El origen de las especies

Charles Darwin

Fragmento

Introducción

INTRODUCCIÓN

Unos pocos trabajos científicos han cambiado nuestra manera de pensar el mundo y en nosotros mismos. En los siglos XVI y XVII, Copérnico y Galileo situaron el Sol, y no la Tierra, en el centro del sistema solar. Isaac Newton estableció las leyes básicas de la física; Antoine Lavoisier impuso los elementos como la base de la química. Albert Einstein reescribió la física clásica y abogó por la relación entre masa y energía, en un universo relativista donde la única constante es la velocidad de la luz. Max Planck elaboró una constante que mantiene unido casi todo el mundo de la física cuántica.

También las ciencias de la tierra y la vida han tenido sus puntos de inflexión decisivos, como la obra geológica de Charles Lyell, los trabajos de Gregor Mendel en su monasterio sobre las pautas de la herencia en los guisantes y el desentrañamiento por Francis Crick y James Watson de la estructura molecular del ADN, el material de la herencia.

Pero ninguna de estas publicaciones ha superado el impacto del libro que reproducimos aquí: El origen de las especies, de Charles Darwin. Las obras de Galileo, Newton, Einstein, Planck y Mendel solo las leen ahora historiadores y especialistas. Son figuras históricas; Darwin sigue siendo contemporáneo nuestro. Su libro se escribió para el público general. La edición se agotó el mismo día de su publicación, el 24 de noviembre de 1859. En vida de Darwin hubo seis ediciones inglesas y numerosas traducciones, y nunca se ha dejado de reeditar. Estos datos lo convierten en un caso único en la historia de la ciencia.

Las reacciones, positivas y negativas, no se hicieron esperar. Se dice que, al leer el libro por primera vez, su amigo Thomas Henry Huxley (1825-1895) se dio una palmada en la frente y exclamó «¡Qué estúpido soy, mira que no haber pensado en eso!»,[1] refiriéndose a la idea central del libro. A Georgiana Lowe, esposa del político Robert Lowe (1811-1892), le regalaron un ejemplar del libro poco después de su publicación. Lo devoró en una tarde y a la mañana siguiente declaró: «Pues, después de todo, no me parece gran cosa ese señor Darwin. Si yo hubiera tenido sus datos, habría llegado a la misma conclusión».[2] Había captado la insistencia de Darwin en que su libro era «un largo y único argumento». A Huxley, en cambio, esta obra engañosamente difícil lo tuvo desconcertado toda su vida. Como le confesó a su amigo el fisiólogo Michael Foster (1836-1907) en 1888, tras la muerte de Darwin, «he estado leyendo despacio el Origen por enésima vez, con la intención de extraer los fundamentos del argumento para la nota necrológica. Nada me divierte tanto como oír a la gente decir que es un libro fácil de leer».[3]

Fácil o difícil, convincente o no, El origen de las especies es una obra que aún tiene cosas importantes que decir. Por encima de todo, fue el libro que convirtió la evolución biológica en una teoría científica creíble, y como dijo en 1973 el genetista y evolucionista Theodosius Dobzhansky: «Nada tiene sentido en la biología si no es a la luz de la evolución».[4]

Charles Darwin: la formación de un naturalista

Charles Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury, un bonito pueblo con mercado en las Midlands occidentales inglesas. Fue el quinto hijo (el segundo varón) de Robert Waring Darwin (1766-1848) y Susannah Wedgwood Darwin (1765-1817). Su padre era un próspero médico en Shrewsbury, e hijo de Erasmus Darwin (1731-1802), físico, inventor, poeta y teórico de la evolución. Su madre era hija de Josiah Wedgwood I (1730-1795), fundador del famoso estilo de cerámica con el que se sigue asociando su nombre. Así pues, Darwin tenía un sólido pedigrí, tanto en el aspecto intelectual como en el social y económico. Su madre falleció cuando él tenía ocho años, y algunos historiadores han atribuido los posteriores problemas de salud de Darwin a la privación materna que sufrió de niño. Pero no existen pruebas concluyentes de esto; su madre tenía cuarenta y tres años cuando él nació, y sus hermanas mayores cumplieron el papel de madres tras la muerte de su progenitora. Más importante para su futura carrera fue la seguridad económica de la que Darwin disfrutó siempre. La lucrativa práctica médica de su padre y las hábiles inversiones aumentaron la fortuna familiar; su padre estaba atento a cada libra y cada penique, y lo mismo hizo Charles.

Exceptuando la muerte materna, Darwin disfrutó de una infancia sin incidentes dignos de mención. Le gustaba ir de excursión al campo, compartía un equipo de química con su hermano mayor y, desde pequeño, fue un ávido coleccionista de objetos naturales. Como él mismo decía, era «un naturalista nato», con una pasión de coleccionista por los ejemplares que iba adquiriendo. Esta pasión lo llevó siempre a tratar de comprender, y no solo admirar, los ejemplares de su colección. En el colegio de Shrewsbury fue un estudiante normal, y en una ocasión su padre le reprendió: «No te importa nada más que las escopetas, los perros y cazar ratas, y vas a ser una vergüenza para ti mismo y para toda tu familia».[5] A pesar de la acomodada situación económica familiar, se esperaba que los chicos varones hicieran una carrera, y lo enviaron a la Universidad de Edimburgo en 1825, con dieciséis años, para que siguiera los pasos de su padre y su abuelo en la medicina. Durante sus estudios universitarios vivió con su hermano (que también se llamaba Erasmus), pero las mediocres clases y su mala experiencia en el quirófano lo convencieron de que no quería ser médico. No obstante, los dos años en Edimburgo le dieron la oportunidad de ampliar su interés por la historia natural, gracias a las lecturas, al coleccionismo y a la participación en una asociación de estudiantes de historia natural, más que a las clases oficiales, a las que rara vez asistía. En cambio, se pasaba horas recogiendo animales marinos en la costa y en las charcas rocosas del estuario de Firth. También trabó amistad con el biólogo Robert Grant (1793-1874), que por entonces estaba obsesionado con las esponjas y ya convencido de las ideas de transmutación defendidas por el naturalista francés Jean-Baptiste de Lamarck (1744-1829). La influencia de Lamarck en el pensamiento posterior de Darwin no fue muy decisiva, y el propio Grant es una figura oscura en la vida de Darwin. A partir de los últimos años de la década de 1830 se movían en los mismos círculos de Londres, pero solo se conserva una carta, y está claro que cuando Darwin dejó Edimburgo sus ideas acerca de la inmutabilidad de las especies biológicas eran tradicionales.

Aunque la pasión de Darw

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