Herejes de Dune (Las crónicas de Dune 5)

Frank Herbert

Fragmento

Capítulo 1

La mayor parte de la disciplina es disciplina oculta, designada no a liberar sino a limitar. No preguntes ¿Por qué? Sé cauteloso con el ¿Cómo? El ¿Por qué? conduce inexorablemente a la paradoja. El ¿Cómo? te atrapa en un universo de causo y efecto. Ambos niegan el infinito.

—Los libros apócrifos de Arrakis

—Supongo que Taraza os dijo que hemos empleado ya a once de esos gholas de Duncan Idaho. Este es el doceavo.

La vieja Reverenda Madre Schwangyu habló con deliberada amargura mientras bajaba la vista del parapeto de tres pisos de altura hasta el solitario chiquillo que jugaba en el cerrado patio cubierto de césped. La brillante luz del mediodía del sol que iluminaba el planeta Gammu saltaba por encima de las blancas paredes del patio, inundando el área de abajo con un resplandor como si un foco de luz estuviera dirigido directamente sobre el joven ghola.

¡Empleado!, pensó la Reverenda Madre Lucilla. Se concedió un breve asentimiento, pensando en lo fríamente impersonales que eran las actitudes y la elección de las palabras de Schwangyu. Hemos gastado totalmente su aprovisionamiento; ¡envíennos más!

El chiquillo en el césped parecía tener unos doce años standard, pero la apariencia podía ser algo engañoso en un ghola aún no despertado a sus memorias originales. El muchacho eligió aquel momento para alzar la vista hacia quienes lo estaban observando desde arriba. Tenía un cuerpo robusto, con una mirada directa que se enfocaba intensamente bajo el negro casquete de ensortijado pelo. La amarillenta luz de principios de la primavera arrojaba una débil sombra a sus pies. Su piel era profundamente bronceada, pero un ligero movimiento de su cuerpo hizo deslizarse su traje azul de una sola pieza, revelando una piel más pálida en su hombro izquierdo.

—Esos gholas no solamente son costosos, sino que también son enormemente peligrosos para nosotras —dijo Schwangyu. Su voz surgió llana y desapasionada, y mucho más impactante debido a ello. Era la voz de una Reverenda Madre Instructora hablándole a una acólita, y dejó bien sentado para Lucilla que Schwangyu era una de aquellas que protestaban abiertamente contra el proyecto ghola.

Taraza había advertido: «Intentará conseguir tu apoyo.»

—Once fracasos ya son suficiente —dijo Schwangyu.

Lucilla observó las arrugadas facciones de Schwangyu, pensando repentinamente: Algún día puede que yo también sea vieja y acartonada. Y quizá sea igualmente alguien poderoso en la Bene Gésserit.

Schwangyu era una mujer pequeña con numerosas marcas de los años ganadas en los asuntos de la Hermandad. Lucilla sabía por los estudios de su cargo que el atuendo negro convencional de Schwangyu ocultaba una enjuta figura que muy pocas personas más allá de sus acólitos ayudas de cámara y los hombres que habían procreado con ella habían visto nunca. La boca de Schwangyu era grande, el labio inferior tenso por las arrugas de la edad que se perdían en una prominente mandíbula. Sus modales tendían a Una seca brusquedad que los no iniciados interpretaban a menudo como irritación. La comandante del Alcázar de Gammu era una persona que se mantenía más retirada en sí misma que la mayoría de las Reverendas Madres.

Una vez más, Lucilla deseó conocer todo el alcance del proyecto Ghola. Taraza había trazado muy claramente la línea divisoria, sin embargó: «No puede confiarse en Schwangyu en cualquier cosa que se relacione con la seguridad del ghola.»

—Teníamos entendido que fueron los propios tleilaxu quienes mataron a la mayoría de los anteriores once —dijo Schwangyu—. Eso debería decimos en sí mismo algo.

Imitando la actitud de Schwangyu, Lucilla adoptó una pose tranquila de espera casi impasible. Su actitud decía: «Puede que sea mucho más joven que tú, Schwangyu, pero yo también soy una completa Reverenda Madre». Pudo sentir la mirada de Schwangyu.

Schwangyu había visto los holos de Lucilla, pero la mujer en carne y hueso era mucho más desconcertante. Una Imprimadora con el mejor de los adiestramientos, sin ninguna duda. Unos ojos totalmente azules no corregidos por ninguna lentilla daban a Lucilla una expresión penetrante que encajaba con su largo rostro ovalado. Con la capucha de su aba negra echada hacia atrás como ahora, su pelo castaño quedaba al descubierto, prietamente sujeto con un aro y luego cayendo en cascada sobre su espalda. Ni siquiera su austero atuendo podía ocultar completamente los amplios pechos de Lucilla. Pertenecía a una línea genética famosa por su naturaleza matronal y había dado a luz ya a tres hijos para la Hermandad, dos de ellos del mismo progenitor. Sí... una mujer encantadora de pelo castaño y amplios pechos y una disposición hacia la maternidad.

—Decís muy poco —observó Schwangyu—. Eso me indica que Taraza os ha advertido contra mí.

—¿Tenéis alguna razón para creer que unos asesinos intentarán matar a ese doceavo ghola? —preguntó Lucilla.

—Ya lo han intentado.

Era extraño como la palabra «herejía» brotaba en la mente de una cuando pensaba en Schwangyu, pensó Lucilla. ¿Podía existir la herejía entre las Reverendas Madres? Las insinuaciones de la palabra parecían estar fuera de lugar en un contexto Bene Gésserit. ¿Cómo podían existir movimientos heréticos entre una gente que mantenía una actitud profundamente manipulativa hacia todas las cosas religiosas?

Lucilla volvió de nuevo su atención al ghola, que eligió aquel momento para realizar una serie de volteretas que le hicieron describir un círculo completo hasta que quedó nuevamente en pie con la vista alzada hacia las dos observadoras del parapeto.

—¡Realiza muy bien sus ejercicios! —dijo burlonamente Schwangyu. La vieja voz no cubrió por completo una subyacente violencia.

Lucilla miró a Schwangyu. Herejía, Disidencia no era la palabra adecuada. Oposición no cubría lo que podía captarse en la vieja mujer. Aquello era algo que podía despedazar a la Bene Gésserit. ¿Una revuelta contra Taraza, contra la Reverenda Madre Superiora? ¡Increíble! Las Madres Superioras eran fundidas en el molde del monarca. Una vez Taraza había aceptado opinión y consejo y luego tomado su decisión, las Hermanas le debían obediencia.

—¡Este no es el momento de crear nuevos problemas! —dijo Schwangyu.

Su significado era claro. La gente de la Dispersión estaba regresando, y las intenciones de algunos entre esos Perdido? amenazaban a la Hermandad. ¡Honoradas Matres! Cuán parecidas a «Reverendas Madres» sonaban esas palabras.

Lucilla aventuró una salida exploratoria:

—¿Así que creéis que deberíamos concentrarnos en el problema de esas Honoradas Matres de la Dispersión?

—¿Concentramos? ¡Ja! Ellas no tienen nuestros poderes. No muestran ningún buen sentido. ¡Y no tienen el dominio de la melange! Eso es lo que quieren de nosotras, nuestro conocimiento de la especi

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