Introducción
Envejecer con actitud positiva
El verano pasado, mi novio de la Provenza, un chaval guapo, dinámico y arrollador de tres años y medio, medio francés y medio indio, me dijo: «Eres vieja.» «Pues sí», respondí. ¿Qué otra cosa podía decirle? Naturalmente, a los ojos de un crío, cualquiera que pase de los cuarenta ya lo es. Su padre, horrorizado, se disculpó, pero lo cierto es que tengo sesenta y pico, y me miro en el espejo. Ahora, cuando tomo el TGV me hacen descuento por mi edad. Pero sigo viajando deprisa.
Lo que pasa, sin embargo, es que mentalmente no me siento vieja. No pienso en la edad, aunque a veces la noto... y la veo. En mi mente es como si no tuviera edad o, por lo menos, como si tuviera la que me pongo a mí misma en las imágenes de mis recuerdos. De hecho, cuando miro fotos antiguas viajo en el tiempo y engaño a los años viviéndolas como si fueran el presente.
La cosa es que al viajar en el TGV me doy cuenta de que soy más feliz que nunca. Y eso me sorprende. A la gente le aterra envejecer o sentirse vieja, pero hoy en día se es viejo a los noventa, no a los sesenta, ni siquiera a los setenta. Desde luego, no soy la única que descubre que envejecer tiene muchas cosas positivas. En eso, seguramente debido a mi origen, me parezco a los franceses. Estadísticamente, son las personas de entre sesenta y setenta años que se sienten más felices. No soy una excepción. Según los expertos, es algo que tiene que ver con la madurez, que permite a las personas, tanto hombres como mujeres, tomar las decisiones que les convienen o les dejan satisfechos con lo que tienen. Desde luego, a esta edad lo que vamos a ser nos preocupa mucho menos que lo que somos. No aspiramos a otro empleo ni a otra profesión, nuestra posición social está afianzada y hemos llegado a aceptar nuestras apetencias y limitaciones. Y las mujeres no tenemos que aguantar el periodo ni el síndrome premenstrual.
En Estados Unidos vivo inmersa en una cultura obsesionada por la juventud y orientada a la consecución de resultados. Debido a ello la vejez suele presentarse desde un punto de vista negativo. Las personas de edad avanzada no somos tan hábiles a la hora de realizar diversas tareas al mismo tiempo y no nos vemos tan bien haciéndolas. Pero ¿qué tiene eso de malo? Tengo una amiga de noventa y cuatro años que a veces me dice: «Envejecer es un asco.» Bueno, hay quien afirma lo mismo sobre la adolescencia. La gente de edad muy avanzada siempre me obliga a pensar qué puedo hacer ahora a fin de estar mejor preparada para disfrutar de las siguientes etapas de mi vida. Tanto los economistas como los sociólogos y los psicólogos tratan de identificar los factores que permiten estar satisfaits, es decir, satisfechos, como llaman los franceses a esta forma más moderada de ser felices. Me sorprendió descubrir que los estudios efectuados revelan que entre los veinte y los cincuenta años es cuando somos menos felices y que posiblemente el periodo menos feliz de todos se sitúe entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años, edad a partir de la cual empieza a aumentar la cantidad de personas satisfechas hasta bien entrados los setenta. De modo que celebra bien tu quincuagésimo aniversario porque señala un nuevo inicio hacia la felicidad.
Entre los treinta y los cincuenta años no pensaba en envejecer. Vivía sobre todo el presente, e intentaba vivirlo al máximo. Procuraba, eso sí, llevar un estilo de vida saludable. Y en mis cuatro libros sobre el tema, tres de ellos especialmente orientados a establecer una buena relación con la comida y con uno mismo, compartí algunas de las lecciones que aprendí a lo largo del camino. Pero eso es solo una parte del arte y la alegría de vivir.
Genéticamente, mi esperanza de vida es muy larga, de modo que quiero saber cómo combatir el envejecimiento para disfrutar al máximo. Y sé que no soy la única. Mi amiga, que nunca imaginó que llegaría a los noventa y cuatro, no se preparó para las etapas más avanzadas de la vida como voy a hacerlo yo. No pienso tanto en vivir mucho como en tener buen aspecto y sentirme bien de salud en las próximas décadas.
Nuestro mundo encanece: Europa está envejeciendo. Estados Unidos está envejeciendo. China y otros países están envejeciendo. Yo pertenezco a la generación del baby boom, y la realidad es que cada día más de siete mil estadounidenses cumplen sesenta y cinco años. En 2030, el dieciocho por ciento de los estadounidenses superará esa edad frente al doce por ciento actual. Esta tendencia es aplicable a la mayoría de países. En 2025, una tercera parte de la población japonesa será mayor de sesenta y cinco años.
Dada la acogida que tuvieron mis libros sobre un buen estilo de vida y tal vez debido al hecho de haber nacido en Francia, a menudo me piden consejos sobre cómo «envejecer con dignidad», expresión que no me gusta. Yo creo en «envejecer con una actitud positiva».
Gracias al hecho de vivir entre dos culturas, la de mi Francia natal y la de Estados Unidos, mi país de adopción, y a que viajo constantemente por el resto del mundo, a veces puedo ver con claridad las ventajas (y locuras) de cada cultura y contar lo que parece funcionar bien, y no tan bien, a otras mujeres. Como los liftings y otros tipos de cirugía estética.
En todo el mundo, la cirugía estética se está convirtiendo casi en una religión, y mucha gente peregrina a la consulta del médico hasta tener la piel tan tirante como una blusa demasiado ceñida y lucir una sonrisa petrificada. Francia, un país que siente devoción por la belleza femenina y donde las mujeres de cierta edad son modelos del deseo, la elegancia y la seducción, no es tierra de liftings como Corea del Sur o Estados Unidos, por ejemplo. Las francesas quieren ofrecer un aspecto más natural, así que optan por cremas y exfoliantes, y si bien algunas usan un poco de Botox o de algún otro «rellenador», no es menos cierto que procuran estar pendientes de lo que comen y visten antes de recurrir al bisturí del cirujano. Y cuando utilizan un poco de magia médica, suele tratarse de liposucciones.
La cirugía estética no desaparecerá, claro; irá en aumento, y no voy a luchar contra molinos de viento. Según las estadísticas, a las asiáticas, por mencionar un grupo, les entusiasma. Igual que en su día aprendimos a vivir con el aire acondicionado (lo tienen el ochenta y siete por ciento de los hogares estadounidenses), y a no querer apagarlo sino a usar de modo más eficiente e inteligente los controles de la climatización, la gente no prescindirá de la cirugía estética, que tiene más de cuatro mil años de antigüedad. Pero este recurso no nos rejuvenecerá ni nos alargará la vida. Para algunas personas forma parte de una imagen holística. Yo, para envejecer con una actitud positiva, prefiero actuar primero de dentro hacia fuera, en lugar de hacerlo de fuera hacia dentro.
Cuando echas un vistazo a la segunda mitad de tu existencia, conviene disponer de un plan, de una estrategia basada en el autoconocimiento, el sentido común y la pasión por la vida. Para mí, se trata de sentirse bien dans sa peau (sentirnos bien en nuestra propia piel) en cada etapa vital. Tú y yo somos diferentes genéticamente, vivimos en sitios distintos, no disponemos de los mismos recursos, pero podemos adoptar la misma actitud básica: sentirnos bien en nuestra propia piel. Todos somos únicos, de modo que no existe un plan que se adapte a todo el mundo. Como es primordial elaborar tu propio plan, tendrás que hacer un trabajo preparatorio que nadie puede hacer por ti. Y un plan es un enfoque mental, una actitud.
Las imágenes que propagan los medios de comunicación actuales, a menudo de famosos, y que después se globalizan, han empeorado las cosas. Sí, vivimos más tiempo, pero el culto a la juventud ha provocado que las mujeres estén cada vez más acomplejadas y obsesionadas con parecer más jóvenes de lo que son. A menudo da la impresión de que lo más fácil es rendirse. Muchas mujeres de cuarenta años en adelante se laissent aller, se abandonan. Echa un vistazo a tu alrededor: es alarmante ver cómo la gordura está cada vez más aceptada y cómo se viste de manera informal, pésimamente y con mal gusto (a veces con el pretexto de una supuesta «comodidad»). También están las soluciones rápidas que promueven las tertulias, las revistas femeninas y los blogs, con recetas, trucos y consejos de las famosas, ideados por todo tipo de supuestos expertos. Las estadounidenses, desde mi punto de vista, suelen ser extremistas; a la hora de hacer dieta, por ejemplo, adoptan el «todo o nada», lo que considero equiparable a la forma en que algunas mujeres se enfrentan al envejecimiento. Quieren y les gusta verse jóvenes y perfectas, pero, claro, no pueden ignorar la pendiente resbaladiza en que consiste envejecer. Muchas se rinden en cuanto se sienten viejas. ¿Por qué? Es la actitud. El estado de ánimo ejerce un impacto psicológico y emocional enorme en nuestro «exterior».
Es como si cada semana apareciera una nueva receta, dieta o producto para conservarte joven, delgada o hermosa. ¿Son fiables? En su mayoría, no. Elabora un sistema con unos cuantos rituales, algo de diversión y espontaneidad, y que incluya hacerte algunos retoques e ir reinventándote a medida que pasan los años, nada drástico ni doloroso, y cuanto antes empieces, mejor, pero hazlo como mucho a los cuarenta. Es, sin duda, la señal de salida de la naturaleza. Si tienes más de cuarenta, no pasa nada, pero apresúrate a subir a bordo.
Lo que sigue es un planteamiento polifacético para combatir el envejecimiento a partir de los cuarenta de modo que disfrutes al máximo de la vida a lo largo de tu segunda serie de décadas. ¿Tienes cincuenta? Sin duda, es el momento de empezar. En realidad, nunca es demasiado tarde para aprender y compartir estos secretos. A lo largo de toda la obra, llena de información y de nuevos trucos y consejos para lograr una fórmula personal de éxito, se hace hincapié en lo que es útil y positivo. Fiel a mi estilo, he incluido historias y anécdotas de mi vida que espero disfrutes y te aporten consejos valiosos. Un libro no puede contener la fuente de la juventud, como tampoco la cantidad de detalles sobre cualquier tema interesante que es posible consultar en internet. Pero sí una actitud y un planteamiento categóricos. Esta obra ha sido pensada para ayudar a los lectores (tanto a las mujeres como, de manera más amplia, a los hombres), a diseñar una fórmula propia que mejore su aspecto, su salud y sus placeres, y les permita sentirse cómodos consigo mismos a cualquier edad. Es un llamamiento a tomar las armas contra el ataque del envejecimiento. Proporciona las claves para quitarle diez años al cuerpo y a la mente.
Y ahora, como decimos en francés, attaquons.
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Los efectos de la gravedad
Mi marido ha lucido un bigote rubio toda su vida adulta. Hasta que un día, no hace mucho, se acercó y me dijo: «Oye, tengo el bigote totalmente blanco.» Es verdad, lo tiene, y había tardado unos tres años en darse cuenta.
No sé qué piensa una mosca, si es que piensa algo, cuando se mira en el espejo. Lo que sí sé es que si queremos gestionar el envejecimiento, cuando vamos sumando años y nos miramos en el espejo tenemos que vernos tal como realmente somos, por dentro y por fuera. Muchos nos engañamos. No vemos lo que somos, sino que solemos ver lo que éramos. O nos ciega lo que queremos ser o lo que creemos ser.
Conocernos verdaderamente, sentirnos cómodos con nosotros mismos y tener una actitud saludable, realista y positiva sobre nuestro propio envejecimiento es de la mayor importancia para envejecer bien.
Para envejecer con actitud positiva es fundamental mirarse atenta y periódicamente en el espejo.
¿En qué deberías fijarte? Es imposible leer un libro o una revista, o ver o escuchar un programa sobre envejecimiento sin encontrar los temas más habituales: salud, aspecto, ejercicio físico, nutrición, estilo de vida, milagros médicos (una subcategoría en la que supuestamente se incluye la cirugía estética) y las relaciones.
A todo ello me gustaría añadir como categoría general algo para evaluarse uno mismo y efectuarse posibles modificaciones:
• La actitud.
Más adelante veremos algunas preguntas que puedes formularte al mirarte en el espejo. Pero me gustaría destacar desde el principio el poder de la actitud. Es una píldora milagrosa. Y es probable que la gente haya buscado pociones milagrosas antienvejecimiento desde que el mundo es mundo.
LA ACTITUD DE LAS FRANCESAS
La gravedad es la misma en Francia que en el resto del mundo, especialmente cuando llegas a los sesenta y los setenta, si no antes. Pero las francesas abordan el envejecimiento con una actitud distinta de la que adoptan las mujeres de la mayoría de culturas. En lo que a envejecer se refiere, la principal diferencia entre las francesas y una gran parte de la población femenina no es la forma de arreglarse o de vestir, la nutrición o el cuidado del cutis o de la piel; es la actitud. Para empezar, las francesas tienen una definición diferente de lo que es la vejez. En un estudio multinacional efectuado recientemente, las francesas demostraron ser las mujeres a quienes menos preocupaba envejecer, y una tercera parte de ellas creía que se es «viejo» a partir de los ochenta.
Sin duda, en Francia una mujer de entre cuarenta y sesenta años sigue atrayendo y siendo vista como objeto del deseo, y actúa en consecuencia. Lo siente así y lo demuestra con sus actos, pero no finge no tener edad. Se siente cómoda consigo misma. Se cuida y, por lo general, vigila su peso y su aspecto, pero no intenta parecerse a la que era a los veinte años. La cultura estadounidense, junto con muchas otras, es una cultura de la juventud. No es el caso de Francia. Nombra las principales actrices francesas que te vengan a la cabeza. Es probable que todas ellas transmitan un aire de elegancia y una belleza cautivadora que no constituye una imagen perfecta ni es un reflejo de cómo eran hacia los veinte años. ¿Juliette Binoche? Nació en 1964. ¿Catherine Deneuve, todavía un icono? Nació en 1943. Hasta las de treinta y tantos, como Marion Cotillard, tienen una imagen «madura» que rezuma una atractiva mezcla de honestidad y experiencia.
En las películas francesas aparecen muchas mujeres jóvenes, pero tampoco son un sinfín de «Ángeles de Charlie». Piensa en Amélie (Audrey Tautou), la joven de pecho plano y buen corazón. Las mujeres de cincuenta años en adelante suelen mostrarse como si lo más probable fuera que tuviesen un amante, a veces más joven. Si bien en las películas, y también en la vida real, las francesas pueden ser burócratas (algo típicamente francés) u objetos de un deseo discreto, en su vida personal, fuera de la gran pantalla, adoran ser «intelectuales», tanto a pequeña como a gran escala. Las francesas citan a Rousseau y Descartes de sus años de secundaria y pueden comentar y discutir de todo, desde la comida que tienen en el plato hasta los detalles del último escándalo político. Ser adulto implica haber madurado. Y haber madurado significa perder algunas de las inseguridades de la vida, como preocuparse demasiado por los efectos de la gravedad. Las francesas de cierta edad viven intensamente el momento, y de modo desafiante.
Tal vez hayas oído que los cincuenta son los nuevos cuarenta. Yo he escrito que los cincuenta y nueve son a veces los nuevos sesenta. Desafortunadamente, un chiste del New Yorker sugería que los setenta y cinco son los nuevos nada. Espero que no sea cierto, pero sugiere que a los setenta no hay que contenerse... ¿para qué? Ni siquiera a los sesenta ni a los cincuenta a la francesa. Carpe diem.
SENTIRSE FENOMENAL
¿Cuántas veces has oído las máximas «El pensamiento es más poderoso que la materia», «Si no dejas de preocuparte, caerás enferma» o «Perdió el entusiasmo por la vida»? Sin duda, se engloban en la categoría de «nada nuevo bajo el sol».
Ahora bien, lo nuevo, si es que cincuenta años pueden seguir considerándose algo nuevo, es que ahora tenemos pruebas científicas de que la magia no solo funciona, sino que forma parte de la ciencia humana. La especialidad tiene incluso un nombre sofisticado: psiconeuroinmunología. Creer es una poderosa medicina.
¿Recuerdas el efecto placebo? Es un hecho: en muchos casos, cuanto más cree una persona en un tratamiento o un fármaco, más probable es que mejore su salud o comportamiento. Los placebos han contribuido a reducir la ansiedad, el dolor, la depresión y muchísimas alteraciones. Hace unas décadas se demostró científicamente que el sistema inmunitario humano está conectado con el cerebro, que existen comunicaciones complejas entre los neurotransmisores y las hormonas.
Aunque no sea precisamente una píldora antienvejecimiento todo en uno, la creencia consciente y el condicionamiento subliminal pueden controlar procesos corporales como las reacciones inmunitarias y la liberación de hormonas. Cuando se le pone una tirita a un niño, este se calma y se siente mejor sin ninguna razón médica clara. Sabemos que una fuerte red social favorece que la gente sobreviva al cáncer. Puede que no sea estrictamente un placebo, pero representa una prueba evidente del papel que desempeña el cerebro en la salud física y, evidentemente, en la salud mental asociada. La meditación, por supuesto, es un método mental para liberarnos de las falsas ilusiones y del estrés para lograr una forma de paz interior. Algunos métodos de meditación han permitido a la gente reducir la tensión arterial, aliviar el dolor y modificar diversas funciones cerebrales y corporales.
La cuestión es que positivamente disponemos de la capacidad de sentirnos mejor. Asimilemos esta idea. Es una capacidad extraordinaria.
Elaborar proyectos realistas, valorar las opciones y dar después forma a lo que deberíamos hacer durante las diversas etapas más avanzadas de la vida es una poderosa medicina mental capaz de curar algunas de nuestras dolencias y potenciar nuestros placeres a lo largo de la vida. ¿Sentirse fenomenal? Bueno, yo me siento así a veces.
LA OCTOGENARIA YVETTE
Durante mi infancia en la Lorena, al este de Francia, tuve una niñera que prácticamente acabó formando parte de la familia. Los veranos, por ejemplo, solían enviarme a pasar uno o dos meses a la casa de campo de mi abuela, en Alsacia, e Yvette hacía y deshacía el equipaje y mediaba a diario entre mi severa abuela y yo... año tras año. Al final, Yvette se casó y tuvo hijos propios a los que cuidar. Por mi parte, yo me fui a cursar la secundaria cerca de Boston, luego los estudios universitarios en París y finalmente a vivir con mi marido en Nueva York, por lo que nos mantuvimos en contacto básicamente a través de mi madre, aparte de tomar un café juntas cuando nos encontrábamos muy de vez en cuando. A pesar de eso, seguimos estando muy unidas. Por último, cuando mi madre se «jubiló» y se fue a vivir al sur de Francia, recurríamos a Yvette para que fuera a verla, comprobara cómo estaba y nos informara convenientemente. Tras el fallecimiento de su marido, ella también «se jubiló» y se mudó al sur de Francia, en su caso a la ciudad de Toulon, en la Riviera (sede del Airbus). Al parecer, conoció a un compañero maravilloso y, a los ochenta, vive la vida al máximo con él. Hasta tienen una caravana de lujo con la que van a un cámping situado a una media hora de su casa. Todos los veranos viene a verme a mi casa de la Provenza, una visita que siempre espero con ganas.
El verano pasado vino acompañada de su encantador compañero y de su hijo, Claude, que vive en el extremo septentrional de Francia. Mientras tomábamos café con un trozo de tropézienne, la riquísima tarta que debe su nombre a Brigitte Bardot (sí, Yvette y yo seguimos siendo muy golosas, pero ahora con moderación), la conversación se desvió hacia Nueva York, dado que su hijo había estado en esa ciudad con sus tres hijas hacía unos años y todos ellos se habían enamorado de Estados Unidos. Yvette dijo: «¿Sabes qué, Mireille? También he venido para hablar contigo sobre Nueva York, porque me encantaría visitarte para ver cómo vives ahí.» Y después añadió enérgicamente: «Pero me gustaría hacerlo avant de vieillir [antes de ser vieja].» Esta es la frase que dice alguien que envejece con una actitud positiva.
En aquel mismo instante quedamos que me haría una visita de una semana de duración a principios de noviembre, en una demostración de una forma de vivir la vida con placer y en el presente que se adquiere con la edad. Cuando se fue, otra invitada, una mujer de treinta y dos años, dijo que Yvette no aparentaba la edad que tenía y, lo que es más importante, que no se comportaba como alguien de su edad. Y es verdad. Yvette tiene una forma agradable de tratarte y de mirarte, y sus ojos proyectan una luz y un guiño de complicidad que te indican al instante que ama la vida y disfruta cada segundo de ella.
Unos meses después, a fin de organizarlo todo para que la visita le resultase inolvidable, pedí información por correo electrónico a su hijo, quien me confirmó que Yvette está en muy buena forma, plena de vitalidad, dinamismo y curiosidad, y que conserva un excelente sentido del humor. Come de todo, solo que en cantidades más pequeñas que antes, y aunque tal vez podría perder unos kilos, se siente cómoda y sana tal como está. ¿Qué quería hacer, además de ver cómo vivo? Ir a un musical y a la ópera, respondió su hijo. Unas semanas después, ella misma añadió a la lista un partido de baloncesto. Puede que haya algo de cierto en la afirmación de que el Madison Square Garden es el estadio más famoso del mundo (¡y yo que creía que era el Coliseo de Roma!). Pregunté si tenía limitaciones físicas. La respuesta fue que camina muy bien y que lo único que le da algunos problemas son las escaleras. Aleluya. Tranquilicé a su hijo informándole de que para subir al decimoquinto piso en que vivimos disponemos de ascensor.
JACK
Jack superó un cáncer. Era un luchador. Lo conocí en los inicios de mi carrera como relaciones públicas en Nueva York. Era nuestro impresor externo y venía dos veces por semana a trabajar conmigo en diversos proyectos. Jamás le pregunté su edad, pero seguro que por entonces tendría setenta y pico, aunque su actitud era la de un hombre de cuarenta. Un día, mientras me contaba lo mucho que le gustaba Francia, me animé a preguntarle cuál era la «receta» de su optimismo, energía y vitalidad, por no hablar de su constante buena disposición y sentido del humor. Me enteré entonces de que a los cincuenta años había tenido un cáncer y que eso le había cambiado la vida. Como el tratamiento que seguía en Nueva York no estaba dando buenos resultados, probó la medicina alternativa y tratamientos médicos fuera de Estados Unidos. Recuerdo que estuvo en México, entre otros sitios. Pero lo que descubrió fue un estilo de vida y una actitud men
