Los juegos

Ked Kosmatka

Fragmento

cap-1

Prólogo

El niño permanecía inmóvil en el tubo mientras la máquina se movía a su alrededor. Contuvo la respiración y se concentró en los sonidos metálicos, tratando de no pensar en nada, como le habían pedido las batas blancas.

—Mira la pantalla, Evan —dijo una voz que le llegó por un pequeño altavoz.

Evan parpadeó ante el súbito estallido de nieve y giró la cabeza.

Le habían dicho que esa iba a ser la última prueba, pero la vez anterior también se lo habían dicho. Allí tenían muchas formas de evaluar.

—¿Qué buscan concretamente? —preguntó la madre de Evan, cerca de la puerta. Estaba apoyada en la pared, con el bolso fuertemente apretado contra el abdomen como si no se atreviera a adentrarse más en la habitación.

—Anormalidades flagrantes —contestó el hombre sentado ante el ordenador. No apartaba la vista del monitor mientras la máquina seguía girando lentamente.

Evan miró a su madre. «Creen que soy anormal.»

Había cuatro hombres con bata blanca en la habitación, aunque solo uno era lo que su madre llamaba un «médico de verdad». Los dos más jóvenes eran examinadores de la escuela especial, y el mayor llevaba una corbata oscura bajo la bata blanca y seguramente no era médico ni nada parecido. Ese era el que más miedo le daba a Evan.

La máquina produjo un ruido diferente, unos chasquidos que Evan notó a los lados de la cabeza.

—¿Qué hace? —preguntó Evan, e intentó incorporarse dentro del estrecho túnel.

El hombre de la corbata se apartó del ordenador y, con suavidad, volvió a tumbar al niño.

—Tienes que quedarte quieto. Esto es una cámara grande y está tomando fotografías del interior de tu cabeza.

—No veo ningún flash —dijo Evan.

—Porque no utiliza luz, sino imanes.

—¿Sabe lo que estoy pensando?

—No —respondió el hombre.

Pero eso tampoco era la primera vez que lo decían. Evan no era tonto: con todas aquellas pruebas pretendían averiguar qué estaba pensando. Se lo había dicho su madre. Por lo que le había hecho al juego. Por lo que le había pasado al señor Jacobs.

Evan se concentró en estarse quieto. No se fiaba de aquel hombre, no le gustaba cómo entornaba los ojos cuando los clavaba en la pantalla del ordenador. «¿Qué ha visto? ¿Soy muy anormal?» Evan cerró los ojos.

—Señora Chandler...

—Señorita —lo corrigió ella.

—Disculpe usted —dijo el hombre sentado ante el ordenador. Era el médico de verdad, y era la primera vez que Evan lo veía—. ¿Hubo alguna complicación durante el embarazo de Evan?

—No.

—¿Antecedentes familiares de defectos de nacimiento o deformidades?

—No, nada.

—¿Enfermedades mentales, retrasos en el aprendizaje?

—Sí, eso sí.

—¿Quién?

—Mi hermano.

—¿Qué diagnóstico le hicieron?

—No lo sé, murió cuando yo era pequeña. ¿Por qué me pregunta todo esto? ¿Han encontrado algo?

El hombre desvió la mirada de la pantalla hacia la cara de la mujer y luego volvió a bajarla.

—La morfología subcortical puede variar mucho entre individuos normales —dijo el hombre de la corbata—. No hay nada de que preocuparse.

La máquina volvió a emitir unos chasquidos.

—Tienes que tranquilizarte, Evan —dijo el hombre del ordenador por el micrófono—. La máquina registra toda tu actividad, y necesitamos una línea de base. Tienes que relajarte.

—Ya lo intento —dijo Evan.

—Piensa en algo placentero.

Evan pensó en su madre. Pensó en los intervalos entre un novio y otro, cuando no tenía que compartirla con nadie. Pensó en la época en que todavía no tenía problemas en la escuela, antes de que el señor Jacobs, el maestro nuevo, descubriera que tenía dificultades para contar. Antes de que el señor Jacobs descubriera que no sabía leer.

—Muy bien. Ahora mira la pantalla, Evan —dijo el hombre.

Evan abrió los ojos; la nieve desapareció y la pantalla quedó en blanco. Entonces apareció un número.

—¿Qué ves? —preguntó el hombre.

—Veo un cuatro —dijo Evan.

—Muy bien. ¿De qué color es el número?

—Blanco.

—Muy bien.

Fueron apareciendo otros números en la pantalla. Cinco, tres, seis, nueve. Luego aparecieron letras.

—¿Qué ves ahora? —preguntó el hombre.

—Números y letras.

—¿De qué color son?

—Son todos blancos.

—¿Todos?

—Sí —afirmó Evan.

La pantalla hizo un fundido en negro.

—Lo has hecho muy bien, Evan —dijo el hombre—. Ahora vamos a probar otra cosa.

La pantalla destelló, y de pronto se llenó de engranajes que giraban. Los engranajes eran de diferentes formas y colores, y se extendían por la pantalla formando una cadena ininterrumpida; cada uno estaba en contacto con otro o con dos más, y todos se movían a la vez. Los engranajes más pequeños eran los que se movían más deprisa; los más grandes estaban casi quietos.

—¿Qué ves? —preguntó el hombre.

—Engranajes.

—¿Y qué hacen?

—Giran.

—Muy bien, Evan.

Los engranajes se detuvieron.

—Si el engranaje de arriba girara hacia la izquierda —dijo el hombre del ordenador—, ¿en qué dirección giraría el engranaje de abajo?

—Hacia arriba —contestó Evan sin vacilar.

—¿En el sentido de las agujas del reloj o en sentido contrario?

—Hacia arriba —repitió Evan.

—No sabe leer las horas, ni distingue la izquierda y la derecha —aclaró la madre de Evan—. He intentado enseñárselo. Bueno, todos hemos intentado enseñarle... —Su voz se fue apagando.

El hombre se apartó del ordenador y se agachó para mirar al niño, que seguía dentro del tubo.

—Si este engranaje girara así —dijo dibujando un círculo con el dedo índice—, ¿en qué dirección se movería este otro engranaje?

—Hacia arriba —dijo Evan señalando el borde exterior del engranaje para indicar una rotación en el sentido de las agujas del reloj.

El hombre sonrió.

—Exacto.

La siguiente serie de imágenes era más compleja, pero las respuestas de Evan fueron igual de rápidas y correctas. No tuvo que pensar para contestar.

—Ahora vamos a probar otra cosa —dijo el hombre por fin.

Al principio era bastante fácil. En la pantalla aparecieron unas formas extrañas. No eran exactamente engranajes, pero tenían púas, surcos y ángulos salientes que les permitían encajar como lo hacen los engranajes. El hombre volvió a agacharse junto al tubo y mostró a Evan cómo podía manipular un mando que tenía cerca de la mano para cambiar las imágenes de la pantalla. Podía desplazarlas.

—Esto son rompecabezas tridimensionales, Evan —explicó el hombre—. Tus profesores nos han dicho que se te dan muy bien los rompecabezas. ¿Es verdad?

—Bastante bien —respondió Evan, pese a que nunca había visto rompecabezas como aquellos.

Probó a desplazar una imagen hacia otra, haciéndola girar de modo que los surcos quedaran alineados. Las imágenes se fundieron y sonaron unas campanillas.

—Muy bien, Evan —dijo el hombre, y volvió a su ordenador—. Ahora probaremos con otras un poco más difíciles.

Aparecieron nuevas formas, más complejas, en la pantalla. Evan tenía que rotar cada una completamente para verlas bien, porque todos los lados eran diferentes. Las juntó. Buscó por dónde encajaban. Sonaron las campanillas.

—Bien, Evan.

Encontraba las soluciones fácilmente. La complejidad de las configuraciones espaciales le atraía, agudizaba su concentración. Estaba pasando algo dentro de su cabeza; lo notaba, como si una parte verde oculta de su ser se calentara al sol. El mundo que lo rodeaba se replegó, se volvió remoto e irrelevante.

Ya no veía el tubo, ni el ordenador, ni la habitación con sus cuatro paredes blancas y sus cuatro batas blancas. Solo veía los rompecabezas, uno detrás de otro, una masa borrosa de formas que él manipulaba con el mando que tocaba con las yemas de los dedos.

Resolvió un rompecabezas detrás de otro, y oyó las campanillas cada vez que dio la respuesta correcta.

Y de repente la pantalla quedó vacía, discordantemente vacía. Evan tardó un momento en sobreponerse lo suficiente para hablar.

—Más —dijo.

—Ya no hay más, Evan —dijo el hombre—. Los has resuelto todos.

Evan desvió la mirada de la pantalla, pero las batas blancas no lo miraban. Miraban fijamente la pantalla del ordenador.

El hombre de la corbata fue el primero en levantar la cabeza. Tenía una expresión que Evan nunca había visto dirigida a él. Se le encogió el estómago.

Los hospitales siempre olían mal. El aire dentro del edificio tenía algo raro y asqueroso, y la brisa que entraba por la mosquitera de la ventana apenas lo mejoraba. Evan olía la basura amontonada en el callejón, varios pisos más abajo; sin embargo, se acercó más a la ventana y fingió interesarse por la vista, porque mirar por la ventana era más fácil que mirar a su madre, que estaba sentada a una gran mesa brillante. Lloraba en silencio; era uno de los trucos que había aprendido cuando salía con su último novio.

Llevaban ya un buen rato en aquella habitación esperando.

Cuando por fin se abrió la puerta, Evan se estremeció. Entraron tres hombres. Era la primera vez que los veía, pero llevaban chaqueta oscura y corbata. Aquello era mala señal. Los hombres con corbata siempre significaban algo malo. La madre de Evan se retrepó rápidamente en la silla y se enjugó las lágrimas con una servilleta que llevaba en el bolso.

Los hombres sonrieron a Evan y le estrecharon la mano a su madre, uno a uno, presentándose. El que dijo llamarse Walden fue directo al grano.

—Las pruebas de Evan son anormales —dijo.

Era un hombre corpulento, con una cara que parecía un bloque cuadrado, y llevaba unas gafitas de montura metálica sujetas en mitad de la nariz. Hacía mucho tiempo que Evan no veía a nadie con unas gafas como aquellas; se esforzó para no mirarlas fijamente.

—¿Dónde está el doctor? —preguntó la madre de Evan.

—Me han derivado el caso de Evan.

—Pero me dijeron que el doctor Martin sería el médico de Evan. Creía que por eso lo habían traído aquí.

—Ha sido el propio doctor Martin quien ha considerado que el caso de Evan requería de una atención especial que él no podía proporcionar.

—Pero si él es especialista.

—Sí, desde luego. Pero todos creemos que el caso de Evan requiere... un proceso de investigación más sistematizado.

La madre de Evan se quedó mirando al hombre.

—El profesor ha muerto, ¿verdad?

—¿Tim Jacobs? No, sobrevivirá.

—Entonces quiero marcharme.

—Señorita Chandler, creemos...

—Ahora mismo, con mi hijo. Quiero irme de aquí.

—Me temo que no es tan sencillo. —Retiró una silla, pero no se sentó. Puso un pie en el asiento, apoyó un brazo en la rodilla y adoptó un aire relajado. Descollaba sobre la mujer, que seguía sentada—. El señor Jacobs no ha muerto, pero aún tiene problemas de coordinación motriz. Todavía no estamos seguros de cómo consiguió su hijo acceder a los protocolos del juego. Esos tutoriales de realidad virtual están integrados y se supone que no pueden alterarse desde fuera.

—Debió de producirse algún fallo.

—No, no se produjo ningún fallo. Su hijo hizo algo. Cambió algo. Un hombre estuvo a punto de morir por lo que él hizo.

—Fue un accidente.

—Ah, ¿sí?

—Sí —dijo la mujer en voz baja.

—Tengo entendido que ese profesor era muy exigente con Evan. Me han dicho que se burlaba de él delante de los otros alumnos.

Su madre permaneció callada.

—Señorita Chandler, estamos muy preocupados por Evan. —El hombre que había dicho llamarse Walden se sentó por fin en la silla que había estado utilizando como reposapiés; sus dos silenciosos acompañantes retiraron también sendas sillas y se sentaron. Walden entrelazó las manos y las apoyó encima de la mesa—. Es un niño especial con necesidades especiales.

Esperó a que la madre de Evan reaccionara, y al ver que no lo hacía, continuó:

—En estas instalaciones hemos examinado a muchos niños en los últimos siete años. A muchos. Y nunca habíamos visto a nadie con la particular mezcla de talentos y discapacidades de su hijo.

—¿Talentos? —dijo su madre con voz áspera—. ¿Llama talento a lo que pasó?

—Podría serlo. Necesitamos realizar más pruebas. Por lo visto, su hijo tiene un tipo de sinestesia muy raro, además de otras anormalidades neurológicas.

—¿Sinesqué?

—Una reactivación anormal entre regiones cerebrales. Suele estar causada por malformaciones estructurales de la circunvolución fusiforme, pero la verdad es que en el caso de Evan no estamos seguros. Algunos individuos combinan colores con formas, o perciben olores al oír ciertos sonidos. Pero el caso de Evan es más complejo. Implica su percepción de los números.

—Pero si no entiende los números.

—Sus resultados en el manejo de los números superan todas nuestras escalas.

—Sabe qué forma tienen los números, y puede decirle el nombre de un número si usted lo escribe, pero para él los números no significan nada.

—A cierto nivel, sí.

—Ni siquiera sabe distinguir si un número es mayor que otro. Para él solo son palabras.

—Esos rompecabezas espaciales que ha resuelto eran algo más que rompecabezas. Algunos incluían trampas. Para resolver algunos correctamente se habrían requerido complejos cálculos.

—¿Cálculos? Pero si él no sabe ni contar hasta veinte.

—Hay algo en él que sí sabe. Generalmente, los individuos no presentan un solo tipo de sinestesia, sino al menos dos. No estamos seguros de cómo hace Evan lo que hace. Y en ese juego de realidad virtual, ni siquiera estamos seguros de qué hizo, y mucho menos cómo. Evan necesita atención especial. Va a necesitar una escuela especial.

—Ya va a una escuela especial —dijo ella, pero su voz denotaba resignación.

—Sí, ya he visto su historial. Señorita Chandler, estoy autorizado para alterar su ruta educativa. No hay ningún motivo para que su hijo acabe fregando suelos por ahí.

—¿Que puede cambiar su ruta?

El hombre asintió.

—Estoy autorizado —repitió.

—Pero ¿por qué, después de lo que pasó?

—Porque nunca hemos visto a un niño como él. Vamos a tener que abrir una nueva ruta. La ruta Evan Chandler. Y si he de serle sincero, todavía no sabemos muy bien adónde llevará.

La madre de Evan se puso histérica el día que fueron a buscarlo. Los sedantes la tranquilizaron, y unos hombres de voz melosa la sentaron en el desastrado sofá. Cuando metieron las cosas del niño en una caja, a pesar de lo confusa que estaba, por un momento la embargó la preocupación.

Su hijo tenía diez años y todas sus pertenencias cabían en una sola caja blanca. Parecía imposible, pero era así, y dos hombres con traje oscuro se llevaron la caja entre los dos.

La mujer vio las caras de sus vecinos en el umbral y comprendió que daban por hecho que aquello era una detención u otro desahucio. Pasaba a menudo. Con sus miradas feroces, registraron sus posesiones —el sofá gastado, las dos sillas de plástico, la mesita de madera del salón, coja— en busca de algo que pudieran llevarse cuando se hubieran marchado las autoridades y sacaran sus cosas a la calle.

—No entiendo por qué tiene que irse —dijo. Era una súplica.

—Es lo mejor para el niño —le contestó una de ellos, una mujer rubia—. Podemos cultivar mejor sus talentos si controlamos el entorno. Podrá visitarlo siempre que quiera.

La madre de Evan se enjugó las lágrimas y se levantó tambaleante. No trató de impedirlo. En el fondo hacía tiempo que lo sabía, ya desde antes del accidente del señor Jacobs. Evan era diferente. Siempre había sabido que acabaría así; acabarían quitándoselo, de una forma u otra.

—¿Puedo verlo? —preguntó.

Era un trayecto de una hora a través de la ciudad. En la furgoneta, la madre meció a Evan hasta que el vehículo se detuvo ante un edificio rodeado de parques infantiles. El grupo salió en fila. Unos niños gritaban y jugaban a lo lejos; había uno de pie, solo, contemplando el mástil de una bandera. La madre de Evan se quedó mirándolo. Sabía que ese sería Evan. Raro incluso allí. Diferente entre los diferentes.

Se agachó y besó a su hijo.

—Mi niñito especial —dijo, y lo abrazó hasta que una agente tiró del niño. Evan miró hacia atrás y dijo adiós con la mano.

—Vendré a verte pronto, Evan —le dijo su madre.

Vio desaparecer a su hijo en el edificio y rompió a llorar. Nunca más volvió a verlo.

cap-1

PRIMERA PARTE

Truenos lejanos

 

El que concibe malicia engendra maldad,
y su vientre está grávido de mentira.

Job 15, 35

cap-2

1

Sonó un videoteléfono en la oscuridad. Empleando toda su fuerza de voluntad, Silas enfocó la pantalla luminosa del radiodespertador: 3.07 a.m. Se le aceleró el pulso.

«A las tres de la madrugada no pueden ser buenas noticias.»

Buscó a tientas la luz de la mesilla de noche y deslizó una mano hasta el interruptor mientras se preguntaba quién podía llamarlo a esas horas. De pronto lo supo: el laboratorio. La luz era casi tan cegadora como la oscuridad, pero entornó los ojos y encontró el teléfono; con cuidado, pulsó el botón de solo voz.

—Diga —dijo con voz ronca.

—¿Doctor Williams? —La voz al otro lado de la línea era joven y masculina. No la reconoció.

—Sí —contestó Silas.

—El doctor Nelson me ha pedido que lo llame. Tendría que venir al complejo.

—¿Qué ha pasado? —Se incorporó un poco más y posó los pies en la alfombra.

—La suplente se ha puesto de parto.

—¿Qué? ¿Cuándo? —Era demasiado pronto. Todos los modelos habían previsto una gestación de diez meses.

—Hace dos horas. La suplente no está muy bien. No pueden retrasarlo más.

Silas intentó despejarse y pensar racionalmente.

—¿Y el equipo médico?

—Están reuniendo a los cirujanos.

Silas se pasó los dedos, despacio, por la mata de rizos entrecanos. Buscó en el montón de ropa sucia tirada en el suelo, junto a su cama, y pescó una camisa que parecía un poco menos arrugada que las otras. Se consideraba, por encima de todo, un hombre amoldable.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Media hora, quizá menos.

—Gracias. Llegaré dentro de veinte minutos. —Silas apagó el teléfono. Para bien o para mal, había empezado.

Hacía una noche fría para tratarse del sur de California, y Silas conducía con las ventanillas bajadas, disfrutando de los remolinos que formaba el viento en el interior del Courser 617. Había humedad, y en el aire se adivinaba tormenta. La exaltación lo empujaba a correr. Tomó la salida de la autopista 5 a ciento diez kilómetros por hora, y se sonrió por cómo el coche se agarraba a la curva. De joven había soñado muchas veces con tener un coche como aquel. Esa noche su complacencia parecía profética; necesitaba todos y cada uno de aquellos purasangres que galopaban bajo el capó plano y elegante.

Al incorporarse a la interestatal, casi vacía, pisó a fondo el acelerador y vio cómo el velocímetro marcaba un poco más de ciento sesenta. En la radio sonaba a todo volumen una canción que no reconoció: rítmica y frenética, casi primitiva, en perfecta sintonía con su estado de ánimo. Su ansiedad aumentaba a medida que se acercaba al laboratorio.

Con los años se había acostumbrado a tener que ir de vez en cuando al laboratorio en plena noche, pero nunca así, con tantas incógnitas. La cara de Evan Chandler, con unos carrillos enormes, se dibujó en su mente, y sintió una oleada de rabia. En realidad, no podía culpar a Chandler. No se podía pedir a una serpiente que no fuera una serpiente. Quienes deberían haberlo pensado mejor eran los miembros de la Comisión Olímpica.

Cambió de carril para adelantar a un minibús, sin bajar en ningún momento de los ciento cincuenta kilómetros por hora. Sus ojos oscuros vigilaban por el espejo retrovisor por si aparecía una patrulla de policía. No le preocupaba la multa. Estaba exento de cualquier multa que pudieran ponerle las autoridades locales en el trayecto entre su casa y el laboratorio, pero el tiempo que tardaría en dar las explicaciones era demasiado valioso. El campo estaba libre. Dio gas a fondo. Al cabo de unos minutos pisó el freno, redujo a tercera y cruzó dos carriles para tomar la salida. Ya había salido de la ciudad propiamente dicha y estaba entrando en los barrios periféricos de San Bernardino.

Cuando llegó ante la entrada principal y bien iluminada de los laboratorios Five Rings, Silas no levantó el pie del acelerador. No tenía tiempo para entrar por allí y recorrer el sinuoso camino de acceso. Prefirió continuar y torcer a la izquierda al llegar a la vía de servicio, y pasó a toda velocidad ante la alambrada que bordeaba la calzada de grava. En la esquina giró el volante y volvió a torcer a la izquierda, reduciendo la velocidad al acercarse a la entrada trasera. Le mostró su pase al vigilante armado y las barreras de hierro se abrieron hacia dentro justo a tiempo para no estropearle la pintura del coche.

Los terrenos del laboratorio eran extensos y estaban ajardinados: una amplia red trófica tecnológica compuesta por pequeños campus interconectados, estructuras de tres o cuatro plantas que compartían el espacio con parcelas de vegetación. Cristal, ladrillo y árboles. Un semicírculo de edificios parecía conferenciar alrededor de un pequeño estanque artificial.

Sus faros iluminaron el camino hasta un edificio situado al oeste del complejo, y detuvo el coche en la plaza de aparcamiento que tenía asignada.

Le sorprendió ver al doctor Nelson esperándolo allí, una silueta de escasa estatura, retacona, iluminada por los fluorescentes.

—Tenía usted razón. Veinte minutos exactos —observó el doctor Nelson.

Silas soltó un gruñido al salir del vehículo con dificultad.

—Es una de las ventajas de tener un coche deportivo —dijo, y, ya en pie, estiró la entumecida espalda.

Nelson esbozó una sonrisa nerviosa.

—Sí, bueno, ya veo cuál es el inconveniente. Alguien de su estatura debería plantearse seriamente llevar un coche más grande.

—Mi quiropráctico dice lo mismo. —Silas supo que arriba las cosas no marchaban bien; Nelson no era muy dado a las bromas. De hecho, Silas no recordaba haberlo visto sonreír jamás. Se le encogió un poco el estómago.

Se dirigieron hacia los ascensores, y Nelson pulsó el botón del tercer piso.

—¿En qué fase estamos? —preguntó Silas.

—Está anestesiada, y el equipo quirúrgico está casi preparado.

—¿Constantes vitales?

—Mal. La pobre está consumida, en los huesos. Ni siquiera la dosis calórica que le hemos administrado ha sido suficiente. Pero el feto está bien. Los latidos de su corazón todavía son fuertes y constantes. La ecografía muestra que tiene aproximadamente el tamaño de un ternero recién nacido a término, de modo que no creo que la operación entrañe ningún peligro.

—La operación no es lo que me preocupa.

—Sí, ya lo sé. Tenemos una incubadora preparada por si acaso.

Silas siguió a Nelson; doblaron una esquina y recorrieron otro largo pasillo. Se detuvieron ante una puerta de cristal, y Nelson deslizó su pase por la ranura del panel. Se oyeron una serie de pitidos, y a continuación una voz femenina digitalizada: «Acceso permitido. Puede pasar».

La galería de observación era larga y estrecha y estaba abarrotada. Se trataba de una galería cerrada que sobresalía sobre un quirófano, y la mayoría de las personas que estaban allí miraban hacia abajo a través de una hilera de ventanas que discurrían a lo largo de la pared izquierda.

Al fondo de la abarrotada sala, un hombre alto con melena rubia y desgreñada los vio entrar.

—Pasad, pasad —dijo Benjamin agitando una mano.

Tenía veintiséis años y era el más joven de los que trabajaban en el proyecto. Era un prodigio salido de las facultades de citología del Este, y se describía a sí mismo como un hombre que sabía tratar a los ovocitos. A Silas le había caído simpático nada más conocerlo, hacía un año.

—Llegas justo a tiempo para no perdértelo —dijo Benjamin—. Estaba convencido de que no conseguirían sacarte de la cama.

—Tres horas de sueño son suficientes para seguir funcionando treinta y seis horas más. —Estrechó con fuerza la mano de Benjamin—. ¿Cómo está nuestro amiguito?

—Como verás —Benjamin señaló la ventana—, las cosas han ido un poco más deprisa de lo que esperábamos. En la última hora, la suplente ha pasado de pachucha a moribunda, y se han precipitado las contracciones. Creemos que todavía es un poco pronto, pero como no se puede navegar con un barco que se hunde... —Benjamin se sacó un puro del bolsillo de la bata de laboratorio y se lo ofreció a Silas—. Parece ser que nuestro pequeño gladiador va a llegar al mundo.

Silas cogió el puro y no pudo evitar sonreír.

—Gracias.

Se dio la vuelta y avanzó hacia el cristal. La vaca estaba tumbada de lado en una gran mesa de acero inoxidable, rodeada de un equipo de médicos y enfermeras. Los cirujanos estaban apiñados alrededor de su paciente, y solo se les veían los ojos y la frente por encima de las mascarillas estériles.

—Ya casi está —dijo Benjamin.

Silas lo miró y dijo:

—¿Alguna novedad en el monitor del ecógrafo?

Benjamin negó con la cabeza y se ajustó las gafas en la nariz larga y delgada. Por primera vez, su cara dejó de irradiar optimismo.

—Le hemos hecho otra serie, pero no hemos conseguido extraer información adicional.

—¿Y esas estructuras de que hablamos?

—Todavía no hemos podido identificarlas. Aunque todos se lo han pasado en grande aportando hipótesis.

—No soporto hacer esto a ciegas.

—Ya me lo imagino —dijo Benjamin con cierta acritud—. Pero la Comisión Olímpica no te dejó mucho margen de maniobra, ¿verdad? Ese gordo de mierda ni siquiera es biólogo, joder. Si algo sale mal, la responsabilidad no será tuya.

—¿De verdad crees eso?

—No, supongo que no.

—Entonces eres más listo de lo que creía.

—Bueno, de una forma u otra Evan Chandler tendrá que dar muchas explicaciones.

—No creo que esté muy preocupado —dijo Silas en voz baja—. No lo veo por aquí, ¿y tú?

Los científicos estaban de pie, apiñados frente al cristal, paralizados por la escena que se desarrollaba más abajo. Dentro de los límites de la blanca isla de luz, un bisturí lanzaba destellos de acero inoxidable. La vaca estaba inmóvil, tumbada sobre el costado izquierdo, mientras la abrían desde el esternón hasta la pelvis con un solo corte lento y certero. Unas manos enguantadas se introdujeron en su abdomen y fueron separando con cuidado capas de tejido para adentrarse en él. Silas notaba los latidos de su corazón. Las manos desaparecieron por completo, y luego los brazos, hasta los codos. Los ayudantes utilizaban unas pinzas curvadas enormes para ensanchar la incisión.

El cirujano desplazó el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. Tenía la espalda en tensión. Silas imaginó que el hombre apretaba la mandíbula bajo la mascarilla quirúrgica, esforzándose y hurgando en las tripas de la vaca. «¿Qué debe de sentir?» Un último tirón, y fuera. El médico, con bata blanca, extrajo lentamente una masa oscura y goteante mientras una enfermera se acercaba para cortar el cordón umbilical. Unos débiles pitidos esporádicos se transformaron en un pitido continuo que indicaba que la vaca había muerto. El equipo médico hizo caso omiso de la señal y concentró toda su atención en el recién nacido.

El primer cirujano puso aquel cuerpo ensangrentado en una mesa, bajo las lámparas, y empezó a limpiarlo con una esponja y agua caliente, mientras otro médico le despegaba las gruesas capas de sustancia fibrosa que todavía tenía adheridas.

El cirujano habló por el micrófono incorporado a su mascarilla, y su voz sonó por los altavoces en la galería de observación.

—El feto es oscuro... todavía está cubierto por el saco embrionario... textura gruesa, fibrosa; lo estoy desprendiendo.

Silas tenía la cara casi pegada al cristal, y trataba de ver algo por encima del hombro del médico. Hubo un momento en que alcanzó a ver al recién nacido, pero entonces el equipo médico se desplazó alrededor del paciente y ya no vio nada más. Por los altavoces se oía respirar al médico.

—Esto... es interesante... no estoy seguro... —Su voz se fue apagando.

Pronto Silas oyó un chillido estridente que le hizo daño en los oídos y silenció los murmullos de emoción en la galería. Fue un chillido extraño que no se parecía a nada que él hubiera oído antes.

Los médicos, uno a uno, se apartaron del ruidoso recién nacido, dejando un hueco que permitió a Silas echar su primera ojeada.

Se quedó boquiabierto.

Más tarde, esa misma mañana, la tormenta que llevaba horas amenazando con descargar lo hizo por fin, con la sutileza de un escopetazo. Los truenos retumbaban sobre las extensiones de césped alterado californiano. El doctor Silas Williams contemplaba la escena desde la ventana de su despacho del segundo piso, con las manos cogidas detrás de la espalda. El dolor de oído por fin había empezado a disminuir, haciéndose soportable. Siempre aparecía en los momentos más inoportunos, y Silas no había querido tomar nada más fuerte que una aspirina porque sabía lo que se avecinaba. Iba a necesitar toda su agudeza.

Al otro lado de la ventana, los escasos pero cuidados cortavientos de robles, nogales y alisos repartidos por el amplio y verde paseo temblaban y oscilaban como si intuyeran lo que iba a ocurrir. Las ráfagas de viento que llegaban por el oeste doblaban sus ramas. A lo lejos, Silas veía la carretera y los coches, con los faros encendidos, destacados contra un cielo inusualmente oscuro para ser media mañana.

Siempre había pensado que había magia en esos momentos inmediatamente anteriores a la lluvia, cuando el cielo rumiaba y murmuraba sus promesas. Los últimos instantes antes de un aguacero parecían existir fuera del tiempo. Era un drama eterno, tan antiguo como la naturaleza, antiguo como la vida. Una sorda cortina de precipitación se extendió por el paisaje, de oeste a este, empapando la hierba de inmediato. Silas se aferró un instante a los bordes de vagos y remotos recuerdos de otras tormentas en otros continentes, y creyó ver la alta hierba de la sabana agitándose y arrodillándose ante el monzón.

La primera gota, gruesa, golpeó la ventana. Luego otra, y una docena, hasta que la ventana empezó a fluir como un río, borrando el mundo exterior. Cuando el cielo se oscureció aún más, y el paisaje detrás de la ventana se desdibujó bajo la fuerte lluvia, Silas se vio reflejado en el cristal. Examinó el semblante que tenía la mirada fija en él. Una cara bastante atractiva, aunque un tanto ajada. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, ese día de nacimiento y lluvia, su mente lo trasladó a la infancia. A una cara muy parecida a la suya.

Silas tenía recuerdos fragmentados de su padre: piernas largas, una silueta altísima que lo arropaba por las noches. Unas manos enormes con las palmas alargadas, rectangulares. Una presencia masculina, sólida.

Y luego una ausencia.

El padre de Silas había muerto en el incendio de una refinería cuando él tenía tres años, y a su hijo solo le había dejado unos pocos recuerdos, vagos como fantasmas. Casi todo lo que Silas sabía de su padre lo sabía a través de las historias que le había contado su madre y de las fotografías. Pero las fotografías, en gran medida, eran las que hablaban con mayor elocuencia.

El retrato familiar que estuvo colgado durante décadas en el salón de la casa de su madre mostraba a un hombre altísimo, ancho de espaldas, con el pelo rizado y muy corto. Una tierna sonrisa le dibujaba un hoyuelo en la mejilla izquierda. Estaba sentado al lado de la madre de Silas, cogiéndole una mano, y su tez de color café contrastaba con la piel de ella, que tiraba más a miel. Tenía una cara que algunos norteamericanos habrían descrito como exótica: ancha y angulosa a la vez, una estructura ósea inusual que llamaba la atención. Unos pómulos enormes, altos y marcados dominaban las proporciones de su cara. En numerosas ocasiones, de pequeño Silas se había fijado en que la gente se quedaba embobada ante aquella fotografía, como si su padre fuera un enigma que hubiera que descifrar. ¿Qué veían en aquel hombre, en aquel muerto?

A los veinte años, la hermana de Silas se había aprovechado de la estructura ósea y las largas extremidades que había heredado de su padre para trabajar de modelo. Con eso se había pagado la universidad cuando decidió desviarse de la ruta que le habían marcado y renunciar a su beca, algo que pocos jóvenes podían permitirse. Ashley se había casado y tenía un niño pequeño. Todavía les quedaba un año de contrato matrimonial provisional, pero eran una pareja feliz y tenían intención de firmar el definitivo en cuanto se cumpliera el plazo. Silas los envidiaba un poco. Lo que ellos tenían no se parecía en nada a lo que él había compartido con Chloe años atrás.

Recordaba las peleas y los gritos, los portazos, las cosas que se decían y que, una vez dichas, ya no podían retirarse. Pero lo que más daño hizo fueron los silencios. Las calmas interminables que consumían sus noches, cada vez más largas a medida que pasaban los meses y ambos aceptaban que en realidad ya no tenían nada más que decirse.

Ninguno de los dos había querido tener hijos, y al final ya no había nada que los mantuviera unidos. Se entregaron en cuerpo y alma a sus respectivas carreras profesionales. Al final dejaron que el contrato expirara, sencillamente. Ni siquiera hablaron de ello. El tercer aniversario llegó y pasó sin que ninguno de los dos solicitara una prolongación, y al día siguiente ya no estaban casados. Muchos matrimonios acababan así.

Y sin embargo, la noche que ella se había marchado de casa él se había sentido mal. No quería que ella se quedara, pero al verla salir por la puerta por última vez, había sentido... pena. No por perderla, sino por perder lo que habría podido haber entre ellos. El inmenso vacío de su vida casi lo había aplastado.

Lo había salvado el trabajo, como siempre. Más tarde, ese mismo mes, había ganado el Premio Crick por su contribución al diseño en el proyecto Ursus theodorus. Solo tenía veintisiete años y de pronto se encontraba en la primera línea de la revolución biológica. El osito de peluche había acabado convirtiéndose en la cuarta mascota más popular de Estados Unidos, después de los perros, los gatos y los zorros domésticos. Así había empezado todo.

El zumbido del intercomunicador interrumpió sus pensamientos.

Vio el destello de un rayo. Silas inspiró hondo y miró las cortinas de lluvia que resbalaban por el cristal. Aquello no le apetecía nada. La mayoría de los miembros de la Comisión Olímpica y él se tenían antipatía mutua, y ese año la situación había empeorado por la decisión de la comisión de utilizar el diseño de Chandler.

Volvió a sonar el intercomunicador.

—Sí —dijo.

—Doctor Williams, el señor Baskov ha venido a verlo —dijo su secretaria.

Silas se sorprendió.

—Hágalo pasar.

No era ningún secreto de Estado que Stephen Baskov representaba algo más que otro voto anónimo en la comisión. Su reputación estaba ampliamente reconocida y le hacía un buen servicio en las aguas infestadas de tiburones de la política olímpica. Oficialmente, solo presidía la comisión; oficiosamente, la gobernaba.

—Buenos días, doctor Williams —dijo Stephen Baskov pasándose el bastón a la mano izquierda y tendiéndole la derecha a Silas.

Silas le estrechó la mano y le ofreció asiento. Baskov se sentó en la silla con elegancia y estiró las piernas. Era un hombre robusto, con un rostro proporcionado y rubicundo. Llevaba el pelo, completamente blanco, peinado para economizar al máximo su reducido presupuesto capilar. Aparentaba ser un anciano afable de unos ochenta años, casi un abuelito, pero Silas lo conocía bien. Su apariencia sencilla contrastaba con su verdadera personalidad. En aquella cara avejentada, bajo las pobladas cejas blancas, brillaban unos ojos fríos como el hielo.

—Me han dicho que anoche vivió una experiencia de lo más emocionante —empezó Baskov.

Silas se sentó en su silla y puso los pies encima del gran escritorio.

—Sí, fue espectacular.

Baskov sonrió y apoyó las manos, cubiertas de vello blanco, en las rodillas.

—Dice mi gente que es usted el responsable del nacimiento con éxito de otro gladiador. Felicidades.

—Gracias. Supongo que eso no es lo único que le han contado.

—¿Por qué da por hecho que me han contado algo más?

—Porque si su gente solo le hubiera contado eso, no estaría aquí ahora.

—No, seguramente no.

—Entonces, ¿cuál es el motivo de su visita? ¿En qué puedo ayudarlo?

—La comisión ha decidido no esperar a su informe. Me han enviado a averiguar qué tenemos exactamente entre manos. Si he de serle sincero, la descripción que nos han facilitado es un poco desconcertante.

—¿Desconcertante? Un calificativo interesante.

—Bueno, se emplearon también otras palabras.

—¿Por ejemplo?

—Inexplicable —dijo Baskov—. Inquietante. Perturbador.

—Creo que todas encajan muy bien —concedió Silas asintiendo con la cabeza.

—A la comisión no le gusta oír ninguna de esas palabras en relación con su inversión en este proyecto.

—Ni a mí.

—¿Está sano?

—Mucho —afirmó Silas.

—Eso es buena señal.

—De momento.

—¿Prevé algún problema, alguna razón que pudiera impedirle competir?

—Lo único que veo son problemas. Respecto a si podrá competir o no, no tengo ni idea. Necesitamos ver los resultados de los análisis de sangre antes de especular siquiera con la posibilidad de que sobreviva a esta semana.

—Y eso, ¿a qué se debe?

—No tengo ni idea de qué clase de haplotipo de inmunidad presenta. Un resfriado común podría matarlo.

—¿Un resfriado común? Eso debe de ser una posibilidad muy remota, ¿no?

—No tengo forma de saber si es remota o no, señor.

—Hasta ahora nunca había tenido problemas con la vulnerabilidad ante las enfermedades.

—Exactamente. Tampoco he tenido nunca problemas para acceder a los patrones de diseño. —Silas dejó que una actitud desafiante asomara en su rostro.

Baskov lo advirtió de inmediato y le dio la vuelta a la tortilla.

—Percibo cierto clima de animosidad —dijo, y

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