Vive sin inflamación

Dra. Irene Sendino
Dra. Irene Sendino

Fragmento

Prólogo, por Elizabeth Clapés

Prólogo

Hay personas y profesionales que cambian vidas, e Irene es una de ellas.

Hace años estuve muy enferma. Me encontraba realmente mal y, sin dar muchos detalles para no incomodar a nadie, diré que tenía sintomatología gastrointestinal de todo tipo. Y mucho dolor. Muchísimo dolor.

Fui atendida por nutricionistas y médicos de muchas especialidades, y recibí respuestas de todos los colores: «Es que eres una persona muy nerviosa», «Es colon irritable y el tratamiento es que te relajes», «El problema está en que respiras mal; tienes que aprender la respiración diafragmática», etc. Me dieron fichas para practicar la respiración (recordarlo me suena a burla), pasé varias veces por quirófano, tomé todo tipo de medicamentos y superé todas las pruebas médicas que me hicieron, que fueron muchísimas, con buena nota: según los médicos, no estaba enferma. Sin embargo, mis síntomas y el dolor hablaban de algo muy distinto.

Cualquier alimento me sentaba mal y comer implicaba dolor, así que comía lo mínimo posible y, en consecuencia, perdí mucho peso, se me cayó el pelo y convivía con mareos, debilidad y sintomatología gastrointestinal constante; aunque lo peor, con diferencia, era el extremo dolor que sentía. Empecé a tener miedo porque me encontraba tan mal y recibía tan poca información sobre lo que me pasaba que llegué a pensar que padecía algo muy grave y que, como nadie lo encontraba, me iba a morir.

Desesperada, pedí recomendaciones de especialistas a mis seguidores, y entonces fue cuando apareció Irene. Ella me mandó pruebas distintas que por fin arrojaron resultados que explicaban por qué estaba tan enferma. Resultó que tenía varios problemas de salud, pero todos solucionables. Empecé con la medicación natural y no natural que ella me pautó y, por primera vez en mucho tiempo, recordé lo que era encontrarme bien: poder salir de casa sin miedo a no tener un baño cerca, comer sin sufrir, tener energía y hacer ejercicio. Con Irene no solo sané, sino que también descubrí cosas sobre mi cuerpo y mi salud que desconocía, que estaba haciendo mal y que me estaban dañando por dentro hasta el punto de enfermar. Irene no se limitó a solucionar la sintomatología (que ya era de agradecer), sino que se propuso buscar y solventar la causa que originaba toda la problemática.

Desde entonces, mando a todas las personas a las que quiero a tratarse con ella. Es, definitivamente, mi médica de cabecera, y no tomo decisiones sobre mi salud sin antes consultarle, me da igual si se trata de un resfriado o de un dedo roto. Porque Irene no trata enfermedades, partes del cuerpo o síntomas: trata a personas. Y lo hace desde una visión integrativa, indagando todas las áreas vitales y haciendo preguntas que en el momento no entiendes, pero cuyas respuestas recordará y serán de utilidad más adelante, cuando hasta tú te hayas olvidado de ellas. Así es Irene.

Hoy en día, además de ser mi médica, trabajamos juntas. Así que ya no solo puedo hablar de ella como su paciente, sino que también puedo hacerlo como profesional. Veo cada día cómo se esfuerza en cuidar de las personas a las que acompaña y, sobre todo, cómo las respeta. Quizá eso es lo más bello que tiene Irene: el profundo respeto y aprecio que siente hacia sus pacientes. Lo veo a través de su humildad, su preocupación real por ellos y su gran implicación, que es mucha más de la que le corresponde como profesional, sin duda. Pero es que Irene es justamente eso: mucho más que «médica». Es, por si fuera poco todo lo dicho, una gran persona con un corazón enorme. Y eso, queriendo o sin querer, se ve reflejado en cómo hace su trabajo, que es maravilloso.

¿Cómo se le agradece a alguien que te haya devuelto tu vida, que cuide de tu cuerpo como si fuera el suyo? Pues no lo sé, pero ojalá lo que aprendas en este libro te ayude a saber cómo cuidar bien de tu cuerpo y al final te haga sentir cuando menos la mitad del agradecimiento que siento yo.

Con amor,

Elizabeth Clapés

@esmipsicologa

Caminar.

Poner sonrisa a cada paso y respirar.

Será bonito lo que quede por llegar.

Mirar al frente y no bajar la vista nunca más.

Dani Martín

Introducción

Vivir inflamado tiene solución

Son las dos de la madrugada y una bebé rompe a llorar desconsoladamente. Los padres corren a atenderla, tratan de calmarla, pero su llanto no cesa. La cogen en brazos para intentar apaciguar así su llanto. Al hacerlo, descubren que una de las rodillas está muy inflamada y caliente, muy caliente. Se miran con cara de: «¿En qué momento se nos ha caído y no nos hemos dado cuenta?, ¿le habrá pasado algo en la guardería y no nos han dicho nada?». Asustados, le palpan la frente y está ardiendo también. Parece que tiene fiebre. Se vuelven a mirar, dudan, pero deciden no dar pie a que sea algo grave y acuden a Urgencias de inmediato.

Están de suerte y allí les atiende un doctor que trata de calmarlos y les explica que lo mejor es que la niña se quede ingresada para hacerle los estudios pertinentes y poder confirmar de qué se trata.

Los padres, algo más tranquilos, pero a la vez con gran desasosiego e incertidumbre, se instalan en la habitación que les han asignado. A la madre se le saltan unas lágrimas que delatan su miedo y frustración por no poder hacer nada más que ayude a su pequeña. El padre la abraza en un intento por sostenerla y arroparla, por hacerle sentir que todo va a ir bien, que están juntos en esto. Y así se quedan un rato, abrazados, mirando a la niña, a su niña.

Después de unos días muy complicados, de mucha incertidumbre, miedo y angustia, los médicos les confirman el diagnóstico: artritis idiopática juvenil crónica. Paso a desglosar a continuación:

• Artritis: inflamación de una o más articulaciones.

• Idiopática: enfermedad de causa desconocida.

• Juvenil: ocurre en personas jóvenes.

• Crónica: para siempre. 

En ese momento, lo único que sienten es confusión y una sensación de impotencia. Ahora tienen un nombre para los síntomas de su hija y una medicación que puede ayudar a controlar la situación. Sin embargo, ni una cosa ni otra les da respuestas de por qué ha sucedido ni de cómo encontrar la raíz del problema.

Esas cuatro palabras, artritis idiopática juvenil crónica, caen como una losa —en este caso, mi caso— sobre las espaldas de unos padres primerizos que solo quieren lo mejor para su hija y que, de la noche a la mañana, se encuentran frente a un diagnóstico permanente que genera muchas preguntas y dudas: ¿por qué?, ¿qué hemos hecho mal?, ¿cómo lo podríamos haber evitado?, ¿qué vamos a hacer ahora?, ¿es grave?, ¿es para siempre?, ¿en quién debemos confiar?, ¿hay algo que se pueda hacer para evitar que avance? Y así un largo etcétera, pero sin muchas respuestas al otro lado.

Lo que ellos no saben aún es que el problema no va a ser solo el diagnóstico, sino lidiar con él y con lo que va a conllevar en el día a día, tanto a nivel interno y familiar como externo y social.

Porque, lamentablemente, ni ser padre ni ser diagnosticado de una patología vienen con un manual de instrucciones. Lo fundamental en este caso no es simplemente saber cómo sobrellevar la enfermedad, sino también cómo gestionar las discrepancias familiares, los problemas y obstáculos que pueden surgir a nivel social, y lo difícil y complejo que puede ser encontrar apoyo y sostén cuando la cosa se alarga en el tiempo. 

En todos esos años tan complicados, tanto a mi familia como a mí nos hubiera gustado no haber tenido que practicar tanto ensayo-error y haber encontrado una guía que nos hubiera acompañado y hecho más fácil el camino desde el principio. Porque, efectivamente, nadie más que tú va a tener que recorrerlo. Pero no es lo mismo hacerlo a oscuras que con pequeñas luces que, como luciérnagas, te van alumbrando y acompañando en el rumbo que debes seguir.

Si estás leyendo este libro, es probable que te hayas preguntado alguna vez si las enfermedades autoinmunes, los síntomas digestivos o cualquier otra etiqueta que parece cronificarse en el tiempo tienen solución. Ciertamente, esta es una de las primeras preguntas que me suelen hacer los pacientes en cuanto cruzan la puerta de mi consulta. Casi antes del protocolario «hola». Y lo entiendo. La incertidumbre, el miedo a lo desconocido y la sensación de que un diagnóstico pueda dictar el resto de tu vida son realidades abrumadoras. Especialmente cuando estas palabras provienen de alguien con autoridad, alguien en quien confías, como puede ser tu médico.

Hay una frase que en mi infancia me marcó mucho, y en este caso vino de parte de una profesora: «Si estás así ahora, ¿cómo vas a estar de mayor?».

Franca, directa, y sin miramientos. Apenas podía andar, así que mucho menos subir por las escaleras y cargar con una mochila al mismo tiempo. Por ello, cada día me acompañaba un profesor diferente. Estábamos en el ascensor frente a frente, yo con mi timidez de mis doce añitos recién cumplidos y ella, se supone, con la sabiduría de toda una vida. No miento si digo que fue la subida al primer piso más larga de mi vida. En ese momento sentí sus palabras como un jarro de agua fría, no supe reaccionar, hice una mueca y solté una media carcajada. ¿Cómo se había atrevido a soltarme eso? Esa noche no dormí. Y desde ese instante su frase me ha acompañado y no ha dejado de retumbar en mi cabeza. Incluso hubo momentos en los que me la llegué a creer. Sobre todo, cuando acudía a las consultas de Reumatología Infantil y veía a todos esos niños que evolucionaban a peor, y me veía a mí misma camino de infiltrarme por tercera vez consecutiva en un año, asimilando que aquello no hacía más que empeorar, o al menos me quedaba igual, que ya era de agradecer. Sin embargo, hubo muchos otros momentos en los que esas palabras me dieron fuerza para seguir adelante y tener la oportunidad de un día poder contestar a esa profesora, pero no con palabras, sino con hechos.

Por eso quiero que este libro sea luz. Que sepas que existe un camino viable y tangible. Y, ojo, no vengo a prometerte una cura mágica, no vengo a venderte humo; eso quiero dejártelo claro desde el principio. Lo que te propongo es un cambio de perspectiva. Ayudarte a recuperar las riendas de tu salud y actuar sobre lo que sí puedes controlar, sabiendo qué pasos exactos debes dar. En este libro te guiaré a través de una hoja de ruta cien por cien práctica para identificar los factores modificables que actúan como piezas clave en el problema. Profundizaremos en cada uno de ellos para estabilizar la situación, reducir la activación de síntomas y prevenir enfermedades. Pero iremos aún más allá, porque en la última etapa daremos el paso definitivo hacia una verdadera revolución en tu salud.

Sí, sí, has leído bien: R E V O L U C I Ó N.

Empleo esta palabra porque parece que solo podemos preocuparnos por nuestra salud cuando ya la hemos perdido o cuando ya tenemos cierta etiqueta o diagnóstico del que queremos deshacernos.

Pero para ello necesitamos ser honestos... ¿De verdad hemos considerado lo que significa estar sanos? Cada vez vivimos más años, pero ¿con qué calidad?

Vivimos en una sociedad donde el 80 por ciento de la población está enferma, aunque no lo sepa. Y no hago esta afirmación para llamar la atención y sonar a clickbait, sino porque es real. Esto es así. Nos hemos acostumbrado a un nivel de salud mediocre: nos levantamos ya agotados, sobrevivimos durante el día a base de cafés, nos creemos que comer todos los mediodías, deprisa y corriendo, una ensalada del Honest Greens es cuidarnos (y luego el antiácido en la barbacoa con los amigos que no falte), vamos una vez a la semana a matarnos al gym creyendo que eso compensa nuestras ocho horas diarias sentados frente al ordenador llenos de cortisol, nos acostamos tarde porque es el único ratito que tenemos para compartir con nuestra pareja y, por supuesto, contamos con nuestro pastillero de confianza en la mesilla de noche para poder apagar todos los estimulantes a los que nos hemos sometido durante la jornada y creer que así tendremos un sueño reparador... Esto es lo que comúnmente hemos denominado «estar bien».

No me cabe duda de que, si buscamos en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua la definición de «salud», esto es justo lo que describe. Eso sí, no me hables de hacer una dominada, ayunar o acostarnos sin haber usado aparatos electrónicos la hora de antes..., porque eso es de frikis.

Al igual que Pau Donés nos recordaba que «vivir es urgente», te digo que revisar tus hábitos disfuncionales también lo es. Cuidarse no es de débiles; cuidarse es un privilegio. No tiene sentido que esperemos a perder la salud para empezar a valorarla, como si un diagnóstico fuera la única llamada de atención que puede motivarnos a actuar. No queremos llevarnos las manos a la cabeza cuando nuestro médico nos diga: «Esto es lo que hay», «algunas personas viven con dolor de regla; a ti te ha tocado vivir con dolor de cabeza», «será que eres de piel sensible o de estómago de­licado», o como me han llegado a decir a mí en alguna ocasión: «bueno, es que estás mal hecha», «no hay mucho más que podamos hacer».

Para aquellos que buscamos revolucionar y potenciar nuestra salud, las expectativas a la hora de envejecer son altas. Nosotros vamos mucho más allá. Queremos exprimir al máximo nuestras posibilidades. No buscamos solamente paliar unos síntomas ni poner una tirita, sino ir a la raíz, transformar cómo vivimos y cómo concebimos la salud. Se trata de estar en coherencia con nuestro cuerpo y con nuestra biología. Se trata de buscar una longevidad activa y tener un propósito de vida.

No nos conformamos con estar bien; buscamos estar mejor.

El término «revolución» proviene del latín revolutio, que significa «volver» o «regresar». En este caso se trata, por tanto, de re-evolucionar en esa búsqueda de salud, volver con una nueva visión más clara y coherente con los objetivos de uno mismo, sean cuales sean, para avanzar y llevar nuestra salud al siguiente nivel. ¿Para qué estamos diseñados, si no? ¿Para acabar como en Wall-E, cómodamente instalados en sillas eléctricas viviendo a través de pantallas mientras la vida real se nos escapa entre píxeles? Aunque parece que ese futuro distópico no está tan lejos de nuestra zona de confort, nuestras células llevan muchos más años adaptadas a un entorno que en nada se parece a nuestro modelo de vida prefabricado actual.

Esta revolución en la salud que te propongo no es solo para quienes ya tienen un diagnóstico o unos síntomas cronificados. Es también para todos aquellos que saben que en la prevención está la verdadera llave de la longevidad: es necesario adelantarse a los problemas antes de que aparezcan y cambiar los patrones que nos están enfermando. Sanar o curar lleva implícito querer volver a un punto de partida en el que ya no estamos. Sin embargo, revolucionar tu salud implica preservar y potenciar algo que a

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