Atmósfera de bulos

Isabel Moreno

Fragmento

Querido hijo:

Querido hijo:

Llegas al mundo a la vez que este libro, en un momento en el que, por primera vez desde que tenemos registros, hemos pasado un año con más de 1,5 °C sobre la temperatura de la era preindustrial. Ese número lleva tiempo sonando mucho, porque es el límite de un acuerdo muy importante que nos habíamos marcado para el año 2100. Tu hermana y tú tendréis unos setenta y cinco años en ese momento. Seréis un poquito más mayores que el abuelo M ahora mismo, pero más jóvenes que las bisabuelas N y P y el bisabuelo F.

A lo largo de vuestra vida, viviréis en un mundo completamente distinto al de ellos cuando eran pequeños. En muchos aspectos estamos bastante mejor que entonces, pero en otros no, como el clima. Por ejemplo, tu hermana y tú no sabréis lo que es ver florecer algunos árboles a finales de marzo y os parecerá normal verlo en torno a febrero. Os resultará difícil creer, como os dirá vuestro abuelo, que así ocurría antes, que la nieve cubría el pueblo durante todo el invierno o que tenían que abrigarse en verano por la noche para dar un paseo.

Esas condiciones climáticas de las que os hablarán serán parte del pasado. Sin embargo, todavía estamos a tiempo de que vuestro futuro se parezca mucho a lo que estamos viviendo ahora mismo.

Ya hemos pasado un año por encima de esos 1,5 °C, pero aún podemos mantenernos climáticamente en torno a ese número (muy prontito os enseñarán mates en el cole y, cuando os expliquen qué son las medias aritméticas y cómo se hacen, entenderéis por qué). Aun así, os tengo que decir la verdad: será muy difícil conseguirlo, aunque no imposible, pero siempre será mejor pasarnos de esa marca un poquito que hacerlo por mucho. Por eso, mamá seguirá haciendo todo lo que pueda para conseguirlo, como el libro que tenéis entre las manos.

Espero que, en unos años, nuestra generación pueda decir con orgullo que logramos que vuestro futuro fuera el mejor que podíais tener.

Prólogo

La historia de este libro es mi historia

Hola, persona que estás leyendo estas páginas.

Mira todas las hojas que quedan por delante. Vamos a compartir muchas palabras, así que, para romper el hielo, te voy a contar algunas cosas que vas a encontrar en este libro, más allá de lo que puedes leer en el índice.

Sí, este es un libro que explica algunos bulos, mitos o verdades a medias relacionados con el cambio climático, pero de una forma especial en algunos casos. Vas a tener la sensación de que no solo te doy datos, sino que estoy contándote cosas como si estuviéramos compartiendo un café (a veces me dirijo a ti con comentarios personales y los escribo de esta manera).

Cuando me lancé a escribir todo esto, creía que iba a ser algo relativamente sencillo de hacer. Me equivoqué estrepitosamente... Tardé alrededor de un año en completarlo y, sin darme cuenta, terminó convirtiéndose en un libro muy personal en el que está implícito no solo mi carácter, sino también mi estado de ánimo en cada momento (¿Que por qué? No pretenderás que te lo cuente en la primera página, que acabamos de conocernos. Si eso lo vemos más adelante).

Empecé este libro en enero y lo terminé en diciembre de 2024. A comienzos de ese año esbocé este prólogo con algunos datos de 2023. Escribí con muchas palabras que había sido el año más cálido registrado con una temperatura de 1,48 °C sobre la era preindustrial, que en España hubo más de once mil muertes atribuibles al calor, ocho fallecidos en el interior peninsular por una dana (y que se criticó bastante que sonasen en Madrid las alarmas en los móviles alertando de una situación peligrosa. Creo que nadie debería volver a criticar algo así después de 2024), entre otros aspectos.

También decía que, fuera de nuestras fronteras, habíamos visto algunos desastres colosales. El que más me llamó la atención ocurrió en septiembre de 2023 al otro lado del Mediterráneo, de la mano de la borrasca Daniel. A su paso por Grecia, Bulgaria y Turquía, había dejado más de veinte fallecidos, miles de desplazados y daños millonarios por inundaciones. Pero lo peor estaba por llegar. Daniel atravesó un Mediterráneo ardiente, convirtiéndose en un auténtico monstruo que descargó toda su furia sobre Libia. Se acumularon más de 410 l/m² en la ciudad de Al Bayda y más de 100 en la ciudad portuaria de Derna, que en el mes de septiembre recibe de media apenas 1,5. Dos presas no soportaron tal cantidad de agua y colapsaron, lo que causó inundaciones sin precedentes en la región. El agua se llevó por delante todo lo que encontró a su paso, como la vida de casi seis mil personas según cifras oficiales (aunque las estimaciones superan las veinte mil), miles de desaparecidos y más de cuarenta mil desplazados.

Esos datos se quedaron aparcados durante muchos meses mientras avanzaba con el libro. A finales de 2024 retomé este prólogo y me puse muy triste al leer, desde la perspectiva de aquel año que acababa, lo que había escrito tiempo atrás. En enero no me podía imaginar que 2024 superaría a su antecesor como el más cálido registrado hasta la fecha, con una temperatura de más de 1,5 °C sobre la era preindustrial. Pero, sobre todo, no hubiera imaginado ni en mis peores pesadillas que íbamos a vivir en España la peor catástrofe meteorológica de la historia reciente (y una situación política que no voy a comentar aquí). No olvidaremos jamás la dana de octubre de 2024 que causó incalculables daños materiales y la muerte de más de doscientas veinte personas, casi todas en Valencia.

En ese momento me bloqueé. No podía tirar del hilo con el que había comenzado a trazar este texto en enero de 2024, así que llamé a mi amiga Valentina Raffio para intentar ordenar las ideas en mi cabeza. Ella es periodista especializada en ciencia y crisis climática, pero sobre todo es un auténtico ser de luz que, sin darse cuenta, iluminó mi camino en este prólogo. Hacía poco que había llegado de Bakú, donde había cubierto la COP29, y me dijo: «Una cosa que comenté con alguien allí es que lo que estamos escribiendo sobre el cambio climático se está quedando antiguo demasiado rápido. Apuntas un fenómeno extremo bestial que está relacionado con la crisis climática y enseguida aparece otro que lo supera. Y luego llega el siguiente. Y el siguiente...». Entre las dos, llegamos a la conclusión de que el prólogo tenía que construirse de nuevo casi desde cero y lo que decidí finalmente fue contar por qué creo que este libro era más necesario que nunca.

Como en muchas historias de amistad, Valentina y yo habíamos empezado siendo simplemente compañeras de profesión y fuimos cogiendo mucha confianza la una con la otra según transcurrieron las semanas. Las conversaciones sobre cambio climático pasaron a ser más personales, nos escribíamos para ver cómo estábamos, nos enviábamos imágenes de gatitos por redes sociales... Estoy segura de que el paso natural del tiempo nos hubiera terminado de unir hasta el punto actual, pero hubo algo que aceleró ese proceso: el odio desmedido al que nos tuvimos que enfrentar en redes sociales.

Valentina y yo participamos junto con otras profesionales de la comunicación climática en una campaña para luchar contra el negacionismo en una famosa red social. Nuestra misión era explicar aspectos relacionados con el cambio climático en vídeos cortos que se promocionaban para llegar a muchísima gente. Quienes solemos hacer este tipo de contenidos para redes sociales sabíamos que esa visibilidad masiva nos haría recibir algunos mensajes negacionistas típicos, pero no imaginábamos la magnitud de lo que iba a venir.

Esa campaña nos puso en el foco para usuarios, tanto reales como bots, que comenzaron a cargar contra nosotras. Los mensajes negacionistas pasaron incluso a un segundo plano para dar protagonismo a insultos y amenazas, algunas incluso de muerte. Aquella tarea se volvió insoportable.

La situación empeoró más cuando un famoso creador de contenido en internet propuso realizar un «debate sobre cambio climático». Ciertas personas del mundo de la divulgación climática mostramos nuestro rechazo a la celebración de aquel espectáculo esperpéntico que solamente beneficia al negacionismo (te cuento por qué dentro de unas páginas). Aquello nos volvió a poner en el centro de una diana de ataques en la que nos sentimos completamente indefensas. No había nada ni nadie capaz de frenar aquello, bien porque no podía o porque no tenía ni un ápice de voluntad para hacerlo (por cierto, en el momento en el que escribo estas líneas, sigo esperando una reunión con el equipo de España de una red social para tratar este tema).

En ese campo de batalla tuvimos la enorme suerte de coin­cidir con Verónica Pavés. Vero es periodista especializada en ciencia y otro ser de luz que, por desgracia, también estaba reci­biendo un odio desmedido simplemente por hacer su trabajo: informar sobre cambio climático. Lo nuestro fue amistad a primera vista. Entre las tres, decidimos impulsar un manifiesto contra el auge del negacionismo y la polarización en redes sociales. En ese texto no solo denunciamos la situación a la que nos estábamos enfrentando, sino que pedíamos medidas para frenarla al sector político y judicial, a las redes sociales y a los medios de comunicación, incluidos influencers que manejan audiencias enormes. Nos sentimos arropadas por mucha gente. Más de cuarenta entidades se adhirieron a ese manifiesto.

A pesar de todo, aquello nos puso aún más en el foco. No te voy a negar que fue una temporada muy dura en la que incluso me planteé si valía la pena seguir divulgando. En aquel momento defendía que sí porque, si quienes lo hacemos nos apartamos de algunos foros masivos, el único discurso que queda es el del sinsentido, el

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