Hablan los chinos. Historias reales para entender a la futura potencia del mundo

Ana Fuentes

Fragmento

Indice

Índice

Cubierta

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Introducción

Niños de papá

Secuestrado por su gobierno

Un marido gay como tapadera

Silencio, habla el maestro

Los que se lanzan al mar

La vida en el subsuelo

La China 2.0

Prostituta a escondidas

Pekín desde el taxi

La peor cara de China

Agradecimientos

Notas

Notas de la conversión

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

Dedicatoria

Para Mario,

que no tiene miedo a nada

y me hace tan feliz

Introduccion

Introducción

A los pocos meses de aterrizar en Pekín, en otoño de 2007, me invitaron a un concierto en el Teatro Nacional. Llegaba tarde y cogí un taxi a todo correr. Al abrir la puerta un olor a sudor concentrado me revolvió el estómago. Pensé que el conductor debía de llevar días sin ducharse. Me quedé de piedra cuando, al llegar al primer semáforo, el tipo se giró y me dijo, visiblemente incómodo: «Señorita, baje la ventanilla porque huele que apesta. ¿Qué perfume lleva? Es insoportable».

Esta sinceridad pasmosa de los chinos me cautivó desde el principio. Por entonces la idea que tenía de ellos se resumía en cuatro o cinco lugares comunes: eran seres sacrificados, infatigables, capaces de superar cualquier adversidad y a menudo faltos de empatía. De China sabía que en los últimos años la economía había despegado a velocidad meteórica y que era un país traumatizado por el colonialismo extranjero, las hambrunas del Gran salto hacia delante y las atrocidades de la Revolución Cultural. Que se preparaba para su gran debut ante el mundo en los Juegos Olímpicos de 2008, pero al mismo tiempo su gobierno censuraba Internet, reprimía a los activistas y toleraba niveles de corrupción desorbitados.

Pero ¿quiénes eran los chinos? ¿Realmente eran tan sacrificados? ¿Eran promiscuos? ¿Les interesaba lo que pasaba en el exterior?

Durante los tres años siguientes observé el país desde decenas de ángulos diferentes. Viajé a Xinjiang a cubrir las peores revueltas étnicas en varias décadas. Vi a jóvenes convertirse en estrellas de rock y a ancianos arrodillados ante los tribunales para pedir justicia porque les habían demolido sus casas. Asistí a los Juegos Olímpicos de Pekín, cargados de polémica y orgullo patriótico.

Entretanto nació Weibo, el equivalente local de Twitter, llamado a revolucionar la Red. Occidente se interesaba ya por China, incluso cuando no había de por medio una catástrofe con miles de muertos. Los corresponsales informábamos sobre las fluctuaciones del yuan, los festivales de tecno, los escándalos de contaminación alimentaria y la opresión de los disidentes. Entrevisté a cientos de personas de distinto nivel cultural y poder adquisitivo que me dieron las claves para comprender mejor de dónde venía China y hacia dónde iba. Hice grandes amigos y fui testigo de injusticias repulsivas. Muchos clichés se me vinieron abajo.

Sin embargo, el tiempo y el espacio eran limitados en los medios para los que trabajaba. Demasiadas historias fascinantes se iban quedando en el tintero. Elegí las diez que más me emocionaron, las más representativas, para desentrañar este país que a la mayoría de los occidentales todavía les resulta un misterio. Fue así como nació Hablan los chinos.

En el primer capítulo, «Niños de papá», entramos en la vida de los fu er dai, la segunda generación de millonarios chinos. Tim y Xiao Chen no han cumplido los 25 y ya cruzan las avenidas pekinesas en sus Ferrari. Sus familias, con conexiones en las altas esferas del gobierno, han diseñado su camino al éxito. No trabajan: se dedican a invertir. Fue una experiencia verlos rodeados de personajes pintorescos en los clubes de la capital.

En «Secuestrado por su gobierno» hablo con el activista y abogado Jiang Tianyong, uno de los pocos expertos en derechos civiles en China. En febrero de 2012, coincidiendo con la Primavera árabe, fue retenido y torturado durante dos meses por agentes del Ministerio de Seguridad. El letrado me explica con detalle qué pasa por la mente de un disidente, en qué momento decidió cruzar la línea roja y por qué prefiere arriesgar su vida a jubilarse cómodamente en una empresa estatal.

Para la protagonista de «Un marido gay como tapadera» el sexo siempre había sido tabú. Xiao Qiong es una tongqi, o «esposa de homosexual», que hace tres años se casó con su mejor amigo, un hombre gay que huía de la presión familiar. Se calcula que en China hay unos dieciséis millones de mujeres como ella pero, por vergüenza, muy pocas lo reconocen. Sólo se desahogan entre ellas y por Internet, utilizando seudónimos.

«Silencio, habla el maestro» es la historia del viejo Du, una eminencia del kung-fu que con 70 años tiene la agilidad de un deportista adolescente. Apenas sabe leer y escribir, pero es el ponente más codiciado en las convenciones de artes marciales. Sus discípulos le espantan los mosquitos y se deshacen en reverencias a su paso. Lo que más le preocupa no es que su pensión sea escasa, sino que en Pekín queden cada vez menos parques donde entrenar.

En «Los que se lanzan al mar» habla Yang Lu, una empresaria hija de militares del Partido Comunista que está haciéndose de oro con cursos de liderazgo para directivos. Les enseña a catar vino, a hablar de golf y a separar la vida personal de la profesional, entre otras cosas. En un país donde la mayoría de las empresas son privadas pero el Estado aún controla el grueso de la economía, no siempre es fácil «lanzarse al mar», como los chinos llaman a aventurarse en el océano inmenso y desconocido del mundo empresarial.

«La vida en el subsuelo» se adentra en un universo opuesto. Su protagonista, Chen Erfei, es uno de los trescientos millones de mingong, campesinos que han emigrado a las ciudades chinas en busca de una vida mejor. Trabaja como portero y duerme en uno de los refugios subterráneos que Mao Zedong mandó construir en la década de 1960 por temor a un ataque soviético, hoy reconvertidos en viviendas. Chen Erfei y otros tantos como él son los verdaderos protagonistas del milagro económico chino, quienes mantienen el país a flote aunque estén condenados a ser ciudadanos de segunda.

Con 24 años y sin empleo, Ma Chencheng está enganchada a Internet. Encarna a «La China 2.0», una juventud consumista y apolítica cuyos gustos cambian a toda velocidad. No se informa nunca a través de los medios oficiales: prefiere leer blogs. Me mostró hasta qué punto la Red permite expresarse a millones de personas. Y también cómo el gobierno contraataca.

«Prostituta a escondidas» es la historia de la señora Zhen. Su marido cree que trabaja en una tienda, pero ella lleva años recibiendo clientes en el piso que le ha puesto un empresario con el que mantiene una relación especial. En una de nuestras cenas (cocina unas espinacas increíbles) me confesó que lo hace para pagar los estudios a su hijo. Siempre está a dieta porque si engorda tendrá que bajar sus tarifas.

A bordo de su taxi Zhang Xiaodong ha sido testigo de la colosal transformación urbanística de China. Lo cuenta con detalle en «Pekín desde el taxi». Cuando empezó a conducir, tenía que sortear enjambres de bicicletas. Hoy padece tres horas diarias de atascos. Como muchos nostálgicos del maoísmo, sueña con viajar a Corea del Norte para rememorar la China de la década de 1960.

«La peor cara de China» nos la revela Linda, una periodista brillante y perspicaz que descubrió el lado más oscuro de su país cuando la contrató una televisión extranjera. No siempre está de acuerdo con la visión de sus jefes y, sin embargo, algunos chinos la han acusado de traidora por trabajar para «el enemigo». Desde hace años vive en el dilema de quienes se sienten obligados a defender su país ante los extranjeros y a criticarlo ante sus compatriotas.

Este libro no es un tratado de historia ni de economía, sino el retrato de diez habitantes de un país que puede convertirse en la primera potencia mundial. Ellos explican su relación con la familia, con el poder, con el resto del mundo. Nos cuentan qué los conmueve y cómo toman decisiones. Por qué viven en una dictadura y, sin embargo, son tan anárquicos.

Ganarme su confianza no fue fácil: algunos nunca habían dirigido la palabra antes a un extranjero. La clave fue entrevistarlos yo misma en mandarín, ya que, por miedo, o por pudor, la mayoría se negaba a que otro chino escuchara sus relatos. Tras meses de charlas, paseos y alguna persecución policial acabaron hablándome abiertamente de sus metas y frustraciones. En los casos necesarios he recurrido a nombres ficticios para protegerlos.

Cap1

Niños de papá

«Mano». «Perdone, ¿cómo dice?». «Mano», repite el portero como un autómata. Su compañero, otra mole de dos metros de altura encargada de revisar los bolsos, me indica que debo dejarme estampar en la mano el sello de entrada. Las chicas del ropero se ríen tapándose la boca. La discoteca ha reforzado su protocolo de seguridad hace unos meses: hay más clientes con dinero que antes, más drogas, más peleas.

Es una de las salas de moda en Pekín, construida a lo grande y decorada como la peor pesadilla de un minimalista: baños de mármol negro, paredes forradas de tela negra con brillos, cortinajes de seda violeta y macetones con flores artificiales. Junto a la cabina del discjockey se alza una fuente de estilo barroco con su querubín incluido. Para apreciar los detalles las pupilas tienen que acostumbrarse a la oscuridad. Las discotecas chinas son mucho más ruidosas y están aún menos iluminadas que en Occidente.

Estoy buscando a Xiao Chen. Hemos quedado en vernos en la barra para no perdernos. Me siento en un taburete al lado de una pareja que pide ocho chupitos. Ella se aparta la melena de la cara y agarra un vaso con cada mano dando un grito agudo de felicidad. El chico, que le lleva el bolso como suelen hacer los novios chinos, se ríe y hace lo propio. Se los beben a pares y piden otra ronda.

La pista está vacía. Los camareros se cruzan en todas las direcciones rumbo a las mesas del fondo, cargados de hielo, botellas y bandejas de fruta fresca. Al principio de la noche nadie baila: es la hora de los jiu ling (17.jpg), los juegos para emborracharse. Algunos se juegan con dados, otros con cartas o con acertijos o con los dedos de la mano. Los hay antiquísimos, de la época imperial, o tan recientes que incorporan el argot de moda. El propósito es el mismo: que los contrincantes se agarren una buena curda.

Desde una esquina alguien me hace señas. Distingo a Xiao Chen, que se ha cortado el pelo dejándose una minicresta. Me tiende la mano con timidez. «Bienvenida. Siéntate, por favor».

Dos chicas menudas saludan levantando ligeramente la barbilla. «Éstas son Mimi, mi novia, y Li Lei, la novia de Tim. Él ha ido a pedir más alcohol, pero ahora viene», explica Xiao Chen haciendo a un lado los bolsos de las chicas para dejarme sitio. Me hundo en uno de los sofás de cuero negro y me disculpo por llegar tarde aunque no sea cierto. En realidad los chinos siempre se presentan a las citas antes de tiempo. «Tranquila, aún no hemos empezado a jugar», dice Li Lei guiñando un ojo a su amiga. Mimi hurga en su bolso Marc Jacobs y saca un juego de dados.

«¿A qué te gusta jugar a ti?», pregunta Mimi mientras se enciende un cigarro rosa. Me tiende el paquete, decorado con estrellas y corazones. «Coge los que quieras. Son importados de Japón».

Tim llega con un cubo de cervezas y se seca las manos para saludarme. «Veo que tenéis todo preparado para los dados. Cuando queráis. Os voy a machacar», dice soltando una carcajada.

Li Lei se incorpora como un resorte, se hace un moño y se quita el reloj Cartier edición limitada, tan absorta que parece un cirujano a punto de operar. Mimi lanza los dados.

Los chinos son unos fuera de serie con el cálculo. Para comprobarlo, lo mejor es jugar con ellos. Les encanta competir, apostar y hacer aspavientos. Al cabo de tres rondas Li Lei se perfila como vencedora. No se le ha movido ni un pelo del moño. Xiao Chen está colorado por el alcohol y se ha desabrochado dos botones de la camisa. Llama al camarero y le pide vodka y otro plato de sandía. Compra dos botellas a 100 euros cada una.

Mimi está histérica. Se revuelve en su asiento y se quita todas las pulseras porque le molestan. Tamborilea con los dedos en el cristal de la mesa mientras le llega su turno. Xiao Chen la mira, muerto de risa. «Es muy competitiva», bromea. «Si no gana, después le cuesta dormir».

«Idiota», responde ella, y le da un coscorrón. «No sirves para nada». Él se apresura a abrazarla y ella lo rechaza haciéndose la ofendida. Luego se deja querer. Muchas parejas chinas se relacionan así.

Un camarero que parece menor de edad, con pelusa en el bigote, se lleva nuestra cubitera para rellenarla de hielo. Nuestra mesa cuesta 2.000 yuanes (238 euros), aproximadamente el doble de lo que el muchacho debe ganar al mes trabajando toda la noche seis días a la semana. En China no se dejan propinas. Al cliente, sobre todo al de las mesas, hay que aguantarle prácticamente todo.

Mimi se levanta tambaleándose un poco por los efectos del alcohol y anuncia que va al baño. Li Lei agarra su bolso y la sigue. Les toca esperar cola durante algunos minutos, y aprovechan para actualizar su cuenta de Weibo, el Twitter chino. «¡Sonríe!», le dice Li Lei a Mimi enfocándola con su iPhone. Mimi hace la V de victoria y tira un beso a la cámara. Su amiga se ríe y teclea veloz en la pantalla con las uñas azul marino, pintadas a juego con el vestido.

Los baños de mujeres dan pie para un estudio relámpago sobre las diferencias de clase. Las clientas como Mimi y Li Lei son altas, de melena abundante y dientes perfectos. Se protegen del sol y usan cremas especiales para tener la piel blanquísima. Sumando la ropa, el maquillaje y los complementos, llevan encima miles de yuanes. Manejan teléfonos de última generación y no se escandalizan al comprar preservativos en el dispensador automático de la discoteca, por lo que pueda surgir. En cambio las ayi, las chicas de la limpieza, miden un palmo menos, tienen la piel aceitunada y las manos ajadas por la lejía. Llevan uniformes marrones de tela sintética, zapatillas de tela y el pelo recogido en un moño con redecilla.

En cuanto una clienta sale del retrete, una ayi entra para limpiarlo. Lleva unas pinzas de madera enormes para recoger los papeles que han caído fuera de la taza. Mimi y Li Lei se pasan veinte minutos definiéndose la raya del ojo y ahuecándose el pelo. Las ayi las miran fascinadas, como si fueran actrices de cine, y les tienden toallas de papel para que se sequen las manos. Una sonríe a Mimi con devoción a través del espejo. Tiene una cara bonita, pero la dentadura destrozada. Mimi ni siquiera se da cuenta. Se pone brillo en los labios y me guiña un ojo.

«¿Volvemos a la mesa?», pregunta colocándose el flequillo por enésima vez.

La pista ya está abarrotada. El discjockey lleva puesto un gorro de lana, aunque la temperatura del local supera los 40 ºC, y coquetea con las chicas que hacen cola para saludarlo.

«Dios, ¡está buenísimo!», aúlla una menudita que se ha descalzado para trepar a la plataforma. Sin tacones mide metro y medio. Una vez arriba se calza en dos segundos y empieza a contonearse como una gogó profesional. «Madre mía», le digo a su amiga. «Qué bien baila, ¿no?». «Todas vamos a clase de pole dance».

En Pekín se han puesto de moda las clases de striptease y barra americana. Las mujeres aprenden a desnudarse y a trepar como gimnastas al ritmo de Shakira, uno de sus mitos occidentales. Las escuelas les prometen que se pondrán en forma en dos meses después de un embarazo o que conseguirán elevar su caché sexual. «Estos bailes devuelven la chispa a las relaciones», decía una profesora entrevistada por una revista femenina de Pekín. «Eso no lo da el Pilates».

Tim y Xiao Chen ya se han terminado la primera botella y atacan la segunda. Tim sigue como si nada, con el tupé engominado y las gafas de pasta retro, pero Xiao Chen está empapado de sudor y no da pie con bola. Cuando se levanta para dejarnos paso, se resbala y tira una copa.

«Siempre igual», protesta Mimi. «No sabes beber».

Xiao Chen la mira con los ojos vidriosos, extiende las manos en plan teatral y tararea una estrofa de Cuento de hadas (21-1.jpg, tong hua), un éxito romántico en los karaokes: «Tienes que creer, creer en nosotros...», canta en falsete.

Ella suelta un bufido, se cuelga el bolso y se va. Nos quedamos petrificados. Li Lei le hace un gesto a Tim, que empieza a recoger las cosas de Xiao Chen. «Creo que tenemos que irnos, lo siento», se disculpa Tim, «nuestra amiga tiene mucho carácter».

Xiao Chen, avergonzado, se abrocha la camisa como puede y me da la mano. «Nos veremos pronto», balbucea. «Buenas noches», dice Li Lei y me estrecha su mano de niña. «Good night», repite en inglés.

El camarero imberbe se apresura a apartar las butacas para dejarles paso. Al ver que todavía quedan más de 100 euros intactos en alcohol, suspira y empieza a vaciar los ceniceros.

Tim, Xiao Chen y sus novias son lo que en China se conoce como fu er dai (21-2.jpg), hijos de nuevos ricos o niños de papá. Viven en una burbuja gracias a la fortuna de sus progenitores. No saben lo agobiante que resulta el metro pekinés por las mañanas: se levantan a la hora que tienen a bien y conciertan sus citas a través del iPad en restaurantes, galerías y cafés. No les preocupa encontrar trabajo ni comprar una casa, como a la gente de su edad. De la noche a la mañana improvisan excursiones en barco que cuestan decenas de miles de yuanes. Cuando les pregunto a qué se dedican, contestan evasivos que a «los negocios».

Los millonarios chinos son una especie huidiza que evita explicar el origen de su patrimonio. Se sabe que cada vez son más: novecientos sesenta mil residentes en China poseían más de un millón de euros a mediados de 2011, según la revista Hurun, el equivalente chino de Forbes. No superan los 40 años de media y la mayoría ha hecho fortuna en la empresa privada. Un 20 por ciento, aprovechando el tirón del sector inmobiliario, y el 15 por ciento, en Bolsa. Lo que todos tienen en común son sus buenos contactos en las altas esferas. De hecho, tres de cada diez ocupan un cargo político. Durante el maoísmo los ricos eran «capitalistas explotadores» a los que había que perseguir, pero en la década de 1980 el gobierno se sacudió los complejos. Muchos analistas sostienen que el gran acierto del Partido Comunista ha sido integrar en sus filas a los «capitalistas» en lugar de hacerles sentir una clase ajena al sistema cuya legitimidad podrían llegar a cuestionar.

En líneas generales hay dos tipos de ricos: los que ostentan y los que no. Los primeros se comportan como niños malcriados. Se saltan los semáforos en rojo en sus coches de lunas tintadas, maltratan a los camareros y compran sin medida en tiendas exclusivas. Vale la pena pasarse por un centro comercial de lujo para verlos en acción, escogiendo bolsos, abrigos de visón y diamantes. Pagan en metálico con fajos enormes, ya que el billete de mayor valor en China es el de 100 yuanes (12 euros). A menudo se regalan escapadas a París, Nueva York, Londres y Milán para fichar las últimas tendencias y tiran la casa por la ventana: en 2011 realizaron setenta millones de viajes (un 25 por ciento más que el año anterior) y gastaron en ellos 52.000 millones de euros, según la Academia China de Turismo. Debido a los impuestos las marcas occidentales cuestan mucho más en China, así que cuando salen compran todo lo que pueden (suele haber un tope en el número de artículos que puede llevarse cada cliente). Las mejores firmas extranjeras tienen personal para atenderlos en mandarín y les ofrecen productos a medida, como joyas de jade o con los animales del horóscopo chino.

Los potentados en Pekín viven en urbanizaciones privadas a las afueras, como la mayoría de expatriados. Pasear por alguna de ellas no tiene desperdicio, empezando por los nombres: Versailles, River Garden, Champagne Town... La clave es que tengan un nombre extranjero, pero con alguna palabra conocida como paradise o château. Detrás de las verjas de seguridad se encuentran avenidas llenas de fuentes, columnatas y falsos estucos. Una de esas villas con jardín, sauna y piscina particular puede superar los 5 millones de euros.

Los verdaderos multimillonarios, sin embargo, procuran mantener un perfil bajo. Saben que están en el punto de mira: si llaman demasiado la atención, el gobierno puede investigar sus cuentas. Además, en un país con tantas desigualdades, donde aproximadamente el 60 por ciento del PIB se concentra en manos del 0,03 por ciento de la población, según las estadísticas oficiales, a la gente le exaspera que los ricos campen a sus anchas. Para evitar agresiones y secuestros cada vez más ricos contratan guardaespaldas.

A Tim y a Xiao Chen los han educado para ser discretos. Xiao Chen, por ejemplo, es voluntario en una ONG. Sus compañeros se dieron cuenta de que no era como ellos porque no tenía además un trabajo remunerado. Terminaron de confirmar sus sospechas cuando lo sorprendieron al volante de un BMW aunque él siempre aparcaba lejos de la oficina.

Cuando conocí a Xiao Chen, en el otoño de 2010, el tema de los niños de papá y sus privilegios estaba al rojo vivo en Internet a raíz del caso Li Gang. Un buen día a este señor, que era un alto cargo de la Policía de Hebei, la provincia que rodea Pekín, lo llamaron de comisaría diciéndole que su hijo de 22 años, Li Qiming, había atropellado a dos chicas y se había dado a la fuga. Según los testigos, iba conduciendo a toda velocidad por el campus de la universidad cuando arrolló a las chicas, que iban en patines (una murió, la otra quedó malherida) y siguió su camino como si nada. Cuando los guardas de seguridad le cortaron el paso y le exigieron que se bajara del coche, el joven, con dos copas de más, empezó a berrear: «¡Venga, denunciadme si os atrevéis! ¡Mi padre es Li Gang!».

El asunto caldeó los foros de Internet en cuestión de horas y dio lugar a las parodias más rocambolescas. Cuatro días después del incidente se convocó un concurso de poesía clásica en la Red cuyo único requisito era incluir un verso que dijera: «Mi padre es Li Gang». Más de seis mil personas enviaron sus poemas. Los chinos son muy ocurrentes para estas cosas. Por mucho que el susodicho padre saliera en la televisión oficial pidiendo perdón con lágrimas en los ojos, Li Qiming se convirtió en el símbolo de los ricos abusones. La historia fue una de las más mediáticas de 2010. En enero de 2011 el joven fue condenado a seis años de cárcel y a pagar una multa de 82.000 dólares a las familias de las dos víctimas.

Xiao Chen quería evitar que la gente le colgara el cartel de millonario sin escrúpulos. La primera vez que nos vimos me citó en un café italiano al que sólo van chinos de clase media-alta (el resto no suele tomar café), aunque no necesariamente muy adinerados. Charlamos de todo un poco: de su pasión por los deportes, de lo complicado que era moverse por la ciudad con tanto atasco, del buen café que servían en ese sitio... Agotadas las trivialidades, se puso serio y, mirando su botella de San Pellegrino, me espetó: «Que sepas que yo no me considero un niño de papá».

«¿Cómo te definirías?», pregunté de la forma más delicada que supe en chino.

«Soy una persona normal. Tengo dinero, pero soy igual que los demás».

«Pero no tienes los mismos problemas que la mayoría de la gente de tu edad, como, por ejemplo, no poder comprarte un piso, ¿no?», insistí.

Xiao Chen sabía de lo que le estaba hablando y torció el gesto. En China la gente odia cuando los ricos se declaran gente corriente, pero para él era injusto generalizar. «Nos maldicen porque creen que para llegar adonde estamos hemos pisado al resto o violado los principios éticos de la sociedad. Son unos pocos los que hacen quedar mal a los demás. La mayoría de los ricos son buenas personas. Han recibido una educación mejor y precisamente por eso no se les pasa por la cabeza actuar sin pensar en los demás», soltó de un tirón.

Le temblaba la voz y noté que lo más prudente era cambiar de tema.

Nos vimos otras veces, pero ya nunca solos. Xiao Chen se presentaba en todas partes con Tim, el amigo con el que estuvimos aquella noche en la discoteca. Tim había estudiado en Canadá, se defendía en inglés a la perfección y tenía respuestas para todo. Xiao Chen le reía las gracias y mientras iba bebiéndose todo lo que le caía entre manos, hasta que se le pasaba la vergüenza y metía baza en la conversación.

Viéndolos mano a mano nadie diría que sólo hacía cinco años que se conocían. «Xiao Chen es como mi hermano menor», anunció Tim el primer día que nos presentaron. «Tendríamos que habernos conocido antes porque nos gustan las mismas cosas. Ahora pasamos todo el día juntos para recuperar el tiempo perdido», repuso Xiao Chen, riéndose.

Cuando cogimos confianza me explicaron que se apreciaban tanto porque tenían historias parecidas. Los padres de Xiao Chen eran funcionarios del ejército reconvertidos en empresarios que supieron subirse al tren en los ochenta, cuando se privatizaron miles de empresas estatales. Para Xiao Chen eso significó criarse con las niñeras y el chófer. «Mis padres se pasaban el día fuera de casa haciendo negocios y tuve una infancia bastante triste. Me costaba hacer amigos porque cada dos o tres años me cambiaban de colegio. Hemos vivido en Henan, en Tianjing, en Nanjing y en Harbin[1]. Conservo cinco o seis buenos amigos, no más, y cada uno vive en una ciudad distinta», relató.

Durante una época quiso estudiar en el extranjero, como otros chicos de su clase, pero sus padres tenían otros planes para él. «Mi madre no me veía lo suficientemente maduro como para volar solo e insistió en que me quedara en China. Nunca entendí ese interés por retenerme cuando apenas me había cuidado de pequeño, pero se empeñó en que mantuviera el vínculo con el ejército y me matriculó en un internado militar».

En el fondo no le pareció mala idea irse a vivir con gente de su edad en lugar de aburrirse jugando solo. Pasó seis años en una de las escuelas más elitistas de China, levantándose al amanecer y haciendo ejercicio hasta la extenuación. «Tengo muy buenos recuerdos de aquella época», contó. «En las escuelas militares se vive un ambiente especial. No te dan apenas libertad, todo tiene que estar autorizado y en ese sentido la rutina es aburrida. Pero los lazos que forjas con tus compañeros son increíbles. Son hermanos, o más que hermanos. Agradezco a mis padres que me mandaran allí».

La escuela era mixta y al poco de llegar se fijó en una de sus compañeras, Mimi. Era discreta y buena corredora de fondo. Se hicieron amigos y empezaron a salir en secreto, ya que el reglamento prohibía las relaciones entre alumnos. Años más tarde, cuando ya eran una pareja consolidada, conocieron a Tim: fue en 2007 en una reunión de antiguos alumnos con gente de otro internado. Tim acababa de volver de Canadá y había ido a saludar a sus amigos de la infancia. Desde entonces los tres se han visto prácticamente a diario.

Tim tampoco había tenido mucho margen de acción en la vida. Sus padres también eran empresarios. Siempre habían vivido en Pekín, pero viajaban constantemente por negocios. Lo dejaban con sus abuelos y lo llamaban por teléfono, casi siempre desde la sala VIP de algún aeropuerto antes de embarcar. Tim habla de sus padres con respeto, pero al hablar de su abuelo, que tiene 101 años, se le ilumina la cara. Lo adora. «Fue él quien me crio. Siempre me cuenta historias de la guerra porque luchó contra los japoneses en Harbin en la década de 1930. Es la persona más importante en mi vida».

Cuando cumplió 8 años, a Tim también lo enviaron a un colegio interno. «Mis padres no tenían tiempo para ocuparse de mí. Querían que me forjara una personalidad fuerte con capacidad de sacrificio y sin problemas para relacionarme dentro de un grupo. Si me hubiera quedado en casa, habría pasado solo la mayor parte del tiempo y hoy no tendría habilidades sociales», dice convencido.

Cuando volvía a casa en vacaciones le compraban lo que quisiera: ordenadores, máquinas tragaperras, bicicletas de carreras. Sus amigos vivían igual, así que le parecía lo normal. Al terminar el colegio sus padres le anunciaron que se marcharía a Canadá a cursar la secundaria y una licenciatura en Finanzas. El plan era que volviera a China siendo bilingüe y con un título extranjero bajo el brazo. Él lo acató. «Al principio la carrera no me sedujo mucho. Hubiera preferido Diseño Gráfico, pero me convencieron al decirme que en Canadá podría esquiar todos los días. Y era verdad: ¡es el paraíso de la nieve!».

Pasó allí siete años que califica de «gloriosos», usando sin reparos la tarjeta de crédito de su padre. Se sacó el carné de conducir y se compró una moto y dos coches. Recorrió con sus amigos las mejores pistas de esquí de Norteamérica. Aprendió un inglés más que aceptable y podría haberse quedado trabajando, pero en cuanto se licenció su familia lo reclamó de vuelta.

«¿Nunca les llevaste la contraria?», pregunté.

Negó solemne con la cabeza.

«Mi padre sabía que en China había muchas oportunidades, y que yo podría triunfar más fácilmente aquí que en el extranjero. Por eso me pidió que volviera. No siento que me haya presionado. Nuestro concepto de amor filial es distinto del que existe en Occidente: lo sé por mis compañeros en Canadá. Los chinos podemos ser tercos con nuestros padres, pero al final hacemos lo que nos dicen. Tenemos un proverbio que dice: “Escucha a los ancianos y te ganarás el pan”».

A Tim, generoso y vital, le encantaban las sorpresas. Me envió un mensaje al móvil: «Nos gustaría invitarte a cenar. ¡Espero que aguantes el picante!». Me citó en una dirección del nordeste de la ciudad, en la habitación 208A. Supuse que se trataba de un hotel o un club. Cuando quieren celebrar algo, los chinos prefieren reservar una sala privada.

Resultó ser uno de los mejores restaurantes coreanos de la ciudad. Cuando llegué, había una fila de coches de lujo aparcados en la puerta, la mayoría con las lunas tintadas: tres Audi, dos Mercedes, u

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos