Eternas (Bellas 2)

Dhonielle Clayton

Fragmento

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Maman jamás me dijo qué hacer cuando el mundo se cae a pedazos como un vestido con las costuras desgarradas; las cuentas esparciéndose hasta los rincones más lejanos; la tela, una tormenta de jirones despedazados, destruida e irreconocible. Jamás me dijo cómo luchar contra las pesadillas que se abren paso como gélidas sombras y se instalan tras los ojos cerrados. Jamás me dijo qué hacer cuando todo color se desvanece del mundo como la sangre manando de una herida mortal.

Me dio un espejo para ver la verdad. Lo cogí y el cristal se calentó en la palma de mi mano.

Sin embargo, ¿qué pasa cuando el reflejo que me devuelve la mirada es feo, y lo único que quiero hacer es prenderle fuego a todo, y ella no está aquí para ayudarme?

Los últimos tres días han sido un borrón caótico, una imagen en movimiento constante: el palacio, las mazmorras de Sophia, el despertar de Charlotte y Arabella ayudándonos a llegar aquí con papeles falsos.

—¿Me escuchas? —espeta Edel—. Has estado mirando por esa ventana durante casi una vuelta de reloj entera.

No me vuelvo para mirarla, ni ella ni a la pequeña habitación de la posada donde nos habían metido. Me fijo en el sol mientras se hunde tras la hilera de tiendas del otro lado de la calle y observo cómo confiere al cielo la tonalidad de la cola de un pavo real. Las puestas de sol son muchísimo más preciosas tan al sur. Parece como si las Islas Especiadas estuvieran en el mismo borde del mundo y suspendidas a la deriva.

Presiono la nariz contra el cristal helado; el viento de la estación fría intenta abrirse paso a través de él. Deseo que pudiera envolver sus gélidos dedos a mi alrededor y enfriar mis entrañas. En la distancia, el conjunto de islas casi se besa en la Bahía de Croix, y la ciudad capital de Metairie las vigila como si fuera un faro inmenso que sobresale del mar y atrae hacia sí los barcos con seguridad. Puentes dorados conectan las cuatro islas y brillan como fuegos artificiales cuando se encienden los farolillos vespertinos. Las lujosas barcazas del transporte fluvial se deslizan por debajo de ellos y la luz centellea en sus rebordes dorados. Las vastas plantaciones de especias se extienden en todas direcciones, con grandes mansiones blancas que supervisan los campos de menta, melisa, lavanda y salvia. Los farolillos botánicos planean sobre los cultivos, abejas delgadas como el papel que transportan rayos de sol y nutrientes.

Este lugar se me antoja todavía más extraño que el palacio, tan distinto de nuestro hogar. Antes quería ver todos y cada uno de los rincones de este mundo, pero ahora solo puedo pensar en cómo sería ver arder Orleans entero, todas las islas convirtiéndose en cenizas, nubes de humo espeso colmando los cielos y apagando el sol, los mares ennegreciéndose por los escombros ahí olvidados. ¿Intervendrían los dioses?

Vuelvo a dirigir la mirada a los planos esparcidos por el escritorio. Mis mapas de los vientos alisios. Mis teorías sobre cuán lejos podría haber llegado la princesa Charlotte si hubiera navegado al oeste hacia las Islas de Cristal o tal vez al este, rodeando la base de la isla imperial.

Dominada por la frustración, arrojo la brújula rosa que Rémy me había dado, y esta aterriza en el suelo con un insatisfactorio golpe sordo. Edel la recoge.

—Camille, ¡tengo que enseñarte algo! —Mira por encima de mi hombro hacia mis mapas—. Venga, vamos. Ni siquiera sabes si Charlotte consiguió salir esa noche.

—Rémy dijo que fue vista la goleta privada de la reina. ¿Quién podía ser si no?

—¿Un ladrón? ¿Piratas? ¿Unos cuantos cortesanos bebidos que se metieron en el barco equivocado?

Me burlo de sus palabras.

—Él dijo que nadie sabe quién iba en ella, y ahora pones todas las esperanzas en una chica que ha permanecido inconsciente durante cuatro años.

Me toca el hombro desnudo. Pego un brinco.

—Tienes la piel más caliente que una estufa —me dice—. ¿Estás enferma?

Quiero explicarle que un fuego inagotable arde en lo más profundo de mi estómago, cuyas llamas se alimentan de mi rabia.

—Y tú tienes los dedos helados —replico.

Le quito la brújula de las manos y trazo otra posible ruta que Charlotte pudiera haber tomado, y la dirijo al norte de la isla imperial.

—Estaba tosiendo y despertando cuando Ámbar y yo salimos corriendo.

—Olvidémonos de Charlotte y plantémonos en el palacio. Podríamos derrocar a Sophia nosotras mismas.

—¿Y luego qué? ¿Gobernar Orleans?

Edel se mordisquea el labio inferior.

—Tal vez.

—Si Charlotte fuera la reina, entonces podría convertir Orleans en lo que un día fue. Como la reina Celeste quería.

—No quiero volver. No voy a regresar a otro salón de té. No me van a forzar a...

Le tomo la mano y se traga el resto de la frase.

—Debemos tener esperanza. Si podemos encontrar a Charlotte y llevarla de vuelta al palacio, podrá enfrentarse a su hermana. Ella puede poner fin a todo esto. —La abrazo fuerte—. Entonces encontraremos otra manera de seguir adelante, una vida distinta para nosotras. Lo prometo.

—Vale, vale —murmura Edel entre dientes y se aparta de mí—. Pero tengo que enseñarte algo más importante..., algo que nos ayudará cuando dejemos este lugar. —Tiembla y lanza miradas nerviosas a la puerta—. He esperado a quedarnos solas.

—¿De qué se trata? —Doy la espalda a los mapas.

—Observa. —Edel cierra los ojos, se concentra tanto que parece estar a punto de poner un huevo de oro. Las venas se hinchan bajo su piel blanca y un rubor carmesí prende en sus mejillas. El pelo rubio pálido de sus sienes se empapa de sudor, que le salpica la frente como una hilera de perlas. Su pelo crece, centímetro a centímetro, hasta llegarle a la cintura y luego se vuelve de color medianoche.

Retrocedo a trompicones y me doy de bruces contra la diminuta jaula donde duermen los dragoncitos de peluche animado, que chillan alarmados.

—No deberíamos ser capaces de hacer esto.

Me pongo la mano en la boca.

—Voy a llamarla nuestra cuarta arcana: glamur.

Toma mis dedos temblorosos y los coloca sobre su pelo. Todavía mantiene la misma textura fina que siempre ha tenido, pero el color es tremendamente extraño.

—Nuestros dones son para los demás...

El corazón salta en mi pecho. Mis arcanas zumban justo debajo de mi piel, impacientes por aprender, impacientes por experimentar con este peligroso truco; mi mente se llena de un millar de posibilidades.

—No. Este don es para nosotras. Así es como... —empieza a decir Edel.

—Seremos más listas que Sophia y sus guardias —intervengo—. Y encontraremos a Charlotte.

La posibilidad de éxito se abre paso hasta mis entrañas y se mezcla con el enojo que vive allí. Siempre he construido mi vida en torno a hacer lo inesperado y quererlo todo —ser la favorita, ser la belle con más talento, dar forma a lo que significaba ser lindo en Orleans—, y ahora se me presenta la oportunidad de llevar a cabo lo más grande que jamás haya tenido que hacer y frente a un peligro mucho más grande de lo que nunca hubiera podido imaginar. Todo esto insufla vida a mi ambición.

Una gran sonrisa se dibuja en el rostro de Edel. Da un hondo suspiro y el oscuro tono medianoche de su pelo se aclara como si el sol de la mañana se abriera paso por cada hebra de cabello.

—¿Cómo aprendiste a hacerlo?

Echa una mirada a la puerta.

—Fue un accidente. Madame Alieas me estaba chillando, enumeraba todas las cosas que yo había hecho mal. Explicaba a gritos lo mucho que yo necesitaba ser más amable y lo mucho que hubiera preferido que le hubieran dado a Valerie en mi lugar. Yo me retorcía el pelo con el dedo. —Levanta un mechón—. Y me enfadaba cada vez más pensando en nuestra hermana, y entonces se oscureció hasta el tono marrón de Valerie.

—¿Qué se siente?

Vuelvo a acariciar el pelo de Edel, que se le encoge hasta los hombros para recuperar su longitud anterior.

—¿Recuerdas cuando nos escapábamos al tejado, en casa, antes de las primeras nevadas? Las uñas se nos volvían lilas y azules. Nuestros camisones se hinchaban con el viento, casi se congelaban sus hilos.

Asentí al tiempo que el recuerdo prendía en mi interior. Todas nosotras en el tejado después de que Du Barry y nuestras madres se hubieran dormido, esperando a que las nubes liberaran sus cristales, esperando atrapar un copo de nieve con la lengua, esperando ver los montones blancos congelar las copas del oscuro bosque de detrás de nuestra casa.

—Es así de frío. Al principio me asusté. No pensé que fuera real. Pensé que tenía las arcanas bajas y que mis ojos me jugaban una mala pasada, de modo que experimenté con partes de mi pelo. —Camina en círculos—. Iba añadiendo una onda o un reflejo para poner a prueba cuánto rato podía aguantarlo.

Siento un revoloteo en el estómago. Confiar en aspectos sin demostrar de las arcanas se me antoja como intentar dominar un huracán.

—¿Te hacía sentir mal?

—Me sangraba la nariz, tenía jaqueca, escalofríos...

—Entonces quizás...

Levanta una mano y hace un ademán para ahuyentar mis preocupaciones.

—Todo eso disminuyó a medida que yo cobraba fuerza. Solo requiere práctica. Pasé de mi pelo a otras partes de mi rostro.

—¿Te debilita como después de hacer tratamientos de belleza?

—Sí. Uso sanguijuelas y chocolate para ayudarme a aguantar el glamur y para sentirme mejor después de usarlo. —Edel me coge la mano—. Rápido. Déjame enseñártelo.

Me estiro en el delgado colchón que Edel, Ámbar y yo compartimos. Los muelles se me clavan en la espalda. El espejo de maman descansa justo bajo mi esternón, colgado de su cadena. Presiono mi mano contra él, quiero que su verdad y su sabiduría se abran paso hasta mi interior, me llenen y me hagan sentir como si maman todavía estuviera aquí, lista para luchar a mi lado. ¿Qué pensaría ella de todo esto? Todo lo que he hecho. Lo que estoy a punto de hacer.

—Cierra los ojos —ordena Edel.

Un temblor late en mi estómago.

Edel me aparta los rizos de mi frente sudorosa. ¿Es así como se sienten nuestros clientes cuando están en las mesas de tratamiento? ¿Diminutos, expuestos, vulnerables?

Toma mi mano temblorosa.

—¿Estás asustada?

—Estoy enfadada.

—Bien. Eso te hará fuerte. —Sus suaves dedos me rozan los párpados y los obligan a cerrarse—. Ahora piensa en cuando éramos niñas pequeñas y empezábamos a aprender nuestra segunda arcana, y Du Barry nos obligaba a dar todas esas lecciones de visualizar a nuestros clientes como pinturas o esculturas. ¿Te acuerdas?

—Sí.

—En lugar de eso, intenta verte a ti misma.

Las advertencias de Du Barry de mi infancia son ecos afilados dentro de mi cabeza: «Las belles jamás deben ser vanidosas, pues la diosa de la belleza castigará a aquellas que atesoren sus dones. Las arcanas son favores de la diosa de la belleza que deben ser usadas para servir».

Aparto esas palabras, las entierro muy hondo con el resto de mentiras.

Edel me aprieta el hombro.

—Vuelve a la Maison Rouge. Ya verás.

Respiro hondo y dejo que mis músculos se relajen. Edel describe el hogar donde vivimos hasta que cumplimos dieciséis el año pasado. Los pálidos árboles blancos que brillan como huesos en los pantanos, los barrotes en forma de rosa en las ventanas de casa, las paredes empapeladas de carmesí y dorado que conducían a las aulas, las cámaras de Edad con sus terrarios de flores moribundas y boles de fruta podrida, las habitaciones de Aura con sus mesas de tratamiento y los productos belle, la guardería llena de bebés llorando, el bosque oscuro..., una sombra tras nuestro hogar.

—Estás tensando los músculos —dice Edel al tiempo que me acaricia la mejilla—. Deja que las arcanas despierten. Concéntrate en ello.

Ante la mención de la palabra arcanas, su poder palpita en mi interior y emerge rápidamente para dar respuesta a mi petición. Las tres habilidades —Comportamiento, Aura y Edad— son hilos preparados, capaces e impacientes para ser doblegados y sometidos a mi voluntad.

Las venas de mis manos se hinchan bajo la piel. Mis nervios hormiguean con la gran energía.

—Piensa en tu propio rostro —susurra Edel—. Tu pelo rizado y tu frente ancha. Tus labios carnosos. El tono de tu piel es el marrón de las pastas de luna de almendra que Rémy nos ha traído esta mañana para desayunar.

Cuando veía a los clientes para un trabajo de belleza, un calor familiar me recorría como si alguien hubiera pasado la llama de una vela por mi piel. Sin embargo, ahora noto un profundo escalofrío que sustituye la otra sensación. Los dientes me castañean y un estremecimiento me produce un espasmo.

—Vas bien. Sigue —insta Edel—. Cambia tu pelo para que sea como las rosas belle carmesíes del invernadero de nuestra casa, con pétalos tan grandes como platos.

En mi mente, la flor brota al lado de la imagen de mi propio rostro. Su color sangra en los mechones de mi pelo, se envuelve en mis rizos como cintas de sangre. Una punzada de dolor estalla en mis sienes. Mis pulmones se tensan como si acabara de subir corriendo una escalera de caracol.

—Está funcionando —me dice.

Me siento bien erguida.

—No te desconcentres.

—¿Por qué tengo esta sensación? —pregunto sin aliento.

—No lo sé, pero lo estás consiguiendo. —Edel se abalanza hacia la caja de belleza que Arabella envió con nosotras, saca de ella un espejito y me lo coloca en las manos—. ¡Mira!

Desvío la mirada. Los rizos apretados de mi coronilla son de un fiero rojo profundo como los de Ámbar, como los de maman. Juego con un rizo y lo retuerzo alrededor de mi dedo para examinarlo más de cerca.

—¿Cuánto dura? —Hago una mueca por el frío. Se aferra a mis huesos e irradia un dolor que astilla mis entrañas.

—Tanto tiempo como puedas mantenerlo en tu mente y tus niveles permanezcan fuertes. Yo he sido capaz de aguantarlo durante casi cinco vueltas de reloj cuando estoy descansada y concentrada —se jacta Edel—, pero sé que, si me esfuerzo o bebo té de rosa belle o elixir, podría aguantar más.

—No puedo concentrarme más.

El rojo se desvanece y el marrón aparece de nuevo. Me desplomo en la cama.

La puerta se abre de golpe. Ámbar entra dando zancadas; su presencia, un terremoto. Una nube de pelo rojo asoma bajo su capucha.

Edel se pone en pie.

—Has vuelto pronto.

—Había demasiados guardias y he perdido la máscara que me has dado —informa Ámbar, luego analiza la habitación—. ¿Qué pasa aquí?

—Edel me estaba enseñando a... —trato de responder.

—A recuperar rápidamente las arcanas.

Los ojos de Edel me fulminan.

Presiono los labios y le lanzo una mirada desconcertada.

—¿Dónde está Rémy? —pregunta Edel al tiempo que coge un bol de porcelana de una mesa cercana y pesca dos sanguijuelas que se retuercen. Me coloca una en la muñeca como si fuera una manilla y en un susurro me dice—: No digas nada.

—Está haciendo una de sus rondas antes de subir aquí. —Ámbar corre hacia la jaula de los dragones y levanta la manta. Están enredados juntos en un montón y me recuerdan a brazaletes hechos de perlas, esmeraldas, zafiros, rubíes y oro—. Les he traído un poco de carne de cerdo y he encontrado estos collares tan dulces.

Sacude los collares con las puntas de sus dedos y los coloca ante la jaula.

—¿Por qué has gastado dinero en eso? —espeta Edel—. Se suponía que tenías que conseguirnos tinte para el pelo para todas nosotras.

—Lo he hecho.

Saca dos tarros panzudos del bolsillo y le lanza uno a Edel.

Edel lo coge.

—Todo lo que tenía era verde pino.

—Eso nos ayudará a pasar desapercibidas —replica Edel con sarcasmo.

—Los productos belle escasean en la ciudad, con todos los salones de té cerrados. Y me ha dado estos collares con descuento. Los dragones necesitan correas para entrenarlos. —Me pasa una hoja arrugada—. He encontrado esto en la mesa del vestíbulo.

Cuatro retratos se despliegan por la página: Ámbar, Edel, Rémy y, finalmente, yo.

Mis propios ojos miran fijamente, parecen angustiados. El retrato animado cambia en una serie de mis peinados más conocidos: uno con el pelo recogido en mi característico moño belle con flores de camelia, otro con el pelo suelto y alrededor de mi rostro en una gran nube rizada, y el último con la melena planchada y descansando sobre mis hombros. El texto nos tilda de personas peligrosas, taimadas y traidoras a la corona. Sophia ha prometido 850.000 leas y 275.000 espintrias por nuestra captura, cifras que convertirían instantáneamente a alguien en una de las personas más ricas de todo Orleans, lista para unirse al círculo de los mejores del reino.

SE BUSCAN: VIVOS Y EN BUENAS CONDICIONES.

APTOS PARA EL USO.

¿Qué significa eso? ¿Somos ganado que se dirige al matadero de la Isla de Quin?

Ámbar coloca comida fresca ante la jaula de los dragoncitos de peluche animado y luego se deja caer en una de las sillas de madera.

—No soporto este lugar.

Edel empieza a toser.

—Necesito agua —dice.

—¿Estás enferma? —pregunta Ámbar.

—Sedienta —replica Edel—. ¿Puedes traer un poco?

—¿Por qué no puedes hacerlo tú?

Las cejas de Ámbar se enarcan, llenas de sospecha.

—Siempre vas tú a por agua. Sabes cómo funcionan las bombas de la casa. —Cruzan la mirada—. Además, yo no voy vestida y tú sí.

—Ámbar, por favor. Los dragoncitos de peluche animado también necesitan un poco —añado.

Se encoge de hombros y sale de la habitación.

En cuanto se cierra la puerta, Edel para de toser y se vuelve hacia mí.

—No le expliques lo de los glamures.

—¿Por qué? —pregunto sintiendo la desconfianza de Edel hacia Ámbar como un destello de calor.

—Está demasiado débil para probarlo ahora mismo. Deberíamos esperar hasta que sepamos exactamente cómo funciona. Ambas hemos sido siempre más fuertes y hemos estado más predispuestas a experimentar que ella.

—Pero tendremos que enseñárselo pronto.

Estudio el rostro de Edel.

—Por supuesto —responde Edel evitando mi mirada—. Cuando llegue el momento.

eterna-7

 

El sol no ha salido todavía cuando salto de la cama y me visto para salir. Rémy está fuera en una de sus rondas nocturnas. No utilizo el agua fría de nuestra palangana por miedo a despertar a Ámbar y Edel. Me estoy acostumbrando a la suciedad. Los recuerdos de los onsen llenos de bañeras con patas como garras y jabones en forma de rosa y aceites dulces y esponjas de miel, de los dirigibles perfumados esparciendo sus aromas y de los farolillos de belleza bañándonos con los rayos de luz perfectos son nubes que se dirigen al mar para que nunca las vuelvan a atrapar.

Me pongo en los ojos las lentes de contacto que Arabella nos dio, y parpadeo hasta que quedan bien colocadas y puedo ver de nuevo la pequeña habitación. Nos hemos sumido en un ritmo sincronizado como el de las carpas danzarinas que vivían en nuestra fuente de la Maison Rouge: cada mañana Ámbar va a buscar agua de las bombas de la casa e incluso hurta trocitos de jabón de lima para que podamos intentar bañarnos; Edel mantiene limpia la habitación robando la escoba de la posadera cada tarde; Rémy vigila todos y cada uno de los movimientos de la pensión, y yo cuido nuestros dragoncitos de peluche animado y les enseño a volar, y también consigo la cena.

A veces parece que podríamos seguir viviendo así si quisiéramos. Movernos de pensión en pensión para dar esquinazo a los guardias imperiales. Cuidarnos los unos a los otros. Mezclarnos con la población normal de Orleans y vivir en secreto. Sin embargo, mi deseo de ver caer a Sophia se ha convertido en una cantinela susurrada que agita todo mi cuerpo, como si mis extremidades y mi corazón supieran que este no es un lugar para nosotros. Que debo enfrentarme a ella. Que debo hacerle pagar por lo que ha hecho. Que debo hacer lo que la reina Celeste hubiera querido.

Ámbar y Edel todavía son un embrollo de piernas y brazos y colchas en la cama que compartimos. Solo tengo unos instantes para salir por la puerta principal de la pensión antes de que vuelva Rémy. Bajo las escaleras despacio, vigilando no tocar ninguna de las tablas de madera que crujen. Esta es la segunda vez que me escabullo desde que llegamos.

En el salón principal, unos cuantos farolillos nocturnos merodean cerca del suelo. Tres gatitos de peluche animado se pasean por las mesas en busca de migajas. Uno me maúlla.

—¡Chist! —susurro—. No te cargues mi plan.

Me ato las cintas de la máscara que me dio Edel. Está hecha de terciopelo negro y encaje, y abraza el contorno de mi rostro y mi cuello como un guante suave. Garantiza la protección del maquillaje frente al tiempo de la estación fría. O el blindaje de la propia identidad. Los vientos del sur las han hecho muy populares aquí, lo que ha supuesto que este sea el lugar perfecto para permanecer escondidas.

Descorro el cerrojo de la puerta principal y la cierro suavemente detrás de mí.

La neblina de la primera hora de la mañana cubre la ciudad, ahoga los edificios en la niebla. El día siguiente de la muerte de maman, el mundo que había al otro lado de las ventanas de la Maison Rouge estaba igual. A través de los barrotes en forma de rosa, observaba cómo el bosque oscuro absorbía las nubes de lluvia y las atrapaba del cielo. Siempre me las imaginé como las lágrimas de la diosa de la belleza, derramadas por la muerte de otro de sus regalos a nuestro mundo. Quería cruzar corriendo las puertas traseras y aventurarme en el bosque a una profundidad que no nos habían permitido nunca antes, chillar para que me devolvieran a maman y esperar que la diosa de la belleza me respondiera.

Levanto la mirada hacia un cielo que se va despertando. La oscuridad de color ciruela se abre como un huevo y libera cintas naranjas, amarillas y color mandarina.

—¿Estás ahí arriba, Belleza? —Espero oír su voz retumbar desde el cielo—. ¿Has estado ahí alguna vez? ¿O tú también eres una mentira?

Nada.

Una vendedora de leche camina a paso lento con su carrito, dejando un ruidoso rastro de cristales tintineantes.

—Pintas frescas para acompañar sus pastas matutinas. ¡Cómprelas aquí!

Sus gritos me hacen apretar el paso a toda prisa. La última vez que me escabullí, las calles estaban desiertas.

Farolillos de luto de obsidiana van a la deriva y proyectan su luz sombría sobre los adoquines. Retratos de la difunta reina Celeste cuelgan de pancartas y pueblan tablones de anuncios cercanos. La visión de su bello rostro me encoge el corazón. Qué disgustada estaría por lo que ha pasado; sus advertencias sobre Sophia, ahora proféticas. Algunos dirigibles serpentean entre las altas torres y globos mensajeros zumban entre sus grandes marcos. Sus vientres bulbosos dejan atrás huellas de oscuridad y sombras.

Una mujer sale de una tienda.

Mi corazón late contra mi caja torácica.

Una advertencia. Una señal para volver atrás.

Me meto en un callejón cercano y espero a que pase de largo. La mujer afloja el ritmo y se detiene para mirar hacia mi dirección. Lleva una máscara peculiar que se curva alrededor de todos los bordes de su rostro, cuello y pecho, y me recuerda el molde dorado de un busto o una estatua. La luz tenue expone sus delicados bordes metálicos y grabados intrincados.

Me hundo todavía más entre las sombras.

El ruido de la vendedora de leche le llama la atención. Abandona la curiosidad que siente por mí y echa a andar.

Debería volver a la pensión, pero cuento hasta veinte, luego dejo mi escondrijo y sigo adelante. Giro hacia la Milla Imperial, que se extiende desde las mansiones reales de Metairie y acaba en uno de los múltiples puentes del grupo de islas. Farolillos vaporosos reparten tiras de luz como barras de oro. He memorizado cada calle, avenida y callejón cercano a la pensión bajo la tutela de Rémy y sus mapas de experto. «Debes saber cómo salir de aquí sin mí —me dijo justo después de haber llegado—. Si pasara algo, necesito saber que serás capaz de moverte».

Los tablones de anuncios de la avenida ni siquiera brillan a esta hora de la mañana, mi solitaria presencia no es lo bastante fuerte para animarlos. La cantante más famosa de Orleans me devuelve la mirada con ojos brillantes y una sonrisa congelada en su piel bronceada que parece mantequilla de avellana. Las tiendas lucen los carteles de CERRADO y farolillos nocturnos apagados flotan por encima de sus puertas como nubes de tormenta. Dentro de unas horas, estas avenidas estarán a rebosar de cuerpos.

Giro a la derecha y bajo por una calle que acaba en una perfumería. Un trío de excéntricas flores rosas brillan en las ventanas principales. Ya casi estoy.

—¿Te has perdido, querida? —susurra una voz.

Me vuelvo de golpe. Unos ojos rojos me miran bajo una capucha. La mujer gris enseña los dientes, amarillentos y torcidos, en un intento de sonrisa que parece más bien una amenaza.

—No —respondo insuflando firmeza en mi voz.

La piel gris y apergaminada de la mujer atrapa la luz de la luna.

—¿Te sobra alguna lea?

—Lo siento, no tengo nada.

—Das la impresión de tener espintrias. También me sirven.

Deseo tener algo para ella. Antes tenía un bolsillo lleno de bonos de belleza y poseía bastantes bolsas de espintrias para llenar con facilidad mil cajas fuertes. Sin embargo, sus palabras son una sorpresa. Nos dijeron que muchos de los grises escogen permanecer de ese modo, la locura los lleva al límite y les borra cualquier deseo de levantarse y ganar suficientes espintrias para formar parte de una sociedad normal.

—No tengo nada —repito y echo a andar con rapidez.

Sin embargo, ella sigue murmurando tonterías. El miedo me recorre la piel. Recuerdo la primera mujer gris que vi en mi vida. Mis hermanas y yo acabábamos de cumplir trece años y las chicas más mayores practicaban usando sus arcanas en las aulas. Hana y yo nos colamos a hurtadillas en las salas de Aura y nos escondimos bajo las mesas de tratamiento cuando unas mujeres tan grises como el cielo de tormenta entraron. Presionamos nuestros rostros contra el encaje de los manteles mientras tumbaban a las mujeres encima de nosotras, sus gritos sofocados por mordazas. La melodía de los forcejeos de sus cuerpos luchando fue ahogada por gruesas correas de cuero que las mantuvieron sujetas después de que se les administrara un vial de elixir belle en un intento de calmarlas.

—Solo las arañas salen tan pronto —afirma.

—Déjame en paz —susurro en voz alta.

—Hay toque de queda —grazna y me apunta meneando un dedo torcido.

—Vete. —Intento esquivarla. El pánico corre por mis venas como si hubiera reemplazado las arcanas.

Me pega una bofetada que me deja la máscara torcida.

Me apresuro a colocarla bien y reprimo un grito de sorpresa y dolor que se agarra a mi garganta.

—Te conozco. Te he visto antes.

Las fuertes pisadas de las botas de los soldados resuenan en la tranquilidad matutina.

Me agarra por la muñeca y me clava sus uñas torcidas en la piel.

—Tú eres la que buscan.

—No sé de qué hablas. —El corazón se me acelera.

Su risita gutural se convierte en un silbido.

—¿A quién crees que engañas? —Me señala con el otro dedo al tiempo que me zafo de ella—. A mí no, ya te lo digo. —Sus ojos se entrecierran—. ¡Guardias! ¡Guardias! —grita—. Me van a recompensar. Los periodistas nos dijeron que podíamos cambiar nuestra estrella si estábamos atentos a los fugitivos. No me los creí, siempre cuentan mentiras, pero ahora es cierto.

El sudor me recorre el espinazo a pesar del aire helado. La aparto de un empujón, pero me agarra con más fuerza. Chocamos contra un escaparate de flores de la estación fría. Las arcanas casi silban bajo mi piel. Un recordatorio instintivo. Tiro de las ramas de acebo y las fuerzo a crecer como pelo. Las raíces estallan a través de los bordes de madera de la maceta y se abren paso por la calle adoquinada. Se envuelven alrededor de los brazos y las piernas de la mujer, y la apartan de mí. Su mirada roja me fulmina y se pone a gritar.

Fuerzo las hojas para que crezcan y le tapen la boca, silenciando así sus protestas. La mujer se retuerce hasta que se golpea la cabeza con la pared y pierde la conciencia.

El corazón me da un vuelco. ¿Qué he hecho?

Le toco la cara. Fría. Húmeda.

El ruido de los soldados se escucha más cerca. Corren hacia nosotras.

La mujer no iba a parar, me digo a mí misma.

Tenía que hacerlo.

¿Está muerta?

El sonido de mi pulso vibra en mis oídos. Salgo como una flecha de la Milla Imperial, hacia la izquierda, y bajo corriendo lo que queda de avenida. Una única tienda ostenta un farolillo matutino encima de sus escaparates, una señal de que está abierta al público. Farolillos brillantes de color rosa lucen el símbolo del apotecario: una serpiente enroscada alrededor de una mano de mortero. El viento los golpea como si fueran globos.

Los nervios revolotean con alas diminutas en mi pecho. Tal vez es por haber sido reconocida. Tal vez es por haber usado las arcanas. Tal vez es por haber interactuado tan cerca con una persona gris por primera vez. Tal vez es por haber herido a alguien.

Miro a través del escaparate ribeteado de dorado. Tres lámparas de apotecario se balancean y brillan en tonos azul océano y verde esmeralda. Encima hay telarañas que brillan bajo la luz. Farolillos diurnos navegan por la tienda. Las paredes están vivas de color y lucen estanterías interminables de tarros de cristal que centellean como estrellas embotelladas. Un precioso cartel cuelga encima de la puerta de entrada y sus letras anuncian: APOTECARIO DE CLAIBORNE.

Vuelvo la vista atrás hacia la calle ahora vacía antes de entrar. El aroma del fuego crepitando y de las pastillas medicinales sale al encuentro de mi nariz. La gran sala tiene tres pisos de vitrinas de caoba separadas por unos balcones de hierro enroscado y unas escaleras de caracol. Las botellas tienen etiquetas escritas a mano y su precio en leas. Reconozco muchas al verlas: dedalera, belladona, amapola, laurel... Otras exponen botellas de cristal azul que contienen veneno, polvos de colorete, galletas, instrumentos metálicos —sierras, tijeras, cuchillos, lancetas...— y fórmulas magistrales que anuncian curas para las fiebres, los bultos y otras dolencias.

El señor Claiborne, corpulento y muy cerca de perder la vista, surge de detrás de una cortina. Su clara piel morena está cubierta de pecas y lunares, y me pregunto por qué escogerá tener tantos.

—¿Eres tú, florecilla? —pregunta.

El sonido de su voz me tranquiliza.

—¿Qué pasa si digo que no? —replico.

—Diría que alguien se ha metido en tu piel. Tenéis un perfume natural. Diferente del nuestro. Quizá quieras enmascararlo con cuentas de hierbas aromáticas. Le Nez lanzará pronto los perfumes de la nueva temporada. Si no lo haces, un soldado con buen olfato podría pillarte. —Su boca esboza una sonrisa—. Pero no te preocupes, tengo unas cuantas fórmulas nuevas si quieres echar un vistazo.

—Podría haberme delatado hace días —afirmo.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—La recompensa —respondo al tiempo que me quito la máscara.

—No necesito leas. Mi padre me dejó una buena suma además de esta tienda. Lo que necesitaba era un desafío y tú me lo has proporcionado. Esta es una investigación única en la vida. Además, mi mujer, si estuviera despierta, no querría ni oír hablar de ello. Ardía en deseos de pasar más tiempo con las belles. Siempre le fascinaron las de tu especie. Creo que todas las personas de este mundo han pensado en algún momento u otro que les encantaría intercambiarse con vosotras.

—Solo porque no conocen la verdad.

—¿Y qué es la verdad? Con los periódicos sacando provecho de las mentiras y la gente esforzándose en superarse los unos a los otros. La verdad es cualquier cosa que digas. —Se vuelve y silba. Su pavo real de peluche animado se pavonea por el mostrador y coloca leas de oro en un par de balanzas—. Bien hecho, Sona. Bien hecho —le felicita Claiborne.

Me remango antes de que me lo pida.

—Tiene que sacar el polvo de las lámparas de la ventana. Están llenas de telarañas.

—Las arañas siempre son bienvenidas aquí —me dice—. Ahora vayamos al motivo de tu visita. —Hurga por los armaritos bajo el mostrador y saca una cajita de madera. La abre y expone un conjunto de agujas brillantes—. Tengo algunas noticias no demasiado buenas para ti, florecilla. Me encanta este rompecabezas, pero me está resultando difícil de resolver.

Suspiro decepcionada.

—Bueno, más bien... un desafío para ser precisos, y requiero precisión por encima de todo. Mis artículos contienen promesas y quiero que este tónico cumpla tus deseos. He mezclado belladona y cicuta, incluso un poco de extracto de estricnina, con tu sangre y he descubierto que nuestro elixir continúa siendo inestable. Si pongo tan solo un poco de mi tónico, no hace nada a las proteínas de las arcanas de tu sangre. Si pongo demasiado, las mata junto con otras proteínas sanas a su alrededor.

—¿Qué debemos hacer? —Intento que mi tono de voz no suene a desesperación cuando parte de mi plan se convierte en un globo mensajero enviado en la dirección equivocada, imposible de atrapar para volver a enviarlo.

—Deja que primero te enseñe el enigma. —Se coloca un monóculo en el ojo izquierdo y luego toma un catalejo de una estantería cercana. El aparato se parece a un bellezascopio grande: un extremo esbelto para mirar a través de él y otro que se extiende como un cuerno rematado con un cristal—. ¿Lista?

Asiento.

Presiona una aguja en el pliegue de mi codo y extrae un frasquito de sangre. Añade unas cuantas gotas a una pieza de cristal y la desliza hacia la base del catalejo.

—Mira por el visor —me indica.

Presiono el ojo contra el extremo más estrecho. Mi sangre. La sangre que Arabella dijo que tenía la fuerza para hacer crecer la siguiente generación de belles.

—Parece una red brillante que sostiene pétalos de rosa.

—Menuda poetisa estás hecha —replica—. Estos objetos oblongos (los pétalos, como tú les llamas) son lo que constituye tu sangre. La red son tus arcanas. Si miraras mi sangre, las hebras no brillarían. Ese es tu don de la diosa.

—Una maldición.

Suelta una risita.

—Supongo que ahora lo es. —Descorcha una botellita y usa un cuentagotas de metal para extraer su contenido—. Ahora presta mucha atención. Una cuenta del tamaño de una perla más o menos...

Aprieta el extremo y una gran gota se desliza hasta el cristal y se mezcla con la sangre. Las hebras de la red de arcanas se endurecen como huesos y luego estallan en pedazos.

Doy un grito ahogado.

—Sigue mirando. Un poco más... —Añade media gota y los círculos rojos se marchitan y se oscurecen como pasas—. Si se usa demasiado, alguien podría morir. —El hombre levanta la mirada y da un golpecito al visor para llamar mi atención—. Tienes que ir con mucho, mucho cuidado, querida flor.

Su advertencia me envuelve y me estrecha con fuerza.

Me da un golpecito en la mano.

—Te lo envolveré con instrucciones específicas mientras vas a visitar a mi mujer.

—¿Se ha despertado? —pregunto mientras echo otro vistazo por el visor.

Ahora los círculos rojos parecen guijarros negros.

—Solo un instante. Sin embargo, estoy seguro de que pronto se recuperará. Cae en esos sueños profundos de vez en cuando. Tengo que mantenerla equilibrada y mis fórmulas magistrales lo consiguen. Mi asistente de confianza y yo: Sona. —Revuelve las plumas diminutas del pavo real—. Encontraremos la manera. Cuando llegue a despertarse durante un lapso de tiempo largo, estará contenta de ver que su belleza ha sido mantenida. Solo te pido que lo hagas por su bien, ya lo ves. No me importa qué aspecto tenga mientras se ponga bien.

—Lo entiendo.

—Sin embargo, la mantendrá con fuerzas para que se recupere del todo y tal vez evitará lo que la sume en esas temporadas de sueño, en principio.

Asiento.

—Sona, ¿le muestras el camino a nuestra invitada como una buena anfitriona? —Coloca el pavo real en el suelo y lev

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