Mi verdad más oculta

Jordi Rodriguez

Fragmento

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Empecemos por el principio

Vamos a empezar por el principio:

Cada vez que emprendas un camino en la vida, vas a tener que dar un primer paso. Y no, no tiene por qué ser un paso literal. Yo me refiero a ese momento que es casi como una descarga eléctrica en el que por fin te decides y todo a tu alrededor empieza a ponerse en marcha. Y más adelante, en algún momento de ese camino, seguro que te encontrarás con un montón de obstáculos. Y puede que no seas capaz de terminarlo. O puede que no quieras finalizarlo porque has descubierto que te apetecía más desviarte y continuar por otra ruta. O puede que..., no sé, puede que te pasen miles de cosas. Pero lo importante es lo que hayas andado. O, mejor dicho, lo que hayas aprendido mientras andabas.

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Pues bien, yo creo que a la hora de escribir un libro (o, al menos, de escribir este libro) pasa un poco lo mismo. Solo que, en lugar de un primer paso, lo que necesitas es una primera idea. Y también un destino. Para mí, la primera idea es como una chispa que brilla tan fuerte que hace que todo se ilumine a su alrededor y que alumbra en dirección a tu destino, que es aquello que quieres contar. Como si fuese una especie de guía, vaya. Esa idea, o chispa, o como quieras llamarla, la puedes buscar en muchos sitios (aunque a veces no te hará falta, porque será ella la que te busque a ti). Puede que sea un recuerdo que viene a tu mente cada vez que cierras los ojos. O un mensaje que necesitas gritarle al mundo. O una imagen alucinante que de momento solo existe en tu cabeza, pero que está deseando salir... En mi caso y en el del libro que tienes entre las manos, son todas esas experiencias las que me han convertido en la persona que soy y que creo que ha llegado el momento de compartir contigo.

Por eso, el libro que tienes entre las manos no es el típico libro para fans. No se trata tanto de contarte mi vida como de lo que la vida me ha hecho sentir a mí en distintos momentos. No quiero lavarte el cerebro para que pienses que soy superguay o que todo en mi vida es de color de rosa (los influencers también tenemos problemas, y yo he tenido unos cuantos, créeme...). De todas formas, si te animas a leerlo, creo que lograrás conocerme bastante bien. ¿Por qué? Porque este libro soy yo intentando conectar contigo. A base de ideas que casi son algo así como una colección de fotos. Una colección un poco desordenada y un poco caótica, pero llena de recuerdos y de momentos emocionantes. ¡Como la vida misma, vamos!

Este libro también tiene una función muy muy importante para mí. Se trata de algo que llevo callándome demasiado tiempo y que creo que ha llegado el momento de compartir con todos vosotros y vosotras. Es algo que me habéis preguntado bastantes veces, y que ha condicionado muchos instantes de mi vida. Momentos en los que me hubiese gustado poder ser yo mismo, poder hablar abiertamente con vosotros de ciertos temas o incluso poder hacer algo tan sencillo como coger de la mano en público a la persona a la que quería. Es algo que no hice al principio de mi carrera de influencer porque —lo confieso— tenía miedo. Pero ahora, después de todo este tiempo, siento que mis seguidores sois algo así como mi segunda familia, y a una familia no se le esconden según qué cosas. Si ya lo hice en su momento con mi familia de sangre, ¿por qué no iba a hacerlo también con vosotros? Es por eso que no voy a guardármelo más. Porque no se puede vivir con miedo. Sí: yo soy gay.

¡Bufff! ¡Ya está! ¡Ya lo he dicho! Puede que esto te haya sorprendido o puede que no, pero es una faceta más de mi vida que necesitaba compartir y que ya iré desarrollando más a lo largo de mis páginas. Entre otras muchas muchas más cosas...

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Días de colegio

Entre tú y yo, tengo que admitir que cuando era pequeño no me gustaba demasiado ir al colegio (ey, supongo que no debo ser el único al que le ha pasado eso, ¿verdad?). Como ya te he contado, era un niño bastante movidito y, aunque me encantaba aprender toda clase de cosas, a menudo me costaba mucho esfuerzo mantener el culo pegado a la silla. ¡A veces miraba y miraba el reloj y tenía la sensación de que las agujas no avanzaban en absoluto!

Durante la primaria, yo era un niño como los demás en muchos sentidos. Tenía amigos, pero sobre todo, tenía un montón de amigas. Eso sí, en el recreo no me gustaba nada jugar al fútbol ni a ningún deporte. «Pero Jordi, ¿no habíamos quedado en que eras muy movidito?», te preguntarás. Bueno, sí que lo era, pero el problema es que además... ¡era supercompetitivo! Tanto que a veces prefería no jugar a algo con tal de no perder. A día de hoy me he dado cuenta de que ese tampoco es plan e intento tomarme las cosas con un poco más de calma. No tiene nada de malo querer ganar, ¡pero también es importante disfrutar de aquello que haces!

De lo que realmente quiero hablarte es del paso a secundaria, que en mi caso fue una experiencia brutal (y no precisamente en el buen sentido). A mí en primaria casi todo me daba igual. Si alguien se metía conmigo o me gastaba una broma, yo no le daba mayor importancia. Sin embargo, en secundaria esas bromas se volvieron mucho mucho más crueles. Por aquel entonces yo todavía no tenía del todo definida mi orientación sexual y muchos chicos se metían conmigo por ello. Eso me hacía sentirme distinto del resto y, de alguna manera, reaccionaba aislándome. Ahora en lugar de encogerme de hombros y contestar «ok, lo que tú digas», como hacía antes, me limitaba a quedarme callado y a agachar la cabeza. Yo creo que la secundaria es una época muy complicada en la que experimentas un montón de cambios. Todavía te estás conociendo a ti mismo y, a menudo, lo único que quieres es encajar y ser aceptado. Tu personalidad todavía se está formando, así que no son los mejores años para estar rodeado de gente que te cuestiona todo el rato o que se burla de ti.

Cada día iba al colegio cruzando los dedos para que a nadie le diese por meterse conmigo. Solo pensaba en pasar desapercibido y no meterme en problemas. La situación me afectaba tanto que llegué a suplicarle a mi madre que me firmase justificantes con los que poder saltarme la ducha obligatoria de después de las clases de educación física... ¡Imagínate cómo me sentía! Al final, era tan evidente que no estaba bien que me llevaron a hablar con los psicólogos de la escuela. Recuerdo que en una ocasión me preguntaron abiertamente si era homosexual. Yo les contesté que no con la cara roja y los ojos llorosos de ira: pero ¿qué se habían creído? ¿Cómo se atrevían a meterse en mi intimidad de esa forma? ¡No lo tenía claro ni yo mismo, como para contárselo a ellos! Ahora sé que no actuaban con mala intención y que intentaban ayudarme, pero a veces, cuando todavía eres pequeño y sospechas que tu orientación sexual es distinta de la de la mayoría de la gente que te rodea, pero no lo has asumido por miedo o porque estás confundido, que te lo pregunten a la cara no es la mejor idea. Eso puede hacer que retrocedas y te cierres todavía más en ti mismo. No hay que agobiar a nadie. Todos tenemos de

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