencio en la cabina de pasajeros era el sonido de los motores a reacción. Habían bajado la mayoría de las persianas de las ventanillas. Las pocas luces de techo encendidas arrojaban una luz plomiza sobre los hombres que llenaban el avión.
Las risas, la algarabía y las payasadas que habían protagonizado la mayor parte del vuelo de Honolulú a Saigón se habían acabado. El aire parecía más pesado, más difícil de introducir en los pulmones y de expulsar al exhalar. Los nuevos reclutas —reconocibles por el uniforme de campaña tan verde y con las dobleces marcadas— estaban agitados, nerviosos. Frankie vio cómo se miraban unos a otros con sonrisa crispada. Los demás, militares con cara de cansancio y uniforme gastado, hombres como el capitán Bronson, estaban casi demasiado callados. Este, al lado de Frankie, abrió los ojos. Fue el único cambio que delató el paso del sueño a la vigilia: una simple mirada.
De repente, el avión se tambaleó, o quizá fue una sacudida, pero pareció inclinarse hacia un lado. Cuando empezó a descender en picado, Frankie se golpeó la cabeza con la bandeja del respaldo del asiento que tenía delante. Se abrieron los compartimentos superiores y docenas de bolsos cayeron al pasillo, incluido el suyo.
Frankie se agarró al reposabrazos; el capitán Bronson le cubrió la mano con la suya, áspera y nudosa.
—No pasa nada, teniente.
El avión planeó, se estabilizó y emprendió el ascenso con un ángulo muy pronunciado. Frankie oyó una detonación y algo se le rompió por dentro.
—¿Nos están… disparando? —preguntó—. ¡Ay, madre!
El capitán Bronson rio divertido.
—Sí, es que les encanta. Pero no se preocupe. Daremos vueltas un rato y probaremos a aterrizar de nuevo.
—¿Aquí? ¿No deberíamos ir a algún otro sitio?
—¿Con este bicharraco? Qué va. No hay otra que Tan Son Nhut, teniente. Están esperando a los PN que llevamos a bordo.
—¿Los PN?
—Los putos novatos. —Sonrió—. Y una enfermera joven y guapa. Nuestros muchachos despejarán el aeropuerto en un santiamén. Usted no se preocupe.
El avión voló en círculos hasta que a Frankie le dolieron los dedos de tanto agarrarse a los reposabrazos. Al otro lado de la ventanilla se distinguían explosiones anaranjadas y rojizas, estelas rojas atravesando el cielo oscuro.
Al fin, el avión se puso en posición y el piloto habló por el altavoz: «Vale, amantes del riesgo, vamos a intentarlo de nuevo. Abrochaos los cinturones».
Como si Frankie se lo hubiera desabrochado…
El avión descendió. A Frankie se le taponaron los oídos y, cuando quiso darse cuenta, habían aterrizado de golpe en la pista y ya estaban frenando hasta detenerse.
«Los oficiales de mayor rango y las mujeres desembarcarán primero», se oyó anunciar por el altavoz.
Los oficiales esperaron a que Frankie saliera. Ella habría deseado que no lo hicieran. No quería ser la primera en desembarcar. Aun así, cogió el bolso de viaje tirado en el pasillo y se lo echó —junto con el bolso de mano— al hombro izquierdo, dejándose la mano derecha libre para hacer el saludo.
Al abandonar el avión, la envolvió el calor. Y el olor. Por todos los santos, ¿qué era? Queroseno…, humo…, pescado… y, la verdad, una peste que debía de ser de excrementos o algo así. La cabeza empezó a dolerle por detrás de los ojos. Bajó por la escalerilla, al final de la cual había un soldado de pie en la oscuridad, iluminado por las luces de un edificio distante. Frankie apenas distinguió su cara.
A lo lejos, a la izquierda, algo explotó en llamaradas naranjas.
—¿Teniente McGrath?
Ella no pudo más que asentir. El sudor le corría por la espalda abajo. ¿Estaban bombardeándolos allí mismo?
El soldado le pidió que lo siguiera y la condujo por la pista acribillada y llena de baches, más allá de la terminal, hasta un autobús escolar pintado por completo de negro, incluidas las ventanas cubiertas por una especie de malla metálica.
—Usted es la única enfermera que llega hoy. Tome asiento y espere. No salga del autobús.
El interior era como una sauna y el hedor —a pescado y a heces— le dio arcadas. Frankie se sentó en la fila intermedia, junto a una de las ventanas cegadas. Era como estar sepultada en vida.
Momentos después, un soldado negro con uniforme de campaña y un M16 se subió al asiento del conductor. Las puertas chirriaron al cerrarse y los faros delanteros, en cuanto se encendieron, horadaron una cuña dorada en la oscuridad a su alrededor.
—No se ponga tan cerca de la ventana —dijo el hombre antes de pisar el acelerador—. Granadas.
«¿Granadas?».
Frankie se deslizó unos centímetros por el asiento. Sentada perfectamente erguida, en aquella fétida oscuridad, daba tantos botes que creyó que iba a vomitar.
El autobús por fin bajó la velocidad; a la luz de los faros distinguió unas verjas vigiladas por policías militares estadounidenses. Uno de ellos habló con el conductor, luego volvió a su puesto. Las verjas se abrieron y pudieron franquearlas.
Poco después, el autobús volvió a detenerse.
—Hemos llegado, mi teniente.
Frankie sudaba tanto que tuvo que limpiarse los ojos.
—¿Cómo?
—Se tiene que bajar aquí.
—¿Qué? ¡Ah!
De pronto se percató de que no había recogido su equipaje; le faltaba el petate.
—Mi pet…
—Se lo mandarán.
Frankie recogió el bolso de mano y el de viaje, y se dirigió a la puerta.
Había una enfermera de pie en el barro, vestida con un uniforme blanco, de la cofia a los zapatos, esperándola. ¿Cómo diantres se podía mantener limpio? Detrás se encontraba la entrada a un gigantesco hospital.
—Tiene que bajarse del autobús, señora —dijo el conductor.
—Ay, sí.
Frankie puso los pies en el barro espeso y empezó a hacerle el saludo marcial. La enfermera, agarrándola de la muñeca, se lo impidió.
—Aquí no. A Charlie[2] le encanta cargarse oficiales. —Señaló un jeep estacionado—. La llevará a su alojamiento temporal. Preséntese mañana en Administración a las siete de la mañana para su orientación inicial.
Frankie tenía demasiadas preguntas para escoger solo una y, además, le dolía la garganta. Aferrándose a los bolsos, caminó hasta el jeep, se subió y se sentó detrás.
La conductora pisó el acelerador tan a fondo que Frankie se sintió empujada contra el asiento y la punta de un muelle de metal se le clavó en el trasero. El tráfico nocturno en la base iba a rachas. Los retazos de luz le permitieron ver alambres de espino y sacos terreros dispuestos alrededor de edificaciones de madera, hombres armados montando guardia en lo alto de torres, soldados armados caminando por las calles en uniforme de campaña. Un gran camión cisterna se detuvo a su lado, retumbante, y las adelantó. Las bocinas no dejaban de sonar, ni los hombres de gritarse unos a otros.
Al llegar a un nuevo puesto de control, con aspecto de haberse improvisado con bidones, bobinas de alambre de espino y una valla alta de tela metálica, el soldado que montaba guardia les dio paso con un gesto de la mano.
Por fin llegaron a otra valla, coronada por una alambrada de concertina. El jeep frenó y se detuvo. La conductora se inclinó y le abrió la puerta de un empujón.
—Su parada, teniente.
Frankie frunció el ceño. No era fácil apearse del jeep con una falda recta.
—Es ese edificio. Segunda planta, 8A.
Tras la alta valla de forja vio lo que a primera vista parecía una cárcel abandonada. Las ventanas estaban tapadas con planchas de contrachapado y a los muros les faltaban grandes pedazos. Antes de que Frankie pudiera preguntar adónde debía ir, el jeep ya estaba dando marcha atrás, haciendo sonar el claxon a algo y alejándose a toda velocidad.
Fue hasta la verja, que chirrió al abrirse, y accedió a un patio delantero cubierto de malas hierbas en el que unos niños escuálidos jugaban con un balón medio deshinchado. Una anciana vietnamita, acuclillada junto a la valla, vigilaba algo que se cocinaba sobre una fogata.
Frankie siguió un maltrecho camino hasta la puerta principal y penetró en el edificio. En el interior, varios apliques de gas proyectaban una luz titilante contra las paredes. Una mujer con uniforme de campaña la esperaba en la entrada en penumbra.
—¿Teniente McGrath?
«Gracias a Dios».
—Sí.
—Le enseñaré su cuarto. Sígame. —La mujer recorrió un pasillo lleno de catres y subió por unas escaleras combadas hasta llegar a una habitación en la segunda planta, que más bien era un cubículo. En el cuarto apenas cabían las literas y solo había una cómoda. El edificio antaño debía de haber albergado un convento o un colegio—. Su orientación inicial
