La auténtica felicidad

Martin E.P. Seligman

Fragmento

Creditos

Título original: Authentic Hapiness

Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto

1.ª edición: enero, 2017

© 2017 by Martin Seligman

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-650-7

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Este libro está dedicado a mi esposa,

Mandy McCarthy Seligman,

cuyo amor ha conseguido que la segunda parte de mi vida

sea mucho más feliz y grata de lo que jamás llegué a imaginar.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Trascender

Prefacio

Primera Parte. EMOCIONES POSITIVAS

Capítulo Uno. Sentimiento positivo y personalidad positiva

Capítulo Dos. De cómo la psicología perdió el rumbo y yo encontré el mío

Capítulo Tres. ¿Por qué molestarse en ser feliz?

Capítulo Cuatro. ¿Se puede ser más feliz de forma duradera?

Capítulo Cinco. Satisfacción con el pasado

Capítulo Seis, Optimismo sobre el futuro

Capítulo Siete. Felicidad en el presente

Segunda Parte. FORTALEZAS Y VIRTUDES

Capítulo Ocho. Renovar las fortalezas y virtudes

Capítulo Nueve. Sus fortalezas personales

Tercera Parte. EN LOS ÁMBITOS DE LA VIDA

Capítulo Diez. El trabajo y la satisfacción personal

Capítulo Once. La vida amorosa

Capítulo Doce. La educación de los hijos

Capítulo Trece. Repetición y resumen

Capítulo Catorce. Sentido y propósito

Apéndice. Terminología y teoría

Agradecimientos

Notas finales

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TRASCENDER

Escher tenía razón.

Los hombres suben y bajan escaleras a la vez,

la mano dibuja a la mano que la dibuja,

y una mujer se suspende

sobre sus propios hombros.

Sin ti y sin mí el universo es sencillo,

gobernado con la regularidad de una cárcel.

Las galaxias giran por unos arcos estipulados,

las estrellas desaparecen a la hora indicada,

los cuervos vuelan hacia el sur

y los monos están en celo cuando toca.

Pero nosotros, a quienes el cosmos moldeó

durante miles de millones de años

para encajar en este lugar, sabemos que fracasó.

Porque podemos cambiar nuestro molde,

alargar un brazo por entre los barrotes

y, como Escher, sacarnos.

Y mientras las ballenas

están eternamente confinadas en los mares,

ascendemos por las olas,

y miramos la tierra desde la nubes.

De Look Down from Clouds (Marvin Levine, 1997)

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PREFACIO

Durante los últimos cincuenta años la psicología se ha dedicado a un único tema, la enfermedad mental, y los resultados han sido bastante buenos. En la actualidad los psicólogos miden conceptos antes confusos como la depresión, la esquizofrenia y el alcoholismo con una precisión considerable. Ahora contamos con mucha información sobre el desarrollo de estos trastornos a lo largo de la vida y sobre sus causas genéticas, bioquímicas y psicológicas. Lo mejor de todo es que hemos aprendido a aliviarlos. Según mis últimas cuentas, catorce de las varias decenas de enfermedades mentales más importantes podrían tratarse de forma eficaz —y dos de ellas curarse— con medicación y psicoterapias específicos.1

Pero este progreso se ha obtenido a un precio elevado. Parece ser que el alivio de los estados que hacen que la vida resulte espantosa ha relegado a un segundo plano el desarrollo de los estados que hacen que merezca la pena vivir. No obstante, las personas desean algo más que corregir sus debilidades. Quieren que la vida tenga sentido, y no sólo dedicarse a ir tirando a trancas y a barrancas hasta el día de su muerte. En la cama, antes de dormirse, probablemente cavile, como hago yo, sobre el modo de ser más feliz en la vida, no cómo pasar y sentirse un poco menos desgraciado día tras día. Si es usted de ese tipo de personas, probablemente haya llegado a la conclusión de que la psicología es una decepción desconcertante. Ha llegado el momento de contar con una ciencia cuyo objetivo sea entender la emoción positiva, aumentar las fortalezas y las virtudes y ofrecer pautas para encontrar lo que Aristóteles denominó la «buena vida».

La búsqueda de la felicidad es un derecho legítimo de todo ser humano. Sin embargo, los datos científicos hacen que parezca poco probable que una persona cambie su nivel de felicidad de forma continua. Los estudios apuntan que cada uno de nosotros tiene un rango de felicidad determinado, al igual que sucede con el peso corporal. Por tanto, igual que quienes hacen régimen casi siempre recuperan los kilos perdidos, las personas tristes no son felices de forma duradera y las personas felices no se sienten tristes de forma duradera. No obstante, las nuevas investigaciones sobre la felicidad indican que ésta puede aumentarse de forma duradera. Además, el nuevo movimiento de la Psicología Positiva2 muestra que se puede llegar a vivir dentro de los límites más elevados del rango fijo de felicidad; la primera parte de este libro se centra en la comprensión de las emociones positivas y en cómo aumentarlas.

Si bien la teoría de que la felicidad no puede incrementarse de forma duradera supone un obstáculo para la investigación científica sobre el tema, existe otro impedimento más profundo: la creencia de que la felicidad —e incluso de forma más generalizada, toda motivación humana positiva— no es auténtica. Yo califico a esta idea dominante sobre la naturaleza humana, presente en muchas culturas, de dogma corrompido hasta la médula. Si hay una doctrina que esta obra tiene por objeto desterrar, es ésa.

La doctrina del pecado original es la manifestación más antigua de esta clase de dogma, pero tal idea no ha desaparecido en nuestro estado democrático y secular. Freud arrastró esta doctrina hasta la psicología del siglo XX, al definir toda la civilización —incluida la ética, la ciencia, la religión y el progreso tecnológico modernos— como una defensa compleja contra conflictos básicos relacionados con la sexualidad y la agresividad en la infancia. «Reprimimos» tales conflictos debido a la angustia insoportable que provocan, y esta angustia se transmuta en la energía que genera civilización. Así pues, el motivo por el que estoy sentado frente al ordenador escribiendo este prefacio en vez de salir a la calle a violar y a matar, se debe a que estoy «compensado», y consigo defenderme de forma satisfactoria de los impulsos salvajes subyacentes. La filosofía de Freud, por extraña que parezca cuando se expone de forma tan descarnada, influye en la práctica psicológica y psiquiátrica diaria, en la que los pacientes rebuscan en su pasado impulsos y sucesos negativos que han forjado su identidad. Así pues, la competitividad de Bill Gates es en realidad su deseo de superar a su padre, y la oposición de la princesa Diana a las minas terrestres no era más que el resultado de sublimar su odio asesino hacia el príncipe Carlos y el resto de los miembros de la familia real.3

Esta doctrina corrompida hasta la médula también domina la comprensión de la naturaleza humana en las artes y en las ciencias sociales. Un ejemplo entre mil es No Ordinary Time [Una época nada corriente], la apasionante historia de Franklin y Eleanor Roosevelt, escrita por Doris Kearns Goodwin, una de las grandes científicas políticas vivas. Al reflexionar sobre el motivo por el que Eleanor dedicó buena parte de su vida a ayudar a personas de raza negra, pobres o discapacitadas, Goodwin llega a la conclusión de que fue «para compensar el narcisismo de su madre y el alcoholismo de su padre». Las motivaciones como obrar con justicia o cumplir con el deber se descartan por ser demasiado básicas; debe existir algún motivo encubierto y negativo que sustenta la bondad si se desea que el análisis resulte académicamente respetable.4

Nunca insistiré lo suficiente: a pesar de la aceptación generalizada de este dogma corrompido en el ámbito religioso y secular, no existe prueba alguna de que la fortaleza y la virtud tengan su origen en motivaciones negativas. Considero que la evolución ha favorecido rasgos tanto buenos como malos y que existe una cantidad de roles adaptativos en el mundo que han elegido la ética, la cooperación, el altruismo y la bondad, al igual que existe el mismo número que han optado por el asesinato, el robo, el egoísmo y el terrorismo. Esta premisa de aspecto dual es la piedra angular de la segunda mitad de este libro. La verdadera felicidad deriva de la identificación y el cultivo de las fortalezas más importantes de la persona y de su uso cotidiano en el trabajo, el amor, el ocio y la educación de los hijos.

La Psicología Positiva se basa en tres pilares: en primer lugar es el estudio de la emoción positiva; el estudio de los rasgos positivos, sobre todo las fortalezas y virtudes, pero también las «habilidades» como la inteligencia y la capacidad atlética; y el estudio de las instituciones positivas, como la democracia, las familias unidas y la libertad de información, que sustentan las virtudes y a su vez sostienen las emociones positivas.5 Las emociones positivas como la seguridad, la esperanza y la confianza nos resultan más útiles en momentos difíciles que cuando la vida es fácil. En épocas de dificultades, comprender y reforzar instituciones positivas como la democracia, la unión familiar y la libertad de prensa cobran una importancia inmediata. En tiempos difíciles, comprender y desarrollar fortalezas y virtudes como el valor, la objetividad, la integridad, la equidad y la lealtad, puede resultar más urgente que en épocas prósperas.

Desde el 11 de septiembre de 2001 he reflexionado sobre la relevancia de la Psicología Positiva. En los momentos difíciles, ¿la comprensión y el alivio del sufrimiento están por encima de la comprensión y el desarrollo de la felicidad? Creo que no. Las personas empobrecidas, deprimidas o con tendencias suicidas se preocupan por muchas más cosas que el mero alivio de su sufrimiento. A estas personas les preocupa, a veces con desesperación, la virtud, el propósito, la integridad y el significado.6 Las experiencias que provocan emociones positivas hacen que las emociones negativas se desvanezcan rápidamente. Las fortalezas y las virtudes actúan a modo de barrera contra la desgracia y los trastornos psicológicos y pueden ser la clave para aumentar la capacidad de recuperación.7 Los mejores terapeutas no sólo curan los daños, sino que ayudan a la persona a identificar y desarrollar sus fortalezas y virtudes. Así pues, la Psicología Positiva se toma en serio la gran esperanza de que si una persona se queda encerrada en el garaje de la vida, con escasos y efímeros placeres, con muy pocas gratificaciones y sin encontrar un sentido a su existencia, hay un camino de salida. Este camino le conducirá por un campo de placer y gratificación, por las cimas de la fortaleza y la virtud y, al final, por las cumbres de la realización duradera: el sentido y la determinación en la vida.

1 Seligman, M. E. P.: What you can change and what you canít, Knopf, Nueva York, 1994. [Versión en castellano: No puedo ser más alto pero puedo ser mejor: el tratamiento más adecuado para cada trastorno, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1995.]

2 Se ha elegido utilizar mayúsculas con el propósito de destacar este concepto, que es clave en la obra. (N. de la E.)

3 Freud, S.: La civilización y sus descontentos. Obras completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.

4 Goodwin, D. K.: No ordinary time: Franklin and Eleanor Roosevelt: The home front in World War II, Simon and Schuster, Nueva York, 1994.

5 La Red de Psicología Positiva, de la cual soy coordinador, está constituida por tres centros: el que se ocupa de la emoción positiva, dirigido por Ed Diener; el dedicado a la personalidad positiva, dirigido por Mihalyi Csikszentmihalyi; y el que se interesa por las instituciones positivas, dirigido por Kathleen Hall Jamieson, decana de la Annenberg School of Communication, de la Universidad de Pensilvania. El estudio de las instituciones positivas no se aborda en este libro debido a limitaciones de espacio. Normalmente, la sociología, al igual que la psicología, se ha centrado en las ideas y prácticas negativas —Como el racismo y el sexismo— que son perjudiciales para la comunidad. La sociología positiva, como
la del centro de Kathleen Jamieson, se encarga de aquellas ideas y prácticas que permiten que las comunidades prosperen y mejoren el desarrollo de las fortalezas y virtudes personales. Pero esto sería tema para otro libro.

6 Fredrickson, B.: «The role of positive emotions in Positive Psychology: The broaden-and-build theory of positive emotions, American Psychologist, 56, (2001), 218-226.

7 Masten, A.: «Ordinary magic: resilience processes in development», American Psychologist, 56, (2001), 227-238.

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Primera Parte

EMOCIONES POSITIVAS

LA DEMANDA DEL NOVATO

Escúchame señor bocazas:

sólo te pido felicidad,

piruletas naranjas grandes,

globos violetas.

(Las aguanta ese hombre

medio escondido en la sombra.

Mira su ramillete naranja y violeta.

¿Qué es eso de «contemplar»

«distanciarse» y «e-man-ci-par-se»?

Sólo quiero felicidad,

clara y sencilla.

(Las piruletas se derriten.

Los globos se desinflan.

El hombre espera.)

De Look Down From Clouds

(Marvin Levine, 1997)

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Capítulo Uno

Sentimiento positivo

y personalidad positiva

En 1932, Cecilia O’Payne hizo sus votos definitivos en Mil­waukee. Como novicia de la Escuela de las Hermanas de Notre Dame, se comprometió a dedicar el resto de su vida a enseñar a los más jóvenes. Cuando se le pidió que redactara una pequeña autobiografía para la ocasión, escribió:

Dios me hizo empezar bien la vida al concederme una bendición de valor incalculable [...] El año pasado, que pasé como candidata estudiando en Notre Dame, fue muy feliz. Ahora anhelo con alegría recibir el Hábito Sagrado de Nuestra Señora y una vida de unión con el Amor Divino.

Ese mismo año, en la misma ciudad y en el momento de profesar los mismos votos, Marguerite Donnelly escribió su corto relato autobiográfico.

Nací el 26 de septiembre de 1909, soy la mayor de siete hermanos, cinco niñas y dos niños [...] Pasé mi año de postulanta en el convento mayor, enseñando química y segundo año de latín en el Instituto de Notre Dame. Dios mediante, tengo intención de dar lo mejor por nuestra Orden, para la difusión de la religión y para mi propia santificación.

Estas dos monjas, junto con otras 178, se convirtieron en sujetos del estudio más importante sobre la felicidad y la longevidad realizado hasta el momento.8

Investigar cuánto vivirán las personas y comprender qué condiciones acortan o alargan la vida es un problema científico de suma importancia, pero también tremendamente espinoso. Por ejemplo, está bien documentado que las personas de Utah viven más que las del estado vecino de Nevada. Pero ¿por qué? ¿Acaso se debe al aire limpio de las montañas de Utah en contraposición con los gases de los tubos de escape de Las Vegas? ¿Puede atribuirse a la sobria vida mormona, contrapuesta al estilo de vida más frenético del habitante medio de Nevada? ¿Se debe a la alimentación estereotipada de Nevada —Comida basura, tentempiés de madrugada, alcohol y tabaco— en contraste con los productos sanos, frescos y a la escasez de alcohol y tabaco en Utah? Existen demasiados factores insidiosos —aparte de sustanciales— que desbaratan las teorías de los científicos para aislar la causa de los contrastes entre estos estados.

A diferencia de los habitantes de Nevada, o incluso de los de Utah, las monjas llevan una vida rutinaria y protegida. A grandes rasgos, todas siguen la misma dieta, simple y fácil de digerir. No fuman ni beben. No padecen enfermedades de transmisión se­xual. Pertenecen a la misma clase social y económica y tienen el mismo acceso a buenos cuidados sanitarios. Por consiguiente, casi todos los factores de confusión habituales quedan eliminados, y aun así existe una gran diferencia con respecto al número de años que viven las monjas y a su estado de salud. Cecilia sigue viva a los 98 años y no ha estado enferma ni un solo día de su vida. Por el contrario, Marguerite sufrió un derrame cerebral a los 59 años y murió poco después. Podemos estar seguros de que su estilo de vida, la dieta y la atención médica no tuvieron la culpa. Sin embargo, cuando fueron leídos concienzudamente los relatos autobiográficos de las 180 monjas, surgió una diferencia muy marcada y sorprendente. Repasando lo que escribieron Cecilia y Marguerite, ¿es capaz de advertirlo?

La hermana Cecilia empleó las palabras «muy feliz» y «anhelo» y «alegría», expresiones que denotan un ánimo eufórico. Por el contrario, la autobiografía de la hermana Marguerite no contenía ni un soplo de emoción positiva. Cuando los evaluadores, que no sabían cuántos años habían vivido las monjas, cuantificaron la cantidad de sentimientos positivos, descubrieron que el 90 % del grupo más alegre seguía vivo a los 85 años, en contraste con sólo el 34 % del grupo menos alegre. Asimismo, el 54 % del grupo más animoso seguía vivo a los 94 años, mientras que sólo lo estaba el 11 % del grupo menos alegre.

¿Realmente era el talante optimista de su relato autobiográfico lo que marcaba la diferencia? Quizá consistiera en una diferencia con respecto al grado de infelicidad expresado, o a la ilusión por el futuro, o a la devoción, o a la complejidad intelectual de los relatos. Pero la investigación demostró que ninguno de esos factores determinaba la diferencia, sino sólo la cantidad de sentimiento positivo que expresaban en sus escritos. Así pues, parece que una monja feliz es una monja longeva.

Las fotos de los anuarios de la universidad son una mina de oro para los investigadores de la Psicología Positiva. «Mira el pajarito y sonríe», dice el fotógrafo y uno esboza su mejor sonrisa con diligencia. Resulta que sonreír a petición es más fácil de decir que de hacer. Algunas personas despliegan una sonrisa radiante de genuina alegría, mientras que otras posan educadamente. Existen dos tipos de sonrisas. La primera, llamada sonrisa de Duchenne (en honor a su descubridor, Guillaume Duchenne), es genuina. La comisura de los labios se levanta y la piel del contorno de los ojos se arruga (como las patas de gallo). Resulta extremadamente difícil controlar de forma voluntaria los músculos encargados de dichos movimientos, el orbicularis oculi y el zygomaticus. La otra sonrisa, llamada sonrisa Pan American (en honor a las azafatas de los anuncios de televisión de la ya desaparecida compañía aérea), es fingida y no presenta ninguno de los rasgos de la Duchenne. De hecho, guarda más relación con el rictus que muestran los primates inferiores cuando están asustados que con la felicidad.

Cuando los psicólogos experimentados repasan álbumes de fotos distinguen de un vistazo las sonrisas Duchenne de las otras. Dacher Keltner y LeeAnne Harker, de la Universidad de California en Berkeley, por ejemplo, estudiaron 141 fotos de último curso del anuario de 1960 del Mills College.9 Con excepción de tres mujeres todas sonreían, y la mitad de aquellas sonrisas eran de Duchenne. Los investigadores se pusieron en contacto con todas las mujeres a los veintisiete, cuarenta y tres y cincuenta y dos años y las interrogaron sobre su matrimonio y grado de satisfacción en la vida. Cuando Harker y Keltner heredaron el estudio en la década de los noventa, se preguntaron si podrían predecir cómo sería la vida de casada de estas mujeres únicamente a partir de la sonrisa de su último año de estudios. Por sorprendente que resulte, las mujeres Duchenne, por término medio, tenían más probabilidades de casarse, de mantener su matrimonio y de experimentar un mayor bie­nestar personal a lo largo de los treinta años siguientes. Estos indicadores de felicidad fueron predecidos por medio de un mero fruncimiento del contorno de los ojos.

A fin de poner en duda tales resultados, Harker y Keltner se plantearon si las mujeres Duchenne eran más guapas y su buena presencia, más que la autenticidad de su sonrisa, era lo que predecía una mayor satisfacción en la vida. Así, las investigadoras se dedicaron a evaluar la belleza de las mujeres y descubrieron que el aspecto no tenía nada que ver con los matrimonios felices o la satisfacción con la vida. Concluyeron que una mujer que sonreía de forma genuina tenía más posibilidades de ser feliz en su matrimonio y en la vida.

Estos dos estudios resultan sorprendentes, porque comparten la conclusión de que un registro momentáneo de emoción positiva predice de forma convincente la longevidad y la satisfacción marital. La primera parte de este libro trata de estas emociones positivas momentáneas: alegría, fluidez, regocijo, placer, satisfacción, serenidad, esperanza y éxtasis. Me centraré especialmente en tres cuestiones:

— ¿Por qué la evolución nos dotó de sentimiento positivo? ¿Cuáles son las funciones y consecuencias de tales emociones, aparte de hacernos sentir bien?

— ¿Quién dispone de emoción positiva en abundancia y quién no? ¿Qué posibilita estas emociones y qué las impide?

— ¿Cómo se puede desarrollar una mayor y más duradera emoción positiva en la vida?

Todos deseamos responder a estas preguntas y es natural recurrir al campo de la psicología para obtener las respuestas. Por tanto, quizá sorprenda que la psicología haya desatendido el lado positivo de la vida.10 Por cada cien artículos especializados sobre la tristeza, sólo se publica uno sobre la felicidad.

Uno de mis objetivos es ofrecer respuestas responsables, basadas en la investigación científica, a estas tres preguntas. Desgraciadamente, a diferencia del alivio de la depresión —para la que la investigación ha proporcionado manuales con distintos pasos que están documentados de forma fiable porque se sabe que funcionan—, lo que sabemos sobre la consecución de la felicidad es desigual. Puedo presentar hechos fehacientes sobre ciertos aspectos, pero sobre otros lo mejor que puedo hacer es extraer conclusiones de las últimas investigaciones y sugerir cómo aplicarlas en la vida. En todo caso, diferenciaré entre lo que se sabe y lo que son especulaciones mías. Mi objetivo más ambicioso, tal como se verá en los tres capítulos siguientes, es corregir ese desequilibrio impulsando el campo de la psicología para complementar sus conocimientos —ganados con esfuerzo— sobre el sufrimiento y sobre las enfermedades mentales, con un mayor conocimiento sobre la emoción positiva, así como sobre las fortalezas y virtudes personales.

¿Cómo encajan las fortalezas y las virtudes? ¿Por qué un libro sobre Psicología Positiva trata sobre algo más que la «felicidalogía» o el hedonismo, la ciencia que versa acerca de cómo nos sentimos entre un momento y otro? Una persona hedonista desea el máximo de buenos momentos y el mínimo de malos momentos en su vida, y la teoría hedonista más sencilla dice que la calidad de vida no es más que la cantidad de buenos momentos menos la cantidad de malos momentos. Se trata de algo más que de la teoría de la torre de marfil, puesto que muchas personas van por la vida basándose exactamente en dicho objetivo. Sin embargo, es una falsa ilusión, porque la suma total de nuestros sentimientos momentáneos resulta ser una medida muy imperfecta de lo bien o mal que juzgamos un episodio: ya sea una película, unas vacaciones, un ma­trimonio o toda una vida.

Daniel Kahneman, distinguido profesor de Psicología de Princeton y principal autoridad mundial sobre el hedonismo, ha forjado su trayectoria profesional demostrando las muchas imperfecciones de una teoría hedonista simplista. Una de las técnicas que emplea para poner en entredicho la teoría hedonista es la colonoscopia, prueba que consiste en introducir un molesto endoscopio por el recto y desplazarlo en sentido ascendente y descendente por los intestinos durante lo que parece una eternidad, aunque en realidad la prueba sólo dura unos pocos minutos. En uno de los experimentos de Kahneman, a 682 pacientes se les asignó al azar la colonoscopia habitual o un procedimiento que duraba un minuto más, aunque en este último minuto el colonoscopio no se movía. El instrumento inmóvil hace que el minuto final resulte menos desagradable, pero añade un minuto de incomodidad. Por supuesto, el minuto adicional hace que el grupo sienta un dolor total mayor que el del grupo de la prueba rutinaria. No obstante, dado que su experiencia termina relativamente bien, su recuerdo del episodio es mucho más optimista y, sorprendentemente, están más predispuestos a volver a someterse a la prueba que el grupo de la prueba rutinaria.11

En la vida real hay que tener mucho cuidado con los desenlaces, puesto que marcarán el recuerdo de toda una relación y la predisposición a volver a entablarla. Este libro hablará de por qué falla el hedonismo y lo que eso puede significar para las personas. Así pues, la Psicología Positiva se centra en el significado de los momentos felices e infelices, el tapiz que tejen, y las fortalezas y virtudes que manifiestan y que otorgan una calidad determinada a la vida. Ludwig Wittgenstein, el gran filósofo austriaco, era desgraciado a decir de todos. Colecciono material sobre él y nunca he visto una foto en la que esbozara una sonrisa, ni Duchenne ni de otro tipo. Wittgenstein era melancólico, irascible y ferozmente crítico con quienes lo rodeaban e incluso más crítico consigo mismo. En sus característicos seminarios impartidos en sus fríos y sobrios aposentos de Cambridge, solía caminar de un lado a otro de la habitación murmurando de forma audible: «Wittgenstein, Wittgenstein, qué mal profesor eres.» Sin embargo, sus últimas palabras desmienten a la «felicidalogía». Moribundo y solitario en una buhardilla de Ithaca, Nueva York, le dijo a su casera: «¡Dígales que ha sido maravilloso!»

Supongamos que uno pudiera conectarse a una «máquina de experiencias» hipotética que, durante el resto de la vida, estimulara el cerebro y proporcionara los sentimientos positivos que cada cual deseara.12 La mayoría de las personas a las que ofrezco esta opción imaginaria rechazan la máquina. No sólo deseamos sentimientos positivos, sino que queremos tener derecho a ellos. No obstante, hemos inventado innumerables fórmulas para sentirnos bien: drogas, chocolate, sexo sin amor, ir de compras, masturbarse y ver la televisión serían algunos ejemplos. (Y desde luego no tengo intención de sugerir que se deban abandonar estas actividades.)

La idea de que podemos recurrir a tales fórmulas para obtener felicidad, alegría, consuelo y éxtasis, en vez de tener derecho a dichos sentimientos gracias al ejercicio de nuestras fortalezas y virtudes personales, hace que exista un buen número de personas que, rodeadas de grandes riquezas, padecen una sed de espiritualidad. Las emociones positivas obtenidas por actividades ajenas al carácter provocan desolación, falta de autenticidad, depresión y, a medida que envejecemos, la atormentadora impresión de que estaremos inquietos hasta la muerte.

El sentimiento positivo que aparece a partir de la puesta en práctica de las fortalezas y virtudes, en vez de las fórmulas rápidas, es genuino. Descubrí el valor de esta autenticidad impartiendo cursos de Psicología Positiva durante los últimos tres años en la Universidad de Pensilvania. (Han sido mucho más divertidos que los cursos de psicología clínica que impartí los veinte años anteriores.) Hablo a mis alumnos de Jon Haidt, un joven profesor con talento de la Universidad de Virginia que inició su carrera trabajando sobre la repugnancia, para lo que daba de comer a la gente saltamontes fritos.13 Luego pasó a la repugnancia moral, observando la reacción de las personas cuando les pedía que se probaran una camiseta que supuestamente había llevado Adolf Hitler. Agotado por estos estudios negativos, empezó a buscar una emoción que fuera lo contrario de la repugnancia moral, que él denomina «elevación». Haidt recopila historias sobre las reacciones emocionales cuando se experimenta el lado bueno de la humanidad, cuando se ve a otra persona haciendo algo sumamente positivo. Un estudiante de 18 años de la Universidad de Virginia relata una historia de elevación caracte­rística.

Regresábamos a casa después de trabajar en el refugio del Ejército de Salvación una noche que nevaba. Pasamos junto a una anciana que estaba quitando la nieve del camino de entrada con una pala. Uno de los muchachos pidió al conductor que lo dejara salir. Pensé que iba a tomar un atajo para dirigirse a su casa, pero cuando lo vi tomar la pala, noté un nudo en la garganta y empecé a llorar. Quería contárselo a todo el mundo. Me pareció algo muy romántico.

Los estudiantes de una de mis clases se preguntaban si la felicidad procede del ejercicio de la amabilidad más fácilmente que del hecho de divertirse. Tras una acalorada discusión, cada uno de nosotros asumió una labor para la siguiente clase: llevar a cabo una actividad placentera y otra filantrópica y escribir sobre ambas.

Los resultados fueron sorprendentes. Los rescoldos de la actividad «placentera» —salir con los amigos, ver una película o comer un montón de helado de chocolate— palidecían en comparación con los efectos de una buena acción. Cuando nuestros actos filantrópicos fueron espontáneos y requirieron el empleo de nuestras fortalezas personales, el día entero fue mejor. Una estudiante me contó que su sobrino le telefoneó para pedirle ayuda con la aritmética de tercer curso. Después de darle una hora de clase, se quedó sorprendida al darse cuenta de que «durante el resto del día escuché mejor, estuve más sosegada y caí mejor a la gente que de costumbre». El ejercicio de la bondad es una gratificación, a diferencia de un placer. Como gratificación, apela a las fortalezas de cada uno y exige dar la talla para asumir un reto. La bondad no va acompañada de una corriente de emoción positiva como el júbilo, sino que más bien consiste en el compromiso total y en la pérdida de conciencia de la propia identidad. El tiempo se detiene. Uno de los alumnos de la escuela de negocios reconoció sin tapujos que se había matriculado en la universidad para aprender a ganar mucho dinero y ser feliz, pero que se había quedado de una pieza al darse cuenta de que le gustaba más ayudar a otras personas que gastar el dinero yendo de compras.

Por consiguiente, para entender el bienestar también necesitamos comprender las fortalezas y las virtudes personales, y éste es el tema de la segunda parte del presente libro. Cuando el bienestar procede del empleo de nuestras fortalezas y virtudes, nuestras vidas quedan imbuidas de autenticidad. Los sentimientos son estados, acontecimientos momentáneos que no tienen por qué ser rasgos de personalidad recurrentes. Los rasgos, a diferencia de los estados, son características positivas o negativas que se repiten a lo largo del tiempo y en distintas situaciones, y las fortalezas y virtudes son las características positivas que aportan sensaciones positivas y gratificación. Los rasgos son disposiciones duraderas cuya materialización hace que los sentimientos momentáneos sean más probables. El rasgo negativo de la paranoia incrementa la probabilidad de que aparezca el estado momentáneo de los celos, del mismo modo que el rasgo positivo de tener sentido del humor hace que sea más probable reír.

El optimismo como rasgo ayuda a explicar por qué una única instantánea de la felicidad momentánea de las monjas podía predecir cuánto tiempo vivirían. Las personas optimistas tienden a interpretar que sus problemas son pasajeros, controlables y propios de una situación. Las personas pesimistas, por el contrario, creen que sus problemas durarán siempre, socavarán todo lo que hagan y que no podrán controlarlos. Para ver si el optimismo predice la longevidad, los científicos de la Clínica Mayo, de Rochester, Minnesota, seleccionaron a 839 pacientes consecutivos que habían acudido al centro para recibir cuidados médicos hacía cuarenta años. (En el momento del ingreso, los pacientes de la Clínica Mayo se someten a una serie de pruebas tanto psicológicas como físicas y una de ellas es el test del rasgo del optimismo.) Del total de pacientes, 200 habían muerto en el año 2000, y los optimistas presentaban una longevidad un 19 % mayor, con respecto a la esperanza de vida, en comparación con los pesimistas. El hecho de vivir un 19 % más es comparable a las vidas más largas de las monjas felices.14

El optimismo no es más que una de las dos docenas de fortalezas que proporcionan un mayor bienestar. George Vaillant, profesor de Harvard que dirige los dos estudios psicológicos más completos sobre hombres a lo largo de sus vidas, estudia las fortalezas que él ha dado en llamar «defensas maduras», entre las cuales se incluye el altruismo, la capacidad de aplazar la gratificación, la previsión de futuro y el sentido del humor. Algunos hombres no maduran nunca y no muestran tales rasgos, mientras que otros se deleitan en ellos a medida que envejecen. Los dos grupos de Vaillant son las promociones de Harvard entre 1939 y 1943, y 456 coetáneos de los barrios pobres de Boston. Ambos estudios se iniciaron a finales de la década de los años treinta, cuando los participantes estaban a punto de entrar en la veintena y se prolongan hasta la actualidad, cuando los hombres tienen ya más de ochenta años. Vaillant ha hecho públicos los factores que mejor predicen el envejecimiento satisfactorio, entre los que se encuentra el nivel de ingresos, la salud física y la alegría de vivir. Las defensas maduras son un indicador fiable de la alegría de vivir, de los ingresos elevados y de la ancianidad vigorosa tanto en el grupo mayoritariamente blanco y protestante de Harvard como en el grupo de la zona pobre de la ciudad, mucho más heterogéneo. De los 76 hombres de la zona pobre que mostraban con frecuencia tales defensas maduras cuando eran jóvenes, el 95 % todavía podía mover muebles pesados, cortar leña, caminar tres kilómetros y subir dos tramos de escaleras sin cansarse siendo mayores. De los 68 hombres de la zona pobre que nunca llegaron a mostrar tales fortalezas psicológicas, sólo el 53 % podía realizar dichas tareas. En el caso de los hombres de Harvard a los 75 años, la alegría de vivir, la satisfacción matrimonial y el sentido subjetivo de salud física se predecían mejor a partir de las defensas maduras practicadas y medidas en la mediana edad.15

¿Cómo seleccionó la Psicología Positiva sólo 24 fortalezas de entre la gran cantidad de rasgos existentes? La última vez que alguien se molestó en contarlas, en 1936, más

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