El triunfo del dinero

Niall Ferguson

Fragmento

Agradecimientos

Agradecimientos

Aunque escribir es una actividad solitaria, ningún libro constituye una aventura a solas. Doy las gracias al personal de los siguientes archivos: Museo Histórico de Amsterdam; Biblioteca Nacional de Francia, París; Museo Británico, Londres; Museo del Algodón, en la Lonja del Algodón de Memphis; Archivo Nacional de Holanda, La Haya; Museo Estatal de Luisiana, Nueva Orleans; Archivos Medici, en el Archivo Municipal de Florencia; Archivo Nacional de Escocia, Edimburgo; Biblioteca Nacional de Italia, Venecia; Archivo Rothschild, Londres; y Archivo Scottish Widows, Edimburgo. Varios eruditos y bibliotecarios respondieron con generosidad a mis peticiones de ayuda. En particular, quisiera dar las gracias a Melanie Aspey, Tristram Clarke, Florence Groshens, Francesco Guidi-Bruscoli, Greg Lambousy, Valerie Moar, Liesbeth Strasser, Jonathan Taylor y Lodewijk Wagenaar. Asimismo he contado en mi investigación con la inestimable ayuda de Andrew Novo.

Vaya un especial agradecimiento al selecto grupo de expertos financieros que aceptaron ser oficialmente entrevistados: Domingo Cavallo, Joseph DiFatta, John Elick, Kenneth Griffin, William Gross, José Piñera, lord Rothschild, sir Evelyn de Rothschild, Richard Scruggs, George Soros, George Stevenson, Carmen Velasco, Paul Volcker, Sherron Watkins y Robert Zoellick. También he aprendido mucho de mis conversaciones extraoficiales con los participantes en diversos eventos organizados por Morgan Stanley y GLG Partners.

La versión original inglesa de este libro ha sido editada por Penguin a ambos lados del Atlántico. En Nueva York fue un placer y un privilegio poder tener por primera vez como editora a Ann Godoff. En Londres, Simon Winder se aseguró de que ni un solo ejemplo de jerga ininteligible llegara a la imprenta. Michael Page realizó un magnífico trabajo como corrector de estilo. También debo dar las gracias a Richard Duguid, Ruth Stimson, Rosie Glaisher, Alice Dawson, Helen Fraser, Stefan McGrath, Ruth Pinkney y Penelope Vogler.

Al igual que mis tres obras anteriores, El triunfo del dinero se concibió desde el primer momento como una serie televisiva además de como un libro. En la cadena británica Channel 4 tengo una deuda con Julian Bellamy, Ralph Lee, Kevin Lygo y, sobre todo, Hamish Mykura. Nuestras ocasionales tensiones siempre fueron creativas. En la neoyorquina W-Net Channel 13, Stephen Segaller ha sido un inestimable apoyo. Estoy especialmente agradecido al equipo de recaudación de fondos de Channel 13, dirigido por Barbara Bantivoglio, por todos sus esfuerzos. Ni la serie televisiva ni el libro habrían sido posibles sin el extraordinario equipo de personas reunido por Chimerica Media: Dewald Aukema, nuestro sin par cineasta; Rosalind Bentley, nuestra investigadora; Vaughan Matthews, nuestro cámara auxiliar; Paul Paragon y Ronald van der Speck, nuestros técnicos de sonido ocasionales; Joanna Potts, nuestra ayudante de producción; Vivienne Steel, nuestra jefa de producción, y Charlotte Wilkins, nuestra coordinadora de producción, sin olvidar tampoco a su predecesora, Hedda Archbold. En cuanto a Melanie Fall y Adrian Pennink, mis colegas «chimericanos», baste decir que sin ellos El triunfo del dinero ni siquiera habría despegado del suelo.

Entre las numerosas personas que nos ayudaron a filmar la serie, hubo varios «arregladores» que se desvivieron por ayudarnos. Doy las gracias a Sergio Ballivian, Rudra Banerji, Matias de Sa Moreira, Makarena Gagliardi, Laurens Grant, Juan Harrington, Fernando Mecklenburg, Alexandra Sánchez, Tiziana Tortarolo, Khaliph Troup, Sebastiano Venturo y Eelco Vijzelaar. Mi amigo Chris Wilson se aseguró de que no perdiera ningún avión.

Tengo la inmensa fortuna de tener en la persona de Andrew Wylie al mejor agente literario del mundo, y en la de Sue Ayton a su equivalente en el ámbito de la televisión inglesa. Vaya asimismo mi agradecimiento a James Pullen y a todo el resto del personal de las oficinas en Londres y en Nueva York de la Agencia Wylie.

Varios historiadores, economistas y operadores financieros leyeron generosamente todo o parte del borrador del manuscrito, o comentaron cuestiones clave. Quisiera dar las gracias a Rawi Abdelal, Ewen Cameron Watt, Richart Carty, Rafael DiTella, Mohamed El-Erian, Benjamin Friedman, Brigitte Granville, Laurence Kotlikoff, Robert Litan, George Magnus, Ian Mukherjee, Greg Peters, Richard Roberts, Emmanuel Roman, William Silber, André Stern, Lawrence Summers, Richard Sylla, Nassim Taleb, Peter Temin y James Tisch. Ni que decir tiene que todos los errores factuales o de interpretación que hayan podido quedar son de mi exclusiva responsabilidad.

La investigación y la redacción de este libro se realizaron en un momento de considerable agitación personal. Sin los conocimientos y el apoyo de tres instituciones académicas concretas habría resultado sencillamente imposible hacerlo. En la Universidad de Oxford, quisiera dar las gracias al rector y a los miembros del Jesus College, a sus homólogos del Oriel College y al personal de la Biblioteca Bodleiana. En la Hoover Institution de Stanford, he contraído una deuda con John Raisian, el director, y con su excelente personal, especialmente Jeff Bliss, William Bonnett, Noel Kolak, Richard Sousa, Celeste Szeto, Deborah Ventura y Dan Wilhelm. Entre los miembros de Hoover que han inspirado o colaborado en esta obra se incluyen Robert Barro, Stephen Haber, Alvin Rabushka y Barry Weingast.

Mi mayor deuda, no obstante, es con mis colegas de Harvard. Se tardaría mucho en dar las gracias uno por uno a todos los miembros de la Facultad de Historia de dicha universidad, de modo que me limitaré a los que contribuyeron directamente a este proyecto. Charles Maier ha sido una constante fuente de inspiración y amistad. Jim Hankins me ofreció su hospitalidad y su ayuda en Florencia. También quisiera dar las gracias a David Armitage, Erez Manela, Ernest May y Daniel Sargent (quien, por desgracia, se ha ido a Berkeley) por establecer el Departamento de Historia Internacional como el medio perfecto para la investigación histórica interdisciplinar. Andrew Gordon y su sucesor James Kloppenberg han presidido el departamento con una habilidad y una sensibilidad excepcionales. Y sin Janet Hatch y su personal, al menos uno de los tres platos giratorios de la administración, la investigación y la docencia habría acabado por estrellarse en el suelo.

En el Centro de Estudios Europeos he tenido la suerte de compartir espacio e ideas, entre otros, con David Blackbourn, Patricia Craig, Paul Dzus, Patrice Higonnet, Stanley Hoffman, Maya Jasanoff, Katiana Orluc, Anna Popiel, Sandy Selesky, Cindy Skach, Michelle Weitzel y Daniel Ziblatt.

Fueron, sobre todo, mis colegas de la Harvard Business School los que hubieron de llevar todo el peso durante el curso 2006-2007. Ante todo, agradezco al decano Jay Light que se mostrara tan amable conmigo en aquellos momentos de crisis. Pero estoy igualmente agradecido a los miembros de la sección de Negocios y Gobierno de la Unidad de Economía Internacional por tolerar mis ausencias imprevistas, en especial a Richard Vietor, al que dejé en la estacada, así como a Rawi Abdelal, Laura Alfaro, Diego Comín, Arthur Daemmrich, Rafael DiTella, Catherine Duggan, Lakshmi Iyer, Noel Maurer, David Moss, Aldo Musacchio, Forest Reinhardt, Julio Rotemberg, Debora Spar, Gunnar Trumbull, Louis Wells y Eric Werker. Zac Pelleriti me proporcionó una ayuda administrativa vital.

Debo también dar las gracias a Steven Bloomfield y sus colegas del Centro Weatherhead de Asuntos Internacionales; a Graham Allison y todo el personal del Centro Belfer de Ciencia y Asuntos Internacionales; a Claudia Goldin y demás participantes en el Taller de Historia Económica; y por último, aunque no en último lugar, a Dorothy Austin, Diana Eck y el resto de moradores de la Casa Lowell.

Finalmente, doy las gracias a todos mis estudiantes de ambos lados del río Charles, en especial a los alumnos de mis clases 10B, 1961, 1964 y 1965. He aprendido mucho de sus numerosos trabajos y de las innumerables conversaciones formales e informales que hacen que trabajar en Harvard sea una delicia.

En la época en la que se escribió este libro, mi esposa, Susan, luchaba por recuperarse de un grave accidente y de otros reveses. Con ella y con nuestros hijos, Felix, Freya y Lachlan, es con quienes tengo la mayor deuda. Solo desearía poder compensarles con una moneda más sólida.

Cambridge, Massachusetts, junio de 2008

Ilustraciones

Ilustraciones

El copyright de las fotografías se indica entre paréntesis. Se han hecho todos los esfuerzos posibles para contactar con los propietarios de los derechos. Los editores estarán encantados de subsanar en futuras ediciones cualquier error u omisión que se les indique.

ILUSTRACIONES INTEGRADAS EN EL TEXTO

El Cerro Rico de Potosí (Sergio Ballivian).

Tablilla de arcilla de Mesopotamia, II milenio a.C. (administradores del British Museum).

Tablilla de arcilla de Mesopotamia (reverso), II milenio a.C. (administradores del British Museum).

El arresto de Gerard Law (Mirrorpix).

Quentin Massys, El banquero (1514) (foto RMN).

Página del «libro secreto» de los Medici (Archivio di Stato di Firenze).

Bonos a diez años del Estado japonés (Embajada de Japón en el Reino Unido).

Grabado de Pieter van der Heyden a partir de La batalla por el dinero de Pieter Brueghel el Viejo, posterior a 1570 (Metropolitan Museum of Art).

Un consol al 5 por ciento (enero de 1796) (Hersh L. Stern, Annuity Museum).

Bono de algodón confederado con sus cupones (Michael Vidler).

«Billete gris» confederado de cinco dólares del estado de Luisiana (Louisiana State Museum).

Billete de un billón de marcos alemanes de 1923 (Ron Wise).

La acción más antigua conocida (1606) (www.oldest-share.com).

Una acción de la Compagnie des Indes (Bibliothèque Nationale de France).

Escena en la calle Quincampoix, 1719 (Historic New Orleans Collection).

Grabado de La gran escena de la locura (1720) (Historic New Orleans Collection).

Bernard Picart, Monumento consagrado a la posteridad (1721) (Harvard Business School).

Alan Greenspan y Kenneth Lay (PA Images).

Nueva Orleans después del Katrina (Adrian Pennink).

Alexander Webster predicando en Edimburgo (Dawn Mcquillan).

Cálculos del originario Fondo para la Provisión de Viudas y Huérfanos de los Ministros de la Iglesia de Escocia (National Archives, Escocia).

Póliza de seguro de vida de sir Walter Scott (Scottish Widows).

Hombres y mujeres en el asilo para pobres (Ramsay Macdonald Papers, National Archives).

Hombres comiendo en el asilo para pobres de Marylebone (Peter Higginbotham).

Milton Friedman (Universidad de Chicago).

Stowe House (National Trust).

Tres generaciones de aristócratas: el primer, segundo y tercer duques de Buckingham (Stowe House Preservation Trust, Stowe School Photographic Archives).

Manifestación de protesta por el hambre en Detroit (Walter P. Reuther Library).

Protesta «Acabemos con el terror policial de Ford-Murphy» (Walter P. Reuther Library).

Qué bello es vivir (PA Images).

Danny Faulkner con su helicóptero (Dallas Morning News).

William Jardine (Jardine, Matheson).

James Matheson (Jardine, Matheson).

Jaime Roldós Aguilera, presidente de Ecuador, y Omar Torrijos, presidente de Panamá (Getty).

George Soros (Soros).

El ministro de Hacienda británico Norman Lamont (PA Images).

LÁMINAS

1. Página del Liber abaci de Fibonacci, publicado en 1202 (reproducido con el amable consentimiento del Ministero per i Beni e le Attività Culturali de Italia, Biblioteca Nazionale Centrale di Firenze).

2. La Adoración de los Magos de Botticelli (Alinari).

3. Nathan Mayer Rothschild (N. M. Rothschild & Sons).

4. Portada de Le Rire (Mary Evans Picture Library).

5. Cañoneras unionistas en el Mississippi (Museum of the Confederacy).

6. El Imperio holandés (Dutch National Archives).

7. Emanuel de Witte, Beurs van Amsterdam, 1653 (Rijksmuseum Amsterdam).

8. Retrato de John Law (Louisiana State Museum).

9. Mapa de Luisiana (Louisiana State Museum).

10. Luisiana (Louisiana State Museum).

11. Dos platos holandeses inspirados en el crac de las Mississippi.

12. Terremoto en Tokio.

13. Richard «Dickie» Scruggs (New York Times).

14. Ken Griffin, fundador y director general de Citadel (Citadel).

15. Díptico de Grenville.

16. Mural de Diego Rivera en el atrio ajardinado del Instituto de Arte de Detroit, muro norte (Detroit Institute of Arts).

17. Mural de Diego Rivera en el atrio ajardinado del Instituto de Arte de Detroit, muro sur (detalle) (Detroit Institute of Arts).

18. Detalle del Monopoly original de Charles Darrow, con las calles de Atlantic City.

19. El original «Míster Monopoly».

20. La antigua Chongqing (foto de G. H. Thomas, autor de An American in China: 1936-1939).

21. La moderna Chongqing.

Introducción

Introducción

Plata, pasta, guita, efectivo, cuartos, vil metal, parné, pelas, peculio, recursos… da igual como se le llame: el dinero es importante. Para los cristianos, el apego al dinero es la raíz de todo mal. Para los generales representa el nervio vital de la guerra; para los revolucionarios, las cadenas del trabajo. Pero ¿qué es exactamente el dinero? ¿Una montaña de plata, como creían los conquistadores españoles? ¿O bastan unas simples tablillas de arcilla o papeles impresos? ¿Cómo hemos llegado a vivir en un mundo donde la mayor parte del dinero es invisible, poco más que unas cuantas cifras en una pantalla de ordenador? ¿De dónde vino el dinero? ¿Y adónde se fue?

En 2007, la renta del estadounidense medio (algo menos de 34.000 dólares) subió alrededor de un 5 por ciento.1 Pero el coste de la vida aumentó un 3,5 por ciento en el mismo período. De modo que, en términos reales, este ciudadano medio ha mejorado solo un 1,5 por ciento. Si se tiene en cuenta la inflación, de hecho la renta de la familia media en Estados Unidos apenas ha cambiado desde 1990, incrementándose solo un 7 por ciento hasta 2008.2 Ahora comparemos la situación del ciudadano medio con la de Lloyd Blankfein, presidente del banco de inversiones Goldman Sachs. En 2007, Blankfein cobró 73,7 millones de dólares en concepto de salario, primas y acciones, lo que representa un incremento del 25 por ciento en relación con el año anterior, y unas dos mil veces más de lo que ganó el estadounidense medio. Ese mismo año, los ingresos netos de Goldman Sachs (46.000 millones de dólares) superaron el producto interior bruto (PIB) de más de un centenar de países como Croacia, Serbia y Eslovenia; o Bolivia, Ecuador y Guatemala; o Angola, Siria y Túnez. Los activos totales del banco superaron por primera vez el umbral del billón de dólares.3 Otros altos ejecutivos de Wall Street también ganaron grandes cantidades de dinero, aunque no tanto. Según la revista Forbes, Richard S. Fuld, de Lehman Brothers, ganó 71,9 millones de dólares; James Dimon, de JP Morgan Chase, 20,7 millones, y Kenneth D. Lewis, de Bank of America, 20,1 millones, situándose justo por delante de Charles O. Prince, de Citigroup (con 19,9 millones), John Mack, de Morgan Stanley (con 17,6 millones), y John Thain, de Merrill Lynch (con 15,8 millones). Pero Lloyd Blankfein está lejos de ser el financiero que más dinero ganó en el mundo en el año 2007. Angelo R. Mozilo, de Countrywide Financial, cobró 102,8 millones de dólares. E incluso esta cantidad parece insignificante al lado de las inmensas sumas que ganan algunos gestores de fondos de riesgo (hedge funds).* El especulador George Soros ganó 2.900 millones de dólares. Ken Griffin, de la empresa Citadel, al igual que los fundadores de otras empresas líderes en el sector de los fondos de riesgo, ganó más de 2.000 millones de dólares. El alto ejecutivo peor pagado en el mundo financiero estadounidense en 2007 fue James E. Cayne, de Bear Stearns, que cobró 690.757 dólares, cifra que representa una drástica caída en comparación con los casi 290 millones que había ganado en los nueve años anteriores. Mientras tanto, casi mil millones de personas en todo el mundo luchaban por sobrevivir con apenas un dólar diario.4

Resulta que en el año 2007 se presenció el comienzo de la peor crisis financiera que ha experimentado el mundo desde la Gran Depresión. En el plazo de poco más de un año ocurrieron una serie de acontecimientos que dejaron en ridículo la pretensión de que las generosas retribuciones pagadas a los financieros estaban justificadas por sus excepcionales cualidades, especialmente en el ámbito de la gestión de riesgos. Para cuando hube de revisar el texto de este libro de cara a la edición inglesa de bolsillo, Bear Stearns había tenido que ser rescatada del colapso por JP Morgan, Countrywide había sido absorbida por Bank of America, Merrill Lynch había sufrido el mismo destino y Lehman Brothers se había ido a pique. Citigroup había perdido 18.700 millones de dólares en 2008, comiéndose la mayor parte de sus ganancias desde 2005, mientras que Merrill Lynch había perdido 35.800 millones, acabando también con sus ganancias desde 1996. Tanto Goldman Sachs como Morgan Stanley se habían visto obligados a dejar de ser bancos de inversiones para convertirse en holdings bancarios, lo que señalaba el final de un modelo de negocio cuyos orígenes se remontaban a la década de 1930. Todos los bancos que habían sobrevivido habían aceptado inyecciones de capital del Tesoro estadounidense al amparo del denominado Programa de Recuperación de Activos con Problemas. Sin embargo, y pese a la ayuda del Estado, las cotizaciones de sus acciones siguieron bajando, lo que a su vez incrementaba la posibilidad de una nacionalización directa al menos en el caso de algunos de ellos. En febrero de 2009, por ejemplo, las acciones de Citigroup se habían desplomado, y habían pasado de los 55 dólares a los que se cotizaban en junio de 2007 a solo 1,49.

¿Le irrita que el mundo sea tan injusto? ¿Le exasperan esos capitalistas ricachones y esos banqueros milmillonarios? ¿Le desconcierta el enorme abismo que separa a los que tienen —especialmente los que tienen yates— de los que no tienen nada? No es usted el único. A lo largo de la historia de la civilización occidental ha habido siempre una hostilidad recurrente hacia las finanzas y los financieros, arraigada en la idea de que quienes se ganan el sustento prestando dinero son, de algún modo, parásitos de las «verdaderas» actividades económicas de la agricultura y la industria. Esa hostilidad tiene tres causas: se debe a que los deudores siempre han tendido a superar en número a los acreedores, y a que los primeros raramente han tenido una predisposición favorable hacia los segundos; asimismo se debe a que se producen crisis financieras y escándalos con la suficiente frecuencia como para hacer que parezca que las finanzas son causa de pobreza y no de prosperidad, de inestabilidad antes que de estabilidad, y se debe también a que, durante siglos y en países de todo el mundo, los servicios financieros han estado en manos, en una excesiva proporción, de miembros de determinadas minorías étnicas o religiosas, que habían sido excluidas de la propiedad de la tierra o de la administración pública, pero que habían logrado un gran éxito en las finanzas gracias a que contaban con sus propias redes, fuertemente cohesionadas, de parientes y personas de confianza.

No obstante, y pese a nuestros arraigados prejuicios contra el «vil metal», el dinero es la raíz de la mayor parte del progreso. Recordando a Jacob Bronowski (cuya maravillosa serie televisiva sobre la historia del progreso científico seguí ávidamente cuando era estudiante), podríamos decir que el triunfo del dinero ha sido esencial para el triunfo del hombre. Lejos de ser obra de meras sanguijuelas deseosas de chupar la sangre a las familias endeudadas o de jugar con los ahorros de las viudas y los huérfanos, la innovación financiera ha representado un factor indispensable en el desarrollo del hombre desde una miserable subsistencia hasta las vertiginosas cotas de prosperidad material que tantas personas conocen hoy. La evolución del crédito y la deuda ha sido tan importante como cualquier innovación tecnológica en el auge de la civilización, desde la antigua Babilonia hasta la actual Hong Kong. Los bancos y el mercado de bonos proporcionaron la base material de los esplendores del Renacimiento italiano. La financiación empresarial constituyó el fundamento indispensable tanto del Imperio holandés como del británico, del mismo modo que no se puede desvincular el triunfo de Estados Unidos en el siglo XX de los avances realizados en los seguros, la financiación hipotecaria y los créditos al consumo. Y quizá también sea una crisis financiera la que señale el ocaso de la primacía global estadounidense.

Detrás de todo gran fenómeno histórico hay un secreto financiero, y este libro se propone ilustrar los más importantes de ellos. Por ejemplo, si el Renacimiento pudo generar una gran expansión en el mercado del arte y la arquitectura, fue gracias a que diversos banqueros italianos como los Medici hicieron fortuna aplicando las matemáticas orientales al dinero. Si la República de Holanda prevaleció sobre el Imperio de los Habsburgo, fue gracias al hecho de que tener el primer mercado de valores moderno del mundo resultó financieramente preferible a tener la mayor mina de plata del mundo. Si los problemas de la monarquía francesa no pudieron resolverse sin una revolución, fue porque un asesino convicto escocés había desbaratado el sistema financiero galo creando y haciendo estallar la primera burbuja bursátil de la historia. La derrota de Napoleón en Waterloo se debió a Nathan Rothschild tanto como al duque de Wellington. Fue la locura financiera, un ciclo autodestructivo de impagos y devaluaciones, la que hizo que Argentina pasara de ser el sexto país más rico del mundo en la década de 1880 a convertirse en un desastre inflacionista en la de 1980.

Si lee este libro entenderá por qué, paradójicamente, las personas que viven en el país más seguro del mundo son también las que más seguros contratan. Descubrirá cuándo y por qué los pueblos anglosajones desarrollaron su peculiar obsesión por comprar y vender casas. Y lo que quizá sea más importante: verá cómo la globalización de las finanzas, entre otras cosas, ha venido a difuminar la vieja distinción entre mercados desarrollados y emergentes, convirtiendo a China en el banco de Estados Unidos: un acreedor comunista de un deudor capitalista, lo que representa un cambio de trascendencia histórica.

A veces, el triunfo del dinero ha parecido inexorable. En 2006, la producción económica cuantificada en todo el mundo rondaba los 48,6 billones de dólares. La capitalización bursátil total de los mercados de valores del mundo era de 50,6 billones de dólares, es decir, un 4 por ciento mayor. El valor total de los bonos nacionales e internacionales era de 67,9 billones de dólares, un 40 por ciento mayor. El planeta Finanzas estaba empezando a empequeñecer al planeta Tierra. Y también parecía girar más deprisa que él. Cada día, 3,1 billones de dólares cambiaban de manos en los mercados de divisas. Cada mes, 5,8 billones de dólares cambiaban de manos en los mercados de valores globales. Cada minuto de cada hora de cada día de cada semana, alguien, en alguna parte, estaba operando en bolsa. Y constantemente evolucionaban nuevas formas de vida financiera. En 2006, por ejemplo, el volumen de adquisiciones apalancadas (compras de empresas financiadas con préstamos) alcanzó la cifra de 753.000 millones de dólares. Una explosión de «titularización» (una práctica por la que se cogen deudas individuales como las hipotecas, se dividen en «tramos», se agrupan en paquetes y se convierten para su venta) elevó la emisión total anual de títulos con garantía hipotecaria, títulos garantizados por activos y obligaciones de deuda colateralizada* por encima de los tres billones de dólares. El volumen de derivados financieros —contratos derivados de valores u operaciones ya existentes, como IRS («interest rate swaps», contratos de futuros aplicados al tipo de interés de mercado) o CDS («credit default swaps», contratos de seguros frente al impago de un crédito)—** ha crecido aún más rápido, de modo que a finales de 2006 el valor nocional de todos los derivados financieros extrabursátiles (excluyendo los negociados en intercambios públicos) estaba justo por encima de los 400 billones de dólares. Antes de la década de 1980, cosas así resultaban prácticamente desconocidas. También proliferaron nuevas instituciones. El primer fondo de riesgo se creó en la década de 1940, y todavía en una fecha tan reciente como 1990 había solo 610 de ellos, que gestionaban 38.900 millones de dólares. A finales de 2006 había 9.462, que gestionaban 1,5 billones de dólares. También se multiplicaron las sociedades de inversión de capital privadas. Los bancos, mientras tanto, crearon toda una serie de «conductos» y «vehículos estructurados de inversión» (SIV, por sus siglas en inglés) a fin de mantener los activos potencialmente arriesgados fuera de sus balances contables. Era como si hubiera surgido todo un sistema bancario en la sombra. Si los últimos cuatro milenios presenciaron el triunfo del hombre pensante, ahora parece que estuviésemos viviendo el triunfo del hombre banquero.

En 1947, el valor total añadido por el sector financiero al producto interior bruto de Estados Unidos fue del 2,3 por ciento; en 2005, su aportación había subido al 7,7 por ciento del PIB. En otras palabras: aproximadamente un dólar de cada trece pagados a empleados estadounidenses iba a parar a gente que trabaja en las finanzas.5 Pero estas todavía se habían hecho más importantes en el Reino Unido, donde en 2006 representaron el 9,4 por ciento del PIB. El sector financiero también se había convertido en el foco de atracción más poderoso del mundo para el talento académico. En 1970 solo alrededor de un 5 por ciento de los hombres graduados en Harvard —donde yo doy clases— pasaron a trabajar en las finanzas; en 1990, esa cifra había subido al 15 por ciento.* En 2007, la proporción era aún mayor. Según el periódico Harvard Crimson, más del 20 por ciento de los hombres del curso de 2007, y el 10 por ciento de las mujeres, confiaban en que sus primeros puestos de trabajo fueran en la banca. ¿Y quién puede culparles por ello? En los últimos años, los sueldos en el sector financiero habían sido casi el triple de los obtenidos por los graduados de las universidades privadas más selectas de Estados Unidos en otros sectores de la economía.

Para cuando los alumnos del curso de 2007 se graduaron, parecía ciertamente que nada podía detener el imparable auge de las finanzas globales. Ni los atentados terroristas de Nueva York y Londres. Ni la violenta guerra en Oriente Próximo. Y desde luego, tampoco el cambio climático global. Pese a la destrucción de las Torres Gemelas, las invasiones de Afganistán e Irak y varias catástrofes meteorológicas extremas, el período que va de finales de 2001 a mediados de 2007 se ha caracterizado por una expansión financiera sostenida. Es cierto que inmediatamente después del 11-S el índice industrial Dow Jones había llegado a caer hasta un 14 por ciento. Sin embargo, en el plazo de poco más de dos meses había recuperado de nuevo los niveles anteriores al 11-S. Asimismo, aunque 2002 fue un año decepcionante para los inversores en acciones estadounidenses, el mercado resurgió de nuevo, superando su máximo anterior (en el apogeo de la fiebre del «punto com») en el otoño de 2006. A comienzos de octubre de 2007, el Dow Jones se hallaba a casi el doble del nivel al que había bajado en su mínimo de cinco años antes. Tampoco es que el rendimiento de la Bolsa estadounidense fuera excepcional. En los cinco años transcurridos hasta el 31 de julio de 2007, todos los mercados bursátiles del mundo menos dos dieron rendimientos anuales de dos dígitos. También los bonos de los mercados emergentes experimentaron un fuerte ascenso, y en los mercados inmobiliarios, especialmente en el mundo anglosajón, se produjo una notable apreciación de capital. Tanto si invertían en mercaderías como en obras de arte, en vino añejo o en exóticos valores con garantía de activos, el caso es que los inversores ganaban dinero.

¿Y cómo se explicaban tales maravillas? Según una escuela de pensamiento, las últimas innovaciones financieras habían aportado una mejora fundamental en la eficacia del mercado de capitales global, permitiendo asignar el riesgo a quienes eran más capaces de aguantarlo. Los más entusiastas hablaban incluso de la muerte de la inestabilidad. Los banqueros, satisfechos de sí mismos, organizaban conferencias con títulos tales como «La evolución de la excelencia». En noviembre de 2006, yo mismo participé en una de aquellas conferencias, que se desarrollaba en un emplazamiento peculiarmente lujoso: Lyford Cay, en las Bahamas. El tema de mi discurso era que no haría falta mucho para desencadenar una caída drástica de liquidez que luego creara un efecto dominó en todo el sistema financiero mundial, y que debíamos ser cautos y no esperar que las vacas gordas duraran indefinidamente. Mi público se mostró muy poco impresionado, y fui tildado de alarmista. Uno de los inversores más experimentados presentes en el acto llegó incluso a sugerir a los organizadores que «el año que viene más vale que prescindan de oradores externos y en lugar de ello ofrezcan un pase de Mary Poppins».6 Pero precisamente la mención de este personaje me trajo un recuerdo de la infancia. Puede que los fans de Julie Andrews recuerden que el argumento de este clásico musical gira en torno a un acontecimiento financiero que cuando se rodó la película, en la década de 1960, parecía muy pintoresco: un pánico bancario —es decir, una oleada de clientes que corren a retirar su dinero—; algo que no se veía en Londres desde 1866.

No es casualidad que la familia que contrata a Mary Poppins se apellide Banks («bancos» en inglés). El señor Banks es, de hecho, banquero, un alto cargo de una entidad denominada Dawes, Tomes, Mousley, Grubbs, Fidelity Fiduciary Bank. A instancias de él, un día los niños Banks van de la mano de su nueva niñera a visitar el banco, donde el señor Dawes padre recomienda a Michael, el hijo del señor Banks, que deposite allí su dinero de bolsillo (dos peniques). Desgraciadamente, el joven Michael prefiere gastar el dinero en comida para las palomas que hay delante del banco, de modo que le exige al señor Dawes: «¡Devuélvamelo! ¡Devuélvame mi dinero!». Para empeorar las cosas, algunos de los clientes del banco oyen por casualidad las demandas de Michael. El resultado es que empiezan a retirar su dinero. Pronto hay una turbamulta de gente haciendo lo mismo, y ello obliga al banco a suspender los pagos. El señor Banks es diligentemente despedido, lo que desencadena el trágico lamento de haberse visto «abocado a la ruina y la destrucción en la flor de la vida». Esas mismas palabras podría haberlas pronunciado con no menor justificación Adam Applegarth, ex director ejecutivo del banco británico Northern Rock, que sufrió una suerte similar en septiembre de 2007 cuando sus clientes empezaron a hacer cola delante de todas las sucursales del banco para retirar sus fondos. El hecho se produjo tras el anuncio de que el Northern Rock había solicitado un «recurso de apoyo a la liquidez» al Banco de Inglaterra.

La crisis financiera que se desató en el mundo occidental en el verano de 2007 constituyó un oportuno recordatorio de una de las verdades permanentes de la historia financiera. Antes o después, toda burbuja estalla. Antes o después, los vendedores bajistas superan en número a los compradores alcistas. Antes o después, la codicia se convierte en temor. Cuando concluía mis investigaciones para la elaboración de este libro, en los primeros meses de 2008, existía ya una clara posibilidad de que la economía estadounidense entrara en recesión. Un año después, en el momento de revisar esta introducción de cara a la edición inglesa de bolsillo, el país estaba sufriendo ya claramente la recesión más grave desde comienzos de la década de 1980, con una significativa probabilidad de que se produjera una prolongada depresión. ¿Se debía a que las empresas norteamericanas lo habían hecho peor a la hora de diseñar nuevos productos? ¿Se había reducido repentinamente el ritmo de la innovación tecnológica? No. La causa inmediata de la contracción económica de 2008-2009 era de índole financiera: para ser más exactos, un espasmo en el sistema crediticio precipitado por los crecientes impagos en una clase de deudas conocidas eufemísticamente como «hipotecas subprime». Nuestro sistema financiero global se había vuelto tan intricado que unas familias relativamente pobres que viven en estados norteamericanos como Alabama o Wisconsin pudieron comprar o rehipotecar sus viviendas por medio de créditos, a menudo complejos, que (sin saberlo ellos) luego se agruparon en paquetes con otros créditos similares, se convirtieron en CDO y fueron vendidas por los bancos en Nueva York y Londres, entre otros, a bancos regionales alemanes y autoridades municipales noruegas, que, de ese modo, pasaban a convertirse de hecho en los prestadores hipotecarios. Esas CDO habían sido cortadas y troceadas hasta tal punto que se podía afirmar que al menos una parte de los pagos de intereses de los prestatarios originales representaban un flujo de ingresos tan fiable como el interés de un bono del tesoro estadounidense a diez años, y, por lo tanto, era digna de la codiciada clasificación de la «triple A». Ello llevaba la alquimia financiera a un nuevo nivel de sofisticación, que en apariencia convertía el plomo en oro.

Sin embargo, cuando las hipotecas originales se reposicionaron a tipos de interés superiores una vez que hubo expirado el período de «carencia» inicial de uno o dos años, los prestatarios empezaron a incumplir sus pagos. Esto, a su vez, era un síntoma de que en Estados Unidos la burbuja inmobiliaria empezaba a desinflarse, desencadenando la mayor caída del precio de la vivienda desde la década de 1930. Lo que siguió a continuación pareció una reacción en cadena, lenta, pero en última instancia devastadora. Todos los ABS, valores garantizados por activos, incluidos numerosos instrumentos financieros que en realidad no estaban respaldados por hipotecas subprime, se desplomaron. Herramientas como los conductos y los vehículos estructurados de inversión, que habían sido creados por los bancos a fin de mantener esos valores fuera de los balances bancarios, se encontraron en graves dificultades. Cuando los bancos se hicieron cargo de los valores, las ratios entre su capital y sus activos se desplomaron. Los bancos centrales de Estados Unidos y Europa trataron de aliviar la presión sobre las entidades bancarias con reducciones de los tipos de interés y ofertas de liquidez a través de «recursos de subasta a plazo». Sin embargo, los tipos a los que los bancos podían pedir dinero prestado, ya fuera emitiendo letras de cambio, ya fuera vendiendo bonos o dejándose dinero unos a otros, seguían estando bastante por encima de la tasa de los fondos federales oficialmente establecida, que representa el tipo crediticio mínimo de la economía estadounidense. Préstamos que iban originariamente destinados a financiar compras de empresas por parte de sociedades de capital privado también eran solo vendi

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