Lightlark (edición en español) (Lightlark 1)

Alex Aster

Fragmento

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CAPÍTULO 1
ISLA

Isla Crown atravesaba a menudo cúmulos de estrellas para caer en parajes lejanos. Siempre sin permiso y, por lo que parecía, en los momentos más inoportunos.

Aun después de cinco años, los saltos entre portales todavía le hacían crujir los huesos. Sostuvo la varita estelar con fuerza y encapsuló el aliento en el pecho como los perfumes exquisitos que tenía en el tocador, mientras la sala de cristal giraba y los colores fracturados se fundían en uno solo. Por fin la gravedad la atrapó como una hebra suelta del universo.

La varita había regresado a su escondrijo en la parte trasera de su vestido, a lo largo de la columna, cuando alguien abrió la puerta.

—¿Qué le ha pasado a tu pelo?

El chillido de Poppy fue tan estridente que Terra entró a la carrera tras ella entre el repique de las numerosas dagas y espadas que le colgaban de la cintura.

La cabellera era la menor de sus preocupaciones, si bien tenía muy claro que debía de asemejarse a un lecho de musgo. Viajar entre los nuevos territorios de los reinos con la varita estelar desmontaba por sistema hasta los tirabuzones más prietos, las trenzas más firmes de Poppy, lo que suponía una ventaja inopinada, en realidad.

Isla no se las daba de experta en el uso del artilugio. Al principio, el cúmulo de estrellas la llevaba a lugares inesperados. Las aldeas nevadas de los nuevos territorios de Moonling. Los etéreos festejos de los nuevos territorios de Skyling. Unas cuantas tierras que ninguno de los seis reinos se había anexionado. Poco a poco había aprendido a regresar a enclaves que ya había visitado. Y hasta ahí llegaba el dominio de su varita estelar. Lo único que sabía con seguridad era que, de algún modo, el misterioso artilugio le permitía desplazarse cientos de kilómetros en segundos.

Terra suspiró y apoyó la mano en la empuñadura de su acero.

—Solo son unos mechones sueltos, Poppy.

Poppy le hizo caso omiso. Corrió hacia Isla blandiendo un cepillo y un frasquito de untuoso aceite esencial con el mismo gesto con que Terra había enseñado a Isla a esgrimir las armas años atrás. Isla sonrió a su maestra de lucha por encima del hombro de su profesora de carisma y gritó cuando Poppy le retiró las horquillas sin miramientos. Esta última negó con la cabeza.

—Hay que empezar de cero. —Sujetó las horquillas entre los labios y articuló las palabras con dificultad—. Te dejo una hora a solas y ya estás hecha un desastre. ¡Incluso he cerrado la puerta para asegurarme! ¿Cómo, en el nombre del reino, te las has ingeniado para arruinar tu aspecto sin salir de tu alcoba, pajarillo?

Su alcoba. La habitación de Isla no era suya. Era una esfera transparente, los restos de un antiguo invernadero. Pero habían pintado hasta el último cristal y habían clausurado las ventanas. Se lo habían llevado todo, excepto la puerta.

Isla era un pajarillo, tal como la llamaba Poppy y a veces incluso Terra.

Un pájaro enjaulado.

Isla se encogió de hombros.

—He estado practicando con la espada.

Poppy y Terra eran su única familia, aunque no fueran sus parientes. Todos aquellos que compartían vínculos de sangre con ella habían perecido tiempo atrás. Sin embargo, ni siquiera ellas conocían la existencia de la varita estelar. De haberlo hecho, no le habrían permitido usarla. Era la única llave que tenía para salir de su jaula. E Isla no solo estaba encerrada en ella por su propia seguridad…

Sino también por la del resto del mundo.

Terra la miró con recelo antes de volver la atención a la pared. Allí pendían decenas de espadas que formaban una fila reluciente, como un improvisado espejo.

—Lástima que no te puedas llevar ninguna —le dijo a la vez que deslizaba el dedo por la fila de hojas. Era ella quien se las había proporcionado a Isla, todas y cada una, regalos comprados en la antigua tienda del castillo. Premiaba a Isla con ellas cada vez que superaba una prueba y nivel de entrenamiento.

Poppy se atragantó.

—Es la única regla del Centenario con la que estoy de acuerdo. No nos hace ninguna falta corroborarles a los otros reinos la pésima imagen que tienen de nosotras.

El nerviosismo empezaba a arremolinarse en la barriga de Isla como hojas que bailan en la tormenta. Se obligó a sonreír, consciente de que eso aplacaría el enfado de Poppy; su guardiana siempre le decía que no sonreía lo suficiente. Isla no conocía a muchas personas, pero descifraba con facilidad a las pocas con las que se relacionaba. Bastaba con descubrir los motivos que las impulsaban. Todo el mundo quería algo. Y a menudo era fácil complacerlos. Una sonrisa a la maestra de carisma que llevaba casi dos décadas dando clases de modales a sus alumnas. El cumplido a una mujer que valoraba la belleza por encima de cualquier cosa.

—Poppy, por muy guapa que seas, la pésima imagen que tienen de nosotras está justificada. Somos monstruos.

Deslizando la última horquilla en el cabello de Isla, Poppy suspiró.

—Tú no —le dijo en un tono elocuente.

Y si bien las palabras de su guardiana emanaban cariño —bondad—, el miedo inundó el estómago de Isla.

—Están listas —anunció Terra. Avanzó unos pasos hacia el tocador. Isla la miró a través del espejo, cuyos bordes exhibían las manchas de la edad—. ¿Tú lo estás?

«No». Y nunca lo estaría. El Centenario era muchas cosas. Un concurso. La ocasión de romper las maldiciones que afectaban a los seis reinos. La oportunidad de adquirir un poder inigualable. El encuentro de los seis gobernantes. Cien días en una isla maldita que solamente aparecía cada cien años. Y en el caso de Isla…

Una muerte casi segura.

«¿Estás lista, Isla?», le preguntó una vocecilla interna, burlona y cruel. Solo la curiosidad mitigaba el miedo que sentía. Siempre había ansiado más… de todo. Más experiencias, más viajes, más gente.

El lugar al que se dirigía —Lightlark— era pura abundancia. Antes de que sus guardianes lo descubrieran y lo sellaran, Isla retiraba un panel de cristal que estaba suelto en su habitación y se escabullía al bosque. Allí conoció a una Venerable que había vivido en Lightlark, igual que todos los wildling antes de las maldiciones. Antes de que casi todos los reinos abandonaran la isla para crear nuevos territorios durante las turbulentas secuelas. Las historias de la mujer eran frutos de un árbol, dulces y restringidos. Le habló de reyes capaces de sostener el sol entre sus manos, mujeres de cabello blanco que hacían bailar el mar, castillos en las nubes y flores de pura energía.

Eso fue antes de las maldiciones.

La isla ya solo era una sombra de sí misma, atrapada en una tormenta eterna que imposibilitaba viajar a ella en cualquier momento que no fuera el Centenario, ni por barco ni empleando la magia.

Una noche Isla había encontrado a la Venerable en la base de un árbol, a su lado. Habría pensado que la mujer dormía de no ha

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