Lightlark (edición en español) (Lightlark 1)

Alex Aster

Fragmento

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CAPÍTULO 1
ISLA

Isla Crown atravesaba a menudo cúmulos de estrellas para caer en parajes lejanos. Siempre sin permiso y, por lo que parecía, en los momentos más inoportunos.

Aun después de cinco años, los saltos entre portales todavía le hacían crujir los huesos. Sostuvo la varita estelar con fuerza y encapsuló el aliento en el pecho como los perfumes exquisitos que tenía en el tocador, mientras la sala de cristal giraba y los colores fracturados se fundían en uno solo. Por fin la gravedad la atrapó como una hebra suelta del universo.

La varita había regresado a su escondrijo en la parte trasera de su vestido, a lo largo de la columna, cuando alguien abrió la puerta.

—¿Qué le ha pasado a tu pelo?

El chillido de Poppy fue tan estridente que Terra entró a la carrera tras ella entre el repique de las numerosas dagas y espadas que le colgaban de la cintura.

La cabellera era la menor de sus preocupaciones, si bien tenía muy claro que debía de asemejarse a un lecho de musgo. Viajar entre los nuevos territorios de los reinos con la varita estelar desmontaba por sistema hasta los tirabuzones más prietos, las trenzas más firmes de Poppy, lo que suponía una ventaja inopinada, en realidad.

Isla no se las daba de experta en el uso del artilugio. Al principio, el cúmulo de estrellas la llevaba a lugares inesperados. Las aldeas nevadas de los nuevos territorios de Moonling. Los etéreos festejos de los nuevos territorios de Skyling. Unas cuantas tierras que ninguno de los seis reinos se había anexionado. Poco a poco había aprendido a regresar a enclaves que ya había visitado. Y hasta ahí llegaba el dominio de su varita estelar. Lo único que sabía con seguridad era que, de algún modo, el misterioso artilugio le permitía desplazarse cientos de kilómetros en segundos.

Terra suspiró y apoyó la mano en la empuñadura de su acero.

—Solo son unos mechones sueltos, Poppy.

Poppy le hizo caso omiso. Corrió hacia Isla blandiendo un cepillo y un frasquito de untuoso aceite esencial con el mismo gesto con que Terra había enseñado a Isla a esgrimir las armas años atrás. Isla sonrió a su maestra de lucha por encima del hombro de su profesora de carisma y gritó cuando Poppy le retiró las horquillas sin miramientos. Esta última negó con la cabeza.

—Hay que empezar de cero. —Sujetó las horquillas entre los labios y articuló las palabras con dificultad—. Te dejo una hora a solas y ya estás hecha un desastre. ¡Incluso he cerrado la puerta para asegurarme! ¿Cómo, en el nombre del reino, te las has ingeniado para arruinar tu aspecto sin salir de tu alcoba, pajarillo?

Su alcoba. La habitación de Isla no era suya. Era una esfera transparente, los restos de un antiguo invernadero. Pero habían pintado hasta el último cristal y habían clausurado las ventanas. Se lo habían llevado todo, excepto la puerta.

Isla era un pajarillo, tal como la llamaba Poppy y a veces incluso Terra.

Un pájaro enjaulado.

Isla se encogió de hombros.

—He estado practicando con la espada.

Poppy y Terra eran su única familia, aunque no fueran sus parientes. Todos aquellos que compartían vínculos de sangre con ella habían perecido tiempo atrás. Sin embargo, ni siquiera ellas conocían la existencia de la varita estelar. De haberlo hecho, no le habrían permitido usarla. Era la única llave que tenía para salir de su jaula. E Isla no solo estaba encerrada en ella por su propia seguridad…

Sino también por la del resto del mundo.

Terra la miró con recelo antes de volver la atención a la pared. Allí pendían decenas de espadas que formaban una fila reluciente, como un improvisado espejo.

—Lástima que no te puedas llevar ninguna —le dijo a la vez que deslizaba el dedo por la fila de hojas. Era ella quien se las había proporcionado a Isla, todas y cada una, regalos comprados en la antigua tienda del castillo. Premiaba a Isla con ellas cada vez que superaba una prueba y nivel de entrenamiento.

Poppy se atragantó.

—Es la única regla del Centenario con la que estoy de acuerdo. No nos hace ninguna falta corroborarles a los otros reinos la pésima imagen que tienen de nosotras.

El nerviosismo empezaba a arremolinarse en la barriga de Isla como hojas que bailan en la tormenta. Se obligó a sonreír, consciente de que eso aplacaría el enfado de Poppy; su guardiana siempre le decía que no sonreía lo suficiente. Isla no conocía a muchas personas, pero descifraba con facilidad a las pocas con las que se relacionaba. Bastaba con descubrir los motivos que las impulsaban. Todo el mundo quería algo. Y a menudo era fácil complacerlos. Una sonrisa a la maestra de carisma que llevaba casi dos décadas dando clases de modales a sus alumnas. El cumplido a una mujer que valoraba la belleza por encima de cualquier cosa.

—Poppy, por muy guapa que seas, la pésima imagen que tienen de nosotras está justificada. Somos monstruos.

Deslizando la última horquilla en el cabello de Isla, Poppy suspiró.

—Tú no —le dijo en un tono elocuente.

Y si bien las palabras de su guardiana emanaban cariño —bondad—, el miedo inundó el estómago de Isla.

—Están listas —anunció Terra. Avanzó unos pasos hacia el tocador. Isla la miró a través del espejo, cuyos bordes exhibían las manchas de la edad—. ¿Tú lo estás?

«No». Y nunca lo estaría. El Centenario era muchas cosas. Un concurso. La ocasión de romper las maldiciones que afectaban a los seis reinos. La oportunidad de adquirir un poder inigualable. El encuentro de los seis gobernantes. Cien días en una isla maldita que solamente aparecía cada cien años. Y en el caso de Isla…

Una muerte casi segura.

«¿Estás lista, Isla?», le preguntó una vocecilla interna, burlona y cruel. Solo la curiosidad mitigaba el miedo que sentía. Siempre había ansiado más… de todo. Más experiencias, más viajes, más gente.

El lugar al que se dirigía —Lightlark— era pura abundancia. Antes de que sus guardianes lo descubrieran y lo sellaran, Isla retiraba un panel de cristal que estaba suelto en su habitación y se escabullía al bosque. Allí conoció a una Venerable que había vivido en Lightlark, igual que todos los wildling antes de las maldiciones. Antes de que casi todos los reinos abandonaran la isla para crear nuevos territorios durante las turbulentas secuelas. Las historias de la mujer eran frutos de un árbol, dulces y restringidos. Le habló de reyes capaces de sostener el sol entre sus manos, mujeres de cabello blanco que hacían bailar el mar, castillos en las nubes y flores de pura energía.

Eso fue antes de las maldiciones.

La isla ya solo era una sombra de sí misma, atrapada en una tormenta eterna que imposibilitaba viajar a ella en cualquier momento que no fuera el Centenario, ni por barco ni empleando la magia.

Una noche Isla había encontrado a la Venerable en la base de un árbol, a su lado. Habría pensado que la mujer dormía de no haber mudado su piel en corteza, sus venas en enredadera. Los wildling empuñaban la naturaleza en vida y se fundían con ella en la muerte.

Sin embargo, no hubo nada natural en la defunción de la Venerable. Aun contando quinientos años y estando lejos del poder de Lightlark, había muerto demasiado pronto. Su partida fue la primera de muchas.

Isla tenía la culpa.

Terra repitió la pregunta. Sus ojos verde oscuro eran del mismo color que las hojas de hiedra que envolvían el palacio wildling, una piel que lo cubría todo. Del mismo color que los de Isla.

—¿Estás lista?

Isla asintió, si bien le temblaban los dedos cuando alcanzó la corona que tenía delante. Era una sencilla banda de oro decorada con capullos dorados, hojas y una serpiente en posición de ataque. Se la encasquetó con cuidado de no desplazar las horquillas que impedían que la melena castaño oscuro se le derramase sobre la cara.

—Estás preciosa —dijo Poppy. A Isla no le hacía falta oír el cumplido para saber que era cierto. La belleza era el don de las wildling… y la maldición. Una maldición que había llevado a su madre a morir asesinada. Algo que tornaba aún más inquietante si cabe era el hecho de que ella, al parecer, tuviera su mismo rostro. Poppy miró a Isla a los ojos a través del espejo y añadió en tono feroz—: Estás a la altura, pajarillo. Eres mejor que cualquiera de ellos.

Ojalá fuera verdad.

Un rictus de pánico contorsionó sus facciones. ¿Y si era la última vez que veía a sus guardianas? ¿Y si nunca regresaba a su alcoba? Sus manos se desplazaron hacia ellas con un gesto automático, deseosa de tocarlas por última vez.

Antes de que llegara a hacerlo, Terra le lanzó una mirada adusta que la detuvo en seco.

«El sentimentalismo es egoísta», parecían decir sus ojos.

El Centenario no giraba en torno a ella. Giraba en torno a salvar al reino. A su pueblo.

Avergonzada, Isla enderezó la espalda. Se puso en pie despacio notando la gravidez de la corona, mucho mayor que su peso real.

—Sé lo que tengo que hacer —declaró. Cada uno de los gobernantes llegaba al Centenario con un plan trazado de antemano. Terra y Poppy le habían inculcado el suyo a Isla desde que era una niña—. Seguiré vuestras órdenes.

—Bien —respondió Terra—. Porque eres nuestra única esperanza.

El castillo wildling constaba de más zonas exteriores que interiores. Los pasillos eran puentes. Los árboles extendían sus brazos hasta los corredores y las ramas se prendían con suavidad al vestido de Isla como diciendo adiós. Las hojas susurraban a su paso mientras recorría cámaras y más cámaras a las que nunca se le permitía entrar, con Poppy y Terra pegadas a sus talones. Las enredaderas ascendían por las paredes. Los pájaros entraban y salían a su antojo. El viento aullaba por los pasillos creando una corriente de aire que agitaba la capa de Isla a su espalda. Iba vestida de verde oscuro como homenaje a su reino, una tela que le ceñía costillas, cintura y rodillas antes de desplegarse a sus pies. Su capa era de gasa, tan transparente que invalidaba el recato que constituía su supuesta finalidad. Y esa elección representaba a su reino tanto como el color.

Las wildling siempre se habían enorgullecido de su cuerpo, belleza y destreza. Amaban con desenfreno, vivían con libertad y luchaban con ferocidad.

Quinientos años atrás, cada uno de los seis reinos —Wildling, Starling, Moonling, Skyling, Sunling y Nightshade— sufrió una maldición, y sus principales cualidades mudaron en venenos personales. Cada una de las maldiciones era única y retorcida.

La de Wildling constaba de dos partes. Estaban condenadas a matar a cualquier persona de la que se enamorasen… y a subsistir únicamente de corazones humanos. Se convirtieron en monstruos tan aterradores como hermosos dotados del malvado poder de seducir con una sola mirada.

Miles de hombres y mujeres wildling habían muerto asesinados desde entonces. El amor se prohibió. Era peligroso. Nacían menos niños… y las hijas siempre habían sido más frecuentes en el reino. Si bien el amor se manifestaba de formas diversas, tendía a morir una mayoría de hombres, y poco a poco las wildling se habían convertido en una comunidad formada ante todo por mujeres guerreras. Temidas. Odiadas. Debilitadas, ya que una población inferior implicaba menos poder. El Centenario era la única oportunidad de poner fin a las maldiciones, de reconquistar la gloria anterior, de recuperar el poder que necesitaban con tanta urgencia. Isla era su única oportunidad.

«Eres nuestra última esperanza…».

Las oyó antes de verlas. Entonando las antiguas palabras, entrechocando las espadas como instrumentos. El control wildling sobre la naturaleza en todo su esplendor. Las flores proliferaban y se derramaban por el atrio desde el balcón, sin detenerse hasta llegar a sus pies. Crecían a puñados, se multiplicaban en un cúmulo de pétalos y ascendían hasta los tobillos. Según la leyenda, mil años atrás los wildling eran capaces de crear bosques enteros solo con un pensamiento, de mover montañas con un golpe de muñeca.

Ahora, cientos de años después de la maldición, y el mismo tiempo privadas de la energía de la isla, sus destrezas habían quedado reducidas a poco más que trucos de feria.

Isla caminó con tiento sobre las flores hasta que las paredes del castillo desaparecieron tras ella y se enfrentó a los cientos de wildling que la vitoreaban.

En las copas de los árboles brotaban cerezas, bayas y flores rojo sangre que caían sobre la multitud como una lluvia encarnada. Los animales salían de los bosques y se unían al grupo para sentarse junto a sus compañeras. El dominio de las wildling sobre la naturaleza variaba de una a otra, pero a menudo incluía afinidad con el mundo animal. La mascota de Terra era una gran pantera llamada Sombra con la que se comunicaba con la misma facilidad que si estuviera hablando con Isla. Poppy tenía un colibrí al que le gustaba anidar en su pelo.

Cuando Isla saludó con un movimiento de la cabeza, la multitud guardó silencio.

—Es un honor representar a nuestro reino en el Centenario. —El pulso de Isla se aceleró, un tamborileo que repicaba contra sus huesos. Contempló a la multitud, sus rostros deslumbrantes y esperanzados. Algunas wildling vestían prendas confeccionadas con tejidos que llevan entrelazadas con hojas y enredaderas. Otras no llevaban nada encima, salvo las espadas cruzadas a la espalda. Unas cuantas acababan de alimentarse y todavía exhibían rastros rojo oscuro en los labios. Al verlas, Isla hizo esfuerzos por no temblar. Por no dejar que se le rompiera la voz ni tartamudear ni permitir que se plantearan, siquiera por un instante, por qué su gobernante se escondía a menudo tras los gruesos muros del castillo. Por qué las asistentes tenían prohibida la entrada a sus aposentos. Intentó no preguntarse cuántas de esas wildling habían oído esas mismas declaraciones cien años atrás, de una gobernante distinta; cuántas quedaban siquiera tras la última serie de muertes. Se dispuso a hacer una promesa porque eso era lo que su pueblo había venido a buscar. Seguridad. Fuerza—. Juro romper la maldición de una vez y para siempre.

Si reaccionaban con frialdad, lo entendería; tenían derecho a estar preocupadas. El fracaso de Isla las condenaría a otro siglo de sufrimiento. Y ya habían perdido cuatro Centenarios. Isla apretó los dientes pensando que la calarían; pensando que tal vez había interpretado mal lo que querían.

Pero la mañana estalló en vítores y aceros enarbolados. Los pájaros graznaron en las copas de los árboles. El viento agitó las hojas, un susurro que mudó en rugido. Aliviada, Isla descendió por la escalinata cubierta de pétalos, y la naturaleza floreció a sus pies según el gentío se dividía para abrirle un camino hacia los dos árboles gemelos más antiguos.

Las raíces de estos ascendían hacia el cielo antes de entrelazarse para formar un arco inmenso, redondo como un espejo. Al otro lado aguardaba el bosque, seguro y conocido. Sin embargo, no era ese su destino. Isla tragó saliva. Llevaba toda la vida preparándose para ese momento. Las manos de Terra y Poppy se posaron en sus hombros.

Isla cruzó el portal que tan solo se abría una vez cada cien años. Las últimas palabras que les había dirigido a sus guardianas todavía resonaban en su mente: «Seguiré vuestras órdenes».

Ojalá no hubiera tenido que mentirles.

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CAPÍTULO 2
LA ISLA

El portal se cerró a su espalda con un temblor en el aire y los vítores mudaron en silencio. Tan solo alcanzaba a oír su propia respiración entrecortada. Avanzó un paso y una luz semejante a un millar de estrellas y soles moribundos la cegó.

Se tambaleó. Un brazo la sujetó para devolverle el equilibrio.

—Abre los ojos —dijo una voz oscura y sugerente como la medianoche.

Isla ni siquiera se había percatado de que los tenía cerrados. Parpadeando, tuvo la sensación de que el mundo trastabillaba y luego se enderezaba. Ese cruce entre portales había sido mucho peor que usar su varita estelar.

El rostro pertenecía a un hombre que la observaba con expresión jocosa. Le sonaba de algo, pero no supo ubicarlo. Era tan alto que Isla tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirar sus ojos negros como carbones. Su pelo se le derramaba como tinta sobre la frente pálida. Era un nightshade, estaba claro. Y eso significaba…

—Gracias, Grimshaw —dijo Isla en tono firme. Se irguió a toda prisa y miró en derredor con la esperanza de que nadie la hubiera visto trastabillar. Prácticamente oía a Poppy y a Terra regañándola, cada una por un oído.

Sin embargo, aparte de Isla y el nightshade, el acantilado estaba desierto. Se dio la vuelta y un ruidito de ahogo brotó del fondo de su garganta. El mar rugía furioso a cientos de metros de distancia. Había estado a punto de estrellarse contra las escabrosas rocas y despedirse de sus planes de salvar a su pueblo antes de que el Centenario empezase siquiera.

Había estado a punto de decir adiós a todos sus planes.

—Eso habría sido un problema. —El gobernante nightshade sonrió con sorna y un solo hoyuelo asomó a su rostro, del todo discordante con la crueldad de sus facciones—. Llámame Grim, Isla.

«Grim». Lúgubre. Qué palabra tan horrible, pensó Isla, herida en su orgullo. No obstante, el nombre le iba como anillo al dedo. Sin duda había algo tétrico bajo aquella sonrisa, una leve sombra que bien podría tornarse monstruosa en la oscuridad.

—¿Nos conocemos?

No se lo preguntó porque él la hubiera llamado por su nombre, no. Eso era lógico. Ni tampoco porque lo hubiera pronunciado a la perfección, como el susurro de una serpiente, remarcando todas las letras. Era algo más…

La sonrisa del hombre flaqueó.

—De haber sido así —el nightshade desvió la vista apenas un instante—, me habría asegurado de volver a verte.

Isla notó que le ardía la cara bajo la mirada del nightshade. Aparte de algún que otro encuentro aislado, supervisado de cerca, o de sus viajes secretos a los nuevos territorios de otros reinos con su varita estelar, no había pasado mucho tiempo en compañía de hombres.

En particular, no en compañía de hombres como él.

No en compañía de hombres a los que ella y su maldición wildling no inspirasen terror.

Isla frunció el ceño. Debería estar asustado. Si una wildling se lo proponía, podía hacer que cualquiera saltara de un acantilado por estar a su lado. Su poder de seducción era irresistible, si bien estaba prohibido durante los cien días. El nightshade debía de creerse a salvo.

No lo estaba.

El Centenario era un juego inmenso, una oportunidad de obtener capacidades sin parangón. Se contaba que quienquiera que pusiera fin a las maldiciones cumpliendo la profecía obtendría todo el poder que se había empleado para crearlas: el premio definitivo.

¿Acaso el nightshade coqueteaba con ella para distraerla?

Isla lo fulminó con la mirada.

Y la sonrisa de Grim se tornó aún más radiante si cabe.

Interesante.

Cada cien años desde que se lanzaron las maldiciones, la isla de Lightlark surgía durante cien días sin la protección de la infranqueable tormenta que siempre la envolvía. Los gobernantes de cada uno de los reinos estaban invitados a viajar desde los nuevos territorios en los que se habían establecido después de huir de Lightlark. En el reino original tratarían de romper las maldiciones que les impedían acceder a sus poderes y a la propia isla. Todos los gobernantes de cada uno de los reinos, excepto de Nightshade, en realidad. Los nightshade tenían el poder de urdir maldiciones, circunstancia que los convertía en los principales sospechosos de haberlas creado, aunque ellos lo negaban. El rey de Lightlark debía de estar desesperado ese año.

Era la primera vez que invitaba a los nightshade al Centenario.

Grim le sujetó el brazo de nuevo. Antes de que Isla pudiera protestar, la arrastró a un lado con suavidad. Instantes después el gigantesco cartel que había al borde del acantilado —un emblema que representaba a los seis reinos— se iluminó con un fulgor dorado y alguien apareció de la nada en el mismo lugar exacto que Isla había ocupado un instante atrás.

Una capa azul pálido chasqueó con el viento antes de posarse sobre unos hombros desnudos, muy oscuros, y unos brazos musculosos. El hombre exhibía unas cejas más largas que sus ojos, la mandíbula marcada y una barbita perfectamente recortada que enmarcaba la boca rosada. Azul, gobernante de Skyling. Isla conocía sus nombres desde que aprendió a hablar. Azul y Grim eran primigenios, con más de quinientos años de edad. Ya vivían el día que se lanzaron las maldiciones. Estaban considerados leyendas vivas; a su lado, Isla no era nadie.

Por lo visto, siglos enteros no habían bastado para que Azul y Grim trabaran amistad. El skyling saludó al nightshade con una seca inclinación de cabeza y la sonrisa de Grim se tornó maliciosa. Burlona. Azul se volvió hacia Isla y le dedicó una reverencia completa al tiempo que le tomaba la mano.

—Es un privilegio contar con nueva sangre wildling para este Centenario —declaró. Sus ojos brillantes buscaron los de ella y luego observó sus dedos, todos ellos decorados con piedras preciosas grandes como bellotas. Por más que el resto de los reinos tendieran a considerar a las wildling unas criaturas salvajes, su riqueza quedaba fuera de toda duda. El control de la naturaleza tenía sus ventajas—. Por todas las nubes, nunca había visto un diamante tan grande.

Para Isla, no era más que una piedra. Bonita, por descontado, pero cuando algo es tan abundante deja de considerarse especial. Las piedras preciosas se creaban cuando ejercías un gran poder sobre la naturaleza y, a lo largo de los siglos, relucientes gemas habían brotado bajo los terrenos de los nuevos territorios wildling, joyas que acababan por emerger y desplegarse como flores. Era raro no tropezar con alguna piedra preciosa en las tierras de Isla, gemas que ella solo conocía de los textos y desde luego no por propia experiencia.

Al menos, que Terra y Poppy supieran.

Terra siempre decía que las suntuosas piedras eran la explicación de que contaran con un suministro constante de corazones. Ladrones de los otros reinos, necios, audaces y malvados, invadían su territorio en busca de diamantes.

Isla sonrió. Así pues, a los skyling les gustaban las joyas. Se quitó la sortija y la deslizó al dedo más largo de Azul sin perder un instante.

—A ti te queda mucho mejor que a mí.

Azul se dispuso a protestar…, pero no lo hizo.

Alguien más apareció caminando tranquilamente junto al grupo, como si cruzar portales fuera un gesto tan fluido como el ascenso de la marea. Se volvió hacia Isla. Su ceño parecía acudir con tanta naturalidad a su rostro como la sonrisa al semblante de algunas personas.

—Vaya, ¿este es el nuevo cachorro?

Un ascua prendió en el pecho de Isla. El resto de los reinos consideraban a las mujeres guerreras como salvajes seductoras, depredadoras que atraían a sus amantes y se daban un festín con sus corazones.

Isla no se lo reprochaba. Porque más o menos era verdad.

Pero las wildling eran mucho más. Al menos, lo habían sido. Y todavía podían serlo.

Aunque una parte de ella quería decir algo de lo que seguramente se arrepentiría, Isla sabía que la gobernante le estaba tendiendo una trampa. Intentaba tentar al monstruo que la wildling llevaba dentro, demostrar a los demás que no era más que un animal sediento de sangre. En vez de eso, Isla le hizo una reverencia:

—Es un gran honor conocerte, Cleo —le dijo inclinando la cabeza a modo de reverencia. Cleo era la mayor de todos ellos, incluso más que el rey de Lightlark, que también gobernaba sobre los sunling. Su edad no se correspondía con su rostro terso y juvenil. Si bien la mayoría de los soberanos contaban cientos de años de edad, resultaba casi imposible advertir la diferencia entre estos e Isla. Casi.

En lugar de buscar otra manera de insultarla, Cleo se limitó a levantar la barbilla con una mueca despectiva, mirando el vestido verde de Isla como si se hubiera presentado desnuda. Comparado con el atuendo de la moonling, bien podría ser cierto. La túnica blanca de Cleo tenía mangas largas semejantes a lechosos rayos de luna, llevaba el cuello alto por la barbilla y una capa que cubría por completo tres cuartas partes de su cuerpo. La piel que Isla sí alcanzaba a ver era tan pálida que se le transparentaban las venas como vetas azules en una losa de mármol blanco. No solo la tez de la moonling era varios tonos más blanca que la suya, sino que también destacaba sobre ella en altura. Su rostro alargado se ahusaba en tres puntos, pómulos y barbilla, como la talla de un diamante.

La insignia destelló por última vez y una chica dio un paso adelante tambaleándose muy ligeramente. Toda ella era del color plateado de las estrellas, desde la melena de cabello largo y liso hasta el titilante vestido y los guantes largos por los codos. Sonrió con timidez, un gesto ensanchó su rostro acorazonado, y luego irguió la espalda.

—Soy la última en llegar, supongo.

Cleo desvió su antipatía hacia la recién llegada. La soberana de Starling, igual que Isla, era nueva. La maldición de su pueblo fue una de las más crueles. En ese reino nadie sobrepasaba los veinticinco años.

Isla avanzó un paso hacia ella y le ofreció la mano.

—Celeste, ¿verdad?

La starling sonrió con dulzura.

—Hola, Isla.

—Encantado —la saludó Grim, dedicándole una reverencia que parecía una burla de la que Azul había ejecutado hacía un instante.

El skyling torció el gesto solo un momento antes de ofrecerle a Celeste sus dedos, en los que brillaba el diamante de Isla.

—Más sangre nueva. Tengo un buen presentimiento respecto a este Centenario.

Cleo enarcó una ceja.

—Más le vale —dijo, señalando a Celeste con el mentón—. No estará aquí para los próximos.

El rostro de la starling se desencajó. La moonling se limitó a dar media vuelta y su blanca capa ondeó levemente tras ella.

—No te sientas especial —le dijo Azul con un guiño—. Es así de desagradable con todo el mundo.

Los gobernantes emprendieron el rumbo a palacio y el corazón de Isla dio un vuelco expectante. Estaba tan concentrada en sus compañeros que no había tenido ocasión de observar el entorno con atención. Durante el resto del siglo la isla estaba encapsulada en su tormenta. Pero las nubes habían escampado.

Lightlark era un territorio brillante y repleto de acantilados. De riscos blancos como huesos, los rayos del sol caían como capas de oro empañado. La isla era una de las fuentes de poder primigenias y la vibración de su energía se percibía aún en el suelo, que le cantaba a Isla con un tarareo de sirena. La notaba con cada paso que daba, con cada respiración. Absorbió la isla con ansia, como el vino que nunca le dejaban probar. Era igual de adictiva y peligrosa.

Las lecciones de Poppy acudían a su mente, hechos plasmados en papel que en ese momento se tornaban reales y sólidos ante ella.

Miles de años atrás, la isla se dividió en varias partes, de tal modo que cada reino pudo apropiarse de un fragmento. Los nightshade abandonaron la isla poco después para fundar su propio territorio. Los wildling partieron con posterioridad a las maldiciones. Los demás se repartieron por los islotes: isla Estrella, hogar de los starling; isla Firmamento, donde se asentaron los skyling; isla Luna para los moonling y la isla del Sol, la morada de los sunling. Todo ello además de la isla principal, que era el lugar de reunión tradicional de todos los reinos y la sede del Centenario.

También constituía el asentamiento histórico de la realeza de Lightlark.

El castillo de la capital se erguía allí cerca, encaramado sobre un acantilado como la joya de la corona y proyectado precariamente sobre el mar. Su tamaño era suficiente como para constituir una ciudad en sí mismo. Una circunstancia afortunada, teniendo en cuenta que su habitante principal no podía abandonarlo.

No durante el día, cuando menos.

Isla debía de estar mirándolo con atención, porque Celeste suspiró a su lado.

—¿Crees que él nos estará mirando? —preguntó en tono quedo.

«Él». El gobernante sunling y rey de Lightlark. El último primigenio que quedaba, por cuyas venas corría sangre de los cuatro reinos que todavía tenían presencia en la isla. El único que podía hacer uso de los cuatro poderes de Lightlark.

Y, según todos aquellos que lo conocían, un tipo insoportable.

En Lightlark y allende el mar, el amor tenía un precio. Enamorarse perdidamente implicaba crear un vínculo que le otorgaba a la persona amada acceso total a las propias destrezas. Podían hacer con ellas lo que quisieran. Ejercerlas o rechazarlas. Incluso robarlas.

Consciente de la gran cantidad de personas que codiciaban el acceso a ese manantial de poder infinito, el soberano de Lightlark no se fiaba de nadie. Era paranoico y frío. Isla temía el instante de conocerlo. En particular si se paraba a pensar el primer paso del plan que Poppy y Terra habían urdido para ella.

Volvió a mirar el castillo e hizo cuanto pudo por no estremecerse. En lugar de eso, renunció al talante de persona encantadora e hizo un gesto obsceno hacia el palacio.

El juego acababa de empezar oficialmente.

—Eso espero.

Una multitud los estaba esperando a las puertas del castillo. Starling. Moonling. Skyling.

La noche de las maldiciones, quinientos años atrás, los gobernantes de los seis reinos habían perecido. Su poder y responsabilidades pasaron a manos de sus herederos y todos, salvo el nuevo rey, abandonaron la inestabilidad de la isla para crear nuevos territorios a cientos de kilómetros de distancia tanto del archipiélago como unos de otros.

Algunos se quedaron en Lightlark.

En cierta ocasión, Isla había preguntado a la Venerable wildling por qué algunas personas optaban por vivir bajo la tempestad maldita casi constante que envolvía la isla desde aquellos tiempos.

«El poder corre por la sangre y los huesos de la isla —le respondió ella—. Lightlark alarga la vida y te brinda acceso a una energía infinitamente más poderosa que la nuestra. Y, aún más importante, muchas personas consideran Lightlark su hogar».

Ningún wildling se había quedado. Su pueblo no podría ayudarla.

Estaba sola.

—No te preocupes —dijo una voz profunda a su lado en tono jocoso—. Yo tampoco cuento con partidarios entusiastas.

El gentío contemplaba a Grim con una mezcla manifiesta de miedo y desdén. Isla observaba las reacciones con suma atención. Él era la noche personificada, con su atuendo de sombra convertida en seda. Si Lightlark miraba a las wildling con desprecio, los nightshade les inspiraban puro odio. Y, según las lecciones de Terra y Poppy, jamás habían llegado a ser aceptados en la isla. Poseían su propio territorio, una fortaleza que llevaba miles de años en pie.

La guerra entre Nightshade y Lightlark tampoco había ayudado.

Isla no buscó su mirada, si bien notaba los ojos de Grim pegados a su cuerpo. Resultaba perturbador. Notaba en la piel un inexplicable cosquilleo eléctrico.

—Seguro que en tu hogar recibes atención de sobra —replicó.

Isla sonrió a la multitud con educación mientras evaluaba la reacción a su presencia. Algunos le devolvieron el gesto con cautela. Otros retrocedieron visiblemente al verla, la seductora devoracorazones. No le sorprendió. Todo lo que ella representaba era tabú. Una mujer moonling tapó los ojos de su hijo con la mano y dibujó algo en el aire, como si se protegiera de un demonio.

—Pues sí —reconoció él—. Sin embargo, nunca tengo… suficiente.

Isla le hizo caso omiso. No pensaba participar en ese jueguecito, fuera cual fuese. Su propio juego la estaba esperando.

El interior del castillo tenía el mismo aspecto que si un sol hubiera estallado y empapado las paredes con su resplandor; una oda a los sunling que lo habían construido. Había oro por todas partes. Untuosos rayos de sol entraban a raudales por los ventanales alargados y bañaban el vestíbulo con una luz rutilante que se reflejaba en el suelo liso y brillante. Isla entrecerró los ojos como si todavía estuviera en el exterior. Un fuego vivo ardía en el candelabro que pendía del techo, una lámpara de araña con llamas puntiagudas en lugar de cristales.

El gobernante sunling no estaba allí para recibirlos. No podría aunque hubiera querido, algo que Isla dudaba. La maldición de los sunling los condenaba a no notar nunca el calor del sol ni ver la luz del día; estaban obligados a rehuir eso mismo que les otorgaba el poder. El rey de Lightlark vivía atrapado en la oscuridad de sus aposentos, incapaz de abandonarlos, salvo en la oscuridad de la noche. En ese aspecto, Isla y él se parecían mucho, supuso. También ella había pasado largo tiempo confinada de puertas adentro.

Una mujer vestida de plata starling les dedicó una reverencia. A su lado, un pequeño grupo de asistentes imitó su gesto. A cada soberano se le asignaba un ayudante durante el tiempo que duraba el Centenario.

—Será un placer acompañarles a sus aposentos.

Guiaron a cada gobernante a una zona distinta del castillo. Muy alejadas unas de otras. Isla no sabía qué pensar de ello. Era deliberado. En el Centenario nada se hacía al azar; eso le había enseñado Terra.

Una joven starling se encaminó hacia ella despacio, con inseguridad, igual que un niño se acercaría a una serpiente enroscada.

—Señora —dijo con un tono de voz tan quedo que Isla tuvo que inclinarse levemente para oírla, un gesto que arrancó un respingo a la muchacha. Isla se contuvo para no poner los ojos en blanco. ¿De verdad pensaba la chica que se iba a zampar su corazón en mitad del atrio? Isla pertenecía al pueblo silvestre, pero tampoco eran animales—. Sígame.

—Isla —dijo en dirección a la espalda envarada de la chica, que se alejaba a toda prisa con evidente dificultad. Con toda probabilidad en algún momento precisaría la ayuda de la muchacha, de modo que tendría que ganarse su lealtad a toda costa—. Puedes llamarme Isla.

—Como desee —murmuró ella.

Precedió a Isla por un amplio tramo de escaleras que ascendía por la zona central del castillo y luego descendía a una maraña imposible de corredores, pasos que se sobreponían y se entrecruzaban como puentes. Sin embargo, a diferencia del palacio wildling, este se iba tornando más oscuro y recogido a medida que descendían. Le recordó a un laberinto en el interior de una cueva. O a una cárcel. De súbito imaginó al rey como un animal antiguo atrapado en la oscuridad. Perdido en el laberinto que era su castillo. Por fin llegaron a un tramo en el que no había ni una sola ventana. Los pasillos eran más fríos, los muros más gruesos.

La joven se detuvo ante una anticuada puerta de piedra. Recurriendo seguramente a todas las fuerzas que tenía, empujó para abrirla.

Alguien se las había ingeniado para plantar un árbol en mitad de la estancia, un roble con flores rosáceas, brotes de frutos que Isla desconocía y las raíces hundidas en el suelo de piedra. La hiedra reptaba por el techo creando bonitas formas y bajaba por la pared contra la cual descansaba la cama, que estaba cubierta de hojas hasta el suelo.

Había más. Isla cruzó la estancia hacia un amplio balcón semicircular que se proyectaba directamente sobre el mar. Hasta extremos peligrosos. Las olas se estrellaban al fondo. El castillo recordaba a un niño curioso que estuviera encaramado en lo alto de una montaña asomándose hacia el borde.

Isla frunció el ceño.

—¿Hasta qué punto es sólido?

Tenía la sensación de que el balcón podía romperse en cualquier momento o de que el propio castillo fuera a resbalar por el acantilado a la primera tormenta.

—Tan sólido como el propio rey, supongo.

Bien. Isla lo había estudiado en sus lecciones. El rey de Lightlark no solo controlaba su poder; él era ese poder. Si algo le sucedía, la tierra se desmoronaría e incluso el reino de Lightlark se desplomaría. Por esa razón andaba con pies de plomo. No por miedo a que lo asesinaran, sino por el temor a que alguien le arrebatara esa tremenda energía mágica cuando menos se lo esperara.

Otra coincidencia. Isla tampoco podía enamorarse.

Bueno, sí que podía, pero a todo el mundo le aterraba que una wildling le profesara amor. Su maldición convertía el enamoramiento en una sentencia de muerte.

No era una situación que favoreciera el romance, precisamente.

El problema no se había planteado de momento en la relativamente breve y medio secreta vida de Isla. Sin embargo…

¿Hasta dónde podía llegar la crueldad de un rey que arrastraba el miedo a enamorarse desde hacía más de quinientos años?

Isla pronto lo averiguaría.

—La cena se sirve a las ocho campanadas —le dijo la chica starling antes de atizar el ya monstruoso fuego que ardía en el hogar, frente a la cama.

—El ambiente ya es muy cálido —sugirió Isla—. No te molestes.

La starling siguió desplazando las ascuas con movimientos expertos.

—El rey ha dado órdenes estrictas de que los fuegos estén encendidos todo el tiempo.

«Qué orden tan rara», pensó Isla. Antes de que pudiera preguntar el motivo, la starling se había dirigido a la entrada. Hizo una reverencia antes de cerrar la puerta al salir.

Isla acaba de inspeccionar su cuarto de baño (más espacioso que el de su hogar incluso, con una bañera en la que podía nadar) cuando alguien llamó a su puerta con los nudillos.

Abrió con aire inseguro.

Y encontró a Celeste al otro lado.

De inmediato Isla le echó los brazos al cuello. Saltaron en un minúsculo corro, abrazadas y riendo con tantas ganas que Isla cerró la puerta de una patada para evitar que sus carcajadas se oyeran por todo el pasillo.

Celeste enarcó una ceja.

—«Celeste, ¿verdad?» —dijo imitando el tono de Isla con una fidelidad sorprendente y nada halagadora. Echó hacia atrás su cabeza plateada y rio con ganas.

Isla sonrió tensa, dudando de si habría resultado lo bastante convincente.

—¿Piensas que…?

—No sospechan nada —la interrumpió Celeste. Hizo chasquear la lengua y le retiró a Isla un mechón de la cara—. Pensaba que te lo ibas a cortar.

Isla suspiró.

—Lo he intentado. Cuando Poppy me vio mirando las tijeras, estuvo a punto de apuñalarme con ellas. Confiscó todas las que había en mis aposentos.

—¿Confiscó? —Celeste la miró con sorna—. ¿Acaso tengo que recordarte que eres la gobernante de tu reino?

Isla lanzó una carcajada amarga. Dio media vuelta para internarse en los aposentos y la mano de Celeste voló directa a su espalda.

—¿La has traído?

Isla captó su propio reflejo en el espejo. Algo proyectaba un leve resplandor a lo largo de su espalda. La presencia de Celeste debía de haberlo provocado. Lanzó una maldición y, cruzando los dedos para que nadie más hubiera reparado en ello, extrajo la varita estelar.

—No podía dejarla allí.

Celeste frunció el ceño.

—Es peligroso. Escóndela bien.

Tenía razón. Si alguien descubría que Isla poseía ese objeto mágico, su alianza secreta podía salir a la luz.

Isla había encontrado la varita estelar entre las pertenencias de su madre, cinco años atrás. Más ansiosa de libertad que temerosa de ser transportada a algún paraje peligroso, la había usado para recorrer los nuevos territorios de los reinos durante meses antes de toparse con Celeste. Fue entonces cuando se conocieron.

Celeste identificó al instante la varita estelar como una antigua reliquia starling. Isla no tenía la menor idea de cómo había acabado en manos de su madre antes de morir. Y como la familia de Celeste había fallecido largo tiempo atrás, a causa de la maldición que fulminaba a todos los habitantes de su reino a los veinticinco años, esta tampoco lo sabía.

Si bien pertenecía al pueblo de las estrellas, Celeste nunca le pidió que se la devolviera. Esa generosidad había marcado el comienzo de su amistad. Dos gobernantes de dos reinos, separadas por cientos de kilómetros de distancia y unidas por un mismo afán: el anhelo desesperado de romper las maldiciones en el siguiente Centenario.

En el caso de Celeste, romper la maldición era cuestión de vida o muerte. No solo para ella sino también para su gente.

En el caso de Isla…, las cosas eran aún más complicadas si cabe. Nadie advertía hasta qué punto su reino se había reducido. Morían muchas más wildling de las que nacían. Sus poderes se debilitaban con cada generación. La extensión de los bosques mermaba sin cesar. La vida salvaje se estaba extinguiendo. Al ritmo que sus tierras y sus gentes se deterioraban, no quedaría ni una sola wildling para el siguiente Centenario.

Isla nunca había aprobado el plan de Poppy y Terra. Era demasiado complicado. Excesivamente humillante. De modo que había ideado una nueva estrategia con ayuda de Celeste.

—Debería irme —le dijo su amiga después de examinar a fondo los aposentos de Isla—. Por cierto, tus habitaciones son más bonitas que las mías. Aunque mi alcoba no está en un rincón tan lúgubre del castillo.

Isla puso los ojos en blanco.

—Nos vemos en la cena.

Celeste se encaminó a la puerta. Al llegar, esbozó una sonrisilla maliciosa.

—Que empiece el juego.

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CAPÍTULO 3
SANGRE

El día llegaba a su fin. El sol ya solo era una yema anaranjada, medio consumida por el horizonte, cuando Isla abrió las puertas dobles del balcón y miró la luna saliente. Se disponía a cambiarse para la cena, vestida solo con ropa interior. Las vaporosas cortinas blancas le acariciaron los brazos empujadas por la brisa y le envolvieron las rodillas desnudas hasta cubrirle los pies. Salió al balcón descalza contra las losas frías. Inspiró el olor a rocío marino y humedad.

Con sumo cuidado saltó a la ancha cornisa de piedra y se sentó con las rodillas contra el pecho. E igual que hacía en su casa a solas en su habitación cada vez que estaba nerviosa y se sentía sola y atrapada, empezó a cantar.

El canto era una cualidad característica de las wildling, algo propio de las seductoras. Un don que compartían con sus hermanas, las sirenas del mar. La voz de Isla era hermosa hasta extremos sobrenaturales, semejante a la seda, el terciopelo y los sueños más profundos. Ella lo sabía y se deleitaba con el sonido. Le gustaba el descenso de su voz hasta profundidades oceánicas antes de que ascendiera aguda como un carrillón de viento. No necesitaba música. El mar que rugía al fondo bastaba como instrumento, el violento azote de las olas que ascendían contra los escabrosos riscos blancos como si se auparan para contemplarla.

Isla cantó largo y tendido, palabras y melodías sin sentido, dejando que su voz se rizara sin más, ascendiera y se hundiera como un dibujo en un lienzo infinito. Le cantó al mar, a la luna, a la oscuridad creciente. A todo aquello que no le permitían ver desde su ventana cegada en el reino Wildling. Concluyó finalmente con una nota aguda que alargó tanto como pudo sin tomar aliento. Sonrió para sus adentros con la sorpresa que siempre le provocaba descubrir los sonidos que brotaban de sus labios. Aliviada al comprobar una vez más que el canto apaciguaba hasta sus más oscuros pensamientos.

Y oyó unos aplausos a lo lejos.

Volviendo la cabeza a toda prisa, Isla atisbó a un hombre que la observaba desde otro balcón situado a unos metros de distancia, tan encajado en los muros del castillo que ni siquiera lo había visto. Prácticamente desnuda y pillada de improviso, Isla contuvo un grito. Se dio la vuelta con excesiva precipitación, sobresaltada. Sus brazos se agitaron desplegados como alas, pero no le sirvió de nada; la gravedad la venció. Resbaló de la cornisa y se precipitó al vacío.

El aliento abandonó su pecho y lanzó un grito silencioso mientras caía arañando la noche como si quisiera aferrarse a las estrellas.

Pero nada más que aire surcaba el espacio entre sus dedos y siguió cayendo…

Hasta que el mar rugió bajo su cuerpo y su cabeza se estrelló contra la superficie del agua.

Isla se incorporó con un movimiento tan raudo que vomitó agua de mar. Le ardía la garganta. Parpadeó una y otra vez. Se enjugó la boca con el dorso de la mano.

Y descubrió que estaba de nuevo en el balcón, rodeada de un charco de mar. El agua caía a chorros de su cabellera. Las braguitas se le pegaban al cuerpo complet

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