La democracia no ha sobrevivido

Angel Cristobal Montes

Fragmento

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Prólogo

Desde hace muchos años, prácticamente desde la adolescencia, siento lo que el politólogo y filósofo americano Benjamin Barber ha llamado «pasión por la democracia». Al mismo tiempo, respecto al factor básico que caracteriza la democracia —la igualdad—, no puedo evitar el aleteo de ese pensamiento rebelde e irónico del gran juez también americano Oliver Wendell Holmes cuando dice: «No tengo ningún respeto por la pasión de la igualdad, que se me antoja una mera idealización de la envidia.» Esta posición dual, esta situación entre Scila y Caribdis propia de un liberal racionalista que se ve obligado a poner en práctica la siempre difícil unión entre el aula de la razón y el navegar libre del sentimiento, no me ha impedido experimentar, en la esfera de la política, el reclamo impostergable del grito democrático, un llamamiento más fuerte que cualquier otra voz. Amo la libertad y amo la democracia, porque ambas me han parecido en toda ocasión lo mejor que el hombre ha logrado producir para dirimir la relación con sus semejantes.

Bajo este arco, y teniendo como referencias La democracia en América, de Alexis de Tocqueville, y La democracia en Europa, de Larry Siedentop, el hecho de tener que escribir un libro como el presente es lo más parecido a un colapso, lo más cercano a una convulsión enajenante y demoledora. En efecto, ¿cabe embarcarse, sin correr un grave riesgo mental y cordial, en la aventura de tener que desmontar aquello en lo que has creído, soñado, amado y por lo que has luchado durante una muy larga vida, dedicada en gran parte a lograr para tu país, España, que la secular lacra de pueblo ingobernable mediante los dictados democráticos sea reemplazada por la salvífica mención de nación plenamente acogida a los dictados del gobierno libre?

No sé si he salido indemne del desafío, como tampoco sé si, en el fondo, no habré cometido alguna injusticia con mis desgarrados y desgarradores juicios sobre los males de la democracia española actual, llevado quizá, como el amante que canta encendido los dones de su amada, por el deseo irrefrenable de encontrar en aquella esas cualidades especiales y exquisitas que permitieran exclamar sin autoengaño: ¡Qué buena democracia hemos conseguido instaurar en España! Lo que sí sé con meridiana claridad es que este es un libro que hubiera deseado, con todo mi corazón, no tener que escribir jamás, porque el dolor de su plasmación escrita, el lacerante desengaño de su materialización y la frustración inmensa que experimenta su autor son lo más parecido al derrumbe existencial que sufre quien ve que la adversidad suprema se instala en su vida.

Soñar durante tantos años con la caída de la inacabable y ofensiva dictadura franquista, exiliarte de tu patria porque la ausencia de libertad te impide seguir respirando y sientes síntomas de asfixia, regresar a ella cuando tu instinto político te dice que el fin de la noche opresiva está cercano y debes estar presente en el momento en que ese evento se produzca, y participar desde el primer momento con entrega, ilusión, desprendimiento y exaltación infinitos en el proceso difícil y complicado de levantar un edificio democrático limpio, claro, generoso y bienintencionado, un edificio tantas veces inacabado, saqueado y dinamitado en nuestra poco ejemplar historia contemporánea, no sé si es un camino políticamente ejemplarizante y realizador. Pese a ello, tengo pocas dudas de que constituye uno de esos recorridos vitales que presta sentido, justifica y colma de manera suficiente una existencia iluminada por la dignidad política y el deseo de instalarse con placidez en la esfera de la libertad. Estas declaraciones pueden sonar ingenuas y hasta fútiles, pero están dichas con el corazón en la mano y con la mirada limpia de quien, pese a sus muchos años y a las adversidades de todo tipo, aspira a permanecer hasta su último aliento en el placentero refugio del nihil admirari horaciano.

Participé, junto con otros muchos iluminados por la misma estrella, en tan captador y elevador empeño; día a día observé que se iban levantando las paredes de la construcción soñada, que lo informe tomaba forma y lo imposible parecía resultar hacedero durante un periodo mágico y ensoñador de aproximadamente quince años (un segundo en el laborioso y dilatado empeño de construir la democracia en un país). Pero, a continuación, lenta pero insidiosamente, esporádica mas repetitivamente, de forma circunstancial no obstante su periodicidad, observé primero con sorpresa, luego con temor y al final aterrorizado, que el modesto edificio democrático se resquebrajaba, se agrietaba, comenzaba a desprender cascotes, envejecía prematuramente, se afeaba en extremo su fachada, resultaba habitado por gente indeseable, se realizaban en él acciones censurables, adquiría mala fama, se cuarteaba y al final se descomponía hasta amenazar ruina, durante un lapso que ha durado desde 1992 o 1993 hasta el presente. Esta degradación ha supuesto un impacto tan sobrecogedor y alucinante que yo no he sabido ni podido recibirlo impasible e indemne, bien cubriéndome, como tantos otros, con la áspera capa del cinismo, la desfachatez y el provecho (durante mis treinta años de desempeño público, entre 1977 y 2007, nunca llegué a cobrar sueldo político), bien retirándome del ámbito político apesadumbrado y dolorido, pensando con Heidegger que «el hombre es el guardián del puesto de la nada», acogiéndome con Carl Schmitt al «iré a la seguridad del silencio», o repitiendo el orteguiano, tan caro a la fragilidad y la evanescencia de lo intelectual, «no es eso, no es eso».

Mi respuesta fue no sé si acertada e inteligente, pero con intensidad sentida y padecida, según ya he comentado. Escribí en 1993, año fatídico donde los haya en la breve historia de la actual democracia española al alcanzar el tándem PSOE-González su cuarto mandato sucesivo demoledor, un libro acongojado y estremecido por los relámpagos que atravesaban el cielo de la democracia española y anunciaban, como efectivamente ocurrió, males sin cuento, catástrofes y calamidades. El libro se titulaba La democracia en España. ¿Sobrevivirá?, título un tanto dramático, catastrofista y apocalíptico, que quizá no era el más oportuno en aquel delicado y crucial momento, cuando probablemente lo que procedía era un canto esperanzado a la ilusión y a la confianza de remontar el impasse. Pero en nuestro país difícilmente Jeremías se equivoca, y los hechos, esos «rudos hechos» de que habla Lenin, siguieron, aumentaron y se precipitaron con ímpetu por la triste cuesta de la descomposición política que en el libro se denunciaba con dolor.

Bien quisiera haberme podido arrepentir de la factura de aquella lastimera obra y no tenerme que acoger al dictum romano in fieri factum est, por el bien de mi patria y de su régimen democrático. Bien habría deseado suscribir con Sófocles que «los dados de los dioses siempre caen bien» y con Eurípides que «el cálculo justo es la mejor profecía», pero los acontecimientos no se desarrollaron en tal dirección, sino en la contraria, y los males anunciados en aquella obra (¿se equivocó otro aragonés , Lucas Mallada, al escribir Los males de la patria?), no solo acabaron produciénd

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