El ayuno contra el cáncer

Valter Longo

Fragmento

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Aviso al lector

Se ha hecho todo lo posible por garantizar que la información recogida en este volumen, incluso la de carácter divulgativo, estuviera revisada y actualizada en el momento de la publicación. No puede responsabilizarse al autor ni al editor de posibles errores u omisiones, ni del uso inadecuado y la comprensión equivocada de la información proporcionada en este volumen, así como tampoco de las consecuencias nocivas para la salud, la economía u otras sufridas por quienes, individuos o grupos, hayan actuado interpretando a su manera las informaciones de este libro. Ninguna recomendación u opinión de esta obra pretende sustituir el criterio del médico. Si el lector está preocupado por su estado de salud, debe acudir a una consulta médica profesional. Todas las opciones y decisiones terapéuticas debe tomarlas con la ayuda de su médico, que dispone de los conocimientos y las competencias adecuadas para ello, incluidos los datos fundamentales de su paciente. Este libro tiene un cometido divulgativo y en ningún caso debe usarse como referencia para cambiar por propia iniciativa un tratamiento prescrito por un médico.

La información sobre las medicinas y/o los componentes afines, sobre su uso y su seguridad evoluciona continuamente, está sujeta a interpretación y debe evaluarse con arreglo a la peculiaridad de cada paciente y de cada situación clínica.

Prólogo

Alessandro Laviano

Profesor de Medicina Interna en el Departamento de Medicina de Traslación y Precisión de la Universidad La Sapienza de Roma

En 2012 la que en opinión de muchos es la revista de medicina más importante, New England Journal of Medicine, me pidió que comentase un artícu­lo científico sobre modelos experimentales de neoplasia, es decir, de un crecimiento anómalo de células que pueden ser benignas o malignas. El artícu­lo en cuestión demostraba que el uso racional y programado del ayuno era capaz de reducir el crecimiento de las células tumorales y aumentar la sensibilidad a la quimioterapia. En especial, los editores del New England Journal of Medicine querían saber si los resultados obtenidos en ratones y células neoplásicas también podrían obtenerse, tarde o temprano, en los pacientes oncológicos. En pocas palabras, me pedían que leyera el futuro en una bola de cristal, pero una bola con mecanismos complejos vinculados al metabolismo y al sistema inmunitario. Habían llegado a mis oídos las investigaciones en este campo, sobre todo las del grupo que las lideraba, bajo la dirección del profesor Valter Longo. Aquello me dio ocasión para estudiar con más detenimiento los motivos y los mecanismos de esta forma tan innovadora de gestionar la enfermedad neoplásica.

Debo confesar que el enfoque clínico era bastante reacio a incluir el ayuno o la dieta que imita el ayuno en la gestión de los pacientes oncológicos. Por regla general, los médicos, incluidos los oncólogos, hemos recibido una formación «farmacocéntrica», nos centramos, por así decirlo, en el uso de fármacos para combatir las enfermedades; conocemos poco los poderosos efectos metabólicos del alimento y el ayuno, de modo que nos cuesta mucho admitir su papel en la gestión del paciente con cáncer. Mi formación clínica y científica, además, está enfocada a la prevención y el tratamiento de la malnutrición del paciente oncológico. De modo que, a primera vista, se diría que mis competencias clínicas y científicas no solo son ajenas a la práctica del ayuno en oncología, sino incluso antitéticas. Aún recuerdo la acogida que recibió el profesor Longo cuando, en 2012, lo invitaron al congreso de la Sociedad Europea de Nutrición Clínica y Metabolismo, celebrado en Barcelona. No estuve presente durante su intervención, pero me llegaron ecos de discusiones enconadas en la sesión abierta a preguntas. Quizá fuera este uno de los motivos por los que el profesor Longo no participó en la cena social celebrada esa noche, temiendo que le echaran en el plato algún fármaco catártico (averigüe el lector de qué se trata; en realidad Valter siempre me dijo que si no participó fue simplemente porque perdió la invitación).

La ciencia, sobre todo la médica, avanza con hipótesis, verificaciones y posibles aciertos. Lo cual significa que no puede haber dogmas válidos para siempre en cualquier parte del universo. Solo en física se pueden enunciar leyes universales. Así que la mejor manera de hacer avanzar la ciencia médica, y con ella la salud de los enfermos, es no aceptar el concepto del ipse dixit, de una autoridad inflexible e inmutable, sino adoptar siempre una actitud curiosa y crítica ante cualquier evidencia, por sorprendente e inverosímil que parezca. Al releer con esa actitud el artícu­lo que me había puesto delante el New England Journal of Medicine, dos cosas me parecieron claras: 1) las pruebas científicas presentadas eran muy sólidas; 2) en el largo itinerario clínico del paciente oncológico se puede presumir una sinergia entre protección del estado nutricional y ciclos de ayuno o dieta que imita el ayuno, con la primera actividad dirigida a poder aplicar la segunda con seguridad. Mi conclusión, por lo tanto, estuvo imbuida de «cauto optimismo» y confianza en los estudios clínicos que se estaban llevando a cabo para probar la eficacia del ayuno y la dieta que imita el ayuno.

Han pasado casi diez años, y el papel del ayuno y la dieta que imita el ayuno en la gestión del paciente oncológico ya no es un tema tabú. Los estudios experimentales de años anteriores se han confrontado con datos clínicos obtenidos tanto en personas sanas como en pacientes oncológicos. Algunos centros oncológicos ya se plantean integrar la terapia metabólica en la terapia tradicional, por lo menos para algunos tipos de cáncer. Además, el escenario general de la lucha contra el cáncer se ha vuelto más complejo y requiere estrategias innovadoras. Parece evidente que muchos fármacos antineoplásicos, es decir, antitumorales, poseen menos eficacia de la que demostraron en los estudios realizados para pedir la aprobación de las autoridades reguladoras (como la FDA, Food and Drug Administration en Estados Unidos, o la EMA, la Agencia Europea de Medicamentos en Europa), encargadas de dar el visto bueno a todos los fármacos antes de ser comercializados. Muchos de los nuevos fármacos son sumamente caros, por lo que resulta crucial conocer su eficacia. Por último, si bien las estadísticas recientes señalan una reducción progresiva de la mortalidad por cáncer, también ponen de manifiesto un aumento contemporáneo de la discapacidad debida al cáncer y, quizá, a la terapia. Este panorama vuelve a poner en primer plano la importancia de la calidad de vida, un parámetro que suele obviarse o infravalorarse en la aprobación de nuevos medicamentos.

Este libro no se propone en absoluto trazar nuevas líneas maestras para la gestión de la enfermedad oncológica. Simplemente quiere destacar la labor, realizada por un grupo de científicos en pocos años, que ha abierto nuevas perspectivas a los pacientes oncológicos. Las pruebas científicas sobre el ayuno y la dieta que imita el ayuno son sólidas y robustas, pero aún no permiten incluirlos como curas estándar. Lo que sí permiten es añadir una opción más a la terapia convencional avalada por las guías internacionales. Teniendo en cuenta la potencia metabólica del ayuno y el alimento, se recomienda que esta opción solo se tome en consideración después de haberla discutido con el oncólogo. En oncología el ayuno y la dieta que imita el ayuno no son panaceas, remedios para todos los males, y no garantizan ni el control ni la regresión de la enfermedad. El libro deja claro que la respuesta clínica varía de unos tipos de tumor a otros y tampoco se produce en el cien por cien de los casos. Por lo tanto, la integración de ayuno bajo supervisión médica y terapia estándar debe considerarse una opción para aumentar la acción beneficiosa de los medicamentos antineoplásicos. Y así como en un supermercado un descuento del 5 % nos parece insignificante y no le hacemos caso, un paciente oncológico quizá preferiría tener un 5 % más de posibilidades de curarse.

Me gustaría terminar con una nota más personal, siempre en relación con mi comentario publicado en el New England Journal of Medicine. Gracias a ese artícu­lo conocí personalmente al profesor Longo, empezamos a colaborar y trabamos amistad. Creo que Valter y yo somos conscientes de que una colaboración fructífera se basa en el reconocimiento y el respeto por las competencias de cada cual. No es muy productivo trabajar con quien ya ha hecho lo que tú haces o con quien pone en cuestión tus ideas sin una base sólida. Igual que en la vida, la diversidad y el respeto ayudan a alcanzar grandes metas. Estoy convencido de las posibilidades que abre la integración del ayuno y la dieta que imita el ayuno en la gestión del paciente oncológico, así como en quienes padecen otras enfermedades, pero la última palabra solo la tienen los estudios clínicos que estamos proyectando y para los que buscamos financiación.

Ahora sí que me gustaría tener una bola de cristal para ver lo que sucederá dentro de cien años.

Introducción

Un día, cuando era estudiante de doctorado en la Universidad de California, en Los Ángeles, intrigado por el destino de todos los camiones de bomberos que veía pasar a gran velocidad por delante de mi casa, decidí seguir a uno. Al cabo de unos kilómetros llegué a un cruce donde una persona se había caído de la bicicleta, probablemente en un intento de esquivar un coche. En el lugar ya había dos coches de la policía y una ambulancia.

«Increíble —pensé—. ¡En pocos minutos han llegado un camión de bomberos, dos coches de la policía y una ambulancia porque alguien se ha caído de la bicicleta!».

Varios años después recordé aquel día en que seguí al camión de bomberos cuando una joven me contó que había ido al hospital para que la reconociera un oncólogo, y que este le dijo de forma expeditiva que tenía cáncer de mama en estadio avanzado, probablemente incurable. La consulta había durado muy poco y a ella solo la había visitado un oncólogo, nadie más. ¿Cómo era posible que dedicasen todo ese esfuerzo, todos esos recursos, a una persona que se había caído de la bicicleta, y que aquella mujer que podía morir a causa del tumor tuviera que conformarse con ver a un solo médico durante media hora escasa? ¿Dónde estaba el resto del equipo? ¿Dónde estaban el oncólogo clínico molecular,[1] el nutricionista oncológico, el psicólogo, etc.? Hoy en día algunos hospitales están empezando a ofrecer un servicio mejor, pero la mayoría de los enfermos de cáncer todavía tienen que conformarse con la consulta de un solo y atareadísimo oncólogo.

Pensé que el oncólogo era como el policía que fue el primero en llegar a la escena del accidente, pero que era consciente de que el resto del equipo no llegaría nunca porque no había presupuesto. Y aunque no fuera así, la figura del biólogo molecular clínico no existe, y los investigadores especializados en nutrición son tan escasos como los psicólogos especializados en cáncer.

Dicho esto, por mi condición de bioquímico y «juventólogo» que estudiaba cómo seguir siendo jóvenes y estar sanos, me dio por pensar si aquella mujer habría podido evitar el cáncer. La mayoría de las personas que yo conocía cuando era pequeño en Liguria y en el sur de Italia no conocieron el cáncer. ¿Por qué, entonces, aquella mujer y casi la mitad de la población de Estados Unidos y de muchos otros países, entre ellos Italia, enferman hoy de cáncer? Yo estudiaba con Roy Walford, uno de los mejores expertos mundiales en nutrición, envejecimiento y cáncer, y sabía que los ratones viven unos dos años y medio y empiezan a enfermar a causa de un tumor alrededor del año y medio de vida, algo que muy pocas veces les sucede a las personas al llegar a esa etapa de su existencia. ¿Por qué todos hablaban de prevención del cáncer si el culpable, el factor de riesgo de enfermar de cáncer, era, con diferencia, el envejecimiento?

Al principio de mis conferencias suelo hacer esta pregunta: «¿Cuántos años más creen que podríamos vivir, de promedio, si fuésemos capaces de curar definitivamente el cáncer?». Las respuestas varían de diez a veinticinco años, y todos se sorprenden cuando digo que en realidad no serían más de tres o cuatro años. Hace poco se lo dije a uno de los mayores especialistas mundiales en cáncer, y él me replicó: «Entonces ¿deberíamos dejar de investigar sobre el cáncer y marcharnos todos a casa?». Por supuesto, no pretendo tal cosa. Dedico gran parte de mi tiempo a la investigación del cáncer trabajando en el USC Norris Cancer Center de Los Ángeles y en el Istituto di Oncologia Molecolare IFOM de Milán. En realidad, me refería a la necesidad de prestar atención también a la juventología, que es el estudio de la juventud y del llamado «healthspan», el periodo de vida en que una persona se mantiene joven y sana, en vez de concentrarnos solo en la prevención del cáncer. Pensaba que deberíamos prestar atención al modo de retrasar el envejecimiento, dado que es el mayor factor de riesgo de contraer gran cantidad de enfermedades y disfunciones, no solo el cáncer.

Hace años, durante una conferencia, un miembro del público pidió la palabra y me dijo: «Profesor Longo, yo conocía a una mujer que todas las mañanas, hacia las once, se tomaba un vaso de grapa. Fue a un asilo de ancianos y cuando cumplió 103 años le dijeron que por motivos de salud ya no podía seguir bebiendo su grapa. Poco después la mujer murió». Todos se echaron a reír, esperando que yo defendiera la decisión del asilo de quitarle la grapa; se sorprendieron cuando dije que no debían haberlo hecho y que, en realidad, un consumo moderado de alcohol (menos de un vaso diario) no causa ningún impacto negativo, e incluso hasta cierto punto puede asociarse positivamente a la longevidad. El periodista que estaba moderando el coloquio intervino para decir que en cualquier caso había que evitar el alcohol, porque entraña un factor de riesgo que puede favorecer la aparición de un cáncer, aunque, si bien esto es cierto para algunos cánceres, el efecto de un consumo moderado de alcohol (por ejemplo, menos de cinco vasos de vino por semana) en relación con un posible riesgo de contraer la mayoría de los tumores es muy bajo o nulo. Lo más importante, lo que debemos tener en cuenta, es el modo en que el alcohol influye en la juventología y en el healthspan, no solo en la aparición del cáncer. Supongamos, en cambio, que un alimento o una bebida reduce el riesgo de enfermar de cáncer y al mismo tiempo tiene poderosos efectos protectores contra la diabetes y las enfermedades cardiovasculares o contra el alzhéimer, o simplemente hace que la persona se sienta más feliz y tenga ganas de luchar por una vida sana y larga. En mi opinión ese alimento o esa bebida pueden recomendarse a la mayoría de las personas, excluyendo aquellas cuyos antecedentes familiares indiquen un riesgo elevado de enfermar de uno de los tumores en los que el alcohol incide negativamente, como los de cabeza y de cuello.[2]

Por eso debemos «intervenir contra el envejecimiento» o, mejor aún, promover el youthspan (periodo de la vida en que permanecemos jóvenes) y el healthspan. Así podríamos optimizar nuestra protección no solo contra el cáncer, sino contra todas las enfermedades y disfunciones relacionadas con el envejecimiento. Hace años Emma Morano, de Verbania —a quien he seguido durante mucho tiempo hasta su muerte a los 117 años, ostentando el título de ser la persona más vieja del mundo—, cuando tenía más de 100 años llamó a su médico, el doctor Carlo Bava, y le dijo que estaba preocupada y que debía dejar de comer carne roja. El médico le preguntó por qué y ella contestó: «Un periodista me ha dicho que provoca cáncer». Mientras que para la señora Morano el papel de la carne roja como factor de riesgo de contraer cáncer tendría que haber estado al final de la lista de sus preocupaciones, para la población adulta no es así, ya que durante muchos años el cáncer será una de las enfermedades más extendidas y letales en todo el mundo, y encontrar el equipo y la terapia adecuados marcará la diferencia entre la vida y la muerte. Según la American Cancer Society, la población de Estados Unidos tiene casi un 40 % de probabilidades de enfermar, y un 20 % de morir de cáncer.[3] El problema no es solo de Estados Unidos, pues en Europa los números son parecidos. Según el Cancer Research UK, cerca del 50 % de los habitantes del Reino Unido tarde o temprano serán diagnosticados de cáncer,[4] y en lo que respecta a Italia, la Associazione Italiana di Oncologia Medica (AIOM), en colaboración con la Associazione Italiana Registri Tumori (AIRTUM), ha señalado que con casi toda probabilidad el 50 % de los hombres y el 30 % de las mujeres enfermarán de cáncer a lo largo de su vida.[5]

¿Por qué hemos logrado reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y de muerte relacionada con este y otros trastornos, pero no hemos tenido un éxito parecido con el cáncer? La respuesta está en el mecanismo molecular que provoca dicha enfermedad:

1) el tumor puede originarse en muchos tipos de células, dando lugar a formas de la enfermedad parecidas en algunos aspectos, pero muy distintas en otros;

2) en una masa tumoral nunca hay un solo tipo de células, sino muchos, y cada uno podría o no responder a una terapia determinada;

3) aunque una terapia antitumoral sea eficaz para acabar con el 99,9 % de las células tumorales, una sola célula capaz de sobrevivir puede dar origen a nuevas masas tumorales, por lo general más difíciles de eliminar que las anteriores;

4) las masas tumorales pueden contener células estaminales susceptibles de seguir produciendo otras células tumorales, aunque la terapia aplicada sea eficaz.

UNA «CONSPIRACIÓN SIN CONSPIRADORES»

Entonces ¿por qué tanta gente enferma de cáncer? La respuesta, en parte, está en lo que llamo «conspiración sin conspiradores», un neologismo que he inventado para describir la situación.

Para muchos la meta es la ganancia, no la salud de las personas. Por eso las industrias alimentarias, la del tabaco, las compañías petroleras, la industria automovilística y también los medios, los hospitales y los médicos participan en esta «conspiración sin conspiradores» no oponiéndose al actual estado de cosas y en muchos casos promoviéndolo. «Sin conspiradores» porque: 1) el ejecutivo de una empresa que vende patatas fritas, hamburguesas o bebidas azucaradas no se alía con el ejecutivo de una fábrica farmacéutica que vende fármacos contra la diabetes para urdir un complot que mantenga a las personas obesas y enfermas; 2) la mayoría de los médicos tienen buenas intenciones y simplemente prescriben esa medicina contra la diabetes porque no saben —y a menudo no pueden— hacer otra cosa. Por ejemplo, desde hace tiempo sabemos que una dieta «occidental» rica en calorías derivadas de grasas animales, proteínas y azúcares, promueve la obesidad, la diabetes y los trastornos cardiovasculares, además de aumentar el riesgo de cáncer, enfermedades neurodegenerativas, etc. Como ya expliqué en mi primer libro, la solución existe: se trata de adoptar una «dieta de la longevidad» y un estilo de vida apropiado, y no es solo mi opinión, pues se basa en cientos de estudios en campos diversos que he reunido en la definición de los Cinco Pilares de la Longevidad: epidemiología, ensayos clínicos, investigación fundamental sobre la longevidad, estudio de los centenarios y estudio de los sistemas complejos. Dado que la dieta de la longevidad se basa no solo en evidencias científicas, sino también en el estudio de las dietas que se siguen en distintas zonas del mundo que tienen una alta tasa de población centenaria, podría adoptarse sin necesidad de cambios radicales, respetando las tradiciones y costumbres que han ido sedimentándose a lo largo de cientos de años.

Así las cosas, ¿por qué el mundo no cambia en esta dirección, aprovechando los beneficios que ofrecen una nutrición y un estilo de vida más sanos en términos de salud, duración de la vida y ahorro de dinero (en Estados Unidos casi un 20 % del producto interior bruto se dedica al gasto sanitario)?

1) La formación de la mayoría de los médicos está enfocada a afrontar las enfermedades. Con suerte, esta formación incluirá una asignatura de nutrición, pero no tendrán ninguna de «nutrición y longevidad en materia de salud».

2) Muchas industrias alimentarias y farmacéuticas sacan partido de la «confusión informativa» que las protege de las críticas a la comida malsana y fomenta el uso de fármacos como único recurso para curar trastornos y dolencias. Pagan a cientos de consultores procedentes del mundo académico y ejercen gran influencia sobre los medios a través de la publicidad, materia en la que son expertos. Con ello no quiero decir que todas las empresas alimentarias y farmacéuticas recurran a estas prácticas, pero las que lo hacen son lo bastante numerosas como para sembrar confusión sobre cuáles son los alimentos sanos y cuáles no, así como sobre el modo de prevenir y curar las enfermedades. No soy en absoluto contrario a los fármacos, sino solo a los que son inútiles o a los que se recomiendan como «terapia tirita» sin tratar de resolver el problema que hay detrás. De hecho, en este libro promuevo el uso de los fármacos oncológicos que funcionan, y pocas veces aconsejo únicamente la dieta que imita el ayuno.

3) Si las personas desarrollan enfermedades crónicas, los hospitales y las clínicas privadas o concertadas ganan más que promoviendo una longevidad sin enfermedades. Esto no significa que lo hagan a propósito, pero el incentivo no está asociado a la curación.

4) Los científicos recurren con frecuencia a estrategias «de un solo pilar» (por ejemplo, basándose exclusivamente en la epidemiología o en la investigación fundamental) y siempre andan en busca de ideas originales. Por eso tienden a seguir direcciones distintas, en vez de unir sus fuerzas en una sola misión a favor de la salud. Además, por lo general los científicos prefieren no ocuparse del paciente, y pocas veces se implican en las terapias, lo cual puede ser muy bueno para la ciencia, pero resulta pésimo para el que está enfermo en ese momento.

5) Los periodistas a menudo no tienen una visión clara de estos asuntos, a lo cual cabe sumar la preocupación por las posibles reacciones de la industria alimentaria y farmacéutica, de los médicos, los hospitales, etc.

¿Por qué hablo de «conspiración sin conspiradores»? Porque todos, yo incluido, aceptamos formar parte de este sistema que nos da trabajo y enriquece a las empresas y a los hospitales privados. Entonces ¿de quién es la responsabilidad? De todos nosotros, que permitimos la existencia de este sistema. La solución es disponer de fuentes de información fiables, como universidades, médicos con una formación seria en materia de alimentación y de healthspan, nutricionistas especializados en juventología y healthspan que trabajen en equipo con los médicos, de hospitales cuyo negocio no consista en que la gente enferme, sino en que la gente se mantenga joven y sana, y de empresas alimentarias y de tecnología para la nutrición, como algunas que he fundado, que trabajan duro para crecer, con la salud y la longevidad de sus clientes y la sostenibilidad ambiental como metas. Por todos estos motivos, además de no recibir ningún emolumento de dichas empresas, me he comprometido a dedicar el cien por cien de mis posibles dividendos a la investigación y a la beneficencia. También he creado dos fundaciones no lucrativas, Create Cures Foundation (www.createcures.org) en Estados Unidos y la Fondazione Valter Longo Onlus (www.fondazionevalterlongo.org) en Italia, para dar asistencia a pacientes que padezcan cualquier enfermedad, sobre todo en un estadio avanzado, y al mismo tiempo concienciar, tanto a los niños como a la población en general, de lo importantes que son una alimentación adecuada, llevar un estilo de vida equilibrado y alcanzar una longevidad sana. Para cumplir la importante misión de dar a todos la oportunidad de una vida larga y saludable, también he donado a las dos fundaciones y a sus proyectos todo el producto de las ventas de mis libros.

Volviendo al tema que nos ocupa, existe un malentendido general según el cual cambiar este sistema supondría perder puestos de trabajo, rebajar los sueldos de los médicos y provocar la quiebra de fábricas alimentarias y farmacéuticas. Del mismo modo que la irrupción del coche eléctrico en el mercado no ha causado ningún impacto negativo en la industria automovilística, sino que ha mejorado sus prestaciones, las formas de ayuno que hemos propuesto, y que, junto con otros tipos de ayuno, gozan de una amplia aceptación en el mundo, no han provocado una pérdida de puestos de trabajo ni han frenado la economía. Al contrario, han promovido cambios positivos y han inducido a muchas industrias alimentarias a producir alimentos más sanos. Quiero recordar aquí las declaraciones de un empresario cárnico alemán a un periodista, en las que se felicitaba por el aumento de veganos entre la población: gracias a la venta de hamburguesas veganas sus ganancias habían aumentado porque el margen de beneficio era mayor que el de las hamburguesas de carne.

MÉDICOS Y BIÓLOGOS EN EQUIPO

En los últimos años se advierte una mayor tendencia de las personas a formar parte de un equipo: derecha o izquierda, veganos o carnívoros, medicina tradicional o medicina alternativa. La obsesión por el programa del «equipo» al que pertenecemos nos hace olvidar que la mayoría de nosotros desearíamos vivir muchos años, felices y con buena salud. Creo que esto se debe a que necesitamos pertenecer a tal o a cual grupo. Si nos mantuviéramos un poco más a distancia de la mentalidad de «equipo» y nos centrásemos en una determinada misión, si nos focalizásemos en las cosas sustanciales y, más allá de las tecnologías, tuviéramos presentes otros factores como las tradiciones, la historia, la ciencia y el entorno, obtendríamos muchos más resultados a un coste menor. Hoy sabemos que tanto en los ratones como en los monos y en los humanos, basta con una mutación genética o una intervención específica sobre la alimentación para lograr una importante reducción de la incidencia del cáncer y la diabetes, emparejada a una reducción del deterioro cognitivo. Para dar a conocer estos descubrimientos y este nuevo conocimiento al mayor número posible de personas necesitamos «equipos» de otro tipo, más comprometidos en la resolución de conflictos que en defender una bandera de uno u otro color.

Ya en mi primer libro había destacado la importancia de que en las clínicas trabajasen equipos multidisciplinarios de médicos, biólogos moleculares, nutricionistas, psicólogos, etc., que uniesen esfuerzos para resolver problemas médicos complejos. Desde entonces hemos abierto dos clínicas, una en Los Ángeles y otra en Milán, donde hacemos justamente eso. En la Create Cures Clinic de Los Ángeles (www.createcures.org) los médicos trabajan en estrecho contacto conmigo, junto con investigadores de biología molecular y con nutricionistas, a los que cabe sumar médicos externos especializados en la cura del cáncer, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y otras dolencias, muchas de ellas en fase avanzada. Debo admitir que los primeros seis meses fueron muy difíciles y que todos, incluidos los pacientes, se quejaron porque estábamos tratando de aplicar un método que yo ya había puesto en práctica colaborando con médicos de varios hospitales, pero que resulta más difícil de construir dentro de una clínica partiendo de cero. Tuvimos que hacer frente a problemas complejos, como definir la función de cada miembro del equipo (tuve que asegurarles a los médicos que seguirían llevando las riendas de la terapia) y cuánto tiempo debía dedicar cada uno de ellos a los pacientes, pero al final conseguimos superar estas dificultades y estoy convencido de que gracias a lo que estamos haciendo pronto asistiremos a una importante mejora de la calidad de las curas.

VIEJAS TERAPIAS ONCOLÓGICAS FRENTE A NUEVAS TERAPIAS ONCOLÓGICAS

En mi primer libro, La dieta de la longevidad, resaltaba la importancia de encontrar, ante todo, al experto «adecuado», capaz de elegir la dirección correcta, para a continuación dar con el equipo apropiado de clínicos, y así estar seguros de seguir el rumbo prescrito sin incumplir ninguna regla de la práctica médica ni alejarse de las terapias estándar. Si eres paciente oncológico quieres que ese equipo de médicos te dé 1) lo mejor en materia de terapias y 2) terapias aplicadas durante el menor tiempo seguido, con pocos efectos colaterales o ningún efecto a largo plazo; en suma, deseas que dicho equipo te ofrezca garantías no solo de sanar, sino de vivir saludablemente y durante muchos años. Es muy difícil obtener este resultado en pacientes con tumores en fase avanzada, pero no tanto en los que aún se encuentran en los primeros estadios de la enfermedad.

Hace poco asistí a un taller con un buen número de directores de algunos de los hospitales oncológicos más prestigiosos del mundo. Cuando me puse en la piel de los pacientes y dije que deberíamos prestar atención a los efectos colaterales de las terapias y no solo al cáncer, todos, casi al unísono, me replicaron con estas palabras: «Ante todo debemos ocuparnos del tumor, los efectos colaterales son un problema secundario». Esas palabras me chocaron, pero me di cuenta de que esas personas estaban combatiendo en una guerra, que lo hacían con pocas armas y que esas armas mataban muchas células sanas y dañaban tejidos normales, pero eran la única posibilidad de ganar la guerra, una guerra que, en muchos casos, quizá en la mayoría, sabíamos que estaba perdida.

Cuando unos años atrás escribí a los organizadores de uno de los más prestigiosos congresos de oncología del mundo para quejarme de que no estuviera prevista una sesión dedicada al daño causado por la terapia oncológica en los pacientes y propuse organizar una, no quisieron hacerlo. Un congreso de tal magnitud no tenía previsto dedicar ni una sola palabra a la protección del paciente. Dado que existen poquísimas clínicas y hospitales que brinden a los pacientes un tipo de tratamiento de «360 grados», así como equipos multidisciplinarios que puedan maximizar la posibilidad de que se curen y vivan sanos por muchos años, es importante comprender no solo que la alimentación y las dietas parecidas al ayuno pueden influir en las terapias, sino cuáles deben ser las características del sistema que permitiría optimizar los efectos de la terapia. Para lograr que lo que he dado en llamar «revolución de la longevidad» tenga éxito, los médicos deberían hacerla suya; los nutricionistas que trabajan con ellos deberían ayudar a aplicarla; los periodistas deberían encontrar la forma de transmitir un mensaje complejo centrado en la vida del paciente y no en los índices de audiencia, y los empresarios, por último, deberían crear empresas o desarrollar nuevos productos y servicios rentables para que la gente viva muchos años con salud.

¿Por qué son necesarios estos cambios, sobre todo los que tienen que ver con el aspecto clínico? Porque todos los tumores, sea cual sea su naturaleza, tienen una «debilidad molecular» y para desarrollarse necesitan muchos nutrientes, pero también siguen mutando. Por eso, atacar un tumor limitándose a las curas estándar aplicadas por los oncólogos es como librar una guerra usando solo soldados que matan gente: la infantería disparando, la aviación bombardeando desde el cielo, la artillería bombardeando a distancia. Pero la propia guerra, en los últimos cien años, se ha convertido en algo más sofisticado con la incorporación de elementos de inteligencia como, por ejemplo, los que llevaron a Turing a inventar una máquina compu­tacional capaz de descifrar los mensajes en clave de los alemanes. Mientras que en todo el mundo se combatía con armas de fuego, una parte de la guerra la ganaron científicos como Turing gracias a su capacidad de «pensamiento alternativo», pese al escepticismo de los mandos militares de la época.

Probablemente el lector, un poco harto ya de estas metáforas militares, esté pensando: «Al grano: ¿se puede curar el cáncer?». La respuesta es que sí, algunos tumores se pueden curar, pero lo más importante es que el tipo de terapia, convencional e integrada, que se aplique puede marcar la diferencia entre que un paciente muera a los 25 años por un linfoma (tumor de la sangre que afecta el sistema linfático), a los 32 por un adenocarcinoma (tumor de las glándulas presentes en varios órganos) o viva 100 años. Lamentablemente, las terapias integradas (las que se suman a las terapias oncológicas convencionales) tropiezan con graves inconvenientes, como:

1) La imagen de charlatanería que se asocia a gran parte de las «terapias alternativas». Por ejemplo, hace poco se han publicado estudios sobre la práctica de inyectar altas dosis de vitamina C en combinación con dietas semejantes al ayuno en el tratamiento de ciertos tumores (los llamados tumores KRAS mutados, es decir, con una mutación del gen KRAS que rige la síntesis de las proteínas y se encuentra, por ejemplo, en el cáncer colorrectal y de páncreas) en los ratones, uno de ellos firmado por mí y un equipo de expertos.[6] Pero sucedió que muchos empezaron a decir o a creer que las píldoras de vitamina C podían ser eficaces contra cualquier tipo de cáncer en seres humanos. He aquí un ejemplo de charlatanería, pues varios estudios clínicos han demostrado que la vitamina C por vía oral no tiene ninguna eficacia, y mediante nuestros experimentos con animales hemos demostrado que sucede lo mismo con la forma inyectable, siempre que no se asocie a la dieta que imita el ayuno y, en todo caso, solo es efectivo con ciertos tumores (KRAS mutados).

2) La tendencia de la mayoría de los oncólogos a considerar cosa de charlatanes cualquier tipo de terapia integrada, así como el propio concepto de terapia integrada, en muchos casos sin haber leído nada ni haber tratado de entender lo que es. En defensa de los oncólogos cabe señalar que siempre están desbordados y no pueden contar con nadie que les eche una mano para tratar de entender todas las propuestas de los científicos. Dicho lo cual, creo que ante los tumores en un estadio avanzado para los que no hay terapias eficaces, el oncólogo debería tomarse un tiempo e informarse de las terapias integradas que cuentan con el respaldo tanto de pruebas de laboratorio como de estudios clínicos y pueden considerarse seguras y potencialmente eficaces. Volviendo al ejemplo de la vitamina C, un oncólogo que trata a un paciente con cáncer KRAS mutado en el colon para el que las terapias estándar no han resultado eficaces podría hablarle al paciente de la existencia de estudios clínicos sobre ese tipo de terapia o podría leer los artícu­los que tratan de dicha terapia, discutir sobre el asunto con los expertos o recurrir a la ley sobre las llamadas «curas compasivas» y, en virtud de dicha ley, asociar el uso de vitamina C inyectable a las curas estándar.

La estadounidense Food and Drug Administration define así las curas compasivas: «Llamadas a veces “de uso compasivo” […] son una vía potencial mediante la que un paciente con una condición, enfermedad o trastorno grave que ponga en peligro su vida de forma inmediata puede acceder a una cura experimental (fármaco, producto biológico o dispositivo médico) para su tratamiento fuera de los ensayos clínicos cuando no existan opciones terapéuticas alternativas comparables o satisfactorias».[7] Para un oncólogo, que debe asumir la responsabilidad de estas curas y dedicarles parte de su tiempo, no es un camino fácil de recorrer. Pero la ley lo tiene en cuenta, porque existe la posibilidad de que marque la diferencia, quizá una gran diferencia, para el paciente. En Italia varios centros oncológicos de excelencia, en colaboración conmigo, han incluido intervenciones integradas de este tipo en una investigación clínica de viabilidad con pacientes aquejados de distintos tipos de cáncer, basada en protocolos aprobados por los comités éticos. Es una solución ideal mientras la terapia integrada no forme parte de las terapias estándar, pero que, al ser su aplicación muy difícil para la mayoría de los oncólogos, pocas veces se adopta.

ESTE LIBRO

Este libro es el fruto de mis treinta años de investigación sobre el envejecimiento y quince sobre los tumores, así como de muchos estudios clínicos completados o iniciados en colaboración con algunos de los más cualificados centros sanitarios y estudiosos europeos y estadounidenses que se dedican tanto a la prevención como a la curación del cáncer, poniendo siempre al paciente por delante. También es el fruto de lo que hemos aprendido en la clínica de la Create Cures Foundation de Los Ángeles (www.createcures.org) y en la clínica de la Fondazione Valter Longo de Milán (www.fondazionevalterlongo.org), donde hemos ayudado y seguimos ayudando a miles de pacientes oncológicos a complementar las terapias estándar con medidas nutricionales u otras medidas integradas.

Los primeros capítulos, que tienen por objeto la prevención de los tumores, son más sencillos, dado que por lo general se ocupan de alimentación y longevidad, pero las recomendaciones que contienen no son tan previsibles como pudiera pensarse, porque van dirigidas a surtir efectos antitumorales y antienvejecimiento evitando la malnutrición, de modo que las personas puedan aficionarse a estas prácticas y observarlas el resto de su vida. No nos limitamos a dar esa clase de consejos improvisados que se escuchan todos los días, del tipo «come poco y con moderación», «come como tu abuela» o «come como se comía en el Paleolítico», «come pocos carbohidratos» o «come según la dieta mediterránea». Se trata de comer más, pero limitándose a cierto número de ingredientes sabrosos que permiten mantener un peso normal, respetando tanto la tradición como la nutritecnología y basándose en lo que indican las pruebas clínicas, los estudios epidemiológicos y de los sujetos centenarios, la juventología y los estudios sobre la longevidad. Se trata de entender que obesidad y ayuno no son fenómenos de la modernidad, sino fases normales de la evolución humana, ambas necesarias para sobrevivir a largos inviernos o a periodos de escasez de comida. Solo si comprendemos nuestro origen y nuestra evolución, además de sus bases moleculares, podremos obtener el máximo beneficio en términos de longevidad saludable y prevención de tumores.

Los capítulos dedicados a los tumores y su terapia son más complejos, porque se ocupan de los numerosos tipos de cáncer que hemos estudiado y seguimos estudiando. De entrada, observaremos la evolución de una célula tumoral y una masa tumoral. Podría parecer que las células tumorales son más listas que las normales, pero en realidad están «confundidas», aunque pueden convertirse en enemigos mortales 1) si les suministramos todo el alimento que necesitan o 2) si no comprendemos que la masa tumoral contiene células de muchos tipos y algunas de ellas son resistentes a determinados tratamientos. Por eso la guerra contra el cáncer debe emplear instrumentos más refinados y centrarse sobre todo en lo que hace muchos años habíamos descrito como «resistencia diferencial al estrés» y «sensibilidad diferencial al estrés» o, en otras palabras, en la creación de unas condiciones que hagan a las células tumorales mucho más vulnerables a la terapia, y a las células sanas y a los órganos mucho más resistentes. Partiendo de los datos sobre las células, pienso que si pudiéramos lograr que las células tumorales fueran diez veces más sensibles y las células sanas diez veces más resistentes a la terapia, probablemente podríamos curar la mayoría de los cánceres. Ya somos capaces de hacerlo con muchos tipos de cáncer en ratones, como veremos más adelante, de modo que la meta es alcanzable, aunque no será nada fácil ni para nosotros ni para quienes trabajan en otros tipos de terapia.

En definitiva, para combatir el cáncer tendremos que combinar terapias estándar como la inmunoterapia o la terapia hormonal con terapias nutricionales que alteran la disponibilidad de nutrientes tanto durante la terapia como después de esta. Los cambios en la alimentación tienen que producir una sangre hostil a las células tumorales, de modo que una terapia dirigida consiga matarlas a todas. Desconfiemos de los oncólogos que no tienen en cuenta las recomendaciones sobre alimentación que acompañan a las terapias estándar, porque hoy por hoy estamos seguros de que la alimentación y su impacto en el metabolismo pueden desempeñar un papel crucial en la eficacia de los tratamientos. Algo de eso ya se sabía hace cien años, cuando Otto Warburg describió las células tumorales como grandes consumidoras de azúcares y productoras de ácido láctico, un descubrimiento que contribuyó a hacerlo merecedor del Premio Nobel en 1931.

Este libro no pretende rebajar o desacreditar la excelente y a veces heroica labor de los oncólogos, sino brindarles instrumentos y motivaciones para aumentar el número de pacientes que sobreviven y se curan, a la vez que disminuyen los efectos colaterales a corto y largo plazo. Por este motivo he escrito todos los capítulos en colaboración con oncólogos y otros médicos especializados en el tratamiento de tumores específicos, y al final de cada capítulo he incluido las historias que ilustran la experiencia directa de algunos pacientes, con la esperanza de que los oncólogos, al leerlas, se animen a aplicar las recomendaciones nutricionales complementarias de las terapias oncológicas.

En conclusión: este libro describe una serie de cambios que no solo ayudan a prevenir el cáncer, sino también otras dolencias, con el fin de contrarrestar el envejecimiento, basándome en los Cinco Pilares de la Longevidad sana. No siempre será fácil, pero quien lo desee puede seguir sus recomendaciones. Si le han diagnosticado un cáncer o lo ha padecido en el pasado, nuestros equipos de la Create Cures Foundation Clinic (www.createcures.org) de Los Ángeles y de la Fondazione Valter Longo (www.fondazionevalterlongo.org) de Milán están a su disposición para aplicar lo que se expone en este libro. También le invito a encontrar oncólogos con amplitud de miras, dispuestos a emprender nuevos caminos que además de vencer el cáncer le permitan llegar a los 100 años con buena salud.

1

Matar de hambre el cáncer, nutrir al paciente

CONOCER AL ENEMIGO PARA VENCERLO

Corría el año 1994 y yo acababa de dejar el laboratorio de Roy Walford, en el Departamento de Patología de la Universidad de California, en Los Ángeles, para ingresar en el de la química Joan Valentine y la genetista y microbióloga Edith Gralla, en el Departamento de Química y Bioquímica. Con Walford había estudiado la restricción calórica en ratones y personas, pero había llegado el momento de volver a la investigación fundamental. Me había dado cuenta de que el mundo del «contacto directo» de la medicina no era lo mío cuando, al cursar Patología Médica junto con los estudiantes de Medicina, el médico patólogo me pidió que entrase en la sala de disección, donde se estudian los cadáveres; sin mascarilla, empezó a pasarme partes del cuerpo de un hombre de 45 años que acababa de morir de cáncer, y a preguntarme: «¿Qué ve?».

Por entonces yo estaba estudiando para obtener el doctorado de investigación en Patología, pero no tenía intención de licenciarme en Medicina, como sus otros alumnos. Era una prueba de fuerza, el profesor esperaba que me sintiera mal y saliera huyendo. No fue así. Yo venía de cinco años de durísima instrucción en el ejército de Estados Unidos y no pensaba darle ese gusto. Primero miré al hombre de 45 años, luego sus pulmones, que tenía en mis manos, y sin inmutarme pasé revista minuciosamente a todo lo que veía, no mucho la verdad, porque era un estudiante de segundo de doctorado.

En realidad, aquel paciente, un fumador muerto a causa de un cáncer de pulmón, y la naturaleza de su muerte me causaron una impresión mucho más honda de lo que estaba dispuesto a admitir. Me impresionaron por tratarse de un hombre de mediana edad, por el olor que se respiraba en aquella sala y porque cuando el patólogo me puso en las manos sus pulmones me di cuenta de lo frágil que es la vida, del verdadero fin de nuestras investigaciones y de lo importante que era fijarse una meta, cambiar el modo de pensar, tener una misión, no trabajar única y exclusivamente para llegar a ser un científico famoso. Aquel hombre de 45 años quizá podría seguir vivo si alguien le hubiera dicho cómo prevenir el cáncer, dejando de fumar o adoptando un plan alimentario que habría podido protegerlo de las consecuencias del tabaquismo. Quizá podría seguir vivo, también, si hace treinta años se hubiera descubierto la inmunoterapia o cualquier otra terapia eficaz. Fue tan fuerte la impresión de aquel episodio que perdí el apetito durante un par de días, fui incapaz de comer carne durante semanas y tomé la decisión de hacerme pescetariano.

Las células tumorales que habían matado a mi abuelo y a aquel hombre de 45 años acababan de convertirse en mi enemigo público número uno. Me encontraba en uno de los principales centros de estudio y tratamiento del cáncer de todo el mundo (el hospital de la UCLA era y sigue siendo uno de los mejores hospitales de Estados Unidos), y la mayoría de los jóvenes investigadores habrían dado lo que fuera por estar donde estaba yo, en aquel lugar perfecto para trabajar sobre el envejecimiento y el cáncer. Pero mi instinto me decía que mi enemigo público número uno guardaba sus secretos fuera del alcance de la mayoría de los investigadores del Departamento de Patología, y que para conocer a mi enemigo debía comprender de dónde venía, cómo evolucionaba y por qué se comportaba de aquel modo. Pensé en las investigaciones que había realizado sobre el ayuno en las bacterias cuando estaba en el laboratorio de Steven Clarke, en el Departamento de Bioquímica, y decidí estudiar un organismo un poco más próximo a los seres humanos: la levadura Saccharomyces cerevisiae, usada comúnmente por los panaderos y más próxima a nosotros porque, pese a ser un organismo unicelular, también es eucariota, es decir, un organismo cuyas células tienen un núcleo contenido en una membrana.

Me hace gracia el antagonismo que enfrenta a los científicos fundamentales con los médicos y el modo en que ambos se miran por encima del hombro. En 1992, cuando le pedí al coordinador de los estudiantes de doctorado en Bioquímica que me permitiera trabajar en el laboratorio de Roy Walford, en el UCLA Medical Center, me contestó: «No tenemos ni idea de lo que hacen allí». Dos años después, cuando volví al Departamento de Bioquímica, los médicos y los investigadores químicos se preguntaban por qué había decidido perder el tiempo trabajando con bacterias y levaduras cuando habría podido estudiar la enfermedad directamente en el hospital, con ratones y pacientes. Por entonces yo ya pensaba que esos dos sectores habrían tenido que trabajar juntos para resolver los problemas. Impertérrito, regresé al lugar de donde había salido y al cabo de unos meses observé un fenómeno realmente extraño: las levaduras morían y luego parecía que resucitaban y volvían a vivir (figura 1.1).

EL ORIGEN DEL CÁNCER

Se lo señalé a mis supervisores, que se quedaron atónitos. Los organismos resucitaban o crecían, pero ¿cómo podían crecer tan deprisa si no les dábamos ningún alimento? Para responder a la pregunta tuvieron que pasar diez años de investigaciones, que no se publicaron hasta 2004, tras mi nombramiento como profesor de la Universidad del Sur de California, centro privado situado al otro extremo de Los Ángeles y famoso por sus investigaciones sobre el envejecimiento. Mientras las levaduras envejecían y morían, según un proceso de «muerte altruista», generaban millones de mutaciones del ADN, y solo algunas de estas permitían al organismo prosperar y crecer en condiciones de escasez de alimento. El otro descubrimiento era que para crecer utilizaban los nutrientes liberados por los organismos muertos o moribundos: en realidad, se trataba de una especie de canibalismo. Por un lado, gracias a los estudios en laboratorio de Paola Fabrizio y muchos otros, habíamos logrado demostrar por primera vez que el envejecimiento puede ser un proceso altruista programado, como habían supuesto Darwin y Wallace un siglo y medio atrás, sin lograr demostrarlo. Entre otras cosas, habíamos identificado uno de los primeros ejemplos de una serie de cambios naturales que causaban un crecimiento parecido al del cáncer. ¿Acaso habíamos encontrado el origen del cáncer?

Imagen decorativa

1.1 Las levaduras al crecer envejecen, causando mutaciones en su ADN. Algunas de estas mutaciones pueden conferir a los organismos mutados la capacidad de utilizar, para crecer, los nutrientes liberados por los organismos muertos. Entonces la población se «regenera», porque, a pesar de la muerte de algunos organismos, otros proliferan (modificado de: Fabrizio et al., Journal of Cell Biology, 2004).

Al igual que las células tumorales, las de levadura crecían sin ser estimu­ladas para ello y seguían creciendo pese a la carencia de alimento, lo cual normalmente le indica a la célula que debe dejar de hacerlo. Lo que hacía más plausible la posibilidad de que aquello fuera realmente «el origen del cáncer» era el hecho de que todas las mutaciones causantes del crecimiento de tipo tumoral se producían en genes similares a los oncogenes (genes mutados que pueden provocar el cáncer), fundamentales para el crecimiento y la supervivencia del tumor en los seres humanos. Este fenómeno se puede explicar de dos maneras: 1) el cáncer surge a raíz de unas mutaciones casuales de ciertos genes del crecimiento (los oncogenes), que permiten un crecimiento incontrolado; 2) por el contrario, dichas mutaciones son respuestas específicas a una necesidad concreta: en el caso de la levadura, la necesidad de adaptarse, adquiriendo la capacidad de crecer y sobrevivir en condiciones que habitualmente no lo permiten; en una palabra, las alternativas son mutar o morir.

Dado que en el ser humano el crecimiento incontrolado de un cáncer no desempeña una función positiva y adaptativa, es probable que las mutaciones que en este caso llevan al cáncer sean casuales o se deban a una mala gestión, relacionada con la vejez, de procesos que tienen un papel biológico. Por ejemplo, los mismos radicales libres que usa el sistema inmunitario para matar bacterias causan grandes daños al ADN, así como mutaciones que podrían convertirse en células tumorales. Se trata de un fenómeno positivo que podría verse alterado por el envejecimiento, generando mutaciones que permiten el crecimiento del cáncer, es decir, mutaciones en oncogenes y en oncosupresores. Los primeros son genes que estimu­lan la proliferación de las células, mientras que los segundos inhiben su crecimiento. Cuando mutan pueden provocar un tumor. Las mutaciones en los oncogenes alimentan el motor que impulsa el crecimiento del cáncer, mientras que las mutaciones en los oncosupresores eliminan y debilitan el «puesto de control» que puede detener su crecimiento. Un aspecto importante de las mutaciones en los oncogenes, del que hablaré más adelante, es que se producen en los mismos genes que aceleran el proceso de envejecimiento (IGF-1, Ras, AKT, TOR, PKA, etc.) y que si se inactivan prolongan la vida de distintos tipos de organismos.

CADA VEZ MÁS CONFUNDIDAS

Vemos, pues, que las células tumorales son capaces de mutar e iniciar otros procesos de cambio que las hacen no solo más propensas a crecer, sino también capaces de sobrevivir en condiciones que normalmente no se lo permitirían. Además, al estar sometidas a una «aceleración» permanente, producen grandes daños en el ADN y en sus propios componentes, adaptándose en muchos casos a crecer y a sobrevivir mientras haya nutrientes disponibles. A diferencia de todas las células sanas del cuerpo humano, o al menos la mayoría, que se adaptan a la limitación de algunos o de todos los nutrientes que proceden del exterior, las células tumorales carecen de esta capacidad, y a cada mutación o a cada cambio permanente están más confundidas. Mientras que las células epiteliales de la mama de una mujer o de la próstata de un hombre son el resultado de millones de años de evolución y pueden adaptarse a una amplia gama de condiciones nutricionales, como el hecho de que su anfitrión (el paciente) ayune, las células tumorales cada vez necesitan más cantidad de cada nutriente que recibe el paciente.

¿Qué hacen casi todos los hospitales y la mayoría de los nutricionistas cuando tratan a un paciente oncológico? Procuran que coma de todo y en mayor cantidad, esperando que con este exceso de alimento compense la pérdida de peso y masa muscular causada por la enfermedad y las terapias. Aunque en algunos casos esta sobrealimentación puede ser beneficiosa para la masa muscular y el peso del paciente, las más favorecidas s

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