INTRODUCCIÓN
De las rocas a los lienzos
Homo sum, humani nihil a me alienum puto.
PUBLIO TERENCIO AFRO
La diferencia entre la mente del hombre y la de los animales superiores, tan grande como es, ciertamente es de grado y no de especie.
CHARLES DARWIN,
El origen del hombre, 1871
HOMO AESTHETICUS: EL CANTO DE MAKAPANSGAT
Al norte de la provincia sudafricana de Limpopo, en el valle de Makapansgat, un maestro rural se adentra en una cueva de dolerita. Wilfred Eitzman, que enseña ciencia y matemáticas en la localidad de Mokopane, colecta rocas para mostrárselas a sus estudiantes. Apenas cinco años atrás, en 1920, una minera extranjera vació las entrañas de la caverna en busca de piedra caliza y, sin saberlo, reabrió el paso hacia una galería colapsada. De los escombros brotan distintos minerales que, sin poder nombrarlos todos, Eitzman recoge como cuando es época de cosecha. Con los años, se ha hecho con una colección admirable que, además de rocas punzantes, contiene huesos y cráneos de animales. Una piedra de color marrón rojizo que contrasta con la aspereza lunar del granito llama de pronto su atención. Se trata de un guijarro de jaspe. Lo sostiene entre sus dedos como una canica. Al girarlo, tiene la impresión de que la pequeña piedra lo observa desde todos los ángulos. Dos círculos cóncavos se clavan en su mirada y sus labios repiten la mueca indiferente hendida en la piedra. Después de asistir a una conferencia en una universidad de Johannesburgo, Eitzman comparte sus descubrimientos con el profesor Raymond Dart, que examina con detalle los más de cincuenta cráneos que ha recogido además del misterioso guijarro color castaño.
Canto de Makapansgat (ca. 3.000.000 a. C.) observado de frente.
Alamy/Cordon Press
El canto de Makapansgat o canto de las Caras refleja de manera burda dos rostros, dependiendo del lado por donde se mire. Por sus patrones casi humanos, Dart intuyó que esta piedra de 260 gramos y alrededor de tres millones de años de antigüedad podría ser el primer objeto artístico confeccionado por el ser humano. Le llevó casi cincuenta años determinar si las cuencas que presentaba el guijarro eran producto de la intervención humana o deformaciones naturales. En su veredicto, Dart estipuló que tanto las órbitas como la mueca eran consecuencia del desgaste del agua sobre la piedra.[1] Sin embargo, concluyó que las marcas a su alrededor fueron hechas por un individuo al que no podemos llamar humano. Los fósiles enviados por Eitzman pertenecían al Australopithecus africanus, uno de los primeros homínidos que rondó África hace entre dos y cuatro millones de años.
La razón por la que vemos caras humanas reside en la pareidolia, un fenómeno por el que el cerebro atribuye rasgos faciales a objetos inanimados y sin el cual muchas de las interacciones en las redes sociales no tendrían sentido :-). El giro fusiforme, una circunvolución de los lóbulos temporal y occipital del cerebro, es el encargado de procesar la información visual y de integrarla con otras regiones que reciben información de los demás sentidos. En su superficie lateral, en particular en el hemisferio derecho del cerebro, una estructura conocida como el área fusiforme facial (AFF) está especializada en el reconocimiento de las caras. Todos los animales gregarios deben ser capaces de identificar, en menor o mayor medida, a los miembros de su grupo. El ser humano, que vive en estructuras sociales complejas, posee una habilidad extraordinaria que le permite reconocer hasta cinco mil rostros distintos.[2] Una lesión en el área mencionada, como un sangrado o un infarto cerebral, provoca prosopagnosia, un trastorno por el que el individuo afectado es incapaz de reconocer incluso a sus seres más queridos.[3] A su vez, el fenómeno de la pareidolia se presenta cuando un estímulo no-facial activa el área fusiforme y sus conexiones a otras regiones, como el lóbulo occipital, que integra la información visual, y el lóbulo prefrontal, que media procesos cognitivos más abstractos como las representaciones mentales.[4]
Si bien la piedra de Makapansgat no fue fabricada por un ser humano, el lugar donde fue hallada —entre los restos de más de cuarenta Australopithecus— relata una historia aún más fascinante. El jaspe rojo, el mineral que conforma el guijarro, es un mineral que solo se encuentra a más de treinta kilómetros de la caverna. Es decir, hace tres millones de años, un homínido primigenio recogió con asombro la piedra, que bien pudo reflejar la cara de su especie, y recorrió varios kilómetros de valle aferrado a ella. Lo que vio en ese trozo de granito no podemos saberlo, al igual que si el sentimiento fue compartido por sus congéneres, pero algo debió de despertar en él para que se internara en la gruta con la piedra y la conservara hasta su muerte. Más allá de huesos y dientes de otros animales, en la cueva no hay registro de objetos fabricados a mano. Sin embargo, el canto de Makapansgat podría ser la evidencia más arcaica de la existencia de un sentido estético en el linaje de los homínidos. Robert Bednarik, antropólogo experto en evolución humana, señala que este objeto es testimonio de un comportamiento significativamente más complejo, en un sentido cultural y cognitivo, que el de cualquier otro primate no humano existente.[5]
Que en el canto de Makapansgat asomen dos caras es muy relevante. En la mitología romana, Jano era el dios de los comienzos y de los finales. Como una puerta que se abre hacia los dos lados, era representado con dos rostros mirando hacia sentidos opuestos. De su nombre nos queda enero (janero), el mes que cierra y abre el año. También es el dios de la transición, el custodio de los umbrales. La piedra rojiza mira hacia dos extremos del tiempo, el antes y el después de un tipo de consciencia. Al largo camino de los homínidos hasta desembocar en el ser humano, al primer individuo que quiso dejar su huella sobre la tierra.
DE CAMINAR ERGUIDOS A DECORAR PAREDES
El término Homo sapiens fue acuñado por Carl Linneo,[6] el padre de la taxonomía, en 1758 para referirse al humano moderno. Proviene del latín homo, que significa ‘hombre’, y sapiens, que significa ‘sabio’. Además de evidenciar que tanto en la ciencia como en el arte se ha excluido a la mujer de los términos universales, revela nuestra manía por considerarnos superiores al resto de los animales. A falta de fuerza, velocidad o resistencia, es nuestra capacidad mental el don divino que nos eleva sobre las demás criaturas. La música, el arte y el lenguaje constituyen los pilares del mito de nuestra singularidad. Sin embargo, cien años después de que Linneo definiera taxonómicamente al hombre, Charles Darwin publicaría El origen de las especies, un soplo feroz al castillo de naipes.
Hace unos diez millones de años, la familia Hominidae o de «los grandes primates» se subdividió en dos subfamilias: Gorillini, que en la actualidad incluye solo a dos especies de gorilas, y Homini. Esta última se ramificó hace entre cuatro y ocho millones de años en el género Pan, del cual solo sobreviven los chimpancés y los bonobos, y en el género Homo, del que solo quedamos nosotros. Compartimos más del 96 por ciento de la secuencia de ADN con los chimpancés, nuestros parientes más cercanos, aunque ese pequeño porcentaje restante derive en otro universo.[7]
En algún punto entre el Plioceno y el Pleistoceno temprano, hace entre tres y cuatro millones de años, el Australopithecus se irguió sobre la sabana africana y dio el primer paso hacia la humanidad. Las ramas del árbol se diversificaron en especies como el Kenyanthropus platyops, a quien se le atribuye el uso de las primeras herramientas de piedra simples,[8] el Homo habilis, que fabricó sus propios utensilios, y el Homo erectus, el primer homínido que migró fuera del continente africano, hace dos millones de años.[9] En Eurasia, hace cuatrocientos treinta mil años, el Homo neanderthalensis se expandió como ningún otro homínido lo había hecho hasta ese momento. Mientras que los neandertales fabricaban las primeras herramientas complejas en Asia y Europa, trescientos mil años atrás, en algún lugar de África Oriental o Central, una nueva especie homínida hacía su aparición: el Homo sapiens.[10] Sin embargo, no fue hasta hace ochenta mil años que nuestra especie se asentó permanentemente fuera de África.[11] Durante al menos veinte mil años, los humanos modernos y los neandertales compartieron territorio en Eurasia, hasta que, ya sea por competencia o hibridación, estos últimos se extinguieron, hace cuarenta mil años.[12] Aunque es posible que otras especies hayan sobrevivido en lugares aislados por otros cuantos miles de años, como en el caso del Homo floresiensis —el verdadero hobbit—, desde entonces el ser humano ha sido la única rama sobreviviente del género Homo.
A pesar de que muchas adaptaciones de la evolución humana son observables en fósiles, como la transición al bipedalismo, resulta casi imposible delinear con exactitud la evolución del pensamiento. El tejido blando de las estructuras que componen el cerebro no se fosiliza, por lo que, fuera de moldes que se hacen a partir de la forma de los cráneos, no hay registros de nuestro desarrollo cognitivo. Pese a esto, se han descrito algunos rasgos específicos en la organización cerebral, como el tamaño del cerebro, el tamaño relativo del neocórtex, la asimetría de los dos hemisferios y la expresión de los genes que dieron origen al cerebro moderno. El tamaño, sin embargo, no parece ser tan determinante para establecer diferencias; después de todo, los neandertales poseían una capacidad craneana mayor a la de los humanos modernos (1.500 frente a 1.300 centímetros cúbicos).[13] Más bien, fueron pequeños cambios en la microarquitectura cerebral, como la expresión de los genes que regulan el metabolismo de las células que dan soporte a las neuronas (astrocitos), los que derivaron en formas más eficientes de procesar información y, con ello, en una verdadera revolución cognitiva.[14]
A falta de fósiles neuroanatómicos, los residuos materiales son nuestra ventana a la mente de estos homínidos. Ya sea evaluando el desarrollo de los utensilios de piedra o sus patrones de caza, es de manera indirecta como estimamos la forma de pensar de los primeros humanos. La creación de objetos artísticos parece ser la vara de medir el salto cognitivo hacia el pensamiento abstracto. Hasta la fecha, la evidencia arqueológica señala que solo el Homo sapiens ha desarrollado un pensamiento simbólico complejo, que incluye fabricación de objetos de ornamentación y pintura rupestre. Pero en las últimas décadas se han encontrado artefactos neandertales, como decoraciones y colorantes en utensilios de hueso, que podrían refutar este paradigma.[15] Sin importar la especie, el arte no figurativo no apareció hasta hace entre 65.000 y 75.000 años. Es decir, durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva no hubo un gran dinamismo en nuestro pensamiento. Incluso el arte figurativo, más reciente, nació de forma esporádica, en tiempos y lugares distintos, y de un modo muy rudimentario. En un periodo muy breve de tiempo e impulsado probablemente por cambios en nuestras redes neuronales, el ser humano experimentó de pronto un florecimiento mental sin precedentes que coincide con el surgimiento del lenguaje.
Tanto en los humanos modernos como en los neandertales, existe una variante genética única que los distingue de los demás animales: el gen FOXP2.[16] Conservado en la mayoría de los mamíferos, con secuencias de aminoácidos idénticas en macacos, gorilas y chimpancés, en humanos presenta una mutación que afecta a dos aminoácidos y que parece desempeñar un papel fundamental en el desarrollo del lenguaje. Así, defectos en este gen producen dispraxia verbal, una discapacidad del cerebro para coordinar los movimientos de los labios, la mandíbula y la lengua, lo que causa problemas de articulación y de pronunciación a una edad muy temprana. Además, su disfunción se asocia a una discapacidad generalizada en las habilidades motoras y a problemas de socialización.[17] Este y otros genes que regulan la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para generar nuevas conexiones, esparcieron la chispa del pensamiento simbólico.
El arte figurativo, que apareció en el Paleolítico superior hace cerca de cuarenta mil años, representa un hito cognitivo. Para algunos autores, define al verdadero hombre moderno, no por su anatomía, sino por sus capacidades mentales. Herramientas talladas, collares, joyas y pendientes, esculturas pequeñas e incluso instrumentos musicales componen los primeros registros de los incipientes ritos y tradiciones.[18] Los hallazgos en el sur de Alemania del Löwenmensch, la estatuilla de un hombre con cabeza de león, y de la Venus de Hohle Fels, una figura femenina esculpida en marfil de mamut, anuncian un sentido estético complejo y un preludio del pensamiento mágico, la fuente de la ficción.[19]
Pero de todas las manifestaciones artísticas, las pinturas rupestres son, sin lugar a duda, lo primero que puebla nuestra imaginación al hablar de arte paleolítico. Hasta hace poco se consideraba que la pintura no figurativa más antigua, compuesta de símbolos como puntos y líneas, había sido realizada por neandertales al sur de la península ibérica hace 65.000 años.[20] Sin embargo, en la cueva de Blombos, en Sudáfrica, se encontraron dibujos abstractos hechos por Homo sapiens de más de 73.000 años de antigüedad.
Con el descubrimiento de cuevas como la de Altamira a mediados del siglo XIX en España o la de Lascaux a mediados del siglo XX en Francia, parecía claro que los procesos cognitivos complejos como la representación de objetos habían aparecido hace entre 15.000 y 18.000 años.[21] Pero, de nuevo, al sur de la isla de Célebes, en el archipiélago de Indonesia, se descubrió lo que se considera hasta la fecha el ejemplo más temprano de arte figurativo del mundo. Pintada al menos hace 51.200 años, esta composición —que demolió la noción de que el arte paleolítico complejo surgió en el sur de Europa— muestra a tres figuras humanas interactuando con un cerdo salvaje: nuestro primer relato.[22]
PINTURA EN MOVIMIENTO: ARTE MODERNO PREHISTÓRICO
Una mañana de invierno de 1994, Jean-Marie Chauvet guía a sus amigos Éliette Brunel y Christian Hillaire a través del valle de Ardèche, en el sur de Francia. Las fiestas navideñas se avecinan y con ellas los compromisos familiares y los propósitos de año nuevo, por lo que aquel domingo 18 de diciembre será la última excursión del año.
Se deciden por una nueva ruta; ese fin de semana no ha caído helada y se puede caminar cerca de los acantilados. Después de un largo día de incursiones en distintas cuevas, deciden regresar hacia la ruta principal para dirigirse a sus coches. De pronto, una brisa gélida brota de entre las rocas, como si la montaña respirara. El sol se ha puesto y la sombra de los árboles teje lo que será la noche. Sin titubear, comienzan a remover las rocas y, para su sorpresa, desvelan un pasaje angosto hacia el interior de la montaña. La emoción es superior al sentido común, así que cogen cuerdas y linternas de sus vehículos y regresan al sitio. Se internan en la caverna a la luz de una luna insuficiente y descubren que la gruta contiene distintos vestíbulos. Tienen cuidado de no pisar los huesos de animales que se distribuyen por el suelo y de no tocar lo que parecen ser los restos helados de una fogata. Éliette se detiene al percatarse de que toda la pared está recubierta de ocre, un pigmento mineral de tono rojizo. Dirige su linterna a la parte superior de la bóveda y el filo de las rocas no corta el asombro en su voz cuando exclama: «¡Estuvieron aquí!».[23]
La cueva de Chauvet, considerada por muchos la primera obra maestra de la humanidad, es en realidad un conjunto de seis cámaras que ocupan casi cuatrocientos metros. La mayoría de ellas contienen pinturas rupestres de animales extintos después de la última glaciación, como rinocerontes lanudos, mamuts, ciervos gigantes y felinos con dientes de sable. Estos primeros artistas seleccionaron con cuidado su espacio de trabajo, demostrando plena intencionalidad en su obra. Emplearon, además, dis
