Una odisea espacial

Arthur C. Clarke

Fragmento

Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra.

Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo.

Pero cada una de esas estrellas es un sol, a menudo mucho más brillante y magnífico que la pequeña y cercana a la que denominamos el Sol. Y muchos —quizá la mayoría— de esos soles lejanos tienen planetas circundándolos. Así, casi con seguridad hay suelo suficiente en el firmamento para ofrecer a cada miembro de las especies humanas, desde el primer hombre-mono, su propio mundo particular: cielo… o infierno.

No tenemos medio alguno de conjeturar cuántos de esos cielos e infiernos se encuentran habitados, y con qué clase de criaturas: el más cercano de ellos está millones de veces más lejos que Marte o Venus, esas metas remotas aun para la próxima generación. Sin embargo, las barreras de la distancia se están desmoronando, y día llegará en que daremos con nuestros iguales, o nuestros superiores, entre las estrellas.

Los hombres han sido lentos en encararse con esta perspectiva; algunos esperan aún que nunca se convertirá en realidad. No obstante, aumenta el número de los que preguntan: ¿Por qué no han acontecido ya tales encuentros, puesto que nosotros mismos estamos a punto de aventurarnos en el espacio?

¿Por qué no, en efecto? Solo hay una posible respuesta a esta muy razonable pregunta. Pero recordad, por favor, que esta es solo una obra de ficción.

La verdad, como siempre, será mucho más extraordinaria.

ARTHUR C. CLARKE

y STANLEY KUBRICK

1. El camino de la extinción

I. NOCHE PRIMITIVA

1

EL CAMINO DE LA EXTINCIÓN

La sequía había durado ya diez millones de años, y el reinado de los terribles saurios había terminado tiempo atrás. Aquí en el ecuador, en el continente que había de ser conocido un día como África, la batalla por la existencia había alcanzado un nuevo clímax de ferocidad, no avistándose aún al victorioso. En este terreno baldío y desecado, solo podía medrar, o aun esperar sobrevivir, lo pequeño, lo raudo o lo feroz.

Los hombres-mono del «veldt» no eran nada de eso, y no estaban por tanto medrando; realmente, se encontraban ya muy adentrados en el curso de la extinción racial. Una cincuentena de ellos ocupaba un grupo de cuevas que dominaban un agostado vallecito, dividido por un perezoso riachuelo alimentado por las nieves de las montañas, situadas a trescientos kilómetros al norte. En épocas malas, el riachuelo desaparecía por completo, y la tribu vivía bajo el sombrío manto de la sed.

Estaba siempre hambrienta, y ahora la apresaba la torva inanición. Al filtrarse serpeante en la cueva el primer débil resplandor del alba, Moon-Watcher vio que su padre había muerto durante la noche. No sabía que el Viejo fuese su padre, pues tal parentesco se hallaba más allá de su entendimiento, pero al contemplar el enteco cuerpo sintió un vago desasosiego que era el antecesor de la pesadumbre.

Las dos criaturas estaban ya gimiendo en petición de comida, pero callaron al punto ante el refunfuño de Moon-Watcher. Una de las madres defendió a la cría a la que no podía alimentar debidamente, respondiendo a su vez con enojado gruñido, y a él le faltó hasta la energía para asestarle un manotazo por su protesta.

Había ya suficiente claridad para salir. Moon-Watcher asió el canijo y arrugado cadáver, y lo arrastró tras sí al inclinarse para atravesar la baja entrada de la cueva. Una vez fuera, se echó el cadáver al hombro y se puso en pie… único animal en todo aquel mundo que podía hacerlo.

Entre los de su especie, Moon-Watcher era casi un gigante. Pasaba un par de centímetros del metro y medio de estatura, y aunque pésimamente subalimentado, pesaba unos cincuenta kilos. Su peludo y musculoso cuerpo estaba a mitad de camino entre el del mono y el del hombre, pero su cabeza era mucho más parecida a la del segundo que a la del primero. La frente era deprimida, y presentaba protuberancias sobre la cuenca de los ojos, aunque ofrecía en sus genes una inconfundible promesa de humanidad. Al extender su mirada sobre el mundo hostil del pleistoceno, había ya algo en ella que sobrepasaba la capacidad de cualquier mono. En sus oscuros y sumisos ojos se reflejaba una alboreante comprensión… los primeros indicios de una inteligencia que posiblemente no se realizaría aún durante años, y podría no tardar en ser extinguida para siempre.

No percibiendo señal alguna de peligro, Moon-Watcher comenzó a descender el declive casi vertical al exterior de la cueva, solo ligeramente embarazado por su carga. Como si hubiesen estado esperando su señal, los componentes del resto de la tribu emergieron de sus hogares y se dirigieron presurosos declive abajo en dirección a las fangosas aguas del riachuelo para su bebida mañanera.

Moon-Watcher extendió su mirada a través del valle para ver si los Otros estaban a la vista, pero no había señal alguna de ellos. Quizá no habían abandonado aún sus cuevas, o estaban ya forrajeando a lo largo de la ladera del cerro. Y como no se les veía por parte alguna, Moon-Watcher los olvidó, pues era incapaz de preocuparse más que de una cosa cada vez.

Debía primero deshacerse del Viejo, pero este era un problema que requería poco que pensar. Había habido muchas muertes aquella temporada, una en su propia cueva; solo tenía que dejar el cadáver donde había depositado el de la nueva criatura en el último cuarto de la luna, y las hienas se encargarían del resto.

Ellas estaban ya a la espera, allá donde el pequeño valle se diluía en la sabana, como si supiesen de su llegada. Moon-Watcher depositó el cuerpo bajo un mezquino matorral —todos los huesos anteriores habían desaparecido ya— y se apresuró a reunirse con la tribu. No volvió a pensar más en su padre.

Sus dos compañeras, los adultos de las otras cuevas y la mayoría de los jóvenes estaban forrajeando entre los árboles raquitizados por la sequía valle arr

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