La Amazonia

Eliane Brum
Eliane Brum

Fragmento

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Para Lilo Clareto,

que se transformó en jaguar

Para Jon Watts,

que se amazoniza conmigo, en mí

Para humanes y más-que-humanes,*

que me enseñaron que el fin del mundo

no es un fin sino un medio

* En este libro he querido explorar el llamado lenguaje inclusivo o neutro, una exploración que responde a la necesidad de emplear otro lenguaje para acoger otras vidas y crear otros mundos. Lo he utilizado siempre que ha sido posible, porque aún ando a tientas. Imagino que a la mayoría le resultará extraño e incluso incómodo al principio de la lectura, como me pasó a mí. El extrañamiento es necesario. Lo que no nos provoca extrañeza no nos transforma.

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¿dónde empieza un círculo?

Los habitantes del Xingú llaman banzeiro a la zona donde el río se embravece, por donde, si hay suerte, se puede pasar al otro lado; si no la hay, no. Se trata de un «punto» peligroso entre el lugar desde el que uno viene y el lugar al que quiere ir. Quien rema espera a que el banzeiro retire sus garras o se apacigüe. Y guarda silencio porque de repente el barco puede volcar o acabar arrastrado río abajo. Guarda silencio para no despertar la furia del río.

Banzeiro no tiene sinónimos. Tampoco traducción. Banzeiro es lo que es. Y está donde está.

Desde que en agosto de 2017 me mudé a la Amazonia, el banzeiro ha pasado del río a mi interior. No tengo hígado, ni riñones, ni estómago como las demás personas. Tengo banzeiro. Dominado por el remolino, mi corazón late en círculos concéntricos, a veces tan rápido que no me deja dormir por la noche. Y desafina, con frecuencia suena fuera de tono, como una sinfonía disonante; el médico dice que es arritmia, pero el médico no sabe de cuerpos que se mezclan. Los médicos de los blancos están obsesionados con las fronteras, ven el mundo como los diplomáticos europeos que en el Berlín de 1885 dividieron África en una mesa de negociaciones. Dame este corazón, quédate con el riñón, a cambio de esta pierna te doy el bazo y el hígado.

Con este corazón que se ha olvidado de latir al ritmo convencional, el insomnio me pilota. Mi sangre se ha vuelto agua y a veces noto que un pez me hace cosquillas en el páncreas. En otras ocasiones, toda yo estoy envenenada por el mercurio que los garimpeiros arrojan a las venas del río y a sus propias venas. Me retuerzo, muto y me salen branquias podridas.

No ocurrió de repente; fue ocurriendo. Todavía ocurre. Creo que nunca dejará de ocurrir. La Amazonia no es un lugar al que vamos cargando nuestro cuerpo, esa suma de bacterias, células y subjetividades que somos. No es así. La Amazonia salta sobre nosotros como si fuera una anaconda, estrangula la columna vertebral de nuestros pensamientos y nos mezcla con la médula del planeta. Ya no sabemos cuál es nuestro yo. La gente sigue llamándonos por nuestro nombre, contestamos, parece que continuamos con nuestra identidad intacta; pero ya no sabemos lo que somos. El ser en que nos hemos convertido no tiene nombre. No porque no lo tenga, sino porque no conocemos su lenguaje.

Si os fijáis, todas mis metáforas son corpóreas, y ni siquiera son metáforas. La Amazonia lo vuelve todo literal. Ya no puedo ser cartesiana, porque el cuerpo es todo y todo lo domina. La persona que entra en la selva por primera vez no sabe qué hacer con las sensaciones que experimenta, con las partes del cuerpo que ignoraba que tenía y que, de repente, nunca la abandonarán. En algún momento enferma, porque su cuerpo urbano, acostumbrado a fingir que no existe para poder robotizarse frente al ordenador, no sabe qué hacer consigo mismo.

Este cuerpo estaba ocupado en un diez por ciento, porque había mucho reprimido, y de repente se pone al cien por cien. Y suda tanto que las gotas caen al suelo y se rasca picadas de piuns o moscas negras y se corta con las pequeñas y espinosas palmas llamadas «tucuns» y tirita con el agua del río y se empapa de deseo por cuerpos que no estaban en el menú. Es demasiado de todo y de repente. En sus primeras incursiones en la Amazonia la gente de ciudad lo pasa mal y enferma porque toman una sobredosis de cuerpo. Confunden la malaria con el deseo de un cuerpo que no se conocía a sí mismo.

Me ocurrió hace más de dos décadas, a finales de los años noventa, durante los primeros viajes que hice a la Amazonia como periodista. Yo iba y volvía. Y cuando regresaba —la primera vez a Porto Alegre, y todas las demás a São Paulo—, me encerraba en mí misma hasta que mi cuerpo volvía a amoldarse en el apartamento en que se sentía cómodo, porque conocía la distribución de memoria. Mi cuerpo se convertía en un piso de dos habitaciones de clase media, pero la bestia que vive en lo más profundo de mi ser había probado el sabor. Y no se permitía olvidarlo. Entonces regresaba a la Amazonia. Iba y volvía, iba y volvía, sintiendo curiosidad de mí. En enero de 2016 caminaba con una amiga por la ciudad de Altamira, en Pará. Era época de lluvias, pero estaba seco. El pueblo yudjá, de la Volta Grande del río Xingú, lo llamó el «Año del Fin del Mundo». Ya contaré por qué cuando vuelva el banzeiro, si es que no me ahogo antes. Es fácil ahogarse en la escritura. Lo difícil es no hacerlo.

Con mi amiga, la psicoanalista Ilana Katz, y un pequeño grupo de personas celebrábamos reuniones con movimientos sociales y medioambientales de Altamira. Queríamos crear una experiencia clínica centrada en la escucha del sufrimiento de los refugiados de Belo Monte, la central hidroeléctrica que acabó con una parte del cuerpo del río Xingú. Desde que la presa bloqueó el río, el Xingú tiene partes muertas. En algunos tramos, arrastra penosamente brazos y piernas inmóviles, lo que llaman «embalses» o «lagos artificiales». En otros, su cuerpo se seca y se asfixian universos enteros, como en la Volta Grande do Xingú. Los peces intentan nadar y reproducirse, pero acaban muriendo, sumándose a los otros cadáveres. A la muerte no le gusta morir sola. Va muriendo en cadena. La muerte no sufre de agorafobia, le gusta todo el mundo: los peces, los mosquitos, los árboles, nosotros.

Entre las ruinas de la ciudad amazónica más violenta, con el sol sobre nuestras cabezas como una corona de plomo, le dije a mi amiga: «Voy a venir a vivir a Altamira.» Ni siquiera sabía de dónde procedía esa voz. Pero las palabras fueron dichas. Y lo que se dice ocurre.

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desestructura

Soy periodista. Y, como a todos los periodistas, me han enseñado a preguntar la edad de las personas a las que entrevisto. Eso que llamamos «civilización occidental» se desarrolla de forma lineal. Empieza de cero y a partir de ahí nos divide en grupos de edad. Todo se construye en torno a esta convención: las estadísticas, lo que debemos sentir, lo que le ocurre al cuerpo y a la mente, la calidad de vida, el momento en que se espera que muramos. Todo va desde el cero a alguna parte en línea recta. Supuestamente, cuanto mayor es la esperanza de vida de una nación más desarrollada es ésta. Las personas piensan en sí mismas a partir de estos números, que marcan los cumpleaños registrados en el papel y ahora también en la nube. Esto estructura el pensamiento, pero una estructura es también una prisión.

Mudarme a la Amazonia me desestructuró. La mayoría de la gente cree que desestructurarse es una especie de catástrofe personal, pero en mi opinión ésa no es sino una forma limitada de entender la vida. Cuando alguien se desestructura, lo hace porque la estructura que lo sostenía se ha vuelto insoportable, y a veces ni siquiera entiende por qué. A partir de entonces no se ahorrarán esfuerzos para que esa persona vuelva a su estado anterior, regrese con los suyos, «retome el rumbo». Ella misma hará todo lo posible para volver a su antigua forma y conformar su cuerpo, conformarse, amoldarse. Pero su cuerpo, y no somos sino cuerpo, se rebelará. La persona en cuestión pensará que tiene una mente y un cuerpo, porque Descartes era sumamente convincente y su teoría aún más conveniente en el momento en que la formuló, y a saber qué les pasaría a sus testículos cuando inventó ese humane partido en dos. Pero no hay partición, porque no hay parte. Eso que llamamos «persona» grita, sufre y ama, todo mezclado.

En Occidente, las mujeres saben más sobre eso que los hombres, porque sangran, y durante ese período se las trata como anomalías para que la teoría no se venga abajo. No hables con ellas, están locas. Están locas porque se han convertido en cuerpo. Tengo una amiga, fotógrafa, que hace unos años lanzó una bolsa de sangre menstrual contra el Vaticano. Se subió a un avión en São Paulo y atravesó el océano para llevar a cabo la acción. Sin embargo, la regla no le coincidió con la fecha de la performance, por lo que tuvo que pedir prestada la sangre menstrual a otra mujer. Ningún problema. Allá adonde vayas siempre hay mujeres sangrando por la vagina. Debidamente abastecida, fue a casa del Papa y ensangrentó lo sagrado.

Hizo las fotos. No la detuvieron. Recuerdo que en aquel momento pensé que era un gesto un tanto exagerado, pero más tarde cambié de parecer. Ante la ofensiva de los machos blancos que gobernaban el mundo a finales de la década de 2010, como Donald Trump y Jair Bolsonaro, imagino que creamos un movimiento en el que todas las mujeres —negras, indígenas, blancas— menstruamos juntas en la Casa Blanca, en el Palacio de Planalto, en todos los centros de poder. Lo enrojeceríamos todo. De momento, dejaría a Francisco inmaculado.

En el Xingú me desestructuré. Y desestructurarse es arriesgado, porque una vez que ocurre ya no hay vuelta atrás. Significa que ya no te conformas con una estructura de pensamiento único, por lo que nunca volverás a sentirte cómodo, tal vez ni siquiera podrás ser coherente otra vez. Te descubres desformado. Antes, estabas deformado por la forma. Y entonces te desformas, pero no eres un pastel. Desformado puedes transmutarte en múltiples formas, y eso es increíblemente aterrador. No sabía que lo que me estaba ocurriendo era esta pérdida de huesos. La deseaba, pero no lo sabía.

Poco después de que decidiera trasladarme a Altamira, murió mi padre. Solía conversar por teléfono a la vez con mi padre y con mi madre, que hablaban desde distintos aparatos. En esa última llamada mi padre me dijo que se estaba muriendo. Mi madre jura que no fue así, pero yo lo oí, estoy segura de que lo oí. Y entonces abandoné São Paulo, donde vivía entonces, para ir a casa de mis padres, en la ciudad donde nací, en el extremo sur de Brasil. Un viaje de más de mil kilómetros, primero en avión y luego otras seis horas en autobús. Mi padre ya había fallecido cuando llegué. Se supone que de repente, de un derrame cerebral, pero no fue así.

Lo cuento porque yo ya había empezado a desformarme y ya no sabía qué era. No quién, sino «qué». El duelo agudizó el proceso. Por aquel entonces estaba casada con un escritor de libros infantiles. Y me mostró un libro titulado Os cinco esquisitos. Cada personaje tenía una forma de cuerpo diferente, y recuerdo haberme sentido en paz al identificarme con uno de ellos, cuyo cuerpo cambiante estaba lleno de agujeros. Así es como me sentía, cada duelo un agujero. Y me di cuenta de que era posible caminar por el mundo llena de agujeros. Seguía buscando una forma, aunque no fuera convencional.

En otra ocasión di una conferencia en la Festa Literária das Periferias, en Río de Janeiro. Estaba en el barrio de la Mangueira, conocido en el mundo entero por ser cuna de una de las escuelas de samba más populares del carnaval carioca. Cuando tengo que dar alguna charla, suelo escribir un texto que después leo. La escritura me ancla; las palabras escritas son la fuerza de gravedad que me sujetan al suelo. Aquella vez, no sé por qué, decidí hablar sin haber escrito nada. Y entonces me sentí flotando, era como si no tuviera bordes, como si no hubiera separación entre las palabras y yo. Cuando terminó, uno de los organizadores me dijo: «Por un momento he pensado que ibas a desvanecerte ante nuestros ojos.» A lo que yo respondí: «Casi me desvanezco, pero el casi marca la diferencia.» ¿Qué es lo que todavía me proporciona un borde en el mundo? No sé responder a esta pregunta.

Ahora me doy cuenta de que no sé por qué motivo elegí ese camino para contar esta historia. Pero he aprendido a no desperdiciar ninguna oportunidad para perderme. He empezado escribiendo sobre la edad porque ésa es la primera advertencia de los habitantes de la selva: sus mundos no encajan en las dimensiones lineales. Yo preguntaba cuántos años tenía una persona. Y ella me miraba, un poco sorprendida pero siempre muy dispuesta a responder lo que yo quería oír, y decía: «Sesenta y cinco.» Me parecía extraño. Algún tiempo después, a veces años, volvía a preguntar: «¿Cuántos años tienes ahora?» Y la misma persona respondía: «Veintitrés.» Si quieres un número, te lo darán. Pero sin perder nunca la coherencia. Será un número cada vez diferente, y no necesariamente en orden creciente. Es una especie de negociación: te respondo lo que quieres oír, pero mantengo mi integridad.

La edad medida en números en una línea recta no tiene ningún sentido para quien vive en la selva y se mueve por la estación seca y la estación de lluvias, por los ciclos de todas las demás personas, humanas y no humanas, con las que están íntimamente conectados, entre otras cosas porque se comen unos a otros. ¿Por qué necesitas saber cuántos años tienes si sabes lo que sientes, lo que puedes y lo que deseas?

La gente de la selva encuentra a los blancos muy raros, pero descubren lo que ocurre cuando nos acompañan en nuestras «expediciones». Aparte de los ingresos adicionales y de las alianzas, que se han hecho necesarias ante los ataques que recibe la Amazonia, creo que algunas comunidades aceptan nuestra presencia por una especie de curiosidad antropológica, si es que esta palabra tiene sentido para ellos. El antropólogo o periodista cree que está observando, pero siempre está siendo observado, y con gran diversión. Somos los conejillos de indias de estos otros pueblos. Esos para quienes nosotros, «los blancos», somos los otros.

Creo que debo una explicación sobre lo que significa «blanco» en este libro. Tomo prestada la concepción del pueblo yanomami, que utiliza la palabra napë para «enemigo». Enemigo y blanco comparten la misma palabra, sus significados no son distintos sino que se confunden. Se convierten en otros que son lo mismo.

«Blanco», en este caso, no alude al color, sino que se refiere a los que pertenecen a lo que Davi Kopenawa denomina «pueblo de la mercancía», o «comedores de selva». Si a todos los pueblos originarios se los llama «indios» —como si a más de trescientos pueblos, que hablan más de doscientas lenguas diferentes, sólo en Brasil, se los pudiera nombrar con una sola palabra—, nada más simétrico que devolver la cortesía llamándonos a todos «blancos». A los blancos les gusta considerarse universales, tanto que ni siquiera necesitan ser nombrados, a diferencia de todas las demás personas que hay que identificar por no pertenecer al club. Identificadas para que no puedan pasar de la portería, claro está. Utilizar aquí la palabra «blanco» es también un rechazo a esta presunta universalidad, tratándola como identidad particular.

Hace años empecé a desentrañar la blancura también en mí, lo que significa que pasé a problematizar la identidad político-racial blanca como productora, reproductora y sustentadora de privilegios, entre ellos la universalidad. Este tema requiere una exposición mucho más extensa, pero en este libro querría presentar un concepto que creé a partir de la confrontación con mi condición de blanca en un país estructuralmente racista. El concepto de «existir violentamente».

Por muy éticos que los blancos podamos ser a nivel individual, nuestra condición de blancos en un país racista nos sume en una experiencia cotidiana en la que somos violentos por el mero hecho de existir. Soy violenta por el mero hecho de haber nacido en Brasil en vez de en Italia, porque las élites brasileñas decidieron blanquear el país importando hombres y mujeres blancos como mis bisabuelos. Cuando a mi alrededor los negros tienen los peores empleos y salarios, la peor salud, la peor educación, la peor casa, la peor vida y muerte, yo, como mujer blanca, existo violentamente aun sin ser una persona violenta.

En 2014 escribí un artículo en el que afirmaba que, en Brasil, y creo que también en Estados Unidos y en otros países estructuralmente racistas, el mejor blanco sólo consigue ser un buen señor de esclavos. Porque, sí, aún somos señoritas y señoritos, incluso cuando pretendemos ser igualitarios. La desigualdad racial es nuestra condición cotidiana. Y la experiencia de existir violentamente, o de ser violenta incluso sin ser violenta, es algo que siempre me ha corroído.

Es duro reconocer y sentir en los huesos, cada día, que existo violentamente. No puedo elegir ser lo contrario, porque ésa es la condición que se me ha dado en este momento histórico. Pero hay algo que sí puedo elegir, que es luchar para que mis nietos puedan vivir en un país en el que un blanco no exista violentamente por el mero hecho de serlo. Y para eso necesito escuchar. Y, ante todo, perder privilegios. Una de las cuestiones más importantes consiste en cuánto estamos dispuestos a perder para estar con todas las demás personas. Porque los blancos tendrán que perder para que Brasil se mueva, para que el mundo se mueva.

A veces, los privilegios más difíciles de perder son los más sutiles, así como los más subjetivos. Durante siglos, los blancos han hablado prácticamente solos, incluso sobre qué es cultura y sobre qué es pertenencia. Los blancos han hablado prácticamente solos hasta sobre el lugar de los negros. Pero el primer privilegio que perdimos cuando las voces negras empezaron a hacerse oír fue la ilusión de que somos «buenos» porque no somos racistas. No somos buenos. Porque no hay forma de ser blanco y ser bueno en países donde los negros viven peor y mueren primero. A eso lo llamo «existir violentamente».

Asumirme como «blanca» e infligir a los lectores también este recorte identitario marca una posición en este libro. Davi Kopenawa, chamán y diplomático del pueblo yanomami, describe los libros de los blancos como «piel de papel donde las palabras quedan atrapadas». Nada más exacto. En esta piel, me pongo al lado de los indígenas en la lucha por la Amazonia, que aquí llega a ser mucho más que la selva propiamente dicha. Aquí se expande en una batalla por un mundo entendido a partir de otra mirada, una mirada en la que los seres humanos no están en el centro.

Sin embargo, si me pongo al lado de los indígenas, comprendo que esto por sí solo no basta para absolverme de la condición de napë, enemiga. Es en esta ambivalencia donde también me arroja el banzeiro. Asumirla es la única condición posible para escribir un libro como éste, una narración en la que busco ponerme en otras pieles, aunque al final, a pesar de todos mis esfuerzos, sólo me quede la mía, cada vez más incómoda y demasiado ajustada para un cuerpo que se desforma. No hay transmutación posible. Hay que saber que cuando un napë entra en la Amazonia, en el sentido más profundo, nunca volverá a caber en su propio cuerpo, pero tampoco podrá asumir plenamente otro. En este sentido, se convierte en una persona sin lugar, o en una persona sin casa. Extranjero en sí mismo, por sí y para sí. «Extranjero» es el otro significado que los yanomami dan a la palabra napë.

No dejé de preguntar la edad a las personas de la selva. Poco a poco fui aprendiendo que preguntar a alguien su edad no me proporcionaba información... sobre la edad. Pero me ayudaba a vislumbrar algo mucho más importante. Cuánto se deforestaba esa persona. Si me decía su edad exacta, sin dudar, y al año siguiente era un año más vieja, significaba que la ciudad había entrado en ella como un cincel de acero. En ese momento estaba en un acelerado proceso de descomposición de la tierra. Se deformaba para modelarse y conformarse. Encontraría muchos deformados por la forma en Altamira. Algunos morían por la fuerza de un desarraigo que sobrevenía como vacío, disolviendo toda la carne bajo la piel. No una muerte como la de antes, la que conocían y era transformación, aquella en la que seguían viviendo como otro, sino la muerte sin llegar a ser, la muerte muerta.

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el clítoris y el origen de la selva

Poco después de aterrizar en Altamira, con una maleta y financiación para proseguir con mis proyectos periodísticos durante un año, acompañé a una expedición organizada por William Balée, profesor de antropología de la universidad estadounidense de Tulane. Bill, como es más conocido, es uno de los principales exponentes del concepto de «ecología histórica», que investiga cómo los seres humanos han interactuado con su entorno a lo largo del espacio y el tiempo. Esta interacción forma «paisajes», pero no lo que solemos entender por tales. «Los paisajes son encuentros de personas y lugares cuyas historias están impresas en la materia, incluida la materia viva», escribió de forma poética. Lo que cada uno ve nunca es lo mismo. Pero cuando Bill observa la selva, intenta desentrañar la conversación entre los árboles, los arbustos, las lianas y todo lo que se clasifica como botánica y la gente que vivió siglos o milenios antes. Quiere comprender qué paisajes crearon más allá de lo que los ojos ven hoy. Y también lo que ese paisaje puede decirnos sobre el futuro.

Bill investigaba la hipótesis de que esa parte de la selva amazónica había sido plantada por los ancestros de los indígenas actuales, así como el hecho de que la presencia de las comunidades tradicionales contemporáneas no es incompatible con los principios de conservación de la selva. Muchos blancos creen que cuando los colonizadores europeos hallaron la mayor selva tropical del mundo, ésta era una creación carente de huellas humanas. Una especie de «virgen» de más de cincuenta millones de años. Esta creencia no tiene ninguna base en la realidad que las investigaciones de científicos como Bill Balée han desvelado. Una parte de la Amazonia es selva cultural, lo que significa que ha sido esculpida a lo largo de miles de años sobre todo por humanes, pero también por no humanes, los que llamamos «animales», en su interacción con su entorno. Y no por todos los seres humanos, sino por los mismos que hoy mantienen en pie lo que queda de selva y son asesinados a tiros por ello: los indígenas y, en los últimos siglos, los pueblos conocidos como beiradeiros o «ribereños» y «quilombolas», los descendientes de los esclavos afroamericanos huidos.

Algunos arqueólogos como el brasileño Eduardo Neves han demostrado que en el pasado la selva estaba mucho más poblada por humanes que en la actualidad. «La Amazonia ha estado ocupada más de diez mil años, en algunos casos por poblaciones de miles de personas», afirma Eduardo, uno de los blancos más encantadores que peregrina por la selva en busca de «tierra negra», el rico suelo que señala la ocupación humana, oscurecido por capas de intensa e inteligente interacción con el espacio.

Es imposible comprender la historia natural de la Amazonia sin tener en cuenta la influencia de las poblaciones humanas. Del mismo modo, no se puede entender la historia de los pueblos amazónicos sin tener en cuenta las relaciones que establecieron con la naturaleza. La selva que hoy cubre yacimientos arqueológicos tiene, además de una historia natural, una historia cultural.

La disminución del número de habitantes humanes en la Amazonia (pueblos originarios, se entiende, ya que los blancos no hacen más que aumentar) se debe, al menos en los últimos siglos, a la colonización europea. Los invasores exterminaron a buena parte de esos pueblos con virus y bacterias alojados en sus cuerpos, así como con sus ataques violentos. Cuando los investigadores como Eduardo y Bill indagan y prueban el pasado humano en la Amazonia se suman a las fuerzas de resistencia que se oponen a la destrucción de la selva y de sus pueblos. Y se oponen también a los grupos preservacionistas que quieren expulsar de la selva a las comunidades tradicionales llegadas a la Amazonia en los últimos siglos, como los ribereños, en nombre de la preservación del ecosistema. Pero los humanos, ese término genérico creado para encubrir asimetrías, no son una amenaza para la selva, sino que sólo una parte de los humanos lo es. Otras partes interactúan con ella, la transforman, incluso la plantan.

Este lenguaje es blanco, porque escribo para no indígenas, igual que los investigadores escriben para no indígenas. Para los pueblos originarios no existen la naturaleza y los humanos, una cosa y la otra. Sólo hay naturaleza. Los indígenas no están en la selva, son la selva. Interactúan con lo que los blancos llaman «selva», así como las personas no humanas interactúan con ella. La selva es todo, lo visible y lo invisible.

Davi Kopenawa Yanomami explica la selva mucho mejor de lo que puede hacerlo una blanca como yo:

En la selva, la ecología somos nosotros, los humanos. ¡Pero también lo son, tanto como nosotros, los xapiri (espíritus), los animales, los árboles, los ríos, los peces, el cielo, la lluvia, el viento y el sol! Es todo lo que llegó a existir en la selva, lejos de los blancos; todo lo que aún no está rodeado por vallas.

En las entrevistas que mantuvo con el antropólogo francés Bruce Albert y que luego éste recogería en el libro magistral La caída del cielo, Kopenawa afirma que las palabras del creador Omama son «el centro de lo que los blancos llaman ecología». Cuando el jefe yanomami viajó a ciudades como Nueva York, Londres y París para hablar de la destrucción de la selva, se dio cuenta de que los blancos empleaban otro nombre para denominar algo que los ancestros les habían transmitido «desde el principio de los tiempos».

Por eso, cuando nos llegaron estas nuevas palabras de los blancos, las comprendimos de inmediato. Se las expliqué a mis allegados y pensaron: «Haixopë! ¡Muy bien! ¡Los blancos llaman ecología a estas cosas! Nosotros hablamos de urihi a, la tierra-selva, y también de los xapiri, porque sin ellos, sin ecología, la tierra se calienta y permite que se nos acerquen epidemias y seres malignos.»

La ecología, intrínseca a la propia existencia de los indígenas, no nos llegó a los blancos hasta hace poco.

Nuestros padres y abuelos no podían hacer que los blancos escucharan sus palabras sobre la selva, porque no conocían su idioma. Y cuando los blancos empezaron a llegar a las casas de nuestros antepasados, ¡aún no hablaban de ecología! Estaban más interesados en pedirles pieles de jaguar, saíno y ciervo [...]. En aquella época, los blancos no disponían de ninguna de estas palabras para proteger la selva.

Para pensadores como Kopenawa, «los blancos tienen la cabeza llena de olvido», «no saben lo que es estar en su lugar, en el mundo como casa, refugio y entorno», no perciben «la tierra como un ser que tiene corazón y respira». El blancocentrismo denunciado por el pensador yanomami suscita una idea errónea compartida incluso por respetados académicos: la idea de que la Amazonia es una especie de «virgen». Según esta visión desinformada, la solución para mantener viva la selva sería sacar de ella a todos los humanos, como si todos fueran depredadores. Tanto los pueblos originarios (indígenas) como las comunidades tradicionales (ribereños, quilombolas, etcétera) son pueblos de la selva. Ante el ataque de los blancos, se volvieron también los mayores protectores del bosque, situando su propia existencia y su propio cuerpo como obstáculos de la destrucción no sólo de su casa, sino de lo que son colectivamente. Año tras año, Brasil cosecha el título de ser el país del mundo con mayor número de defensores del medio ambiente asesinados, lo que significa una ejecución sistemática de humanes que son naturaleza. Debido a su hegemonía, lo que el blancocentrismo suprime es el hecho de que no todes les humanes tienen cabeza de blanco. O, para decirlo con las palabras de Davi Kopenawa, no todos los seres humanos tienen la cabeza llena de olvido.

La primera expedición científica a la Estación Ecológica, en 2017, se proponía precisamente luchar contra el olvido de los blancos. Los investigadores iban «en busca de pasados posibles», para alcanzar futuros posibles.

Muy blanco y con sobrepeso, la figura de Bill evocaba a los naturalistas extranjeros que recorrieron los ríos amazónicos en el siglo XIX, si bien en una versión más robusta. Cuando vieron al profesor por primera vez, los habitantes de la selva dudaron de su capacidad para aguantar el omnipresente sol amazónico, la legendaria hambre de carne fresca de los voraces mosquitos amazónicos, los carapanãs, y los caminos por donde hay que descender en rapel para saltar de un lugar a otro. Por no hablar de las veces que hay que echar a correr o trepar rápido a un árbol porque cientos de saínos están atravesando el bosque. El ruido de sus pezuñas parece anunciar el fin del mundo, y si no se tiene la agilidad de un mono araña para quitarse de en medio, uno acaba hecho puré.

Al contemplar por primera vez al curioso espécimen humano llamado Bill Balée, los ribereños concluyeron: «Y es...»

Y lo era. Sólo en la primera expedición, Bill perdió diez kilos. En octubre de 2017 viajó acompañado de dos arqueólogos, Vinicius Honorato y Márcio Amaral. Era la primera vez que un grupo de científicos investigaba la región de la Estación Ecológica tanto desde el punto de vista de la ecología histórica como de la arqueología. Las pruebas de la existencia de un pasado humano remoto son evidentes para los pueblos de la selva, pero no para la ciencia, que apenas ha investigado la Terra do Meio, localizada entre los ríos Xingú e Iriri, en el estado de Pará, como tampoco ha investigado la mayor parte de la Amazonia, que está siendo destruida por las grandes hidroeléctricas, los proyectos de minería, las carreteras y las líneas ferroviarias, el ganado y la soja. Junto con la selva, se están borrando todas las huellas impresas en ella de una historia humana de miles de años.

La explotación que los blancos han llevado a cabo en nombre del «progreso» es una operación política que pretende suprimir todo lo que existía antes de que ellos aplastaran con sus botas la vida del trópico. Los blancos tienen la molesta obsesión de creer que todas las historias comienzan con su llegada, pero lo que en general ocurre es que sus botas, sus motosierras y sus armas ponen fin a esas historias.

Para arqueólogos como Vinicius y Márcio, la infraestructura de un pueblo no consiste únicamente en vasijas de barro o recipientes cerámicos, sino también en todo lo que está vivo. Como los árboles. Por ejemplo, lo que los blancos de hoy entienden por infraestructura y agricultura, no es lo que entendían los antiguos pueblos de la selva. La suya es otra forma de ser y estar en el mundo que se cuenta mediante otra narrativa de «artefactos», esta vez vivos.

La idea de que la riqueza arqueológica se limita a los grandes monumentos o a los grandes tesoros, como los de los faraones o los de los aztecas, mayas o incas, se ha convertido en un lugar común con la ayuda de Hollywood y de las numerosas aventuras de Indiana Jones, el arqueólogo más violento, colonialista y a la vez incompetente de la ficción. Esta visión deliberadamente deformada hace que la Amazonia parezca desprovista de interés arqueológico para la mayoría. Y alimenta una falsificación que ha servido a diversos intereses e ideologías.

La dictadura empresarial-militar que oprimió Brasil entre 1964 y 1985 y consumó el primer gran proyecto de destrucción masiva de la selva amplió, fortaleció y explotó todo lo que pudo esta falsificación. Para ello, los generales difundieron una campaña publicitaria que consolidó el imaginario que aún hoy domina la mente de muchas personas: la idea de la Amazonia como una virgen intocada por humanes. La dictadura propagó esta idea deliberadamente ignorante con eslóganes como «desierto humano» o «desierto verde», que justificaban la invasión y destrucción de la selva con el supuesto objetivo de «integrar para no entregar». Integrar la selva en la única civilización que consideraban válida, la de los blancos explotadores, para no entregarla a los blancos explotadores extranjeros.

Los generales defendían —y aún defienden— una estrategia de guerra: la de la ocupación del territorio en nombre de los intereses nacionales. Querían ser los primeros en «desvirgar» la selva para garantizar su dominio. El eslogan más vergonzoso de aquella época era: «La Amazonia, una tierra sin hombres para los hombres sin tierra.» El mensaje estaba claro. Para los generales de la dictadura, los pueblos originarios que habitaban la selva antes de existir esta convención llamada Brasil no estaban incluidos en la categoría humana.

En la antológica edición especial sobre la Amazonia publicada en octubre de 1971 por la revista Realidade, la empresa Queiroz Galvão —una de las grandes constructoras que destrozaron la selva para construir la carretera Transamazónica—, publicó un explícito anuncio sobre la ideología que había detrás de la destrucción. Era la imagen de un bebé recién nacido sostenido boca abajo por las manos de un obstetra con el título: «Ministro, Transamazónico va bien.» Y el siguiente mensaje:

Su nombre completo es Juarez Furtado de Araújo Transamazónico. ES EL PRIMER NIÑO NACIDO EN ESTE EXTRAORDINARIO MUNDO NUEVO que estamos ayudando a construir, erigiéndolo dentro del mayor espacio verde del planeta. Donde sólo había bosque. Y leyendas. Mito y miedo. El colono Joaquim Félix Araújo, padre del muchachote Transamazónico, le envió el mensaje directamente al propio ministro Andreazza. Nació exactamente donde estamos empezando. O, mejor dicho, donde está redescubriéndose Brasil. ¡Que Dios te bendiga, Transamazónico!

Cinco décadas después, ya en el siglo XXI, las acciones y declaraciones de militares brasileños demuestran que siguen considerando, y tratando, a los pueblos originarios y a las comunidades tradicionales de la selva como menos que humanes. En 2020 Jair Bolsonaro llegó a afirmar que «cada vez más los indios se están volviendo seres humanos igual que nosotros». El antipresidente intentaba convencer a quien quisiera escucharlo que el mayor sueño de los pueblos indígenas es abrir sus tierras a la ganadería, la soja y la minería. De ese modo completarían su humanización adhiriéndose al proyecto del capitalismo más depredador, mediante el arrendamiento o la venta de sus tierras ancestrales. Lo que significaría empezar a tratar la selva como mercancía.

El hito de la construcción de la Transamazónica, obra megalómana que simbolizó «la conquista de este gigantesco mundo verde», es emblemático de la relación fálica de los generales con la selva. Emílio Garrastazu Médici (1905-1985) fue presidente de Brasil durante el período más sangriento de la dictadura, cuando más de ocho mil indígenas y cientos de opositores blancos fueron asesinados, y otros miles torturados. En 1970 el dictador viajó a Altamira a celebrar el inicio de la construcción de la carretera y proporcionar a la prensa, sumisa ante los generales, imágenes de la conquista de la Amazonia. El acto simbólico de Médici para celebrar el poder del hombre sobre la naturaleza, tan propio de la modernidad, fue la tala de un castaño de Brasil de más de cincuenta metros de altura. Es posible interpretar este gesto como una alusión al poder del régimen sobre los cuerpos que, en ese momento, eran masacrados en las mazmorras, a los que se les había arrebatado su misma condición de sujetos. Es fundamental subrayar el especial sadismo que los agentes del Estado reservaban a las mujeres opositoras durante las sesiones de tortura, a las que violaban repetidamente. Además de aplicarles descargas eléctricas en los genitales y los pechos, al parecer hallaban un placer particular en meterles ratas y cucarachas en la vagina.

En esa época, Dom Erwin Kräutler, el legendario obispo del Xingú, no era más que un joven sacerdote recién llegado de Austria, su tierra natal. Cuando nos conocimos hacía ya diez años que el religioso llevaba escolta policial las veinticuatro horas del día para evitar que lo asesinaran. Me habló del día en que había presenciado la inauguración de la construcción de la Transamazónica, la monumental carretera pavimentada con sangre indígena: «Él [Médici] inició las obras. Todos deliraban sobre el escenario... ¡Pero deliraban de verdad! ¡Aplaudiendo! ¡Mira que talar un árbol como ése! Y decían que estaba llegando el progreso. Me partió el corazón. ¿Cómo podían hacer algo así? Aplaudir que cae el rey de los árboles de Pará o de la Amazonia, y con tremendo estruendo. ¿Cómo es posible?»

La placa que señalaba el «momento histórico», y que después robaría alguien, rezaba: «A este lado del Xingú, en plena selva amazónica, el presidente de la República da comienzo a la construcción de la Transamazónica, en un esfuerzo histórico por conquistar este gigantesco mundo verde.» El lugar que señala la efeméride es conocido en Altamira con un nombre revelador: la Tranca del presidente.

Ninguno de los Gobiernos que se sucedieron tras la restauración de la democracia a finales de la década de 1980 abandonó la visión de la selva como cuerpo que puede ser violado, explotado y expoliado, pero en ningún momento se fortaleció y aceleró tanto como cuando el presidente Bolsonaro reanudó la militarización del Estado a partir de 2019. En la actualidad la selva se acerca peligrosamente al punto de no retorno, el momento en que el bosque pluvial deja de ser bosque pluvial y no es capaz de desempeñar su papel de regulador del clima.

En oposición a este proyecto de muerte, los arqueólogos miran hacia el futuro cuando investigan el pasado remoto de la Amazonia. La Terra do Meio es uno de los frentes de la gran batalla de este siglo, que es la lucha por la Amazonia. Recibe su nombre por ser un enclave de conservación forestal que resiste entre dos grandes fuerzas que lo escoltan y protegen: el imponente río Xingú y su afluente el Iriri, un río bordeado por jardines de piedras y plantas tan delicados que hacen que te salten las lágrimas. La Terra do Meio, como toda la Amazonia, está siendo atacada, asaltada desde cada vez más flancos.

La Terra do Meio no puede mencionarse sin más, como si fuera un lugar de interés en un itinerario turístico: ahí está el Capitolio, éste es el monumento a los pioneros... No. Sólo la Estación Ecológica ocupa 3,4 millones de hectáreas de bosque protegidas formalmente por decreto del Gobierno federal, pero invadidas una y otra vez, en ocasiones por simpatizantes o incluso amigos del presidente de la República. La Terra do Meio —el nombre más hermoso de toda la Amazonia brasileña, al menos en portugués, porque en los idiomas indígenas recibe otros nombres maravillosos— es un mosaico formado por más de diez millones de hectáreas de zonas protegidas. No hay consenso sobre el territorio que abarca lo que llamamos «Terra do Meio». La definición que adopto comprende todas las tierras indígenas conectadas a las unidades de conservación. La Terra do Meio alberga tres reservas extractivas (Riozinho do Anfrísio, Rio Iriri y Rio Xingú), una estación ecológica que lleva su nombre, el Área de Protección Ambiental Triunfo do Xingú, el Parque Nacional da Serra do Pardo, las tierras de los pueblos originarios asurini, araweté, parakanã, arara, mebêngôkre kayapó, xipaya, kuruaya y mebêngôkre xikrin, así como otros aislados. Algunas de estas tierras indígenas se encuentran entre los territorios más deforestados e invadidos de la década de 2010, en particular Cachoeira Seca, de los arara, Ituna-Itatá, donde constan pueblos aislados, y Trincheira Bacajá, de los xikrin. Desde 2020, con la aparición de la pandemia de coronavirus, la apropiación ilegal de tierras y el robo de madera se han multiplicado en las reservas extractivas habitadas por las comunidades tradicionales de ribereños.

La idea de viajar hasta este universo lleno de mundos durante la estación seca, en octubre de 2017, no podía ser más gringa. Salimos de Altamira, la ciudad más cercana, y navegamos seis días agotadores en una voadeira, la embarcación a motor más veloz de las aguas amazónicas. Los ríos estaban tan bajos que la canoa encallaba en las rocas todo el rato, y había que sacarla con cuerdas, por lo que las manos poco acostumbradas a ello sangraban. Metíamos los pies en el agua entre rayas de todo tipo y tamaño, bellas y también siniestras. No hay ser vivo que yo respete más en el agua que una raya. He visto muchas extremidades atravesadas por su aguijón y sólo de pensar en mis pobres y blancuchos pies me entran escalofríos aunque estemos a cuarenta grados de temperatura.

Cuando llegamos a la Estación Ecológica, acampamos en una isla con nombre de mujer, Marisa. En la Amazonia, acampar implica no sólo montar un hornillo y proteger las provisiones, sino también encontrar árboles bien espaciados donde colgar las hamacas y las mosquiteras. Después hay que buscar la manera de cubrirlo todo con una lona, porque seguro que llueve. En la selva tropical, la lluvia significa que los dioses abren sus enormes bocas y vomitan ríos sobre la tierra. Cuando caen los rayos y rugen los truenos, la selva se retuerce y el calor se convierte en frío.

Tras días de caminatas, excavaciones y catalogaciones, dedicábamos las noches a charlar y comer comida caliente: pescado o carne seca, frijoles, arroz y mucha fariña. Bill se retiraba temprano a su hamaca, protegida por una imponente mosquitera que evocaba el dosel de un rey. Dentro, abría su Kindle para leer Le Dernier Templier (La orden del Temple), la novela histórica y bestseller de Raymond Khoury. Pese a ser estadounidense y haber nacido en Florida, Bill la estaba leyendo en francés, uno de sus idiomas. Otra lengua que domina es el ka’apor, de la familia lingüística tupí-guaraní, ya que vivió cerca de un año con los ka’apor.

También yo me recogía temprano, por ser la única mujer del grupo. Los ribereños que formaban parte de la expedición se sentían intimidados creyendo que no debían abordar ciertos asuntos —«de hombres»— en mi presencia. Mi hamaca no era de princesa, sino que consistía en una pequeña estructura sintética con mosquitera incorporada y que, cerrada, cabía en la palma de la mano. Mejor dormir en posición fetal durante semanas que cargar con mucho peso o tener que revelar mi alarmante incompetencia para tareas manuales como montar una hamaca. Siempre he sido una persona diestra con dos manos izquierdas.

Las mejores conversaciones siempre tenían lugar cuando Bill y yo ya habíamos abandonado el centro del campamento. Él por ser el «jefe», yo por ser mujer. Por suerte para mí, Márcio y Vinicius siempre estaban dispuestos a relatarme al día siguiente los mejores momentos de la noche. Si decides acompañar a investigadores a la selva, asegúrate de elegir arqueólogos. Son los mejores. Saben moverse por la selva, son divertidos, tienen buen carácter y siempre disfrutan con lo que hacen, incluso cuando están agotados, que es casi todos los días. Es curioso cómo personas que literalmente excavan el pasado penetrando en pesadas capas de tierra y piedra pueden ser tan ligeras y desenfadadas, como si todo el peso se quedara allí, en la tierra, y no sobre sus hombros. Quizá el hecho de que tengan que coger la azada para hacer su trabajo los salva de la arrogancia propia de muchos académicos. Es posible que investigar el pasado remoto les proporcione una visión más elocuente de la efímera insignificancia de todos nosotros, que convertiría en inútil, e incluso ridículo, cualquier grado de vanidad.

¿De qué hablaban esos investigadores blancos y los habitantes de la selva después de un duro día de trabajo? De mujeres, claro. Pero, como eran hombres interesantes, no alardeaban de historias vulgares. Al contrario. Hablaban de cómo proporcionar placer a una mujer.

Vinicius intentaba explicar a los ribereños que había un punto específico en la anatomía femenina que, si se acariciaba, hacía que tu pareja se sintiera muy feliz y agradecida por la atención. «Clítoris», decía ante varios ojos desorbitados y llenos de asombro. ¿Cómo habían podido vivir los hombres de la selva todos esos siglos sin conocer semejante maravilla?

Poco a poco, la niebla de la ignorancia se fue disipando. Antes de que

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