Brujas

Mona Chollet

Fragmento

Las herederas. Introducción

LAS HEREDERAS. INTRODUCCIÓN

Por supuesto está la bruja de la Blancanieves de Walt Disney, con sus cabellos grises de estopa bajo una capucha negra, su nariz ganchuda adornada con una verruga, su estúpido rictus tras el que se asoma un único diente en la mandíbula inferior, y sus pobladas cejas sobre unos ojos desorbitados que acentúan aún más su expresión maléfica. Pero la bruja que realmente marcó mi infancia no fue ella, sino Aleteo Brisalinda.

Aleteo aparece en Los hijos del vidriero, una novela juvenil de la escritora sueca Maria Gripe (1923-2007),1 que se desarrolla en un país nórdico imaginario. Vive en una casa situada en lo alto de una colina, al abrigo de un manzano cuya silueta, visible desde lejos, se recorta sobre el cielo. El lugar es hermoso y apacible, pero los habitantes de la aldea vecina evitan acercarse, ya que en otro tiempo colgaba allí una horca. Por la noche, se percibe un tenue resplandor en la ventana, junto a la que teje la anciana mientras conversa con su cuervo, Solon, bizco desde que había perdido un ojo al asomarse al Pozo de la Sabiduría. Más aún que los poderes mágicos de la bruja, me impresionó el aura que emanaba, hecha de una profunda calma, de misterio, de clarividencia.

Me fascinaba el modo en que se describía su aspecto. «Salía siempre envuelta en una amplia capa de color azul oscuro, cuyo cuello, agitado por el viento, “aleteaba” en torno a su cabeza», de ahí el apelativo de «Aleteo». «También iba tocada con un extraño sombrero. El flexible borde estaba salpicado de flores que caían desde un casquete de color violeta adornado con mariposas.» Los que se cruzaban en su camino se quedaban impresionados por el brillo de sus ojos azules, que «cambiaban continuamente y ejercían un auténtico poder sobre la gente». Bien pudiera ser que la imagen de Aleteo Brisalinda me preparara para apreciar, más adelante, cuando me interesé por la moda, las imponentes creaciones de Yohji Yamamoto, sus ropas amplias, sus inmensos sombreros, una especie de refugios de tela, en las antípodas del modelo estético dominante, según el cual las jóvenes deben dejar al descubierto la mayor cantidad posible de piel y de formas.2 Guardada en mi memoria como un talismán, una sombra benevolente, Aleteo me había dejado el recuerdo de lo que podía ser una mujer «de armas tomar».

Me gustaba también la vida retirada que llevaba, y su relación con la comunidad, distante y comprometida a la vez. La colina donde se alza su casa, escribe Maria Gripe, parece proteger la aldea «como si estuviera acurrucada bajo su ala». La bruja teje alfombras extraordinarias: «Sentada frente a su telar, meditaba mientras trabajaba. Sus reflexiones incumbían a los habitantes de la aldea y sus vidas respectivas. Tanto y tan bien que un día de buena mañana descubrió que, sin darse cuenta, sabía de antemano lo que les ocurriría. Inclinada sobre su labor, leía su futuro en el dibujo que, de manera absolutamente natural, surgía de sus dedos». Su presencia en las calles, por escasa y fugaz que fuera, era una señal de esperanza para quienes la veían pasar: debe la segunda parte de su nombre —nadie conoce su nombre auténtico— al hecho de que no se muestre jamás durante el invierno, y que su reaparición anuncie con toda seguridad la llegada inminente de la primavera, aunque ese día el termómetro marque aún «treinta grados bajo cero».

Incluso las brujas inquietantes, la de Hansel y Gretel o la bruja de la calle Mouffetard,3 o la baba yaga de los cuentos rusos, agazapada en su isba, su casa de troncos encaramada sobre patas de gallina, me han suscitado siempre más emoción que aversión. Eran un acicate para la imaginación, proporcionaban escalofríos de un delicioso pavor, daban la sensación de aventura, abrían las puertas a otro mundo. Durante el recreo en la escuela primaria, mis compañeras y yo acosábamos a la que había elegido vivir al otro lado de los arbustos del patio, obligadas a actuar por nuestra cuenta ante la flema incomprensible de nuestros maestros. La amenaza coqueteaba con la promesa. Sentíamos de pronto que todo era posible, y quizá también que la belleza inofensiva y la bondad pizpireta no eran el único destino femenino posible. Sin ese vértigo, a la infancia le habría faltado aliciente. Pero, con Aleteo Brisalinda, la bruja se convirtió definitivamente para mí en un personaje positivo. Ella era la que tenía la última palabra, la que hacía morder el polvo a los malvados. Ella ofrecía el goce de la revancha sobre un adversario que te había subestimado; un poco como Fantômette,4 pero por la fuerza de su espíritu, más que por su talento gimnástico, lo que me parecía maravilloso, porque detestaba los deportes. A través de ella me vino la idea de que ser una mujer podía implicar un poder suplementario, mientras que hasta entonces una impresión difusa me sugería que era más bien lo contrario. Después, allá donde la encuentre, la palabra «bruja» magnetiza mi atención, como si anunciara siempre una fuerza que podría ser mía. Hay algo en torno a esa palabra que bulle de energía. Te remite a un saber telúrico, a una fuerza vital, a una experiencia acumulada que el saber oficial desprecia o reprime. Me gusta también la idea de un arte que se perfecciona sin interrupción a lo largo de toda la vida, al que te consagras y al que se protege de todo, o casi, aunque solo sea por la pasión con que se practica. La bruja encarna a la mujer liberada de todas las dominaciones, de todas las limitaciones; es un ideal hacia el que tender, ella muestra el camino.

«Una víctima de los Modernos y no de los Antiguos»

He necesitado un período de tiempo asombrosamente largo para medir el malentendido que ha provocado el exceso de fantasía y la imaginería de la heroína con superpoderes asociados a las brujas en las creaciones culturales que me rodeaban. Para comprender que, antes de convertirse en un estímulo para la imaginación o un título honorífico, la palabra «bruja» había sido la peor de las marcas de infamia, la imputación mentirosa que había supuesto la tortura y la muerte de decenas de miles de mujeres. En la conciencia colectiva, las persecuciones de brujas que se produjeron en Europa, principalmente en los siglos XVI y XVII, ocupan un lugar extraño. Los procesos por brujería se fundamentaban en acusaciones extravagantes —el vuelo nocturno para acudir al aquelarre, el pacto y la copulación con el Diablo— que parecen haberlas arrastrado hacia la esfera de la irrealidad, arrancándolas de su arraigo histórico. A nuestros ojos, al descubrirla ahora, la primera representación conocida de una mujer volando sobre una escoba en el margen del manuscrito de Martin Le Franc Le Champion des dames (1441-1442) tiene una apariencia ligera y graciosa; parece surgida de una película de Tim Burton, de los créditos de la serie Embrujada, o de una decoración de Halloween. Y sin embargo, en el momento en que aparece, hacia 1440, anuncia siglos de sufrimiento. Evocando la invención del aquelarre, el historiador Guy Bechtel constata: «Este gran poema ideológico ha matado mucho».5 En cuanto a las torturas sexuales, su realidad parece haberse diluido dentro de la imaginería sádica y las turbias emociones que suscita.

En 2016, el Museo Saint-Jean de Brujas consagró una exposición a las brujas de Brueghel, del maestro flamenco, el primer pintor en abordar este tema. Sobre un panel figuraban los nombres de decenas de mujeres de la villa, quemadas por brujas en la plaza pública. «Muchos habitantes de Brujas llevaban aún esos apellidos e ignoraban, antes de visitar la exposición, que quizá habían tenido una antepasada acusada de brujería», comentó el director del museo.6 Lo dijo sonriendo, como si el hecho de contar en el árbol genealógico con una inocente masacrada por culpa de alegaciones delirantes fuera una pequeña anécdota simpática para contar a los amigos. Y cabe preguntarse: ¿de qué otros crímenes en masa, incluso antiguos, es posible hablar así, con una sonrisa en los labios?

Exterminando a veces a familias enteras, haciendo que reinara el terror, reprimiendo sin piedad ciertos comportamientos y ciertas prácticas consideradas a partir de entonces como intolerables, las persecuciones de brujas contribuyeron a moldear el mundo de hoy. Si no se hubieran producido, seguramente viviríamos en sociedades muy diferentes. Nos dicen mucho sobre las elecciones que se hicieron, sobre los caminos a los que se dio prioridad y los que fueron condenados. Sin embargo, nos negamos a afrontarlo. Incluso cuando aceptamos la realidad de ese episodio de la historia, hallamos medios para mantenerlo a distancia. Así, cometemos a menudo el error de situarlo en la Edad Media, descrita como una época atrasada y oscurantista, con la que ya no tenemos nada que ver, cuando las grandes persecuciones se produjeron en el Renacimiento; empezaron hacia el 1400 y se extendieron sobre todo a partir de 1560. Se hicieron ejecuciones incluso a finales del siglo XVIII, como la de Anna Göldi, decapitada en Glaris, Suiza, en 1782. La bruja, escribe Guy Bechtel, «fue una víctima de los Modernos y no de los Antiguos».7

De igual manera, las persecuciones se atribuyen con frecuencia a un fanatismo religioso encarnado por crueles inquisidores. Sin embargo, la Inquisición, preocupada ante todo por los herejes, persiguió muy poco a las brujas; una aplastante mayoría de las condenas las dictaron tribunales civiles. En cuestiones de brujería, los jueces laicos resultaron ser «más crueles y más fanáticos que Roma».8 De hecho, la distinción no tiene más que un sentido muy relativo en un mundo donde no existía la posibilidad de vivir al margen de la creencia religiosa. Ni siquiera las escasas voces que se elevaron en contra de las persecuciones, como la del médico Johann Wier que, en 1563, denunció un «baño de sangre de inocentes», pusieron en duda la existencia del Diablo. En cuanto a los protestantes, a pesar de su imagen más racional, persiguieron a las brujas con el mismo ardor que los católicos. El retorno a una lectura literal de la Biblia predicado por la Reforma no favorecía la clemencia, al contrario. En Ginebra, con Calvino, se ejecutó a treinta y cinco «brujas» apelando a dos líneas del Éxodo que dicen: «No permitirás que viva la hechicera». El clima de intolerancia de la época, la orgía de sangre de las guerras de religión —tres mil protestantes asesinados en París en la matanza de San Bartolomé en 1572—, alimentaron la brutalidad de los dos bandos con respecto a ellas.

A decir verdad, precisamente porque las persecuciones de brujas nos hablan de nuestro mundo, tenemos excelentes razones para no afrontarlas. Arriesgarse a hacerlo es enfrentarse al rostro más desesperante de la humanidad. Las persecuciones ilustran para empezar el empecinamiento de las sociedades en encontrar regularmente un chivo expiatorio para todos su males, y en encerrarse en una espiral de irracionalidad inaccesible a toda argumentación sensata, hasta que la acumulación de discursos de odio y una hostilidad obsesiva justifican pasar a la violencia física, percibida como una legítima defensa del cuerpo social. Las persecuciones ilustran, retomando las palabras de Françoise d’Eaubonne, la capacidad humana para «desencadenar una masacre por un razonamiento digno de un enajenado».9 La demonización de las mujeres calificadas de brujas tuvo por cierto mucho en común con el antisemitismo. Antiguamente el aquelarre se conocía como «sabbat», y se hablaba de la «sinagoga» de las brujas, que eran sospechosas de conspirar, como los judíos, para destruir la cristiandad, y las representaban, como a ellos, con la nariz ganchuda. En 1618, un secretario judicial que se aburre durante una ejecución cerca de Colmar dibuja a la acusada en el margen del acta: la representa con un tocado tradicional judío, «con abalorios, rodeado de estrellas de David».10

Como sucede a menudo, la designación del chivo expiatorio, lejos de deberse al grosero populacho, procedía de más arriba, de las clases cultivadas. El nacimiento del mito de la bruja coincide más o menos, en 1454, con el de la imprenta, que desempeñó un papel esencial. Bechtel habla de una «operación mediática» que «utiliza todos los vectores de información de la época»: «los libros para quienes leían, los sermones para los demás, grandes cantidades de representaciones para todos». Obra de dos inquisidores, el alsaciano Henri Institoris (o Heinrich Krämer) y el suizo de Basilea Jakob Sprenger, El martillo de las brujas (Malleus maleficarum), publicado en 1487, puede compararse con Mein Kampf de Adolf Hitler. Reeditado una quincena de veces, se distribuyeron treinta mil ejemplares por toda Europa durante las grandes persecuciones: «Durante aquella época de fuego, los jueces lo utilizaban en todos los procesos. Planteaban las preguntas del Malleus y oían las respuestas del Malleus».11 Una razón para echar por tierra nuestra visión un pelín idealizada sobre los primeros usos de la imprenta... Acreditando la idea de una amenaza inminente que exige el empleo de medios excepcionales, El martillo de las brujas sostiene una alucinación colectiva. Su éxito hace nacer otras vocaciones de demonólogos, que alimentan un auténtico filón editorial. Los autores de esas obras, tales como el filósofo francés Jean Bodin (1530-1596), que aparecen en ellas como locos furiosos, son por otra parte eruditos y hombres de gran prestigio, subraya Bechtel: «Qué contraste con la credulidad, la brutalidad de la que todos hicieron gala en sus escritos demonológicos».

Eliminar a las mujeres que destacan

Esos relatos te dejan helado, y más aún cuando se es mujer. Cierto, numerosos hombres fueron ejecutados por brujería, pero la misoginia estuvo en la raíz de las persecuciones. «Las brujas son poca cosa», afirma el Malleus maleficarum. Sus autores consideran que, si no existiera la «malicia» de las mujeres, «incluso sin tener en cuenta a las brujas, el mundo se libraría de innumerables peligros». Débiles de cuerpo y de espíritu, motivadas por un insaciable deseo de lujo, se las supone presas fáciles para el Diablo. En los procesos, representaron de media el 80 por ciento de los acusados y el 85 por ciento de los condenados.12 También estaban más desamparadas frente a la maquinaria judicial: en Francia, los hombres constituían el 20 por ciento de los acusados, pero se encontraban en un 50 por ciento de las apelaciones al Parlamento. Siendo que antiguamente los tribunales rechazaban su testimonio, las europeas no accedieron a la condición de sujetos de pleno derecho a los ojos de la Ley más que para ser acusadas en masa de brujería.13 La campaña llevada a cabo entre 1587 y 1593 en veintidós aldeas de los alrededores de Tréveris, en Alemania —lugar de aparición y epicentro, junto con Suiza, de las persecuciones de brujas—, fue tan feroz que, en dos de ellas, no dejó más que una mujer con vida; en total, se quemó a 368. Linajes femeninos enteros fueron eliminados: los cargos contra Magdelaine Denas, quemada en Cambrésis en 1670 a la edad de setenta y siete años, no estaban muy claros, pero ya habían ejecutado a su tía, su madre y su hija, y se creía que la brujería era hereditaria.14

Las acusaciones eludieron durante mucho tiempo a las clases altas y, cuando por fin acabaron alcanzándolas, los procesos se anularon rápidamente. En otro tiempo, los enemigos políticos de algunos personajes importantes denunciaban a veces a sus esposas o hijas por brujas, porque era más fácil que arremeter contra ellos; pero la gran mayoría de víctimas pertenecían a las clases populares. Se encontraban en manos de instituciones enteramente masculinas: interrogadores, sacerdotes o pastores, torturadores, guardas, jueces, verdugos. Podemos imaginar su pánico y su angustia, más aún teniendo en cuenta que por lo general afrontaban esa prueba en una soledad total. Los hombres de su familia raras veces las defendían, cuando no se unían a los acusadores. En algunos, la contención se explicaba por el miedo, puesto que la mayor parte de los hombres a los que se acusaba lo eran en tanto que allegados de «brujas». Otros aprovechaban el clima de suspicacia generalizada «para librarse de esposas o de amantes molestas, o para impedir la venganza de aquellas a las que habían seducido o violado», relata Silvia Federici, para quien «esos años de terror y de propaganda sembraron las semillas de una profunda alienación psicológica de los hombres con respecto a las mujeres».15

Algunas acusadas eran a la vez hechiceras y sanadoras; una mezcla desconcertante a nuestros ojos, pero que era obvia en aquella época. Ellas lanzaban o levantaban sortilegios, proporcionaban filtros y pociones, pero también curaban a heridos y enfermos, o ayudaban a las mujeres a parir. Representaban el único recurso que le quedaba al pueblo y siempre habían sido miembros respetados de la comunidad, hasta que se asociaron sus actividades a artimañas diabólicas. Sin embargo, en general, cualquier mujer que destacara podía suscitar la vocación de cazador de brujas. Replicar a un vecino, alzar la voz, tener un carácter fuerte o una sexualidad un poco demasiado libre, ser un estorbo de una manera cualquiera bastaba para ponerte en peligro. Con una lógica familiar para las mujeres de todas las épocas, tanto un comportamiento como su contrario podían volverse en su contra: era sospechoso faltar a misa demasiadas veces, pero también era sospechoso no faltar nunca; era sospechoso reunirse regularmente con las amigas, pero también llevar una vida demasiado solitaria...16 La prueba del baño lo resume bien. Se echaba a la mujer al agua: si se hundía, era inocente; si flotaba, era una bruja y por tanto debía ser ejecutada. Igualmente, nos encontramos a menudo con el mecanismo de «negarse a dar limosna»: los ricos que despreciaban la mano tendida de una mendiga y que, luego, caían enfermos o padecían un infortunio cualquiera, se apresuraban a acusarla de haberles lanzado una maldición, traspasando así hacia ella un oscuro sentimiento de culpabilidad. En otros casos, nos encontramos con la lógica del chivo expiatorio en su forma más pura: «¿Unos navíos atraviesan por dificultades en el mar? En Bélgica, prenden a Digna Robert, la queman, la muestran públicamente atada a una rueda (1565). ¿Un molino cerca de Burdeos no funciona? Se afirma que Jeanne Noals, conocida como Gache, lo ha “atarugado” (1619)».17 Qué importa que se tratara de mujeres absolutamente inofensivas: sus conciudadanos estaban convencidos de que poseían el poder de hacer daño sin límites. En La tempestad de Shakespeare (1611) se dice del esclavo Calibán que su madre «era una poderosa bruja», y François Guizot precisa a ese respecto en su traducción de 1864: «En todas las antiguas acusaciones de brujería en Inglaterra, nos encontramos constantemente con el epíteto strong (“fuerte”, “poderosa”) asociado a la palabra witch (“bruja”) como calificativo especial y aumentativo. Los tribunales se vieron obligados a decidir, en contra de la opinión popular, que la palabra strong no añadía nada a la acusación».

Tener cuerpo de mujer podía bastar para convertirte en sospechosa. Tras el arresto, se desnudaba a las acusadas, las rasuraban y las entregaban a un «picador», que buscaba minuciosamente la marca del Diablo, tanto en la superficie como en el interior del cuerpo, hundiendo en él sus agujas. Cualquier mancha, cicatriz o irregularidad podía servir como prueba, y es comprensible que las mujeres ancianas fueran confundidas en masa. Se suponía que esa marca permanecía insensible al dolor; ahora bien, muchas prisioneras estaban tan conmocionadas por el modo en que se violentaba su pudor —por aquella violación a secas—, que, medio desmayadas, no reaccionaban a los pinchazos. En Escocia, los «picadores» pasaban incluso por las aldeas y las villas ofreciéndose para desenmascarar a las brujas que se ocultaban entre sus habitantes. En 1649, la villa inglesa de Newcastle upon Tyne contrató a uno de ellos, prometiéndole veinte chelines por condenada. Llevaron a treinta mujeres al ayuntamiento y allí las desnudaron. A la mayoría de ellas —cómo no— las declararon culpables.18

«Igual que cuando leo el periódico, he aprendido mucho más de lo que hubiera deseado sobre la crueldad humana», confiesa Anne L. Barstow en la introducción a su estudio sobre la caza de brujas en Europa.19 Y, en efecto, el relato de las torturas es insoportable: el cuerpo desarticulado por la garrucha, quemado en asientos de metal al rojo vivo, los huesos de las piernas rotos por los borceguíes. Los demonólogos recomiendan no dejarse conmover por las lágrimas, atribuidas a un ardid diabólico y forzosamente fingidas. Los cazadores de brujas se muestran a la vez obsesionados y aterrados ante la sexualidad femenina. Los interrogadores preguntaban a las acusadas una y otra vez «cómo era el pene del Diablo». El martillo de las brujas afirma que tienen el poder de hacer desaparecer el sexo masculino y que conservan colecciones enteras en frascos o en nidos de pájaros, donde se retuercen desesperadamente (sin embargo, no se han encontrado jamás). Por su forma fálica, la escoba que montaban las brujas, además de ser un símbolo doméstico invertido, demuestra su libertad sexual. El aquelarre se ve como el lugar de una sexualidad desenfrenada, fuera de control. Los torturadores gozan de la dominación absoluta que ejercen sobre las prisioneras; pueden dar rienda suelta a su voyerismo y a su sadismo sexual. A ello se añaden las violaciones a manos de los guardias: cuando se encuentra a una detenida estrangulada en su calabozo, se dice que el Diablo ha venido a reclamar a su sierva. Muchas de las condenadas ni siquiera pueden mantenerse en pie en el momento de la ejecución. Pero, aunque se sientan aliviadas por acabar de una vez, les queda enfrentarse con una muerte atroz. El demonólogo Henry Boguet relata el fin de Clauda Jamguillaume, que encuentra tres veces la fuerza necesaria para escapar de la hoguera. El verdugo no había respetado su promesa de estrangularla antes de que la alcanzaran las llamas. Así le obliga a cumplir con su palabra; la tercera vez, la deja inconsciente de un golpe, y muere sin recobrar el conocimiento.20

Una historia negada o convertida en irreal

A partir de todo lo anterior, es fácil deducir que las persecuciones de brujas fueron una guerra contra las mujeres. Y sin embargo... La especialista en procesos de brujería de Nueva Inglaterra, Carol F. Karlsen, deplora que «se haya ignorado, banalizado o cuestionado indirectamente el planteamiento basado en el género» en las numerosas publicaciones, especializadas o generalistas, a las que dio pie el tricentenario del caso de las brujas de Salem en 1992.21 Anne L. Barstow juzga «tan extraordinario como los acontecimientos en sí», la obstinación de los historiadores en negar que las persecuciones de brujas fueron una «explosión de misoginia».22 Cita las asombrosas distorsiones a las que han de recurrir a veces sus colegas masculinos —o femeninos— para contradecir las conclusiones que se desprenden de sus propias investigaciones. El propio Guy Bechtel ilustra este punto cuando, tras haber detallado la «demonización de la mujer» que precedió a las persecuciones de brujas, pregunta: «¿Quiere esto decir que el antifeminismo explica las hogueras?», y responde, tajante: «Por supuesto que no». Para apoyar esta conclusión, invoca argumentos más bien débiles: para empezar, «también quemaban a los hombres» y, a continuación, «el antifeminismo —que se desarrolló a finales del siglo XIII— data de una época muy anterior a la de las hogueras». Ahora bien, aunque algunos hombres cayeran por las denuncias de mujeres «poseídas», como en los célebres casos de Loudun y de Louviers, la gran mayoría no fueron acusados de brujería, como hemos dicho ya, sino por su relación con las mujeres, o solo de manera secundaria, añadiendo ese crimen a otros cargos. En cuanto al hecho de que el antifeminismo viniera de lejos, podríamos ver al contrario una confirmación del decisivo papel que desempeñó. Siglos de odio y oscurantismo parecen haber culminado con este estallido de violencia, nacido del miedo que suscitaba el lugar cada vez más importante que ocupaban las mujeres de entonces en el espacio social.23

Jean Delumeau ve en el De planctu ecclesiae de Álvaro Pelayo, redactado hacia 1330 a petición de Juan XXII, el «principal documento de hostilidad clerical hacia la mujer», una «llamada a la guerra santa contra la aliada del Diablo», y el precursor del Malleus maleficarum. El franciscano español afirma en él que las mujeres «bajo una apariencia de humildad, ocultan un temperamento orgulloso e incorregible, en lo que se parecen a los judíos».24 Desde el fin de la Edad Media, afirma Bechtel, «incluso las obras más laicas están marcadas por la misoginia».25 A ese respecto, los padres de la Iglesia y sus sucesores prolongaban además las tradiciones griega y romana. Antes de que Eva comiera del fruto prohibido, Pandora, en la mitología griega, había abierto la caja que contenía todos los males de la humanidad. Fue mucho lo que el cristianismo emergente tomó prestado del estoicismo, enemigo de los placeres y por tanto de las mujeres. «No ha habido grupo en el mundo que haya sido insultado más duramente ni durante tanto tiempo», afirma Bechtel. A tenor de semejante narrativa, cabe pensar que esa retórica inevitablemente acabaría por producir un día u otro una forma de pasar a la acción a gran escala. En 1593, un pastor alemán un poco más pacífico que los demás se alarma por esos «pequeños folletos que divulgan por todas partes injurias contra las mujeres» y cuya lectura «sirve de pasatiempo a los ociosos»; «y el hombre del pueblo, a fuerza de oír y de leer esas cosas, se exaspera contra las mujeres, y cuando se entera de que una de ellas ha sido condenada a morir en la hoguera, exclama: “¡Bien hecho!”».

«Histéricas», «pobres mujeres»: Anne L. Barstow subraya igualmente la condescendencia que demuestran muchos historiadores con respecto a las víctimas de la caza de brujas. Colette Arnould encuentra la misma actitud en Voltaire, que escribía a propósito de la brujería: «Solo la acción de la filosofía ha curado de esta abominable quimera y ha enseñado a los hombres que no es necesario quemar a los imbéciles». Ahora bien, objeta ella, «los imbéciles habían sido los jueces en primer lugar, y se habían esmerado tanto que esa imbecilidad se había vuelto contagiosa».26 Encontramos asimismo el reflejo de culpar a las víctimas: estudiando las persecuciones en el sur de Alemania, el eminente profesor estadounidense Erik Midelfort observa que las mujeres «parecían provocar una intensa misoginia en aquella época» y aconseja estudiar «por qué ese grupo se colocaba en situación de chivo expiatorio».27 Carol F. Karlsen critica el retrato ofrecido a menudo de las acusadas en Nueva Inglaterra que, al evocar su «mal carácter» o su «personalidad desviada», abraza el punto de vista de los acusadores. Ve en ello una manifestación de la «tendencia profundamente enraizada en nuestra sociedad de considerar a las mujeres responsables de la violencia que se les inflige».28 Quizá ese desprecio y esos prejuicios significan simplemente que, aunque no las aprueben, aunque perciban su horror, los que hacen de las persecuciones de brujas objeto de estudio histórico siguen siendo, a pesar de todo, igual que Voltaire, un producto del mundo que perseguía a las brujas. Quizá deberíamos deducir que el trabajo necesario para exponer el modo en que ese episodio transformó las sociedades europeas apenas ha dado sus primeros pasos.

El balance en vidas humanas sigue siendo muy controvertido, y seguramente no se determinará jamás con certeza. En la década de los setenta, se hablaba de un millón de víctimas, incluso muchas más. Hoy en día, se dice que fueron entre cincuenta mil y cien mil.29 No se incluyen en este recuento las que fueron linchadas, ni las que se suicidaron o murieron en prisión, fuera a consecuencia de las torturas o por culpa de las sórdidas condiciones de su encarcelamiento. Otras, sin perder la vida, fueron desterradas, o vieron arruinada su reputación y la de sus familias. Pero todas las mujeres, incluso las que nunca fueron acusadas, sufrieron los efectos de la caza de brujas. La pública puesta en escena de los suplicios, poderoso instrumento de terror y de disciplina colectiva, las conminaba a mostrarse discretas, dóciles, sumisas, a no molestar. Además, debieron de adquirir de un modo u otro la convicción de que encarnaban el mal; debieron de convencerse de su culpabilidad y de su perversidad innatas.

Fue el fin de la subcultura femenina vivaz y solidaria de la Edad Media, constata Anne L. Barstow. Para ella, el ascenso del individualismo —en el sentido de replegarse sobre sí mismo y concentrarse únicamente en los intereses propios— en el transcurso del período subsiguiente, debe ser atribuido, en el caso de las mujeres principalmente al miedo.30 Había muchos motivos para sentirse inclinadas a mantener un perfil discreto, y de ello dan fe varios casos. En 1679, en Marchiennes, Péronne Goguillon escapó por los pelos de una tentativa de violación a manos de cuatro soldados ebrios que, para dejarla en paz, le arrancaron la promesa de entregarles dinero. Al denunciarlos, su marido atrajo la atención sobre la mala reputación anterior de su mujer: la quemaron por bruja.31 Igualmente, en el caso de Anna Göldi, su biógrafo, el periodista suizo Walter Hauser, encontró el rastro de una queja por acoso sexual que ella había presentado contra el médico para el que trabajaba como criada. Para defenderse, el médico la acusó entonces de brujería.32

De El mago de Oz a Starhawk

Al adueñarse de la historia de las mujeres acusadas de brujería, las feministas occidentales han perpetuado su subversión —fuera o no deliberada—, a la vez que han reclamado para sí, como un desafío, el terrorífico poder que les otorgaban los jueces. «Somos las nietas de las brujas que no lograsteis quemar», dice un famoso eslogan; o en Italia, en la década de los setenta: «¡Temblad, temblad, las brujas han vuelto!» (Tremate, tremate, le streghe son tornate!). También han reclamado justicia, luchando contra el tratamiento ligero y edulcorado de esta historia. En 1985, la villa alemana de Gelnhausen transformó en atracción turística la «Torre de las brujas», la construcción donde, en otro tiempo, emparedaban vivas a las acusadas de brujería. La mañana de la apertura al público, unas manifestantes vestidas de blanco desfilaron en torno al edificio, mostrando pancartas en las que figuraban los nombres de las víctimas.33 En ocasiones, estos esfuerzos de sensibilización, sea cual sea su origen, han dado sus frutos: en 2008, el cantón de Glaris rehabilitó oficialmente a Anna Göldi, gracias a la obstinación de su biógrafo, y le consagró un museo.34 Friburgo, Colonia y Nieuwpoort (en Bélgica), siguieron su estela. Noruega inauguró en 2013 el monumento conmemorativo de Steilneset, fruto de una colaboración entre el arquitecto Peter Zumthor y la artista Louise Bourgeois, que rinde homenaje, en el lugar mismo en que fueron quemadas, a las 91 personas ejecutadas en la comarca septentrional de Finnmark.35

La primera feminista en desenterrar la historia de las brujas y en reclamar ese título para sí misma fue la estadounidense Matilda Joslyn Gage (1826-1898), que defendía el derecho al voto de las mujeres, pero también los derechos de los nativos americanos y la abolición de la esclavitud; fue condenada por ayudar a escapar a esclavos fugitivos. En Woman, Church and State, en 1893, abordó una lectura feminista de la caza de brujas: «Cuando, en lugar de “brujas”, decidimos leer “mujeres”, comprendemos mejor las atrocidades cometidas por la Iglesia contra esa porción de la humanidad».36 Ella inspiró el personaje de Glinda en El mago de Oz, escrito por Lyman Frank Baum, que era su yerno. Al adaptar la novela al cine en 1939, Victor Fleming dio origen a la primera «bruja buena» de la cultura popular.37

Más tarde, en 1968, el día de Halloween en Nueva York, surgió el Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell [Diabólica conspiración terrorista internacional de las mujeres], o WITCH, cuyos miembros desfilaron por Wall Street bailando la zarabanda, con las manos enlazadas, vestidas con capas negras, pasando por delante de la Bolsa. «Con los ojos cerrados, la cabeza baja, las mujeres entonaron un cántico bereber (sagrado para las brujas argelinas) y proclamaron el hundimiento inminente de diversas acciones. Unas horas más tarde, el mercado cerró con un descenso de un punto y medio, y al día siguiente, cayó cinco puntos», relataba unos años más tarde una de ellas, Robin Morgan.38 Subrayaba, no obstante, su ignorancia total, a la sazón, sobre la historia de las brujas: «En la Bolsa, pedimos una entrevista con Satán, nuestro superior, un paso en falso por el que ahora, con la distancia, me siento consternada: fue la Iglesia católica la que inventó a Satán y que después acusó a las brujas de satanistas. Nosotras mordimos el anzuelo patriarcal en este asunto, como en tantos otros. Fuimos estúpidas. Pero unas estúpidas con estilo».39 Es cierto: las fotos del acontecimiento lo demuestran. En Francia, el feminismo de la segunda oleada supuso la creación de la revista Sorcières, publicada en París entre 1976 y 1981 dirigida por Xavière Gauthier, y en la que colaboraron Hélène Cixous, Marguerite Duras, Luce Irigaray, Julia Kristeva, Nancy Houston, y también Annie Leclerc.40 Debemos mencionar asimismo la hermosísima canción de Anne Sylvestre, que, además de sus canciones infantiles, es autora de un importante repertorio feminista: Une sorcière comme les autres, escrita en 1975.41

En 1979 se publicó en Estados Unidos The Spiral Dance, el primer libro de Starhawk. Iba a convertirse en una obra de referencia sobre el culto neopagano de la diosa. No obstante, el nombre de la bruja californiana —nacida como Miriam Simos en 1951— no llegó a oídos europeos hasta 1999, a raíz de la destacada participación de Starhawk y sus amigas en las manifestaciones contra la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Seattle, que supusieron el nacimiento de la antiglobalización. En 2003, el editor Philippe Pignarre y la filósofa Isabelle Stengers publicaron la primera traducción francesa de uno de sus libros: Femmes, magie et politique, que data de 1982.42 Al señalar en una lista de debate el artículo que yo le había dedicado, recuerdo haber desencadenado el furioso sarcasmo de otro abonado, autor de novelas policíacas, que no tuvo palabras suficientemente duras para expresar el abatimiento en que se había hundido la idea de «brujería neopagana». Una quincena de años más tarde, su opinión seguramente no habrá cambiado, pero la referencia ha perdido gran parte de su incongruencia. Hoy en día las brujas están en todas partes. En Estados Unidos, forman parte del movimiento Black Lives Matter (Las vidas de los negros importan), contra los asesinatos racistas cometidos por la policía, lanzan sortilegios a Donald Trump, protestan contra los supremacistas blancos o contra los que cuestionan el derecho al aborto. En Portland (Oregón) y otros lugares, algunos grupos han resucitado el WITCH. En Francia, en 2015, Isabelle Cambourakis bautizó como «Sorcières» la colección feminista que creó en el seno de la editorial familiar. Comenzó por publicar de nuevo Femmes, magie et politique, que ha encontrado mucho más eco que la primera vez,43 sobre todo teniendo en cuenta que acaba de publicarse la traducción francesa de Caliban et la sorcière de Silvia Federici. Y durante las manifestaciones de septiembre de 2017 contra la reforma laboral, apareció en París y Toulouse un grupo WITCH feminista y anarquista que desfiló con sombreros puntiagudos y la pancarta: «Macron au chaudron» (Macron al caldero).

También los misóginos se muestran, como antaño, obsesionados con la figura de la bruja. «El feminismo anima a las mujeres a abandonar a sus maridos, a matar a sus hijos, a practicar la brujería, a destruir el capitalismo y a convertirse en lesbianas», criticaba ya en 1992 el televangelista estadounidense Pat Robertson en un discurso que se ha hecho famoso (y que en muchas suscitó esta reacción: «¿Dónde hay que apuntarse?»). Durante la campaña presidencial de 2016 en Estados Unidos, el odio manifestado contra Hillary Clinton superó con mucho las críticas, incluso las más virulentas, que legítimamente se le podían dirigir. Se asoció a la candidata demócrata con el «Mal» y se la comparó profusamente con una bruja, es decir, la atacaron como mujer más que como dirigente política. Tras su derrota, algunos desenterraron en YouTube la canción que celebra la muerte de la malvada Bruja del Este en El mago de Oz: Ding dong, the Witch is Dead («Ding dong, la bruja ha muerto»), una cantinela que había resurgido ya con ocasión del fallecimiento de Margaret Thatcher en 2013. La referencia no la esgrimieron solo los electores de Donald Trump, sino también algunos partidarios del rival de Hillary Clinton en las primarias. En la página oficial de Bernie Sanders, uno de ellos anunció una colecta de fondos bajo el epígrafe Bern the Witch (un juego de palabras con Burn the Witch, «Quema a la bruja», con «Bern» como «Bernie» en lugar de burn); un anuncio que el equipo de campaña del senador de Vermont retiró en cuanto se le advirtió.44 Entre la serie de bromas lamentables sobre el tema, el editorialista conservador Rush Limbaugh espetó: «She’s a witch with a capital B» («Es una bruja con una P mayúscula»). Ignoraba sin duda que en el siglo XVII un protagonista de los sucesos de Salem, en Massachusetts, había explotado ya esta consonancia al llamar bitch witch («puta bruja») a una de las acusadoras, su criada Sarah Churchill.45 Como reacción, durante las primarias demócratas aparecieron insignias de «Las brujas con Hillary» o «Las arpías con Hillary».46

En los últimos años, se ha producido un cambio notable en el modo en que las feministas francesas se acercan a la figura de la bruja. En su presentación de Femmes, magie et politique, en 2003, los editores escribieron: «En Francia, los que se dedican a la política han adquirido la costumbre de desconfiar de todo lo que se relaciona con la espiritualidad, que se han apresurado a tachar de extrema derecha. Magia y política no casan bien, y si las mujeres deciden llamarse brujas, es desembarazándose de lo que ellas consideran supersticiones y creencias antiguas, reteniendo tan solo la persecución de la que fueron víctimas por parte de los poderes patriarcales». Esta conclusión no es ya tan certera hoy en día. En Francia, como en Estados Unidos, jóvenes feministas, pero también hombres gais y transexuales, reivindican tranquilamente recurrir a la magia. Entre el verano de 2017 y la primavera de 2018, la periodista y novelista Jack Parker publicó Witch, Please, «la newsletter de las brujas modernas», que contó con varios miles de suscriptores. En este boletín, difundió fotos de su altar y sus libros de hechizos personales, entrevistas a otras brujas, así como consejos para hacer rituales relacionados con la posición de los astros y las fases de la luna.

Estas nuevas adeptas no siguen ninguna liturgia común: «La brujería, siendo una práctica, no precisa acompañarse de un culto religioso, pero puede combinarse con él perfectamente —explica Mæl, una bruja francesa—. No existe una incompatibilidad fundamental. También se encuentran brujas en las grandes religiones monoteístas (cristianas, musulmanas, judías), brujas ateas, brujas agnósticas, además de brujas de religiones paganas y neopaganas (politeístas, wiccanas, helenistas, etc.)».47 Starhawk —que se inscribe por su parte dentro del amplísimo espectro de la wicca, la religión neopagana— propone también la invención de rituales en función de las necesidades. Explica, por ejemplo, cómo nació el ritual con el que sus amigas y ella celebran el solsticio de invierno, encendiendo una gran fogata en la playa y sumergiéndose luego entre las olas, alzados los brazos, con cánticos y gritos de júbilo: «Durante uno de los primeros solsticios que celebramos, fuimos a la playa a ver la puesta de sol antes de nuestro ritual de la noche. Una mujer dijo: «¡Quitémonos la ropa y lancémonos al agua! ¡A ver quién se atreve!». Recuerdo haberle respondido: “Estás loca”, pero lo hicimos igualmente. Al cabo de unos años, se nos ocurrió encender fuego, más que nada para evitar la hipotermia, y así nació una tradición. (Haz una cosa una vez y será una experiencia. Hazla dos veces y será una tradición).»48

La visitante del crepúsculo

¿Cómo explicar esta insólita moda? Quienes practican la brujería, hombres y mujeres, han crecido con Harry Potter, pero también con las series Embrujadas —en la que las heroínas son tres hermanas brujas— y Buffy cazavampiros —donde Willow, en un principio tímida y apocada alumna de instituto, se convierte en una poderosa bruja—, lo que puede haber tenido su influencia. La magia aparece paradójicamente como un recurso muy pragmático, un arrebato vital, una manera de arraigarse en el mundo y en la vida en una época en la que todo parece aliarse para volverte más débil y más precario. En su boletín del 16 de julio de 2017, Jack Parker rehusaba decidir entre «efecto placebo o auténtica magia ancestral»: «Lo importante es que funciona y que nos hace bien, ¿no? [...] Estamos siempre buscando el sentido de la vida, de nuestra existencia, y por qué y cómo y a dónde voy y quién soy y en qué me voy a convertir, así que, si podemos aferrarnos a un par o tres de cosas que nos confortan y que tenemos la impresión de dominar por el camino, ¿por qué tirar piedras

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