Los orígenes de la ciencia moderna

Herbert Butterfield

Fragmento

libro-2

PRÓLOGO

HERBERT BUTTERFIELD, UN HISTORIADOR AL QUE LA CIENCIA NO LE FUE AJENA

José Manuel Sánchez Ron

Cuando en 1949 apareció The Origins of Modern Science de Herbert Butterfield (1900-1979), la Historia de la Ciencia no era la disciplina que es ahora. Eran pocos los verdaderos, profesionales, historiadores de la ciencia, y la disciplina tenía muy poca presencia en universidades. En un artículo publicado en 1956 en la Encyclopedia Americana, George Sarton (1884-1956), un belga que se había formado en Química y Matemáticas y que a partir de 1920 encontró en la Universidad de Harvard el hogar académico que buscaba para promover la institucionalización de la Historia de la Ciencia, de la que él llegó a ser su principal impulsor, escribió:

Como la Historia de la Ciencia es una disciplina nueva, su enseñanza es muy reciente. El Collège de France designó en 1892 el primer cuerpo docente consagrado a este objeto, pero el nombramiento de profesores ineptos hizo fracasar la gran aspiración de sus creadores. Hoy, transcurridos ya sesenta años (y en opinión de quien esto escribe), los administradores de las universidades tienen aún que aprender a valorar: 1) la importancia de estos estudios; 2) la necesidad de confiarlos a personas eruditas y poseedoras de la necesaria formación (científica, histórica, filosófica); 3) el imperativo de dedicar todo el tiempo del educador a esta tarea, difícil y todavía en estado experimental. Con harta frecuencia se ha confiado esta misión como tarea añadida a hombres que, por eminentes que sean en otros campos del saber, no estaban capacitados para enseñar la historia de la ciencia.

La enseñanza de la historia de la ciencia está bastante bien organizada, aunque en formas diferentes, en varias universidades europeas y asiáticas, como las de Londres, París, Frankfurt, Moscú y Angora, y en unas pocas universidades estadounidenses como son Harvard, Wisconsin, Cornell, Yale, Johns Hopkins y Brown. En esas universidades se pueden proseguir los estudios hasta obtener el doctorado. Los historiadores profesionales de la ciencia son, sin embargo, sumamente raros todavía.

Como vemos, Sarton aludía a la Universidad de Cambridge, pero el alma mater de científicos legendarios, cumbres de la ciencia, como Isaac Newton o Charles Darwin, ya había comenzado unos años antes a mostrar interés por la historia de la ciencia: en 1947 había establecido un comité para estudiar cómo introducir de manera regular su enseñanza. Hay que tener en cuenta cuándo ocurría esto: dos años después del final de la Segunda Guerra Mundial, una contienda que había dejado prístinamente clara la importancia de la ciencia, no en vano su punto final lo pusieron dos artefactos creados por científicos, físicos en este caso: las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Y no hay que olvidar tampoco la importancia —mayor, de hecho, que la aplicación a la guerra de la fisión del uranio y el plutonio— que tuvo el desarrollo del radar. Antes se podía admirar a Albert Einstein, con sus maravillosas teorías de la relatividad especial y general, o a los físicos que crearon ese espectacular y absolutamente sorprendente edificio llamado mecánica cuántica, pero con la guerra la ciencia había dado un salto de nivel, completando la fascinación intelectual que podían producir sus conquistas con una relevancia política, militar, social y pronto económica también, jamás alcanzada antes.

El chairman de aquel comité fue Herbert Butterfield. Y confirmando la aseveración de Sarton de que «con harta frecuencia» se había confiado la misión de enseñar la historia de la ciencia a profesores eminentes, pero en otros campos del saber, las primeras lecciones —conferencias más bien— que se dieron en el Cambridge inglés sobre esa materia estuvieron a cargo, en 1947, de George N. Clark, regius professor de Historia Moderna, a quien siguió poco después Michael M. Postan, professor de Historia Económica. Como indica en la «Introducción» de Los orígenes de la ciencia moderna, Butterfield, fellow desde 1928 de Peterhouse, el college al que estuvo adscrito desde su llegada a Cambridge en 1919 (y del que llegó a ser master entre 1955 y 1968), continuó en 1948 la senda abierta por sus colegas (el presente libro fue una reelaboración de sus conferencias). Y como estos, ni la ciencia ni su historia eran su especialidad: él era, y continuó siéndolo el resto de su vida, un historiador tradicional, autor por entonces de libros como The Historical Novel (1924), The Peace Tactics of Napoleon (1929), The Whig Interpretation of History (1931), Napoleon (1939), The Statecraft of Machiavelli (1940), The Englishman and His History (1944) y Lord Acton (1948). De todos estos, el más celebrado, y también el más comentado y cuestionado fue, y sigue siéndolo, La interpretación whig de la historia (whig es el antiguo nombre del Partido Liberal británico). Lo que allí criticaba Butterfield era la tendencia a ver, a entender, el pasado con los ojos del presente. Justo al comienzo de su libro, en el «Prefacio», escribía:

Lo que aquí se discute es la tendencia de muchos historiadores a escribir del lado de los protestantes y de los whigs, a ensalzar revoluciones una vez que han resultado exitosas, a hacer hincapié en ciertos principios de progreso en el pasado y a producir un relato que constituye una ratificación, sino la glorificación, del presente.

Butterfield era, por supuesto, consciente de que sus limitaciones en el dominio de la historia de la ciencia («Como es lógico —reconoce en la “Introducción”—, nadie se imagina al simple “historiador general” pretendiendo enfrentarse al problema de los descubrimientos más recientes de cualquiera de las ciencias naturales»), pero lo que él y su universidad buscaban no era tanto reconstrucciones detalladas de episodios de la historia de la ciencia, producto de estudios pormenorizados en archivos especializados, sino visiones generales que pudieran servir tanto a los estudiantes de Letras como a los de Ciencias, una tarea para la que una persona «de Letras» como él acaso fuese más adecuada que una «de Ciencias». Por otra parte, y como muestra Los orígenes de la ciencia moderna, sus conocimientos de historia de la ciencia no eran en absoluto despreciables, al menos para el tema y periodo que eligió, hasta el punto que es por este libro y por La interpretación whig de la historia por lo que es más recordado, obras que seguramente ayudaron a que en 1963 fuera nombrado regius professor de Historia Moderna de la Universidad de Cambridge, cátedra que ocupó hasta su jubilación en 1968.

En su autobiografía, Haciendo historia, el gran hispanista John H. Elliot, que fue estudiante de doctorado de Butterfield, nos dejó una visión de su director que ayuda a comprender cómo es que realizó aportaciones a campos históricos diferentes, y en particular la historia de la ciencia, una disciplina no cultivada por sus colegas, los historiadores generales:

Consulté a Herbert Butterfield, quien mostró, tanto entonces como después, dotes de intuición que le hacían, al menos en lo que a mí concierne, el supervisor de investigación ideal, por más que negara un conocimiento experto en historia de España. De algún modo, parecía intuir el tipo de problemas que probablemente habrían de surgir y me escribía encomiables cartas de ánimo y consejo cuando las cosas parecían ponerse especialmente difíciles. Pionero él mismo en el desarrollo de nuevos campos como la historia de la historiografía y la historia de la ciencia, insistía siempre en la necesidad de ser flexible y en la imposibilidad de crear una obra definitiva. «Todas las historias —me escribió una vez en una fase temprana de mi investigación— son informes provisionales, y la pregunta ha de ser: ¿puedes hacernos avanzar un paso?» En esta ocasión sostenía contra Braudel que no importaba realmente que las conclusiones generales pudieran ser previsibles. Era mucho más significativo investigar un tema con profundidad y reconstruir cómo y por qué los acontecimientos se desarrollaron como lo hicieron. Se trataba de que siguiera mi propia «intuición», una palabra que usaba a menudo.

Que Butterfield no fuese un historiador de la ciencia tuvo su ventaja, la de que su mirada abarcaba otros dominios que configuran la vida social, política, económica, religiosa, militar e intelectual. Precisamente por ser un historiador «general», entendía que, además de intentar comprender la historia de la ciencia, era imprescindible entender y explicar los efectos que la ciencia había tenido en la humanidad; también, por supuesto, cómo pudieron haber afectado al desarrollo científico los movimientos sociales. En Los orígenes de la ciencia moderna se encuentran comentarios en semejante dirección. Así, después de resaltar, al comienzo del capítulo IX, la importancia de la Revolución científica, que culminó con «la síntesis de la astronomía y la mecánica que realizó el sistema de sir Isaac Newton» y que tuvo entre sus consecuencias la adquisición de «nuevos hábitos mentales, nuevos métodos de investigación», además de «intentos plenamente conscientes de extender el sistema mecanicista en sí, así como los métodos científicos que tan excelentes resultados habían dado en la física, para que alcanzasen también los fenómenos químicos e incluso los biológicos», Butterfield añadía:

No obstante, todo esto no representa más que una pequeña parcela en el enorme ámbito de la importancia de la Revolución científica, y sería un error no dirigir nuestra mirada hacia los lados, por un momento, con el fin de estudiar las repercusiones de la nueva forma de pensar sobre la vida y la sociedad del siglo XVII. La historia de la ciencia no debería limitarse a existir por sí sola, en un rincón separado, y si hemos aislado algunos de sus aspectos y los hemos sometido a un examen más minucioso, lo hemos hecho únicamente con la finalidad de destacar el hecho de que los cambios intelectuales que se dieron en estos momentos poseyeron un significado especial para la historia general en su más amplio sentido.

Entre esos «cambios intelectuales» que promovió la Revolución científica, y actitudes asociadas a ella como el escepticismo y la duda metódica, Butterfield mencionaba «la tendencia a un protestantismo de nuevo cuño», de carácter más liberal que el original, así como «el derrocamiento general de la autoridad, tanto de la Edad Media como de la Antigüedad». Se produjo entonces «la pasión por extender el método científico a todos los ámbitos del pensamiento», aunque para mostrar todo el potencial que albergaba esa extensión hubo en no pocos casos que esperar a que se desarrollasen las posibilidades de experimentación científica y que estas dieran lugar a «ciertas formas de producción y técnica». Es por esto que cuando se analizan los cambios sociales que se produjeron a partir del siglo XVII hay que tener en cuenta, añadía, que «las revoluciones científica, industrial y agraria forman un sistema tal de cambios tan complejos y dependientes unos de otros, que a menos que hagamos un estudio microscópico, no tenemos más remedio que reunirlos todos como aspectos de un movimiento más general que a finales del siglo XVII estaba ya produciendo cambios en la faz de la Tierra».

Reconocía Butterfield, no obstante, que también era posible que la propia revolución que se produjo en la ciencia formase parte de «toda una serie de factores convergentes [que] estaban moviendo al mundo occidental en una dirección determinada, o bien que estaba soplando un viento huracanado, capaz de llevarse por delante cualquier cosa que estuviera sucediendo; un vendaval tan poderoso, que arrastraba en sus ráfagas a todo movimiento existente con el fin de fomentar la corriente favorable a la secularización». Algo así como un Zeitgeist global. Fuese por lo que fuere, el hecho es que a partir del siglo XVII, o mejor del XVIII —cuando realmente se fraguaron las posibilidades que abría la ciencia newtoniana, reforzadas en el último tercio por otra gran revolución, la de la química, que encontró en Lavoisier su principal exponente (y de la que Butterfield también se ocupó en su libro)—, el mundo comenzó a cambiar rápidamente. En palabras de Butterfield:

El aspecto general del mundo y de las actividades de los hombres habían variado sorprendentemente poco durante dos mil años —su perfil era siempre el mismo—; tan poco que los hombres no tenían conciencia del progreso ni del devenir de la historia, aparte de hechos como una ciudad o una nación que adquiría algún predominio gracias al esfuerzo o a la fortuna, mientras otras caían. Su visión de la historia era esencialmente estática, porque el mundo había sido estático todo el tiempo que ellos podían abarcar; no era sino una sucesión de vidas cuyos papeles representaban las nuevas generaciones sobre un escenario que en sus puntos esenciales era siempre el mismo. Sin embargo, ahora el cambio se producía tan rápidamente que se apreciaba a ojos vista, y la faz de la Tierra y las actividades humanas iban a cambiar más en el curso de un siglo de lo que lo habían hecho antes en mil años.

LOS LÍMITES DE LA HISTORIA ANTIWHIG

Que las dos obras más importantes de Herbert Butterfield fuesen un libro sobre la ciencia y otro en el que criticaba la interpretación whig de la historia deja al descubierto una contradicción interna, puesto que para evitar contemplar el pasado con los ojos del presente, o mejor, juzgar lo que sucedió teniendo en cuenta lo que ahora sabemos, la ciencia no es buen ejemplo, ya que su gran virtud es que continuamente mejora nuestro conocimiento y comprensión de la naturaleza, corrigiendo los errores que se cometieron en el pasado. Es posible, por supuesto, estudiar el pasado sin hacer referencia al presente, pero si esto es siempre difícil lo es más para el historiador de la ciencia… salvo que se centre en episodios concretos, lo más limitados posible. En las grandes reconstrucciones no es posible evitar comparar las ideas y conocimientos del pasado con los que vinieron más tarde. ¿Cómo, por ejemplo, evitar señalar, y consecuentemente juzgar, que la cosmología geocéntrica, que encontró su clímax en el Almagesto de Ptolomeo, estaba equivocada, que no describe la realidad como se fue consiguiendo a partir de la cosmología heliocéntrica defendida en el De revolutionibus orbium coelestium de Copérnico, y que, como se comprobó más adelante, esa visión del universo no servía de hecho más que para un pequeño rincón del cosmos, el sistema solar?

Steven Weinberg, premio Nobel de Física, un científico particularmente interesado en la historia de la ciencia, a la que ha contribuido en ocasiones, ha sido uno de los que han criticado la visión antiwhig de la historia cuando se pretende que sea también válida para la historia de la ciencia. Lo hizo en un artículo que publicó en diciembre de 2015 en The New York Review of Books, alguno de cuyos pasajes merece la pena citar:

Las admoniciones de Butterfield fueron seguidas fervientemente por las posteriores generaciones de historiadores. Ser llamado whig llegó a ser tan aterrador para los historiadores como ser llamado sexista, o eurocéntrico, o orientalista. La Historia de la Ciencia tampoco se libró de eso. El historiador de la ciencia Bruce Hunt recuerda que cuando era un estudiante graduado a comienzos de la década de 1980, whiggish era un término despectivo habitual en el ámbito. Para evitar esta acusación, la gente evitaba contar historias de progreso o dar «grandes visiones» de historias de cualquier tipo, y se dedicaban a estudiar pequeños episodios, perfectamente fijados en el espacio y el tiempo.

Sin embargo, al enseñar cursos sobre la Historia de la Física y la Astronomía, y después desarrollar mis clases para que fuesen un libro, he llegado a pensar que sea lo que sea lo que uno piense del whiggerismo en otras clases de Historia, no tiene un lugar adecuado en la Historia de la Ciencia. Claramente, no es posible hablar de cierto o erróneo en la Historia del Arte o de la Moda, ni creo que es posible en la Historia de la Religión, y se puede discutir si es posible en la Historia de la Política, pero en la Historia de la Ciencia realmente podemos decir quién tenía razón.

Y más adelante concluía:

Parece que el mismo Butterfield concedía una cierta legitimidad al whiggerismo en la Historia de la Ciencia. En sus conferencias de 1948 sobre Historia de la Ciencia en Cambridge, atribuyó una importancia a la Revolución científica que él nunca concedió a la Gloriosa Revolución de Inglaterra, tan querida a los whigs. Yo encuentro su descripción de la Revolución científica completamente whiggish.

En algunos lugares de Los orígenes de la ciencia moderna se comprueba que, efectivamente, Butterfield «concedía una cierta legitimidad al whiggerismo en la Historia de la Ciencia». Así, en el capítulo X, aparecen unos pasajes cargados de whiggerismo:

[Cuando] miramos hacia atrás para contemplar la Revolución científica, nos encontramos en una posición que nos permite ver las consecuencias que tuvo para la época actual con mucha mayor claridad que los hombres de hace cincuenta y hasta solo veinte años antes. Y, una vez más, no somos nosotros los que sufrimos la ilusión óptica —la de tratar de encajar el pasado en el marco actual—, porque lo que ha sido revelado en la década de 1950 [esto es algo que añadió en ediciones posteriores a la primera, de 1949] no hace sino destacar más la importancia fundamental del cambio que se produjo en el mundo trescientos años atrás, en los tiempos de la Revolución científica. Nos damos perfecta cuenta de por qué nuestros predecesores no alcanzaban a captar el significado del siglo XVII en toda su importancia fundamental, de por qué hablaban mucho más del Renacimiento o de la Ilustración del siglo XVIII, por ejemplo; y es que en este caso, como en muchos otros, ahora estamos en condiciones de discernir las superposiciones sorprendentes y las soluciones de continuidad que con frecuencia ocultan la verdadera dirección en la que se mueven las cosas.

De hecho, no es solo en la historia de la ciencia donde una cierta dosis de whiggerismo es recomendable. Se ha señalado con razón (David Wootton, La invención de la ciencia) que las tesis antiwhig de Butterfield tienen también limitaciones fuera de la ciencia: solo miradas retrospectivas pueden revelar la importancia de hechos pasados como, por ejemplo, el descubrimiento de América. Llevado al extremo, el antiwhiggerismo fomenta el relativismo, la tesis de que la «verdad», la «racionalidad», son relativas al punto de vista cultural, una idea que forma parte de los principios del posmodernismo.

LOS ORÍGENES DE LA CIENCIA MODERNA Y LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

De Los orígenes de la ciencia moderna se puede decir, con toda justicia, que ofrece una visión panorámica que, partiendo de la historia de las mentalidades, descubre cómo surgió la ciencia moderna, por uno de los grandes historiadores del siglo XX. Hoy es un lugar común referirse a la Revolución científica, entendiendo por tal el periodo de los siglos XVI y XVII en que se establecieron las bases de la ciencia moderna, pero fue Butterfield quien más hizo por introducir en la historia de la ciencia la idea de esa revolución, siendo este concepto, el de revolución en la ciencia, posteriormente extendido por Thomas S. Kuhn en su célebre libro de 1962, The Structure of Scientific Revolutions. Antes que Butterfield, es cierto, Alexandre Koyré (1892-1964), uno de los grandes nombres de la historia de la ciencia, había hecho hincapié —en Études galiléennes (1939)— en la noción de «una Revolución científica del siglo XVII, una profunda transformación intelectual de la que la física moderna, o más exactamente clásica, fue a la vez expresión y fruto». En su opinión, aquella Revolución científica había sido, posiblemente, la mutación más importante en el pensamiento humano desde las contribuciones de los griegos, contribuciones que de hecho significaban en cierta forma una manera de «inventar el cosmos». Pero Koyré no hizo tanto énfasis en la idea de Revolución científica como Butterfield, quien sin duda compartía con aquel puntos de vista. Así, no muy diferentes a las implícitas o explícitas de Koyré, Butterfield realizaba afirmaciones en Los orígenes de la ciencia moderna como las que se leen el capítulo X, en las que también se muestra el historiador «general» consciente de que el mundo era, es, más que la ciencia:

Algunos han dado a entender a veces que durante el siglo XVII no sucedió nada nuevo, ya que la misma ciencia natural llegó hasta el mundo moderno como una herencia de la antigua Grecia. Nosotros mismos, en el curso de nuestro estudio, hemos tenido más de una vez la impresión de que la Revolución científica no habría ocurrido —ya que ciertas líneas de desarrollo importantes se habían visto interrumpidas durante largos periodos— si no se hubieran vuelto a estudiar el pensamiento de la Antigüedad y se hubiese conseguido recuperar una cierta cantidad de lo que fue la ciencia griega. No obstante, se puede argüir contra todo esto que lo acontecido en el siglo XVII, tal y como lo hemos estudiado, representa uno de los grandes episodios de la experiencia humana y que debería ser incluido —junto con el éxodo de los antiguos judíos o la conquista de los grandes imperios por parte de Alejandro Magno y de la antigua Roma— entre las aventuras épicas que han hecho de la especie humana lo que es hoy. Representa uno de esos periodos en los que entran cosas nuevas en el mundo y en la historia, cosas que surgen de la propia actividad creadora del hombre y de su incesante lucha en pos de la verdad. No parece haber indicio alguno de que el mundo de la Antigüedad, antes de que se dispersara a los cuatro vientos su herencia, se dirigiese hacia nada que se pueda comparar con la Revolución científica, ni de que en el Imperio bizantino, a pesar de la continuidad que supuso en las tradiciones clásicas, se hubiera captado nunca el pensamiento antiguo y hubiese sido vuelto a moldear gracias a un gran poder transformador. Por tanto, tenemos que considerar a la Revolución científica como un producto de la actividad creadora de Occidente, dependiente de un complejo conjunto de condiciones que no se dieron más que en Europa occidental, y quizá dependiente también, en parte, de cierta cualidad dinámica de la vida y de la historia de esta mitad del continente.

Es preciso señalar, no obstante, que la idea de que en los siglos XVI y XVIII se produjo una Revolución científica, esto es que entonces se dio una ruptura radical con el pasado, no ha sido aceptada por todos los historiadores de la ciencia. No han faltado, ni faltan, quienes defienden una sólida continuidad con el pasado. Célebre en este sentido es la frase con la que Steven Shapin comenzó su libro, titulado precisamente The Scientific Revolution (1996): «No existe tal cosa como la Revolución científica, y este es un libro sobre ello».

Antes que Koyré y que Butterfield, el físico e historiador Pierre Duhem (1861-1916) defendió una aproximación «gradualista» a la historia de la ciencia. En uno de sus libros, Études sur Léonard de Vinci: Ceux qu’il a lus et ceux qui l’ont lu (1909), manifestaba que fue en el siglo XIII «cuando, a pesar del Filósofo [Aristóteles] y de su comentarista [Simplicius], se declaró que eran posible el movimiento de la Tierra, la pluralidad de los Mundos, el vacío o el tamaño infinito», y que a partir de ahí se llegó a la ciencia del siglo XVII. Aludiendo a la célebre máxima latina «Natura non facit saltus», Duhem argumentaba que «Al igual que la naturaleza, la ciencia no da saltos bruscos». Se equivocaba, evidentemente: basta con pensar, por ejemplo, en el «salto brusco», en la ruptura con la física clásica, que significó la física cuántica.

Butterfield era consciente de lo que la Revolución científica debía al pasado —de hecho, comienza su libro estudiando las contribuciones medievales a la dinámica (la teoría del ímpetu)—, y reconoce las aportaciones de Duhem, cuya obra consideraba «un factor muy importante en el notable cambio que se ha producido en la actitud de los historiadores de la ciencia con respecto a la Edad Media». «El mundo moderno es — escribió en Los orígenes de la ciencia moderna— en cierto sentido una continuación del mundo medieval; no puede ser considerado simplemente una reacción contra el primero». Pero reconocer esa deuda, explorarla y ponerla de relieve, no significa que no se hubiera producido una ruptura, un cambio que incluso se puede asimilar al tipo de los que puso de manifiesto la filosofía de la Gestalt. Recordemos que en la «Introducción» manifiesta que se trataba de una revolución «que deja en la sombra todo lo acaecido desde el nacimiento de la cristiandad y reduce el Renacimiento y a la Reforma a la categoría de meros episodios, simples desplazamientos de orden interno en el sistema del cristianismo medieval».

Los orígenes de la ciencia moderna ofrece un vasto fresco de lo que aconteció no solo en la ciencia de los siglos XVI y XVII, en los que brillaron personajes como Copérnico, Vesalio, Descartes, Boyle, Harvey, Kepler, Galileo o Newton, sino también en la centuria siguiente, la de la Ilustración, en la que, como ya apunté, ocurrió otra gran revolución, una largamente deseada, la de la química de Lavoisier. Asimismo, aunque con mucho menos detalle, se asoma al siglo XIX, concluyendo su libro con la mención de la siguiente revolución, la que protagonizó Charles Darwin con su libro de 1859, The Origin of Species. Es posible, por supuesto, encontrar defectos en este gran libro de Butterfield. Se ha señalado, por ejemplo, que su reconstrucción se basa en esencia en las transformaciones que se produjeron en las ideas, en los modos de entender los fenómenos naturales, con la matematización a la cabeza, mientras que prácticamente dejaba de lado la experimentación y los instrumentos —como el telescopio o el microscopio— que tan bien sirvieron a la creación de una nueva ciencia. Es verdad, pero no así que Butterfield lo ignorase: «Estamos comenzando —señalaba— a darnos cuenta de que la historia de la tecnología desempeña un papel más importante en la evolución del movimiento científico de lo que creíamos en un primer momento […]. En el siglo XVII hay algo que comienza a cobrar una importancia destacada: la creación de nuevos instrumentos científicos, sobre todo de instrumentos de medición. Es difícil para nosotros darnos cuenta de lo dificultoso que debió ser trabajar en los siglos anteriores sin disponer de estos aparatos.» Pero por encima de los defectos, o mejor limitaciones, la aparición de Los orígenes de la ciencia moderna significó mucho para la historia de la ciencia. En una reseña publicada en 1950 en Isis, entonces como ahora una de las principales revistas de la disciplina, el eminente historiador de la ciencia I. Bernard Cohen declaraba que «el

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