Cambiar de idea

Aixa de la Cruz

Fragmento

cap-1

Accidente

Es julio de 2017. Iván y yo deambulamos de ciudad en ciudad porque el piso que me presta mi abuelo en temporada baja está alquilado. Mis vacaciones son un desahucio encubierto. Esta noche la pasamos en Madrid con June, en su casa con vistas a Palacio que cada sábado por la noche se convierte en un after para escritores y políticos de izquierda. Ahora hay cargos públicos entre nuestras filas y necesitan drogarse en privado. Solo dejan de actuar, de ser institucionales, representantes del pueblo, cuando acceden a la intimidad de un salón con pocos muebles y muchas baldas de novelas literarias. Nos emborrachamos sin tregua para hablar sin tregua y, mientras lo hacemos, siempre hay alguien que le dice a otro: deberías escribir sobre esto, sobre tu experiencia con los autobuses, por ejemplo, sobre aquella vez en Córdoba, a los dieciocho años, cuando te montaste sola en uno que jamás alcanzó su destino porque tu compañera de asiento comenzó a apretarte la mano gritando me ahogo, me ahogo, me está dando un infarto, y aunque era evidente que tenía un ataque de ansiedad, avisaste al conductor, y este llamó a la ambulancia, y entre una cosa y otra, cuando al fin llegaste al barrio periférico al que te dirigías, el centro de planificación familiar estaba cerrado y tuviste que abortar por la seguridad social, que era a lo que te negabas por miedos que no resultaron infundados: te atendió una ginecóloga cuya consulta estaba decorada con estampas de la Virgen del Rocío y te obligó a rellenar un cuestionario que te pareció humillante y no te sonrió ni una sola vez. Y luego a los diecinueve te mudaste a vivir a Oviedo con un mexicano sin papeles que te pidió matrimonio y el día antes de la boda, de camino a la estación, tuviste que parar en Correos para echar la solicitud de una beca y le pediste que se adelantara, que te esperara en el andén, y la cola de Correos era inmensa, entregaste el paquete y saliste corriendo, pero a pesar de la carrera el bus se fue a Bilbao sin ti y con tu futuro marido dentro, y aquel matrimonio fracasó pero la beca te la concedieron, y con ella escribiste una novela que todavía te parece digna.

June dice que estas historias contienen el sustrato de un buen cuento. June grita que solo escriben autoficción los señores aburridos y solemnes, y las señoras judías. Que Vivian Gornick no tiene ni idea de lo que es una madre difícil. Que visto el fracaso cosechado, quizás vaya siendo hora de subastar nuestras vísceras. En pleno apogeo etílico, todo el mundo habla de lo mucho que quiere escribir, pero nadie escribe. Surgen otros planes. Me ofrecen cocaína, por ejemplo, y mi atención se dispersa. Monologo ante un cargo de Podemos. Le reprocho que su formación no esté capitalizando los resultados que obtuvieron en Euskadi. Me siento una autoridad en la materia hasta que confieso que yo jamás los he votado, y me da la risa. Hay una chica que está de MDMA por primera vez y le encanta el tejido de mi camiseta. Le encantan los letreros luminosos que se ven por la ventana, las cosquillas de un reguero de sudor que le atraviesa la nuca, las imágenes ralentizadas como si el cinematógrafo se hubiera atascado. Me da envidia y quiero estar en su cuerpo, así que engullo una piedrita de cristal a pesar de que las drogas ya no son lo que eran antes. Me arrepiento ahora de la resaca de mañana. Todo se desgasta por el uso.

Despierto en la cama de invitados con el sistema de recompensas del cerebro en rebeldía. Me duelen las mandíbulas y tengo escoriaciones en la lengua. Para entender la depresión clínica solo hace falta imaginarse a una persona para quien todas las mañanas de su vida sean como esta. Escucho las voces de Iván y de June en el salón, pero no estoy preparada para estar con nadie. Alargo la mano hacia el teléfono móvil y comienzo a revisar mensajes no leídos, que es una forma de reincorporarse al mundo poco a poco. Después de contestar a mi madre y de ignorar a los que han seguido de fiesta hasta las doce, llego a un audio de mi amiga Zuriñe que llevo varios días ignorando.

Hola, Aixa, me parece ridículo contarte esto por WhatsApp, pero pensé que sería peor que te enteraras por ahí... El 26 de junio tuve un accidente muy grave, me empotré contra un camión de camino al trabajo y... no sé, es como si todo fuera un sueño, porque no perdí el conocimiento y eso que los bomberos tardaron hora y media en sacarme del chasis, pero lo recuerdo como si no me hubiera pasado de verdad... Mi novio dice que soy tan obsesa del control que no pude dejarme ir ni entonces... Y... pues tengo todos los huesos rotos, la cadera hecha trizas por mil sitios, pero son solo eso, huesos, y la gente no para de repetirme que es un milagro que lo pueda contar. No sé... Es todo muy loco. En El Correo salió una nota sobre el accidente y había fotos de cómo quedó el coche y mi madre comenzó a recibir llamadas de gente que me daba por muerta, pero ahora no te pongas a buscar esas fotos, ¿vale? Que te conozco y eres una morbosa. En fin, era solo para que lo supieras, y para que no te asustes. Todavía no quiero que me hagan visitas, pero cuando esté mejor igual te pido que vengas a verme, ¿sí? Para que me cuentes tu verano y tu vida interesante y me ayudes a reírme un poco. Pero ahora estate tranquila, por favor. Ya ha pasado todo.

Lo primero que hago es buscar las fotos, obviamente. El coche parece una mariquita con las alas desplegadas; el motor descubierto y, a cada lado, un flanco de carrocería roja apuntando al cielo. De Zuriñe solo son visibles el vial que sostiene un bombero en alto y los manchurrones de sangre en la puerta del conductor. Me quedo muy quieta esperando una respuesta emocional que no llega y sé que esto ya me ha pasado antes, en esta misma ciudad, cuando vivía con mi exnovio en un ático de Malasaña. Hoy es mediodía y entonces era medianoche. Habíamos estado bebiendo con un escritor de paso y volvía a casa deshecha, exprimida por aquel futuro talento de nuestra generación. Paré en el vending de la esquina a comprar un sándwich de atún y, sin quitarme ni el abrigo ni los zapatos, me senté a la mesa y comencé a masticar. Con la mano que me quedaba libre desbloqueé el teléfono móvil y supe al instante que había pasado algo porque tenía catorce llamadas perdidas de Muriel y de Javitxu, y cientos de mensajes de WhatsApp del grupo de mi cuadrilla de Bilbao. Habían encontrado muerto a Gari. Juan estaba frente a mí y notó que pasaba algo. Se lo conté. Han encontrado muerto a Gari. Y entonces cogí mi sándwich y lo arrojé a la basura, porque se supone que estas cosas te quitan el hambre y era incomprensible que quisiera seguir comiendo. Pero qué hambre tenía. Si me hubieran escaneado el cerebro se habrían encontrado con que el único centro emocional activo era ese, el del hambre. Me encerré en el baño a llorar, a forzarme a llorar, pero no me salió nada. Al menos, pensé, Juan se creerá que lo estoy haciendo.

Vuelvo a escuchar el audio. Me cuesta identificar esta voz que se desliza de puntillas, porque no es la voz de la campeona del futbolín que disolvía peleas a gritos, ni la de la traductora simultánea, sino la de una adolescente asustada a la que nunca conocí. ¿O será que no distingo a Zuriñe porque hace casi un año que no nos vemos? Hace casi un año que no veo a casi nadie. La redacción de mi tesis me tuvo recluida de enero a junio, diez horas al día en mi burbuja frente a la playa en invierno, con el teléfono apagado, el pelo sucio y una alimentación paupérrima a base de latas de atún que ha transformado mis pechos en dos legajos de piel con pezones; seis meses de exención de cuidados hacia fuera y hacia dentro. Soñaba con la fecha en la que depositaría mi tesis, con las vacaciones, con retomar el contacto con mis seres humanos afines, pero no he sabido volver. Sigo desnutrida, indiferente, sin ninguna obligación y siempre demasiado ocupada para quedar con mi madre o responder a un maldito mensaje de WhatsApp. Cuenta con los dedos. Diez días. Has tardado diez días en dignarte a escuchar a Zuriñe, que se acordó de ti en cuanto recobró la con ciencia.

La autocompasión me pega mucho más fuerte que las imágenes sensacionalistas, peor que la sangre y la carrocería deshecha, y llegan las reacciones somáticas que buscaba. Llorando, irrumpo en el salón donde mi performance de culpa tendrá su público. Declamo entre hipidos: ¿qué pensará de mí? ¿Qué se piensa de alguien que tarda diez días en contestar al anuncio de que casi mueres? Porque tiene desactivado el doble check, o sea que no podía saber si había abierto el mensaje o no, si estaba siendo una hija de puta o una grandísima hija de puta.

Iván y June me observan atónitos desde el sofá. La sorpresa les borra los signos de resaca. Dejan de ser cadáveres hermosos, con las líneas de expresión difuminadas por la sobrecarga de serotonina, y hacen muecas, activan sus músculos faciales y sus arrugas de cuasi-cuarentones para procesar mis mañas de cuasi-treintañera. Mejor no les confieso que últimamente me fijo mucho en las arrugas, sobre todo en las mías, en las que me imagino que tengo. Por las mañanas, en el espejo con bombillitas del tocador, me miro y me veo arrasada. Una de mis neurosis recurrentes es que voy a envejecer pronto y mal por culpa de mis excesos. Me obsesionan los poros dilatados y las líneas de expresión porque son el indicio de que la fiesta dejará huellas. Que la fiesta se acabó hace un rato lo entiendo ahora. Que la gente se accidenta y sufre y muere parece que también, y eso que las señales me rondaban desde hace un tiempo, desde que mi tía enfermó de cáncer y Gari se tragó una bolsa con cinco gramos de cocaína y Jaime dejó de salir de noche porque las luces de las discotecas se le transformaban en espectros con forma de serpiente. Cosas que pasan. Material para esa novela de autoficción que no le debemos al mundo.

Iván me saca del drama unipersonal que protagonizan mis rumiaciones, de vuelta al presente: pero ¿Zuriñe está bien? Lo que significa: ¿saldrá de esta? Y June, siempre tan empática con los derrumbes ajenos, me ataca: ¿y a ti solo te importa lo que piensen de ti? La intento mirar con odio pero no me sale, así que agacho la cabeza y encajo el golpe. Al fin y al cabo tiene razón. En este relato el único dolor que existe es el mío. Zuriñe es simbólica. Su cuerpo se ha roto, pero su cuerpo no está aquí para confrontarnos. Dependo de un coche para el desguace que nunca le vi conducir y de un relato oral que tampoco funciona porque el dolor físico impugna el lenguaje, destruye el mundo, como dice Elaine Scarry. Necesitaría ver sus heridas, o alguna herida a la altura, pero en este salón solo tenemos tatuajes y cicatrices. Con la yema de los dedos repaso los contornos de mi gran accidente, minúsculo en comparación con el de mi amiga y, aun así, la única experiencia que nunca se me vuelve recuerdo, quizás porque perduran las marcas. Tienen formas caprichosas. Ya no son tan oscuras como al principio —sus contornos se han desdibujado y comienzan a cubrirse de vello muy fino—, pero siguen revelando cartografías de ficción. La más extensa parece Madagascar. La acompañan, como en un archipiélago, cinco islotes de orografía serpenteante. Y aunque las zonas más afectadas fueron mis espinillas, conservo peñones solitarios en los antebrazos y en el pecho. ¿Cómo se habrá marcado el cuerpo de Zuriñe? ¿Tendrá el rostro decorado con incrustaciones de cristales?

Busco inspiración en los cuerpos de mis amigos. La ceja izquierda de Iván está partida por una sutura muy antigua de cuando su hermana le arrojó un tenedor como si fuera una daga voladora. A June le oculta el pelo una brecha de diez puntos en la zona parietal del cráneo que se hizo en un cursillo de natación, contra el bordillo de la piscina. A Iván todavía se le notan los desgarros del antebrazo con los que aprendió que hay perros a los que no les gusta que los niños les acaricien las encías. June rememora que en una excursión del colegio estuvo a punto de matar a un compañerito al que arrojó de un empujón contra las piedras del rompeolas de Arminza. Yo expongo mis extremidades sobre la alfombra, las muestro como si fueran mercancía a la venta, y constato que, pese a los destrozos, soy la única que llegó a la adolescencia sin puntos de sutura. Mis primeras cicatrices de rodilla son de una ortoscopia a los quince años. Dos líneas breves, regulares. Poco después de la operación, me caí por las escaleras de la calle Ronda tras haberme bebido medio litro de kalimotxo de trago por una apuesta con Javitxu, y aterricé sobre un pivote de tráfico. Me clavé la punta y la herida fue tan sucia que nunca cicatrizó por completo. Tengo un vacío de carne cubierto por dos centímetros de tejido transparente. No hay rastros anteriores a 2003. Es como si mi cuerpo nunca hubiera sido el de una niña o no tuviera memoria de haberlo sido. Soy hija de los miedos de mi madre, quien afirma que ser madre es descubrir el miedo. Su lema antes del parto era «Lo que tenga que pasar, pasará». Su vida después del parto fue la de un guardaespaldas. Me cuenta que aprendí a andar muy pronto y que me seguía a cada paso, vigilando que no tropezara, y que solo fracasó una vez. Estábamos en el pueblo de mis abuelos, donde el peligro es menos inminente, y alguien había roto unos cascotes en las escaleras de la iglesia. Tropecé y caí sobre ellos. Me incorporé tan tranquila, absorta en la sangr

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