El jardín olvidado

Kate Morton

Fragmento

 Indice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Agradecimientos

Parte 1

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Parte 2

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Parte 3

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Epílogo

Notas

Sobre la autora

Si te ha gustado esta novela...

Créditos

 

 

 

 

Para Oliver y Louis,

más preciosos que todo el oro forjado

en El País de las Hadas

 

 

 

 

«Pero ¿por qué debo traer tres hebras del cabello de la Reina

de las Hadas? —preguntó el príncipe a la bruja—.

¿Por qué no otro número, por qué no dos, o cuatro?».

La bruja se inclinó hacia delante sin dejar de hilar.

«No hay otro número, mi niño. Tres es el número del tiempo,

¿acaso no hablamos de pasado, presente y futuro?

Tres es el número de la familia, ¿acaso no hablamos de madre,

padre e hijo? Tres es el número de las hadas, ¿acaso no

buscamos entre el roble, la ceniza y la espina?».

El joven príncipe asintió, porque

la sabia bruja había hablado con verdad.

«Por ello debo poseer tres hebras,

para tejer mi trenza mágica».

 

La trenza del hada, Eliza Makepeace.

AGRADECIMIENTOS

 

 

 

 

P or ayudar a traer El jardín olvidado al mundo, quisiera dar las gracias a:

Mi Nana Connelly, cuya historia fue la primera en inspirarme; Selwa Anthony por su sabiduría y cuidados; Kim Wilkins, Julia Morton y Diane Morton, por leer los primeros borradores; Kate Lady por seguirle la pista a esquivos datos históricos; Danny Kretschmer por suministrar fotos a la fecha de entrega; y a los compañeros de trabajo de Julia por responder a preguntas sobre la lengua vernácula. Por su ayuda en la investigación —arqueológica, entomológica y médica— le estoy agradecida al doctor Walter Wood, a la doctora Natalie Franklin, Katherine Parkers y especialmente a la doctora Sally Wilde; y, por su ayuda en detalles específicos, muchas gracias a Nicole Ruckels, Elaine Wilkins y Joyce Morton.

Tengo la fortuna de ser publicada en todo el mundo por gente extraordinaria y les estoy agradecida a todos aquellos cuyos esfuerzos han ayudado a que mis historias se conviertan en libros. Por su sensible e incansable apoyo editorial para El jardín olvidado , quisiera mencionar especialmente a Catherine Milne, Clara Finlay y a la maravillosa Annette Barlow de Allen & Unwin, Australia; y a Maria Rejt y Liz Cowen de Pan Macmillan, Gran Bretaña. Estoy también muy agradecida a Julia Stiles y Lesley Levene por su cuidado con los detalles.

Me gustaría honrar aquí a los autores que escriben para niños. Descubrir a edad temprana que detrás de las negras marcas de un papel blanco se ocultan mundos de incomparable terror, alegría y excitación es uno de los grandes regalos de la vida. Estoy enormemente agradecida a aquellos autores cuyas obras encendieron mi imaginación infantil e inspiraron en mí un amor por los libros y la lectura que han sido una constante compañía. El jardín olvidado es, en parte, una oda a ellos.

Finalmente, como siempre, una inmensa deuda de gratitud a mi esposo, David Patterson, y a mis dos hijos, Oliver y Louis: a ellos pertenece esta historia.

EL JARDÍN OLVIDADO

PARTE
1

Capítulo 1

 

 

Londres, Inglaterra, 1913

 

 

E l lugar donde se acurrucó estaba oscuro, pero la pequeña hizo como le ordenaron. La dama le había dicho que aguardara, que aún no estaba a salvo, tenía que estarse tan quieta como los ratones de una alacena. La niña supo que era un juego, como el escondite.

Detrás de los barriles de madera, la niña escuchaba. Evocó una imagen en su mente, tal como su padre le había enseñado. Muy cerca, unos hombres, que supuso eran marineros, gritaban a otros más lejos. Voces fuertes y toscas, llenas del mar y su sal. En la distancia las sirenas de los barcos, los silbatos, los remos al chocar contra el agua; y más allá, el grito de las grises gaviotas de alas extendidas para absorber los rayos del sol.

La dama regresaría, eso había dicho, pero la pequeña deseaba que fuera pronto. Había estado esperando largo tiempo, tanto que el sol había recorrido el cielo y ahora calentaba sus rodillas bajo su vestido nuevo. Prestó atención, esperando oír el ruido de las enaguas de la dama siseando contra los tablones del muelle. El taconeo de sus zapatos, apresurados, siempre apresurados, como nunca habían sonado los de su madre. La pequeña se preguntaba, de esa forma vaga y despreocupada de los niños que son muy queridos, dónde estaba su mamá. Cuándo regresaría. Y también se preguntaba acerca de la dama. Sabía quién era, había escuchado a la abuela hablar de ella. La dama se llamaba la Autora y vivía en una pequeña casa en los límites de la propiedad, más allá del laberinto. Se suponía que la pequeña no lo sabía. Se le había prohibido jugar en el laberinto de setos espinosos. Mamá y la abuela le habían dicho que era peligroso aproximarse al acantilado. Pero a veces, cuando nadie la observaba, a la pequeña le gustaba hacer cosas prohibidas.

Motas de polvo, cientos de ellas, danzaban en el haz de luz solar que se filtraba entre los dos barriles. La pequeña sonrió y entonces la dama, el acantilado, el laberinto y su madre abandonaron sus pensamientos. Extendió un dedo y trató de apresar una mota. Se rió del modo en que las motas se acercaban para luego escabullirse.

Los ruidos más allá de su escondrijo eran ahora diferentes. La pequeña podía escuchar el barullo de cosas moviéndose, de voces excitadas. Se inclinó hacia la rendija y apretó su rostro contra la fría madera de los barriles. Con un ojo examinó los muelles.

Piernas, zapatos y dobladillos de enaguas. Retazos de coloridas cintas de papel se agitaban de un lado a otro, y en el muelle, resabiadas gaviotas a la caza de migajas.

Hubo un bandazo y el enorme barco gimió larga y gravemente desde el interior de su vientre. Las vibraciones pasaron a través de los tablones del muelle hasta la punta de los dedos de la pequeña. Se produjo un instante de tensión en el que se encontró conteniendo la respiración, las palmas extendidas a los lados, luego el barco se puso en marcha y se apartó del muelle. La sirena sonó y hubo una ola de vítores, gritos de « Bon voyage ». Estaban en camino. Hacia América, un lugar llamado Nueva York en donde papá había nacido. Ella los había oído cuchichear sobre el tema durante un tiempo, mamá diciéndole a papá que deberían partir tan pronto fuera posible, que no podían permitirse seguir aguardando.

La pequeña volvió a reír; el bote se deslizaba sobre el agua como una ballena gigante, como Moby Dick en el cuento que su padre le leía con frecuencia. A mamá no le gustaba que le leyera semejantes historias. Decía que eran demasiado aterradoras y que le metían ideas en la cabeza que luego no podrían sacarle. Papá siempre besaba a mamá en la frente cuando ella decía cosas por el estilo, le decía que tenía razón y que tendría más cuidado en el futuro. Pero así y todo continuaba contándole historias a la pequeña sobre la gran ballena. Y otras —que eran sus favoritas— de un libro de cuentos sobre viejas ciegas y doncellas huérfanas y un largo viaje por alta mar. Él se aseguraba de que mamá no se enterara, que fuera su secreto.

La pequeña entendió que había secretos que no podían compartir con mamá. Mamá no estaba bien, había estado enferma desde antes de que naciera la niña. La abuela siempre estaba diciéndole que se comportara bien, recordándole que si mamá se enfadaba algo terrible podría sucederle y todo sería por su culpa. La pequeña amaba a su madre y no quería entristecerla, no quería que algo terrible sucediera, así que mantenía esas cosas en secreto. Como las historias fantásticas, y el jugar cerca del laberinto, y las veces en que papá la había llevado a visitar a la Autora en la casa de los límites de la propiedad.

—¡Ajá! —exclamó una voz junto a su oído—. ¡Te encontré! —El barril fue apartado y la pequeña parpadeó bajo la luz del sol. Parpadeó hasta que el dueño de la voz se movió y bloqueó la luz. Era un muchacho grande, de ocho o nueve años, supuso—. Tú no eres Sally —dijo.

La pequeña negó con la cabeza.

—¿Quién eres?

Se suponía que no debía decir a nadie su nombre. Era un juego que estaban jugando ella y la dama.

—¿Y bien?

—Es un secreto.

Él frunció la nariz y sus pecas se juntaron.

—¿Y eso?

Se encogió de hombros. Se suponía que no debía mencionar a la dama. Papá siempre se lo estaba recordando.

—¿Dónde está Sally, entonces? —El niño se impacientaba. Miró a derecha y a izquierda—. La vi correr en esta dirección. Estoy seguro de ello.

Se escuchó una fuerte risa más allá, en el muelle, y el ruido de pasos a la carrera. El rostro del niño se iluminó.

—¡Rápido! —dijo y comenzó a correr—. Se está escapando.

La pequeña inclinó la cabeza por delante del barril y lo vio escabullirse entre la multitud en persecución de un torbellino de pequeñas enaguas.

El hormigueo de sus pies la incitaba a seguirle.

Pero la dama había dicho que esperara.

El niño se estaba alejando. Esquivó a un hombre rollizo de bigotes encerados que fruncía el ceño de tal modo que sus facciones se juntaban en el centro de su rostro como una familia de cangrejos asustados.

La pequeña rió.

Tal vez todo fuera parte del mismo juego. La dama le recordaba más a una niña que a los adultos que conocía. Tal vez ella también estuviera jugando.

Salió de detrás del barril y se puso lentamente de pie. El pie izquierdo se le había dormido y ahora sentía calambres. Esperó un momento a que le volviera la sensibilidad, mirando mientras el niño doblaba por una esquina y desaparecía.

Después, sin pensarlo dos veces, salió a la carrera detrás de él. Con pasos veloces y el corazón cantándole en el pecho.

Capítulo 2

 

 

Brisbane, Australia, 1930

 

 

A l final, celebraron el cumpleaños de Nell en el edificio de los Forester, en Latrobe Terrace. Hugh había sugerido el nuevo salón de baile de la ciudad, pero Nell, haciéndose eco de su madre, había dicho que era una tontería meterse en gastos superfluos, especialmente ahora, que los tiempos eran tan difíciles. Hugh accedió, pero en cambio insistió en que ella encargara a Sydney las cintas de encaje especial que sabía le apetecían para su vestido. Lil le había metido esa idea en la cabeza antes de morir. Se había inclinado y, tomando su mano, le había mostrado el anuncio del periódico, con la dirección de la calle Pitt, explicándole lo fino que era el encaje, cuánto significaría para Nellie, y que, aunque pudiera parecer extravagante, podría reutilizarse para el vestido de novia, cuando llegara el momento. Después había sonreído, y fue como si volviera a tener dieciséis años, ya que le dejó embelesado.

Lil y Nell habían estado trabajando en el vestido de cumpleaños desde hacía un par de semanas. Por las noches, cuando Nell regresaba a casa del trabajo en la tienda de periódicos, tomaban el té, y las hermanas pequeñas peleaban letárgicamente en la terraza al tiempo que una multitud de mosquitos anegaba el aire de la noche haciendo que uno se sintiera enloquecer por el zumbido. Nell tomaba su canasta de costura y acercaba una silla junto al lecho de enferma de su madre. Hugh a veces las escuchaba, riendo sobre algo que había sucedido en la tienda: una discusión que Max Fitzsimmons había tenido con un cliente, o la última dolencia de la señora Blackwell, o las travesuras de los mellizos de Nancy Brown. Permanecía cerca de la puerta, llenando su pipa de tabaco y escuchando mientras Nell bajaba la voz, rebosante de satisfacción al contar algo que Danny había dicho. Alguna promesa que había hecho sobre la casa que iba a comprarle cuando se casaran, el automóvil al que le había echado el ojo y que su padre creía poder conseguir por poco dinero porque era una bicoca, la última batidora de cocina de la tienda de McWhirter.

A Hugh le gustaba Danny: no podía pedir más para Nell, lo cual no estaba mal, teniendo en cuenta que la pareja había sido inseparable desde que se conocieron. El verlos juntos le recordaba a Hugh sus primeros años con Lil. Habían sido felices como alondras, en la época en la que el futuro se extendía radiante frente a ellos. Y había sido un buen matrimonio. Habían tenido sus momentos de prueba, al principio, antes de tener a las niñas, pero de una u otra forma siempre los habían superado…

Con la pipa llena, y sin excusas para seguir ahí, Hugh se retiró. Buscaría un sitio para acomodarse en el extremo más tranquilo de la terraza delantera, un lugar oscuro en donde poder sentarse en paz, o tan cerca de la paz como fuera posible en una casa desbordante de hijas ruidosas, cada una más excitable que la anterior. Sólo él y su matamoscas en el alféizar de la ventana, en caso de que los mosquitos se acercaran demasiado. Y después seguiría sus pensamientos, los cuales volvían invariablemente hacia el secreto que había guardado todos estos años.

Pero el momento ya le había atrapado, podía sentirlo. La presión, largamente mantenida a raya, había comenzado, desde hacía poco, a aumentar. Ella tenía casi veintiún años, una mujer adulta lista para comenzar su propia vida, comprometida para casarse, nada menos, que tenía derecho a conocer la verdad.

Sabía lo que Lil diría al respecto, motivo por el cual no se lo había contado. Lo último que quería es que Lil se preocupara, que pasara sus últimos días intentando convencerlo de que desistiera, como había hecho con frecuencia en el pasado.

A veces, mientras pensaba en las palabras que elegiría para hacer su confesión, Hugh se descubría deseando que fuera alguna de las otras niñas. Se maldijo entonces al reconocer que tenía una favorita, aunque fuera sólo para sí.

Pero Nellie siempre había sido especial, muy distinta de las otras. Entusiasta e imaginativa. Más como Lil, pensaba con frecuencia, aunque, por supuesto, eso no tenía sentido.

 

* * *

 

Colgaron cintas a lo largo de las vigas, blancas para hacer juego con el vestido y rojas para hacer juego con su cabello. Puede que la antigua sala recubierta de madera no tuviera el brillo y el lustre de los nuevos edificios de ladrillo de la ciudad, pero lucía bien. Al fondo, cerca del escenario, las cuatro hermanas menores de Nell habían preparado una mesa con los regalos de cumpleaños y una pila considerable había comenzado a tomar forma. Algunas de las mujeres de la iglesia se habían reunido para preparar la cena, y Ethel Mortimer estaba aporreando el piano con bailes románticos de la época de la guerra.

Los jóvenes, hombres y mujeres, se agruparon, al principio en excitados grupos junto a las paredes, pero a medida que la música y los muchachos más audaces se animaron, comenzaron a dividirse en parejas y a ocupar la pista. Las hermanitas miraban con envidia, hasta que fueron convocadas para transportar las bandejas con sándwiches desde la cocina hasta la mesa preparada para la cena.

Cuando llegó el momento de los discursos, las mejillas estaban brillantes y los zapatos rozados por el baile. Marcie McDonald, la esposa del pastor, golpeó en su copa y todos se volvieron a Hugh, quien estaba desplegando una pequeña hoja que había sacado del bolsillo del pecho. Se aclaró la garganta y se pasó una mano por su peinado cabello. Hablar en público nunca había sido su fuerte. Era la clase de hombre que se guardaba sus opiniones para sí, y dejaba que los hombres más locuaces se encargaran de los discursos. Sin embargo, que una hija se hiciera adulta sucedía sólo una vez y era su deber anunciarlo. Siempre había cumplido con sus obligaciones, siguiendo todas las reglas. Al menos en su mayor parte.

Sonrió cuando uno de sus compañeros del muelle lo interrumpió con un grito, y entonces, sosteniendo en su mano el papel, respiró hondo. Uno tras otro, leyó los puntos de la lista, escritos en diminuta caligrafía negra: lo orgullosos que habían estado siempre él y su madre de Nell; la bendición que habían recibido con su llegada; lo orgullosos que estaban de Danny. Lil se había sentido especialmente feliz, dijo, de saber del compromiso antes de morir.

Ante la mención de la reciente muerte de su esposa, los ojos de Hugh comenzaron a escocerle y guardó silencio. Hizo una pausa momentánea y dejó que su mirada recorriera los rostros de sus amigos y de sus hijas, posándola un instante en Nell, quien sonreía mientras Danny susurraba algo en su oído. Una nube pareció cruzarle el ceño, y los presentes se preguntaron si no iría a anunciar algo de importancia, pero el momento pasó. Su expresión se relajó y guardó la hoja de papel en el bolsillo. Ya era hora de que hubiera otro hombre en la familia, dijo con una sonrisa, para igualar un poco la situación.

Las damas de la cocina entraron entonces en acción, distribuyendo tazas de té entre los presentes, pero Hugh permaneció inmóvil, dejando que la gente pasara a su lado, aceptando las palmadas sobre su hombro, los comentarios de «Bien hecho, amigo», la taza de té con su platillo que alguien le pasaba. El discurso había salido bien, y sin embargo no lograba relajarse. Su corazón se había acelerado y, aunque no hacía calor, estaba sudando.

Claro que sabía el motivo. Las obligaciones de la noche no habían concluido. Cuando observó que Nell salía, sola, por una puerta lateral, a un pequeño patio, aprovechó la oportunidad. Se aclaró la garganta, dejó la taza de té en un hueco libre sobre la mesa de regalos, y luego salió del cálido murmullo de la sala en dirección al aire fresco de la noche.

Nell estaba de pie junto al tronco gris verdoso de un solitario eucalipto. Una vez, pensó Hugh, toda la ladera estuvo cubierta de ellos, así como los barrancos a cada lado. Debió de ser todo un espectáculo la multitud de troncos fantasmales en las noches de luna llena.

En fin. Estaba aplazando las cosas. Incluso ahora trataba de escapar a su responsabilidad, estaba siendo débil.

Un par de murciélagos negros cruzaron silenciosos el cielo nocturno. Descendió por los destartalados escalones de madera, y cruzó el césped húmedo de rocío.

Ella debió de oírle llegar —tal vez lo presintió— porque se volvió y sonrió al acercársele.

—Estaba pensando en mamá —le dijo, cuando llegó a su lado—, preguntándome desde cuál estrella estará mirándonos.

Hugh estuvo a punto de echarse a llorar al escucharla. Maldijo que mencionara a Lil en ese momento, que le hiciera notar que ella estaba observando, seguramente furiosa con él por lo que estaba a punto de hacer. Podía escuchar la voz de Lil, los viejos argumentos…

Pero era su decisión y la había tomado. Era él, después de todo, quien había comenzado todo el asunto. Aunque hubiera sido sin intención, fue él quien había dado el paso que los había puesto en ese camino y era él quien debía rectificarlo. Los secretos tenían un modo de darse a conocer, y era mejor, sin duda, que ella conociera la verdad de su boca.

Tomó las manos de Nell entre las suyas y besó el dorso de cada una. Las apretó con fuerza, sus delicados dedos contra sus palmas rugosas.

Su hija. Su primogénita.

Ella le sonrió, radiante en su delicado vestido de encaje.

Él respondió con una sonrisa.

Después la invitó a sentarse en un tronco caído de un ficus, liso y blanco, y se inclinó para susurrar algo en su oído. Transfirió el secreto que él y su esposa habían guardado durante diecisiete años. Esperó a ver una chispa de reconocimiento, un diminuto cambio de expresión mientras ella asimilaba lo que le estaba diciendo. Observó cómo los cimientos de su mundo se resquebrajaban, y la persona que había sido desaparecía en un instante.

Capítulo 3

 

 

Brisbane, Australia, 2005

 

 

C assandra llevaba días sin salir del hospital, aunque el doctor tenía pocas esperanzas de que su abuela recuperara el conocimiento. Era muy improbable, dijo, a su edad, y con semejante cantidad de morfina en su organismo.

La enfermera de noche había regresado, por lo que imaginó que había anochecido, aunque no pudiera precisar qué hora sería. Allí era difícil saberlo: las luces de la sala de espera estaban siempre encendidas, podía escucharse una televisión a todas horas —pero nunca verse—, y los carritos recorrían los pasillos de arriba abajo, sin importar la hora. Toda una ironía que un lugar que dependía tanto de la rutina operara tan decididamente fuera de los horarios habituales.

Sin embargo, Cassandra esperó. Mirando, consolando, mientras Nell se ahogaba en un mar de recuerdos, volvía a emerger en busca de aire una y otra vez, y regresaba a épocas de su vida cada vez más tempranas. No podía soportar pensar que su abuela venciera las posibilidades en su contra y regresara al presente tan sólo para encontrarse flotando en las postrimerías de la vida, sola.

La enfermera reemplazó la bolsa de suero vacía por una nueva, giró un interruptor en la máquina situada detrás de la cama y luego se concentró en arreglar las sábanas.

—No ha bebido nada —indicó Cassandra, su voz sonándole extraña incluso a sí misma—. En todo el día.

La enfermera alzó la vista, sorprendida de que alguien le hablara. Miró por encima de las gafas hacia la silla en donde estaba sentada Cassandra, con una manta azul verdosa, de hospital, sobre el regazo.

—Me ha asustado —dijo—. Lleva aquí todo el día, ¿verdad? Probablemente sea lo mejor, ya no falta mucho.

Cassandra ignoró el comentario.

—¿No deberíamos darle algo de beber? Debe de estar sedienta.

La enfermera dobló las sábanas y las acomodó eficientemente debajo de los delgados brazos de Nell.

—Estará bien. El goteo se encarga de todo eso. —Comprobó algo en la tablilla de Nell, hablando sin alzar la vista—. Hay un sitio para preparar té al final del pasillo por si lo necesita.

La enfermera se marchó y Cassandra vio que los ojos de Nell estaban abiertos, mirando fijamente.

—¿Quién eres? —se escuchó la frágil voz.

—Soy yo, Cassandra.

Confusión.

—¿Te conozco?

Los doctores se lo habían anticipado, pero sin embargo sintió una punzada.

—Sí, Nell.

Nell la miró, con sus ojos color gris acuoso. Parpadeó confundida.

—No puedo recordar…

—Shhh… está bien.

—¿Quién soy?

—Tu nombre es Nell Andrews —explicó Cassandra, cogiéndole la mano—. Tienes noventa y cinco años. Vives en una antigua casa en Paddington.

Los labios de Nell temblaron; se estaba concentrando, intentando dar sentido a las palabras.

Cassandra tomó un pañuelo de papel de la mesilla y se acercó para secar delicadamente el hilo de saliva del mentón de Nell.

—Tienes un stand en el centro de antigüedades en Latrobe Terrace —continuó en voz baja—. Tú y yo lo compartimos, vendemos cosas viejas.

—Te conozco —dijo Nell débilmente—. Eres la niña de Lesley.

Cassandra parpadeó, sorprendida. Rara vez hablaban de su madre, al menos no durante los años de pubertad de Cassandra y tampoco en los diez años desde su regreso, cuando vivía en el piso debajo de la casa de Nell. Era un acuerdo tácito entre ambas no volver a un pasado que, por diferentes razones, preferían olvidar.

Nell se sorprendió. Sus ojos asustados examinaron el rostro de Cassandra.

—¿Dónde está el niño? Espero que no esté aquí, ¿está aquí? No quiero que toque mis cosas. Que las estropee.

Cassandra sintió que se mareaba.

—Mis cosas son preciosas. No dejes que se acerque.

Las palabras se agolparon en su garganta al intentar decirlas.

—No… no, no le dejaré. No te preocupes, Nell. Él no está aquí.

 

* * *

 

Más tarde, cuando su abuela volvió a perder el conocimiento, Cassandra pensó en la cruel habilidad de la mente para remover retazos del pasado. ¿Por qué, cuando estaba al final de su vida, la mente de su abuela resonaba con las voces de gentes desaparecidas tiempo atrás? ¿Era siempre así? Los que tienen billete para el silencioso barco de la muerte ¿miran siempre al muelle en busca de los rostros de los que ya han partido?

Cassandra debió de quedarse dormida entonces, porque lo siguiente que supo fue que el ritmo del hospital había vuelto a cambiar. Se habían adentrado aún más en el túnel de la noche. Las luces de los pasillos se habían atenuado y los sonidos del sueño flotaban a su alrededor. Estaba acurrucada en el sillón, el cuello rígido y el tobillo helado al haberse salido de la delgada manta. Intuía que era tarde, y estaba cansada. ¿Qué la había despertado?

Nell. Su respiración era agitada. Estaba despierta. Cassandra se movió con rapidez y llegó junto al lecho, acomodándose a un lado. En la penumbra, los ojos de Nell parecían vidriosos, pálidos y manchados como agua sucia de pintura. Su voz, un delgado hilo, casi quebrada. Al principio no pudo oírla, pensó que eran sólo sus labios que se movían en torno a palabras perdidas pronunciadas tiempo atrás. Después se dio cuenta de que Nell estaba hablando.

—La dama —estaba diciendo—. La dama dijo que esperara…

Cassandra acarició la febril frente de Nell, apartando los delicados mechones de cabellos que alguna vez brillaron como la plata. Otra vez la dama. «A ella no le importará —dijo—. A la dama no le importará si te vas».

Nell apretó los labios, y luego tembló.

—Se supone que no debo moverme. Dijo que esperara aquí, en el barco. —Su voz era un susurro—. La dama… la Autora… No se lo digas a nadie.

—Shhh —dijo Cassandra—. No se lo diré a nadie. Nell, no se lo diré a la dama. Puedes irte.

—Ella dijo que vendría por mí, pero me moví. No me quedé donde me dijeron.

La respiración de su abuela era ahora agitada, se estaba dejando llevar por el pánico.

—Por favor, no te preocupes, Nell, por favor. Todo está bien, te lo prometo.

La cabeza de Nell cayó hacia un lado.

—No puedo ir… no, se suponía que yo… la dama…

Cassandra apretó el botón para pedir ayuda, pero no se encendió luz alguna sobre la cama. Vaciló, esperando oír los pasos apresurados en el pasillo. Los párpados de Nell se agitaban, se estaba yendo.

—Traeré una enfermera…

—¡No! —Nell extendió ciegamente una mano, intentando agarrar a Cassandra—. ¡No me dejes! —Estaba llorando. Lágrimas silenciosas humedecían y brillaban sobre la pálida piel.

Los ojos de Cassandra se llenaron de lágrimas.

—Está bien, abuela. Voy a buscar ayuda. Vuelvo enseguida, te lo prometo.

Capítulo 4

 

 

Brisbane, Australia, 2005

 

 

L a casa parecía saber que su dueña se había marchado, y si bien no lamentaba exactamente su pérdida, se había refugiado en un obstinado silencio. Nell nunca había sido una persona a quien le gustaran las fiestas (y hasta los ratones de cocina eran más ruidosos que su nieta), por lo que la casa se había acostumbrado a una tranquila existencia sin agitaciones ni ruidos. Por eso fue un rudo golpe, cuando la gente llegó sin aviso ni advertencia, y comenzó a revolver la casa y el jardín, derramando té y dejando caer migajas. Agazapada en la ladera de la colina detrás del enorme centro de antigüedades, la casa soportó con estoicismo esta última indignidad.

Las tías lo habían organizado todo, por supuesto. Cassandra habría estado igualmente satisfecha sin haber hecho nada, honrando la memoria de su abuela en privado, pero sus tías no quisieron ni oír hablar del tema. Nell debía contar con un velatorio, dijeron. La familia querría dar sus condolencias, así como los amigos de Nell. Y además, era lo correcto.

Cassandra no se oponía a esa firme imposición. En otro momento tal vez lo habría hecho, pero no ahora. Además, las tías suponían una fuerza imparable, cada una tenía una energía que no armonizaba con su avanzada edad (incluso la más joven, tía Hettie, no tenía un día menos de ochenta años). Por tanto, Cassandra dejó a un lado su renuencia, resistió la tentación de señalar la resuelta ausencia de amigos de Nell, y se puso a realizar las tareas que le encargaron: preparar tazas y platos, encontrar tenedores para postre, hacer a un lado los cachivaches de Nell, para que los primos tuvieran algún lugar en donde sentarse. Dejó que las tías se arremolinaran a su alrededor con toda la pompa e importancia debidas.

En realidad no eran tías de Cassandra, claro. Eran las hermanas menores de Nell, tías de la madre de Cassandra. Pero Lesley nunca se había ocupado mucho de ellas, y las tías no tardaron en tomar a Cassandra bajo su tutela, en su lugar.

Cassandra había medio esperado que su madre asistiera al funeral, que apareciera en el crematorio justo cuando comenzara la ceremonia, con un aspecto treinta años más joven de su verdadera edad, atrayendo miradas admirativas, como siempre había sido. Hermosa, joven y despreocupada hasta lo indecible.

Pero no había sucedido. Habría enviado una tarjeta, supuso Cassandra, con una imagen en la cubierta, apenas vagamente adecuada al propósito. Una caligrafía desbordante que llamaría la atención, y al final, copiosos besos. Del tipo que se daban con facilidad, cicatrices sobre un renglón de escritura tras otro.

Cassandra hundió las manos en el fregadero de la cocina, mientras movía su contenido.

—Bueno, creo que ha resultado espléndido —declaró Phyllis, la hermana mayor después de Nell, y con mucho, la más mandona—. A Nell le hubiera gustado.

Cassandra miró hacia un lado.

—Es decir —continuó Phyllis, haciendo una pausa mientras secaba—, una vez que hubiera dejado claro que para empezar no quería algo así. —Su humor se volvió repentinamente maternal—. ¿Y cómo estás tú? ¿Cómo estás sobrellevando todo?

—Estoy bien.

—Te veo muy delgada. ¿Estás comiendo?

—Tres veces al día.

—Podrías engordar un poco. Vendrás a tomar el té mañana, invitaré a la familia, haré mi pastel casero.

Cassandra no discutió.

Phyllis miró preocupada la vieja cocina, observando la inclinada campana del extractor.

—¿No tienes miedo aquí sola?

—No, no tengo miedo…

—Sin embargo esto es muy solitario —dijo Phyllis, frunciendo la nariz en extravagante empatía—. Cómo no vas a sentirte sola… Es natural, tú y Nell os hacíais buena compañía la una a la otra, ¿verdad? —No esperó confirmación, sino que apoyó una mano llena de manchas de sol en el antebrazo de Cassandra y continuó con su charla—. Pero te vas a poner bien, y yo te diré por qué. Siempre es triste perder a alguien a quien has querido, pero no es tan terrible cuando se trata de una anciana. Es como debe ser. Es mucho peor cuando es alguien joven… —Se detuvo a mitad de frase, los hombros tensos y las mejillas enrojecidas.

—Sí —convino Cassandra rápidamente—, claro que lo es. —Dejó de lavar las tazas y se inclinó para mirar hacia el jardín, a través de la ventana de la cocina. La espuma se deslizaba entre sus dedos, sobre la alianza de oro que todavía llevaba—. Debería salir y arrancar las malezas. El nasturtium acabará cubriendo el sendero si no tengo cuidado.

Phyllis se aferró agradecida al nuevo tema de conversación.

—Enviaré a Trevor para que te ayude. —Sus dedos agarrotados se apretaron en torno al brazo de Cassandra—. ¿El próximo sábado te parece bien?

Apareció entonces tía Dot, arrastrando los pies desde la sala de visitas con otra bandeja de tazas sucias. Las apoyó tintineando sobre la mesa y se llevó una rolliza mano a la frente.

—Por fin —dijo, parpadeando en dirección a Cassandra y Phyllis a través de unas gafas increíblemente gruesas—. Éstas son las últimas. —Se acercó con torpeza hasta la cocina y examinó el interior de la lata redonda donde se guardaban los bizcochos—. Se me ha abierto el apetito.

—Oh, Dot —exclamó Phyllis, saboreando la oportunidad de canalizar su incomodidad hacia otra cosa—, si acabas de comer.

—Eso fue hace una hora.

—¡Qué caradura! Pensé que te estabas cuidando en el peso.

—Lo estoy —aseguró Dot, enderezándose y marcando su considerable cintura con ambas manos—. He perdido casi tres kilos desde Navidad. —Volvió a ajustar la tapa y se enfrentó a la dubitativa mirada de Phyllis—. Los perdí .

Cassandra reprimió una sonrisa mientras continuaba lavando las tazas. Phyllis y Dot eran tan redondas la una como la otra, todas sus tías lo eran. Lo habían heredado de su madre, que, a su vez, lo había heredado de la suya. Nell era la única que había escapado a la maldición familiar, y poseía la complexión delgada de su padre irlandés. Siempre había sido un espectáculo verlas juntas, Nell alta y delgada con sus rollizas hermanas.

Phyllis y Dot seguían discutiendo y Cassandra sabía, por experiencia, que, si no discurría algo para distraerlas, la pelea seguiría subiendo de tono hasta que una (o ambas) tirara una servilleta de té al suelo y saliera como una tromba de la habitación. Ya lo había visto antes, y nunca había podido acostumbrarse del todo al modo en que ciertas frases, ciertas miradas que duraban un instante de más, podían reactivar un desacuerdo comenzado muchos años antes. Como hija única, Cassandra hallaba los manidos senderos de la interacción entre hermanos fascinantes y horripilantes en igual medida. Era una suerte que las otras tías hubieran sido adoctrinadas por sus respectivas familias y no fueran capaces de agregar su granito de arena a la pelea.

Cassandra se aclaró la garganta.

—Sabéis, hay algo que he querido preguntaros. —Alzó un poco el volumen de voz consiguiendo, casi, llamarles la atención—. Sobre Nell. Algo que dijo en el hospital.

Phyllis y Dot se volvieron hacia ella, las mejillas de ambas sonrojadas. La mención de su hermana pareció calmarlas. Les recordó por qué se encontraban allí reunidas, secando tazas de té.

—¿Algo sobre Nell? —repitió Phyllis.

Cassandra asintió.

—En el hospital, cerca del final, habló sobre una mujer. La dama, la llamaba, la Autora. Parecía creer que estábamos en una suerte de embarcación.

Phyllis apretó los labios.

—Su mente divagaba, no sabía lo que estaba diciendo. Seguramente un personaje de algún programa de televisión que había estado viendo. ¿No había una serie que solía seguir, que transcurría en un crucero?

—Oh, Phyll —suspiró Dot sacudiendo la cabeza.

—Estoy segura de recordarla hablando de eso…

—Vamos, Phyll —dijo Dot—. Nellie ya no está. No hay necesidad de todo esto.

Phyllis cruzó los brazos sobre su pecho y resopló indecisa.

—Deberíamos decírselo —sugirió Dot con delicadeza—. No hará daño alguno. Ya no.

—¿Decirme qué? —Cassandra pasó su mirada de la una a la otra. Su pregunta había sido hecha para evitar otra rencilla familiar; no había esperado descubrir un extraño y posible secreto. Las tías estaban tan concentradas en lo suyo, que parecían haberse olvidado de que se encontraba allí—. ¿Decirme qué? —insistió.

Dot enarcó las cejas mirando a Phyllis.

—Será mejor que se entere por nosotras a que lo averigüe de alguna otra manera.

Phyllis asintió casi imperceptiblemente, sostuvo la mirada de Dot y sonrió con amargura. El conocimiento compartido volvía a convertirlas en aliadas.

—Muy bien, Cass. Será mejor que te sientes —dijo, al fin—. Pon la tetera, querida Dotty. ¿Nos preparas un té?

Cassandra siguió a Phyllis hasta la sala y se sentó en el sofá de Nell. Phyllis acomodó su orondo trasero al otro lado y jugueteó con un mechón de pelo.

—Es difícil saber por dónde empezar. Ha pasado mucho tiempo de todo esto.

Cassandra estaba perpleja.

—¿De todo qué?

—Lo que voy a contarte es el gran secreto de nuestra familia. Todas las familias tienen uno, de eso puedes estar segura, algunos son más grandes que otros. —Frunció el ceño en dirección a la cocina—. ¿Por qué tarda tanto Dot? Lenta como una semana de lluvias, eso es lo que es.

—¿De qué se trata, Phyll?

Suspiró.

—Me prometí que nunca se lo diría a nadie. Todo esto ha causado ya muchas divisiones en nuestra familia. Ojalá papá se lo hubiera guardado. Pensó que estaba haciendo lo correcto, pobre loco.

—¿Qué fue lo que dijo?

Si Phyllis la escuchó, no hizo gesto de reconocimiento alguno. Ésta era su historia e iba a contarla a su manera tomándose su tiempo.

—Éramos una familia feliz. No teníamos mucho, pero éramos felices. Mamá y papá, y nosotras. Nellie era la mayor, como sabes, se llevaba diez años de diferencia, a causa de la Gran Guerra, con el resto de nosotras. —Sonrió—. No lo creerías, pero Nellie era, por entonces, el alma y vida de la familia. Todas la adorábamos, pensábamos en ella como en una suerte de madre, nosotras las pequeñas, especialmente después de que mamá enfermó. Nell cuidaba de ella con mucha dedicación.

Cassandra podía imaginarla perfectamente cuidando de su madre, pero que su irritable abuela fuera el alma y vida de la familia…

—¿Qué sucedió?

—Durante mucho tiempo ninguna de nosotras lo supo. Así fue como lo quiso Nell. Todo cambió en nuestra familia y nadie supo por qué. Nuestra hermana mayor se convirtió en otra persona, dejó de querernos. No de un día para otro, no fue tan drástico. Se fue retirando, poquito a poco, distanciándose de todas nosotras. Fue tan misterioso, tan doloroso, y papá se negaba a hablar del tema, por más que le azuzáramos.

»Fue mi esposo, que en paz descanse, quien nos indicó finalmente el camino correcto. No a propósito, claro, no es que se hubiera propuesto descubrir el secreto de Nell ni nada de eso. Se las daba de ser un aficionado a la historia, pero eso es todo. Ocurrió cuando decidió hacer un árbol genealógico de la familia al nacer nuestro Trevor. El mismo año que tu madre, en 1947… —Hizo una pausa y miró a Cassandra con algo de malicia, como si esperase descubrir si de algún modo intuía lo que se avecinaba. No lo hizo—. Un día vino a mi cocina, lo recuerdo como si fuera hoy, y dijo que no podía encontrar ningún dato del nacimiento de Nellie en los registros. Bueno, claro que no, le dije, Nelly nació en Maryborough, antes de que la familia hiciera las maletas y se mudara a Brisbane. Doug asintió y dijo que eso era lo que había creído, pero que cuando requirió información de Maryborough, le dijeron que no había nada. —Phyllis lanzó una mirada significativa a Cassandra—. Así es, Nell no existía, al menos no en forma oficial.

Cassandra alzó la vista cuando Dot apareció desde la cocina y le entregó una taza de té.

—No lo entiendo.

—Claro que no, preciosa —tomó el testigo Dot, sentándose en el sillón junto a Phyllis—. Y durante mucho tiempo tampoco lo entendimos nosotras. —Sacudió la cabeza y suspiró.

—No hasta que hablamos con June. Durante el casamiento de Trevor, ¿no fue así, Phyll?

Phyllis asintió.

—Sí, en 1975. Estaba furiosa con Nell. Hacía poco que habíamos perdido a papá y allí estaba, mi hijo mayor, casándose, el sobrino de Nellie, y ella ni siquiera se molestó en aparecer. En cambio, se tomó unas vacaciones. Eso fue lo que me llevó a hablar de esa manera con June. No me avergüenza decir que estaba quejándome de Nell.

Cassandra estaba confusa, siempre había tenido dificultades en recordar la extensa red de familiares y amigos de las tías.

—¿Quién es June?

—Una de nuestras primas —explicó Dot—, del lado de mamá. La habrás conocido en algún momento, ¿verdad? Era un año mayor que Nell y las dos eran inseparables de pequeñas.

—Debieron de estar muy unidas —dijo Phyllis sonándose la nariz—. June fue la única a quien Nell le contó lo sucedido.

—¿Qué y cuándo sucedió? —preguntó Cassandra.

Dot se inclinó hacia delante.

—Papá le dijo a Nell…

—Papá le dijo a Nell algo que nunca debería haberle dicho —agregó Phyllis con rapidez—. Aunque estaba haciendo lo correcto, pobre hombre. Lo lamentó el resto de su vida, las cosas nunca volvieron a ser iguales entre ambos.

—Y Nell siempre había sido su favorita.

—Nos quería a todas —replicó Phyllis.

—Oh, Phyll —exclamó Dot haciendo un gesto con la mirada—. No puedes admitirlo ni siquiera ahora. Nell era su favorita, lisa y llanamente. Lo cual resultó una ironía.

Phyllis no respondió, por lo que Dot, satisfecha de hacerse cargo de las riendas, continuó.

—Sucedió durante la noche de su vigésimo primer cumpleaños —dijo—. Tras la fiesta…

—No fue después de la fiesta —refutó Phyllis—, fue durante. —Se volvió a Cassandra—. Supongo que pensó que era el momento perfecto para decírselo, el comienzo de su nueva vida y todo eso. Estaba comprometida para casarse, sabes. No con tu abuelo, con otro muchacho.

—¿De veras? —Cassandra se sorprendió—. Nunca me contó nada.

—El amor de su vida, si me lo preguntas. Un chico del lugar, no como Al.

Phyllis pronunció el nombre con un dejo de desagrado. Que las tías desaprobaban al esposo estadounidense de Nell no era ningún secreto. No era personal, sino más bien el rechazo unánime de una ciudadanía resentida por el influjo de soldados llegados a Brisbane en la Segunda Guerra Mundial con más dinero y mejores uniformes, sólo para regresar a su país con una importante cuota de mujeres de la ciudad.

—¿Entonces qué pasó? ¿Por qué no se casó con él?

—Ella rechazó el compromiso unos meses después de la fiesta —prosiguió Phyllis—. ¡Qué decepción! Todas queríamos a Danny, y a él le rompió el corazón. Con el tiempo se casó con otra, justo antes de la segunda guerra. No es que eso le trajera mucha felicidad, nunca regresó de luchar contra los japoneses.

—¿Vuestro padre le dijo a Nell que no se casara con él? —preguntó Cassandra—. ¿Es eso lo que le dijo esa noche? ¿Que no se casara con Danny?

—Todo lo contrario —refunfuñó Dot—. Papá pensaba que el sol brillaba sólo para Danny. Ninguno de nuestros esposos logró siquiera hacerle sombra.

—Entonces, ¿por qué rompió el compromiso?

—Ella no lo explicó, ni siquiera se lo dijo a él. Casi nos volvimos locas tratando de entenderlo —contestó Phyllis—. Todo lo que supimos fue que Nell no se hablaba con papá, y que tampoco se hablaba con Danny.

—Eso fue todo lo que supimos hasta que Phyll habló con June —añadió Dot.

—Casi cuarenta y cinco años después.

—¿Y qué dijo June? —preguntó Cassandra—. ¿Qué pasó en la fiesta?

Phyllis tomó un sorbo de té y enarcó las cejas en dirección a Cassandra.

—Papá le dijo a Nell que no era hija suya y de mamá.

—¿Era adoptada?

Las tías intercambiaron una mirada.

—No exactamente —dijo Phyllis.

—Más bien fue encontrada —precisó Dot.

—Recogida.

—Recibida.

Cassandra frunció el ceño.

—¿Encontrada dónde?

—En los muelles de Maryborough —dijo Dot—. A donde solían llegar las grandes embarcaciones europeas. Ahora ya no, claro, hay puertos mucho más grandes, y la mayor parte de la gente viaja en avión…

—Papá la encontró —interrumpió Phyllis—. Cuando ella era pequeña. Fue justo antes del comienzo de la Gran Guerra. La gente se iba de Europa en masa y nosotros estábamos más que felices de aceptarlos, aquí en Australia. Papá era el jefe del puerto en esa época, y su trabajo era controlar que quienes viajaban fueran quienes decían ser, y que llegaran a donde debían llegar. Algunos de ellos ni siquiera hablaban inglés.

»Por lo que yo entendí, una tarde hubo una suerte de conmoción. Un barco llegó a puerto desde Inglaterra tras un viaje de lo más agitado. Fiebres tifoideas, insolaciones, de todo, y cuando el barco llegó había equipaje de más, de personas fallecidas durante la travesía. Fue un gran dolor de cabeza. Papá se las ingenió para arreglarlo todo, por supuesto, siempre fue bueno para mantener el orden, pero se quedó más tiempo de lo habitual para asegurarse y le explicó al vigilante nocturno lo sucedido y por qué había equipaje extra en la oficina. Fue mientras estaba esperando cuando observó que quedaba alguien en el muelle. Una niña, de apenas cuatro años, sentada sobre su maleta.

—Y nadie en kilómetros a la redonda —añadió Dot sacudiendo la cabeza—. Estaba sola.

—Papá intentó averiguar quién era, claro, pero ella no se lo quiso decir. Dijo que no lo sabía, que no lo recordaba. Y no había nombre alguno identificando el equipaje, nada en su interior que fuera de ayuda, al menos que él se percatara. Ya era tarde, y estaba oscureciendo, y el tiempo había empeorado. Papá sabía que la niña debía de estar hambrienta, así que finalmente decidió que no podía hacer otra cosa más que llevársela a su casa. ¿Qué otra solución había? No iba a dejarla en los muelles, sola, bajo la lluvia toda la noche, ¿no?

Cassandra sacudió la cabeza, intentando conciliar a la agotada y solitaria pequeña de la historia de Phyllis con la Nell a quien conociera.

—Tal como me contó June, al día siguiente regresó esperando encontrarse con parientes frenéticos, policías, una investigación…

—Pero no hubo nada —dijo Dot—. Transcurrió un día tras otro y nada, nadie dijo nada.

—Era como si la niña no hubiera dejado rastro. Intentaron averiguar quién era, por supuesto, pero con tanta gente llegando a diario… Había mucho papeleo. Era muy sencillo que algo pasara inadvertido.

—O alguien.

Phylly suspiró.

—Así que se quedaron con ella.

—¿Qué otra cosa podían hacer?

—Y dejaron que creyera que era su hija.

—Una de nosotras.

—Hasta que cumplió los veintiuno —dijo Phyllis—. Y papá decidió que debía saber la verdad. Que había sido encontrada sin nada que la identificara excepto el equipaje de una niña.

Cassandra permaneció sentada en silencio, intentando asimilar la información. Entrecruzó los dedos en torno a la caliente taza de té.

—Debió de sentirse muy sola.

—Sin duda —repuso Dot—. Todo ese trayecto sola. Semanas y semanas en una gran embarcación, para terminar en un muelle desierto.

—Y todo el tiempo después.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Dot frunciendo el ceño.

Cassandra apretó los labios. ¿Qué había querido decir? Le había venido a la mente como una ola. La certidumbre de la soledad de su abuela. Como si en ese momento hubiera entrevisto un aspecto importante de Nell que nunca antes hubiera conocido. O mejor dicho, como si hubiera comprendido de pronto un aspecto de Nell que conocía muy bien. Su aislamiento, su independencia, su aspereza.

—Debió de sentirse muy sola cuando supo que no era quien había creído ser.

—Sí —reconoció Phyllis, sorprendida—. Debo admitir que al principio no se me ocurrió. Cuando June me lo contó, no pude ver en qué cambiaba eso las cosas. No pude, ni aunque me fuera en ello la vida, entender por qué Nell había permitido que eso la afectara tanto. Mamá y papá la querían y nosotras, las pequeñas, la adorábamos como a una hermana mayor; no podía haber pedido una familia mejor. —Se reclinó contra el brazo del sofá, la cabeza apoyada en su mano, y se frotó la sien cansinamente—. A medida que pasó el tiempo, sin embargo, comencé a darme cuenta. Eso sucede, ¿no es cierto? Me he percatado de que las cosas que damos por supuestas son importantes. Ya sabes, la familia, el parentesco, el pasado… Ésas son las cosas que nos hacen ser quienes somos, y papá se las arrebató a Nell. No era su intención, pero lo hizo.

—Nell debió de sentirse aliviada de que finalmente lo supierais —dijo Cassandra—. De algún modo debió de resultarle más sencillo.

Phyllis y Dot intercambiaron miradas.

—¿No le dijisteis que lo habíais averiguado?

Phyllis frunció el ceño.

—Estuve a punto un par de veces, pero cuando llegó el momento no pude hallar las palabras, no pude hacerle eso a Nell. Había estado tanto tiempo ocultándolo, había reconstruido su vida entera en torno a ese secreto, trabajado tan duro en guardarlo para sí. Me pareció… no sé… algo cruel derribar esos muros. Como volver a arrebatárselo todo una segunda vez. —Sacudió la cabeza—. Pero tal vez todo eso sea absurdo. Nell podía ser feroz cuando quería, tal vez yo no tuve el coraje suficiente.

—No es algo que tenga que ver con tener o no tener coraje —precisó Dot con firmeza—. Todas acordamos que era lo mejor. Era lo que Nell quería.

—Supongo que tienes razón —dijo Phyllis—. No obstante, una se hace preguntas. No es que no hubiese oportunidades, por ejemplo, el día que Doug se llevó la maleta.

—Justo antes de morir, papá hizo que el esposo de Phyllis le llevara la pequeña maleta a Nell —explicó Dot—. Por supuesto, no dijo una palabra de lo que significaba, claro. Así era papá, tan negado como Nell para guardar secretos. La había ocultado todos esos años, ¿sabes? Con todo dentro, tal como la habían encontrado.

—Es gracioso —dijo Phyllis—. Tan pronto como vi la maleta ese día pensé en la historia de June. Sabía que debía de ser la que papá había encontrado junto a Nell en el muelle años atrás, y, sin embargo, todo ese tiempo estuvo en el trastero y jamás se me cruzó por la cabeza. No la vinculé a Nell y a sus orígenes. Si alguna vez pensé en ella, fue para preguntarme por qué mamá y papá habían tenido alguna vez un equipaje tan peculiar. De cuero blanco con hebillas de plata. Pequeñito, como de niña…

Y aunque Phylly continuó describiendo la maleta, no hizo falta que se molestara, porque Cassandra sabía exactamente cómo era.

Más aún, conocía su contenido.

Capítulo 5

 

 

Brisbane, Australia, 1976

 

 

C assandra supo adónde se dirigían tan pronto como su madre bajó la ventanilla y le dijo al empleado de la gasolinera: «Llénelo». El hombre le respondió algo que hizo reír a su madre puerilmente. Le guiñó un ojo a Cassandra antes de que su mirada se posara en las largas piernas bronceadas de su madre, que salían de sus shorts hechos de unos vaqueros cortados. Cassandra estaba habituada a que los hombres miraran a su madre y no le prestaba mayor atención. Por eso, se volvió a mirar por la ventanilla y a pensar en Nell, su abuela. Porque allí era a donde se dirigían. La única razón por la que su madre echaba más de cinco dólares de gasolina en el coche era para hacer el viaje de una hora por la autopista sureste hasta Brisbane.

Cassandra siempre se había sentido fascinada por Nell. Sólo la había visto cinco veces en su vida (hasta donde podía recordar) pero Nell no era el tipo de persona que uno olvida con facilidad. Para empezar, era la persona más vieja que había visto jamás. Y no sonreía como las demás personas, lo que la hacía parecer aún más imponente y aterradora. Lesley no hablaba mucho de ella, pero una vez, estando Cassandra en la cama, escuchó a su madre discutir con el novio anterior a Len y referirse a Nell como una bruja, y aunque para entonces había dejado de creer en la magia, la imagen no la abandonaría.

Nell era una bruja. Sus largos cabellos plateados enrollados en un moño en la nuca, la angosta casa de madera en la colina de Paddington, con los muros amarillo limón desconchados, el descuidado jardín y los gatos del vecindario siguiéndola a todas partes. Sin contar el modo en que te miraba fijamente, como si estuviera a punto de realizar un conjuro.

Avanzaron veloces por Logan Road, con las ventanas bajadas, Lesley cantando la melodía de la radio, la nueva canción de ABBA que estaba siempre entre las favoritas de los oyentes. Después de cruzar el río Brisbane atravesaron el centro de la ciudad y se dirigieron hacia Paddington, con sus tejados de metal corrugado en las laderas de las colinas. Luego, por Latrobe Terrace, descendiendo una empinada pendiente y a medio camino en una estrecha callejuela, estaba la casa de Nell.

Lesley detuvo el coche abruptamente y apagó el motor. Cassandra permaneció sentada por un momento, el sol entrando a través de las ventanillas sobre sus piernas, la piel de sus corvas pegada al asiento de vinilo. Bajó del automóvil cuando su madre lo hizo y permaneció de pie a su lado, mirando inconscientemente hacia arriba, hacia la alta casa desgastada por el tiempo.

Un estrecho y agrietado sendero de cemento ascendía por un lateral. Había una puerta principal, en lo más alto, pero alguien, algunos años antes, la había techado, de modo que la entrada parecía oscurecida, y Lesley dijo que nadie la usaba. A Nell le gustaba así, agregó: evitaba que la gente la visitara sin anunciarse, pensando que serían bienvenidos. Los canalones del tejado eran viejos y torcidos, y en el centro había un gran agujero oxidado que debía de soltar el agua a chorros cuando llovía. Hoy, sin embargo, no hay señales de lluvia, pensó Cassandra, mientras una cálida brisa hizo tintinear las campanillas.

—¡Brisbane es un apestoso agujero! —dijo Lesley, mirando por encima de la montura de sus grandes gafas color bronce y sacudiendo la cabeza—. Gracias a Dios que me marché.

Se escuchó un ruido en el extremo del sendero. Un gato flaco color caramelo clavó su mirada, de claro rechazo, en las recién llegadas. Oyeron el chirrido de las bisagras de una puerta y luego, pisadas. Una figura alta, de cabellos canos, apareció junto al gato. Cassandra respiró hondo. Nell. Era como estar cara a cara con un fantasma de su imaginación.

Se quedaron inmóviles, observándose mutuamente. Nadie habló. Cassandra tuvo la extraña sensación de ser testigo de un misterioso ritual de adultos que no acababa de entender. Se estaba preguntando por qué continuaban quietas, quién haría el siguiente movimiento, cuando Nell rompió el silencio.

—Pensé que habíamos acordado que en el futuro llamarías antes de venir.

—Qué alegría verte, mamá.

—Estoy en plena organización de cajas para una subasta. Tengo cosas por todas partes, no hay donde sentarse.

—Nos arreglaremos. —Lesley señaló en dirección a Cassandra—. Tu nieta tiene sed, hace un calor horroroso aquí fuera.

Cassandra se movió incómoda, mirando a su alrededor. Había algo extraño en el comportamiento de su madre, un nerviosismo al que no estaba acostumbrada y que no habría sabido definir. Escuchó cómo su abuela exhalaba el aire lentamente.

—Está bien —dijo Nell—, será mejor que paséis.

Nell no había exagerado respecto al desorden. El suelo estaba cubierto de periódicos arrugados, en grandes pilas que crujían. Sobre la mesa, como una isla en medio de un mar de papel impreso, había una innumerable cantidad de platos, copas y cristales. Fruslerías, pensó Cassandra, complacida de acordarse del vocablo.

—Pondré la tetera —dijo Lesley, avanzando en dirección opuesta hacia la cocina.

Nell y Cassandra quedaron a solas y entonces la anciana dirigió su mirada hacia ella del modo peculiar en que solía hacerlo.

—Estás más alta —comentó por fin—. Pero sigues siendo muy delgada.

Era verdad, los niños en la escuela siempre se lo estaban diciendo.

—Yo era delgada como tú —dijo Nell—. ¿Sabes cómo solía llamarme mi padre?

Cassandra se encogió de hombros.

—Piernas con suerte. Suerte que no se quebraran por la mitad. —Nell comenzó a sacar unas tazas para té colgadas en un viejo aparador—. ¿Té o café?

Cassandra negó con la cabeza, escandalizada. Aunque había cumplido diez años en mayo, todavía era una niña y no estaba acostumbrada a que los adultos le ofrecieran bebidas de adultos.

—No tengo zumo de frutas ni refrescos con burbujas —le advirtió Nell—, ni ninguna de esas cosas.

Recuperó el habla.

—Me gusta la leche.

Nell parpadeó.

—Está en la nevera. Siempre tengo mucha, para los gatos. La botella estará resbaladiza, así que no la dejes caer al suelo.

Cuando se sirvió el té, Lesley le dijo que se fuera a jugar. El día era demasiado brillante y soleado para que una niña estuviera encerrada dentro. La abuela Nell le dio permiso para hacerlo debajo de la casa a condición de que no desordenara nada y de que no entrara bajo ningún concepto en al apartamento del piso inferior.

 

* * *

 

Era uno de esos días de calor insoportable de las antípodas en donde el tiempo parece eternizarse sin interrupción. Los ventiladores servían de muy poco, salvo para remover el aire caliente, las cigarras amenazaban con ensordecer a todos, respirar era un esfuerzo, y lo único que se podía hacer era tumbarse de espaldas y esperar a que enero y febrero pasaran, y llegaran las tormentas de marzo y luego, por fin, las primeras ráfagas de abril.

Pero Cassandra no sabía nada de eso. Era una niña y tenía la resistencia de los niños para los climas difíciles. Dejó que la puerta mosquitero se cerrara de golpe a su paso y siguió el sendero hacia el jardín trasero. Las flores de frangipani se habían desprendido y se cocían al sol, negras, resecas, arrugadas. Las aplastó con sus zapatos al avanzar. Sintió un secreto placer al observar las manchas sobre el blanco cemento.

Se sentó en el pequeño banco de hierro en el claro que había en la parte más alta, y miró en dirección al extraño jardín de su misteriosa abuela, hacia la casa parcheada más allá. Se preguntó de qué estarían hablando su madre y su abuela, y por qué habían ido de visita hoy, pero, por más que dio vueltas a las preguntas en su mente, no consiguió dar con la respuesta.

Después de un rato, la distracción del jardín demostró ser muy poderosa. Sus preguntas se desvanecieron, y comenzó a recoger unas judías del huerto, mientras un gato negro observaba en la distancia, fingiendo desinterés. Cuando hubo juntado una buena cantidad, Cassandra se subió a la rama más baja del mango en un rincón del jardín, con las judías delicadamente sujetas en sus manos, y comenzó a romperlas, una por una. Disfrutó de las semillas frías y pegajosas que se deslizaban entre sus dedos, de la sorpresa del gato cuando una de las cáscaras cayó entre sus zarpas, de su excitación cuando creyó que era un saltamontes.

Cuando todas las vainas estuvieron vacías, Cassandra se limpió las manos en sus shorts y dejó vagar la mirada. Al otro lado de la alambrada había un enorme edificio rectangular. Sabía que era el teatro Paddington, aunque ahora estaba cerrado. En algún lugar de los alrededores su abuela tenía una tienda de antigüedades. Cassandra había estado allí una vez, antes, durante otra visita imprevista de Lesley a Brisbane. Se había quedado con Nell mientras su madre salió a encontrarse con alguien o hacer alguna cosa.

Nell le había permitido pulir un juego de té de plata. Cassandra había disfrutado haciéndolo: el olor del limpiaplata, observar cómo el paño se ennegrecía y la tetera brillaba. Nell incluso le explicó algunas de las marcas —el león por la libra esterlina, la cabeza de leopardo por Londres, una letra por el año de fabricación—. Era como un código secreto. Cassandra había recorrido esa semana su casa, esperando hallar plata que pulir y descifrar para Lesley. Pero no había encontrado nada. Había olvidado hasta ese momento cuánto disfrutó de la tarea.

Con el paso de los minutos, cuando las hojas del mango comenzaron a desfallecer lánguidas por el calor y las urracas se atragantaban con su canto, regresó por el sendero del jardín. Su madre y Nell seguían en la cocina —podía distinguir sus siluetas destacarse a través de la tela de las cortinas— por lo que continuó por el lateral. Había una gran puerta corredera de madera y cuando tiró del picaporte se abrió para mostrar el área fresca y sombría de debajo de la casa.

La oscuridad constituía tal contraste con el brillo exterior que era como cruzar la frontera a otro mundo. Cassandra sintió un estremecimiento de excitación al entrar y caminar por el perímetro de la habitación. Era un gran espacio, pero Nell había hecho lo posible por llenarlo. Cajas de varias formas y tamaños estaban apiladas desde el suelo hasta el techo en tres de los muros, y a lo largo del cuarto se recostaban extraños marcos de ventanas y puertas, algunas con los paneles de cristal rotos. El único espacio sin cubrir era una puerta, en medio de la pared más alejada, la que daba a lo que Nell denominaba «el apartamento». Espiando en su interior, Cassandra pudo ver que era del tamaño de un dormitorio. Estantes improvisados, cargados de libros, cubrían dos de las paredes y había un catre en un rincón, con una colcha roja, blanca y azul, cubriéndolo. Una pequeña ventana dejaba entrar la única luz a la habitación, pero alguien había clavado unas estacas de madera para trabarla. Para mantener a distancia a los ladrones, supuso Cassandra. Aunque no podía imaginarse qué podrían querer de semejante habitación.

Sintió la imperiosa necesidad de tumbarse en el catre, de sentir el frescor de la colcha contra su piel tibia, pero Nell había sido muy explícita —podía jugar en el piso inferior pero no tenía permiso para entrar en el apartamento— y Cassandra acostumbraba a obedecer. En vez de entrar en el apartamento y dejarse caer sobre la cama, se volvió. Regresó al lugar en donde algún niño, mucho tiempo atrás, había pintado los rectángulos de una rayuela sobre el suelo de cemento. Revolvió en los rincones del cuarto en busca de una piedra adecuada, rebuscando hasta encontrar una regular, sin aristas que la enviaran en direcciones inesperadas.

Cassandra la hizo rodar —un aterrizaje perfecto en medio del primer cuadrado— y comenzó a saltar. Estaba en el número siete cuando la voz de su abuela, aguda como un vidrio quebrado, le llegó desde el piso superior.

—¿Qué clase de madre eres tú?

—No peor de lo que tú fuiste.

Cassand

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