PREFACIO
Los animales son las principales víctimas de la historia, y el tratamiento que los animales domésticos reciben en las granjas industriales es quizá el peor crimen de la historia. Estas afirmaciones pudieron parecer ridículas en 1975, cuando Peter Singer publicó por primera vez Liberación animal. Hoy, gracias en buena parte al impacto de este influyente libro, aumentan las personas que aceptan estas ideas como razonables, o al menos dignas de ser discutidas.
En los cuarenta años transcurridos desde la publicación de Liberación animal, los científicos han dedicado cada vez más atención al estudio de la cognición animal, al comportamiento animal y a las relaciones humano-animales. Sus descubrimientos han confirmado en gran parte las principales intuiciones de Singer. La marcha del progreso humano está sembrada de animales muertos. Incluso hace decenas de miles de años, nuestros antepasados de la Edad de Piedra ya eran responsables de una serie de desastres ecológicos. Cuando los primeros humanos llegaron a Australia hace unos 45.000 años, condujeron rápidamente a la extinción al 90% de sus animales grandes. Este fue el primer impacto importante que Homo sapiens tuvo sobre el ecosistema planetario. No fue el último.
Hace unos 15.000 años los humanos colonizaron América, y en el proceso eliminaron alrededor del 75% de sus grandes mamíferos. Otras muchas especies desaparecieron de África, de Eurasia y del sinnúmero de islas situadas a lo largo de sus costas. El registro arqueológico de un país tras otro cuenta el mismo y triste relato. La tragedia se inicia con una escena que muestra una población rica y variada de animales grandes, sin ninguna traza de Homo sapiens. En la segunda escena aparecen los humanos, según demuestra un hueso fosilizado, una punta de lanza o quizá una fogata de campamento. Sigue rápidamente la tercera escena, en la que hombres y mujeres tienen el papel protagonista y la mayoría de animales grandes, al igual que muchos más pequeños, han desaparecido. En total, los sapiens condujeron a la extinción aproximadamente al 50% de todos los grandes animales terrestres del planeta antes de que plantaran el primer campo de trigo, moldearan la primera herramienta de metal, escribieran el primer texto o acuñaran la primera moneda.
El siguiente gran hito en las relaciones humano-animales fue la Revolución Agrícola: el proceso por el que pasamos de cazadores-recolectores nómadas a agricultores que vivían en asentamientos permanentes. Ello implicó la aparición de una forma de vida completamente nueva en la Tierra: los animales domésticos. Al inicio, podría parecer que este acontecimiento tuviera una importancia menor, puesto que los humanos consiguieron domesticar menos de veinte especies de mamíferos y aves, en comparación con los innumerables miles de especies que permanecieron «salvajes». Pero con el paso del tiempo esta forma de vida nueva se convirtió en la norma. Hoy en día, más del 90% de todos los animales grandes son domésticos. Consideremos los gallos y las gallinas, por ejemplo. Hace diez mil años, se trataba de una especie de ave rara confinada en nichos pequeños del sur de Asia. En la actualidad, miles de millones de pollos viven en casi todos los continentes e islas, excepto en la Antártida. Los gallos y las gallinas domésticos son probablemente la especie de ave más extendida en los anales del planeta Tierra. Si el éxito se mide en números, gallos y gallinas, vacas y cerdos son los animales que han cosechado más éxito.
¡Qué lástima!, las especies domésticas pagaron por su éxito colectivo sin igual con un sufrimiento individual sin precedentes. El reino animal ha conocido muchos tipos de dolor y calamidades durante millones de años. Pero la Revolución Agrícola creó tipos completamente nuevos de sufrimiento, que con el paso de las generaciones no hicieron más que empeorar.
A primera vista, puede parecer que los animales domésticos se encuentran mucho mejor que sus primos salvajes y que sus antepasados. Los búfalos salvajes pasan el día en busca de comida, agua y refugio, y se hallan amenazados constantemente por leones, parásitos, inundaciones y sequías. El ganado doméstico, en cambio, goza del cuidado y la protección humanos. Las personas proporcionan comida, agua y refugio a vacas y terneras; tratan sus enfermedades; y las protegen contra los depredadores y los desastres naturales. Cierto, la mayoría de las vacas y terneras terminarán tarde o temprano en el matadero. Pero, ¿hace esto que su destino sea peor que el de los búfalos salvajes? ¿Acaso es mejor ser devorado por un león que ser sacrificado por un hombre? ¿Son más benévolos los dientes de los cocodrilos que las cuchillas de acero?
Lo que hace que la existencia de los animales domésticos de granja sea particularmente cruel no radica únicamente en la manera en que mueren, sino en la manera en que viven. Dos factores en competencia han modelado las condiciones de vida de los animales de granja: por un lado, los humanos quieren carne, leche, huevos, cuero, potencia muscular animal y diversión; por otro, los humanos han de asegurar la supervivencia y la reproducción a largo plazo de los animales de granja. En teoría, esto tendría que haber protegido a estos de la crueldad extrema. Si un granjero ordeñara a su vaca sin proporcionarle comida ni agua, la producción de leche se reduciría, y la vaca no tardaría en morir.
Desgraciadamente, los humanos pueden causar un sufrimiento tremendo a los animales de granja de otras maneras, incluso mientras aseguran su supervivencia y reproducción. La raíz del problema es que los animales domésticos han heredado de sus antepasados salvajes muchas necesidades físicas, emocionales y sociales que son innecesarias en las granjas. Los ganaderos ignoran de manera rutinaria estas necesidades, sin pagar ningún precio económico. Encierran a los animales en jaulas minúsculas, mutilan sus cuernos y cola, separan a las madres de los hijos, y mediante selección crían monstruosidades. Los animales sufren mucho, pero siguen viviendo y multiplicándose.
¿No contradice esto los principios más básicos de la evolución darwiniana? La teoría de la evolución sostiene que todos los instintos, impulsos y emociones han evolucionado en interés de la supervivencia y la reproducción. Si es así, ¿no demuestra la reproducción continua de los animales de granja que se atiende a todas sus necesidades reales? ¿Cómo puede tener una «necesidad» una vaca que no sea realmente necesaria para la supervivencia y la reproducción?
Es verdad que todos los instintos, impulsos y emociones evolucionaron con el fin de hacer frente a las presiones evolutivas de la supervivencia y la reproducción. Sin embargo, cuando estas presiones desaparecen, los instintos, impulsos y emociones no se evaporan instantáneamente. Aunque ya no sean fundamentales para la supervivencia y la reproducción, continúan dando forma a las experiencias subjetivas del animal. Las necesidades físicas, emocionales y sociales de las vacas, los perros y los humanos no reflejan sus condiciones actuales, sino las presiones evolutivas que sus antepasados encontraron hace decenas de miles de años.
¿Por qué nos gustan tanto los dulces en la actualidad? No es porque en los inicios del siglo XXI tengamos que atiborrarnos de helados y chocolate para poder sobrevivir. Ello se debe a que si nuestros antepasados de la Edad de Piedra encontraban frutos maduros y dulces, lo más sensato que podían hacer era comer tantos y tan rápidamente como pudieran. ¿Por qué los jóvenes conducen de forma imprudente, se enzarzan en reyertas violentas y hackean páginas confidenciales de internet? No porque obedezcan a las leyes actuales, que prohíben todas estas acciones, sino porque obedecen a decretos genéticos antiguos. Hace 70.000 años, un joven cazador que arriesgara su vida persiguiendo a un mamut eclipsaba a todos sus competidores y obtenía la mano de la belleza local… y ahora seguimos cargando con esta herencia de macho.
La misma lógica evolutiva moldea la vida de las vacas y las terneras en nuestras granjas industriales. Los bueyes y las vacas salvajes antiguos eran animales sociales. Con el fin de sobrevivir y reproducirse necesitaban comunicarse, cooperar y competir de manera efectiva. Como todos los mamíferos sociales, los bóvidos salvajes aprendían las habilidades sociales necesarias mediante el juego. A todos los cachorros, gatitos, terneros y niños les gusta jugar porque la evolución les implantó dicho instinto. En la naturaleza necesitaban jugar. Si no lo hacían, no aprendían las habilidades sociales vitales para la supervivencia y la reproducción. Si un gatito o un ternero nacía con alguna mutación rara que lo hacía indiferente al juego, es improbable que sobreviviera o se reprodujera, de la misma manera que si sus antepasados no hubieran adquirido dichas habilidades, no existirían. De forma parecida, la evolución implantó en cachorros, gatitos, terneros y niños un deseo irresistible de vincularse a su madre. Una mutación aleatoria que debilitara el vínculo madre-hijo era una sentencia de muerte.
¿Qué ocurre ahora cuando los ganaderos toman una ternera joven, la separan de su madre, la colocan en una jaula diminuta, la vacunan contra varias enfermedades, le proporcionan comida y agua y después, cuando tiene la edad adecuada, la inseminan artificialmente con esperma de toro? Desde una perspectiva objetiva, dicha ternera ya no necesita ni vínculo materno ni compañeros de juego con el fin de sobrevivir y reproducirse. Sus amos humanos se ocupan de todas sus necesidades. Pero desde una perspectiva subjetiva, la ternera sigue sintiendo un instinto muy fuerte de relacionarse con su madre y de jugar con otras terneras. Si estos instintos no se ven satisfechos, la ternera sufre mucho.
Esta es la lección básica de la psicología evolutiva: una necesidad modelada hace miles de generaciones continúa sintiéndose subjetivamente incluso aunque ya no sea necesaria para la supervivencia y la reproducción. De forma trágica, la Revolución Agrícola concedió a los humanos el poder de asegurar la supervivencia y la reproducción de los animales domésticos al tiempo que ignoraban sus necesidades subjetivas. En consecuencia, los animales domésticos son colectivamente los animales más exitosos del mundo y, al mismo tiempo, son individualmente los animales más desdichados que hayan existido jamás.
La situación no ha hecho más que empeorar durante los últimos siglos, cuando la ganadería tradicional dio paso a la industrial. En las sociedades tradicionales como el Antiguo Egipto, el Imperio romano o la China medieval, los humanos tenían un conocimiento muy parcial de la bioquímica, la genética, la zoología y la epidemiología. En consecuencia, sus capacidades de manipulación eran limitadas. En las aldeas medievales, las gallinas correteaban libres entre las casas, picoteaban semillas y gusanos de los montones de basura y construían sus nidos en el granero. Si un campesino ambicioso intentaba encerrar a mil gallinas dentro de un gallinero atestado, probablemente el resultado fuera una epidemia letal de gripe aviar que eliminaba a todas las gallinas así como a muchos aldeanos. Ningún sacerdote, chamán o curandero podría haberlo evitado.
Pero una vez que la ciencia moderna descifró los secretos de las aves, los virus y los antibióticos, los humanos pudieron empezar a someter a los animales a condiciones de vida extremas. Con ayuda de vacunas, medicamentos, hormonas, plaguicidas, sistemas centralizados de aire acondicionado, comederos automáticos y gran cantidad de otros artilugios nuevos, ahora es posible hacinar decenas de miles de gallinas en gallineros diminutos, y producir carne y huevos con una eficiencia sin precedentes.
Ciertamente la suerte de los animales en estas instalaciones industriales se ha convertido en una de las cuestiones éticas más acuciantes en términos del número de animales implicados. Y es que, en la actualidad, la mayoría de los animales grandes de nuestro planeta viven en granjas industriales. Imaginamos que nuestro planeta está poblado por leones, elefantes, ballenas y pingüinos. Esto puede ser cierto en el canal de National Geographic, en las películas de Disney y en los cuentos de hadas para niños, pero ya no es verdad en el mundo real fuera de la pantalla del televisor. En el mundo hay 40.000 leones y 1.000 millones de cerdos domésticos; 500.000 elefantes y 1.500 millones de vacas domésticas; 50 millones de pingüinos y 20.000 millones de gallinas y pollos.
En 2009, había en Europa 1.600 millones de aves salvajes, contando todas las especies. Ese mismo año, la industria cárnica y de huevos de Europa crió 1.900 millones de gallinas y pollos. Todos juntos, los animales domésticos del mundo pesan unos 700 millones de toneladas, comparadas con 300 millones de toneladas de humanos, y con menos de 100 millones de animales salvajes grandes («grandes» significa aquí animales que pesan al menos algunos kilogramos).
Esta es la razón por la que la suerte de los animales de granja no es una cuestión ética marginal. Atañe a la mayoría de los animales grandes de la Tierra: decenas de miles de millones de seres sensibles, todos con un mundo complejo de sensaciones y emociones, pero que viven y mueren como piezas de una línea de producción industrial. Si Peter Singer tiene razón, la ganadería industrial es responsable de más dolor y desdicha que todas las guerras de la historia juntas.
Hasta ahora, el estudio científico de los animales ha desempeñado un papel deplorable en esta tragedia. La comunidad científica ha empleado su conocimiento creciente de los animales principalmente para manipular su vida de manera más eficiente, al servicio de la industria. Pero este mismo conocimiento ha demostrado, más allá de toda duda razonable, que los animales de granja son seres sensibles, con relaciones sociales intrincadas y pautas psicológicas refinadas. Puede que no sean tan inteligentes como nosotros, pero conocen el dolor, el miedo, la soledad y el amor. También ellos pueden sufrir, y también ellos pueden ser felices.
Ya es hora de que nos tomemos en serio estos hallazgos, porque a medida que el poder humano sigue aumentando, nuestra capacidad para dañar o beneficiar a otros animales va pareja a él. Durante 4.000 millones de años la vida en la Tierra se rigió por la selección natural. Ahora se rige cada vez más por el diseño inteligente humano. La biotecnología, la nanotecnología y la inteligencia artificial permitirán pronto que los seres humanos remodelen a los seres vivos de maneras radicalmente nuevas, lo que redefinirá el significado mismo de la vida. Cuando vayamos a diseñar este mundo nuevo y surrealista habremos de tener en cuenta el bienestar de todos los seres sensibles, y no solo de Homo sapiens.
Liberación animal plantea cuestiones éticas que todo humano debería tomarse en serio. Quizá no todo el mundo estará de acuerdo con la tesis de Singer. Pero dado el inmenso poder que la humanidad ostenta sobre todos los demás animales, nuestra responsabilidad ética es debatirla detenidamente.
Yuval Noah Harari
PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN
En 2008, millones de estadounidenses vieron en las noticias de la tarde, horrorizados e incrédulos, una grabación con cámara oculta en la que se mostraba cómo ganado demasiado enfermo siquiera para andar era pateado, electrificado con varas eléctricas, golpeado en los ojos con porras y trasladado de un lado a otro en carretillas elevadoras con el fin de acercarlo lo suficiente a la caja en la que se le da muerte para luego ser procesado como carne.
El vídeo fue grabado en el matadero de Westland/Hallmark en Chino, California, una gran empresa —supuestamente líder en tecnología punta— y la mayor proveedora del National School Lunch Program, situada no en algún retrasado remanso rural, sino a tan solo unos cincuenta kilómetros de Los Ángeles. Como comer carne de vacas que no pueden andar constituye un riesgo para la salud, el vídeo provocó la mayor retirada de carne en la historia de Estados Unidos.
Esta revelación vino a constituir una dramática confirmación de las tesis de este libro. Tras declararse culpable de los cargos de crueldad contra animales, Daniel Ugarte Navarro, el encargado del matadero, que aparece en las imágenes golpeando y propinando a las vacas enfermas descargas eléctricas en la cara, y utilizando una carretilla elevadora para moverlas, dijo que no había hecho nada malo y que «solo estaba haciendo su trabajo». Es una excusa que ya hemos oído antes, pero que no deja de tener una pizca de incómoda verdad. Por despreciables que fuesen las acciones de Ugarte, hay algo fundamentalmente peor en la ética, y en la ley, que determina cómo tratamos a los animales. Si la gente quiere comer criaturas sensibles y existe una competición por suministrar carne al precio más bajo posible, entonces, el sistema recompensará a aquellos que cumplan con esta demanda. En ese sentido, Ugarte estaba simplemente haciendo su trabajo. Y de no haber sido por la «mala suerte» —para él y para Westland/Hallmark— de que un investigador de la Humane Society of the United States estuviera filmando secretamente sus actos, Ugarte hubiera seguido maximizando efectivamente las ganancias de su empleador.
La repulsión que este y otros vídeos de abusos sobre animales grabados ocultamente provocan en la mayor parte de la sociedad sugiere que es la ignorancia, y no la indiferencia, la que permite que se mantenga la crueldad generalizada, institucional, hacia los animales en Estados Unidos. Ahora que los medios de comunicación están tomándose más seriamente los asuntos de los animales, esta ignorancia comienza a resquebrajarse. Pero ha sido necesario un largo esfuerzo hasta alcanzar esta situación. Desde que este libro se publicó por primera vez, en 1975, el arduo trabajo de un incontable número de activistas ha cosechado beneficios que se manifiestan no solamente en una mayor concienciación pública hacia los abusos sobre los animales, sino también en mejoras concretas para los propios animales. En la década de 1980, bajo presión del movimiento animalista, las corporaciones de cosméticos comenzaron a invertir dinero en busca de alternativas a la experimentación con animales. El desarrollo de métodos experimentales que prescinden de los animales tiene ahora una dinámica propia dentro de la comunidad científica y es en parte responsable del menor número de animales utilizado. Pese a la afirmación de la industria de que «la piel ha vuelto», la venta de pieles todavía no ha recuperado el nivel que alcanzó en la década de 1980, cuando el movimiento animalista comenzó a centrarse en ella. Los dueños de animales de compañía han mejorado su educación y son más responsables, y el número de animales indeseados o abandonados que son sacrificados en refugios y perreras, pese a ser aún demasiado alto, ha descendido drásticamente.
La gran mayoría de animales víctimas de abusos humanos, sin embargo, son animales de granja. Si bien el número de animales utilizados cada año para investigación en Estados Unidos —unos 25 millones— es, aproximadamente, igual a la población de Texas, el número de aves y mamíferos sacrificados por la industria alimentaria anualmente —de nuevo tan solo en Estados Unidos— se sitúa en torno a los 10.000 millones, cifra que multiplica por 1,5 la de la población mundial. (Este número no incluye peces ni otros animales acuáticos). Como la mayoría de estos animales son criados en granjas industriales, su sufrimiento se prolonga durante toda su vida.
El primer avance para los animales de granja se dio en Europa. En Suiza, el sistema de jaulas en batería para la producción de huevos, descrito en el capítulo 3, pasó a ser ilegal a finales de 1991. En lugar de mantener sus gallinas en pequeñas jaulas de alambre, demasiado pequeñas para que las aves pudiesen extender sus alas, los productores de huevos suizos trasladaron los animales a cobertizos donde podían arañar suelos cubiertos de paja u otras materias orgánicas y poner sus huevos sobre una caja-nido cubierta y de suelo blando. Una vez que los suizos demostraron que el cambio era posible, la oposición a las jaulas de alambre aumentó por toda Europa, y la Unión Europea, que incluye veintisiete Estados y casi 500 millones de personas, ha acordado abandonar las jaulas de alambre estándar para 2012, otorgando a las gallinas más espacio, acceso a una percha y a una caja-nido en la cual depositar sus huevos.
Se sucedieron más avances, todos ellos con un amplio apoyo público y el respaldo de los expertos científicos y veterinarios más prestigiosos de la Unión Europea. Tal como se muestra en las siguientes páginas, las terneras criadas de forma intensiva y deliberadamente anémicas, sin paja para el lecho y confinadas en jaulas individuales tan estrechas que no pueden ni siquiera girarse, se encuentran entre los animales de granja más miserables. Este sistema ya había sido prohibido en Gran Bretaña cuando revisé el texto de este libro para la edición de 1990 (que continúa siendo el texto que sigue a este prólogo). Hoy, las jaulas de ternera han sido prohibidas no solo en Gran Bretaña, sino en toda la Unión Europea. Las cosas también han mejorado en la industria del cerdo. Confinar cerdas reproductoras en jaulas individuales fue prohibido en Gran Bretaña en 1998, y la prohibición entrará en vigor en Europa a partir de 2013, salvo durante las primeras cuatro semanas del embarazo de la cerda.
Mientras Europa debatía y legislaba sobre estas cuestiones, no parecía haber posibilidad alguna de que leyes semejantes transcendieran en el Congreso de Estados Unidos, ni, de hecho, en ningún otro lugar de la nación. La primera señal de cambio llegó a través de una iniciativa de grupos para el bienestar animal, que en 2002 lograron someter a votación en Florida una propuesta para que se prohibiese enjaular a la cerdas embarazadas. Florida dista mucho de ser el estado más progresista del país en materia de bienestar animal, pero la propuesta fue aprobada con una clara mayoría. Cuatro años después se suscitó la misma cuestión en Arizona, donde, además, se añadió una prohibición sobre las jaulas de ternera. De nuevo los votantes aprobaron la medida con una amplio margen.
El resultado de Arizona envió un mensaje a la industria alimentaria. Tan solo un mes después las dos mayores productoras de ternera de Estados Unidos prometieron deshacerse de las jaulas en el plazo de dos o tres años. Entonces, las principales productoras de cerdo de Estados Unidos y Canadá anunciaron que, a lo largo de los siguientes diez años, eliminarían las jaulas de las cerdas reproductoras. Para explicar este giro, la estadounidense Smithsfield hizo referencia a la percepción de sus clientes, entre los cuales McDonald’s es de los más poderosos. McDonald’s, que recibió con agrado la decisión, había estado tratando con activistas durante años acerca de la reducción del sufrimiento de los animales de los que procedían sus productos. De inmediato, otras grandes productoras de cerdo siguieron los mismos pasos. En 2007 Oregón pasó a ser el primer estado en legislar la prohibición de las jaulas de cerda en lugar de someter la medida a votación popular. Tras décadas de enfrentarse a críticas por las jaulas individuales de ternera, la American Veal Association hizo pública una resolución en la que recomendaba a todos sus socios reconvertir sus instalaciones y optar por una estabulación colectiva que garantice un mayor bienestar a los animales antes de 2017.
Muchos chefs notables, minoristas y proveedores estadounidenses están, igualmente, alejándose de las peores formas de confinamiento animal. Wolfgang Puck ha renunciado a la carne de animales nacidos de cerdas recluidas, al igual que a los huevos de gallinas enjauladas. Grandes cadenas, incluidas Burger King, Hardee’s y Carl’s Jr., han comenzado a comprar cerdo y huevos de productoras que han eliminado las jaulas. Cientos de universidades a lo largo de Estados Unidos evitan ahora los huevos de gallinas confinadas, y en 2007, Compass Group, el mayor proveedor mundial de servicios de alimentación, anunció que en el futuro todos sus huevos procederían de productoras que no utilicen jaulas.
Sin embargo la victoria más significativa para todos se produjo el 4 de noviembre de 2008, un día que es memorable no solo por la elección del senador Barack Obama como primer presidente afroamericano de Estados Unidos, sino también porque los californianos aprobaron, por un sorprendente margen de 63-37 por ciento, una iniciativa electoral que, en su estado, otorgaba a todos los animales de granja el espacio necesario para estirar sus patas y girarse sin tener que rozarse con otros animales ni con los laterales de sus jaulas. En 2015, no solo las jaulas de ternera y cerda, sino también las jaulas estándar en batería, pasarán a ser ilegales en California y 19 millones de gallinas tendrán más espacio para moverse y extender sus alas. La industria del huevo invirtió nueve millones de dólares para hacer frente a esta iniciativa, pero encontró un enemigo igualmente poderoso en la coalición de asociaciones por el bienestar animal liderada por la Humane Society of the United States, la mayor asociación por el bienestar animal de toda la nación, que bajo la presidencia de Wayne Pacelle ha centrado su atención en los animales de granja con grandes resultados.
La votación californiana, que sigue a las de Florida y Arizona, demuestra que, cuando a los ciudadanos estadounidenses se les da la oportunidad, sí rechazan las prácticas habituales de las granjas que les proveen de cerdo, ternera y huevos. Con el sólido apoyo de la opinión pública, el movimiento animalista americano está al borde de transformar las condiciones en las que habitan cientos de miles de animales de granja.
Todos estos cambios demuestran lo dicho por los defensores de los animales a lo largo de mucho tiempo. En 1971, cuando yo organicé una pequeñísima manifestación en contra de la granja industrial, parecía que nos enfrentábamos a una industria gigantesca que pisotearía toda oposición. Afortunadamente, las ideas y la compasión han mostrado ser lo suficientemente fuertes como para cambiar sistemas en los que viven y mueren cientos de millones de animales.
La posición defendida en este libro va mucho más allá de estas mejoras —aun siendo significativas— en el bienestar de los animales de granja. Necesitamos un cambio mucho más radical en la forma en que pensamos sobre los animales. La primera muestra de que esto podría ocurrir se dio en 2008, en la histórica votación de una comisión del Congreso de los Diputados de España, en la que se defendió la concesión del estatus legal de persona con derechos a un animal. Tras la propuesta se hallaba el Proyecto Gran Simio, una organización que solicita derechos básicos —para vivir, de libertad y de protección frente a la tortura— para nuestros más cercanos parientes no humanos: chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes. La resolución insta al Gobierno de España a promover una declaración similar a nivel europeo. También reclama al Ejecutivo la adopción, en cuestión de un año, de una legislación que prohíba los experimentos potencialmente dañinos con grandes simios. Tener grandes simios en cautividad se permitirá tan solo por motivos de conservación y, en estos casos, bajo condiciones estrictamente reguladas para proporcionar el mayor bienestar posible a los simios. Adicionalmente, la resolución recomienda que España tome iniciativas en foros y organizaciones internacionales para asegurarse de que los grandes simios estén protegidos frente al maltrato, la esclavitud, la tortura y el asesinato.
A diferencia de los cambios en las condiciones en las que se mantiene a los animales de granja, la resolución española es significativa no por el número de animales a los que afecta directamente, sino porque rompe la insalvable barrera que hemos levantado entre nosotros, en tanto seres con derechos y dignidad, y otros animales no humanos, en cuanto meras cosas. Cuando observamos a nuestros parientes no humanos más cercanos, como nos han ayudado a hacer investigadores como Jane Goodall y Dian Fossey, vemos que las diferencias entre nosotros y los animales no humanos son, en cuestiones importantes, de grado y no de forma. La resolución española constituye la primera aceptación oficial de las implicaciones legales y morales derivadas del reconocimiento de las similitudes entre nosotros y, al menos, algunos animales no humanos. Lo más notable es, quizá, el empleo de la palabra «esclavitud» en relación con algo que está mal imponer a los animales, puesto que hasta ahora se ha asumido que son, justamente, nuestros esclavos, para utilizarlos como queramos; ya sea para que tiren de nuestros carros, como prototipo para la investigación de nuestras enfermedades o para que entreguen sus huevos, su leche, o su carne para nuesta alimentación. El reconocimiento de un parlamento nacional de que puede ser equivocado esclavizar animales es un paso significativo hacia la liberación animal.
PETER SINGER
Nueva York, noviembre de 2008
1.
TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES...
o por qué el principio ético que fundamenta la igualdad entre los humanos exige que también extendamos la igualdad a los animales
Es posible que la «liberación animal» suene más como una parodia de otros movimientos de liberación que como un objetivo serio. De hecho, la idea de «los derechos de los animales» se usó en otro tiempo para ridiculizar la reivindicación de los derechos de las mujeres. Cuando Mary Wollstonecraft, una precursora de las feministas de hoy, publicó su Vindicación de los derechos de la mujer en 1792, muchos consideraron absurdos sus puntos de vista y al poco tiempo apareció una publicación anónima titulada A Vindication of the Rights of Brutes [Vindicación de los derechos de las bestias]. El autor de esta obra satírica (ahora se sabe que fue Thomas Taylor, un distinguido filósofo de Cambridge) intentó rebatir los argumentos de Mary Wollstonecraft demostrando que podían llevarse un paso más lejos. Si tenía sentido hablar de igualdad con respecto a las mujeres, ¿por qué no hacerlo con respecto a perros, gatos y caballos? El razonamiento también parecía válido para estas «bestias», aunque sostener que las bestias tenían derechos era obviamente absurdo. Así pues, el razonamiento que había conducido a esta conclusión tenía que ser falso y, si era falso al aplicarse a las bestias, también tenía que serlo respecto a las mujeres, ya que en ambos casos se habían usado los mismos argumentos.
Para explicar las bases de la igualdad de los animales, sería conveniente empezar analizando la causa de la igualdad de la mujer. Asumamos que queremos defender el tema de los derechos de las mujeres contra el ataque de Thomas Taylor. ¿Cómo hemos de responder?
Una posible réplica sería decir que no es válido extender el argumento de la igualdad entre hombres y mujeres a los animales no humanos. Las mujeres tienen derecho a voto, por ejemplo, porque son exactamente tan capaces de tomar decisiones racionales sobre el futuro como los hombres; por el contrario, los perros son incapaces de comprender el significado del voto y, por tanto, no pueden tener derecho al mismo. Hay muchos otros aspectos obvios de semejanza entre los hombres y las mujeres, pero entre los humanos y los animales existe una enorme diferencia. Así pues, se podría decir que los hombres y las mujeres son seres similares y deberían tener similares derechos, mientras que los humanos y los no humanos son diferentes y no deben tener los mismos derechos.
El razonamiento que esconde esta réplica a la analogía de Taylor es correcto hasta cierto punto, pero no llega lo bastante lejos. Obviamente, entre los humanos y otros animales existen diferencias importantes y estas tienen que dar lugar a ciertas diferencias en los derechos de cada uno. No obstante, reconocer este hecho evidente no impide que se extienda el principio básico de la igualdad a los animales no humanos. Las diferencias que existen entre los hombres y las mujeres también son innegables, y los defensores de la liberación de la mujer son conscientes de que estas diferencias pueden dar lugar a derechos diferentes. Muchas feministas sostienen que las mujeres tienen derecho a abortar cuando lo deseen. De esto no se infiere que, puesto que hacen campaña para conseguir la igualdad entre hombres y mujeres, tengan que defender también el derecho de los hombres al aborto. Puesto que un hombre no puede abortar, no tiene sentido hablar de su derecho a hacerlo. Puesto que un perro no puede votar, no tiene sentido hablar de su derecho al voto. No hay ninguna razón por la que la liberación de la mujer o la de los animales tengan que complicarse con semejantes sinsentidos. Extender de un grupo a otro el principio básico de la igualdad no implica que tengamos que tratar a los dos grupos exactamente del mismo modo, ni tampoco garantizar los mismos derechos a ambos. Que debamos hacerlo o no dependerá de la naturaleza de los miembros de los dos grupos. El principio básico de la igualdad no exige un tratamiento igual o idéntico, sino una misma consideración. Considerar de la misma manera a seres diferentes puede llevar a diferentes tratamientos y diferentes derechos.
Vemos, por tanto, que hay otra manera de responder al intento de Taylor de ridiculizar la causa de los derechos de las mujeres. Una respuesta que no niega las obvias diferencias entre los humanos y los no humanos, pero que penetra más profundamente en la cuestión de la igualdad y no encuentra nada absurdo en la idea de que el principio básico de igualdad se aplique a las llamadas «bestias». Por el momento, esta conclusión puede parecernos extraña, pero si examinamos más detenidamente las bases que fundamentan nuestra oposición a la discriminación por la raza o el sexo veremos que no serán muy sólidas si pedimos igualdad para los negros, las mujeres y otros grupos de humanos oprimidos y, simultáneamente, les negamos a los no humanos una consideración igual. Para aclarar este punto, lo primero que hemos de ver es exactamente por qué son repudiables el racismo y el sexismo. Cuando decidimos que todos los seres humanos, independientemente de su raza, credo o sexo, son iguales, ¿qué es lo que estamos afirmando? Los que desean defender las sociedades jerárquicas, no igualitarias, han señalado a menudo que, sea cual fuere el método de demostración elegido, simplemente no es verdad que todos los seres humanos sean iguales. Nos guste o no, tenemos que reconocer el hecho de que los humanos tienen formas y tamaños diversos, capacidades morales y facultades intelectuales diferentes, distintos grados de benevolencia y sensibilidad ante las necesidades de los demás, diferentes capacidades para comunicarse con eficacia y para experimentar placer y dolor. En suma, si cuando exigimos igualdad nos basáramos en la igualdad real de todos los seres humanos, tendríamos que dejar de exigirla.
Aun así, podríamos aferrarnos a la idea de que la exigencia de igualdad para los seres humanos se basa sobre la igualdad real entre los distintos sexos y razas. Se podría afirmar que, aunque los humanos difieren como individuos, no existen diferencias entre las razas y los sexos en cuanto tales. Del mero hecho de que una persona sea negra o mujer no se puede inferir nada sobre sus capacidades intelectuales o morales. Esta es la razón —se podría decir— por la que el racismo y el sexismo están equivocados. El racista blanco alega que los blancos son superiores a los negros, pero esto es falso; aunque existan diferencias entre los individuos, algunos negros son superiores a algunos blancos en todas las capacidades y facultades que se puedan concebir como relevantes. El oponente del sexismo diría lo mismo: el sexo de una persona no nos dice nada sobre sus capacidades, y por eso es injustificable discriminar sobre la base del sexo.
Sin embargo, la existencia de variantes individuales que trascienden la raza o el sexo nos hace vulnerables frente a un oponente más sofisticado de la igualdad, uno que proponga, por ejemplo, que los intereses de todas las personas con coeficientes intelectuales inferiores a cien deben recibir una menor consideración que los de aquellas otras con una inteligencia superior. En esa sociedad, quizá los que no superasen ese límite serían esclavos de los que sí lo hubiesen hecho. ¿Sería una sociedad jerárquica de este tipo mejor que otra cuya jerarquía se basara en la raza o en el sexo? No lo creo, pero si limitamos el principio moral de igualdad a la igualdad real de las diferentes razas o sexos considerados en su conjunto, nuestra oposición al racismo y al sexismo no nos proporciona ninguna base para cuestionar este tipo de antiigualitarismo.
Hay otra razón importante por la que no debemos basar nuestra oposición al racismo y al sexismo sobre ninguna clase de igualdad real, ni siquiera la del tipo limitado que afirma que las variaciones de capacidades y facultades se distribuyen uniformemente entre las diferentes razas y entre los sexos: no podemos tener una garantía absoluta de que estas capacidades y facultades se distribuyan por igual, sin atender a la raza ni al sexo, entre los seres humanos. En lo que se refiere a las capacidades reales, sí parece haber ciertas diferencias determinables tanto entre las razas como entre los sexos, aunque, por supuesto, no se muestran en cada caso individual, sino solo en valores medios. Todavía más importante: no sabemos aún cuántas de estas diferencias se deben, de hecho, a las diversas dotaciones genéticas de las razas y los sexos, y cuántas obedecen a una mala escolarización, malas viviendas y demás factores que son fruto de la discriminación pasada y presente. Es posible que todas las diferencias significativas se lleguen a identificar algún día como ambientales y no como genéticas. Todo el que se oponga al racismo y al sexismo deseará que así sea, ya que esto facilitaría mucho la tarea de acabar con la discriminación. No obstante, sería peligroso que la lucha contra el racismo y el sexismo se apoyara en la creencia de que todas las diferencias importantes tienen un origen ambiental. El que tratara de rechazar por esta vía el racismo, por ejemplo, tendría que acabar admitiendo que, si se prueba que las diferencias de aptitudes tienen alguna conexión genética con la raza, el racismo de alguna manera podría ser defendible.
Afortunadamente, no hay necesidad de supeditar el tema de la igualdad a un resultado concreto de una investigación científica. La respuesta adecuada a quienes pretenden haber encontrado pruebas de diferencias con base genética entre razas o sexos en lo relativo a ciertas aptitudes no consiste en aferrarse a la creencia de que la explicación genética tiene que ser errónea, aunque existan evidencias de lo contrario, sino más bien en dejar muy claro que el derecho a la igualdad no depende de la inteligencia, capacidad moral, fuerza física u otros factores similares. La igualdad es una idea moral, no la afirmación de un hecho. No existe ninguna razón lógicamente persuasiva para asumir que una diferencia real de aptitudes entre dos personas deba justificar una diferencia en la consideración que concedemos a sus necesidades e intereses. El principio de la igualdad de los seres humanos no es una descripción de una supuesta igualdad real entre ellos: es una norma relativa a cómo deberíamos tratar a los seres humanos.
Jeremy Bentham, fundador de la escuela de filosofía moral del utilitarismo reformista, incorporó a su sistema ético la base esencial de la igualdad moral mediante la siguiente fórmula: «Cada persona debe contar por uno, y nadie por más de uno». En otras palabras, los intereses de cada ser afectado por una acción han de tenerse en cuenta y considerarse tan importantes como los de cualquier otro ser. Henry Sidgwick, un utilitarista posterior, lo expresó del siguiente modo: «El bien de un individuo particular no tiene más importancia, desde el punto de vista del universo (por decirlo así), que el bien de cualquier otro». Más recientemente, las principales figuras de la filosofía moral contemporánea han coincidido en precisar algún requisito similar, orientado a considerar por igual los intereses de todos, como supuesto fundamental de sus teorías morales. Sin embargo, no suele haber consenso entre los autores respecto a cómo se debe formular este requisito[1].
Este principio de igualdad implica que nuestra preocupación por los demás y nuestra buena disposición a considerar sus intereses no deberían depender de cómo sean los otros ni de sus aptitudes. Precisamente, lo que nos exige esta preocupación o consideración puede variar según las características de aquellos a quienes afectan nuestras acciones: el interés por el bienestar de los niños de América requiere que les enseñemos a leer, mientras que el interés por el bienestar de los cerdos puede exigir tan solo que les dejemos estar con otros cerdos en un lugar donde haya suficiente alimento y espacio para que se muevan libremente. Pero el elemento básico —tener en cuenta los intereses del ser, sean cuales sean— debe extenderse, según el principio de igualdad, a todos los seres, negros o blancos, masculinos o femeninos, humanos o no humanos.
Thomas Jefferson, responsable de que se incluyera el principio de la igualdad de los hombres en la Declaración de Independencia americana, ya tuvo esto en cuenta. Y le llevó a oponerse a la esclavitud, aun cuando fuera incapaz de liberarse por completo de su pasado como propietario de esclavos. Escribió lo siguiente en una carta dirigida al autor de un libro que subrayaba los considerables logros intelectuales de los negros para rebatir la opinión, por aquel entonces habitual, de que sus capacidades intelectuales eran limitadas:
Puede estar seguro de que nadie en el mundo desea más sinceramente que yo una refutación absoluta de las dudas que yo mismo he mantenido y expresado sobre el grado de inteligencia con que les ha dotado la naturaleza, y descubrir que son iguales a nosotros [...], pero cualquiera que sea su grado de talento, no constituye la medida de sus derechos. El que sir Isaac Newton fuera superior a otros en inteligencia no le erigió en dueño de la propiedad o de las personas de otros[2].
De modo semejante, cuando en la década de los cincuenta del siglo XIX surgió en Estados Unidos la reivindicación de los derechos de las mujeres, una extraordinaria feminista negra llamada Sojourner Truth expresó lo mismo con más dureza en una convención del movimiento:
Hablan de esto que tenemos en la cabeza; ¿cómo lo llaman? («Intelecto», susurró alguien que estaba cerca). Exacto. ¿Qué tiene eso que ver con los derechos de las mujeres o de los negros? Si en mi taza solo cabe una pinta y en la tuya cabe un cuarto de galón[3], ¿no pecarías de mezquindad si no me la dejaras llenar?[4].
Las luchas contra el racismo y contra el sexismo deben apoyarse, en definitiva, sobre esta base y, de acuerdo con este principio, la actitud que podemos llamar «especismo» (por analogía con el racismo) también ha de condenarse. El especismo —la palabra no es atractiva, pero no se me ocurre otra mejor— es un prejuicio o actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras. Debería resultar obvio que las objeciones fundamentales de Thomas Jefferson y Sojourner Truth al racismo y al sexismo son igualmente aplicables al especismo. Si la posesión de una inteligencia superior no autoriza a un humano a que utilice a otro para sus propios fines, ¿cómo puede autorizar a los humanos a explotar a los no humanos con la misma finalidad?[5].
De una u otra forma, muchos filósofos y escritores han propugnado como principio moral básico la consideración igualitaria de los intereses, pero pocos han reconocido que este principio sea aplicable a los miembros de otras especies distintas a la nuestra. Jeremy Bentham fue uno de los pocos que tuvo esto en cuenta. En un pasaje con visión de futuro, escrito en una época en que los franceses ya habían liberado a sus esclavos negros, mientras que en los dominios británicos aún se les trataba como tratamos hoy a los animales, Bentham escribió:
Puede llegar el día en que el resto de la creación animal adquiera esos derechos que nunca se le podrían haber negado de no ser por la acción de la tiranía. Los franceses han descubierto ya que la negrura de la piel no es razón para abandonar sin remedio a un ser humano al capricho de quien le atormenta. Puede que llegue un día en que el número de piernas, la vellosidad de la piel o la terminación del os sacrum sean razones igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensible al mismo destino. ¿Qué otra cosa es la que podría trazar la línea infranqueable? ¿Es la facultad de la razón, o acaso la facultad del discurso? Un caballo o un perro adulto es sin comparación un animal más racional, y también más sociable, que una criatura humana de un día, una semana o incluso un mes. Pero, aun suponiendo que no fuera así, ¿qué nos esclarecería? No debemos preguntarnos ¿pueden razonar?, ni tampoco ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir? [6].
En este pasaje, Bentham señala la capacidad de sufrimiento como la característica básica que le otorga a un ser el derecho a una consideración igual. La capacidad de sufrir —o, con más rigor, de sufrir y/o gozar o ser feliz— no es una característica más, como la capacidad para el lenguaje o las matemáticas superiores. Bentham no está diciendo que los que intentan trazar «la línea infranqueable» que determina si se deben o no tener en cuenta los intereses de un ser han elegido una característica errónea. Al decir que tenemos que considerar los intereses de todos los seres con capacidad de sufrimiento o goce, Bentham no excluye arbitrariamente ningún tipo de interés, como hacen los que trazan la línea divisoria en función del lenguaje. La capacidad para sufrir y disfrutar es un requisito para tener cualquier otro interés, una condición que tiene que satisfacerse antes de que podamos hablar con sentido de intereses. Sería una insensatez decir que se actúa contra los intereses de una piedra porque un colegial le da un puntapié y rueda por la carretera. Una piedra no tiene intereses porque no puede sufrir, y nada que pudiéramos hacerle afectaría a su bienestar. No obstante, la capacidad de sufrir y gozar no solo es necesaria, sino también suficiente para que podamos decir que un ser tiene interés, aunque sea mínimo, en no sufrir. Un ratón, por ejemplo, sí tiene interés en que no se le haga rodar a puntapiés por un camino, porque sufrirá si esto le ocurre.
Aunque Bentham habla de «derechos» en el pasaje que he citado, en realidad la discusión trata sobre la igualdad más que sobre los derechos. En otro célebre pasaje, Bentham describió los «derechos naturales» como «tonterías» y los «derechos naturales e imprescriptibles» como «tonterías con zancos». Se refirió a los derechos morales como una manera conveniente de aludir a protecciones que las personas y los animales deberían tener moralmente; pero el peso real del argumento moral no descansa sobre la afirmación de la existencia de un derecho, ya que esto a su vez tiene que justificarse sobre la base de las posibilidades de sentir sufrimiento y felicidad. De esta manera, podemos pedir igualdad para los animales sin implicarnos en controversias filosóficas sobre la naturaleza última de los derechos.
En tentavivas desacertadas para refutar los razonamientos de este libro, algunos filósofos han realizado verdaderos esfuerzos para desarrollar argumentos que demuestren que los animales no tienen derechos[7]. Han sostenido que, para tener derechos, un ser debe tener autonomía, formar parte de una comunidad, poseer la habilidad para respetar los derechos de los otros o tener un sentido de la justicia. Estos argumentos son irrelevantes para la causa de la liberación animal. El lenguaje de los derechos es una útil fórmula política. Es incluso más valioso en la era de los informativos televisados de treinta segundos que en tiempos de Bentham; pero, en lo que respecta al argumento a favor de un cambio radical en nuestra actitud hacia los animales, no es en absoluto necesario.
Si un ser sufre, no puede haber justificación moral alguna para negarse a tener en cuenta este sufrimiento. Al margen de la naturaleza del ser, el principio de igualdad exige que —en la medida en que se puedan hacer comparaciones grosso modo— su sufrimiento cuente tanto como el mismo sufrimiento de cualquier otro ser. Cuando un ser carece de la capacidad de sufrir, o de disfrutar o ser feliz, no hay nada que tener en cuenta. Por tanto, el único límite defendible a la hora de preocuparnos por los intereses de los demás es el de la sensibilidad (entendiendo este término como una simplificación que, sin ser estrictamente adecuada, es útil para referirnos a la capacidad de sufrir y/o disfrutar). Establecer el límite por alguna otra cualidad, como la inteligencia o el raciocinio, sería arbitrario. ¿Por qué no habría de escogerse entonces otra cualidad, como el color de la piel?
El racista viola el principio de igualdad al dar más peso a los intereses de los miembros de su propia raza cuando hay un enfrentamiento entre sus intereses y los de otra raza. El sexista viola el mismo principio al favorecer los intereses de su propio sexo. De modo similar, el especista permite que los intereses de su propia especie predominen sobre los intereses esenciales de los miembros de otras especies. El modelo es idéntico en los tres casos.
Casi todos los seres humanos son especistas. Los siguientes capítulos muestran que los seres humanos corrientes —no solo unos cuantos excepcionalmente crueles o despiadados, sino la gran mayoría— participan activamente en prácticas que requieren el sacrificio de los intereses más vitales de miembros de otra especie para promover los intereses más triviales de la nuestra, las consienten y permiten que sus impuestos se utilicen para financiarlas.
No obstante, existe un argumento en defensa de las acciones descritas en los próximos dos capítulos que debemos refutar antes de hablar de las prácticas en sí mismas. Se trata de un alegato que, si fuese verdadero, nos permitiría hacer absolutamente cualquier cosa a los seres no humanos por la razón más insignificante, o sin razón alguna, sin merecer por ello ningún reproche fundado. Esta opinión sostiene que en ningún caso somos culpables de despreciar los intereses de otros animales, por una razón sencillísima: no tienen intereses. Según esta perspectiva, los animales no humanos carecen de intereses porque no son capaces de sufrir. Esto no significa meramente que no sean capaces de sufrir de las múltiples formas en que lo hacen los humanos; por ejemplo, una ternera no puede sufrir por saber que la van a sacrificar en un periodo de seis meses. Este modesto argumento no ofrece lugar a dudas, pero no libera a los humanos de la acusación de especismo, porque no elimina la posibilidad de que los animales sufran de otras formas: recibiendo descargas eléctricas o encerrados en jaulas pequeñas y abarrotadas, por ejemplo. El argumento que voy a discutir ahora es ese otro mucho más radical —aunque, por eso mismo, menos plausible— que afirma que los animales son incapaces de sufrir; que son autómatas inconscientes y carecen de cualquier tipo de pensamientos, sentimientos y vida mental.
Aunque, como veremos en un capítulo posterior, la opinión de que los animales son autómatas la avanzó el filósofo francés René Descartes en el siglo XVII, es obvio para la mayoría de las personas, entonces y ahora, que, si clavamos sin anestesia un cuchillo afilado en el estómago de un perro, el perro sentirá dolor. Las leyes de casi todos los países civilizados así lo confirman, prohibiendo la crueldad gratuita con los animales. Los lectores a quienes su sentido común les diga que los animales sufren quizá prefieran saltarse lo que queda de sección, ya que las páginas intermedias se dedican exclusivamente a refutar una postura que no comparten. Sin embargo, y a pesar de ser poco plausible, debemos discutir esta postura escéptica por mor de la completud.
¿Sienten dolor los animales no humanos? ¿Cómo lo sabemos? ¿Cómo sabemos si alguien, humano o no humano, siente dolor? Sabemos que nosotros mismos sí podemos sentirlo. Lo sabemos porque lo experimentamos directamente cuando, por ejemplo, alguien aprieta un cigarrillo encendido contra el dorso de nuestra mano; pero ¿cómo saber que los demás también lo sienten? No se puede experimentar el dolor ajeno, tanto si el «otro» es nuestro mejor amigo como si es un perro callejero. El dolor es un estado de la conciencia, un «acontecimiento mental» y, como tal, nunca puede observarse. Comportamientos como retorcerse, gritar o retirar la mano del cigarrillo no son dolor en sí, como tampoco lo son las notas que pueda tomar un neurólogo en sus observaciones sobre la actividad cerebral generada por el dolor. El dolor es algo que sentimos, y solo podemos inferir de diversas indicaciones externas que los demás también lo sienten.
En teoría, siempre podríamos equivocarnos cuando asumimos que otros seres humanos sienten dolor. Cabe concebir que nuestro mejor amigo es, en realidad, un robot muy bien construido, controlado por un brillante científico, de tal forma que manifiesta todas las señales externas del dolor cuando, de hecho, no es más sensible que cualquier otra máquina. Nunca podemos estar completamente seguros de que no sea este el caso, pero, si bien este tema puede ser un rompecabezas para los filósofos, nadie tiene la menor duda de que nuestros mejores amigos sienten dolor exactamente igual que nosotros. Se trata de una deducción, pero es una deducción muy razonable, porque se basa en observaciones de su conducta en aquellas situaciones en las que nosotros sentiríamos dolor, así como en el hecho de que tenemos motivos para pensar que nuestros amigos son seres como nosotros y que sus sistemas nerviosos son como los nuestros y funcionan de manera similar, generando sentimientos parecidos en circunstancias similares.
Si es justificable suponer que los otros humanos sienten dolor como nosotros, ¿existe alguna razón por la que una inferencia semejante no lo sea en el caso de otros animales?
Casi todos los signos externos que nos motivan a deducir la presencia de dolor en los humanos pueden también observarse en las otras especies, especialmente en aquellas más cercanas a nosotros, como los mamíferos y las aves. La conducta característica —sacudidas, contorsiones faciales, gemidos, chillidos u otros sonidos, intentos de evitar la fuente de dolor, aparición del miedo ante la perspectiva de su repetición, y así sucesivamente— está presente. Además, sabemos que estos animales poseen sistemas nerviosos muy parecidos a los nuestros, que responden fisiológicamente como los nuestros cuando el animal se encuentra en circunstancias en las que nosotros sentiríamos dolor: aumento inicial de la presión de la sangre, dilatación de las pupilas, transpiración, aumento de las pulsaciones y, si continúa el estímulo, descenso de la presión sanguínea. Aunque los humanos tienen una corteza cerebral más desarrollada que el resto de los animales, esta parte del cerebro está ligada a las funciones del pensamiento más que a los impulsos básicos, las emociones y los sentimientos. Estos impulsos, emociones y sentimientos están situados en el diencéfalo, que está bien desarrollado en muchas otras especies de animales, sobre todo en los mamíferos y en las aves[8].
También sabemos que los sistemas nerviosos de otros animales no se construyeron artificialmente para remedar las reacciones de dolor de los humanos, como pudiera construirse un robot. Los sistemas nerviosos de los animales evolucionaron como el nuestro y, de hecho, la historia evolutiva de los humanos y otros animales, especialmente los mamíferos, no se diferenció hasta después de que apareciesen los rasgos centrales de nuestros sistemas nerviosos. Obviamente, la capacidad de sentir dolor aumenta las probabilidades de supervivencia de la especie, ya que hace que sus miembros eviten las fuentes del daño. Sin duda, es insensato suponer que sistemas nerviosos casi idénticos fisiológicamente, con un origen y una función evolutiva comunes, y que llevan a comportamientos parecidos en similares circunstancias funcionen de un modo radicalmente distinto en el plano de los sentimientos subjetivos.
Hace ya tiempo que la ciencia acepta como norma sensata el buscar la explicación más simple posible a aquello que se desea explicar. Se acude de cuando en cuando a este principio para calificar de «no científicas» las teorías del comportamiento de los animales que hacen referencia a sus sentimientos y deseos conscientes, alegando que, si la conducta en cuestión se puede explicar sin invocar a la conciencia o a los sentimientos, esta sería la teoría más simple. Pero ahora podemos ver que, cuando estas explicaciones se formulan en relación a la conducta de los animales humanos y de los no humanos, resultan, de hecho, mucho más complejas que sus contrarias. Sabemos por nuestra propia experiencia que las explicaciones de nuestro comportamiento que no hagan referencia a la conciencia y al sentimiento de dolor son incompletas, y suponer que un comportamiento igual en animales con similares sistemas nerviosos se explica del mismo modo resulta más simple que intentar inventar alguna otra explicación para diferenciar a los humanos de los no humanos a este respecto.
La inmensa mayoría de los científicos que se han pronunciado sobre este punto está de acuerdo. Lord Brain, uno de los neurólogos más importantes de nuestro tiempo, ha dicho:
Personalmente no encuentro ninguna razón para conceder que mis iguales, los humanos, tienen mente y negársela a los animales [...]. Al menos, no puedo dudar de que los intereses y actividades de los animales se correspondan con la consciencia y el sentimiento de la misma manera que en mi propio caso, y que, por lo que yo sé, hasta pueden ser igual de intensos[9].
Y el autor de un libro reciente sobre el dolor escribe:
Cada brizna de evidencia basada en los hechos apoya la tesis de que los vertebrados mamíferos más desarrollados experimentan sensaciones de dolor al menos tan agudas como las nuestras. Decir que sienten menos porque son animales inferiores es un absurdo; se puede demostrar fácilmente que muchos de sus sentidos son mucho más agudos que los nuestros: la agudeza visual en ciertas aves, el oído en la mayoría de los animales salvajes y el tacto en otros; en la actualidad, estos animales dependen más que nosotros del conocimiento más completo posible de un medio hostil. Aparte de la complejidad de la corteza cerebral (que no percibe dolor directamente), sus sistemas nerviosos son casi idénticos a los nuestros y sus reacciones ante el dolor extraordinariamente parecidas, aunque carentes (según la información de que disponemos) de connotaciones filosóficas y morales. El elemento emocional es de sobra evidente, ante todo en forma de miedo y de cólera[10].
En el Reino Unido, tres comit
