Puedo imaginar cómo era el mundo en otras épocas y me fascina lo que pudieron sentir en el fondo de su corazón las personas que vivieron antes que nosotros. Me resulta increíble pensar que Pitágoras, Buda, Jesucristo, Miguel Ángel, Shelley, Shakespeare, Emerson y tantos otros respetados maestros y guías espirituales pisaron este mismo suelo, bebieron esta misma agua, contemplaron la misma luna y se calentaron con el mismo sol que yo. Pero lo que más me intriga es saber qué es lo que a estas grandes mentes de todos los tiempos les hubiera gustado que supiéramos.
He llegado a la conclusión de que, para que se produzca un profundo cambio espiritual en nuestro mundo, hemos de conocer el legado de sabiduría que estos eminentes maestros de nuestra historia nos han dejado, para experimentarlo en nuestra vida. Muchos de estos grandes maestros fueron considerados una amenaza y algunos incluso fueron condenados a muerte por sus creencias. Sin embargo, sus enseñanzas nunca se han podido silenciar, como prueba la variedad de temas de diferentes períodos históricos expuestos en este libro. Sus palabras han perdurado en el tiempo y, gracias a ello, tenemos la oportunidad de leer y aplicar los consejos que nos dieron para disfrutar de una experiencia más profunda y más rica de la vida. Esta recopilación es un compendio de la sabiduría de todas las épocas y de lo que yo creo que esos sabios y creativos pensadores nos están transmitiendo para que impulsemos un profundo cambio espiritual en nuestras vidas.
De algún modo, las personas que vivimos actualmente en la Tierra estamos vinculados a todos aquellos que vivieron antes que nosotros. Puede que tengamos nuevas tecnologías y comodidades, pero todavía compartimos el mismo espacio del corazón, y la misma energía o fuerza vital que fluía a través de sus cuerpos corre ahora por los nuestros. Este libro está dedicado a esta imagen mental y a esta energía compartida. ¿Qué tienen que decirnos hoy en día esos eruditos de la Antigüedad a quienes consideramos los más sabios y avanzados espiritualmente?
Sus observaciones sobre las grandes lecciones de la vida están contenidas en la prosa, la poesía y los discursos que dejaron para que los leyéramos y los escucháramos. Aunque vivieron en otras épocas y bajo condiciones muy distintas, su mensaje sigue teniendo un significado para todos nosotros. La esencia de estas brillantes mentes del pasado ha perdurado a través de sus palabras.
He decidido destacar a sesenta grandes maestros por los que siento gran admiración y respeto. Son un grupo muy diverso, que representa la Antigüedad, la Edad Media, el Renacimiento, principios de la Edad Moderna y los tiempos actuales, y todas las regiones del mundo. Algunos vivieron hasta los noventa años y otros murieron a los veinte. Hombres, mujeres, blancos, negros, indios norteamericanos, Extremo Oriente, Oriente Próximo, eruditos, soldados, científicos, filósofos, poetas y políticos, están aquí y tienen algo que decirnos a cada uno de nosotros.
Que haya escogido a estos sesenta personajes no significa en modo alguno que los que no se encuentran aquí sean menos importantes. La elección de cada uno de ellos para ilustrar estos temas ha sido simplemente una cuestión de preferencia personal. Así de sencillo. De haber incluido a todos los grandes maestros del pasado, habrías tenido que alquilar un tráiler y una grúa para levantar este libro. ¡Sí, tan prodigioso es el legado de nuestros antepasados!
Cada sección está escrita de modo que podamos entender claramente cómo puede beneficiarnos la obra de estos grandes maestros, aquí y ahora. Cada parte está diseñada para transmitirnos un mensaje personal, incluyendo sugerencias específicas al final de cada breve ensayo sobre el mejor modo de poner en práctica esas enseñanzas en la vida cotidiana. Al ofrecerte estas profundas palabras de algunos de los más célebres maestros mi intención no es darte una clase de literatura. Si fuera así, te sería muy fácil desentenderte de las verdades que encierran y pensar: «Bueno, todo esto está muy bien para una clase de literatura o de humanidades, pero pertenece al pasado, y ahora estamos en el presente». Te recomiendo que leas cada sección abierto a la idea de que estas mentes privilegiadas comparten la misma divinidad y fuerza vital que tú y que yo, que te están hablando directamente en su propio lenguaje único y con su propio estilo ¡y que vas a empezar a aplicar su sabiduría en tu vida hoy mismo!
Mientras escribía estos ensayos tenía a mano una foto o un dibujo del maestro sobre el que estaba escribiendo y le preguntaba literalmente: «¿Qué te gustaría que aprendiéramos las personas de hoy en día?». Luego, adoptaba una actitud de entrega y escuchaba. Al dejarme guiar por ellos, mi escritura surgía casi automáticamente. Puede que resulte extraño, pero realmente sentía la presencia de esos escritores y poetas mientras escribía cada uno de los sesenta ensayos.
Muchos de los fragmentos de este libro son poemas. Para mí, la poesía es como el lenguaje del corazón: no es solo una forma de entretenimiento o para aprobar en la escuela, sino un modo de transformar nuestras vidas comunicándonos mutuamente nuestra sabiduría. A continuación expongo tres ejemplos extraídos de mi propia vida sobre cómo la poesía, el lenguaje del corazón, me ha llegado al alma.
Hace muchos años, el día que me dieron el doctorado, asistí a una fiesta en la que me hicieron muchos regalos maravillosos. El que más me conmovió fue un poema escrito por mi madre que, treinta años más tarde, todavía cuelga de una de las paredes de mi despacho. Lo reproduzco aquí para ilustrar de qué modo la poesía, que no necesariamente se ha de originar en las mentes de las grandes celebridades, puede llegar a influir en nuestras vidas:
Una madre no puede hacer más que guiar...
después, se ha de apartar; yo sabía
que no podía decir:
«Este es el camino
que has de seguir».
Puesto que no podía prever
qué caminos te podrían atraer
hacia cimas inimaginables
que quizá yo nunca llegue a conocer.
Sin embargo, en el fondo de mi corazón sabía
que tocarías una estrella...
¡No me sorprende!
Cuando Tracy, mi hija mayor, era solo una niña de cinco o seis años, me envió un dibujo que había hecho en la escuela con un poema que expresaba sus sentimientos hacia mí. Su madre y yo nos habíamos separado, y ella conocía mi dolor por no poder estar a su lado todos los días. Este también lo enmarqué y está colgado en la pared que está cerca de mi mesa:
Aunque el sol deje de brillar,
aunque el cielo nunca esté azul,
no me importará,
porque siempre te querré.
Cuando leo estos maravillosos pensamientos, expresados en forma de versos por mi hija, no puedo evitar que lleguen a mi corazón y que mis ojos derramen lágrimas de gratitud.
Por último, nuestra hija Sommer escribió este poema como regalo de Navidad para su madre. Está enmarcado y su madre lo tiene al lado de la cama para leerlo cada noche:
LO QUE TU CARIÑO SIGNIFICA PARA MÍ
Conocer tu sonrisa que
me saluda al abrir la puerta
y tus dulces palabras
que borran mis preocupaciones.
Cada vez que resbalo en un escalón
ahí estás para ayudarme a levantarme
y cuando tú y yo nos reímos juntas
me siento plena.
Tu amor hacia nosotros brilla
en todos los días nublados.
No puedo imaginar
que pudieras llegar a abandonarnos.
Otra madre como tú es imposible,
eres de las que no se encuentran.
Por eso te quiero.
Esto es lo que tu amor significa para mí.
Tal como he dicho, la poesía es el lenguaje del corazón, y sin duda tu corazón se conmoverá cuando empieces a leer las palabras que sesenta majestuosas almas escribieron para ti en otro lugar y en otra época. Este libro te será más útil si lo entiendes como una forma de volver a conectar con esas grandes almas que han dejado nuestro mundo material en su forma física, pero que todavía están muy cerca de nosotros en el plano espiritual.
Te animo a que conviertas este libro en un proyecto de renovación interior de dos meses de educación, durante los cuales leerás solo un ensayo cada día y luego tratarás de aplicar esas sugerencias. Cuando hayas llegado al final de los sesenta días, utilízalo como libro de referencia. Revisa los sesenta temas del índice, y si necesitas fomentar la paciencia, la clemencia, la amabilidad, la meditación, el perdón, la humildad, el liderazgo, la oración o cualquier otro tema del que hayan tratado los antiguos maestros, vuelve a leer el ensayo correspondiente y trata de aplicar sus recomendaciones específicas. ¡Déjate guiar por su grandeza!
Para mí esta es la forma de enseñar poesía, prosa y literatura; permitir que cobre vida, dejar que se refleje en tu mente y luego hacer que ese despertar interior siga siempre vivo. Todos estamos profundamente agradecidos a aquellos que hacen que la vida palpite a un ritmo más intenso y vigoroso. Esto es lo que han hecho por mí esos grandes maestros del pasado, y por eso te animo a que apliques en tu vida este lenguaje del corazón de la sabiduría eterna.
Dios te bendiga.
WAYNE W. DYER
Aprende a estar en silencio.
Deja que tu mente tranquila
escuche y se quede absorta.
PITÁGORAS
(580 a.C.-500 a.C.)
El principal interés de Pitágoras, filósofo y matemático griego, fue el estudio de las matemáticas en relación con los pesos y medidas y con la teoría musical.
Todas las desdichas del hombre provienen de su incapacidad para sentarse tranquilamente en una habitación a solas.
BLAISE PASCAL
(1623-1662)
Blaise Pascal fue un filósofo, científico, matemático y escritor francés cuyos tratados aportaron una importante contribución en los campos de la hidráulica y la geometría pura.
Esta es la única vez en toda esta recopilación que he optado por citar a dos escritores para un mismo tema. He escogido a dos hombres cuyas vidas estaban separadas por casi dos milenios. Los dos fueron considerados en su tiempo como los más doctos en los racionales campos de las matemáticas y la ciencia.
Pitágoras, cuyos escritos influyeron en el pensamiento de Platón y Aristóteles, fue uno de los que más aportaron al desarrollo de las matemáticas y de la filosofía de Occidente. Blaise Pascal, famoso matemático, físico y filósofo religioso francés, que vivió veintidós siglos después que Pitágoras, es considerado una de las primeras mentes científicas. Fue el inventor de la jeringa, de la prensa hidráulica y de la primera calculadora. Hoy, la ley de la presión de Pascal todavía se enseña en las clases de ciencias de todo el mundo.
Recordando las inclinaciones de estos dos científicos en los que predomina el hemisferio izquierdo, vamos a leer de nuevo las dos citas. Pascal: «Todas las desdichas del hombre provienen de su incapacidad para sentarse tranquilamente en una habitación a solas». Pitágoras: «Aprende a estar en silencio. Deja que tu mente tranquila escuche y se quede absorta». Ambos hablan de la importancia del silencio y del valor que tiene la meditación en nuestra vida, tanto si eres contable como si eres un avatar. Nos envían un valioso mensaje acerca de una práctica que no se fomenta mucho en nuestra cultura: la importancia de dedicar un tiempo a estar a solas y en silencio. Si deseas despojarte del sufrimiento, aprende a permanecer a solas y en silencio en una habitación y medita.
Se calcula que una persona normal tiene unos sesenta mil pensamientos distintos al día. El problema es que hoy tenemos los mismos pensamientos que ayer y los mismos que mañana. Nuestras mentes están ocupadas en la misma conversación interior de todos los días. Aprender a estar en silencio y a meditar implica descubrir cómo entrar en los espacios que existen entre los pensamientos; en los huecos, como yo los llamo. En este silencioso espacio vacío entre nuestros pensamientos, podemos disfrutar de una sensación de paz total que normalmente nos es desconocida. En él, cualquier pensamiento ilusorio de separación se aniquila. Sin embargo, si tienes sesenta mil pensamientos distintos al día, no hay tiempo para entrar en ese hueco entre pensamientos, ¡porque no existe!
En la mayoría de los casos, nuestra mente trabaja a un ritmo vertiginoso día y noche. Nuestros pensamientos son un maremágnum continuo de horarios, preocupaciones económicas, fantasías sexuales, listas de la compra, problemas con las cortinas, inquietud por los hijos, planes de vacaciones y así sucesivamente, como un carrusel que nunca para. Esos sesenta mil pensamientos suelen girar en torno a las actividades cotidianas y crean unas pautas mentales que no dejan lugar para el silencio.
Estas pautas refuerzan nuestra opinión de que los vacíos que se producen en las conversaciones (silencios) se han de llenar rápidamente. Para muchos, el silencio supone una situación embarazosa y un defecto social. Por consiguiente, aprendemos a llenar esos espacios, independientemente de si el relleno tiene algún sentido. Los períodos de silencio dentro de un vehículo o en una cena se perciben como momentos difíciles y la gente de mundo sabe cómo llenarlos con algún tipo de ruido.
Lo mismo hacemos con nosotros mismos; no estamos preparados para el silencio, nos resulta pesado y nos causa confusión. Por lo tanto, mantenemos el diálogo interior igual que el exterior. No obstante, en ese lugar para el silencio el viejo maestro Pitágoras nos dice que dejemos que nuestra mente permanezca tranquila y absorta: la confusión desaparecerá y nos sentiremos iluminados. La meditación afecta también a la calidad de las actividades que no hacemos en silencio. La práctica diaria de la meditación es lo único que proporciona a mi vida sensación de bienestar, una mayor energía y una productividad más consciente, relaciones más satisfactorias y una relación más estrecha con Dios.
La mente es como un lago. En la superficie ves el movimiento del agua; sin embargo, la superficie no es más que una parte del lago. Bajo la superficie, en la quietud de las profundidades, conocerás la verdadera esencia del lago, como la de tu propia mente. Al atravesar la superficie, llegas a los espacios que hay entre los pensamientos y puedes entrar en esos huecos. El hueco es vacuidad total o silencio, y es indivisible. No importa cuántas veces cortes el silencio por la mitad: siempre obtendrás silencio. Esto es lo que significa el «ahora». Quizá sea la esencia de Dios, que no se puede separar de la unidad.
Estos dos científicos pioneros, que todavía se citan en la actualidad en las universidades, estudiaban la naturaleza del universo. Se esforzaron por descubrir los misterios de la energía, la presión, las matemáticas, el espacio, el tiempo y las verdades universales. Su mensaje para todos nosotros es muy sencillo: si quieres entender el universo o tu propio universo personal, si deseas saber cómo funciona, quédate en silencio y enfréntate a tus miedos a solas en una habitación, adéntrate en las profundidades de tu propia mente.
El espacio entre las notas crea la música. Sin ese vacío, ese silencio intermedio, no hay música, solo ruido. Tú también eres un espacio vacío y silencioso en tu centro, que está rodeado de forma. Para atravesar la forma y descubrir la naturaleza creativa que yace en el centro, has de dedicar un tiempo cada día a estar en silencio, a entrar en ese espacio extático que hay entre los pensamientos. Por más que yo escriba sobre el valor de la meditación diaria, tú no podrás apreciar el valor de esta práctica si no te comprometes a practicarla.
Mi finalidad al escribir este breve ensayo sobre el valor de la meditación no es explicarte cómo has de meditar. Hay muchos cursos útiles, manuales y casetes para enseñarte a hacerlo. Mi propósito es poner de relieve que la meditación no es una práctica exclusiva para aquellas personas con una inquietud espiritual que desean pasar su vida en profunda contemplación, descuidando la productividad y las responsabilidades sociales. La meditación es una práctica defendida por los que confían en la razón, por los que hacen cálculos matemáticos, por los autores de teoremas y por los que creen en la ley de Pascal. Puede que te sientas como Blaise Pascal cuando escribió: «El eterno silencio de estos espacios infinitos me aterra».
A continuación expongo algunas sugerencias para que superes ese terror y aprendas a estar en silencio cuando estés a solas en una habitación:
• Concentra tu atención en la respiración para aprender a volverte hacia tu interior, hacia el yo silencioso. Puedes hacerlo en una reunión, mientras hablas con alguien o incluso en una fiesta. Simplemente observa y concéntrate en tu respiración durante unos momentos, varias veces al día.
• Busca un momento al día para sentarte a solas en una habitación y observar tu mente. Observa los distintos pensamientos que entran y salen y que te conducen al siguiente pensamiento. Ser consciente de la frenética actividad mental te ayudará a trascender el desenfrenado ritmo de tus pensamientos.
• Lee un libro sobre meditación o intégrate en algún grupo para aprender a practicarla. Te puedes iniciar en ella con maestros o en centros de meditación.
• Hay muchos CD-Rom y cintas sobre meditación. Busca alguna que te atraiga. Yo he grabado una que se titula Meditation for Manifesting [Meditación para la manifestación], en la que enseño la meditación específica denominada japa. Te guío en una meditación matinal y otra vespertina utilizando mi voz para ayudarte a repetir los sonidos de lo divino. Los beneficios de la cinta se destinan a obras de caridad.
No creas en lo que has oído.
No creas en la tradición porque provenga de muchas generaciones.
No creas en nada de lo que se ha hablado muchas veces.
No creas en algo porque haya sido escrito por algún viejo sabio.
No creas en las conjeturas.
No creas en la autoridad, en los maestros o en los ancianos.
Cuando hayas observado y analizado detenidamente una cosa,
que esté de acuerdo con la razón y beneficie a uno y a todos,
entonces acéptala y vive conforme a ella.
BUDA
(563 a.C.-483 a.C.)
Buda, fundador del budismo, una de las principales religiones del mundo, era el príncipe Siddhartha Gautama, que nació en el nordeste de la India, cerca de la frontera con Nepal. Cuando, a la edad de veintinueve años, vio la desgracia, la enfermedad y la muerte a las que hasta los más poderosos y ricos están sujetos en esta vida, abandonó su palacio y partió en busca de una verdad más elevada.
La palabra buddha es en realidad un título que significa «el despierto» o «el iluminado». Es el título que se le dio a Siddhartha Gautama, que abandonó la vida palaciega a la edad de veintinueve años y emprendió la búsqueda de un conocimiento religioso y de una forma de liberarse de la condición humana. Se dice que desechó las enseñanzas de sus contemporáneos y que alcanzó la iluminación o el entendimiento supremo a través de la meditación. A partir de entonces, asumió la función de maestro, instruyendo a sus seguidores en el dharma o verdad.
Sus enseñanzas se convirtieron en la base de la práctica religiosa del budismo, que ha desempeñado un papel fundamental en la vida espiritual, cultural y social de Oriente y también de gran parte de Occidente. En este ensayo, he optado deliberadamente por no escribir sobre los principios de la doctrina budista y he preferido citar este conocido fragmento de Buda y hablar del significado que tiene para nosotros en la actualidad, unos veinticinco siglos después de su muerte.
La palabra clave del fragmento es «creer». De hecho, la frase principal es: «No creas». Todo aquello que llevas contigo y que denominas creencia, lo has hecho tuyo debido en gran parte a las experiencias y los testimonios de otras personas. Si te llega a través de una fuente exterior, independientemente de lo convincente que pueda ser el proceso de condicionamiento y de cuántas personas hayan contribuido a convencerte de la verdad de esas creencias, por el hecho de que sea una verdad ajena debes recibirla con dudas e interrogantes.
Si tuviera que intentar convencerte del sabor de un delicioso pescado, quizá me escucharías, pero tendrías tus dudas. Si te enseñara las fotos de ese pescado y cientos de testimonios de personas que apoyaran mis afirmaciones, puede que estuvieras más convencido. Pero aún te quedaría la duda, porque no lo habrías probado. Puedes aceptar la verdad de que a mí me resulte delicioso, pero hasta que no pruebes personalmente el pescado, tu opinión será solo una creencia basada en la mía, en mi experiencia. Lo mismo sucede con todos los bienintencionados miembros de tu familia y con tus antepasados.
El hecho de que una creencia goce de una tradición de siglos y haya sido respaldada por los más grandes maestros no es motivo para aceptarla sin más. Recuerda lo que dice Buda: «No creas».
En vez de usar el término «creencia», intenta cambiarlo por la palabra «conocimiento». Cuando tienes la experiencia directa de saborear el pescado, obtienes el conocimiento. Es decir, lo incorporas conscientemente y puedes determinar la verdad basándote en tu experiencia. No sabes montar en bicicleta o nadar por tener una creencia, sino por tu experiencia directa.
El «iluminado» de hace veinticinco siglos te recuerda directamente que apliques este mismo entendimiento en tu práctica espiritual. Hay una diferencia fundamental entre haber oído hablar de algo y conocerlo. «Haber oído hablar» es otra forma de decir «creer». «Conocer» es un término exclusivamente reservado para la experiencia directa, que significa la ausencia de duda. Recuerdo a un conocido curandero kahuna que respondió a mis preguntas sobre cómo llegar a ser sanador. Me dijo: «Ante una enfermedad, cuando un conocimiento se enfrenta a una creencia, el conocimiento siempre triunfa». Me explicó que los kahunas eran educados para dejar a un lado las dudas y abrazar el conocimiento.
Cuando pienso en las parábolas que presentan a Jesucristo como el gran sanador, no puedo albergar ninguna duda. Cuando Cristo se acercaba a un leproso no decía: «Últimamente no hemos tenido mucho éxito con la lepra, pero si sigues mi consejo, tendrás un treinta por ciento de posibilidades de sobrevivir en los próximos cinco años». Es fácil ver toda la duda que alberga esta frase. Él hubiera dicho desde su estado de conocimiento absoluto: «Estás curado». Este es el mismo estado de contacto consciente con el conocimiento que permitía a san Francisco realizar sus curaciones milagrosas. De hecho, todos los milagros resultan de transmutar la duda en conocimiento.
No obstante, la capacidad persuasiva de la influencia cultural es muy fuerte. Constantemente te están recordando lo que has o no has de creer, lo que todos los miembros de tu grupo social han creído siempre y lo que pasará si no respetas esas creencias. El miedo se convierte en el eterno compañero de tus credos y, a pesar de las dudas que puedas tener, sueles adoptarlos y se convierten en las muletas en las que apoyas tu vida mientras buscas una salida para las trampas que cuidadosamente han sembrado generaciones de creyentes anteriores a ti.
Buda nos da un gran consejo y, como podrás ver, en su conclusión no aparece la palabra «creer». Él nos dice que cuando una cosa esté de acuerdo con la razón —es decir, cuando sepas que es cierta basándote en tu observación y en tu experiencia— y beneficie a uno y a todos, entonces, solo entonces, ¡vive conforme a ello!
En este libro te ofrezco un compendio sobre algunos de los genios más famosos y creativos de todos los tiempos. Sus palabras te hablan desde otra época, y te animo a que hagas lo mismo con ellas que con las que te ha transmitido tu cultura desde hace muchas generaciones. Ante todo, pon en práctica los consejos que aquí se exponen. Pregúntate de qué modo se ajustan a tu propia razón y sentido común y, si te benefician a ti y a los demás, entonces vive de acuerdo a ellos. Es decir, forja tu conocimiento.
Cuando te niegas a dejarte influir por los patrones establecidos, la gente te ve como una persona insensible o indiferente a la experiencia y las enseñanzas de los demás, especialmente de aquellos que más se preocupan por ti. Te sugiero que leas varias veces estas palabras de Buda. Él no habla de rechazo, solo de ser lo bastante adulto y maduro para tomar tus propias decisiones y vivir según tu conocimiento, en lugar de hacerlo conforme a la experiencia y el testimonio de los demás.
No podrás aprender nada a través de los esfuerzos ajenos. Los más grandes maestros del mundo no te podrán enseñar nada, a menos que estés dispuesto a aplicar lo que te ofrecen basándote en tu conocimiento. Esos grandes maestros solo te ofrecerán opciones en el menú de la vida. Pueden hacer que estas resulten muy atractivas y en último término tal vez te ayuden a elegir. Puede que hasta escriban el menú, pero el menú nunca podrá ser la comida.
Para que la sabiduría empiece a funcionar te sirvo en bandeja estos «aperitivos» de mi propio menú:
• Haz una lista de todas las creencias en las que puedas pensar. Incluye cosas como tu actitud hacia la religión, la pena capital, los derechos de las minorías, la reencarnación, la juventud, los ancianos, la medicina no tradicional, lo que sucede después de la muerte, tus tendencias culturales, la capacidad para realizar milagros.
• Sé sincero con este inventario respecto a cuántas de tus firmes creencias se basan en tus propias experiencias de la vida y cuántas son heredadas. Intenta abrir tu mente para experimentar las cosas por ti mismo antes de proclamarlas como ciertas y vivir conforme a ellas.
• Ábrete a sistemas de creencias que sean opuestos a los que te son familiares. Experimenta lo que es estar en la piel de los que son diferentes a ti. Cuantas más experiencias «contrarias» te permitas tener, más conocerás la verdad.
• No te dejes seducir por los argumentos basados en las ideas que te han inculcado personas bienintencionadas. Es decir, ¡deja de emplear tu energía en cosas en las que no crees o que sabes que no son para ti!
Los verdaderos gobernantes
apenas son conocidos por sus seguidores.
Cerca de ellos se encuentran los líderes
que la gente conoce y admira;
después de estos, aquellos a los que temen;
después de estos, aquellos a los que desprecian.
No dar confianza
es no recibir confianza.
Cuando se hace bien el trabajo,
sin alboroto ni ostentación,
la gente corriente dice:
«¡Oh, lo hemos hecho!».
LAOZI
(VI a.C.)
Laozi (también conocido como Lao Tse o Lao Tzu), filósofo chino, escribió el Tao Te Ching, que significa «la senda». Es la base de la práctica religiosa del taoísmo.
Con frecuencia me sorprende ver cuántos políticos contemporáneos se refieren a sí mismos como «líderes», por el simple hecho de ocupar un cargo oficial. Si repasamos la historia, es evidente que los que ocupan cargos políticos rara vez han sido los que han producido los cambios. Por ejemplo, ¿quiénes fueron los líderes del Renacimiento? ¿Fueron los que ocupaban los puestos oficiales? ¿Fueron los alcaldes, gobernadores y presidentes de las capitales europeas? Por supuesto que no.
Los líderes fueron los artistas, escritores y músicos que escucharon a sus corazones y espíritus y expresaron lo que oían, conduciendo a los demás a descubrir la voz que también vibraba en su interior. Al final el mundo entero escuchó con una nueva conciencia, que fue la responsable del triunfo de la dignidad humana sobre la tiranía. Los verdaderos líderes rara vez poseen un título.
Piensa por qué títulos se te conoce y cómo intentas vivir conforme a los mismos. Puedes tener el título de padre o de madre, que es una tremenda responsabilidad. Cuando tus hijos busquen tu consejo porque te ven como el cabeza de familia, ten presente que lo que realmente deseas es que ellos puedan decir «lo he hecho yo solo», en lugar de darte el mérito a ti. Trata de ensalzar tus cualidades de líder estando siempre alerta para no caer en el pensamiento erróneo de que los títulos te convierten en líder. Los verdaderos dirigentes no son conocidos por sus títulos. ¡Es el ego quien necesita los títulos!
Ayudar a los demás a convertirse en líderes, mientras ejercitas en ti mismo las verdaderas cualidades del liderazgo, implica hacer un gran esfuerzo para frenar la influencia del ego. Los líderes disfrutan de la confianza de los demás, que es muy distinto a gozar de los privilegios, los halagos y el poder que el ego insiste en que son signos de liderazgo. Para recibir confianza has de dar confianza.
Observa las veces que insistes en que los demás hagan las cosas a tu manera. Laozi nos dice que un líder con esta actitud es el menos eficaz y el más despreciado. Tu estilo de mando te hará decir frases amenazadoras, como: «Te castigaré si no lo haces a mi manera». Laozi nos dice que los gobernantes que se apoyan en el miedo no están cualificados para gobernar. El líder cuya motivación es suscitar la admiración, según Laozi tampoco es un maestro en gobernar. Los que siguen este estilo dirían: «Te daré una recompensa si haces esto como yo quiero». El verdadero líder actúa de tal manera que casi pasa desapercibido en todo el proceso. Este líder da confianza y ánimo y sabe felicitar a los demás cuando encuentran su propio camino.
Cuando nuestros legisladores nos dicen qué es lo que necesitamos, emplean la táctica del miedo para predecir terribles consecuencias o tratan de que actuemos inducidos por admiración hacia ellos, no son verdaderos líderes. Para ser un verdadero líder se ha de permanecer en silencio y escuchar cómo el pueblo dice: «Sí, hemos sido nosotros los que hemos creado esta gran economía».
Lo mismo sucede contigo. Para ser un verdadero líder en tu vida y en la de los demás, reprime la necesidad de reconocimiento. Guía sin poner trabas, dando confianza siempre que puedas. Sonríe gentilmente al deseo de fama de tu ego y reconoce en silencio tu verdadero liderazgo cuando oigas decir a los demás: «¡Oh, sí, lo hemos hecho nosotros!». A continuación apunto algunas sugerencias para aplicar la sabiduría de Laozi:
• Antes de actuar, detente y pregúntate si lo que vas a decir suscitará odio, temor, admiración o autoconciencia. Elige fomentar la autoconciencia.
• Actúa sobre tu deseo de ser un verdadero líder siendo eficaz de la forma más silenciosa posible. ¡Descubre a alguien que hace algo bien!
• Sé consciente de que el ego será quien te insinúe que eres un fracaso. En lugar de verte como un fracaso porque no recibes reconocimiento alguno, recuérdate que has triunfado como líder y afablemente haz saber a tu ego que esta es la forma de tener éxito como dirigente.
No desees que las cosas
se hagan deprisa.
No te fijes en las pequeñas ventajas.
Desear que las cosas se hagan deprisa
impide que se hagan bien.
Fijarse en las pequeñas ventajas
impide realizar grandes empresas.
CONFUCIO
(551 a.C.- 479 a.C.)
Confucio fue un maestro y filósofo chino, cuyo pensamiento tuvo una gran influencia en la vida y la cultura de su país durante casi dos mil años.
Tengo esta cita del antiguo maestro y filósofo chino Confucio pegada sobre mi máquina de escribir como recordatorio para no hacer nada que pueda impedir que se cumplan las «grandes empresas». Son muchas las cosas que nuestra naturaleza puede enseñarnos sobre el modo en que obstaculizamos nuestra grandeza. Sin embargo, solemos olvidar los dictados de nuestra naturaleza en favor de lo que nos dicta nuestra mente.
La paciencia es el ingrediente clave en el proceso del mundo natural y en nuestro mundo personal. Por ejemplo, si me hago un arañazo en el brazo o me rompo un hueso, el proceso de curación tiene lugar a su propio ritmo, independientemente de cualquier opinión que yo pueda tener al respecto. Eso es el mundo natural en acción. Mi deseo de que se cure pronto no sirve de nada. Si aplico esta impaciencia a mi mundo personal, estaré poniendo trabas para que sane apropiadamente, como advirtió Confucio hace veinticinco siglos. Shakespeare manifestó una opinión similar a la de este antiguo predecesor chino cuando escribió: «¡Qué pobres son los que no tienen paciencia! ¿Qué herida que se haya curado jamás no lo ha hecho gradualmente?».
Cuando era niño, recuerdo haber plantado en primavera algunas semillas de rábanos. Cuando llegaba el comienzo del verano, observaba los tallos verdes sobresaliendo de la tierra. Los veía crecer un poco cada día, hasta que al f
