Idiocracia

Ramon de España

Fragmento

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Camino de la idiocracia

En 2006 se estrenó una película que pasó prácticamente desapercibida, pero que a mí se me antojó de un visionario que impresionaba. Se titulaba Idiocracy y, tras un par de años metida en un cajón porque la productora no veía la manera de recuperar la inversión, se estrenó de tapadillo y enseguida pasó al mercado del vídeo, donde sigue gozando de un merecido culto entre las mentes lúcidas que saben apreciar las pocas rarezas que Hollywood se permite en esta época de franquicias siniestras, adaptaciones de viejas series de televisión, comedias rijosas y superhéroes de cómic, productos todos ellos de probada eficacia a la hora de contribuir a la cretinización del respetable. Su guionista y director era Mike Judge, el hombre que ya había abordado en profundidad el preocupante tema del crecimiento exponencial de la idiotez en el mundo que nos rodea con sus personajes de dibujos animados Beavis y Butthead, dos tarugos adolescentes, groseros, analfabetos y dignos de haber sido estrangulados en la cuna que empezaron comentando videoclips y acabaron teniendo su propio programa, donde la estupidez orgullosa de serlo campaba por sus respetos.

Mike Judge no es el único creador convencido de que cada día somos todos un poco más idiotas, pero sí uno de los que ha abordado el tema con más valor, precisión y capacidad visionaria. De hecho, en la televisión norteamericana, Beavis y Butthead presagiaron la aparición de esos cenutrios de carne y hueso que protagonizan programas como Jersey Shore, con sus correspondientes ramificaciones europeas (Geordie Shore o el indescriptible programa galés The Valleys, donde una participante alcanzó justa celebridad por su costumbre de llegar cada noche a casa completamente borracha y ponerse a mear en el fregadero de la cocina; nunca se supo si por la confusión inducida por la excesiva ingesta de alcohol o si porque lo encontraba lo más natural del mundo) y españolas (de Gran Hermano a Gandía Shore, pasando por Supervivientes y cualquier otro homenaje a la imbecilidad humana que se le pase por la cabeza al querido lector en estos momentos).

En ese salto de los dibujos animados a la vida real se capta perfectamente el avance de la idiocracia: lo que en una época solo puede ser imaginado a través de la animación —porque damos por hecho que no es verosímil la existencia en este mundo de infrahombres como Beavis y Butthead—, en la siguiente comprobamos desolados que ciertos seres reales superan en estulticia, desfachatez y burricie a los de ficción.

Idiocracy transcurre en el Washington de dentro de quinientos años. En él aparecen, tras cinco siglos de congelación criogénica, Joe, un soldado asignado a la red de bibliotecas del ejército norteamericano, y Rita, una prostituta de buen corazón. Ninguno de los dos anda sobrado de luces. De hecho, se les eligió para el experimento porque si algo salía mal, tampoco se perdería gran cosa. Pero gracias a la progresiva instalación de la idiocracia resulta que, quinientos años después de su congelación, Joe y Rita son los más listos de una sociedad absolutamente permeada por la estupidez: el presidente de Estados Unidos es un antiguo ídolo de la lucha libre, más bruto que un arado; la basura se acumula en las calles de Washington porque a nadie se le ocurre ya que se puede recoger; la película de más éxito se llama Culo, lleva dos años en cartel y consiste precisamente en eso, en un plano fijo de un trasero por el que asoma a veces una mosca, una mano que se rasca una nalga o el inconfundible sonido de un cuesco, que la audiencia celebra a carcajadas: se ha dejado de rodar cualquier otro tipo de películas porque la gente ya no las entendía.

Aunque la película cuenta con un final seudofeliz, en el que Joe y Rita consiguen, más o menos, que las cosas mejoren un poco (aunque sin exagerar), lo mejor de ella son las teorías aparentemente científicas que nos cuela el señor Judge y que tanto contribuyen al empaque majareta de la propuesta, a la que otorgan un valor añadido. En especial, la inicial, en la que se nos explica con pelos y señales por qué los tontos se reproducen más que los listos: básicamente porque no piensan, no se plantean nada, lo dan todo por bueno y no almacenan en su alma, si es que la tienen, el más mínimo elemento metafísico. Aunque apenas duró una semana en las pocas salas que se estrenó, la productora debió captar su carga subversiva, pues no se gastó ni un dólar en promocionarla y la enterró a marchas forzadas en los videoclubs. Coincidiendo con las tristes profecías del señor Judge, el público pasó de verla y, como aún no se había rodado la necesaria Culo, acudieron en masa a los cines en que se proyectaban la última de superhéroes de tebeo o de viejos héroes de la televisión de los sesenta.

Si a mí me marcó Idiocracy fue porque comparto las preocupaciones de su autor. Y supongo que no soy el único. También yo asisto a lo que se me antoja una expansión de la idiotez en todos los ámbitos de la vida en este planeta. La veo por todas partes y en todos los entornos, de Artur Mas al Estado Islámico, de Mariano Rajoy a Donald Trump o de Pablo Alborán a Lady Gaga. El tema es tan amplio y preocupante que este opúsculo se centrará en la expansión de la idiocracia en España (con puntuales referencias al mundo exterior), que es lo que nos cae más cerca y lo que nos afecta de manera más directa. No aspiro a llegar a grandes conclusiones, pero sí a reflexionar —espero que de manera amena— sobre los últimos treinta años de vida española y tratar de entender cómo hemos podido cagarla tanto, en tantos frentes y de forma tan veloz. Otros países necesitan siglos para enviar al hoyo las ilusiones de sus padres fundadores, mientras que aquí nos han bastado tres décadas de mala leche, estupidez, ineptitud y cleptomanía para fabricar la peculiar idiocracia que ahora disfrutamos en prácticamente todos los campos: política, moral, ética, cultura, economía, medios de comunicación...

Les aviso de que poco optimismo van a encontrar en estas páginas. Mi estado actual es de una desesperanza absoluta y ya solo puedo encomendarme a san Pristiq y san Trankimazin, cuya intercesión se me ha hecho necesaria, desde que abandoné el alcohol, para aguantar la vida cotidiana en mi ciudad, mi país, mi continente y mi planeta.

Y lo que más me desespera es que los españoles accedimos a finales de los años setenta a eso que los anglosajones llaman un fresh start, un nuevo comienzo, y empezamos a desperdiciarlo enseguida. En 1982, hasta los más cínicos creían que empezaba una nueva etapa en la vida de la nación con la victoria electoral de los socialistas, principales responsables de la situación actual, ya que de la derecha no esperábamos nada. Treinta y tantos años después, nuestros males endémicos —la miseria moral, la tendencia al latrocinio, la picaresca sin gracia alguna, la improvisación y la jeta— gozan de perfecta salud. Nadie cree en nada (salvo los devotos del nacionalismo, dado que, lamentablemente, tan penoso anacronismo vive sus años de gloria) y nadie se fía de nadie (exceptuando a las almas de cántaro que votan a Podemos y que cada vez van a ser menos, o esa impresión tengo). Hemos acabado por llevar a la práctica la famosa máxima de Lope de Aguirre: «Cada uno para sí y Dios contra todos.» Y tampoco se nos puede culpar por completo. Sí, tendemos a la vagancia física y moral, pero los dirigentes políticos y los líderes de opinión que elegimos nos dan muy mal ejemplo.

¡Con lo bonito que parecía el futuro cuando se murió el general Franco! Pero lo único que ocurrió fue que se nos vino la democracia encima y no supimos qué hacer con ella. O lo intuimos (algunos), pero no perseveramos lo suficiente en la dirección adecuada. Se potenciaron los derechos sobre los deberes, se descuidaron la educación y la cultu

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