Recuerdos (Las aventuras de Miles Vorkosigan 10)

Lois McMaster Bujold

Fragmento

Presentación para la edición original en NOVA

Presentación

para la edición original en NOVA

Debo reconocer que resulta un tanto difícil escribir la novena presentación de un libro de Lois McMaster Bujold sin repetirse demasiado, pero así son las cosas. La mujer que en diciembre de 1992 empezó a escribir casi involuntariamente, ha acabado convirtiéndose, sin ninguna duda, en la autora más popular de la ciencia ficción de la última década. Las aventuras de Miles Vorkosigan son una diversión segura e indiscutible. Por ello NOVA se enorgullece de haberla presentado al público español y de que sea, junto con Orson Scott Card, la autora con más títulos en nuestra colección.

En sólo seis años, la serie de aventuras protagonizada por Miles Vorkosigan ha obtenido cuatro premios Hugo, un Nebula y dos Locus. Los tres premios Hugo de novela larga obtenidos por Lois McMaster Bujold en esta serie se acercan al récord de Heinlein (cuatro Hugo de novela), y superan ya los dos Hugo de novela conseguidos a lo largo de toda una carrera por autores consagrados como Asimov, Clarke, Le Guin, Zelazny o Leiber. Un hito indiscutible en la historia del género.

Las narraciones de la mayor parte de esos libros de Lois McMaster Bujold están ambientadas en un mismo universo coherente, en el que se dan cita tanto los cuadrúmanos de EN CAÍDA LIBRE (premiada con el Nebula en 1988, y finalista del Hugo de 1989), como los planetas y los sistemas estelares que presencian las aventuras de Miles Vorkosigan, su héroe más característico. En el APÉNDICE de este volumen se incluye un esquema argumental del conjunto de los libros de ciencia ficción de Bujold aparecidos hasta hoy, ordenados según la cronología interna de la serie.

De hecho, tal como he indicado en otras ocasiones, el orden real de su publicación en inglés ha sido el siguiente:

Shards of Honor ( junio de 1986)

FRAGMENTOS DE HONOR (previsto en NOVA, año 2000)

The Warrior’s Apprentice (agosto de 1986)

EL APRENDIZ DE GUERRERO (NOVA, número33)

Ethan of Athos (diciembre de 1986)

ETHAN DE ATHOS (NOVA, número 106)

Falling Free (abril de 1988), premio Nebula 1988

EN CAÍDA LIBRE (NOVA, número 24)

Brothers in Arms (enero de 1989)

HERMANOS DE ARMAS (NOVA, número 122)

Borders of Infinity (octubre de 1989), premios Nebula 1989 y Hugo 1990 por «Las montañas de la aflicción» y premio Analog 1989 por «Laberinto», ambas novelas cortas incluidas en el libro.

FRONTERAS DEL INFINITO (NOVA, número 44)

The Vor Game (septiembre de 1990), premio Hugo 1991

EL JUEGO DE LOS VOR (NOVA, número 57)

Barrayar (octubre de 1991), premios Hugo y Locus 1992

BARRAYAR (NOVA, número 60)

Mirror Dance (marzo de 1994), premios Hugo y Locus 1995

DANZA DE ESPEJOS (NOVA, número 78)

Cetaganda (enero de 1996)

CETAGANDA (NOVA, número 89)

Memory (octubre de 1996)

RECUERDOS (NOVA, número 116)

Como ya he dicho, todas esas novelas se empezaron a escribir en diciembre de 1982. Según recuerda la misma Bujold: «Inspirada por el ejemplo de una escritora novel amiga mía, y acuciada por la difícil situación económica de la ciudad del Medio Oeste en donde vivía, me puse a escribir una novela.»

Ese primer trabajo dio lugar a tres libros, escritos entre 1982 y 1985, que se publicaron en edición de bolsillo en 1986. Es evidente que Lois tanteó al principio la viabilidad de diversos personajes principales: los padres de Miles en SHARDS OF HONOR, el mismo Miles en EL APRENDIZ DE GUERRERO y la comandante Elli Quinn (o tal vez el mismo Ethan) en ETHAN DE ATHOS. El impresionante éxito de EL APRENDIZ DE GUERRERO sumado al gran atractivo del personaje de Miles Vorkosigan, han llevado a que sea éste quien se haya convertido en el protagonista y personaje emblemático de una de las mejores y más amenas series de la moderna space opera, un subgénero esencial en la ciencia ficción.

Sin embargo, Bujold ha continuado narrando, por ejemplo, las aventuras de los padres de Miles en BARRAYAR (1991), obteniendo de nuevo el reconocimiento y el favor del público. Posteriormente el editor ha unido las aventuras de los padres de Miles (SHARDS OF HONOR y BARRAYAR) en un único volumen titulado CORDELIA’S HONOR (publicado en inglés en noviembre de 1996).

Por otra parte, la aparición de Mark, el hermano-clon de Miles, en HERMANOS DE ARMAS o DANZA DE ESPEJOS ha introducido nuevos elementos en la serie, que parece tender a una mayor introspección psicológica sin olvidar el trasfondo de aventuras que la han caracterizado hasta el momento.

No me resisto a citar el final del texto con el que la propia Lois presentaba la edición en un solo volumen de las aventuras de los padres de Miles Vorkosigan: FRAGMENTOS DE HONOR y BARRAYAR:

Con el tiempo he ido descubriendo que el proceso de crecimiento es casi como el trabajo de la casa: nunca se termina. No es una meta que se alcance de una vez por todas. Miles, su familia y amigos se han convertido en mi vehículo para explorar la identidad, en lo que promete ser una continuada fascinación. Todavía no he llegado al final de esta historia, ni lograré hacerlo nunca, mientras siga aprendiendo cosas nuevas sobre lo que significa ser humano.

Ya en la presentación de EL APRENDIZ DE GUERRERO (1989, NOVA, número 33), una novela que me divirtió y sorprendió gratamente, expuse las razones que, a mi juicio, aseguraban el éxito de la saga de Vorkosigan: «Grandes dosis de inteligencia, mucha ironía y, sobre todo, una gran habilidad narrativa al servicio de un personaje llamado a convertirse en un clásico en la historia de la ciencia ficción.»

Ahora me atrevería a añadir algo que la propia Lois cuenta, casi como si lo considerara un error de aprendizaje (aunque, evidentemente, no lo es en absoluto), respecto del tratamiento narrativo de FRAGMENTOS DE HONOR:

[en esas primeras novelas], el único plan que tenía para estructurar el material era insertar un aparato de escucha en el cerebro del protagonista y seguirla sin cesar a través de las primeras semanas de acción.

La realidad es que ese aparato de escucha, o tal vez el cerebro de sus personajes principales, tiene un algo especial que reclama y mantiene la atención del lector de forma francamente poco usual. De ahí el éxito que, a estas alturas, nadie puede discutir.

Para centrarnos ya en este RECUERDOS que hoy presentamos, creo sinceramente que puede llegar a representar un curioso punto de inflexión en la serie. Tal vez debido a una presunta crisis de los treinta años, Miles Vorkosigan se enfrenta a las incertidumbres de su propio futuro, precisamente cuando su papel más querido, el de almirante Naismith comandante de los mercenarios Dendarii, está claramente en peligro.

Morir es fácil. En cambio, volver a la vida resulta extremadamente difícil. Miles Vorkosigan lo sabe por experiencia: en Jackson’s Whole murió y luego fue criorresucitado. Sin embargo, el proceso ha tenido efectos secundarios inesperados: esa criorresurrección ha dejado secuelas en su cerebro, y Miles ha de abandonar, tal vez para siempre, su cargo como almirante Naismith comandante de los mercenarios Dendarii. Sólo le queda una opción: aceptar su aburrido papel como aristocrático Lord Vorkosigan en la formal y militarizada sociedad Vor de Barrayar.

Mientras tanto, premeditadamente o por azar, el Emperador Gregor se enamora de quien no debe; justo cuando Simon Illyan, el jefe de la Seguridad Imperial, parece tener graves problemas con el chip experimental de memoria eidética que lleva alojado en su cerebro desde hace 35 años.

El desafío para un Miles atormentado por su propio e incierto destino es, ahora, resolver dos nuevos misterios: la identidad y los posibles motivos del atacante de Illyan, y la naturaleza de su propia y compleja personalidad.

Tal como decía la misma Lois, se trata de explorar el significado y el contenido de la propia personalidad. Si la acumulación de recuerdos conforma nuestra verdadera identidad personal, ¿qué ocurre cuando empezamos a dudar de ellos? Miles tendrá que averiguarlo. El interés y la amenidad, como siempre ocurre en las novelas de Lois McMaster Bujold, están asegurados.

Para finalizar, en respuesta a las amables solicitudes de información por parte de algunos lectores devotos de Bujold y su principal personaje, les diré que en 1998 hemos tenido un Bujold añejo y particularmente querido por la propia autora y por este editor..., ETHAN DE ATHOS (NOVA, número 106), además de un nuevo título, este RECUERDOS (NOVA, número 116) que hoy presentamos y que ha sido finalista del premio Hugo de 1997.

Para 1999 les prometo la recuperación de la primera aparición en la serie del hermano-clon de Miles (HERMANOS DE ARMAS, prevista en NOVA, posiblemente número 123) y, en el segundo semestre del año, KOMARR, la nueva aventura de Miles Vorkosigan aparecida en inglés en 1998.

Quedará sólo para la recuperación de antiguos títulos de la saga de Vorkosigan ese FRAGMENTOS DE HONOR, escrito en 1983 y con el cual se inició la serie. Precisamente con ese título esperamos iniciar el año 2000 en nuestra colección NOVA.

Que ustedes lo disfruten.

MIQUEL BARCELÓ

A Trudie senior y Trudie junior

Capítulo 1

1

Miles recuperó el conocimiento pero mantuvo los ojos cerrados. Su cerebro parecía arder con las confusas ascuas de algún feroz sueño, informe y evanescente. Lo asaltó la temible convicción de que habían vuelto a matarlo, hasta que el recuerdo y la razón empezaron a situar esta fragmentada experiencia.

Sus otros sentidos trataron de hacer inventario. Estaba en cerogé, su corto cuerpo tendido plano, atado a una superficie y cubierto por lo que parecía un fino vendaje médico militar estándar. ¿Herido? Al parecer todos sus miembros seguían en su lugar y en buen estado. Aún llevaba el traje ligero que recubría su armadura espacial, ahora desaparecida. Las ataduras no eran fuertes. El complejo aroma de aire refiltrado muchas veces, frío y seco, le hacía cosquillas en la nariz. Liberó con disimulo un brazo, cuidando de no agitar la venda, y se palpó el rostro lampiño. No había guías de control, ni sensores, ni sangre... ¿Dónde están mi armadura, mis armas, mi casco de mando?

La misión de rescate había salido tan bien como de costumbre. Junto con la capitana Quinn y su patrulla habían penetrado en la nave de los secuestradores y encontrado la prisión. Se abrieron paso hasta el oficial correo de SegImp, el barrayarés teniente Vorberg, aún vivo aunque atiborrado de sedantes. El tecnomed había declarado al rehén libre de trampas químicas o mecánicas, y comenzaron el animado viaje a través de los oscuros pasillos de regreso a la lanzadera de combate Dendarii. Los secuestradores, muy ocupados en otra parte, no habían hecho ningún intento de perseguirlos. ¿Qué salió mal?

Los sonidos a su alrededor eran tranquilos: el pitido del equipo, el siseo de la atmósfera reciclándose con normalidad, el murmullo de voces. Un bajo gemido animal. Miles se lamió los labios, sólo para asegurarse de que el sonido no procedía de él mismo. Puede que no estuviera herido, pero alguien cercano no se hallaba en buena forma. Un fuerte olor a antisépticos escapaba a los filtros. Abrió un poquito los ojos, preparado para hacerse el inconsciente de nuevo y pensar rápido si se encontraba en manos enemigas.

Pero estaba (a salvo, esperaba) en su propia lanzadera de combate de la Flota Dendarii, atado a uno de los cuatro camastros desplegables situados en la parte trasera del fuselaje. La estación médica de emergencia le era familiar, aunque normalmente no la contemplaba desde este punto de vista. El tecnomed del Escuadrón Azul, que le daba la espalda, atendía un camastro emplazado al otro lado del pasillo, donde había otra forma atada. Miles no pudo ver ninguna bolsa con cadáveres. Sólo otra baja. Podría haber añadido «bien», pero se suponía que no iba a haber ninguna baja.

Miles corrigió su pensamiento: Sólo una baja. Un violento dolor de cabeza pulsaba en la base de su cráneo. Pero no tenía quemaduras de arcos de plasma, ni sentía parálisis por los disruptores neurales. Ningún tubo intravenoso o inyector de hipospray perforaba su cuerpo, introduciendo sustitutos sanguíneos o sinergina contra el shock. No flotaba en una bruma narcótica de analgésicos, y ningún vendaje de presión lastraba sus más mínimos movimientos. Ningún bloqueador de sentidos. El dolor de cabeza parecía una migraña postaturdidor. ¿Cómo demonios consiguieron aturdirme con la armadura de combate puesta?

El tecnomed Dendarii, aún con la armadura de combate pero sin casco ni guantes, se volvió y vio los ojos abiertos de Miles.

—¿Está despierto, señor? Se lo notificaré a la capitana Quinn.

Gravitó brevemente sobre el rostro de Miles, y lanzó una luz a sus ojos, para comprobar sin duda la respuesta anormal de las pupilas.

—¿Cuánto tiempo he estado... inconsciente? ¿Qué ha ocurrido?

—Ha tenido una especie de ataque, o una convulsión. Sin causa aparente. El equipo de campo, en busca de toxinas, no encontró nada; pero es muy básico. Lo examinaremos a conciencia cuando volvamos a la enfermería de la nave.

No he muerto otra vez. Peor. Son más residuos de la última vez. Oh, demonios. ¿Qué he hecho? ¿Qué han visto?

Prefería haber... bueno, no. No prefería que le hubieran alcanzado con un disruptor neural. Pero casi.

—¿Cuánto tiempo? —repitió.

—El ataque ha durado cuatro o cinco minutos.

Desde luego, habían hecho falta más de cinco minutos para traerlo desde allí hasta aquí.

—¿Y luego?

—Me temo que ha estado inconsciente durante una media hora, almirante Naismith.

Nunca había estado fuera de combate tanto tiempo. Éste era el peor ataque de todos, con diferencia. Había rezado para que el último lo fuera. Habían pasado más de dos meses desde el breve colapso previo, del cual nadie había sido testigo. Maldición, estaba seguro de que la medicación funcionaba.

Trató de liberarse, luchando con la venda calorífica y las correas del camastro.

—Por favor, no trate de levantarse, almirante.

—Tengo que recabar unos informes.

El tecnomed colocó una cautelosa mano sobre su pecho, y lo empujó de vuelta al camastro.

—La capitana Quinn me ordenó que lo sedara si trataba de levantarse, señor.

Miles casi ladró: ¡Y yo revoco esa orden! Pero ahora no parecían estar en mitad de un combate, y el tecno tenía una mirada acerada en los ojos, la de un hombre dispuesto a cumplir con su deber no importa a qué precio. Sálvame de los virtuosos.

—¿Por eso he estado tanto tiempo inconsciente? ¿Me sedaron?

—No, señor. Sólo le suministré sinergina. Sus signos vitales eran estables, y no quise suministrarle nada más hasta saber con más exactitud con qué nos enfrentábamos.

—¿Qué hay de mi escuadrón? ¿Salieron todos? El rehén barrayarés, ¿lo sacamos sin problemas?

—Todos salieron bien. El barrayarés, um... vivirá. Le corté las piernas. Hay una buena probabilidad de que la cirujana consiga volver a unírselas.

El tecnomed miró a su alrededor, como buscando ayuda.

—¿Qué? ¿Cómo resultó herido?

—Uh... Llamaré a la capitana Quinn, señor.

—Hágalo —gruñó Miles.

El tecnomed se lanzó en caída libre, y murmuró algo con urgencia por un intercomunicador emplazado en la pared opuesta. Regresó junto a su paciente. ¿El teniente Vorberg? Las intravenosas inyectaban plasma y medicamentos al hombre a través del brazo y el cuello. El resto de su cuerpo estaba cubierto por una venda calorífica. A una señal luminosa emitida desde la proa, el tecnomed se ató rápidamente a su asiento de salto, y la lanzadera ejecutó una rápida serie de aceleraciones, deceleraciones y ajustes de posición, preparándose para atracar en su nave madre.

Naturalmente, después de atracar sacaron primero al rehén herido. En dos partes. Miles apretó la mandíbula al ver al soldado agarrado a un gran contenedor de frío que seguía al tecnomed y la plataforma flotante. Pero no se veía demasiada sangre. Miles, harto de esperar a Quinn, se estaba soltando de sus ataduras médicas cuando ella apareció en la cubierta y flotó por el pasillo hasta él.

Se había quitado el casco y los guantes de su armadura espacial, y retirado la capucha del traje para liberar sus rizos oscuros, aplastados por el sudor. Su rostro bellamente esculpido estaba pálido de tensión, los ojos marrones oscurecidos por el miedo. Pero su pequeña Flota de tres naves no se encontraba en peligro inminente, pues en ese caso estaría atendiendo a la Flota, no a él.

—¿Estás bien? —preguntó con rudeza.

—Quinn, qué... no. Dame primero un informe general de la situación.

—El Escuadrón Verde sacó a la tripulación de la nave secuestrada. A todos. El equipo ha sufrido algunos daños... la compañía de seguros no va a estar tan contenta como la última vez, pero nuestro Bono de Vida está a salvo.

—Da gracias a Dios y a la sargento Taura. ¿Y nuestros secuestradores?

—Tomamos su nave grande y diecinueve prisioneros. Tres enemigos muertos. Todo seguro allí; nuestra tripulación está a bordo, limpiando. Seis o siete hijos de puta escaparon en su esquife de salto. Su armamento es débil. Tan lejos del punto de salto más cercano, el Ariel puede derribarlos a placer. Es decisión tuya, quedarnos aquí y volarlos, o intentar capturarlos.

Miles se frotó la cara.

—Interroga a esos prisioneros. Si éste es el mismo grupo sanguinario que apresó al Solera el año pasado, y asesinó a todos los pasajeros y la tripulación, la Estación Vega pagará una buena recompensa, y podremos cobrar tres veces la misma misión. Ya que los veganos ofrecen la misma recompensa por la prueba de sus cabezas, grabadlo todo con cuidado. Exigiremos la rendición. Una sola vez —suspiró—. Deduzco que las cosas no salieron exactamente según el plan. Nuevamente.

—Eh. Una acción de rescate de rehenes que consigue que todos salgan con vida es un éxito, lo mires como lo mires. Suponiendo que la cirujana de nuestra Flota no recoloque las piernas de tu pobre barrayarés al revés o cambiadas de sitio, es un éxito al cien por cien.

—Er... sí. ¿Qué pasó cuando yo... caí? ¿Qué le pasó a Vorberg?

—Fuego amigo, por desgracia. Aunque no parecía muy amistoso en ese momento. Tú caíste... y nos diste una sorpresa de muerte. Tu traje emitió un montón de telemetría basura, y luego tu arco de plasma se atascó. —Se pasó las manos por el cabello.

Miles contempló el pesado arco de plasma de servicio insertado en el brazo derecho de la armadura de Quinn, idéntico al suyo propio. El corazón se le hundió en el revuelto estómago.

—Oh, no. Oh, mierda. No me lo digas.

—Eso me temo. Le cortaste las piernas a tu propio rehén rescatado. De lo más limpio. Por suerte, supongo, el rayo las cauterizó mientras cortaba, así que no se murió desangrado. Y estaba tan atiborrado de drogas que no creo que sintiera mucho dolor. Por un momento creí que algún enemigo había tomado tu traje por control remoto, pero los ingenieros juran que eso ya no es posible. Volaste un puñado de paredes... Tuvimos que sentarnos cuatro sobre tu brazo hasta que pudimos traer el abrelatas del tecnomed para que entrara en tu armadura y te desconectara. Te sacudías con ganas. Casi nos llevaste a todos por delante. A la desesperada, te disparé con el aturdidor en la nuca, y te quedaste inerte. Temí haberte matado.

Quinn estaba un poco agitada mientras describía todo esto. Su hermoso rostro, después de todo, no era el original, sino un recambio colocado después de su propio encuentro violento con fuego de plasma, hacía más de una década.

—Miles, ¿qué demonios te pasó?

—Creo que tuve... una especie de ataque. Como epilepsia, pero no deja ninguna marca neuronal. Me temo que podría ser un efecto secundario de mi criorresurrección del año pasado.

Sabes condenadamente bien que lo es. Se tocó las cicatrices gemelas situadas a cada lado de su cuello, ahora débiles y pálidas, leves recuerdos de aquel acontecimiento. El tratamiento de emergencia de Quinn con el aturdidor explicaba su larga pérdida de sentido y el subsiguiente dolor de cabeza. Así que los ataques no eran peores que antes...

—Oh, cielos —dijo Quinn—. Pero ésta es la primera vez que... —Hizo una pausa, y lo miró con más atención. Su voz se volvió neutra—. Ésta no es la primera vez que te pasa.

El silencio se prolongó. Miles se obligó a hablar antes de que chasqueara.

—Me ha sucedido tres o cuatro —o cinco— veces después de regresar de la estasis. Mi cirujano de criorresurrección dijo que podrían desaparecer sin más, igual que sucedió con la pérdida de memoria y la falta de aliento. Y después de eso parecieron cesar.

—¿Y SegImp te dejó salir a una misión de campo encubierta con esa clase de bomba de relojería en la cabeza?

—SegImp... no lo sabe.

—Miles...

—Elli —dijo él, desesperado—, me retirarían del servicio, sabes que lo harían. Me clavarían las botas al suelo tras alguna mesa de despacho en el mejor de los casos. Licencia médica en el peor... y eso sería el fin del almirante Naismith. Para siempre.

Ella se quedó inmóvil, anonadada.

—Decidí que si los ataques volvían trataría de resolverlos por mi cuenta. Pensé que lo había hecho.

—¿Lo sabe alguien?

—No... muchos. No quería arriesgarme a que llegara a oídos de SegImp. Se lo dije a la cirujana de la Flota Dendarii. Le hice jurar que lo mantendría en secreto. Estábamos trabajando en un diagnóstico causal. No hemos llegado demasiado lejos aún. Su especialidad es la traumatología, después de todo.

Sí, como quemaduras de arcos de plasma, y recolocación de miembros. Al menos el teniente Vorberg no estaría ahora en mejores manos ni en más experimentadas aunque pudiera ser transportado mágicamente en un instante de vuelta al Hospital Militar Imperial de Barrayar.

Los labios de Quinn se tensaron.

—Pero no me lo dijiste a mí. Al margen de nuestra relación personal, ¡soy tu segunda al mando en esta misión!

—Tendría que habértelo dicho. Es obvio al mirarlo retrospectivamente.

Y no ver nada.

Quinn contempló el fuselaje de la nave; un tecnomed del Peregrine sacaba una plataforma flotante por la escotilla.

—Tengo que supervisar la limpieza. Vas a quedarte en la maldita enfermería hasta que regrese, ¿de acuerdo?

—¡Vuelvo al servicio ahora mismo! Podrían pasar meses antes de que vuelva a suceder. Si es que sucede.

¿De acuerdo? —repitió Quinn entre dientes, dirigiéndole una dura mirada.

Miles pensó en Vorberg, y se vino abajo.

—De acuerdo —murmuró.

—Gracias —siseó ella.

Miles rechazó la plataforma flotante e insistió en caminar, pero siguió al tecnomed, sintiéndose horriblemente sometido. Estoy perdiendo el control de esto...

En cuanto Miles llegó a la enfermería, un ansioso tecno le realizó una exploración cerebral, le sacó sangre, tomó muestras de cada fluido que podía exudar su cuerpo, y volvió a comprobar cada uno de sus signos vitales. Después de eso, no hubo mucho que hacer sino esperar a la cirujana. Miles se retiró discretamente a una pequeña sala de reconocimiento; y su ayuda de cámara le trajo el uniforme de la nave. El hombre parecía inclinado a gravitar solícito y Miles, irritado, lo despidió.

Se quedó a solas en una habitación silenciosa sin nada que hacer sino pensar, posiblemente un error táctico. Se podía confiar a Quinn la operación de limpieza, o de lo contrario, ¿por qué la había nombrado su mano derecha? Se había hecho cargo de manera harto competente la última vez que le habían retirado violentamente de la cadena de mando, el pecho volado por la granada de agujas de aquel francotirador en la misión en Jackson’s Whole.

Se levantó, se abrochó los pantalones grises, y estudió su torso, pasando los dedos por el extenso entramado de quemaduras arácnidas que se borraban poco a poco de su piel. La cirujana jacksoniana de criorresurrección había hecho un trabajo soberbio. Su nuevo corazón y pulmones, así como otros órganos diversos, casi se habían desarrollado ya del todo, y funcionaban por completo. Con las últimas adiciones, los quebradizos huesos que lo habían soportado desde su nacimiento habían sido reemplazados casi en su totalidad por otros sintéticos. Puesta a ello, la criocirujana incluso le había enderezado la espalda; apenas le quedaba un leve rastro de la joroba que, unida a su estatura de enano, había hecho que sus colegas barrayareses murmuraran ¡Mutante! cuando pensaban que no los oía. Incluso había ganado un par de centímetros de altura, y con un poco más de gasto, pero era importante para él. La fatiga no se le notaba. A ojos de los demás, se encontraba en mejor forma física que nunca a sus casi treinta años de vida.

Sólo queda un pequeño resquemor.

De todas las amenazas que siempre habían ensombrecido su carrera tan duramente labrada, ésta era la más elusiva, la menos esperada... la más fatal. Había trabajado con apasionada concentración y vencido todas las dudas referidas a sus discapacidades físicas, abriéndose paso hasta su elevada posición como el agente de asuntos galácticos más creativo de la Seguridad Imperial Barrayana. Donde no conseguían llegar las fuerzas regulares del Imperio de Barrayar, superando barreras políticas y de distancia en el entramado de rutas de salto de agujeros de gusano que unían la galaxia, una flota mercenaria supuestamente independiente podía moverse a sus anchas. Miles había pasado una década perfeccionando su identidad falsa de «almirante Naismith», autoproclamado líder de la Flota Mercenaria de los Dendarii Libres. Rescates peligrosos, nuestra especialidad.

Como la misión actual. La sanguinaria tripulación de secuestradores se había quedado sin suerte el día en que robó un carguero desarmado propiedad de Amanecer Zoave, y descubrió que era el premio gordo del lote en forma de un correo imperial barrayarés que transportaba en secreto notas de crédito e información diplomática vital. Si los secuestradores hubieran tenido el más mínimo sentido de la autoconservación, habrían entregado inmediatamente al teniente Vorberg y sus paquetes, intactos, al punto de salto más cercano y con toda clase de disculpas.

En cambio, habían tratado de venderlo al mejor postor. Mátenlos a todos, había murmurado el jefe de SegImp, Simon Illyan. El diablo reconocerá a los suyos. Luego confió los detalles a Miles. El Emperador no aprobaba que personas no autorizadas molestaran a sus correos. O los torturaran, o trataran de venderlos como si fueran trozos de carne atiborrada de información. Era una misión en la que, aunque el patrocinador oficial de la Flota Dendarii era la compañía de seguros que cubría la nave de Amanecer Zoave, no haría daño revelar que su colaborador era el Imperio de Barrayar. Buena publicidad para la protección del próximo correo que se topara con un similar caso de mala suerte.

Suponiendo que fuera suerte. Miles ansiaba ir a supervisar el interrogatorio de los prisioneros. La segunda gran preocupación de Illyan, después de recuperar a Vorberg con vida, era determinar si el correo había sido secuestrado por accidente o a propósito. Si era lo segundo... alguien tenía que hacer alguna investigación interna. En general, Miles estaba enormemente satisfecho de que ese tipo de trabajo sucio no cayera en su ámbito de experiencia.

La cirujana, aún vestida con su bata esterilizada, llegó por fin. Se puso en jarras, miró a Miles, y suspiró. Parecía cansada.

—¿Cómo está el barrayarés? —aventuró Miles—. ¿Se... um, recuperará?

—No está demasiado mal. Los cortes fueron muy limpios, y por suerte justo por debajo de las articulaciones de las rodillas, lo que nos ahorró un montón de complicaciones. Será unos tres centímetros más bajito después de esto.

Miles dio un respingo.

—Pero estará en pie para cuando regrese a casa —añadió ella—, siempre que tardemos unas seis semanas.

—Ah. Bien.

Pero supongamos que la andanada al azar del arco de plasma hubiera alcanzado a Vorberg en las rodillas. O un metro más arriba, cortándolo por la mitad. Había límites para los milagros que incluso su experta cirujana Dendarii podía realizar. No habría sido un punto ventajoso para su carrera, después de que Miles le hubiera asegurado a su jefe de SegImp que podría rescatar a Vorberg sin apenas despeinarse, hacerlo en una bolsa de cadáveres. Dos bolsas de cadáveres. Miles se sintió mareado, invadido por una extraña mezcla de alivio y horror. Oh, Dios, no me va a gustar nada explicarle esto a Illyan.

La cirujana estudió los datos de Miles, murmurando ensalmos médicos.

—Estamos aún en lo básico. No aparece ninguna anormalidad obvia. La única forma de averiguar algo sobre esto es hacer un estudio mientras sufre un ataque.

—Diablos, creía que me había hecho todo tipo de estimulación, electroshock y pruebas conocidas por la ciencia para tratar de conseguir algo en el laboratorio. Pensaba que las píldoras que me suministró lo habían dejado bajo control.

—¿El anticonvulsivo estándar? ¿Se lo tomó adecuadamente? —Lo miró, recelosa.

Sí —contuvo las protestas algo más profanas—. ¿Se le ha ocurrido probar con algo más?

—No, por eso le di ese monitor para que lo llevara puesto. —Miró la sala pero no encontró el aparato—. ¿Dónde está?

—En mi camarote.

Exasperada, ella apretó los labios.

—Déjeme adivinar. No lo llevaba en ese momento.

—No cabía bajo la armadura de combate.

Apretó la mandíbula.

—¿No podría habérsele ocurrido al menos... desconectar sus armas?

—Difícilmente sería de ayuda para mi escuadrón en una emergencia si fuera desarmado. Bien podría haberme quedado a bordo del Peregrine.

Usted fue la emergencia. Y desde luego tendría que haberse quedado a bordo del Peregrine.

O allá en Barrayar. No obstante, asegurar la persona de Vorberg era la parte más crítica de la operación, y Miles era el único oficial Dendarii a quien SegImp confiaba códigos de reconocimiento del Imperio de Barrayar.

—Yo... —Se mordió la lengua para no dar inútiles excusas, y empezó otra vez—. Tiene razón. No volverá a suceder, hasta que... resolvamos esto. ¿Qué haremos a continuación?

Ella abrió las manos.

—He realizado todas las pruebas que conozco. Obviamente, el anticonvulsivo no es la respuesta. Esto es una especie de daño criogénico idiosincrático a nivel celular o subcelular. Tiene que acudir al mejor especialista en crioneurología que pueda encontrar para que le revise la cabeza.

Él suspiró y se encogió de hombros bajo la camiseta negra y la chaqueta gris de su uniforme.

—¿Hemos acabado ya? Necesito urgentemente supervisar el interrogatorio de los prisioneros.

—Supongo. —Ella hizo una mueca—. Pero háganos un favor a todos. No vaya armado.

—Sí, señora —asintió él con humildad, y escapó.

Capítulo 2

2

Miles estaba sentado ante la segura comuconsola de su camarote a bordo del Peregrine, redactando lo que parecía el informe clasificado número mil para el jefe de la Seguridad Imperial Barrayana, Simon Illyan. Bueno, no era el número mil, eso era absurdo. No podía haber llevado a cabo más de tres o cuatro misiones por año de media, y llevaba en ello menos de una década, desde que la aventura de la invasión vervaina lo había hecho todo oficial. Menos de cuarenta misiones. Pero ya no podía numerarlas sin pararse a contar, y sumarlas, y eso no era tampoco un efecto secundario de crioamnesia.

Mantente organizado, chico. Su sinopsis personal no tenía que ser más que una breve guía para los apéndices de datos pelados, extraídos de los archivos propios de la Flota Dendarii. A los analistas de inteligencia de Illyan les gustaba tener montones de datos puros que roer. Eso los mantenía ocupados, allá en sus pequeños cubículos en las entrañas del cuartel general de SegImp en Vorbarr Sultana. Y entretenidos también, temía a veces Miles.

El Peregrine, el Ariel, y el resto del selecto grupo de batalla del «almirante Naismith» orbitaba ahora el planeta de Amanecer Zoave. El contable de la Flota había pasado dos días muy ocupado, liquidando con la compañía de seguros que finalmente había recuperado su carguero y su tripulación, aplicando tarifas salvajes a las naves capturadas de los secuestradores, y rellenando las peticiones oficiales de botín para la Embajada de la Estación Vega. Miles introdujo en su informe las hojas de debe/haber como Apéndice A.

Los prisioneros habían sido enviados abajo, para que los Gobiernos vegano y zoavano se los dividieran entre ellos... preferiblemente en el mismo sentido en que había sido dividido el pobre Vorberg. Los ex secuestradores eran mala gente. Miles casi sentía que el esquife se hubiera rendido. El Apéndice B contenía copias de las grabaciones Dendarii de los interrogatorios. Los Gobiernos de allá abajo recibirían una edición corregida de éstas: casi todas las preguntas y respuestas referidas específicamente a Barrayar habrían sido eliminadas. Montones de testimonios de delitos de poco interés directo para SegImp, aunque los veganos se pondrían como locos de contento.

Lo importante, desde el punto de vista de Illyan, era que no se había obtenido ninguna prueba que indicara que el secuestro del correo barrayarés fuera algo más que un efecto secundario accidental del secuestro de la nave. A menos (Miles se había asegurado de anotar esto en su sinopsis) que la información hubiera sido sólo del conocimiento de los secuestradores que habían resultado muertos. Ya que entre éstos se encontraban los dos capitanes y dos de los oficiales de más alta graduación, había bastantes posibilidades en esta dirección para que los analistas de Illyan se ganaran la paga. Pero esa pista debía ser seguida ahora desde el otro extremo, a través de los representantes de la Casa Hargraves que habían tratado de negociar la venta o el rescate del correo con los secuestradores. Miles esperaba cordialmente que SegImp enfocara sus mejores atenciones negativas en la semicriminal Gran Casa Jacksoniana. Aunque, de forma involuntaria, los agentes de la Casa Hargraves habían sido extremadamente útiles a la hora de ayudar a los Dendarii a realizar su acción.

A Illyan debería gustarle el informe del contable. Los Dendarii no sólo habían conseguido esta vez ajustar sus gastos al presupuesto, sino que, para variar, habían obtenido unos beneficios verdaderamente sorprendentes. Illyan, dispuesto a gastar marcos imperiales como agua, había conseguido recuperar a su oficial gratis. Somos buenos, ¿eh?

Entonces... ¿cuándo iba a conseguir por fin el eficiente teniente de SegImp, Lord Miles Vorkosigan, aquel ansiado ascenso a capitán? Era extraño, pero su rango barrayarés le parecía a Miles más real que el Dendarii. Cierto, se había autoproclamado almirante primero y se lo había ganado más tarde, pero a estas alturas nadie podía decir que no se hubiera convertido en lo que una vez había pretendido ser. Desde el punto de vista galáctico, el almirante Naismith era completamente sólido. Era todo cuanto había dicho ser. Su identidad barrayana constituía simplemente una dimensión añadida. ¿Un apéndice?

No hay ningún lugar como el hogar.

No he dicho que no hubiera nada mejor. Sólo dije que no hay nada igual.

Esto lo llevó al Apéndice C, que contenía las grabaciones de las armaduras de combate Dendarii con las secuencias del abordaje y la recuperación del rehén, el Escuadrón Verde de la sargento Taura y su rescate de la tripulación del carguero, y su propio Escuadrón Azul y toda aquella... serie de acontecimientos. Con el sonido íntegro y a todo color, y la telemetría médica y de comunicaciones de todos sus trajes. Morbosamente, Miles repasó las grabaciones en tiempo real del ataque y sus desafortunadas consecuencias. La grabación vid del traje #060 contenía algunos primeros planos magníficos del teniente Vorberg, arrancado de su drogado estupor, gritando agónicamente y desplomándose inconsciente en una dirección mientras sus piernas cercenadas lo hacían en otra. Miles descubrió que se había inclinado y se llevaba las manos al pecho empáticamente.

Éste no iba a ser un buen momento para darle la lata a Illyan pidiendo un ascenso.

El convaleciente Vorberg había sido entregado el día anterior a la oficina del Consejo Barrayarés en Amanecer Zoave, para que lo enviaran a casa a través de los canales normales. Miles estaba secretamente agradecido de que su posición encubierta le hubiera evitado tener que ir a la enfermería y pedir disculpas personalmente al tipo. Antes del accidente con el arco de plasma Vorberg no le había visto la cara, oculta como estaba por el casco de la armadura de combate, y después, por supuesto... Según la cirujana Dendarii, Vorberg sólo tenía un neblinoso y confuso recuerdo de su rescate.

Miles deseaba poder borrar todo el registro del Escuadrón Azul de su informe. Imposible, por desgracia. La desaparición de la secuencia más interesante atraería la atención de Illyan con tanta seguridad como una señal de humo en lo alto de una montaña.

Naturalmente, si borraba todo el apéndice, todas las grabaciones del pelotón, quedaría camuflado en la ausencia general...

Miles pensó con qué sustituir el Apéndice C. En el pasado había escrito sinopsis bastante breves o vagas de sus misiones, debido a la presión de los acontecimientos o con la excusa del cansancio. Debido a un fallo de funcionamiento, el arco de plasma del brazo derecho del traje #032 se atascó en la posición de «conectado». Durante los minutos de confusión que precedieron a la corrección de ese fallo, el sujeto fue desafortunadamente alcanzado por el rayo de plasma...

No era culpa suya si el lector lo interpretaba como un fallo del traje y no de su portador.

No. No podía mentirle a Illyan. Ni siquiera en voz pasiva.

No estaría mintiendo. Sólo estaría acortando la longitud de mi informe.

No era factible. Seguro que pasaría por alto algún diminuto detalle corroborativo en uno de los otros archivos, y los analistas de Illyan lo detectarían, y entonces tendría problemas diez veces peores.

No es que hubiera mucho en las otras secciones referente a aquel pequeño incidente.

No sería tan difícil pasar por alto el informe entero.

Es una mala idea.

Con todo... sería interesante. Podría tener el trabajo de leer los informes de campo algún día, Dios no lo quisiera. Sería educativo probar hasta qué punto era posible colar embustes. Por simple curiosidad, grabó el informe completo, hizo una copia, y empezó a juguetear con ella. ¿Qué mínimas alteraciones y supresiones se requerían para borrar la vergüenza de un agente de campo?

Sólo tardó unos veinte minutos.

Contempló el producto finalizado. Era una verdadera obra de arte. Se sentía un poco mal del estómago. Esto podría meterme entre rejas.

Sólo si me capturaran. Le parecía como si toda su vida se hubiera basado en ese principio; había vencido a asesinos y médicos, superado las regulaciones del servicio, las restricciones de su rango Vor... había vencido a la misma muerte, plenamente demostrado. Incluso puedo moverme más rápido que tú, Illyan.

Consideró la actual situación de los observadores independientes de Illyan en la Flota Dendarii. Uno estaba destinado al cuerpo principal de la Flota; el segundo se hacía pasar por oficial de comunicaciones del Ariel. Ninguno se encontraba a bordo del Peregrine o con los escuadrones; ninguno podría contradecirlo.

Creo que será mejor que piense en esto un poco. Clasificó como top secret la versión corregida y la archivó junto a la original. Se desperezó para aliviar el dolor de su espalda. El trabajo burocrático acababa por producirle esas molestias.

La puerta de su camarote sonó.

—¿Sí?

—Baz y Elena —surgió la voz de una mujer por el intercomunicador.

Miles despejó su comuconsola, se puso la chaqueta del uniforme, y corrió el cerrojo de la puerta.

—Pasad.

Se giró en su silla, sonriendo un poco, para verlos entrar.

Baz era el comodoro Dendarii Baz Jesek, ingeniero jefe de la Flota y segundo en el mando de Miles. Elena era la capitana Elena Bothari-Jesek, la esposa de Baz y actual comandante del Peregrine. Ambos se encontraban entre los pocos barrayareses que los Dendarii empleaban, y ambos estaban por completo al corriente de la doble identidad de Miles como almirante Naismith, el mercenario betano renegado, y teniente Lord Miles Vorkosigan, diligente agente de operaciones encubiertas de la SegImp de Barrayar, pues ambos estaban allí antes de la creación de la Flota Dendarii. El flacucho y medio calvo Baz, un desertor a quien Miles había recogido en plena huida y (en su opinión) recreado, había estado presente desde el principio. Elena... era otra cuestión.

Hija del guardaespaldas barrayarés de Miles, se había criado en la mansión del conde Vorkosigan y era prácticamente la hermana adoptiva de Miles. Apartada del servicio militar barrayarés debido a su sexo, había ansiado ser soldado en su militarista mundo natal. Miles había encontrado un medio de conseguírselo. Ahora era un soldado de los pies a la cabeza, esbelta y tan alta como su marido, con el flamante uniforme gris Dendarii. Su pelo oscuro, cortado en mechones alrededor de las orejas, enmarcaba unos pálidos rasgos de halcón y unos ojos atentos y sombríos.

¿En qué habrían sido diferentes sus vidas si ella hubiera respondido «sí» a la apasionada y confusa propuesta de matrimonio que Miles le había hecho cuando ambos tenían dieciocho años? ¿Dónde estarían ahora? ¿Viviendo las cómodas vidas de los aristócratas Vor en la capital? ¿Serían felices? ¿O se aburrirían mutuamente, y lamentarían las oportunidades perdidas? No, ni siquiera sabrían qué oportunidades habían dejado escapar. Tal vez habría habido hijos... Miles interrumpió esta línea de pensamiento. Improductiva.

Sin embargo, en algún lugar de las profundidades del corazón de Miles, algo esperaba todavía. Elena parecía bastante feliz con el marido que había elegido. Pero una vida mercenaria, como él tenía buenos motivos para saber, era bastante azarosa. Una pequeña diferencia al apuntar a un enemigo, en un momento cualquiera, podría haberla convertido en una apenada viuda deseosa de consuelo...

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