PREFACIO
Recuerdos borrosos, despedazados, surcaban la mente de Sophie y no los podía encajar. Probó con abrir los ojos y solo encontró oscuridad. Algo rugoso le apretaba las muñecas y los tobillos, privándole de movimiento.
Un intenso frío penetró en su cuerpo mientras se daba cuenta del horror.
Era una rehén.
El paño atado a la boca le impedía gritar para pedir socorro y el aroma dulce a sedante se le clavaba en la nariz con cada respiración. Le zumbaba la cabeza.
¿Iban a matarla?
¿De verdad que el Cisne Negro iba a destrozar su propia creación?
¿Para qué servía el Proyecto Alondra de Luna, entonces? ¿Para qué servía Everblaze?
La droga la arrastraba hacia una despreocupada serenidad, pero ella se resistía, aferrándose a cualquier imagen de su recuerdo que arrojara un rayo de luz en la espesa y oscura niebla. Unos ojos azul marino.
Los ojos de Fitz. El primer amigo de su nueva vida. Su primer amigo.
Quizá, si no se hubiese fijado en él aquel día en el museo, nada de ello habría ocurrido.
No. Sabía que, aun así, habría sido tarde. El fuego blanco ardía, envolvía la ciudad y llenaba el aire de un humo dulce y pegajoso.
La chispa antes de la llamarada.
CAPÍTULO UNO
—¡Señorita Foster! —La voz nasal del señor Sweeney atravesó la música atronadora al quitarle a Sophie los auriculares—. ¿Ha decidido usted que es demasiado lista para escuchar?
Sophie se obligó a abrir los ojos. Intentaba evitar una mueca de disgusto al sentir como los intensos focos fluorescentes reflejados en el azul centelleante de las paredes del museo amplificaban el punzante dolor de cabeza que intentaba serenar.
—No, señor Sweeney —musitó, encogiéndose detrás de las miradas de sus atónitos compañeros.
Se tapó la cara con su media melena rubia, deseando esconderse. Precisamente evitaba llamar la atención de esa manera. Por eso vestía de gris, se sentaba en la última fila y se ocultaba entre los demás, que le sacaban una cabeza. Era la única manera de sobrevivir para una chica de último año de secundaria.
—Entonces quizá debería explicarme por qué escucha su iPod en lugar de atender en clase. —El señor Sweeney sostenía en alto sus auriculares como si estuviese mostrando las pruebas de un delito. Seguro que, para él, significaban eso. Había arrastrado a la clase a visitar el Museo de Historia Natural del Balboa Park, dando por sentado que sus estudiantes estarían entusiasmados por pasar un día entero en el campo. No parecía darse cuenta de que, a menos que esas enormes réplicas de dinosaurios cobraran vida y empezaran a comerse a todo el mundo, nadie haría caso.
Sophie se tiró de una pestaña medio suelta —un tic nervioso— y se miró los pies. No había manera de hacerle entender al señor Sweeney que necesitaba música para ahogar el ruido. Él no era capaz de oírlo.
El parloteo de docenas de turistas producía un eco en las paredes decoradas con fósiles y se desparramaba por el espacio cavernoso. Aunque el verdadero problema eran sus voces mentales.
Trozos dispersos e inconexos de pensamientos penetraban directamente en el cerebro de Sophie. Era como estar en una habitación con cientos de teles encendidas emitiendo cientos de programas a la vez. Le rebanaban la conciencia y despertaban un fuerte dolor en su estela.
Era una friki.
Este había sido su secreto, su losa, desde que se cayó y se golpeó la cabeza a los cinco años. Había intentado bloquear el ruido. Ignorarlo. Nada lo aliviaba. Y no se lo podía decir a nadie. No lo entenderían.
—Como veo que está por encima de la clase, ¿por qué no la da usted? —le preguntó el señor Sweeney, mientras señalaba al gigantesco dinosaurio naranja con pico de pato que había en el centro de la sala—. Explique a la clase la diferencia entre el lambeosaurus y otros dinosaurios que hemos estudiado.
Sophie reprimió un suspiro mientras su mente recuperaba rápidamente la imagen del panel informativo delante de la pieza. Lo había mirado cuando habían entrado en el museo, y su memoria fotográfica había captado todos los detalles. Mientras iba recitando los datos, la cara del señor Sweeney se retorcía en una mueca de resentimiento y ella empezaba a oír los pensamientos de todos sus compañeros, creciendo en una amarga intensidad. No eran exactamente admiradores de esa niña prodigio sacada de Resident Evil. La llamaban la Notas.
Acabó con su respuesta y el profesor murmuró algo parecido a un «yo lo sé todo» mientras caminaba a grandes zancadas hacia otra sala de la exposición. Sophie no los siguió. Las finas paredes que separaban las dos salas no silenciaban el ruido, pero lo amortiguaban. Agradeció ese pequeño alivio.
—Muy bien dicho, so friki. —Garwin Chang, que llevaba una camiseta con la frase «¡Atrás! ¡Me voy a tirar un pedo!», le dedicó una sonrisa burlona mientras se restregaba contra ella al pasar—. Te van a dedicar otro artículo: «Niña prodigio experta en lamesauros».
Garwin seguía resentido desde que Yale le había ofrecido a Sophie una plaza becada para todo un curso. A él le había llegado la carta de desestimación pocas semanas antes.
Pero Sophie no tenía permiso para ir.
Sus padres habían decidido que era demasiada exigencia, demasiada presión, y que ella era muy joven. Fin de la discusión.
Así que al año siguiente asistiría al pequeño y familiar Instituto San Diego, anécdota que, el día anterior, un indignado periodista había considerado lo bastante importante como para recogerla en el diario local: «Niña prodigio escoge instituto público en favor de la Ivy League*», rematándolo con su foto de estudiante. A sus padres les dio un ataque cuando lo vieron. «Un ataque» no bastaba para describirlo. La mitad de sus preceptos estaban destinados a conseguir que Sophie no «llamara mucho la atención». Un artículo en portada era bastante como para convertirse en su pesadilla. Incluso llamaron al diario para quejarse.
El editor parecía tan disgustado como ellos. Se había publicado esa noticia en lugar de un artículo sobre el pirómano que tenía a la ciudad atemorizada, y el editor seguía sin entender cómo se había producido semejante error. Más tarde, lo que de verdad captó toda la atención fueron unas esperpénticas hogueras con llamas blancas que despedían un humo que olía a azúcar quemado; no la crónica de una jovencita mediocre que todo el mundo ignoraba.
Hasta el momento.
Al otro lado del museo, Sophie vio a un chico alto, de pelo negro, que estaba leyendo el diario del día anterior con su horrorosa foto en blanco y negro en la portada. Levantó la vista y la miró fijamente.
Nunca había visto unos ojos de ese azul —verde azulado, como los trocitos erosionados de cristal que solía encontrar en la orilla de la playa; tan intensos que brillaban—. Un destello cruzó su cara al captar la mirada de Sophie. ¿Decepción?
Antes de que ella pudiese decidir cómo interpretarla, él se separó del panel donde había estado recostado y recortó la distancia entre ellos.
La sonrisa que le brindó era de pantalla de cine, y el corazón de Sophie dio un extraño respingo.
—¿Eres tú? —le preguntó, señalando la foto.
Sophie asintió. Sentía la boca seca. Él debía de tener unos quince años y era, de lejos, el chico más mono que había visto nunca. ¿Y por qué quería hablar con ella?
—Eso me parecía. —Escudriñó la foto y la volvió a mirar—. No me había fijado en que tienes los ojos marrones.
—Ah…, sí —respondió Sophie, sin saber qué decir—. ¿Por qué?
—Por nada. —Se encogió de hombros.
Había algo raro en la conversación que Sophie no alcanzaba a identificar. Y no situaba su acento. Era como británico, pero con un toque distinto. ¿Más claro? Era algo que la molestaba, pero no sabía por qué.
—¿Vas a esta clase? —le preguntó, deseando tragarse sus palabras en el mismo momento que las pronunciaba. Claro que no iba a su clase. Era la primera vez que lo veía. No estaba acostumbrada a hablar con chicos, ni mucho menos con chicos tan monos, y tenía el cerebro un poco aguado.
Su rostro volvió a recuperar una sonrisa perfecta mientras le respondía:
—No. —Señaló la descomunal silueta verde que tenían delante. Un albertosaurus, en todo su gigante y reptiliano esplendor—. Dime una cosa. ¿Tú te has creído que eran así? Es un poco absurdo, ¿no?
—No tanto —respondió Sophie, intentando captar lo que él quería decir. El dinosaurio parecía un pequeño tiranosaurio rex: boca grande, dientes afilados y brazos ridículamente cortos. No le parecía tan mal—. ¿Por qué? ¿Cómo crees que eran?
Se echó a reír.
—Es igual. No te entretengo más. Encantado de conocerte, Sophie.
Se dio media vuelta para irse justo cuando dos grupos de niños de preescolar salían disparados hacia la exposición de fósiles. El griterío aplastante y entrecruzado obligó a Sophie a dar un paso atrás. Pero sus voces mentales estaban en otra esfera de dolor.
Los pensamientos de los niños eran aguijones estridentes, y todos a una se clavaban en su cerebro como un puercoespín cabreado. Sophie cerró los ojos y se llevó las manos rápidamente a la cabeza, frotándose las sienes para aliviar los pinchazos de su cráneo. Entonces se acordó de que no estaba sola.
Miró alrededor para comprobar si alguien había advertido su reacción y cruzó su mirada con la del chico: tenía las manos en la frente y su cara mostraba el mismo gesto de dolor que había exhibido el de ella dos segundos antes.
—¿Has oído… eso? —le preguntó, en un susurro.
Sophie palidecía por segundos.
No podía ser que…
Tenía que ser el griterío de los niños. Estaban armando un buen jaleo. Chillidos y gritos y risas y sesenta voces como mínimo hablando en voz alta.
Voces.
Resolló y retrocedió otro paso mientras su cerebro resolvía el problema de antes.
Oía los pensamientos de todas las personas de la sala. Pero no podía oír la genuina voz cargada de acento del chico, a no ser que hablara.
Su mente permanecía en un silencio completo y profundo.
Ella desconocía que eso fuese posible.
—¿Quién eres? —susurró.
Sus ojos se abrieron.
—¿Tú has… Tú puedes? —Se acercó a ella, echando el cuerpo hacia delante con cada susurro—. ¿Eres telépata?
Sophie hizo una mueca de dolor. La palabra le quemaba la piel.
Y su reacción la delató.
—¡Tú! No me lo puedo creer —susurró el chico.
Sophie retrocedió en dirección a la salida. No le iba a desvelar su secreto a un desconocido.
—No pasa nada —continuó, tendiendo la mano mientras se acercaba, como si ella fuese un animal salvaje al que hubiese que calmar—. No tengas miedo. Yo también lo soy.
Sophie se quedó helada.
—Me llamo Fitz —añadió, dando otro paso.
¿Fitz? ¿Qué clase de nombre era ese?
Sophie examinó su cara, buscando alguna señal que le dijese que todo era una broma.
—No estoy de broma —dijo, como si supiese exactamente lo que ella estaba pensando.
Quizá lo sabía.
Sophie se tambaleó un poco.
Había pasado siete años deseando encontrar a alguien como ella, alguien que supiese hacer lo que ella hacía. Ahora que lo había encontrado, sentía que la vida le daba un vuelco.
La cogió del brazo para intentar calmarla.
—Tranquila, Sophie. Estoy aquí para ayudarte. Llevamos doce años buscándote.
¿Doce años? ¿Y qué era eso de «llevamos»?
Una mejor pregunta: ¿qué quería de ella?
Las paredes se empezaron a juntar y la sala daba vueltas.
Aire.
Necesitaba aire.
Se apartó bruscamente de él y se precipitó hacia la puerta, dando tumbos mientras sus piernas flojas intentaban adaptarse al ritmo.
Tomaba grandes bocanadas de aire mientras corría escaleras abajo, hacia la entrada. El humo de las hogueras le quemaba los pulmones y pequeñas cenizas blancas revoloteaban por su cara, pero las ignoró. Quería distancia, toda la distancia posible, entre el chico desconocido y ella.
—¡Sophie, vuelve! —le gritó Fitz, por detrás.
Sophie suavizó el paso mientras corría por el jardín al pie de las escaleras, pasaba por delante de la fuente rectangular, atravesaba los pequeños montículos de césped y subía a la acera. Nadie se interpuso en su camino: todo el mundo estaba dentro por las malas condiciones del aire. Pero seguía oyendo sus pasos, ganando terreno.
—Espera —la llamó Fitz—. No tengas miedo.
Lo ignoró y exprimió toda su energía en la carrera, luchando contra la inercia de volver la vista atrás para ver cuánta distancia los separaba. Alcanzó la mitad de un cruce cuando un chirrido de neumáticos le recordó que no había mirado a ambos lados.
Volvió la cabeza y cruzó una mirada aterrorizada con el conductor, que forcejeaba con el volante antes de chocar contra ella.
Iba a morir.
CAPÍTULO DOS
El segundo siguiente fue una mancha borrosa.
El coche viró bruscamente hacia la derecha, esquivando por centímetros a Sophie, se subió al bordillo y acabó golpeando una farola. El enorme farol de acero se desencajó de su base y fue a caer encima de Sophie.
¡No!
Fue su único pensamiento mientras su fuerza natural la sobrecogía.
Disparó la mano al aire, rebuscó con su mente la fuerza en algún punto de su interior y la expulsó con los dedos. Sintió que la fuerza colisionaba contra el farol mientras este caía, agarrándose a él como si fuese una extensión de su brazo.
Mientras el polvo se posaba en el suelo, levantó la vista y suspiró.
El resplandeciente farol azul caía, suspendido, sobre ella, de alguna manera sujeto por su mente. Ni siquiera le parecía pesado, aunque supiese que pesaba una tonelada.
—Déjalo en el suelo —le advirtió una voz conocida, con un acento marcado, sacándola del trance.
Lanzó un grito y bajó el brazo sin pensar. El farol se cernía sobre ellos.
—¡Cuidado! —exclamó Fitz, apartándola rápidamente segundos antes de que el farol se precipitara contra el suelo. La fuerza del impacto los lanzó despedidos y fueron a caer encima de la acera. El cuerpo de Fitz amortiguó el impacto contra el suelo mientras ella aterrizaba en su pecho.
El tiempo pareció detenerse.
Sophie miró dentro de sus ojos —unos ojos que se habían abierto lo máximo que podían—, buscando algo de lógica en medio del torbellino de pensamientos y preguntas que se agitaban en su cabeza.
—¿Cómo lo has hecho? —susurró Fitz.
—No tengo ni idea —respondió Sophie, mientras se sentaba y volvía a reproducir los últimos segundos en su mente. Nada tenía sentido.
—Tenemos que irnos de aquí —le advirtió Fitz, señalando al conductor, que los miraba como si hubiese presenciado un milagro.
—Lo ha visto —dijo Sophie, jadeando, mientras notaba la tensión del pánico en su pecho.
Fitz la ayudó a levantarse mientras él se ponía de pie.
—Vámonos a otro sitio donde no nos vean.
Estaba demasiado confusa para pensar en un plan, así que no opuso resistencia cuando él la arrastró por la calle.
—¿Por dónde vamos? —preguntó Fitz, cuando alcanzaron el primer cruce.
No quería quedarse sola con él, así que señaló hacia el norte, en dirección al zoo de San Diego, donde estarían rodeados de gente, de esos que no se iban ni con una tormenta de fuego.
Arrancaron a correr sin que nadie los persiguiese y, por primera vez en su vida, Sophie echó de menos oír pensamientos. No tenía ni idea de lo que Fitz quería, y eso lo cambiaba todo. Su mente comenzó a formular espantosas escenas: agentes del gobierno encerrándola en el maletero oscuro de una caravana y haciendo experimentos con ella. Miró fijamente la carretera, preparada para saltar al más leve signo de sospecha.
Llegaron al enorme aparcamiento del zoo y Sophie se relajó al ver a tanta gente entre los coches. Con tantos testigos, no le iba a pasar nada. Ralentizó el paso y se puso a caminar.
—¿Qué quieres? —le preguntó, cuando recuperó la respiración.
—He venido a ayudarte. Te lo prometo.
Su voz sonaba sincera. Sin embargo, eso no se lo ponía más fácil.
—¿Por qué me estabas buscando? —Se tiró de otra pestaña, más que temerosa por la respuesta.
Abrió la boca para responder, pero vaciló.
—No sé si te lo puedo decir.
—¿Cómo voy a confiar en ti si no me respondes las preguntas?
Reflexionó unos segundos.
—Bueno, de acuerdo. Pero no sé mucho. Mi padre me ha enviado para buscarte. Estamos buscando a una chica precisamente de tu edad, y yo debo encargarme de observar y pasarle la información, como siempre. En principio, no tenía que hablar contigo. —Frunció el ceño, como decepcionado consigo mismo—. Es que no acababa de imaginarte. No encajas.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que eres… diferente a lo que esperaba. Estoy alucinando con tus ojos.
—¿Qué pasa con mis ojos? —Se tocó los párpados, súbitamente alertada.
—Todos tenemos ojos azules, así que, cuando te los he visto, he pensado que nos habíamos vuelto a equivocar de chica. —La miró como si estuviese sobrecogido—. Eres uno de los nuestros.
Sophie se quedó inmóvil y levantó las manos.
—¡Hala! Vamos a ver, ¿qué quieres decir con «uno de los nuestros»?
Fitz la miró de soslayo y frunció el ceño al observar a un grupo de ruidosos turistas con sendas riñoneras. La condujo a un rincón retirado del aparcamiento y la escondió detrás de una minicaravana verde oliva.
—Bueno. Es imposible explicarlo de una manera sencilla, así que voy a ser claro. No somos humanos, Sophie.
Durante unos segundos, se quedó demasiado aturdida para hablar. Entonces, una risa histérica se escapó de sus labios.
—Que no somos humanos —repitió, sacudiendo la cabeza—. Claaaaaaaro.
—¿Adónde vas? —le preguntó Fitz, mientras Sophia se dirigía hacia la acera.
—Estás mal de la cabeza. Y yo también, por creerte. —Pateaba el suelo con cada zancada.
—Te estoy diciendo la verdad —gritó—. Piénsalo un segundo, Sophie.
No quería escuchar ni una palabra más que saliera de él, pero la súplica en su voz la obligó a pararse y volver la cara.
—¿Los humanos pueden hacer esto?
Fitz cerró los ojos y se desvaneció. Desapareció solo un segundo, pero fue tiempo suficiente para dejarla flaqueando. Sophie se apoyó en un coche: todo daba vueltas a su alrededor.
—Pero yo no puedo hacerlo —le replicó Sophie, tomando fuertes bocanadas de aire para despejar la cabeza.
—No tienes ni idea de lo que eres capaz de hacer cuando enfocas tu mente. Piensa en lo que has hecho con esa farola hace unos minutos.
Parecía tan convencido que casi tenía sentido.
Pero ¿cómo podía ser?
Y, si no era humana…, ¿qué era?
CAPÍTULO TRES
—¿Que… qué? —consiguió decir Sophie, después de recuperar la voz—. Estás diciendo que soy… ¿un alien?
Sophie contuvo la respiración.
Fitz explotó en una carcajada.
Sophie se puso colorada, pero también se sentía aliviada. No quería ser un alien.
—No —dijo Fitz, por fin, cuando volvió en sí—. Estoy diciendo que eres una elfa.
Una elfa.
La palabra quedó suspendida en el aire, como un objeto extraño, sin relación con nada.
—Una elfa —repitió Sophie. La imagen de unos seres pequeñitos, ataviados con medias y orejas puntiagudas, revoloteaba por su cerebro, y dejó escapar una risita.
—No me crees.
—¿De verdad esperas que te crea?
—Supongo que no. —Se deslizó las manos por el pelo, revelando unas ondas acabadas en punta, al estilo estrella de rock.
¿Era posible que, siendo tan guapo, estuviera majara?
—Te estoy diciendo la verdad, Sophie. Ya no sé qué más decirte.
—Muy bien —convino. Si él seguía de broma, ella también—. Vale. Soy una elfa. ¿Ahora tengo que ponerme a ayudar a Frodo a destruir el Anillo y salvar Tierra Media? ¿O tengo que ponerme a fabricar juguetes en el Polo Norte?
Fitz soltó un suspiro, mientras una sonrisa se escondía en las comisuras de sus labios.
—¿Te ayudaría si te lo demuestro?
—Sííí, claro. —Eso iba a ser bueno.
Sophie se cruzó de brazos mientras él sacaba una delgada varita con complejas inscripciones en cada lado. En su punta, resplandecía un pequeño cristal redondo.
—¿Es tu varita mágica? —no pudo evitar preguntarle.
Fitz puso los ojos en blanco.
—En realidad es un buscador de caminos. —Hizo girar el cristal y lo tapó con el cierre plateado—. Puede ser peligroso. ¿Me prometes que harás lo que yo te diga?
La sonrisa de Sophie se desvaneció.
—Depende. ¿Qué tengo que hacer?
—Tienes que cogerme de la mano y concentrarte en aguantar. Y, por aguantar, me refiero a que no puedes pensar en ninguna otra cosa. No importa lo que pase. ¿Podrás?
—¿Por qué?
—¿Quieres probar o no?
Quiso decirle que no: él no podía demostrar nada.
¿Qué iba a hacer?, ¿llevársela de fin de semana a una tierra mágica de elfos?
Pero tenía curiosidad…
Y, bueno, ¿qué mal iba a hacer cogerle de la mano?
Esperaba que no le sudasen las manos cuando entrelazasen los dedos. Su corazón volvió a dar ese estúpido saltito otra vez, y sintió un hormigueo allí donde le rozó su mano.
Fitz levantó la vista y miró hacia la explanada del aparcamiento.
—Vale, estamos solos. A la de tres. ¿Preparada?
—¿Qué pasa a la de tres?
Le lanzó una mirada de advertencia y ella frunció el ceño. Sin embargo, se mordió la lengua y se concentró en cogerle de la mano, sin hacer caso a su corazón acelerado. En serio, ¿desde cuándo se había convertido en una de esas tontainas?
—Uno —empezó a contar, levantando la varita. La luz del sol resplandeció en una cara del cristal y creó un reflejo en el suelo.
—Dos. —Le apretó la mano. Sophie cerró los ojos—. Tres.
Fitz la empujó hacia delante, y el cosquilleo concentrado en su mano se extendió por todo su cuerpo, como un millón de plumas acariciando su piel, haciéndole cosquillas por dentro. Se contuvo para no reír y se concentró en Fitz, pero ¿dónde estaba Fitz? Sabía que estaba pegada a él, pero notaba como si su propio cuerpo se estuviese derritiendo hasta convertirse en una sustancia viscosa, y lo único que le impedía acabar derramada en el suelo era un manto caliente que le envolvía el cuerpo. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, el calor desapareció y sus ojos se abrieron.
Se le quedó la boca abierta mientras alcanzaba a ver todo lo que tenía delante. Estuvo a punto de gritar.
Se hallaba en la orilla de un río cristalino, surcado de árboles increíblemente altos que desplegaban sus enormes hojas esmeralda hacia las aterciopeladas nubes azules. Al otro lado del río, una línea de castillos de cristal refulgía al sol con tal intensidad que, si lo llega a ver Walt Disney, habría lanzado piedras contra su Magic Kingdom. A su derecha, un sendero dorado conducía hacia una vasta ciudad, donde los suntuosos edificios abovedados estaban hechos con ladrillos de pedrería y cada uno de ellos exhibía un color distinto. Las montañas cubiertas de nieve rodeaban el frondoso valle, y el aire fresco y limpio olía a canela y a chocolate y a rayos de sol.
Lugares así de bellos no podían existir, y mucho menos aparecer de la nada.
—Ya te puedes soltar de la mano.
Sophie pegó un brinco. Se había olvidado de Fitz.
Soltó las manos. Mientras la sangre le hervía en las puntas de los dedos, se dio cuenta de lo fuerte que había cerrado los ojos. Miró a su alrededor, incapaz de entender nada de lo que estaba viendo. Las torres de los castillos oscilaban como algodones de azúcar, pero había algo extrañamente familiar en ellas y no acababa de identificar qué era.
—¿Dónde estamos?
—En nuestra capital. La llamamos Eternalia, pero seguro que la conoces por el nombre de Shangri-La.
—Shangri-La —repitió, negando con la cabeza—. ¿Shangri-La es real?
—Todo lo que pertenece a las Ciudades Perdidas es real. Pero no como te lo imaginas, seguro. Las historias de los humanos casi nunca aciertan en nada. Piensa en todas las tonterías que has oído sobre los elfos.
No le quedó más remedio que echarse a reír, y el impacto de la risotada resonó en los árboles. Se estaba tan bien allí, con la suave brisa acariciándole el rostro y el murmullo gentil del río. Sin coches, sin conversaciones, sin el taladro de las voces del pensamiento. Era capaz de acostumbrarse muy rápidamente al silencio. Pero también se sentía extraña. Como si le faltara algo.
—¿Dónde están los demás? —preguntó, poniéndose de puntillas para examinar la ciudad. En las calles no había un alma.
Fitz señaló hacia un edificio abovedado más pequeño que el resto. Las piedras verdes de su fachada parecían enormes esmeraldas, pero, por alguna razón, el edificio resplandecía menos que los demás.
—¿Has visto la banderola azul? Eso significa que están celebrando un juicio. Todo el mundo está siguiendo la vista.
—¿Un juicio?
—Cuando el Consejo (básicamente nuestra realeza) convoca un juicio para decidir si alguien ha alterado una norma. Cuando pasa, es una cosa importante.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—No se suelen infringir las normas.
Bueno, eso era diferente. Los humanos pisoteaban las normas constantemente.
Sophie sacudió la cabeza. ¿De verdad estaba pensando en los humanos como en los «otros»?
¿Y cómo podía explicar, si no, dónde se hallaba?
Intentó que su cerebro se hiciera a la idea, y trató de forzarlo para que le diera algún sentido.
—Bueno —dijo Sophie, queriendo arañar la siguiente pregunta ridícula—. ¿Esto es… magia?
Fitz se echó a reír: se dobló de risa, como si fuese lo más divertido que había oído nunca.
Sophie lo miró fijamente. No era tan divertido.
—No —respondió, poniéndose serio—. La magia es una tontería que se les ha ocurrido a los humanos para intentar justificar cosas que no pueden entender.
—Vale —dijo, intentando agarrarse a los últimos flecos de cordura—. Pues entonces ¿cómo podemos estar aquí, si hace cinco minutos estábamos en San Diego?
Encaró la varita al sol, captando un rayo de luz en su mano.
—Por el salto de luz. Nos hemos montado en un haz de luz que venía en nuestra dirección.
—Eso es imposible.
—¿Seguro?
—Sí. Se necesita una energía infinita para viajar a través de la luz. ¿Te suena la teoría de la relatividad?
Pensó que lo había desarmado con su frase, pero él se echó a reír otra vez.
—Es la chorrada más grande que he oído nunca. ¿Quién ha dicho eso?
—Hum. Albert Einstein.
—Ah. No lo conozco. Pero se equivoca.
¿Que no conocía a Albert Einstein? ¿Una chorrada, la teoría de la relatividad?
Sophie no tenía claro cómo responderle. Parecía tan absurdamente seguro de sí mismo, que la sacaba de sus casillas.
—Concéntrate mejor esta vez —dijo, mientras la cogía otra vez de la mano.
Sophie cerró los ojos y esperó que la cálida sensación de las plumas le hiciera cosquillas. Pero esta vez fue como si alguien hubiese encendido el secador de pelo y hubiese desparramado todas las plumas, hasta que otra vez la abrazó una fuerza que volvió a juntarlo todo como una enorme goma de pelo. Un segundo después, le entró un tembleque al sentir una fría brisa marina que le arremolinaba el pelo en la cara.
Fitz señaló hacia el enorme castillo que tenían delante, que resplandecía como si sus piedras se hubiesen tallado a la luz de la luna.
—¿Cómo crees que hemos llegado aquí?
Las palabras le fallaban. Había sentido que la luz la traspasaba, empujándola con ella. Pero no pudo acabar de decirlo, porque, si era verdad, todos los libros de ciencia que había leído estaban equivocados.
—Estás un poco confundida —observó.
—Hombre, es como si me dijeses: «Hola Sophie, ahora tienes que tirar a la basura todo lo que has aprendido».
—Sí, eso es lo que te estoy diciendo. —Le dedicó una breve sonrisa engreída—. Los humanos hacen lo que pueden, pero apenas han empezado a comprender la complejidad de su realidad.
—¿Y qué, los elfos saben más?
—Por supuesto. ¿Por qué te crees, si no, que estás tan adelantada respecto al resto de la clase? Hasta el elfo más lento puede desbancar a un ser humano, incluso uno que no haya recibido educación.
Se le hundieron los hombros mientras iba entendiendo las palabras de Fitz.
Si tenía razón, ella era una niña idiota que no sabía nada de nada.
No. Una niña no.
Una elfa.
CAPÍTULO CUATRO
La escena se volvió borrosa, pero Sophie no pudo saber si era por las lágrimas o por el pánico. Todo lo que sabía hasta el momento era un error. Su vida entera era una mentira.
Fitz le apretó el brazo.
—Escúchame. Tú no tienes la culpa. Te has creído lo que te han enseñado, y yo habría hecho lo mismo. Pero ha llegado el momento de que sepas la verdad. Así funciona el mundo de verdad. No es magia. Es lo que es.
Las campanas del castillo repicaron y Fitz la ocultó detrás de una enorme roca mientras observaban cómo se abría un portón. De él salieron dos elfos vestidos con túnicas negras y cubiertos con capas de terciopelo hasta el suelo. Los seguían docenas de criaturas extravagantes, marchando a paso militar por el camino de gravilla. Medían, como mínimo, dos metros quince y vestían únicamente calzones negros, dejando sus gruesos músculos al descubierto. Con sus narices chatas y una cuarteada piel gris, que caía en pliegues descendentes, parecían mitad alienígenas, mitad armadillos.
—Duendes —farfulló Fitz—. Seguramente, las criaturas más peligrosas que vayas a conocer nunca, y por eso es bueno que hayan firmado el Tratado.
—Entonces ¿por qué nos escondemos? —susurró, maldiciendo a su voz por temblar.
—Vamos vestidos de humanos. Los humanos están prohibidos en las Ciudades Perdidas, sobre todo aquí, en Lumenaria. Lumenaria es donde convergen todos los demás mundos: gnomos, enanos, ogros, duendes, troles.
Sophie estaba demasiado aturdida como para pensar en las demás criaturas, así que se centró en una pregunta mejor:
—¿Por qué están prohibidos los humanos?
Fitz le hizo un gesto para que lo siguiera hasta una roca un poco más alejada y se puso de cuclillas.
—Nos traicionaron. Los Antiguos Consejeros les ofrecieron el mismo tratado que habían planteado a todas las criaturas inteligentes, y ellos accedieron. Entonces decidieron que querían gobernar el mundo, como si siempre hubiese sido así, y empezaron a tramar una guerra. Los Antiguos no querían violencia, así que desaparecieron, prohibieron cualquier contacto con humanos, y los dejaron a su propia suerte. Ya ves lo bien que les está yendo.
Sophie abrió la boca para defender a su raza, pero era consciente de las palabras de Fitz. Guerra, crímenes, hambre: los humanos tenían muchos problemas.
Además, si todo lo que estaba diciendo era verdad, los humanos no pertenecían a su raza. Al darse cuenta, se quedó helada, y no solo por el viento glacial que le lamía las mejillas.
—Las historias que explican los humanos que nos han conocido se han convertido en inverosímiles después de nuestra desaparición, y al final han tomado la forma de los mitos delirantes que has ido oyendo, pero esta es la verdad, Sophie. —Fitz señaló el paisaje que los rodeaba—. Esto es lo que tú eres. Este es tu lugar.
«Tu lugar».
Había esperado toda su vida oír esas dos sencillas palabras.
—¿De verdad soy una elfa? —susurró.
—Sí.
Sophie escudriñó entre las rocas hacia el castillo resplandeciente, un lugar que, en teoría, no debía existir, pero que, sin saber cómo, se desplegaba ante sus ojos. Todo lo que le estaba explicando era de locos. Pero ella sabía que era verdad, lo notaba. Como si una pieza crucial de su identidad hubiese acabado de ensamblarse.
—Muy bien —dijo, volviendo la cabeza hacia mil direcciones—. Te creo.
Se oyó un fuerte sonido metálico mientras se cerraba otra puerta. Fitz salió de entre las sombras y extrajo una varita diferente —no el buscador de caminos—, refulgente y negra, con un cristal de cobalto azul.
—¿Preparada para ir a casa?
«A casa».
La palabra «casa» la empujó de nuevo hacia la realidad. El señor Sweeney llamaría a su madre si no acudía al autobús. Tenía que llegar a su casa antes de que a su madre le diera un ataque.
Se le encogió un poco el corazón.
La realidad parecía tan aburrida y gris después de todo lo que había visto… Aun así, lo cogió de la mano y arrebató una última mirada de esos increíbles ojos antes de que los barriera la luz cegadora.
Después de haber respirado el aire fresco y limpio de Lumenaria, el cielo cargado de humo y ceniza le provocó un pinchazo en los pulmones. Sophie miró alrededor, sorprendida al reconocer las sencillas casas cuadrangulares, alineadas en la estrecha calle surcada de árboles. Quedaban a un bloque de su casa. Decidió no preguntarle cómo sabía dónde vivía.
Fitz tosió y miró hacia el cielo.
—¿Crees que los humanos serán capaces de apagar algún fuego antes de que el humo contamine todo el planeta?
—Están en ello —respondió Sophie, sintiendo una extraña necesidad de defender su hogar—. Y además no son fuegos normales. El pirómano ha usado algún tipo de producto químico para prenderlos. Las llamas son de color blanco y el humo huele a dulce.
Normalmente, los incendios fuertes llenaban la ciudad de un olor a barbacoa. En esta ocasión, las calles olían a algodón de azúcar deshecho, lo que le parecía bien, siempre y cuando no le escocieran los ojos ni lloviese ceniza.
—Pirómanos. —Fitz sacudió la cabeza—. ¿A quién se le ocurre quemar el mundo?
—No lo sé —admitió. Ya se había hecho la misma pregunta antes, y no había encontrado respuesta.
Fitz se sacó el buscador de caminos plateado del bolsillo.
—¿Te vas? —le preguntó Sophie, con la esperanza de que no hubiese notado el sobresalto en su voz.
—Tengo que enterarme de qué va a hacer mi padre ahora, si es que él lo sabe. Ninguno de los dos sospechábamos que tú fueses a ser la chica.
La chica. Como si fuese algo tan importante.
Si hubiese podido escuchar sus pensamientos, habría sabido lo que quería decir. Pero su mente era un silencio misterioso, y ella seguía sin saber por qué.
—No va a estar contento cuando se entere de que te he llevado a nuestras ciudades —añadió—, aunque he ido con mucho cuidado para que no nos vieran. Por favor, no le cuentes a nadie lo que te he enseñado hoy.
—No se lo contaré a nadie. Te lo prometo. —Le sostuvo la mirada para que supiera que iba en serio.
Fitz soltó el aire que había estado conteniendo.
—Gracias. E intenta ser natural para que tu familia no sospeche nada.
Sophie asintió, pero tenía que hacerle una última pregunta antes de que se marchara.
—Fitz. —Se cuadró de hombros para reunir coraje—. ¿Por qué no puedo oír tus pensamientos?
La pregunta le sobrevino como un golpe y le hizo retroceder un paso.
—De verdad, me resisto a pensar que seas una telépata.
—¿No son telépatas todos los elfos?
—No. Es un don especial. Uno de los casos extraños. Y solo tienes doce años, ¿no?
—En seis meses haré los trece —le corrigió. No le gustaba ese «solo».
—Eres muy joven. A mí me dijeron que yo era el elfo al que ese don se había manifestado de más joven, y no empecé a leer mentes hasta los trece.
Sophie frunció el ceño.
—Pero… si llevo oyendo los pensamientos desde que tenía cinco años.
—¿Cinco? —Lo dijo tan fuerte que su voz vibró en las casas, y los dos volvieron la cabeza para examinar la calle y comprobar si alguien los había oído.
—¿Estás segura de lo que dices? —musitó.
—Muy segura.
No era fácil de olvidar el momento de despertarse en una cama de hospital después de haberse golpeado en la cabeza. Estaba enganchada a todo tipo de máquinas demenciales, con la cabeza de sus padres planeando encima de ella, gritándose cosas que apenas podía discernir de las voces que llenaban su cerebro. Lo único que podía hacer era llorar y sujetarse la cabeza e intentar razonar qué le estaba pasando a un grupo de adultos que no se entendían, que nunca serían capaces de entenderse. Nadie sabía silenciar ese ruido y las voces la habían perseguido desde entonces.
—¿Está mal? —preguntó, mosqueada por la arruga de preocupación que se dibujaba entre sus cejas.
—No tengo ni idea. —Fitz entornó los ojos, como si intentase mirar dentro de su cabeza.
—¿Qué haces?
—¿Me estás bloqueando? —le preguntó Fitz, ignorando su pregunta.
—No sé ni lo que significa. —Se alejó un paso, intentando que esa distancia le abstuviera de leer sus pensamientos íntimos.
—Es una manera de mantener fuera a los telépatas. Como levantar una pared alrededor de tu mente.
—¿Y por eso no te puedo oír?
—En parte. ¿Puedes decirme qué estoy pensando ahora?
—Ya te lo he dicho; no escucho tus pensamientos como los de la otra gente.
—Eso es porque los humanos tienen una mente débil, pero eso no es lo que yo te quería decir. Si prestas atención, ¿me puedes oír?
—No… no lo sé. Nunca he intentado leer las mentes.
—Tienes que creer en tu instinto, sencillamente. Concéntrate. Sabrás hacerlo. Inténtalo.
No soportaba que le dieran órdenes, y mucho menos cuando no respondían a sus preguntas. Y otra vez pasaba lo mismo: la única manera de saber por qué ponía cara de preocupado era haciendo lo que él le dijese. Solo necesitaba entender lo que él quería decir cuando le proponía «prestar atención».
No hizo falta que le pasara la orden a su oído. Empezó a hacerlo. Pero la escucha comportaba acción. Tenía que concentrarse. Quizá la lectura de mentes funcionaba de la misma manera, como un sentido extraordinario.
Se concentró en su frente e imaginó que estaba abriendo su conciencia como una sombra mental, a la búsqueda de sus pensamientos. Un segundo después, la voz de Fitz se desarmó dentro de su cabeza. No era irritante ni grave como los pensamientos de los humanos, sino más bien un leve susurro que le acariciaba el cerebro.
—No has sentido nunca una mente tan tranquila como la mía, ¿verdad? —terció Sophie.
—¿Me oyes? —Se puso pálido.
—¿Se supone que no debería?
—Nadie más puede hacerlo.
Necesitó unos segundos para procesar esa información.
—¿Y tú no puedes leer mi mente?
Fitz negó con la cabeza.
—Ni intentándolo con todas mis fuerzas.
Un mundo nuevo de temores empezó a socavarle los hombros. No quería ser diferente al resto de elfos.
—¿Por qué?
—No tengo ni idea. Pero, si lo añades al color de tus ojos y al lugar donde vives… —Se interrumpió, como si tuviese miedo de decir demasiado, y se puso a toquetear el cristal de su buscador de caminos—. Tendría que preguntarle a mi padre.
—Espera. Ahora no te puedes ir. —No cuando Sophie tenía más preguntas que respuestas.
—Tengo que irme. Ya he estado fuera demasiado rato, y tienes que llegar a casa.
Sophie sabía que tenía razón. No quería meterse en problemas, pero las rodillas le volvieron a temblar cuando él empuñaba el cristal hacia la luz solar. Él era su única conexión con el mundo maravilloso que había conocido, la única prueba de que todo lo que había visto no había sido un producto de su imaginación.
—¿Te volveré a ver otra vez? —suspiró.
—Claro que sí. Mañana vuelvo.
—¿Cómo te encontraré?
Le dedicó una rápida sonrisa.
—No te preocupes. Yo te encontraré a ti.
CAPÍTULO CINCO
—¡Ya era hora! —le gritó su madre. Sus pensamientos entremezclados con el pánico ascendieron hasta el cerebro de Sophie mientras entraba en el salón, que estaba patas arriba, y encontraba a su madre todavía al teléfono—. Sí, acaba de llegar ahora —dijo a la persona que le escuchaba—. No te preocupes, tendré una larga conversación con ella.
A Sophie se le encogió el corazón.
Su madre colgó el teléfono y empezó a agitarse sin ton ni son. Sus grandes ojos verdes eran como dos dagas.
—Era el señor Sweeney: me ha dicho que no te encontraban en el museo. ¿En qué estabas pensando? ¿A quién se le ocurre desaparecer así por las buenas, y sobre todo ahora, cuando todo el mundo está tan nervioso con todos esos incendios? ¿Te has parado a pensar por un momento en lo preocupada que estaba? ¡Y el señor Sweeney estaba a punto de llamar a la policía!
—Lo… lo siento —balbuceó Sophie, intentando encontrar una mentira convincente. Era una mala mentirosa—. Tenía… miedo.
El enfado de su madre se convirtió en preocupación y empezó a retorcerse nerviosamente los rizos morenos de su melena.
—¿Miedo a qué? ¿Ha pasado algo?
—He visto a ese chico —dijo Sophie, convencida de que las mejores mentiras estaban basadas en la realidad—. Estaba leyendo el artículo sobre mí. Me ha empezado a hacer un montón de preguntas y me estaba poniendo nerviosa, así que me he ido corriendo para que me dejara. Y entonces tenía miedo de volver y he caminado hacia el tranvía y he cogido el tren hacia casa.
—¿Por qué no has pedido ayuda a un profesor o a un vigilante del museo? ¿Por qué no has llamado a la policía?
—No lo he pensado. Solo quería escapar. —Se tiró de una pestaña.
—Eh, deja de hacer eso —le regañó su madre, cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza. Respiró profundamente—. Bueno, supongo que lo importante es que estás bien. Pero, si te vuelve a pasar algo así, quiero que acudas directamente a un adulto, ¿lo has entendido?
Sophie asintió.
—Bien. —Se frotó la arruga que le crecía entre las cejas, la misma que aparecía cuando estaba estresada—. Por eso precisamente tu padre y yo estábamos tan indignados con el artículo. Es peligroso exhibirse en este mundo. Nunca sabes lo que puede llegar a hacer un pirado cuando te cruzas por su camino.
Nadie entendía mejor que Sophie el peligro de exhibirse.
Se habían metido con ella, y la habían atormentado y sometido a burlas toda su vida.
—Estoy bien, mamá. ¿Vale?
Su madre pareció deshincharse al soltar un profundo suspiro.
—Ya lo sé. Solo es que me gustaría…
Su voz se rompió y Sophie cerró los ojos, deseando bloquear el resto de sus pensamientos.
Que fueses n
