El virus interminable

Miguel Sebastián

Fragmento

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¿Un economista «epidemiólogo»?

Desde que comencé a salir en los medios —fundamentalmente en La Sexta, cadena de la que ya era colaborador como economista antes de la pandemia— siempre me ha rondado esta pregunta: «¿Qué hace un economista como tú hablando de una epidemia?». Muchas veces la duda se ha planteado de forma amable, para saciar una curiosidad de la que yo mismo me he sentido partícipe, pues a menudo me he hecho a mí mismo esa pregunta. Pero, en buena parte de los casos, el cuestionamiento se ha formu­lado de modo hiriente, despreciativo, sobre todo en las redes sociales, por parte de quienes no compartían mi forma de analizar la pandemia o los pronósticos que hacía sobre su evolución. Y, sobre todo, cuando mis opiniones, muchas veces explícitas, perjudicaban algún interés personal, empresarial o corporativo.

La respuesta a la pregunta es múltiple. Por un lado, una epidemia es, sin duda, un fenómeno sanitario, faceta sobre la que deben opinar esencialmente los sanitarios, virólogos, inmunólogos y otros científicos del área de la salud: origen del virus, periodo de incubación, contagiosidad, posibles tratamientos, gravedad de los pacientes… Pero una epidemia, y no digamos una pandemia, también es un fenómeno estadístico, susceptible de ser analizado por científicos que usen el análisis cuantitativo para sus investigaciones: estadísticos, matemáticos, físicos y, por supuesto, economistas del área cuantitativa, como es mi caso, como profesor del Departamento de Análisis Económico y Economía Cuantitativa de la Universidad Complutense de Madrid. Por ejemplo, la mortalidad de la pandemia es un tema estadístico, no sanitario. Por muchos pacientes que haya atendido un médico y que, desgraciadamente, hayan fallecido, les corresponderá a los estadísticos calcular cuál es la tasa de muertes producidas por la epidemia.

Pero, además de un fenómeno sanitario y estadístico —y este aspecto ha sido fundamental—, una epidemia es también un fenómeno económico, sobre todo si es de la magnitud, extensión y duración de la que estamos sufriendo en todo el planeta. De hecho, las primeras veces que salí hablando de la epidemia en el programa Al rojo vivo fue para mostrar mi preocupación por el impacto que podía tener en la economía global, principalmente a raíz del confinamiento total que ya se estaba viviendo en China y otros países asiáticos.

En cualquier caso, muchos compañeros económetras y economistas han hecho un seguimiento cuantitativo de la epidemia y nadie se lo ha reprochado. Y es lógico. En el balance que se haga una vez que concluya la pandemia, tendrán que participar analistas de muchas disciplinas científicas y sociales. ¿Acaso sólo opinan los economistas sobre el paro? ¿O los licenciados en Bellas Artes sobre una exposición de pintura? ¿O los ingenieros de caminos sobre el trazado o el estado de las carreteras de alta capacidad?

Quizá lo que ha llamado un poco más la atención en mi caso haya sido la rapidez con la que aparecí en los medios hablando sobre el tema y, además, con una opinión clara y contundente desde el primer momento. Y ha sido así porque mi posición no se deriva sólo de lo que ha ocurrido en esta epidemia, sino que viene de lejos. De hecho, es aplicable a cualquier otra epidemia de características parecidas y ha sido objeto de una reflexión personal desde hace años. Lo cierto es que ese posicionamiento irritó a muchos que pretendían minimizar los riesgos asociados a un fenómeno que, desde el principio, querían ver como un acontecimiento lejano, que no nos iba a afectar.

Siempre me han interesado las epidemias y he seguido muchas de ellas, que en su mayoría terminaron sin grandes consecuencias. Sin embargo, ha habido otras que han tenido impacto, bien en los mercados financieros, bien en los medios de comunicación. Pero en su inicio no podemos saber si estamos en el primer caso o en el segundo. ¿Y de dónde me viene este interés? Probablemente esta fascinación por las pandemias tenga un origen personal. Mi abuelo paterno murió a causa de la gripe de 1918, la mal llamada «gripe española», cuando mi padre apenas tenía seis años. Mi padre era el cuarto hijo de una familia numerosa de siete hermanos, y yo soy el octavo de una familia aún más numerosa, de once hermanos. Me llevaba cuarenta y seis años con mi padre y con mi abuelo paterno, ochenta y siete. Nunca conocí a mis abuelos. Siendo niño pregunté a mi padre por qué no teníamos abuelos y me contestó: «No te quejes, yo no tuve padre. El mío murió, cuando yo era muy pequeño, en la Gripe del 18, que mató a más gente incluso que la Guerra Civil». La verdad es que me impactó esa frase, de hecho, me costó creerla y no pude contrastarla hasta que estuve en la universidad (el lector tiene que recordar que en aquellos tiempos no existía internet y toda la información estaba en los libros, y a veces los ejemplares eran difíciles de localizar). Como dicha frase caló en mi subconsciente, quiero que el primer gráfico de este libro sea precisamente sobre esa evidencia histórica que aprendí, de casualidad, en la infancia.

Figura 1. Fallecimientos en España a lo largo del si­glo XX.

Fuente: INE.

Me llama la atención que haya tal desconocimiento popular sobre un episodio histórico de esa magnitud, ausencia de referencias bibliográficas y películas u obras teatrales que lo aborden, ni en España ni en ningún otro país. Si bien es verdad que los estragos de esta pandemia se mezclaron con los del final de la Primera Guerra Mundial, fue un fenómeno global y no sólo español, pese a que aquí tuviera una gran incidencia. Al ser España un país neutral en la contienda, se contabilizaron todos los casos y fallecidos por la gripe, sin la posibilidad de que se confundieran con las víctimas de la Gran Guerra, como ocurrió en muchos países europeos. De ahí su injusto nombre de «gripe española».

En los años ochenta sufrimos otra pandemia mundial, el sida. En 1985 a mi madre le hicieron una transfusión sanguínea, dentro de una intervención quirúrgica menor: unas hemorragias causadas por unas úlceras estomacales no malignas. Pero, debido a un error médico imperdonable, el plasma de la transfusión no pasó los controles requeridos ya en aquella época y mi madre se contagió del VIH. Tras la operación estomacal se recuperó del todo, pero ya tenía el virus en la sangre, aunque éste no dio la cara hasta casi dos años después, en 1987. Tardaron meses, tras pruebas y más pruebas, en descubrir qué era lo que estaba consumiendo a una mujer sana, robusta y relativamente joven, de apenas sesenta y ocho años, que había tenido once hijos y catorce embarazos. Y que apenas había ido al médico hasta que cumplió los sesenta y cinco años. Al final, mi madre murió en junio de 1987, en una época en la que el miedo y el desconocimiento asociados al sida eran totales. También el estigma. Los últimos meses de su vida los pasó en casa, acompañada de su marido y de sus hijos. Sabia decisión de mi padre, que se negó a que la hospitalizaran y fuera tratada como una apestada. Ella y, de paso, todos nosotros. Yo tenía veintinueve años y dos de mis hermanos eran incluso más jóvenes, pero todos vivíamos fuera del hogar paterno. Aún recuerdo que nos obligaban a seguir un protocolo que incluía ajuar y vajilla separados y escaso contacto físico (algo que incumplimos, por supuesto). Pero lo que más nos dolió fue cuando la Facultad de Medicina prefirió no hacerse cargo de su última voluntad: ella había decidido —como mi padre, su hermana y mi tío— donar su cuerpo para contribuir al avance de la ciencia, en una época en la que los estudiantes se quejaban de tener pocas oportunidades de aprender por falta de cadáveres en sus dependencias, dado que en la so­ciedad de entonces dicha donación estaba mal vista. Pero, incomprensiblemente, rechazaron su cuerpo, que hubiera sido útil para estudiar el impacto del VIH en personas de una cierta edad y contagiadas por transfusión. Y ahí la tenemos, enterrada en el cementerio de la Almudena de Madrid, contra su voluntad. ¡Cuánta ignorancia!

Nos hicieron el test del sida a toda la familia y todos dimos negativo, sin haber escatimado caricias y besos a la enferma en sus últimos días. La opinión pública, incluso la que se consideraba culta, tenía miedo a esta epidemia. De hecho, algunos amigos y familiares prefirieron no venir a casa el día en que falleció, esgrimiendo disculpas pueriles. Era obvio que trataban de «evitar riesgos». Pero entonces ya sabíamos que el sida sólo se transmite por transfusión sanguínea, leche materna o intercambio de fluidos en el acto sexual. Semen y secreciones vaginales, para no andarnos con rodeos. Por eso, nos sorprendió la negativa de «la ciencia» a investigar este triste caso y tratar de aprender algo de él. También nos dolió el temor de muchas personas, presuntamente inteligentes, a estar en contacto con quienes hubieran rodeado a la enferma. Sin duda, fue una experiencia amarga, pero de ella aprendí que la información fiable y la transparencia son armas fundamentales en la lucha contra las pandemias; que los bulos son muy dañinos, y que la actitud de «esto no me incumbe porque esto no me puede pasar a mí» no sólo es insolidaria sino, además, absurda. Por supuesto, te puede pasar a ti o a cualquiera de los tuyos. ¡Quién iba a pensar que una señora de clase media-alta madrileña iba a morir de una enfermedad asociada a yonquis, prostitutas y homosexuales promiscuos![1]

Figura 2. Incidencia del sida en España por sexos (corregida de retrasos en la notificación).

Fuente: Registro Nacional de casos de sida.

Es verdad que cuando falleció mi madre, en 1987, la incidencia del sida en España era pequeña, tal y como se recoge en la figura 2. Pero entonces ya había bastante información por la gran cantidad de casos que hubo en Estados Unidos en los años previos. Yo mismo viví esa psicosis cuando residí allí durante la primera mitad de los años ochenta. En 1985, antes de volver a España, me hice el test del VIH, afortunadamente con resultado negativo. En nuestro país se sabía poco de esa pandemia hasta que, en julio de 1985, la atención mediática recayó sobre ella cuando se hizo público que el gran actor Rock Hudson tenía la enfermedad, a causa de la cual falleció en octubre de ese mismo año. Luego se supo que había sido diagnosticado en mayo de 1984, y quién sabe cuándo se habría contagiado. Ése era uno de los horrores del sida, más allá de su letalidad: el largo periodo de incubación, que hacía imposible el rastreo y el aislamiento de los afectados. Ahí comprendí las ventajas que te proporciona un virus que tenga un periodo de incubación corto, de una o dos semanas, y que dé la cara rápidamente. Unas ventajas que, bien utilizadas, pueden facilitar su derrota rápida; algo que, por desgracia, no ocurrió en 2020. Por eso, el objetivo de este libro es tratar de contribuir a que, de cara al futuro, hayamos aprendido la lección y podamos afrontar una pandemia similar, si es que se produce, de una forma distinta a como lo hemos hecho con ésta.

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PARTE I

EL PRIMER GOLPE

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«Algo está pasando en China»

Navidades de 2019. Como viene siendo habitual en esta época del año, le mando un wasap a mi amigo Rafa Galán (@_perpe_, para los tuiteros) para ver si nos vemos aprovechando su viaje a España desde China, donde vive, para visitar a sus familiares. Quedamos en hablar después de Reyes, dado que él tenía planeado empalmar las Navidades con las fiestas del Año Nuevo chino a finales de enero de 2020. El día 10 acordamos quedar antes de irse y fijamos la fecha para el encuentro: el día 24, antes de su viaje de vuelta. Pero ese día, el mismo día 10, me comenta que «algo está pasando en China y veremos si me dejan volver». Cuando nos vemos el 24 me pone al día de todo lo que está pasando y de lo que apenas teníamos entonces información en España. Aunque durante toda la primera parte de enero el país estaba lleno de rumores (el trabajo de Perpe guarda relación con los mercados financieros y monitoriza todos los posibles riesgos con detalle), no es hasta el día 20 cuando el presidente de la República Popular China, Xi Jinping, alerta a toda la población de la gravedad de la situación. Le pido a Perpe alguna fuente estadística fiable con datos diarios y me recomienda la Universidad Johns Hopkins (JHU),[2] dado que los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que yo había utilizado en otras ocasiones, se publican con cierto retraso. Desde entonces empecé a recopilar los datos diarios de contagios y pronto me di cuenta de lo preocupante del ritmo de aumento de los casos, tanto en China como en «el resto del mundo», que en esas fechas eran fundamentalmente los países asiáticos colindantes con China. Estamos hablando de muy pocos casos, pero de un ritmo de aumento preocupante. Y de esta experiencia inicial, ya pudimos extraer las primeras lecciones.

Primera lección: la métrica del contagio

La primera cuestión que hay que abordar, cuando estamos ante una pandemia, es su métrica. Es fundamental disponer de información fiable, rápida y pública de su evolución. De entrada, es suficiente con una información sencilla. Pero que sea rápida. Y asequible para todo el mundo, porque el potencial de contagio es global.

Al principio se suele poner el foco en el número de casos totales que está sufriendo un país. Y, de entrada, es suficiente. En la tabla 1 reproduzco los datos que la JHU publicó en esas fechas, que recogí y guardé diariamente. Unos meses después, esos datos se revisaron al alza, probablemente para hacerlos coincidir con una visión más ajustada de la realidad. Pero bajo mi punto de vista, incluso con esa información disponible, incompleta y algo errática, ya se pudo inferir la gravedad de la pandemia que estaba acechando a China y otros países.

Tabla 1. Primeros casos de COVID-19.

Siguiendo con la métrica, uno de los debates que he tenido hasta la saciedad durante la pandemia es si se debe poner el foco en el número de casos absolutos de cada país o región, o si hay que hacerlo en relación con la población de dicho país. «Miguel, tienes que dividir por la población, no es lo mismo mil casos en España que en Alemania». Es cierto que no es lo mismo, pero, para medir la evolución temporal de una pandemia, sobre todo en su arranque, hay que tomar los casos absolutos y medir su aumento (primera diferencia) o su tasa de crecimiento. ¿Se imaginan qué hubieran hecho en China si hubiesen dividido esos 2.000 casos que, según las estadísticas tenían el 25 de enero, entre su población de 1.400 millones de habitantes? Habrían obtenido una «incidencia» de 0,1 por cada 100.000 habitantes. Algunos aquí hubieran dicho: «Hay que seguirlo con interés, pero no hay por qué alarmarse. Es una incidencia ridícula. No hay que hacer nada». Pero ellos, los chinos, sí que lo hicieron. Miraron los datos absolutos, no los datos relativos a la población, y se alarmaron. E hicieron bien en alarmarse.

Segunda lección: actuar rápido

La segunda lección que aprendimos es que, en las fases incipientes de una pandemia, hay que mirar las tasas de crecimiento diario. Según la tabla anterior, esas tasas se situaban en el entorno del 40-50 % diario. ¿Qué significa una tasa de crecimiento diario de un 50 %? Pues que el número de contagios se más que duplica cada dos días. Así, con esa tasa del 50 %, 100 casos en el día 1 se convierten en 1.700 en apenas una semana, en 29.000 en dos semanas y, de no frenarse, en 500.000 en sólo tres semanas.

Por eso hay que actuar rápido. Esperar sólo sirve para que las cosas se descontrolen. Tal y como recoge la tabla 2, los chinos «tardaron» algunas semanas en reaccionar, probablemente por negligencia de las autoridades de Wuhan, la capital de la provincia de Hubei, donde se localizó el foco original. Y lo pagaron bastante caro, tanto en número de contagios como de fallecidos, en comparación con otras epidemias sufridas en este país en las últimas décadas. Un precio muy alto, aunque incomparable con el que sufrimos después en Occidente.

Tabla 2. Casos de COVID-19 en China continental (enero de 2020).

Fuente: Elaboración propia (@migsebastiang) a partir de la Universidad Johns Hopkins.

En la tabla 2 presento el número de casos reportados en las diferentes provincias de China continental desde el 21 de enero hasta el 1 de febrero.[3] El día 21 el 80 % de los casos se concentraba en una provincia, Hubei, y en especial en su capital, Wuhan. En apenas 10 días, el virus, probablemente por los desplazamientos de población asociados a las vacaciones del Año Nuevo chino (equivalente a nuestras Navidades), se extendió por casi toda la geografía del país.

En apenas 10 días, el número de casos se multiplicó por 22, un ritmo de crecimiento diario del 36 %. De haber actuado con premura, es posible que el virus no hubiera salido de la provincia de Hubei y se habría evitado el contagio a otras provincias de la China continental, como fueron Guangdong o Zhejiang. Por eso, las autoridades de Hubei fueron destituidas y, después, procesadas por negligencia.

Siempre se ha criticado que «China ocultó al mundo la existencia de este virus». Pero creo que es una acusación absurda. Una pequeña parte del país asiático se lo ocultó al resto. Y la resistencia a transmitir malas noticias, sobre todo a los que mandan, estuvo detrás de esta lentitud inicial. Pero China fue la primera víctima de esa tardanza. La aparición del primer caso fuera de sus fronteras el 13 de enero, en Tailandia, fue lo que en realidad desató todas las alarmas. El potente Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Beijing adoptó el nivel 1 de alerta, el máximo, el 15 de enero. Con ello, el Gobierno chino, al más alto nivel, tomaba las riendas de la situación y declaraba la alerta general el 20 de ese mes. Pero se habían perdido unos días de oro desde que se detectaron los primeros casos de «neumonía atípica» a finales de diciembre y se aisló el virus el 7 de enero con el nombre inicial de SARS-CoV-2 (Severe Acute Respiratory Syndrome-Coronavirus-2), por su semejanza genética con el virus SARS-CoV-1 de 2003.

Actuar rápido es la segunda gran lección que nos deja este virus. Pero eso es muy difícil de hacer en el país de origen, que se enfrenta a una situación nueva, desconocida, y se han de seguir unos protocolos, que siempre se deberían acortar aunque se cause una cierta alarma social. Lo que tiene menos justificación es que no se reaccione con rapidez en otros países que ya conocen la experiencia del territorio en el que surge la epidemia.

Tercera lección: aislamiento geográfico

Conocer el foco del virus es una ventaja enorme, porque te permite, si actúas con rapidez, aislar dicho territorio y evitar los contagios a otras áreas geográficas. Sin duda, esta medida es costosa económica y socialmente. Y es muy impopular. Pero te evita muchos males mayores.

Como ya he dicho, en China falló, en los primeros días, este mecanismo inicial. Pero, más tarde, lo hicieron de manera contundente. Confinaron de forma estricta a la población de la ciudad de Wuhan, con más de 11 millones de habitantes, la cerraron completamente al exterior (no se podía acceder a ella ni abandonarla con ningún medio de transporte sin un permiso especial). También limitaron los movimientos en el resto del país, entre las diferentes provincias, una vez se completaron los desplazamientos de vuelta de las fiestas de Año Nuevo, que habitualmente movilizan a unos 200 millones de turistas en el interior del país. Además, se prohibieron los actos y reuniones masivas, y se cerraron ocio y restauración, obligando al teletrabajo cuando fuera posible. Pero lo más llamativo, por su impacto internacional, es que cerraron sus fronteras exteriores. Nadie podía entrar ni salir de China. Muchos consideraron esta extrema medida una «sobreactuación».

Cuarta lección: «sobreactuar» es la clave

Y aquí entramos en la cuarta lección, quizá la más difícil, que debemos aprender para los inicios de cualquier pandemia. «Sobreactuar» es lo correcto. La palabra «sobreactuación» tiene una connotación negativa: la de exagerar, excederse, llevar las cosas fuera de los límites de lo razonable. Es evidente que, con una población de 1.400 millones de habitantes, cerrar un país porque se registraron unos 2.000 casos de una enfermedad que presentaba una letalidad inicial del 3 % fue considerado por muchos como una exageración. Se olvidan de que el motivo para actuar así es para cortar el ritmo de contagio y la propagación sin control de la enfermedad. Y que «sobreactuar» es en realidad «actuar a tiempo». Es decir, prevenir males mayores.

En la historia reciente ha habido casos de implantación de medidas drásticas que fueron bien vistas por todo el mundo. O al menos, nadie las criticó públicamente. Una fue la paralización de todo el tráfico aéreo mundial tras los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos. Todos los aviones fueron obligados a aterrizar de forma inmediata, estuvieran donde estuvieran volando. Miles de pasajeros se encontraron en tierra en mitad de sus trayectos, que tuvieron que completar por vía terrestre, a veces recorriendo miles de kilómetros. Recuerdo a un amigo que volaba a Estados Unidos desde España y, cuando estaban en mitad del Atlántico, fueron obligados a retornar a la península, sin muchas explicaciones. Los costes económicos de esta decisión fueron elevadísimos. Imagínense la paralización de todos los viajes domésticos e internacionales en avión durante días. No recuerdo a nadie que criticara la medida ni que la considerase «exagerada». Quizá porque se trataba de actos terroristas, y por el horror de ver a esos aviones impactando contra esas Torres Gemelas que se desplomaron en pocos minutos. Pero ¿tenían esos terroristas una capacidad para matar superior a la del coronavirus detectado en China? ¿No es más fácil controlar el acceso a los aviones de potenciales asesinos armados con cuchillas que a pasajeros infectados por un virus invisible? El enfoque «racional» no es simétrico. Lo que se considera razonable en caso de un ataque terrorista se convierte en «sobreactuación» y una exageración en el caso de un virus. Se me escapan los motivos que explican esa asimetría. Probablemente sea la visibilidad de una amenaza frente a la otra. El atentado terrorista es visible, el virus no lo es. Pero lo cierto es que ese rechazo a las actuaciones radicales es una restricción que hay que tener en cuenta de cara al futuro. Sobre todo, en los países democráticos. Y, a lo mejor, se necesiten instituciones globales que emitan recomendaciones urgentes y contundentes en caso de riesgo de pandemia. Y, a ser posible, de obligado cumplimiento para evitar los costes políticos de los gobiernos que, individual y valientemente, decidan imponerlas pese a la inacción de otros países.

El segundo ejemplo reciente de «sobreactuación» es incluso más llamativo: Islandia. El volcán Eyjafjallajökull entró en erupción el 14 de abril de 2010 y arrojó ceniza volcánica a varios kilómetros de altitud, en la atmósfera. Como medida de precaución, se cerró el espacio aéreo de buena parte de Europa central y del norte, desde el 14 al 21 de abril. Ello provocó la cancelación de más 100.000 vuelos y afectó directamente a unos 10 millones de viajeros. Recuerdo que el Gobierno español ostentaba en ese semestre la presidencia de la Unión Europea. Como presidente del Consejo de Ministros de Telecomunicaciones y Sociedad de la Información, yo había organizado en Granada una reunión de los 27 ministros europeos, para aprobar la Agenda Digital Europea, lo que queríamos que fuera la «Declaración de Granada». De los entonces 27 Estados miembros (estaba el Reino Unido, pero no Croacia) sólo asistieron presencialmente los ministros del sur: Italia, Portugal, Grecia, Eslovenia, Chipre y Malta. Deprisa y corriendo, montamos una reunión online (al fin y al cabo, éramos los «ministros de la tecnología»), pero aquello no funcionó bien. Faltaron traductores simultáneos y al final tuvimos que realizar la conferencia en inglés, pese a la resistencia de algunos gobiernos. Tampoco funcionaron bien las conexiones a la red. Habían sido meses de trabajo previo de mucha gente, numerosas reuniones para llegar a un documento de acuerdo, una gran ilusión para la ciudad de Granada, que se iba a convertir por un día en «capital europea». Y todo se fue al traste porque un volcán, de nombre impronunciable, a 3.000 km de distancia, había arrojado columnas de ceniza en la atmósfera. No recuerdo ningún caso confirmado de un avión que se haya estrellado como consecuencia de las cenizas volcánicas. Pero nadie lo consideró una «sobreactuación». Ni una exageración. Nadie llamó por teléfono para pedir que no se tomaran esas medidas. Nadie dijo que el coste económico de cerrar durante siete días el espacio aéreo europeo iba a ser de varios miles de millones de euros. Se tomaron las medidas de precaución y punto. Con un riesgo discutible, difícil de medir. Desde luego, mucho más difícil que el de un virus que pronto se supo que tenía una letalidad inicial del 3 %.

De nuevo, la asimetría. ¿Por qué un acto terrorista o la erupción de un volcán provocan la toma de medidas drásticas y rápidas, cuesten lo que cuesten, y un virus no? ¿Se debe, otra vez, a la visibilidad? Esto es algo que tendrá que ser motivo de reflexión para cuando hagamos el balance final de la pandemia. ¿Cómo dar mayor visibilidad a una epidemia en sus estados iniciales? En un programa de radio sobre lo que podía depararnos el nuevo año, realizado en el mes de enero, el doctor Luis Enjuanes, virólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y uno de mis referentes en esta pandemia, mencionaba el riesgo de esa epidemia que había aparecido en China como algo que podía depararnos algún susto durante los próximos meses. En una pausa por la publicidad, le conminaron a que dejase de hablar sobre ello, pues «no le interesaba a la audiencia» y había muchos otros temas relevantes para ser abordados en rela

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