Hispania incognita

Templespaña

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

Introducción

Primera parte

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Segunda parte

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Tercera parte

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Cuarta parte

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Quinta parte

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Bibliografía sumaria

Imágenes

Sobre Templespaña

Créditos

Grupo Santillana

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Introducción

 

 

 

 

Hispania incognita es una obra sorprendente y apasionante que propone un viaje más allá de la Historia: a la prehistoria y protohistoria, al mito y la leyenda, a la tradición, el heroísmo y el enigma histórico. Un recorrido en el tiempo y en el espacio, pues también se dan a conocer lugares mágicos de una geografía secularmente sagrada.

Hispania es el nombre que los romanos dieron a la Península Ibérica. Llamada Iberia por los griegos en alusión al río Iberus (Ebro actual), la Hispania del Imperio romano y del Reino visigodo pasó a llamarse Spania y, finalmente, España.

Pero no sólo romanos, griegos y visigodos han habitado el solar ibérico. Otros pueblos, a lo largo de los siglos, han dejado su impronta, sus vestigios y también su sangre derramada en incontables guerras.

Celtas, iberos, celtíberos, tartesios, suevos, vándalos, alanos, fenicios, cartagineses, hebreos, árabes y bereberes... El oscuro origen de alguno de estos pueblos que conformaron el crisol hispánico ha dado pie a multitud de mitos, arcanos, tradiciones y leyendas que, en algunos casos, se remontan a tiempos inmemoriales.

La mitología ibérica, cuyo embrión primordial nace de la arcaica tradición céltica, incorpora a su panteón de dioses y cultos todo el conjunto de mitos de la civilización occidental grecolatina, generando así un patrimonio cultural y etnográfico de singular riqueza, al que se van añadiendo nuevas creencias y costumbres en el devenir de los siglos, de invasiones y de reconquistas.

En unos tiempos, los modernos, en que la literatura y otros ámbitos están contribuyendo a la invención de nuevos mitos carentes de sustrato, no está de más recrear —en su doble sentido de producir de nuevo y de divertir o deleitar— aquellos mitos ancestrales que, nacidos del poso de la realidad histórica, han ido configurando la realidad de España como nación más antigua de Europa.

El reino visigodo fue el primer Estado político independiente y unificado de la Península Ibérica, y no está de más recordar que todos los monarcas cristianos de los reinos hispanos medievales sentían añoranza por la Hispania unificada de los reyes godos. Se sabían herederos del legado gótico y creían tener por misión sagrada liberar a Hispania del dominio musulmán y reunificar el antiguo reino: desde el pamplonés Sancho III el Mayor de Navarra (1004-1035), enterrado en Oña (Burgos) bajo el título de «Sancius, Gratia Dei, Hispaniarum Rex», hasta el rosellonés Jaime I el Conquistador de Aragón (1208-1276), que reinó también en los condados catalanes (antigua Marca Hispánica), y desde el gallego Alfonso VII el Emperador de Castilla (1105-1157), quien se refería a sí mismo como «ego Alfonsus, Dei gratia totius in Hispania imperator», hasta los Reyes Católicos, que culminaron la larga Reconquista (718-1492), todos los monarcas hispánicos tuvieron presente (aunque no siempre actuaron con la generosidad y altura de miras necesaria) que el objetivo último era la unidad.

Al hablar de la España más desconocida no podía eludirse la España islámica, a menudo olvidada o reescrita por los vencedores. Efectivamente, a partir del siglo XI empezó a redenominarse España (Hispania) a toda la Península, sin distinción entre cristianos y musulmanes. El gran poeta lusitano de la modernidad, Camões, se refería a esta denominación común y escribió: «Castellanos y portugueses, porque españoles lo somos todos».

«Una civilización empieza en el mito y acaba en la duda». Esta lapidaria frase del filósofo y moralista de origen rumano Emil Michel Cioran (1911-1995) resume a la perfección el proceso actual que padece España, una nación cuyo atavismo cabe sondear entre las brumas del mito atlante y las legendarias hazañas de Hércules, trasunto latino del héroe griego Heracles, y de Gerión, rey de Tartessos; una nación que comienza a cobrar entidad ya en el siglo VI de la mano del monarca visigodo Leovigildo; una nación que padeció los efectos ominosos de la desmembración durante la invasión islámica y el feudalismo; una nación que, en los albores del Renacimiento, se recompone y se lanza a la aventura descubridora más importante de la historia de la Humanidad: la conquista y evangelización del Nuevo Mundo; una nación que, entrado ya el siglo XXI, en su periodo de mayor estabilidad política y bienestar social, acaba dudando de sí misma...

Afortunadamente, el nihilismo y la ironía derrotista de Cioran nunca han sido propios del acervo y la idiosincrasia hispánica, más dada a los maximalismos, al tremendismo y a las pasiones viscerales; sirvan como ejemplos expresivos las totémicas fiestas taurinas o las solemnes celebraciones religiosas, ancestrales costumbres que en los tiempos actuales siguen gozando del fervor popular.

El también filósofo e historiador escocés David Hume (1711-1776) escribió que «la costumbre constituye la guía fundamental de la vida humana». Así es, el conocimiento de las costumbres supone una guía importante para comprender el alma de un país y de sus gentes. Pero no menos importante es conocer la intrahistoria, término unamuniano para designar la vida tradicional, que sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible, y, sobre todo, crucial es indagar en el pasado más primigenio, pues en él puede vislumbrarse al mismo tiempo el origen y los hados de un pueblo.

Por ello, en esta obra se propone un recorrido que, partiendo de la prehistoria y del mito del continente perdido, desemboca en el romanticismo decimonónico nostálgico de las épicas glorias perdidas. No estamos ante una crónica histórica ni ante un discurso panegírico, sino más bien ante un auténtico relato de aventuras épicas y enigmas insondables que, una vez más, si algo viene a demostrar es que la realidad a menudo supera a la ficción.

Como no podía ser de otra forma para una sociedad de estudios templarios y medievales, en este recorrido por la Hispania incógnita se incide en los misterios más sugerentes de la injustamente llamada «época oscura»: el Medievo de los Caballeros Templarios.

Decía el catedrático de Geografía e historiador Javier Martín-Vide que «sólo desde la ignorancia y la desmemoria un pueblo olvida su pasado, por reciente que éste sea». Que el conocimiento de las grandes gestas y los estrepitosos fracasos del pasado sirva a las nuevas generaciones para construir un futuro de unidad, paz — basada en la justicia— y esperanza.

 

FERNANDO ARROYO DURÁN

Coordinador de la obra

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Primera parte:
Ancestros, mitos y tradiciones

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CAPÍTULO I

El hombre fósil
JUAN IGNACIO CUESTA MILLÁN

 

 

«Enterrado en nuestros días bajo las ruinas y los aludes, este país de los hombres primitivos fue en su tiempo no menos grandioso y civilizado que la Pompeya romana de los clásicos. En el valle de la Vézère no se levantaban palacios pomposos de mármol, ni se entraba en lujosos palacetes y chalés señoriales con pórticos sostenidos por columnas corintias, pero sí se alzaban fantásticas paredes rocosas en las orillas del río, que guardaban la sencilla morada del hombre nómada de las cavernas».

HERBERT WENDT, citando a OTTO HAUSER, Tras las huellas de Adán.

 

 

 

Aunque resulta difícil de apreciar en el transcurso de los pocos años que viven las distintas especies, la frontera entre mar y tierra está en permanente cambio, tanto en sentido vertical como horizontal, aunque las variaciones son mínimas, incluso durante los grandes cataclismos.

Sin embargo, a lo largo de la dilatada historia de la Tierra, el nivel del mar ha ascendido o descendido notablemente, dependiendo de distintas circunstancias, la mayoría relacionadas con el enfriamiento o calentamiento global. Se conoce este fenómeno como «trasgresión» o «regresión». Ambos son conceptos relativos que toman como referente el estado actual (que no tiene por qué ser el óptimo). Durante las etapas frías, en que las intensas glaciaciones extendieron los hielos por amplias regiones, la regresión provocó que las playas estuvieran en cotas sensiblemente inferiores a las actuales. Sin embargo, en los periodos cálidos, como el Calabriense, el agua ascendió muchos metros. ¿Fue durante una regresión cuando algunos homínidos pudieron encontrar la forma de cruzar el estrecho de Gibraltar utilizando zonas pantanosas y multitud de pequeñas islas? Así opina la doctora Marie-Henriette Alimen, directora honoraria del Laboratorio de Geología del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique, París). ¿O, por el contrario, como afirman los antropólogos españoles Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez Mendizábal, del equipo que investiga en Atapuerca (Burgos), los homínidos tuvieron que dar un gran rodeo saltando de África a Asia, y de allí viajar hasta el extremo sur de Europa y la Península Ibérica? Resulta aún muy arriesgado establecer una conclusión definitiva. Cada nuevo hallazgo y cada nueva reflexión significan un cambio y un mayor conocimiento de la remota historia de la Humanidad.

Independientemente del camino que emplearan, en toda Europa han aparecido restos de los que podríamos llamar «hombres fósiles», nuestros más antiguos antepasados, así que tuvieron que llegar de alguna manera.

 

 

LOS MÁS ANTIGUOS

 

Tomando como fuente los datos que Arsuaga y Martínez aportan en La especie elegida, la aparición de los primeros homínidos pudo tener lugar en un periodo comprendido entre 4,5 y 7 millones de años en la región que ocupa la actual Etiopía. Uno de los primeros sería el Ardipithecus ramidus, una especie muy primitiva. A éstos les seguirían los Australopithecus anamensis (unos 4 m.a.), cuyos restos aparecieron en Kenia. Tras ellos hay que considerar la presencia de los Australopithecus afarensis (3,9-3,5 m.a.), de Laetoli, Tanzania. Coetáneos suyos son los restos aparecidos en la región del Chad del denominado Australopithecus bahrelghazali. Por último se citará al Australopithecus africanus, que habitó en la actual región de Sudáfrica en un dilatado periodo que va desde los tres a los dos millones de años.

Estos homínidos comparten su espacio vital con otros que presentan características «distintas» y diferente grado evolutivo: parántropos y homos. Los primeros, etimológicamente «los que están al lado del hombre», se dividen en tres grupos: aethiopicus, robustus y boisei, según la distinta funcionalidad de sus estructuras dentales. La antigüedad de los distintos restos abarca un periodo que va desde los 2,5 a los 1,8 millones de años aproximadamente.

Pero los que aquí interesan son los homos, o sea, aquellos que se separan claramente de sus vecinos para formar un nuevo grupo, cuya característica principal es la capacidad de fabricar utensilios líticos con los que valerse para diversas actividades. Aunque algunos especialistas apuntan la posibilidad de que este género no fuera el único que se aplicó en esta industria, lo que sí parece indiscutible es que la nueva especie la desarrolló mucho más que el resto. Hay que comprender que las primeras manifestaciones de utensilios aparecen muy mezcladas. Incluso podría apuntarse que alguna de las especies comenzó a trabajar la piedra, y quizá las otras la imitaron, sin poder establecer quién fue la primera.

¿Cómo fueron transformándose aquellos seres primitivos? La ciencia establece que el mecanismo fue la evolución, aunque esto contravenga algunos postulados creacionistas mantenidos por distintas religiones que, por cierto, nacieron del mismo principio. Adán se hizo inteligente, dándonos la pista de que existe una relación directa entre los descubrimientos del Homo sapiens y la aparición de esta característica como elemento diferenciador. Una nueva y potente herramienta que permitió ir más allá.

 

 

INTELIGENCIA, ABSTRACCIÓN Y TRASCENDENCIA

 

Según la definición más utilizada, inteligencia es la facultad de conocer, pero resulta insuficiente para designar al hombre primitivo. Habría que aplicar otra noción más descriptiva: «La capacidad de elaborar datos nuevos a partir de los que se tienen». Si se toma en cuenta esta segunda, entenderemos mejor qué separa al hombre de los animales. Pero semejante habilidad intelectual es una facultad de la que hacen gala varias especies animales, e incluso algunas vegetales, aunque podamos aducir que lo hacen de un modo automático por adaptación.

¿Razonar? O sea, argumentar para separar lo cierto de lo falso, lo real de lo imaginario. También podemos reconocer una remota capacidad de elección más allá del instinto en especies como las abejas, hormigas o cetáceos; por lo tanto, sigue sin ser adecuada para explicar el fenómeno humano en el sentido apuntado por el filósofo evolucionista Teilhard de Chardin (1881-1995).

La tesis que cabe defender es que lo que realmente diferenció a la especie Homo de las demás, el gran salto cualitativo, fue la introducción de la trascendencia como elemento separador definitivo y, como consecuencia, la conciencia del ser. Para empezar, no se conoce ninguna especie animal que entierre a sus muertos en función de una existencia ulterior de tipo espiritual, ni tampoco que sea capaz de contemplarse a sí misma como algo externo a la naturaleza y capaz de comprender sus leyes. Es decir, que el rasgo diferencial habría sido el reconocimiento de un residuo inmanente separado del cuerpo físico: el espíritu, capaz de existir más allá de la muerte física y, como consecuencia, la conciencia de superioridad sobre otros seres vivos. En función de todo esto, el hombre fósil empezó a inventar conceptos y seres de naturaleza suprahumana con quienes había que establecer puentes, a fin de beneficiarse de los poderes, capaces de satisfacer sus muchas carencias, que les fueron atribuyendo.

A la vez que aumentaba la capacidad craneana, el espíritu comenzó a ser el motor de la evolución cultural. Pero aún habría de pasar mucho tiempo antes de que se dieran las condiciones para que aparecieran las primeras manifestaciones artísticas netamente separadas de lo mobiliar como dotación pragmática de las necesidades cotidianas, o lo que es lo mismo, actos «inmediatamente inútiles». El hombre empieza entonces a sustituir la cosa por su representación, que adquiere incluso mayor fuerza que el original, según el principio de abstracción. La esencia adquiere todo el poder que puede utilizarse por analogía. Así nació el pensamiento mágico.

 

 

LAS PRIMERAS CULTURAS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

 

Cuanto más antiguos son los restos, son menos abundantes, dispersos y separados. Tan sólo casualidades han permitido que haya yacimientos significativos. En los niveles estratigráficos más antiguos de la Gran Dolina, en la sierra burgalesa de Atapuerca, han aparecido restos de una especie bautizada como Homo antecessor, con una antigüedad de alrededor de 780.000 años, antepasado de dos especies tan significativas como neandertales (fig. 1) y cromañones. No podemos pensar que se trata de un enterramiento colectivo. Se piensa que sirvieron para alimentar a otros congéneres, porque entonces la antropofagia debió de ser una práctica generalizada.

Cuatrocientos mil años después, en Ambrona y Torralba, en la provincia de Soria, otros hombres encontraron un sitio adecuado para nutrirse a base del inmenso Palaelodoxon antiquus, un elefante sin pelo mucho mayor que los actuales que llegaba a pesar cinco toneladas (fig. 2). Sus restos se encuentran junto a los de uros, caballos, lobos, leones y distintas especies de herbívoros. En las épocas de sequía, los animales permanecían junto a los últimos pastos y humedales, donde morían y eran consumidos in situ ayudándose de diversos instrumentos líticos (sílex y cuarcitas) muy toscos.

Hay que volver a la sierra de Atapuerca, porque cien mil años después (hace 300.000 años), en la Sima de los Huesos (cercana a la Gran Dolina), debieron realizarse las primeras inhumaciones por el procedimiento de arrojar a los muertos a una profunda sima donde no pudieran alcanzarlos los carroñeros. Se desconoce si llevaron a cabo algún tipo de ceremonia. Entre los restos ha aparecido un hacha bifaz de cuarcita roja, a la que se ha llamado Excalibur, en recuerdo de la espada que el mago Merlín clavara en la piedra según las tradiciones del ciclo artúrico.

Hasta ahora no se tiene constancia de ninguna manifestación cultural asociada a estas prácticas. Si tales existen, no se han descubierto o han desaparecido por efecto del tiempo. Los primeros «artistas» fueron los neandertales, una especie desaparecida, caracterizada por la utilización de las formas más arcaicas de agricultura (recolección), el uso del fuego y el entierro ceremonial de sus muertos. Luego aparecieron los cromañones e hicieron lo mismo. A no muchos kilómetros de Ambrona, ambas especies humanas crearon el principal santuario del centro de España, la Cueva de los Casares (fig. 3), en Riba de Saelices, Guadalajara. Un poco más lejos, en la costa mediterránea, los segundos crearon otro santuario, el único oficialmente reconocido del arte levantino, la Cova del Parpalló (fig. 4), cerca de Gandía.

 

 

LA CUEVA DE LOS CASARES

 

Desde el pueblo de Riba de Saelices puede verse perfectamente la entrada a uno de los más importantes y antiguos abrigos paleolíticos. Bajo los restos de una atalaya medieval que corona una gran piedra está el acceso al santuario, dominando una ladera en la que pueden verse vestigios de distintos asentamientos celtíberos, romanos, visigodos, árabes y cristianos. Este lugar atrae al hombre desde tiempos remotos. Los racionalistas dirán que se trata de su formidable posición estratégica, cosa que no parece cierta, porque por allí no pasó nunca una ruta importante; otros, más proclives a lo mágico, hablarán de un «lugar de poder», donde actúan distintas energías positivas de tipo telúrico, detectables y aprovechables por el hombre. Bajo la cueva, el río Linares, cargado de sal, viene desde el valle de los Milagros, un desfiladero formado por tormos de arenisca roja de formas retorcidas que están allí desde mucho antes de que se tenga noticia de la existencia de hombres.

Un sencillo camino señalado con dos hileras de piedras indica cómo subir, rodeando las excavaciones de restos históricos, donde podemos ver basamentos de viviendas, de apriscos de ganado y un horno de cal o de yeso muy bien construido.

Sin embargo, al penetrar en la cueva, vamos a entrar en la prehistoria, en concreto, en el Paleolítico Superior, que se divide en cuatro periodos contando hacia atrás desde nuestro tiempo:

 

Auriñaciense, 35.0000 a 30.000 años.

Gravetiense, 30.0000 a 22.000 años.

Solutrense, 22.000 a 17.000 años.

Magdaleniense: 17.000 a 10.000 años.

 

La fecha más antigua en la que ha sido detectada la presencia humana en la cueva hay que situarla hace unos 35.000 años, pero las manifestaciones artísticas de su interior fueron datadas por el arqueólogo Juan Cabré Aguiló (1882-1947) dentro de un periodo que va desde los 20.000 a los 15.000 años. Son anteriores a las pinturas de Altamira y, en general, a la mayoría de las de la cornisa cantábrica. Podrían demostrar la hipótesis de que las migraciones en aquel periodo fueron Asia-Europa, y no al revés, como sostienen el etnólogo y prehistoriador André Leroi-Gourhan (1911-1986) y el abate Breuil (1887-1961), «padre de la prehistoria».

En lo que tienen razón es que se trata de representaciones de carácter mágico-religioso, como puede deducirse de la presencia de dos liebres, protectoras de los santuarios que ahuyentaban a los malos espíritus (así lo cuenta Emilio Moreno, el guía de la cueva desde hace más de cuarenta años). Pero hay muchas más cosas grabadas en las paredes de la Cueva de los Casares. Cosas como un caballo en el que se aprecia lo que podría considerarse un ronzal, ¿prueba de que el hombre domesticaba a este animal en un periodo tan temprano o una raya propia de la textura de la pared? (En total, hay seis cabezas auriñacienses y solutrenses y diecinueve figuras completas solutrenses y magdalenienses).

El historiador suizo Sigfried Giedion, un investigador clave en la historiografía moderna y autor de El presente eterno, los comienzos del arte: una aportación al tema de la constancia y el cambio, advierte: «Al principio se veía en el animal un ser superior al propio hombre: el animal sagrado, el objeto de máxima veneración. Durante la etapa paleolítica —que fue, sobre todo, zoomórfica—, el animal fue el ídolo indiscutible. Esto explica el gran amor y el intenso sentimiento que emanan las representaciones de animales».

El inventario es extenso, hasta llegar a unas doscientas figuras. Se pueden apreciar seis uros y ocho cápridos; diecisiete cérvidos; un reno; dos felinos (león o tigre-sable); un bisonte; un mamut y una máscara de uno de ellos, utilizada por un brujo; animales sin cabeza, aves y una serpiente. Especialmente significativo es un rinoceronte lanudo, especie propia de épocas muy frías. Y, entre varios mustélidos, como comadrejas y nutrias, un animal singular, posiblemente el único glotón parietal representado en el mundo. Hay que añadir los acuáticos, representados por unos veinte peces.

Las figuras antropomorfas, ilustradas en diversas actitudes, como tratando de arrojarse al agua (quizá para pescar) o copulando, son menos abundantes: tres hombres, cuatro mujeres, dos niños y «naciendo», aparentemente, otros dos. El resto no están claros, aunque pueden apreciarse dos personajes que llevan una máscara.

Las mujeres que habitaron en esta cueva utilizaron un recinto tibio, seco y acogedor, llamado hoy «el paritorio», para alumbrar a sus hijos. Una especial formación geológica les serviría para ayudarse en la tarea. Aún queda la impronta de las huellas de sus manos en la roca.

 

 

HIEROGAMIA

 

El misterio de esta cueva está relacionado con la asignación de roles. Se piensa generalmente que los artistas fueron los hombres, pero, según defiende Emilio Moreno, siguiendo una lógica impecable, esta cueva fue decorada por mujeres, que posiblemente fueron también sus sacerdotisas. Ellas eran quienes mantenían el santuario y a la prole mientras los hombres iban a cazar. Cuando éstos venían con su carga, destinada a ser consumida en parte, y conservado el resto mediante técnicas de desecado, las mujeres debían estar en periodo fértil para conseguir aumentar los componentes de la tribu con la mayor eficacia. En las paredes de la cueva, aparte de todo lo descrito, hay multitud de rayas, puntos, círculos... incisiones de todo tipo que, agrupadas convenientemente podrían referirse a los ciclos menstruales, tanto de las humanas como de las hembras animales.

Todas estas consideraciones permiten concluir que hay varios ciclos representados en sus paredes: los dedicados a propiciar la caza, los de conjura mágica de los animales más peligrosos, y el más importante dedicado a la hierogamia (el matrimonio o cópula sagrada). Por lo tanto, estamos ante un santuario reconocido en distintas épocas, durante miles de años, consagrado a la perpetuación de la especie, mediante la caza y la fertilidad, los dos pilares de la vida primitiva de los distintos hombres fósiles que también utilizaron el recinto como refugio y vivienda.

Surge una pregunta: ¿son posibles treinta y cinco mil años de persistencia de costumbres y ritos? Porque ya sabemos que este lugar ha dejado de tener usos ganaderos hace muy pocos años. Quizá hay que mantener la tesis de que éste es uno de «esos lugares» donde el hombre ha encontrado tradicionalmente el amparo de la madre Tierra ante su inevitable debilidad, que siempre trató de conjurar mediante la magia de estos lugares sagrados.

 

 

LA COVA DEL PARPALLÓ, UNA CUEVA-SANTUARIO

 

La Cova del Parpalló es otra cueva que también fue estudiada por el mismo especialista de los Casares. Con ella y el resto de abrigos cercanos a la costa mediterránea, Juan Cabré estableció la diferencia entre el arte levantino y el cántabro. Se trata de otro santuario de los hombres fósiles, uno de los yacimientos más emblemáticos y singulares de la prehistoria peninsular, pues en ella se encontraron más de cinco mil placas de piedra con representaciones de animales y cuerpos geométricos. Se la ha identificado como una cueva-santuario que comenzó a usarse hace 21.000 años.

Gandía es una vieja población costera, capital de la comarca valenciana de La Safor, que ha conocido todas las culturas. Los árabes que vigilaban el mar desde el castillo de Bayren no podían imaginarse que hoy día sería un lugar que en épocas cálidas se abarrota de gentes en busca del placer y el ocio que proporcionan el agua y el sol. Entre todos esos turistas de sol y playa, muy pocos saben que tras la gran montaña que tienen a su espalda, el Montdúver, está uno de los principales santuarios de los chamanes-artistas levantinos.

No es fácil de encontrar, porque está en la espalda de la montaña, cuya vertiente occidental tiene un aspecto muy distinto a la que da al mar. A medida que se asciende hacia las localidades de Barx y La Drova, el paisaje pasa a ser alpino, con grandes acantilados kársticos salpicados de masas de monte bajo en las que crecen pinos, enebros, quejigos y algunos otros árboles de hoja caduca.

Un estrecho camino que asciende hacia la falda de la montaña, antes de llegar al pueblo, conduce a través de muchas curvas a una plataforma sobre la que se alza un promontorio de piedra protegido por una valla deteriorada en muchos tramos. Una senda tortuosa plagada de escalones toscos va serpenteando a través de grutas cuyo techo se hundió en un pasado remoto, dejando sus rugosidades ocres al aire. Quizá hubo aquí pinturas rupestres de las que no quedan restos. Termina en una pequeña explanada, sombreada por un gran árbol y flanqueada por unos espigones cónicos de piedra caliza, entre los que se abre una grieta triangular de unos cinco metros de altura: la entrada al recinto sagrado.

 

 

UNA CATEDRAL SOLUTRENSE

 

Descendiendo por una escalera gigante en la que hay que destrepar con cuidado, llegamos a un recinto sustentado por grandes formaciones en colada, estalactitas y estalagmitas. Su gran altura recuerda la bóveda de una catedral, sólo que fue utilizada por hombres solutrenses, hace veinte mil años aproximadamente.

Sobre la pared del fondo hay una oquedad que se adentra en la montaña. Penetrando en su interior, lo primero que llama la atención son unas pintadas absurdas hechas por desaprensivos aprovechando la forma de las estalagmitas (nada infrecuente, ya en los Casares veíamos numerosos graffiti de distintas épocas, pero sobre todo hechos durante la Guerra Civil). En su interior pueden apreciarse dos cosas. Primero: su extraordinaria acústica; la voz, en su interior, llega al recinto sagrado con una tonalidad muy especial, modulada a base de ecos y rumores. Segundo: el juego de claroscuros que se forma en diferentes momentos, sobre todo, a mediodía, y el más impactante emocionalmente que es cuando la luna se sitúa ante la entrada, iluminando el interior con sutilísimos tonos plateados.

El Parpalló es un resto de un sistema kárstico de imposible medición, acceso a un complejo de cavernas, en su mayor parte hundidas. Actualmente no está en formación, por lo tanto, se considera gruta fósil. Seguramente los accesos a otras cavidades desde su interior han quedado cegados por terremotos o inundaciones. Quizá nunca fue utilizada como abrigo o vivienda, y sí como santuario, a pesar de que la temperatura interior invitaba a aprovecharla como tal, puesto que allí las oscilaciones eran mucho más suaves que en el exterior.

Aprovechando el recinto, los que podríamos considerar como brujos o chamanes paleolíticos realizaron incisiones en unas cinco mil tablillas, representando animales, normalmente herbívoros (cérvidos, cápridos, caballos, uros, algún rebeco y unos pocos jabalíes), carnívoros (lince y zorro), aves (perdiz y un ¿pato?), motivos geométricos de distinta complejidad y unos pocos seres antropomorfos. Junto a ellas aparecieron numerosas puntas de flecha, lo que permite saber que la caza era el nexo entre ambas actividades.

 

 

LOS PIONEROS

 

Los primeros investigadores del Parpalló, que extendieron su trabajo a otros abrigos, comenzaron sus trabajos a partir de 1928, dirigidos por Lluís Pericot. Salvador Espí, Domingo Fletcher, Julián Sanvalero y otros tantos pudieron admirarse con los descubrimientos que iban realizando. Aparecieron también restos en Les Alcusses (Moxent); en el Abric d’en Melià (en La Serra d’en Galceran); en las covas Foradada (Xàbia), Negra (Xàtiva), de Benito (Agres), Fosca y Reinós (La Vall d’Ebo). En aquellos años, el acceso a la cueva estaba bloqueado por una tapia de unos dos metros y medio con una puerta. Investigaciones posteriores han descubierto otros grabados de unos dieciocho mil años a unos tres kilómetros, en Les Maravelles.

Los restos pertenecen a los cuatro periodos citados. Datada en el solutrense es la presencia de restos de un tratamiento térmico aplicado en bifaces del tipo «hojas de laurel» o «facies ibérica», cuyo vestigio más antiguo apareció en el Abri de Laugerie-Haute (Dordoña, Francia), que se extendió también por Portugal. Localmente, gracias al material lítico, podemos distinguir entre los estilos Parpallonense I y II, de características propias.

En cuanto a vestigios humanos, hay un cráneo prácticamente completo de una joven de diecisiete años de edad aproximadamente, junto a molares, un fémur de un joven y una mandíbula.

Junto con arqueólogos de la Universidad de Valencia, se realizó un estudio arqueoastronómico del yacimiento. En 2001, Esteban y Aura Tortosa apuntaron la posibilidad de que desde el recinto se realizara algún tipo de observación astronómica, al penetrar los rayos del sol hasta el interior de la parte más íntima del santuario durante los días anteriores y posteriores del solsticio de invierno. Hasta la fecha, ésta es la indicación más temprana de una posible relación astronómica en la orientación de un yacimiento arqueológico.

 

 

MAGIA PROPICIATORIA ANCESTRAL

 

Los magos que administraban el santuario realizaban las tablillas que eran llevadas por los hombres cuando salían en busca del sustento de su tribu. Así se explica tan alto número de piezas mezcladas con útiles destinados a cazar. La hipótesis de que se trate de monedas para señalar la propiedad de los animales cazados no se sostiene, porque no hay ningún otro lugar donde hayan podido darse estas prácticas. El objetivo era captar el espíritu del animal para ponerlo a su servicio. Probablemente se trataba de una actividad artística y mágica a la vez.

Las primeras manifestaciones artesanales, instauradas como actividad humana habitual, tienen la clave del camino evolutivo emprendido por las formas de pensamiento y las creencias, pero la primera adquisición diferenciadora, tal y como se había apuntado, fue la abstracción. Fue una de las primeras herramientas intelectuales del hombre, desde que éste fue capaz de separar los elementos constituyentes de un objeto y considerar los esenciales como representación del todo, dotados de su plena potencialidad. Así, el fabricante de tablillas no sólo representa al animal, la persona o el concepto, sino la esencia de sus creencias. La posesión de tal objeto sería propiciatoria para obtener éxito en la caza (o en la reproducción). De este modo habría que considerar también los petroglifos de la Cueva de los Casares, sobre todo, los relacionados con el agua, elemento necesario en ritos lustrales y de fecundidad.

Al igual que el santuario de Guadalajara tiene en su interior una verdadera biblioteca en piedra para conocer ritos paleolíticos de fertilidad y de caza, el valenciano es una primera «fábrica de santos», entendido en sentido metafórico, tan eficaces como cualquier otro talismán o reliquia que pueda favorecer la suerte individual o colectiva, sobre todo en las actividades dedicadas a satisfacer las necesidades más básicas, como alimentación, reproducción y protección. Estaríamos ante un escalón superior, el de las necesidades culturales y cultuales destinadas a controlar el desarrollo de los acontecimientos futuros.

Con paso firme, la ciencia va proporcionando la interpretación de todas estas manifestaciones, sobre todo pinturas, esculturas y petroglifos, lo que permite conocer mejor la forma de vida y el pensamiento de aquellos primeros hombres fósiles europeos, en los dos casos estudiados habitantes de la Península Ibérica.

 

 

JUAN IGNACIO CUESTA MILLÁN (Madrid, 1952). Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, donde imparte clases de redacción. Colaborador en distintos medios especializados en los que trata de dar a conocer lugares que contienen las claves necesarias para entender el pasado y el presente. Fruto de esta idea es su libro Lugares de poder (Nowtilus, Madrid, 2003). Es asimismo autor de Breve historia de las cruzadas (Nowtilus, Madrid, 2005), La boca del infierno (Aguilar, Madrid, 2006) y coautor del Codex Templi (Aguilar, Madrid, 2005) y de Gótica (Aguilar, Madrid, 2005). Participa en programas de radio como La Rosa de los Vientos, en Onda Cero, y son habituales sus intervenciones en programas de televisión, como Código Rojo (Canal 6), Cuarto Milenio (Canal Cuatro), La Otra Realidad (Telemadrid y otras cadenas autonómicas) o Tiempo de Tertulia (televisiones locales). Es miembro honorífico de la Sociedad de Estudios Templarios y Medievales TEMPLESPAÑA.

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CAPÍTULO II

Del mito atlante a la civilización perdida de Tartessos
FERNANDO ARROYO DURÁN

 

 

 

 

Para sondear los tiempos más remotos de la Península Ibérica es necesario emplearse en un soberbio ejercicio multidisciplinar —mitología, historia, protohistoria, antropología, arqueología, filología—. Aun así, las pruebas que pueden aportarse para certificar determinados hechos son con frecuencia débiles o no gozan de la aprobación de la comunidad científica en general. Muchas de las dificultades que plantean las propuestas historicistas que explican mitos y leyendas antiguas se deben, precisamente, al difícil engranaje de la tradición, los testimonios y la Historia.

En este caso, el fundamento teórico es bien conocido: las referencias a una antigua Atlántida parecen situar este mundo perdido en una zona indeterminada del occidente continental. Los investigadores más osados —aun a costa de ciertas recriminaciones de su ámbito académico— han tratado de desvelar los misterios de esa tradición y se han esforzado en presentar argumentos convincentes. Algunos especialistas en mitología ibérica, como Maclug d’Obrheravt (seudónimo del profesor Marcelo García), autor de obras como Mitología ibérica (Edicomunicación, Barcelona, 1998), Celtiké: historias y leyendas celtas ibéricas (Edicomunicación, Barcelona, 2002) o Viriato, rey de los celtas (Celya, Salamanca, 2006), relacionan los mitos ibéricos y las ancestrales rutas de peregrinación con el continente perdido.

¿Fantasía? ¿Realidad? ¿Qué puede haber de cierto en cualquier mitología? ¿La mitología es sólo epopeya? ¿Es Marcelo García un poeta? ¿Es un soñador?, se pregunta Francesc L. Cardona, doctor en Historia y catedrático; y añade al prologar su Mitología ibérica:

 

«¿Cómo puede ser sólo un soñador el que está harto de caminar a lo largo y ancho de la geografía, singularmente la leonesa, cotejando aquí y allá topónimos con las principales fuentes y sacando conclusiones que, si no son ciertas, nadie ha dicho que no lo fueran? Como dicen los italianos: “Se non è vero, è ben trovato”.

»¿No habla uno de los famosos trabajos de Hércules (el que cierra la serie de los doce) de la búsqueda de las manzanas de oro en el Jardín de las Hespérides? ¿No dieron los griegos a Hispania el nombre de Hesperia: “País del atardecer”? ¿No dio pie para que el más grande de los poetas catalanes, Verdaguer, escribiera su famoso poema “La Atlántida” y un andaluz universal, Manuel de Falla, poniéndole música, hiciera de él el más maravilloso colofón a su genial carrera? No lo olvidemos, [Falla era] un gaditano del escenario de las no menos míticas Columnas de Hércules.

»¿Nació en la península de Anatolia (“por donde nace el sol”) la posterior mitología helénica, que se extendió después por el Mediterráneo? ¿O pudo haber una anterior mitología primitiva, mutatis mutandis, que desde la Península Ibérica, país de las Hespérides (“país del atardecer”) lo hiciera por el Mediterráneo, a la inversa, y produjera un viaje de ida y vuelta en aquel “Mediterráneo” con islas y tierras “a tiro de honda” y por el que navegaron tantos y tantos “Ulises” y tantos y tantos “Hércules”, cada uno con su “Odisea” particular”?».

 

 

LA ATLÁNTIDA Y LA MITOLOGÍA IBÉRICA

 

Desde el siglo VI a.C., autores clásicos como Anacreonte, Píndaro, Eurípides, Herodoto y otros hicieron referencia al «continente perdido» antes de que Platón (h.428-347 a.C.) describiese la mítica Atlantis. En algunos de los poemas y relatos de estos autores se explica cómo en los primeros tiempos de la Humanidad, en el occidente europeo vivió un pueblo que alcanzó una gran cultura y que tenía por dios a Poseidón. Ese pueblo, al parecer, dominó la fuerza de la gravedad y construyó grandes monumentos de piedra: menhires, dólmenes, crómlechs... Erigió inmensas pirámides en África y en América y fue capaz de navegar por el mar de los atlantes (Atlántico) y por los mares interiores premediterráneos (Tritón y Carón).

Los pobladores de la Atlántida, según esos textos, fueron excelentes ganaderos (bueyes rojos de Gerión) y selectos agricultores (manzanas de oro del Jardín de las Hespérides). Vivieron durante milenios en el oeste de la Península Ibérica (País Leonés, región que abarcaría los actuales territorios españoles de León, Galicia y Asturias), en el norte de Marruecos (la actual cordillera del Atlas) y en extensas islas del actual océano Atlántico. El sacerdote de Sais dijo a Solón que la Atlántida «es una especie de cuadrilátero...» (Cfr. Platón: Timeo). La Gran Isla Occidental ocupaba un espacio poco definido que algunas teorías imaginativas sitúan desde el Antártico a la actual península del Yucatán, las Antillas, Perú y los Andes, hasta Canarias y las Azores, el Atlas marroquí, León y toda la costa occidental europea, desde el Algarve portugués hasta Irlanda, pasando por Galicia y la Bretaña francesa.

En este mundo ancestral, los reyes de la Grecia antigua encomendaron doce trabajos al héroe Heracles (Hércules), entre ellos, robar los bueyes rojos del coloso Gerión, mítico y tirano rey de Tartessos (España), y las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides.

Anteo, uno de los hijos de Poseidón, y los pobladores del Teleno (pico más alto de los montes leoneses) y del Esla (principal afluente del río Duero, que recorre de norte a sur las provincias de León y Zamora) vigilaban el Camino de los Bueyes Rojos (que vendría a corresponderse con el actual Camino de Santiago) y las montañas y ríos del Jardín de las Manzanas de Oro (tal vez la extensa cuenca del Guadalquivir, en la actual Andalucía).

Para encontrar los bueyes, Heracles navegó por la costa norte del mar interior de Tritón (que ocupaba buena parte de las actuales tierras de la Ruta Jacobea, la ruta terrestre de la Vía Láctea), llegando hasta el País Leonés, donde Anteo —que sentía una especial predilección por ciertos animales de siempre sagrados: lobo, oca, culebra, caballo y toro— había organizado la defensa, por lo que Heracles hubo de detenerse durante largo tiempo. Allí nacería uno de sus hijos, Breto, que más tarde fundaría las ciudades de Bretó y Bretocino (en la actual provincia de Zamora). Otro de sus hijos, Celto, repoblaría el valle del Tera con su lago de Sanabria. Anteo perdió la vida defendiendo los secretos del País Leonés, si bien Heracles logró llevarse los bueyes rojos de Gerión. Después fue a buscar las manzanas de oro, poniendo rumbo a Gibraltar tras haber pedido ayuda al titán Atlas, padre de las hespérides (custodias de un árbol, con ramas y hojas de oro, que daban también las manzanas de oro). Su recorrido es la antigua vía romana conocida como Vía de la Plata (que desde la sureña y fértil Bética conducía a los ricos yacimientos auríferos y argentíferos del noroeste hispano, territorio de los astures), la cual se corresponde, asimismo, con la ruta jacobea del mismo nombre.

Hércules erigió dos grandes columnas como monumentos conmemorativos de su hazaña (el antiguo Calpe de los griegos, la columna septentrional, es el actual peñón de Gibraltar, y la antigua Abila, situada cerca de Ceuta, en la costa africana, se llama hoy día Jebel Sidi Moussa); ambas columnas se representan en el escudo de la ciudad portuaria de Cádiz (antigua Gadir; más tarde Gades) y en el escudo de Andalucía (fig. 5).

Como se ha visto, algunas versiones del mito sitúan esta acción en lugares muy concretos y suponen, por ejemplo, que los bueyes de Gerión pastaban en un paraje que se identifica con Las Médulas, antiguas minas de oro romanas en la actual provincia de León. También imaginan que los ríos y montes que se citan en las tradiciones míticas pueden identificarse con el río Tera, el Esla, el Guadalquivir o con el monte Teleno, o sugieren que el periplo de Heracles es el actual Camino de Santiago, etcétera.

Entretejida con la primitiva historia y las tradiciones orales se conforma toda una cosmogonía mitológica que, en el solar ibérico, hacen confluir a dioses, semidioses, titanes, ninfas y héroes de los panteones clásico y céltico, tanto del periodo atlante como posatlante: Esla o Cea o Tera o Eria (la asiriobabilónica Ea, la «Casa del Agua»), Nereo y las Nereidas, Océano (el «Pez Oanes», divinidad de las aguas, hijo de Urano y Gea), Atlas (dios de Occidente), Poseidón (hijo de Cronos y Rea, dios de los atlantes), Celto (padre de los celtas), Erebus (padre de los iberos), las Gorgonas (que tenían cabellos de serpientes y alas de oro), Hermes y Pan (míticos reyes de Hispania), Gerión (el gigante de tres cuerpos, rey de Tartessos o de la Hespéride), Lug (el demiurgo, dios solar de los celtas), Febo Apolo («El Brillante», dios solar), Hércules (Heracles, el heroico semidiós de los Doce Trabajos), el «dios-Toro» (gobernador de la noche y el misterio), el Morueco (la «Cabeza del Carnero», adorada por Viriato), Tritón (dios del mar interior de Hispania [Tritonia]), etcétera.

Para Manuel Farias de Sousa, por ejemplo, la ciudad de Astorga (en la actual provincia de León) era «la ciudad de las ceremonias u orgías sagradas» (astu, ‘ciudad’; orga, ‘orgía’ o ‘ceremonia sagrada’). Esta ciudad estaría ubicada en el extremo oriental de lo que fue la Gran Isla de los Atlantes. Se trata de propuestas imaginativas que se apartan de las interpretaciones convencionales fijadas desde el punto de vista histórico y filológico. (Asturica Augusta es nombre latino indudablemente, hace referencia a una zona ocupada por los astures y la evolución etimológica es clara: Asturica > Astorga; Astorga no tuvo este nombre hasta bien avanzada la Edad Media y, por tanto, no puede definirse etimológicamente desde otras lenguas).

Lo interesante es la formulación mítica que recompone tradiciones, mitos y leyendas. A partir de esas interpretaciones fantásticas podrían entenderse determinados cúmulos ideológicos que parecen imbricarse en lo más profundo de las civilizaciones humanas y para los que no se han dado explicaciones convincentes. Se trata, en cualquier caso, de soluciones especulativas que deben considerarse estrictamente en un plano simbólico y arquetípico.

 

 

COSMOGONÍA MÍTICA Y LEGENDARIA

 

Al fin llegaría la gran hecatombe.

Las Guerras Heraclidas trajeron la destrucción y se rompió el complejo equilibrio que durante milenios había permitido que la Atlántida alcanzara niveles culturales superiores. Muchos científicos murieron en las guerras y otros emigraron. Una de las dos lunas de la Tierra cayó e impactó en la Atlántida; la otra se alejó y, desde entonces, gira en torno al planeta. (Éste tal vez sea el modo en que el mito atlante explica el impacto del meteorito que formó el cráter bautizado como Chicxulub, situado en el área de la península de Yucatán, en México, y que suele relacionarse con la extinción de los dinosaurios de hace 65 millones de años. O tal vez aluda a un bólido aún más antiguo, como el que causó el cráter Bedout, descubierto en la costa noroeste de Australia por un grupo de geocientíficos en mayo de 2004. Este cráter, de 201 kilómetros de anchura, fue provocado por el impacto de un meteorito que pudo ser la causa de la Great Dying, la mayor extinción de todos los tiempos de la vida en la Tierra, que tuvo lugar mucho antes de la desaparición de los dinosaurios. Según Luann Becker, de la Universidad de California e investigadora jefe del grupo de trabajo que realizó el hallazgo, el cráter Bedout está relacionado, «sin ninguna duda», con la gran extinción que tuvo lugar en el periodo temporal conocido como Pérmico Final, en el que la Tierra estaba configurada como una masa terrestre primaria llamada Pangea y un «súper-océano» llamado Panthalassa). La colisión rompió la corteza terrestre y las erupciones volcánicas cambiaron por completo la configuración del planeta Tierra. Así, la Atlántida quedó dividida en varias masas continentales.

Gran cantidad de agua se acumuló en la atmósfera y una parte cayó a la Tierra en forma de lluvias torrenciales. Fueron muchos días y noches de lluvia continua e intensa. (Cfr. diluvio bíblico [Génesis 6, 9]; diluvio babilónico [tablilla XI del Poema de Gilgamesh]; diluvio hindú [Manu]; diluvio griego [Deucalión y Pirra]; diluvio chino [Yu] y otras versiones del diluvio: mito australiano aborigen del Gran Diluvio, que destruye un mundo ya existente e inicia un nuevo orden social; diluvio generado por la gran serpiente arco iris Yulunggul, etcétera). Surgieron nuevos cauces de ríos y la mayor parte de la Tierra se inundó. Las tierras altas no fueron anegadas. Se originaron nuevos océanos y mares... Otros antiguos mares desaparecieron o se fueron evaporando. La evaporación hizo descender el nivel de las aguas y los supervivientes comenzaron a desembarcar en las nuevas tierras.

En un alarde de imaginación poco común y ciertamente sugestiva hay autores que sitúan a los supervivientes de aquellos cataclismos en comarcas como la Tierra de Campos, los antiguos Campi Gothorum (Campos de los Godos), zonas ya ocupadas desde época prerromana. Por ejemplo, sugieren que las lagunas de Villafáfila son los restos del mítico mar interior de Tritón y afirman que de la actual comarca de La Maragatería y de los valles leoneses y zamoranos (depresión o fosa tectónica de El Bierzo y valle del Silencio) salieron las expediciones de los supervivientes del Diluvio Universal. Es evidente que, en estas soluciones, se han dejado al margen las investigaciones científicas de la geología y la paleontología más elemental. (Por ejemplo, que Pangea existió al menos hace 300 millones de años, que la gran extinción ocurrió hace unos 65 millones de años y que los primeros seres inteligentes que habitaron el planeta no datan de más de un millón de años, aproximadamente). Bien es cierto que el mito no deja de ser una narración maravillosa, una historia ficticia situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico, que con frecuencia interpreta el origen del mundo o condensa alguna realidad humana de significación universal.

Atendiendo a los diálogos de Platón, el sacerdote egipcio que describió la Atlántida al estadista ateniense Solón reveló que la floreciente civilización atlante se desarrolló supuestamente alrededor del año 10.000 a.C.

La mitología señala los lugares y los nombres de las personas que desembarcaron: Noé de Ararat, Noé de Noya, Noé de Laredo, Noé de Etiopía, Noé de Nepal... (Utnapishtim en Babilonia, Dwifat entre los celtas, Nala y Neua en México, etcétera). Esos hombres conservaron y guardaron los saberes de su civilización perdida. La humanidad tuvo que recomenzar desde el principio. Sólo unos pocos constructores podían ayudar a los que se habían salvado. Hubo atlantes que recorrieron y civilizaron Oriente Próximo. Osiris (Asar) y su esposa Isis (Aset) llegaron a Egipto. Enseñaron la ciencia metalúrgica y establecieron el culto al dios solar (Toro). Y siguieron desarrollando la cultura de la piedra (pirámides), que los atlantes habían comenzado muchos siglos atrás.

Los supervivientes recorrieron la Tierra buscando a los de su misma raza y se pusieron en contacto. Se trazaron caminos y se fundaron comunidades (la mítica dinastía de los reyes dioses o Neteru y la raza de Shemsu-Hor o Compañeros de Horus, que reinaron durante miles y miles de años en el Egipto prefaraónico) que transmitieron los antiguos conocimientos y crearon civilizaciones. (Cfr. Aegyptiaca, cronología del escriba y sacerdote tolemaico Manetón, siglo III a.C.)

Con los años, estos atlantes reconstruyeron las rutas marinas y terrestres, fundaron ciudades, erigieron catedrales... Siguiendo viejos caminos, pusieron en contacto sus antiguos centros sagrados. La amalgama de conocimientos asimilada por las castas de sabios canteros fue tan extensa que influyó notablemente en el progreso hacia las grandes civilizaciones, desde la prehistoria hasta las catedrales. La existencia de estas sociedades secretas se testimoniaría en el hallazgo de los rollos del mar Muerto a partir de 1947. Estos manuscritos, tronco común que obliga a hacer una relectura de los orígenes de la tradición judeocristiana, hacen referencia a una misteriosa organización cuyo propósito es construir fabulosos monumentos en lugares de especial relevancia mística, conforme a unos parámetros ancestrales que habían permanecido inalterables durante milenios.

Si consideramos a los Compañeros de Horus y sus precursores, a los que se atribuye la planificación de las pirámides entre los años 2700 a.C. y 1000 a.C., como supervivientes de una antigua civilización perdida (¿Atlantis?) y detentadores de una compleja sabiduría arquitectónica y astronómica, tendríamos en los rollos del mar Muerto una prueba documental que daría fe de estas organizaciones herméticas y su génesis mesolítica.

Desde la perspectiva tradicional, el hecho de autodenominarse «compañeros» se apoya en su enigmática génesis, basada en el respeto de las normas de transmisión tradicional e iniciática a lo largo de siglos.

Al igual que en la prehistoria, con el conocimiento reservado de los petroglifos o runas, las sociedades gremiales galaicas y europeas (magistri comacini, compagnonnage, francmasonería) mantienen su carácter sagrado y reservado.

 

 

TRADICIÓN

 

Las teorías que tratan de explicar el origen de los conocimientos ancestrales en materia constructiva son especulaciones que podrían injertarse perfectamente en la raíz de ese Árbol de la Vida o tronco espiritual universal que es la Tradición Primordial, cuyas ramas son las formas religiosas particulares de Oriente y Occidente. Estas teorías sugieren que los supervivientes de la Atlántida encontraron asilo

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