AGRADECIMIENTOS
Al igual que con las novelas anteriores de Dune, hemos contado con la ayuda de muchas personas para que el manuscrito fuera lo mejor posible. Queremos dar las gracias a Pat LoBrutto, Tom Doherty y Paul Stevens de Tor Books; Carolyn Caughey de Hodder & Stoughton; Catherine Sidor, Louis Moesta y Diane Jones de WordFire Inc.; Penny Merritt, Kim Herbert y Byron Merritt de Herbert Properties LLC; y Mike Anderson del sitio web dunenovels.com, así como al doctor Attila Torkos, que ha trabajado comprobando datos y detectando posibles incoherencias.
Además, contamos con muchos partidarios de la nueva saga de novelas de Dune, entre ellos John Silbersack, Robert Gottlieb y Claire Roberts, de Trident Media Group; Richard Rubinstein, Mike Messina, John Harrison y Emily Austin-Bruns, de New Amsterdam Entertainment; Ron Merritt, David Merritt, Julie Herbert, Robert Merritt, Margaux Herbert y Theresa Shackelford, de Herbert Properties LLC.
Y como siempre, estos libros no existirían sin la incansable ayuda y apoyo de nuestras esposas, Janet Herbert y Rebecca Moesta Anderson.
Poco después de que las Honoradas Matres llegaran al Imperio Antiguo, la Hermandad Bene Gesserit aprendió a odiarlas y temerlas. Las intrusas utilizaron sus temibles destructores para aniquilar planetas de las Bene Gesserit y los tleilaxu, Richese, con sus vastas industrias y talleres armamentísticos, incluso Rakis.
Pero, para sobrevivir al Enemigo que las perseguía, las Honoradas Matres necesitaban desesperadamente unos conocimientos que solo la Hermandad poseía. En un intento de hacerse con él, atacaron como víboras furiosas y golpearon con extrema violencia.
Tras la Batalla de Conexión, los dos grupos enfrentados fueron unidos a la fuerza en una Nueva Hermandad, pero las diferentes facciones siguieron luchando por el control. ¡Qué derroche tan grande de tiempo, talento y sangre! La verdadera amenaza venía de fuera, pero nosotras seguimos combatiendo al enemigo equivocado.
MADRE COMANDANTE MURBELLA,
palabras dirigidas a la Nueva Hermandad
Dos personas van a la deriva en un bote salvavidas, en un mar desconocido. Una dice: «Allí. Veo una isla. Nuestra única esperanza es desembarcar, construir un refugio y esperar que vengan a rescatarnos». La otra dice: «Debemos seguir en el mar y tratar de llegar a alguna ruta de navegación. Es la mejor opción». Estas dos personas no consiguen ponerse de acuerdo, empiezan a pelear, el bote vuelca y se ahogan.
Tal es la naturaleza de la humanidad. Incluso si solo quedan dos personas en todo el universo, acabarán defendiendo posturas enfrentadas.
Manual Bene Gesserit para acólitas
Al recrear gholas concretos, estamos rehaciendo el tejido de la historia. Una vez más, Paul Muad’Dib camina entre nosotros, con su amada Chani, su madre, dama Jessica, y su hijo Leto II, el Dios Emperador de Dune. La presencia del doctor suk Wellington Yueh, cuya traición hizo postrarse a una gran Casa, resulta a la vez reconfortante y perturbadora. Con nosotros también están el guerrero-mentat Thufir Hawat, el naib fremen Stilgar, y el gran planetólogo Liet-Kynes. ¡Imaginad las posibilidades!
Tanto genio constituye un ejército formidable. Y lo necesitaremos, porque nos enfrentamos a un oponente mucho más temible de lo que jamás hayamos imaginado.
DUNCAN IDAHO,
Memorias de algo más que un mentat
Durante quince mil años he esperado y planificado, he incrementado mi fuerza. He evolucionado. Ha llegado la hora.
OMNIUS

VEINTIÚN AÑOS DESPUÉS
DE LA HUIDA DE CASA CAPITULAR

Hay tantas personas del pasado que no han vuelto a nacer… incluso si no las recuerdo, las añoro. Los tanques axlotl pronto remediarán esto.
DAMA JESSICA, el ghola
A bordo del Ítaca, la no-nave errante, Jessica presenció el nacimiento de su hija, pero solo como observadora. Solo tenía catorce años, y estaba junto con muchos otros en el centro médico, mientras las doctoras suk Bene Gesserit de la sala adyacente se preparaban para extraer a la diminuta niña de un tanque axlotl.
—Alia —murmuró una de las doctoras.
Aquella no era realmente hija de Jessica, sino un ghola desarrollado a partir de células que se habían conservado. Ninguno de los gholas de la no-nave era todavía «él mismo». No habían recuperado ninguno de sus recuerdos, de sus pasados.
En el fondo de su mente Jessica notaba que algo trataba de aflorar a la superficie y, aunque le daba vueltas y vueltas como a un diente flojo, no conseguía recordar la primera vez que Alia nació. En los archivos, había leído y releído los relatos históricos generados por los biógrafos de Paul Muad’Dib. Pero no podía «recordar».
Lo único que tenía eran imágenes de sus estudios: «Un sietch seco y polvoriento en Arrakis, rodeada de fremen. Jessica y su hijo Paul huyeron, y la tribu del desierto los acogió. El duque Leto había muerto asesinado a manos de los Harkonnen. Jessica bebió el Agua de Vida estando embarazada y cambió para siempre el feto que llevaba en su interior». Desde el momento de su nacimiento, la Alia original fue diferente de los otros bebés, una niña impregnada de un antiguo saber y de locura, capaz de llamar a las puertas de las Otras Memorias sin haber pasado por la Agonía de Especia. ¡Una Abominación!
Aquella era otra Alia. Otro tiempo, otras formas.
En aquellos momentos, Jessica estaba junto a su «hijo» ghola Paul, que cronológicamente era un año mayor que ella. Paul esperaba junto a su amada compañera fremen, Chani, y el ghola de nueve años del que fuera su hijo, Leto II. En un grupo anterior de vidas, aquella había sido su familia.
La orden de las Bene Gesserit había resucitado a aquellas figuras de la historia para que ayudaran en la lucha contra el temible Enemigo exterior que les perseguía. Con ellos tenían a Thufir Hawat, al planetólogo Liet-Kynes, al líder fremen Stilgar, e incluso al destacable doctor Yueh. Y ahora, después de un intermedio de diez años en el programa de los gholas, Alia se unía a ellos. Pronto llegarían otros; los tres tanques axlotl que quedaban estaban ya embarazados de tres nuevos niños: Gurney Halleck, Serena Butler, Xavier Harkonnen.
Duncan Idaho le dedicó a Jessica una mirada burlona. El eterno Duncan, ya con todos los recuerdos de sus vidas anteriores… ¿Qué pensaría de aquel nuevo bebé-ghola, una burbuja del pasado que llegaba al presente? Tiempo atrás, el primer ghola de Duncan Idaho fue consorte de Alia…

Duncan, que disimulaba muy bien su edad, era un hombre hecho y derecho con pelo oscuro y ensortijado. Exactamente como el héroe que aparecía en tantos registros de archivo, desde los tiempos de Muad’Dib, pasando por los tres mil quinientos años de reinado del Dios Emperador, hasta el momento presente, quince siglos después.
El viejo rabino entró en la sala de partos, tarde y sin aliento, acompañado por el ghola de doce años de Wellington Yueh. La frente del joven Yueh no lucía el diamante tatuado de la famosa Escuela Suk. Según parece, el rabino creía poder evitar que aquel joven larguirucho cometiera los mismos crímenes horribles de su vida anterior.
En aquellos momentos, el rabino parecía furioso, como sucedía invariablemente cada vez que se acercaba a los tanques axlotl. Las doctoras Bene Gesserit no le hicieron caso, así que el anciano volcó su disgusto sobre Sheeana.
—Después de años de sentido común, ¡has vuelto a hacerlo! ¿Cuándo dejarás de desafiar a Dios?
Después de tener un ominoso sueño presciente, Sheeana había declarado una moratoria temporal en el proyecto ghola, que había sido su pasión desde el principio. Pero la terrible experiencia en el planeta de los adiestradores y el hecho de haber estado a punto de caer en manos del Enemigo que les perseguía, había obligado a Sheeana a reconsiderar su posición. La riqueza de la experiencia histórica y táctica que los gholas podían ofrecer era tal vez el arma más poderosa de la no-nave. Sheeana había decidido arriesgarse.
Quizá algún día Alia nos salvará, pensó Jessica. O alguno de los otros gholas…
Tentando al destino, Sheeana había hecho un experimento con este ghola no nacido en un intento de lograr que se pareciera más a la Alia auténtica. Tras calcular el momento del embarazo en que dama Jessica había consumido el Agua de Vida, Sheeana dio instrucciones a las doctoras suk Bene Gesserit para que inyectaran una sobredosis casi fatal de especia en el tanque axlotl. Que saturaran el feto. La idea era intentar recrear una Abominación.
Cuando se enteró, Jessica se quedó horrorizada… pero ya era demasiado tarde, y no pudo hacer nada. ¿Cómo afectaría la especia a aquel bebé inocente? Una sobredosis de melange era distinto a pasar por la Agonía.
Una de las doctoras suk dijo al rabino que saliera de la sala de partos. Con expresión ceñuda, el anciano levantó una mano, como si estuviera bendiciendo la carne pálida del tanque axlotl.
—Las brujas actuáis como si estos tanques ya no fueran mujeres, como si no fueran seres humanos… pero esta sigue siendo Rebecca. Sigue siendo una oveja de mi rebaño.
—Rebecca satisfizo una necesidad vital —dijo Sheeana—. Todas las voluntarias sabían exactamente lo que estaban haciendo. Ella aceptó su responsabilidad. ¿Por qué no hace usted otro tanto?
El rabino se volvió con exasperación al joven que estaba a su lado.
—Háblales, Yueh. Quizá a ti te escucharán.
A Jessica le pareció que aquel ghola macilento se sentía más intrigado que indignado por los tanques.
—Como doctor suk —dijo—, traje al mundo a muchos bebés. Pero nunca de este modo. Al menos eso creo. Mis recuerdos todavía me están vedados, y en ocasiones me siento confundido.
—Pero Rebecca es un ser humano, no es solo una máquina biológica para producir melange y camadas de gholas. Debes entenderlo. —La voz del rabino subió de tono.
Yueh se encogió de hombros.
—Puesto que yo he nacido de la misma forma, no puedo mostrarme del todo objetivo. Si recuperara mis recuerdos tal vez estaría de acuerdo con usted.
—¡No necesitas tus recuerdos originales para pensar! Porque, la capacidad de pensar la tienes, ¿no es cierto?
—El bebé está listo —dijo una de las doctoras interrumpiéndole—. Debemos decantarlo ahora. —Se volvió con impaciencia al rabino—. Déjenos hacer nuestro trabajo… si no, el tanque también podría resultar dañado.
Con un sonido de disgusto, el rabino se abrió paso al exterior de la sala. Yueh se quedó atrás, mirando.
Una de las doctoras suk ató el cordón umbilical del tanque de carne. Su compañera, más baja, lo cortó; luego secó el cuerpo pequeño y resbaladizo y levantó a Alia en el aire. Al momento la niña empezó a llorar con fuerza, como si hubiera estado esperando con impaciencia su nacimiento. Jessica suspiró con alivio al oír aquel llanto sano, que indicaba que esta vez su hija no era una Abominación. En el momento de nacer, la Alia original había mirado al mundo con determinación, con la expresión y la inteligencia de un adulto. El llanto de este bebé parecía normal. Pero se interrumpió bruscamente.
Mientras una de las doctoras se ocupaba del tanque flácido, la otra secó a la niña y la envolvió en una mantita. Jessica no pudo evitar sentir una punzada en el corazón, necesitaba coger al bebé en brazos, pero se contuvo. ¿Se pondría Alia a hablar de pronto con las voces de las Otras Memorias? Pero no, la pequeña se limitaba a mirar a su alrededor, sin acabar de enfocar.
Otros se ocuparían de Alia, de un modo no muy distinto de las hermanas Bene Gesserit, que cogían a las niñas recién nacidas bajo su tutela. La primera Jessica, nacida bajo la estrecha vigilancia de las Amantes Procreadoras, nunca supo lo que era una madre en el sentido tradicional. Tampoco lo sabría esta Jessica, ni Alia, ni ninguno de los otros bebés ghola experimentales. La nueva hija sería criada comunitariamente en una sociedad improvisada, más como objeto de curiosidad científica que de amor.
—Somos una familia extraña —susurró.

Los humanos nunca son capaces de una exactitud completa. A pesar de todo el conocimiento y experiencias que hemos absorbido a través de incontables «embajadores» Danzarines Rostro, la imagen que tenemos es confusa. A pesar de ello, los defectuosos registros de la historia humana nos ofrecen una divertida perspectiva de los delirios del humano.
ERASMO, registros y análisis, copia 242
A pesar de décadas de esfuerzos, las máquinas pensantes aún no habían capturado la no-nave y su precioso cargamento. Sin embargo, esto no impidió que la supermente informática lanzara su vasta flota de exterminación contra el resto de la humanidad.
Duncan Idaho seguía eludiendo a Omnius y Erasmo, que arrojaban una y otra vez su reluciente red de taquiones a la nada, buscando a su presa. La capacidad de la no-nave de ocultarse normalmente evitaba que la vieran, pero de vez en cuando sus perseguidores captaban algún destello, como cuando ves algo oculto tras unos arbustos. Al principio, la búsqueda había sido un desafío, pero la supermente empezaba a impacientarse.
—Has vuelto a perder la nave —dijo la supermente con voz atronadora a través de los altavoces de la cámara central de la catedral de la metrópolis tecnológica de Sincronía.
—Eso es inexacto. Para perderla primero tengo que haberla encontrado. —Erasmo cambió su piel de metal líquido tratando de sonar despreocupado, y cambió su disfraz de dulce ancianita por la figura más familiar del robot de platino.
Como troncos arqueados, las agujas de metal se elevaban por encima de Erasmo para formar una cúpula abovedada en el interior de la catedral mecánica. Los fotones brillaban sobre la piel activada de los pilares, bañando su nuevo laboratorio de luz. Hasta había hecho instalar una fuente luminosa de lava burbujeante… una decoración inútil, aunque con frecuencia el robot se entregaba a aquella sensibilidad artística que tanto había cultivado en el pasado.
—No seas impaciente. Recuerda las proyecciones matemáticas. Todo está bellamente predeterminado.
—Tus proyecciones matemáticas podrían ser un mito, como cualquier otra profecía. ¿Cómo sé que son correctas?
—Porque yo digo que son correctas.
Con el lanzamiento de la flota mecánica, el largamente anunciado Kralizec había empezado, por fin. Kralizec… Armagedón… la Batalla del Fin del Universo… Ragnarok… Azrafel… el Tiempo del Fin, la Oscuridad de Nube. Se encontraban en un momento de cambios trascendentales, el universo entero estaba girando sobre su eje cósmico. Las leyendas humanas ya predecían este cataclismo desde los albores de la civilización. Ciertamente, ya habían pasado por numerosas reiteraciones de cataclismos similares: la Yihad Butleriana, la yihad de Paul Muad’Dib, el reinado del tirano Leto II. Al manipular las proyecciones informáticas y crear con ello ciertas expectativas en la mente de Omnius, Erasmo había conseguido poner en marcha los acontecimientos que llevarían a otro cambio fundamental. Profecía y realidad… el orden de las cosas no importaba.
Como una flecha, todos los cálculos infinitamente complejos de Erasmo, trillones de datos que pasaban por las más sofisticadas rutinas, señalaban un único resultado: el kwisatz haderach último —quienquiera que fuese— determinaría la marcha de los acontecimientos al final del Kralizec. La proyección también revelaba que el kwisatz haderach viajaba a bordo de la no-nave, así que, naturalmente, Omnius quería aquella baza de su lado. Luego, las máquinas pensantes debían capturar la no-nave. El primero que consiguiera controlar al kwisatz haderach ganaría.
Erasmo no acababa de entender qué haría aquel superhombre cuando lo localizaran y prendieran. A pesar del tiempo que llevaba estudiando al humano, seguía siendo una máquina pensante, en cambio el kwisatz haderach no lo era. Los nuevos Danzarines Rostro, que tanto tiempo llevaban infiltrados en la humanidad y facilitaban una información vital al Imperio Sincronizado, estaban en algún punto intermedio, como máquinas biológicas híbridas. Él y Omnius habían absorbido tantas de las vidas robadas por los Danzarines Rostro que a veces olvidaban quiénes eran. Los maestros tleilaxu originales no habían sabido prever la importancia de lo que habían ayudado a crear.
Sin embargo, el robot independiente sabía que debía seguir controlando a Omnius.
—Hay tiempo. Tienes una galaxia entera por conquistar antes de que necesitemos al kwisatz haderach que viaja en esa nave.
—Me alegro de no haber esperado a que lo tuvieras para empezar.
Durante siglos, Omnius había estado construyendo una flota invencible. Millones y millones de naves avanzaban en aquellos momentos, utilizando los tradicionales pero efectivos motores que viajaban a la velocidad de la luz, conquistando un sistema estelar tras otro. La supermente podía haber utilizado los sistemas matemáticos de navegación que los Danzarines Rostro habían «proporcionado» a la Cofradía Espacial, pero había un elemento en la tecnología Holtzman que, sencillamente, seguía resultando demasiado incomprensible. Para viajar a través del tejido espacial se requería algo indefiniblemente humano, un intangible «salto de fe». La supermente jamás admitiría que aquella abigarrada tecnología en realidad le ponía… nervioso.
Después de algunas escaramuzas de prueba, la muralla de naves robóticas había encontrado y destruido con rapidez una primera avanzadilla de mundos fronterizos establecidos por los humanos. Las naves de vanguardia cartografiaban los mundos que había por delante y esparcían plagas biológicas mortíferas que Erasmo había desarrollado; para cuando la flota llegaba a cada objetivo, la acción militar normalmente era innecesaria, porque encontraban a una población moribunda. Cada combate, incluso los encuentros con grupos aislados de Honoradas Matres, era igualmente decisivo.
Para mantenerse ocupado, el robot independiente revisó la avalancha de datos que le enviaban. Aquella era la parte que más le gustaba. Un ojo espía zumbaba revoloteando ante él y Erasmo lo apartó.
—Si me permites que me concentre, Omnius, quizá encuentre la forma de acelerar nuestros avances contra los humanos.
—¿Cómo sé que no cometerás otro error?
—Porque confías en mis capacidades.
El ojo espía se alejó revoloteando.
Mientras la flota mecánica aplastaba un planeta humano tras otro, Erasmo iba dando instrucciones adicionales a los robots invasores. Los humanos infectados se retorcían en el suelo, entre vómitos, sangrando por los poros, y entretanto los exploradores mecánicos saqueaban tranquilamente las bases de datos, salas de registros, bibliotecas y otras fuentes. Era una información diferente de la que podía extraer de las vidas aleatorias que los Danzarines Rostro asimilaban.
Con la entrada de todos aquellos nuevos datos, Erasmo había podido permitirse el lujo de volver a convertirse en científico, como lo fuera en tiempos. La búsqueda de una verdad científica había sido siempre la verdadera razón de su existencia. Y ahora el flujo de información era mayor que nunca. Feliz por tener una cantidad tan grande de datos nuevos aún sin digerir, Erasmo concentró su mente elaborada en los hechos y las historias desnudos.
Tras la supuesta destrucción de las máquinas pensantes hacía más de quince milenios, los fecundos humanos se habían extendido, creando civilizaciones, destruyéndolas. Erasmo se sentía intrigado por la forma en que, después de la Batalla de Corrin, la familia Butler había fundado y gobernado un imperio bajo el nombre de Corrino durante diez mil años, con algunos lapsos e interreinados, para ser desbancados por un líder fanático llamado Muad’Dib.
Paul Atreides. El primer kwisatz haderach.
Sin embargo, con su hijo Leto II, conocido como Dios Emperador o Tirano, se había producido un cambio aún más importante. Otro kwisatz haderach… un híbrido único entre hombre y gusano de arena que impuso su mandato draconiano durante tres mil quinientos años. Después de su asesinato, la civilización humana se fragmentó. Tras huir a los confines de la galaxia en la Dispersión, las dificultades endurecieron al humano, hasta que las Honoradas Matres —la peor entre las especies de humanos— fueron a parar al próspero imperio de las máquinas...
Otro ojo espía revoloteaba escaneando los mismos archivos que Erasmo estaba leyendo. Omnius habló con voz resonante a través de las placas de las paredes.
—Considero que sus contradicciones, planteadas como hechos, son inquietantes.
—Inquietantes, tal vez, sí, pero también son fascinantes. —Erasmo se desconectó de los montones de archivos históricos—. Sus historias nos enseñan cómo se ven a sí mismos y al universo que les rodea. Evidentemente, estos humanos necesitan a alguien que vuelva a tomar con firmeza el control.

¿Por qué es importante la religión? Porque por sí sola la lógica no impulsa a la gente a hacer grandes sacrificios. Sin embargo, con el fervor religioso suficiente, la gente se arrojará contra lo imposible y considerará una bendición poder hacerlo.
MISSIONARIA PROTECTIVA, primera premisa
Dos operarios se presentaron ante la puerta de la ostentosa y fría Cámara de Consejo de Murbella durante una tensa reunión. Llevaban un robot inmóvil con ayuda de unas garras suspensoras.
—¿Madre comandante? Habéis pedido que trajéramos esto.
La máquina de combate estaba hecha de metal azul y negro, reforzada con abrazaderas y un blindaje superpuesto. Su cabeza cónica presentaba una serie de sensores y dispositivos para localizar objetivos, y los cuatro brazos impulsados por motores estaban rodeados de cables y armas incorporadas. El robot de combate había resultado dañado en una escaramuza reciente, y en su torso voluminoso había señales oscuras, allí donde las descargas de energía habían dejado fuera de combate sus procesadores internos. Aquella cosa estaba apagada, muerta, derrotada. Pero incluso desactivada, era una imagen de pesadilla.
Las consejeras de Murbella, sobresaltadas por aquella interrupción en sus discusiones y argumentos, miraron la gran máquina. Todas las mujeres allí reunidas llevaban el sencillo unitardo negro de la Nueva Hermandad, siguiendo un código homogéneo en el vestir que no permitía ninguna alusión a sus orígenes como Bene Gesserit o como Honoradas Matres.
Murbella hizo una señal a aquellos operarios de aspecto apocado.
—Traed esa cosa aquí dentro, para que podamos verla cada vez que hablamos del Enemigo. Nos hará bien tener algo que nos recuerde a qué nos enfrentamos.
Incluso con la ayuda de las garras suspensoras, los operarios entraron la máquina con gran esfuerzo y sudor. Murbella se acercó al voluminoso robot de combate y miró con gesto desafiante a sus sensores ópticos apagados. Lanzó una mirada orgullosa a su hija.
—La bashar Idaho trajo este espécimen de la Batalla de Duvalle.
—Tendríamos que mandarlo con el resto de las basuras. O lanzarlo al espacio —dijo Kiria, una antigua y severa Honorada Matre—. ¿Y si conserva una programación espía pasiva?
—Ha sido sometido a una purga exhaustiva —dijo Janess Idaho. Como comandante recién nombrada de las fuerzas militares de la Hermandad, se había convertido en una joven muy pragmática.
—¿Un trofeo, madre comandante? —preguntó Laera, una Reverenda Madre de piel oscura que con frecuencia apoyaba discretamente a Murbella—. ¿O un prisionero de guerra?
—Es el único que nuestros ejércitos encontraron intacto. Volamos cuatro naves mecánicas antes de retirarnos y dejar que destruyeran el planeta. Ya habían liberado sus epidemias en Ronto y Pital, y no había supervivientes. Las pérdidas entre la población se cuentan por billones.
Las de Duvalle, Ronto, Pital eran tan solo las bajas más recientes causadas por el avance del ejército de las máquinas por los sistemas periféricos. Debido a las distancias y el poderío de las naves atacantes, los informes eran fragmentarios y a menudo desfasados. Los refugiados y los correos huían de las zonas de conflicto, dirigiéndose hacia el interior desde los límites de la Dispersión.
Murbella dio la espalda al robot desactivado para mirar a las hermanas.
—Sabemos que la tormenta se acerca. Tenemos la opción de limitarnos a evacuar… de abandonar todo lo que tenemos. Esa es la manera de las Honoradas Matres.
Algunas hermanas pestañearon por el comentario. Tiempo atrás, las Honoradas Matres habían escogido huir del Enemigo, saqueándolo todo a su paso, con la esperanza de mantenerse siempre un paso por delante de la tormenta. Para ellas, el Imperio Antiguo no fue más que una simple barricada que arrojar contra el Enemigo y que pudiera darles tiempo para escapar.
—O podemos proteger las ventanas, reforzar las paredes y expulsarlo. Y rezar para que sobrevivamos.
—Esto no es una simple tormenta, madre comandante —dijo Laera—. Las repercusiones ya se están haciendo sentir. Los refugiados que huyen del frente están colapsando los sistemas de soporte de los mundos de la segunda oleada, que también se están preparando para la evacuación. La gente no se quedará a luchar.
—Como ratas que se arraciman en una esquina cuando el barco se hunde —musitó Kiria.
—Y eso lo dice una Honorada Matre, que hizo exactamente lo mismo —dijo Janess desde el extremo de la mesa, y trató de disimular el comentario sorbiendo ruidosamente su café de especia. Kiria la miró furiosa.
—Una sombra que enturbia nuestro pasado de Honoradas Matres —dijo Murbella—. Por culpa de su soberbia y la tendencia a golpear primero y pensar después, las rameras han provocado todo esto. —Buscando en las profundidades de su mente y en la historia, ella había sido la primera en recordar cómo las hermanas fallecidas tiempo atrás habían provocado estúpidamente a las máquinas pensantes.
Kiria estaba indignada, pues obviamente seguía considerándose una Honorada Matre. A Murbella le resultaba turbador.
—Usted misma reveló por qué las Honoradas Matres son lo que son, madre comandante. Descendientes de tleilaxu torturadas, Reverendas Madres salvajes y unas pocas Habladoras Pez. Tenían todo el derecho a buscar venganza.
—¡No tenían derecho a ser estúpidas! —espetó Murbella—. Su pasado doloroso no les daba derecho a arremeter contra todo lo que encontraban. No podían salvar su conciencia fingiendo que sabían lo que estaban haciendo cuando atacaron una avanzadilla de las máquinas y robaron un armamento que no entendían. —Sonrió levemente—. Si acaso, puedo entender, aunque no la apruebo, su venganza contra los mundos de los tleilaxu. Por las Otras Memorias sé lo que los tleilaxu hicieron a mis antepasadas… recuerdo haber sido uno de sus odiosos tanques axlotl. Pero no os equivoquéis, este tipo de violencia provocativa y mal planificada ha causado un daño inconmensurable a la raza humana. ¡Y mirad a lo que nos enfrentamos ahora!
—¿Cómo podemos prepararnos para la tormenta, madre comandante? —La pregunta venía de la anciana Accadia, una reverenda madre que vivía en los Archivos de Casa Capitular. Accadia casi nunca dormía y rara vez dejaba que la luz del sol tocara su piel ajada—. ¿Qué defensas tenemos? —Desde el rincón donde lo habían dejado los operarios, el voluminoso robot de combate parecía burlarse de ellas.
—Tenemos el arma de la religión. Sobre todo a Sheeana.
—¡Sheeana no nos es de ninguna utilidad! —dijo Janess—. Sus seguidores creen que murió en Rakis hace décadas.
En otro tiempo, los sacerdotes de Rakis habían sabido sacar partido a aquella joven capaz de controlar a los gusanos de arena. Las Bene Gesserit habían creado una religión local en torno a Sheeana, y la aniquilación de Dune si acaso sirvió a los propósitos más elevados de la Hermandad. Tras su supuesta muerte, la joven rescatada fue aislada en Casa Capitular, para que algún día pudiera «regresar de entre los muertos» entre bombo y platillo. Pero la Sheeana real había huido con Duncan Idaho en la no-nave hacía más de veinte años.
—No es necesario que la tengamos a ella físicamente. Solo tenemos que buscar hermanas que se parezcan y aplicar el maquillaje y las modificaciones faciales necesarias. —Murbella tamborileó con los dedos sobre sus labios—. Sí, empezaremos con doce nuevas Sheeanas. Las repartiremos ente los mundos de los refugiados, porque sin duda los desplazados serán los reclutas más impresionables. Quedará como si la Sheeana resucitada hubiera reaparecido en todas partes a la vez, como un mesías, una visionaria, una líder.
Laera habló con voz razonable.
—Las pruebas genéticas demostrarán que esas impostoras no son Sheeana. Su plan se volverá en nuestra contra cuando la gente comprenda que hemos tratado de engañarles.
Kiria ya había pensado en la solución más obvia.
—Podemos hacer que sean doctoras Bene Gesserit, doctoras suk, quienes hagan esas pruebas… y que mientan por nosotras.
—Y tampoco debemos subestimar nuestra mejor baza. —Murbella extendió la palma como un mendicante pidiendo limosna—. La gente quiere creer. Durante miles de años, nuestra Missionaria Protectiva ha inculcado creencias religiosas entre las gentes. Ahora debemos utilizar esas técnicas no solo para protegernos, sino como arma, como un medio para influir en los ejércitos. Ya no será una fuerza pasiva y protectora, sino activa. Una Missionaria Aggressiva.
A las otras mujeres pareció gustarles la idea, sobre todo a Kiria. Accadia miró con expresión ceñuda sus láminas de cristal riduliano, como si tratara de encontrar profundas respuestas en aquellos caracteres incomprensibles.
Murbella lanzó una mirada desafiante al robot de combate.
—Las doce Sheeanas llevarán especia de nuestros stocks. Y cada una la repartirá con generosidad mientras pronuncia sus discursos. Dirán que Shaitán les ha dicho en un sueño que la especia pronto volverá a fluir. Aunque Dune ha quedado tan muerto y quemado como Sodoma y Gomorra, muchos nuevos Dunes aparecerán por todas partes. Sheeana lo prometerá. —Años antes, algunas reverendas madres habían sido enviadas en una dispersión secreta, llevando consigo las importantísimas truchas de arena para sembrar nuevos planetas y crear otros mundos desérticos para los gusanos.
—Falsos profetas y avistamientos del mesías. Se ha hecho antes. —Kiria parecía aburrida—. Diga, en qué puede beneficiarnos.
Murbella le dedicó una sonrisa calculada.
—Sacaremos partido de la superstición. La gente cree que debe sufrir tribulaciones, un ciclo tan antiguo como las más antiguas religiones, mucho antes del Primer Gran Movimiento o el hajj zen-suní. Y amoldaremos esa creencia a nuestros propósitos. Las máquinas pensantes son el mal que debemos destruir antes de que la humanidad pueda conseguir su recompensa.
Se volvió hacia la anciana ama de los archivos.
—Accadia —dijo—, lee todo lo que puedas encontrar sobre la Yihad Butleriana y cómo Serena Butler guió a sus fuerzas. Y lo mismo con Paul Muad’Dib. Hasta podemos decir que el Tirano empezó a prepararnos para esto. Estudia sus escritos y saca las secciones que haga falta de contexto para apoyar nuestro mensaje, así la gente se convencerá de que este conflicto universal estaba anunciado: el Kralizec. Si creen en las profecías, seguirán luchando mucho después de que cualquier esperanza racional desaparezca.
Hizo un gesto para indicar a las mujeres que siguieran con sus tareas.
—Entretanto, yo he preparado un encuentro con los ixianos y la Cofradía. Dado que Richese ha sido destruido, exigiré que pongan todas sus instalaciones industriales al servicio del esfuerzo de guerra. Necesitamos cada pedazo de resistencia que podamos arañar.
Cuando ya se iba, Accadia preguntó:
—¿Y si las viejas profecías resultan ser ciertas? ¿Y si realmente estamos en los Tiempos del Fin?
—Entonces nuestros esfuerzos están más justificados. Y seguiremos luchando. Es lo único que podemos hacer. —Mirando al robot, Murbella habló como si la mente de la máquina aún pudiera oírla—. Y así es como te derrotaremos.

Soy guardián de conocimientos privados e incontables secretos. ¡Tú jamás sabrás lo que yo sé! Si no fueras un infiel te compadecería.
Espejismo en el camino de la Shariat,
escrituras apócrifas tleilaxu
Ninguno de los pasajeros del inmenso crucero de la Cofradía podía sospechar lo que el navegante y su maestro tleilaxu cautivo estaban haciendo delante de sus narices.
Al retener los suministros de melange como rescate, las brujas Bene Gesserit habían acorralado a la Cofradía Espacial y les habían obligado a buscar alternativas drásticas. Conscientes de que se enfrentaban a la extinción por falta de especia, la facción de los navegantes apremiaba a Waff para que completara su tarea más deprisa. El maestro tleilaxu también sentía la necesidad de apresurarse, también él se enfrentaba a la extinción, aunque por motivos diferentes.
Dando la espalda a la lente de observación, Waff consumió subrepticiamente otra dosis de melange. Aquel polvo de canela le había sido suministrado estrictamente para propósitos científicos. Rozó con aquella sustancia ardiente los labios, la lengua, cerró los ojos en éxtasis. En los tiempos que corrían, una cantidad tan pequeña, apenas una pizca, bastaba para comprar una casa en un mundocolonia. El tleilaxu sintió que la energía volvía a inundar su cuerpo achacoso. Edrik no le negaría aquella pequeña cantidad de melange para ayudarle a pensar bien.
Normalmente, los maestros tleilaxu pasaban de un cuerpo a otro en una cadena de inmortalidad ghola. Habían aprendido la virtud de la paciencia y la planificación a largo plazo de la Gran Creencia. ¿Acaso no había vivido el Mensajero de Dios tres milenios y medio? Pero para acelerar el desarrollo de Waff en el tanque axlotl se habían utilizado técnicas prohibidas. Las células de su cuerpo se consumían como las llamas consumen el bosque, y le hicieron pasar de la niñez a la adolescencia y la madurez en unos pocos años. La restauración de sus recuerdos había sido imperfecta, y solo había podido recuperar fragmentos de su vida y sus conocimientos pasados.
Cuando escapó de las Honoradas Matres, Waff no había tenido más remedio que buscar refugio entre la facción de los navegantes. Edrik y los suyos habían financiado su resurrección ghola, así que ¿por qué no pedirles asilo? Aunque el pequeño hombre no recordaba cómo crear melange con los tanques axlotl, decía poder hacer lo imposible... resucitar a los supuestamente extinguidos gusanos de arena. Una solución mucho más espectacular y necesaria.
En el laboratorio aislado del crucero, Edrik le había proporcionado todas las herramientas, material técnico y material genético que pudiera necesitar. Y Waff hizo lo que los navegantes pedían. Recuperar los extraordinarios gusanos que habían sido exterminados en Rakis ofrecía simultáneamente la posibilidad de producir especia y recuperar a su Profeta.
¡Debo hacerlo! El fracaso no es una opción.
Con su madurez acelerada, Waff ya no estaría mucho más en su plenitud —la mejor salud, la mente más aguda—. Antes de que se iniciara el inevitable y rápido declive, tenía mucho que hacer. Aquella tremenda responsabilidad le carcomía.
¡Concéntrate, concéntrate!
Se encaramó a un taburete y miró al interior de un tanque lleno de arena de la mismísima Rakis. Dune. Dada la importancia religiosa del planeta, los peregrinos que no podían costearse aquel viaje interplanetario se conformaban con reliquias, fragmentos de piedra de las ruinas del palacio original de Muad’Dib, retazos de la tela de especia bordada con los dichos de Leto II. Incluso los más pobres entre los devotos querían una muestra de arena rakiana, para poder tocarla con sus dedos y sentirse más próximos al Dios Dividido. Los navegantes habían adquirido cientos de metros cúbicos de auténtica arena rakiana. Aunque era dudoso que el origen de los granos tuviera ningún efecto en las pruebas con los gusanos, Waff prefería eliminar todas las variables aleatorias.
Se inclinó sobre el tanque abierto, se llenó la boca de saliva y dejó que una larga gota cayera sobre la arena. Como pirañas en un acuario, unas figuras empezaron a moverse bajo la superficie, desplazándose con rapidez para capturar el líquido invasor. En otro lugar, en otro tiempo, escupir —compartir el agua personal— era una señal de respeto entre los fremen. Waff la utilizó para atraer a las truchas a la superficie.
Pequeños hacedores. Especímenes de truchas de arena. Mucho más preciosos incluso que las arenas de Dune.
Años atrás, la Cofradía había interceptado una nave Bene Gesserit que transportaba truchas de arena en su cubierta de carga. Cuando las brujas se negaron a explicar cuál era su misión, fueron asesinadas, la carga fue requisada y Casa Capitular ni siquiera se enteró.
Cuando supo que la Cofradía poseía algunos de los vectores de los gusanos inmaduros, Waff exigió que se los dieran para su trabajo. Aunque no recordaba cómo crear melange en un tanque axlotl, aquel experimento tenía mucho más potencial. Si resucitaba a los gusanos de arena, no solo recuperaría la especia, ¡sino también al Profeta!
Sin miedo, metió su pequeña mano en el acuario. Agarró a una de aquellas criaturas correosas por los bordes y la sacó de la arena. Al percibir la humedad del sudor de Waff, la trucha de arena se pegó a sus dedos, rodeó su mano, sus nudillos. Y él tocaba y pinchaba la superficie blanda, rehaciendo los bordes.
—Pequeña trucha de arena, ¿qué secretos tienes para mí? —Formó un puño y la criatura lo rodeó formando una especie de guante de gelatina. Waff notaba que su piel se secaba.
Con la trucha de arena en la mano, fue hasta la prístina mesa de investigación y colocó encima un recipiente ancho y hondo. Trató de soltar la trucha de sus nudillos, pero cada vez que movía la membrana, esta se pegaba más allá. Sintiendo que su piel se desecaba, Waff vertió una jarra de agua limpia en el recipiente. La trucha de arena, atraída por aquella mayor cantidad, se dejó caer enseguida.
El agua era mortal para los gusanos de arena, pero no para las jóvenes truchas, el estado de larva de los gusanos. El vector más joven presentaba una bioquímica fundamentalmente distinta antes de experimentar la metamorfosis y pasar a su forma adulta. Una paradoja. ¿Cómo podía una etapa del ciclo de la vida sentirse tan vorazmente atraído por el agua, y en la fase posterior morir si la tocaba?
Waff flexionó los dedos para recuperarse de aquella sequedad antinatural, fascinado por la forma en que el espécimen engullía el agua. Instintivamente la larva absorbía la humedad para crear un entorno perfectamente seco para el adulto. Por los recuerdos de vidas anteriores que conservaba en su interior, conocía los antiguos experimentos tleilaxu para mover y controlar a los gusanos. Los intentos estándar de trasplantar gusanos adultos a planetas secos siempre fallaban. Incluso los paisajes extraplanetarios más extremos seguían conservando demasiada humedad para sustentar una forma de vida tan frágil —¿frágil?— como los gusanos de arena.
Pero su idea era otra. En lugar de transformar los mundos para que acomodaran a los gusanos de arena, quizá podría alterar a los gusanos en su fase inmadura, ayudarles a que se adaptaran. Los tleilaxu entendían el Lenguaje de Dios, y con su genio para la genética habían conseguido lo imposible en muchas ocasiones. ¿Acaso no era Leto II el Profeta de Dios? Su deber era conseguir que volviera.
La idea y la mecánica cromosómica parecían sencillas. En algún momento del desarrollo de las truchas, un factor desencadenante modificaba la respuesta química de la criatura hacia una sustancia tan simple como el agua. Si encontraba ese factor y lo bloqueaba, la trucha de arena seguiría madurando, pero sin su aversión mortal por el agua líquida. ¡Eso sí sería un milagro!
Pero, si impides que una oruga forme un capullo, ¿se transformará de todos modos en una mariposa? Tendría que ir con mucho cuidado, desde luego.
Si no había entendido mal, las brujas de Casa Capitular habían descubierto la forma de liberar truchas de arena en un entorno planetario… el mundo de las Bene Gesserit. Una vez allí, las truchas se reprodujeron e iniciaron un proceso imparable de destrucción (¿reconstrucción?) del ecosistema. De un planeta exuberante a una tierra yerma y árida. Con el tiempo convertirían el planeta en un desierto, donde los gusanos podrían sobrevivir y renacer.
Las preguntas seguían fluyendo, una tras otra. ¿Por qué llevaban las hermanas Bene Gesserit fugitivas truchas de arena en sus naves de refugiadas? ¿Estaban tratando de repartirlas por otros mundos, de crear nuevos planetas desérticos? ¿Hogar para más gusanos? Un plan semejante requería un esfuerzo enorme, tardaría décadas en dar fruto y acabaría con la vida en el planeta nativo. Ineficaz.
Waff tenía una solución mucho más inmediata. Si lograba desarrollar una raza de gusanos de arena que toleraran el agua e incluso medraran en ella, podrían implantarlos en innumerables planetas, ¡donde podrían crecer y multiplicarse rápidamente! No sería necesario reconstruir un medio planetario entero antes de empezar a producir melange. Por sí solo eso les ahorraría unas décadas que, sencillamente, Waff no tenía. Sus gusanos modificados proporcionarían toda la especia que los navegantes de la Cofradía desearan… y de paso servirían a los propósitos de Waff.
¡Ayúdame, Profeta!
El espécimen había absorbido toda el agua del recipiente y en aquellos momentos se desplazaba lentamente por la base y los lados, explorando los límites. Waff llevó útiles y productos químicos a la mesa de laboratorio… alcoholes, ácidos, llamas, y extractores de muestras.
El primer corte fue el más duro. Y entonces se puso a trabajar en aquella criatura informe que se resistía para arrancarle sus secretos genéticos.
Tenía los mejores analistas de ADN y secuenciadores genéticos que la Cofradía podía conseguir… y ciertamente eran muy buenos. La trucha de arena tardó en morir, pero Waff estaba seguro de que al Profeta no le importaría.

Un hedor supura de mis poros. El olor nauseabundo de la muerte.
SCYTALE, último maestro tleilaxu conocido
Aquel niño pequeño de piel grisácea miraba con preocupación a su otro yo, más viejo pero idéntico. —Esta es una zona restringida. El bashar se enfadará mucho con nosotros. El Scytale mayor frunció el ceño, decepcionado porque un niño con un destino tan extraordinario pudiera ser tan apocado.
—Esta gente no tiene autoridad para imponerme sus normas… ¡ni a mí ni a ninguna de mis versiones! —A pesar de los años de preparación, de instrucción, de insistencia, Scytale sabía que el ghola aún no había entendido quién era. El maestro tleilaxu tosió e hizo una mueca, incapaz de sobreponerse a sus problemas físicos—. ¡Debes despertar tus recuerdos genéticos antes de que sea tarde!
El niño seguía a su yo más viejo por el oscuro corredor de la no-nave, pero sus pasos eran demasiado asustados para ser furtivos. De vez en cuando, Scytale necesitaba que su «hijo» de doce años le ayudara. Cada día, cada lección, debía acercar al más joven al punto de inflexión que haría que sus recuerdos se liberaran en un torrente. Y entonces, por fin, el viejo Scytale podría permitirse morir.
Años atrás, se había visto obligado a utilizar la única prenda que le quedaba para sobornar a las brujas: su reserva secreta de valioso material celular. A Scytale no le gustó tener que verse en esta posición, pero a cambio de ceder aquel material en bruto de héroes del pasado para los propósitos de las brujas, Sheeana había accedido a dejarle utilizar los tanques axlotl para crear una nueva versión de sí mismo. Esperaba que no fuera demasiado tarde.
Desde hacía unos años, cada frase, cada día hacía aumentar la presión sobre el Scytale más joven. Su «padre», víctima de una obsolescencia celular planificada, no creía que le quedara ni un año antes de que se produjera el colapso. Si el joven no recuperaba rápido sus recuerdos, muy pronto, todos los conocimientos de los tleilaxu se perderían. El viejo Scytale hizo una mueca ante tan terrible perspectiva, mucho más dolorosa que cualquier mal físico.
Llegaron a uno de los niveles inferiores vacíos, donde una cámara de pruebas había pasado inadvertida en las grandes extensiones vacías de la nave.
—Utilizaré este material de enseñanza powindah para mostrarte cómo quería Dios que vivieran los tleilaxu. —Las paredes eran lisas y curvadas, los paneles de luz estaban graduados a un pálido naranja. La habitación parecía llena de vientres gestantes, redondos, flácidos, sin pensamiento… que es como las mujeres debían servir en una sociedad realmente civilizada.
Scytale sonrió ante la imagen, mientras el muchacho miraba a su alrededor con ojos oscuros.
—Tanques axlotl. ¡Cuántos! ¿De dónde han salido?
—Por desgracia solo son proyecciones holográficas. —Aquella simulación de alta calidad incluía el sonido de los tanques, y el olor de productos químicos, antisépticos y medicamentos.
Mientras estaba allí en pie, rodeado por aquellas gloriosas imágenes, Scytale sintió que su corazón lloraba por aquel hogar que tanto añoraba, un hogar totalmente destruido. Años atrás, antes de poner el pie en la sagrada Bandalong, Scytale y todos los tleilaxu debían pasar siempre por un extenso proceso de purificación. Desde que las Honoradas Matres le habían obligado a huir únicamente con su vida y unas pocas prendas con las que regatear, había tratado de observar los rituales y prácticas en la medida de lo posible —y los había enseñado vigorosamente al joven ghola—, pero había limitaciones. Hacía mucho que Scytale no se sentía suficientemente limpio. Pero sabía que Dios lo entendería.
—Así eran las salas de partos. Estúdiala. Absórbela. Recuérdate a ti mismo cómo eran antes las cosas, cómo deberían ser. He creado estas imágenes a partir de mis propios recuerdos, los mismos recuerdos que llevas en tu interior. Búscalos.
Scytale le había repetido aquellas palabras una vez y otra vez, machacando. Su versión más joven era un buen estudiante, muy inteligente, y conocía toda la información intelectualmente, pero no la conocía en su alma.
Sheeana y las otras brujas no entendían la inmensidad de la crisis a la que se enfrentaba, o quizá no les importaba. Las Bene Gesserit no sabían gran cosa de los entresijos que conllevaba restaurar los recuerdos de un ghola, no eran capaces de reconocer el momento en que un ghola está listo… pero quizá Scytale no podía permitirse el lujo de esperar. Desde luego, el niño ya era lo bastante mayor. ¡Tenía que despertar! Pronto sería el único tleilaxu vivo, y no habría nadie que despertara sus recuerdos.
Mientras examinaba las hileras de cubas reproductoras, el rostro del Scytale júnior se llenó de reverencia y temor. El muchacho estaba absorbiendo lo que veía. Bien.
—El tanque de la segunda fila es el que me dio vida —dijo—. La Hermandad la llamaba Rebecca.
—El tanque no tiene nombre. No es una persona y nunca lo fue. Incluso cuando podía hablar, no era más que una hembra. Los tleilaxu nunca ponemos nombre a nuestros tanques, ni a las hembras que les precedieron.
Scytale expandió la imagen y dejó que las paredes desaparecieran en una proyección de una inmensa casa de nacimientos, con tanques y más tanques, uno detrás de otro. Fuera, las agujas y las calles de Bandalong. Aquellos detalles visuales tendrían que haber bastado, aunque a Scytale le habría gustado añadir otros elementos sensoriales, los olores reproductivos de las hembras, la sensación del sol en su mundo natal, el reconfortante conocimiento de incontables tleilaxu que llenaban las calles, los edificios, los templos.
Se sentía dolorosamente solo.
—Yo ya no tendría que estar vivo, aquí, ante ti. Es una ofensa verme viejo y lleno de achaques, con este cuerpo defectuoso. El kehl de los verdaderos maestros tendría que haberme eutanasiado hace tiempo para dejarme vivir en un cuerpo ghola nuevo. Pero estos no son buenos tiempos.
—No son buenos tiempos —repitió el muchacho, retrocediendo a través de una de las detalladas imágenes holográficas—. Se ha visto obligado a hacer cosas que de otro modo no toleraría. Debe utilizar métodos heroicos para seguir con vida hasta que yo despierte. Le prometo con todo mi corazón que me convertiré en Scytale. Antes de que sea tarde.
El proceso para despertar a un ghola no era ni fácil ni rápido. Año tras año, Scytale había ido aplicando presión, recordatorios, quiebros mentales a aquel joven. Cada lección, cada exigencia se sumaba a la anterior, como piedrecitas en un montón cada vez más alto, y tarde o temprano conseguiría añadir suficientes piedrecitas al montón inestable para desatar la avalancha. Solo Dios y su Profeta podían saber qué piedrecita del recuerdo podía lograr que la barrera se desplomara.
El muchacho observaba cómo el rostro de su mentor cambiaba con sus diferentes ánimos. Sin saber muy bien qué hacer, citó una reconfortante lección de su catecismo.
—«Cuando se enfrenta a una decisión imposible, la persona siempre debe elegir la senda de la Gran Creencia. Dios guía a aquellos que desean ser guiados.»
La sola idea pareció consumir las últimas energías de Scytale, que se derrumbó en una silla cercana en la sala de simulaciones tratando de recuperar las fuerzas. Cuando el ghola corrió a su lado,
Scytale acarició los cabellos oscuros de su yo alterno.
—Eres joven, tal vez demasiado.
El muchacho apoyó una mano en el hombro del anciano para consolarlo.
—Lo intentaré… lo prometo. Me esforzaré todo lo que pueda. —Cerró los ojos con fuerza y pareció como si empujara, como si tratara de derribar las paredes intangibles del interior de su cerebro. Finalmente, sudando con profusión, se rindió.
El Scytale más anciano se sentía desmoralizado. Ya había utilizado todas las técnicas que conocía para llevar al ghola al límite. Crisis, paradoja, desesperación implacable. Pero él los sentía mucho más que el muchacho. Sencillamente, el saber clínico era insuficiente.
Las brujas habían utilizado alguna suerte de extorsión sexual para despertar al bashar Miles Teg cuando su ghola solo tenía diez años, y el sucesor de Scytale ya superaba ese límite en dos años. Pero no soportaba la idea de que las Bene Gesserit utilizaran sus cuerpos impuros para quebrantar a aquel muchacho. Scytale ya había sacrificado tanto…, había vendido buena parte de su alma a cambio de un resquicio de esperanza para el futuro de su raza. El mismísimo Profeta le daría la espalda con repugnancia. ¡Eso nunca!
Scytale escondió la cabeza entre las manos.
—Eres un ghola defectuoso. Tendría que haber tirado tu feto y haber empezado de nuevo hace doce años.
La voz del muchacho sonó ronca, como fibra rota.
—¡Me concentraré y sacaré mis recuerdos de las células a la fuerza!
Al maestro tleilaxu la tristeza y el cansancio le pesaban.
—Es un proceso instintivo, no intelectual. Debe venir a ti. Si tus recuerdos no regresan, no me sirves de nada. ¿Para qué dejarte vivir?
El muchacho se debatía visiblemente, pero Scytale no vio ningún destello de reverencia y alivio, ninguna señal del flujo de las experiencias de una vida. Los dos tleilaxu olían a fracaso. A cada momento que pasaba, Scytale sentía morir una parte de su ser.

El destino de nuestra raza depende de los actos de una colección inverosímil de desarraigados.
De un estudio Bene Gesserit sobre la condición humana
En su segunda vida, el barón Vladimir Harkonnen se desenvolvía bien. Con solo diecisiete años, el ghola despertado ya dirigía un gran castillo lleno de antiguas reliquias con un séquito de sirvientes que satisfacían cada capricho. Mejor aún, se trataba del castillo de Caladan, la sede de la Casa Atreides. En aquellos momentos estaba sentado en un trono de joyas negras fundidas, mirando a su alrededor en una enorme sala, mientras la servidumbre seguía con sus tareas. Pompa y grandeza, todos los arreos dignos de un Harkonnen.
Sin embargo, a pesar de las apariencias, el barón ghola tenía muy poco poder real y él lo sabía. La miríada de los Danzarines Rostro le había creado con un propósito muy concreto y, aunque ya había recuperado sus recuerdos, lo tenían atado muy corto. Aún había demasiadas preguntas importantes sin contestar, demasiadas cosas que quedaban fuera de su control. Y eso no le gustaba.
Los Danzarines Rostro parecían mucho más interesados en el joven ghola de Paul Atreides… al que ellos llamaban «Paolo». Él era el verdadero premio. Su líder, Khrone, decía que aquel planeta y el castillo restaurado existían con el solo propósito de despertar los recuerdos de Paolo. El barón no era más que un medio para lograr un propósito, con una importancia secundaria en el «asunto del kwisatz haderach».
Y estaba resentido con el crío. Paolo tenía solo ocho años y aún tenía mucho que aprender de su mentor, aunque el barón seguía sin entender qué querían realmente los Danzarines Rostro.
«Prepararlo, educarlo. Encargarte de que esté listo para cumplir su destino —es lo que Khrone había dicho—. Él debe satisfacer cierta necesidad.»
Cierta necesidad. Pero ¿cuál?
Eres su abuelo, dijo la irritante voz de Alia en su cabeza. Debes ocuparte de él. La muchacha le azuzaba continuamente. Desde el momento en que recuperó sus recuerdos, Alia había estado esperando en su mente. Su voz aún tenía un acento infantil, el mismo tono exacto que cuando lo mató con la aguja envenenada del gom jabbar.
—¡Preferiría ocuparme de ti, pequeña Abominación! —gritó el barón—. Retorcerte el cuello, estrujarte la cabeza… una, dos, tres veces. ¡Hacer que tu cráneo delicado estallara! ¡Ja!
Pero sería tu propio cráneo, barón.
El barón se llevó las manos a las sienes.
—¡Déjame en paz!
Viendo que no había nadie con su señor en la sala, los sirvientes lo miraron con inquietud. El barón bufó y volvió a recostarse en su titilante asiento negro. Después de abochornarle y enfurecerle, la voz de Alia susurró su nombre con tono provocativo una vez más y se desvaneció.
Y en ese momento, un Paolo altanero entró en la cámara, seguido por un séquito de andróginos Danzarines Rostro que actuaban a modo de protectores. El niño tenía un aire de seguridad que al barón le fascinaba y le desconcertaba a un tiempo.
El barón Vladimir Harkonnen y este otro Paul Atreides estaban inextricablemente unidos, se atraían y se repelían a la vez, como dos poderosos imanes. Cuando los recuerdos del barón fueron restaurados y cobró conciencia de quién era realmente, Paolo fue llevado a Caladan y entregado a sus atentos cuidados… con una clara advertencia sobre lo que le pasaría si algo le sucedía.
Desde su trono negro y elevado, el barón miró furioso a aquel jovencito avasallador. ¿Qué hacía que Paolo fuera tan especial? ¿Qué era el «asunto del kwisatz haderach»?
¿Qué sabía el Atreides?
Durante un tiempo, Paolo había sido un jovencito sensible, reflexivo, incluso atento; tenía una obstinada vena de bondad que el barón había tratado de erradicar con diligencia. Pero con el tiempo, y un adiestramiento lo bastante duro, estaba seguro de que podía doblegar incluso la honorable vena de un Atreides. ¡Y eso prepararía a Paolo para su destino, sí, señor! Aunque ocasionalmente el muchacho seguía debatiéndose con sus actos, habían hecho considerables progresos.
Paolo se detuvo con impertinencia ante la tarima. Uno de los Danzarines Rostro puso una antigua pistola en la mano del niño.
El barón se inclinó hacia delante para ver mejor, furioso.
—¿Pertenece esa pistola a mi colección privada? Te dije que no las tocaras.
—Es una reliquia de la Casa Atreides, así que tengo derecho a utilizarla. Una pistola de disco que perteneció a mi hermana, según la etiqueta.
El barón se revolvió en su trono, inquieto al ver aquella arma cargada tan cerca.
—Solo es una pistola de mujeres.
En el interior de los gruesos apoyabrazos negros del trono, el barón tenía escondidas otras armas, cualquiera de las cuales podría haber convertido fácilmente al muchacho en una masa sanguinolenta… mmm, un material perfecto para crear otro ghola, pensó.
—Aun así, es una reliquia valiosa y no quiero que se estropee por culpa de un niño descuidado.
—No la estropearé. —Paolo parecía pensativo—. Respeto los objetos que utilizaron mis antepasados.
Ansioso por evitar que el muchacho pensara demasiado, el barón se puso en pie.
—Entonces, ¿por qué no vamos fuera, Paolo? ¿Por qué no miramos cómo funciona? —Le dio una palmadita paternal en el hombro—. Y luego podemos matar algo con nuestras propias manos, como hicimos con los perros mestizos y las comadrejas.
Paolo parecía dudar.
—Otro día.
Aun así, el barón se lo llevó rápidamente de la sala del trono.
—Vamos a deshacernos de esas ruidosas gaviotas que rondan los vertederos. ¿Te había dicho lo mucho que me recuerdas a Feyd? Mi adorable Feyd.
—En más de una ocasión.
Bajo la vigilancia de los Danzarines Rostro, pasaron las dos siguientes horas en el montón de basura del castillo, disparando por turnos a aquellos pájaros escandalosos con la pistola de disco. Ajenas al peligro, las gaviotas se lanzaban y gritaban, peleándose por los pedazos de basura mojados por la lluvia. Paolo disparaba, luego el barón. A pesar de su antigüedad, la pistola era bastante certera. Cada disco giratorio y microdelgado troceaba a un pájaro y lo dejaba hecho una masa informe de carne y plumas. Y entonces las otras gaviotas se peleaban por los pedazos frescos de carne.
Entre los dos mataron catorce pájaros, aunque el barón no lo hizo ni de lejos tan bien como el niño, que demostraba una gran capacidad para apuntar a sangre fría. Cuando el barón levantó la pistola y apuntó con cuidado, la voz molesta de la niña volvió a resonar en su cabeza. Esa no es mi pistola, ¿lo sabías?
Él disparó y falló por un amplio margen. Alia rió tontamente.
—¿Cómo que no es tuya? —No hizo caso de la mirada desconcertada de Paolo, que le cogió el arma para disparar.
Es falsa. Yo nunca tuve una pistola de disco como esa.
—Déjame en paz. —¿Con quién hablas? —preguntó Paolo. El barón se metió la mano en el bolsillo y le dio a Paolo varias cápsulas de sustituto de melange, que el muchacho aceptó obedientemente. Le cogió el arma.
—No seas ridícula. El marchante de antigüedades me trajo un certificado de autenticidad y la documentación cuando me la vendió.
Abuelo, no tendrías que dejarte engañar tan fácilmente. Mi pistola disparaba discos más grandes. Esta es una imitación barata, y no tiene las iniciales del fabricante en el cañón como la auténtica.
El barón estudió los grabados de la empuñadura, volvió la pistola hacia su cara y examinó el corto cañón. No había iniciales.
—¿Y las otras cosas, las que supuestamente pertenecieron a Jessica y el duque Leto?
Algunas son reales, otras no. Dejaré que descubras por ti mismo qué es qué. El marchante, que conocía la afición del noble por comprar artefactos históricos, pronto volvería a Caladan. ¡Nadie se burlaba del barón! El barón ghola decidió que la próxima entrevista no sería tan cordial. Tendría que hacer algunas preguntas incisivas. La voz de Alia volvió a desvanecerse, y él se alegró de tener un momento de paz en su cabeza.
Paolo había consumido dos de las cápsulas naranjas, y cuando el sustituto de la melange empezó a hacer efecto, se desplomó sobre las rodillas y se quedó mirando beatíficamente al cielo.
—¡Veo una gran victoria en mi futuro! Estoy empuñando un cuchillo que gotea sangre. Estoy sobre mi enemigo… sobre mí mismo. —Frunció el ceño, y luego volvió a sonreír, gritando—: ¡Yo soy el kwisatz haderach! —Y entonces Paolo soltó un alarido espeluznante—. No… ahora me veo a mí mismo muriendo en el suelo, desangrándome. Pero ¿cómo puede ser si soy el kwisatz haderach? ¿Cómo puede ser?
El Danzarín Rostro que estaba más cerca cobró vida.
—Tenemos instrucciones para estar atentos a cualquier señal de presciencia. Debemos notificárselo a Khrone inmediatamente.
¿Presciencia?, pensó el barón. ¿O locura?
Dentro de su cabeza, la presencia de Alia rió.

Días después, el barón andaba a grandes zancadas por la parte alta del acantilado y miraba al mar. Caladan aún no tenía la adorable y negra capacidad industrial de su amada Giedi Prime, pero al menos había pavimentado los jardines de las zonas más próximas al castillo. El barón odiaba las flores, con sus colores estridentes y su olor nauseabundo. Él prefería el perfume del humo de una fábrica. Tenía grandes planes para convertir Caladan en otro Giedi Prime. El progreso era mucho más importante que ningún plan esotérico que los Danzarines Rostro pudieran tener para el joven Paolo.
En el nivel más bajo del castillo restaurado, donde otras grandes casas habrían preparado cámaras dedicadas a «actividades para el cumplimiento de la ley», la Casa Atreides había dedicado el espacio a almacenes de comida, una bodega de vino y un refugio de emergencia. El barón era un noble más tradicional, y había instalado calabozos, salas de interrogatorios y una cámara de tortura perfectamente equipada. En este nivel también tenía una sala de fiestas, donde llevaba con frecuencia a los jovencitos del pueblo pesquero.
No puedes borrar las señales de la Casa Atreides con unos cambios de maquillaje, abuelo, dijo la irritante voz de Alia. Prefería el antiguo castillo.
—¡Cállate, demonio! Tú tampoco estuviste nunca aquí en vida.
Oh, visité mi hogar ancestral cuando mi madre vivía aquí, cuando Muad’Dib era emperador y su yihad salpicó de sangre los sistemas estelares. ¿No te acuerdas, abuelo? En aquel entonces ¿no estabas dentro de mi cabeza?
—Ojalá tú no estuvieras dentro de la mía. ¡Yo nací antes que tú! No puedo tener tus recuerdos dentro de mí. ¡Eres una Abominación!
Alia chasqueó la lengua de una forma particularmente desconcertante. Sí, abuelo, soy eso y mucho más. Quizá por eso tengo el poder de estar dentro de ti. O quizá es que eres defectuoso… que estás loco. ¿Te has planteado la posibilidad de que puedas estar imaginándome? Es lo que todos creen.
Los sirvientes pasaban apresuradamente, lanzando miradas temerosas en su dirección. En ese momento el barón vio un vehículo terrestre avanzando laboriosamente por la empinada carretera que salía del puerto espacial.
—Ah, ahí viene nuestro invitado. —A pesar de la intrusión de Alia, esperaba que aquel fuera un día entretenido.
Cuando el vehículo terrestre se detuvo, un hombre alto se apeó del compartimiento trasero y avanzó entre las estatuas de los grandes Harkonnen que el barón había hecho erigir en el pasado año. Una plataforma suspensoria flotaba detrás del marchante de antigüedades, cargada con su mercancía.
¿Qué tienes pensado para él, abuelo?
—Lo sabes perfectamente. —Desde lo alto del muro, el barón se restregó las manos por la expectación—. Haz algo útil por una vez, Abominación. —Alia rió, pero sonó como si se estuviera riendo de él.
El barón bajó apresuradamente mientras un sirviente con aire atormentado acompañaba al visitante al interior. Shay Vendee era marchante de antigüedades, y para él siempre era un placer reunirse con uno de sus mejores clientes. Cuando entró seguido por su mercancía, su rostro redondo parecía radiante como un pequeño sol rojo.
El barón le recibió con un húmedo apretón de manos. Le sujetó la mano entre las suyas y la retuvo por unos instantes, apretando ligeramente fuerte.
El marchante se soltó.
—Cuando veáis lo que os traigo os maravillaréis, barón… es asombroso lo que se puede encontrar hurgando un poco. —Abrió uno de los cajones de la plataforma suspensora—. He reservado estos tesoros especialmente para vos.
El barón sacudió una mota de uno de los anillos enjoyados de sus dedos.
—Primero quería enseñarte algo, mi querido señor Vendee. Mi nueva bodega de vinos. Estoy muy orgulloso de ella.
Una mirada de sorpresa.
—¿Vuelven a estar en activo los viñedos danianos?
—Tengo otras fuentes.
Cuando el marchante desenganchó la plataforma suspensora, el barón lo acompañó a la penumbra de los pisos inferiores por una amplia escalera de roca. Ajeno al peligro, Vendee charlaba cordialmente.
—Antiguamente los vinos de Caladan eran famosos, y con razón. De hecho, he oído el rumor de que se encontró una reserva en las ruinas de Kaitan, botellas que se han conservado intactas en una burbuja de nulentropía. El campo de nulentropía impidió que el vino envejeciera… durante miles de años, pero incluso así debe de ser de una cosecha extraordinaria. ¿Queréis que mire si puedo conseguiros una o dos botellas?
El barón se detuvo al pie de la oscura
