Capital erótico

Catherine Hakim

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

Capital erótico

Introducción. El capital erótico y las políticas del deseo

Primera parte: El capital erótico y las políticas sexuales modernas

1. ¿Qué es el capital erótico?

2. Políticas del deseo

3. Negación: la supresión del capital erótico

Segunda parte: Cómo actúa el capital erótico en la vida cotidiana

4. Los beneficios del capital erótico a lo largo de la vida

5. Amores modernos

6. Sin dinero no hay caramelo: la venta de ocio erótico

7. Todo para el ganador: el valor comercial del capital erótico

8. El poder del capital erótico

Apéndice A: Mediciones del capital erótico

Apéndice B: Encuestas recientes sobre sexo

Bibliografía

Agradecimientos y fuentes de las tablas y figuras

Notas

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Introducción. El capital erótico y las políticas del deseo

Introducción

El capital erótico y las políticas del deseo

Anna perdió un trabajo bien remunerado en los servicios financieros, y tuvo que invertir muchos esfuerzos en la búsqueda de un nuevo empleo. Comió menos, hizo ejercicio, adelgazó y rejuveneció diez años. También fue a la peluquería, se tiñó y salió con un peinado más corto y favorecedor, que le daba un aspecto de mayor juventud y vitalidad. Después se fue de tiendas y se compró un traje caro para resaltar su nuevo tipo, y dar una imagen a la vez atractiva y profesional. Se lo puso en todas sus entrevistas de trabajo. Le daba seguridad. Al cabo de tres meses tenía un nuevo puesto de consultora, y cobraba el 50 por ciento más que en su anterior trabajo.

Anna trabaja en el sector privado, donde las apariencias cuentan bastante más que en el público, pero lo que hizo ella lo podría hacer cualquiera. ¿Por qué no potenciar y utilizar una baza que se añade a la inteligencia, los conocimientos especializados y la experiencia? A quien busca trabajo se le suele aconsejar que recurra a su red social, y aproveche su capital social, pero actualizar la imagen y el estilo puede tener la misma eficacia.

He acuñado la expresión «capital erótico» para definir una mezcla nebulosa pero determinante de belleza, atractivo sexual, cuidado de la imagen y aptitudes sociales, una amalgama de atractivo físico y social que hace que determinados hombres y mujeres resulten atractivos para todos los miembros de su sociedad, especialmente los del sexo opuesto. Estamos acostumbrados a valorar el capital humano (estudios, formación y experiencia laboral), y desde hace un tiempo también empezamos a reconocer la importancia de las redes sociales y del capital social (no tanto qué se conoce como a quién se conoce). Este libro demuestra la existencia, y describe los efectos, de un talento que siempre se ha ignorado, hasta el extremo de no darle un calificativo: el capital erótico.

El capital erótico es tan importante como el humano y el social para entender los procesos sociales y económicos, la interacción social y la movilidad social ascendente, y es básico para entender la sexualidad y las relaciones sexuales. En las sociedades modernas, sexualizadas e individualizadas, se da cada vez más importancia y valor al capital erótico, tanto en los hombres como en las mujeres. La tradición de fomentarlo, sin embargo, y de sacar provecho de él, es más larga en las mujeres, y me consta que siempre que se estudia el tema se observa un capital erótico más abundante en ellas que en los hombres, algo que los artistas llevan siglos percibiendo.

Los expertos que asesoran a la hora de buscar trabajo recalcan que hay una sola oportunidad de dar buena impresión. Una vez hecha la preselección, todos los candidatos entrevistados para un puesto de trabajo poseen la formación necesaria y la experiencia laboral requerida; y son las entrevistas las que pueden sacar a relucir otros talentos que determinarán al vencedor, como es el capital erótico. Los títulos y la experiencia, Anna ya los tenía, así que invirtió en esta otra baza que tan a menudo se pasa por alto. Para quienes tengan pocas calificaciones, o ninguna, el capital erótico puede ser la baza personal más importante de todas.

El capital erótico, como la inteligencia, tiene valor en todos los aspectos de la vida, desde la sala de reuniones hasta el dormitorio. Las personas atractivas llaman a otras personas: amigos, amantes, colegas, clientes, fans, seguidores, votantes, partidarios, patrocinadores… Tienen más éxito en la vida privada (con más parejas y amigos entre los que elegir), pero también en la política, el deporte, el arte y los negocios. Lo que pretendo en Capital erótico es descifrar los procesos sociales que ayudan a las personas atractivas a obtener más resultados, y a obtenerlos antes. ¿A qué edad empieza a ser importante el atractivo? ¿Son conscientes de su ventaja las personas más guapas? ¿Existe algún vínculo entre la belleza y la inteligencia que otorgue doble ventaja a unos pocos afortunados? ¿Es posible fomentar el atractivo si no se nace guapo?

Ya en su primera fase, mi estudio topó con un enigma: ¡según las investigaciones, los beneficios económicos de un capital erótico elevado todavía son mayores para los hombres que para las mujeres! En lo que sí se cumplieron mis expectativas fue en que las mujeres puntuasen más en los niveles de atractivo social y físico (probablemente porque invierten más esfuerzos en estar guapas y ser agradables), aunque a los hombres, en contrapartida, se les recompensa más por esforzarse menos. Todo apunta, en suma, a que el capital erótico de las mujeres recibe menor recompensa que el de los hombres, y donde más se puede demostrar este fenómeno es en el mercado laboral. El motivo, y las posibles soluciones, son temas que analizo a lo largo del libro.

Una parte de la explicación parece radicar en lo que llamo «déficit sexual masculino»: el mayor deseo sexual de los hombres, que provoca frustraciones desde la juventud, y ejerce una influencia oculta en las actitudes masculinas frente a las mujeres, no solo en las relaciones privadas, sino en la esfera pública. Este déficit sexual masculino lo descubrí por casualidad, al leer los resultados de las últimas encuestas sobre sexo en todo el mundo. Para los hombres, ya lo dice la sabiduría popular, nunca hay bastante sexo. El déficit sexual masculino interactúa con el capital erótico, y tiñe así las relaciones entre hombres y mujeres, tanto en casa como en el trabajo. El patriarcado se ha esforzado mucho por esconderlo bajo una niebla moralizadora que controla la forma de vestir y comportarse en público de las mujeres. A mi modo de ver, el feminismo radical se ha metido en un callejón sin salida por culpa de la adopción de ideas similares que denigran el atractivo de las mujeres. ¿Por qué las convenciones masculinas sobre el decoro en el vestir y la conducta femenina no han sido cuestionadas por las feministas? ¿Por qué no se ha defendido la feminidad, en lugar de abolirla? ¿Por qué nadie anima a las mujeres a explotar a los hombres siempre que puedan? El feminismo radical puede parecer más limitador que liberador.

En este libro no se exponen opiniones ni prejuicios personales. Todos los argumentos se basan en (y parten de) un amplio abanico de pruebas que se exponen en los capítulos siguientes, y que son fruto de la investigación en el campo de las ciencias sociales. Mis dos conceptos centrales (el del capital erótico y el del déficit sexual masculino) son nuevos, pero descansan sobre una base objetiva.1

El concepto de capital erótico se expone en el primer capítulo, donde explico por qué adquiere cada vez más importancia en las sociedades acomodadas de nuestros días. Del mismo modo que el coeficiente intelectual ha aumentado ininterrumpidamente durante el último siglo (más o menos a razón de un 6 por ciento cada década), también los niveles de atractivo físico aumentan poco a poco con el tiempo. Probablemente exista alguna relación entre ambos procesos, como la hay entre la estatura y las habilidades cognitivas y sociales.2 ¿Se puede medir el capital erótico, como el coeficiente intelectual y la estatura? ¿Qué es más importante, el atractivo físico o el social?

Es bien sabido que ser alto proporciona ventajas sociales y económicas, sobre todo para los hombres. La mayoría de los presidentes de Estados Unidos han sido altos, o al menos más altos que sus contrincantes. De la misma manera, todo indica que el atractivo social y físico aporta una amplia gama de importantes beneficios en el entorno laboral y social, así como en las relaciones privadas. En la segunda parte analizo cómo funciona en la vida cotidiana el capital erótico, y presento datos científicos sobre los beneficios y las ventajas del poder erótico en todas las actividades.

Los capítulos 4 y 5 resumen una serie de estudios que demuestran lo beneficioso que es el atractivo físico y social para ambos sexos en la vida cotidiana: la amistad, las citas, el cortejo, el matrimonio, la seducción, las aventuras extraconyugales, el hacer amigos, el ser considerado como una persona buena y recta y, en términos generales, tenerlo más fácil en la mayoría de los contextos. A veces estos beneficios que aporta el capital erótico a lo largo de la vida se tildan de «discriminación», algo fuera de toda lógica, puesto que la escasez confiere valor a cualquier mercancía, talento o habilidad, tanto a la de ser encantador y convincente como a las de dominar programas informáticos, pilotar un avión o correr más deprisa que los demás.

El capital erótico puede ser crucial en las parejas estables, en la medida en que altera sutilmente las negociaciones cotidianas entre los dos miembros sobre roles y deberes. La mayoría de los estudios se han centrado en las parejas heterosexuales, pero en las homosexuales con un miembro más joven y sexualmente más atractivo se observan pautas similares. El resultado es la «economía sexual» de las relaciones privadas,3 o, por usar mi terminología, la «sexonomía» que subyace en todos los intercambios y relaciones entre hombres y mujeres.

En el capítulo 6 redefino el ocio erótico, el sexo comercial y gran parte del sector publicitario como sectores que comercializan el capital erótico. Los hombres y las mujeres del sector del ocio en sentido lato, vendan o no servicios sexuales, tienden a ser jóvenes (más, en todo caso, que la mayoría de los clientes), atractivos, frecuentemente guapos, en buena forma física y vitales, con mucho atractivo sexual, y a menudo ofrecen otras habilidades sociales o talentos artísticos adicionales, como baile, canto o acrobacias. Incluso la industria musical se ha erotizado, y hay cantantes a los que se capta sobre todo por su capacidad de proyectar sex-appeal y vitalidad en vídeos y conciertos. Los anuncios de ropa y perfumes se han sexualizado mucho. La publicidad recurre con frecuencia al despliegue de atractivo sexual y belleza femenina para vender toda clase de productos, desde detergentes hasta coches, o aceite de motor.

El capítulo 7 analiza el valor comercial del capital erótico: cómo ayuda a vender productos, servicios, ideas y medidas en la política, los medios de comunicación, el mundo laboral, el deporte y las artes. En el sector servicios, el factor de aptitud social del capital erótico puede ser de especial importancia para infundir al servicio prestado un estilo especial y un toque personal, por ejemplo en un club o en un bar. También es importante el desempeño social en todos los trabajos de oficina, sobre todo en la dirección y en las profesiones que implican contacto con los clientes. Actualmente, incluso los políticos y el mundo universitario han constatado que ser atractivo y cuidarse ayuda mucho, y que no todo se reduce a estar bien informado, puesto que lo que expone la televisión a la mirada pública no son solo sus ideas, sino sus personas. Aunque la rentabilidad del poder erótico se concentre en ocupaciones concretas, varios estudios han demostrado que existe un «plus de belleza» significativo (entre el 10 y el 20 por ciento) que afecta a los ingresos a lo largo y ancho del mundo laboral, comparable al 10 o 20 por ciento de más que reporta ser alto.

El capital erótico parece una idea tan obvia que hay que preguntarse por qué no se había identificado hasta ahora. Mi argumento, en la primera parte, es que las políticas del deseo condujeron a una derrota en toda regla de las mujeres. El capital erótico desempeña un papel muy importante en la estimulación del deseo masculino, y también, aunque no tan agresivamente, en el deseo femenino. Los debates sobre el capital erótico y su valor llevan por sistema la impronta del deseo y las necesidades sexuales del género masculino. Los hombres, por lo general, se han negado a reconocerlo, por si a las mujeres se les ocurriese explotar esta «debilidad» masculina; y así, el capital erótico de las mujeres se confunde con el déficit sexual masculino, el ego de los hombres y toda la retórica en torno a las luchas de poder entre hombres y mujeres. Las políticas sexuales modernas niegan constantemente el valor del capital erótico y la sexualidad de las mujeres en la vida privada.

Según las feministas, es un mito que los varones tengan una libido más fuerte; dicen que se ha usado como simple excusa para disculpar la mala conducta de los hombres, e insisten en que sexualmente no hay ninguna diferencia de relieve entre ambos géneros, como no la hay en otros ámbitos. Para demostrar que se equivocan, en el capítulo 2 analizo las pruebas con detenimiento, y planteo las implicaciones, de cara al capital erótico, de que el nivel de deseo difiera entre hombres y mujeres. Lo que me interesa es el impacto de esta ubicua diferencia en la importancia del capital erótico, y en su relación con el poco o nulo valor que se le asigna. Para justificar mi conclusión de que esta diferencia en el deseo (para la que he acuñado la expresión «déficit sexual masculino») es un fenómeno universal, se presentan con cierto detalle los datos de una serie de encuestas sobre sexo realizadas en varios países del mundo. Es esencial lograr que se acepte como un nuevo hecho social, ignorado hasta ahora por la mayoría de los estudiosos de las ciencias sociales, y analizar su influencia en las relaciones entre hombres y mujeres, tanto en la vida privada como en la pública.

En vista de lo sustanciales que son los beneficios del capital erótico, debemos preguntarnos por qué hasta ahora no se había reconocido de manera explícita esta baza personal. En el capítulo 3 afirmo que las ideologías patriarcales trivializaron a conciencia el capital erótico de las mujeres, para evitar que lo usaran en detrimento de los hombres. Dado que, por lo general, las mujeres poseen un capital erótico mayor que el de los hombres, estos niegan su existencia o su valor, y han tomado medidas para asegurarse de que las mujeres no puedan explotar legítimamente su ventaja relativa. En la actualidad, por desgracia, las feministas radicales se suman a las objeciones «morales» del patriarcado contra el despliegue de capital erótico. Muchos textos feministas contemporáneos coinciden con las ideas machistas en perpetuar este desprecio por la belleza y el atractivo sexual femeninos. La ideología del aspectismo (lookism), y la rebelión de los gordos, son las manifestaciones más recientes de esta negación del valor social y económico del capital erótico.

El feminismo es una iglesia muy amplia, en la que compiten muchos elementos. En general, los feminismos francés y alemán han reconocido y valorado el capital erótico de las mujeres (sin usar el concepto). Su conciencia de este capital erótico es uno de los factores que explican la gran brecha que separa a las feministas radicales puritanas anglosajonas de la mayoría de sus hermanas europeas.

El capital erótico pone de relieve un aspecto de la vida en el que no cabe duda de que las mujeres se hallan en ventaja respecto a los hombres, ventaja reforzada por el déficit sexual masculino. De momento, los hombres se han negado a admitirlo, y el reconocimiento del capital erótico como cuarto activo personal revela que en el siglo XXI las ciencias sociales continúan siendo sexistas y patriarcales, a pesar de las aportaciones de las pensadoras feministas. Dicho reconocimiento conduce asimismo a una nueva perspectiva sobre algunos aspectos de la vida pública que generan enconados debates, como la prostitución y los vientres de alquiler.

El concepto de capital erótico surgió de un amplio análisis de los datos científicos sobre la posición de las mujeres en el mercado laboral y en las relaciones privadas, y de las carencias que se observan en las teorías existentes sobre los factores que llevan a tener éxito en la vida, y en la visión popular del funcionamiento de las relaciones. Mi objetivo es brindar una nueva perspectiva que arroje luz sobre todos los aspectos de las relaciones, tanto en la vida pública como en la privada, y con algo de suerte, animar con ello a las mujeres a negociar mejores condiciones.

Primera parte: El capital erótico y las políticas sexuales modernas

PRIMERA PARTE

El capital erótico y las políticas sexuales modernas

1. ¿Qué es el capital erótico?

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¿Qué es el capital erótico?

Las personas atractivas destacan: llaman la atención, atraen y predisponen positivamente. El presidente Barack Obama tiene muchas facultades, y es una persona inteligente, sumamente formada, pero es probable que el hecho de ser guapo y delgado, estar en buena forma física y vestir bien le ayudase a convertirse en el primer hombre de raza negra elegido presidente de Estados Unidos, sobre todo cuando su mujer, Michelle, también cumple todos, absolutamente todos los requisitos. La belleza de Elizabeth Taylor, radiante ya de niña, iluminaba la pantalla en sus películas. Los hombres siempre la consideraron atractiva. A lo largo de su vida, se casó ocho veces.

La belleza excepcional, según parece, es atractiva en todo el mundo. La actriz china Gong Li, una de las grandes bellezas del planeta, ha tenido el mismo éxito en una película estadounidense, Corrupción en Miami, que en las que rodó a las órdenes del director chino Zhang Yimou. Dicen que el jugador de golf estadounidense Tiger Woods es el primer deportista que ha ganado más de mil millones de dólares, pero no tanto por sus actividades deportivas como por sus acuerdos publicitarios, y eso porque su atractivo no se limita a su país, sino que llega al mundo entero.1 A ese gancho se sumaban, también en este caso, una esposa y unos hijos atractivos.

Todos estos ejemplos son de gente famosa, pero en la vida cotidiana se observa la misma pauta: las personas dotadas de atractivo físico y social tienen una ventaja, una gracia que les puede ir muy bien en todos los aspectos de la vida, y en todas las ocupaciones.

Con dinero, es bien sabido, se consigue casi todo. Ahora que las economías occidentales se han convertido en meritocracias, nos hemos acostumbrado a no hablar solo de «capital económico», sino de «capital humano», en referencia a los enormes beneficios económicos y sociales que reporta una buena educación y una buena experiencia laboral. El capital humano abarca asimismo las aportaciones de los empleados a cualquier empresa dentro de la economía del conocimiento. Otro concepto, acuñado más recientemente, es el de «capital social», que designa el valor económico y social de los amigos, los parientes y los contactos laborales, distinguiendo así entre a quién se conoce y qué se conoce. El «capital erótico» es el cuarto activo personal, un activo al que hasta ahora no se hacía caso, aunque la vida cotidiana esté llena de recordatorios sobre su importancia.

En el capital erótico se aúnan la belleza, el atractivo sexual, la vitalidad, el saber vestirse bien, el encanto, el don de gentes y la competencia sexual. La sexualidad es uno de sus componentes, fácilmente pasado por alto al restringirse solo a las relaciones íntimas.2 No obstante, las encuestas sobre sexo realizadas en todo el mundo indican que en las sociedades ricas la gente se acuesta más a menudo y con más parejas distintas de lo que era factible, por lo general, antes de la invención de los anticonceptivos modernos; de ahí que en la vida moderna la sexualidad tenga una presencia más marcada que antes, e impregne cada vez más la literatura, la cultura popular y la publicidad, a la vez que alimenta una expansión a gran escala del ocio adulto de todo tipo. Algunos acogen con los brazos abiertos esta nueva «liberación sexual»; otros muchos, en cambio, la aborrecen. La ubicuidad de las imágenes eróticas en la publicidad dirigida al gran público provoca tantas iras feministas como lo hicieron en décadas anteriores las imágenes de amas de casa embargadas por la dicha doméstica.3

Lo que nadie discute es que en la vida moderna la sexualidad se ha vuelto más importante para todo el mundo, no solo para la élite y para los ricos (como en el pasado, con los harenes de los reyes, y las concubinas de los aristócratas); y una de las consecuencias de este fenómeno es el aumento de valor del capital erótico femenino, aunque solo sea porque la demanda masculina de ocio sexual parece inagotable, algo que no acaban de entender del todo muchas mujeres.

LOS SEIS (O SIETE) ELEMENTOS DEL CAPITAL ERÓTICO

El capital erótico es polifacético. Según la sociedad y la época, pueden destacar unos aspectos más que otros. La belleza siempre es un elemento central, aunque las ideas acerca de lo bello cambien con las culturas, y con el tiempo. También varían los gustos personales. Algunas sociedades africanas, muy en especial Sudáfrica, admiran a las mujeres de cuerpos grandes, voluptuosos. En Europa occidental, las modelos de pasarela suelen ser altas y delgadas hasta el punto de parecer anoréxicas. En siglos anteriores se atribuía una belleza delicada a las mujeres de ojos pequeños y boquitas de piñón. El énfasis moderno en los rasgos fotogénicos ha llevado a que se dé prioridad a los hombres y las mujeres de ojos y boca grandes, y de rostros «esculpidos». Según los estudios más recientes, el convencionalismo, la simetría y la homogeneidad del color de la piel contribuyen al atractivo, tal como queda recogido en el Apéndice A.

El atractivo, sin embargo, es en gran parte algo adquirido, como ilustra la belle o jolie laide. El concepto francés de belle laide (o beau laid, en el caso de los hombres) designa a una mujer fea que se vuelve atractiva gracias al acierto con que cuida su imagen y su estilo. Ponerse en forma, mejorar la postura, llevar colores y formas favorecedoras, elegir un corte de pelo y una ropa adecuados, son cambios, todos ellos, que pueden conformar un look completamente nuevo. Mucha gente, sin embargo, no hace este esfuerzo. La gran belleza siempre escasea, y se valora en todas partes.

El segundo elemento es el atractivo sexual, que no tiene por qué estar ligado a la belleza clásica. Hasta cierto punto, la belleza se centra en el atractivo facial, mientras que el atractivo sexual es una cuestión de cuerpo. No obstante, el sex-appeal también nace de la personalidad y el estilo, la feminidad o masculinidad; puede ser una manera de estar en el mundo, y de relacionarse socialmente. La belleza tiende a ser estática, y por eso es tan fácil captarla en una foto. En cambio, el atractivo sexual reside en la forma de moverse, hablar y actuar, por lo que solo puede plasmarse en una película u observarse directamente. Hay muchos jóvenes con sex-appeal, pero este, a menudo, se diluye con los años, y tarda poco en desaparecer. También en este caso varían los gustos personales. Siempre se ha dicho que en el mundo occidental los hombres se dividen entre los que dan prioridad a los pechos, el trasero o las piernas, pero en la mayoría de las culturas lo importante es el aspecto global. A algunos hombres les gustan las mujeres menudas, mientras que otros las prefieren altas y elegantes. Algunas mujeres tienen predilección por los hombres de musculatura bien desarrollada y cuerpo fuerte, atlético, mientras que otras se decantan por la delgadez y la languidez. La ópera indonesia y china refleja ambas versiones de la masculinidad ideal: el hombre culto, refinado y civilizado, que se dedica a las letras, y el guerrero fuerte y dinámico, es decir, los poderes de la pluma y de la espada. A pesar de estas variantes en el gusto personal, el sex-appeal escasea, y por consiguiente se valora en todas partes.

El tercer elemento del capital erótico es claramente social: la gracia, el encanto, el don de gentes, la facultad de caer bien y hacer que los demás estén a gusto, contentos, con ganas de conocerte y, si se tercia, desearte. La coquetería se puede aprender, pero no es universal. Algunas personas que ejercen cargos de poder tienen encanto y carisma; otros, en cambio, carecen de ambas cosas. Algunos hombres y mujeres tienen el don de saber flirtear discretamente en cualquier situación, mientras que otros son incapaces de ello. También estas habilidades sociales tienen su valor.

El cuarto elemento es la vitalidad, mezcla de buena forma física, energía social y buen humor. Las personas muy vitales pueden tener un atractivo enorme para los demás; por algo en inglés «el alma de la fiesta» es the life of the party. Algunas culturas valoran el humor. Casi todas canalizan la vitalidad a través del baile o las actividades deportivas. Es la razón de que los deportistas tengan a menudo un encanto especial.

El quinto elemento tiene que ver con la presentación social: el modo de vestir, de maquillarse, los perfumes, las joyas u otros adornos, el peinado y los diversos accesorios que lleva la gente para indicarle al mundo su estatus social y su estilo. Los monarcas y los presidentes desempeñan sus funciones públicas con atuendos especiales que subrayan su poder y autoridad. Los uniformes militares, y los de gala en general, anuncian el estatus, el rango y la autoridad de quien los lleva, además de tener, para muchos, connotaciones eróticas. También la gente de a pie se pone elegante cuando va a una fiesta o a algún acto social, a fin de estar más atractiva y anunciar su estatus social y económico a quienes no les conozcan. El mayor o menor énfasis en un modelo sexy o en los símbolos de estatus social dependerá del acto y del lugar. Antiguamente, el uso de símbolos de estatus en el atuendo se regía por las leyes suntuarias.4 Hoy en día, el estatus económico comparte el protagonismo con la ostentación de la sexualidad y el modo de vestir de las tribus urbanas. En todo el mundo, las bodas fomentan el refinamiento y la exageración, mientras que los funerales exigen modestia, sencillez y contención. Quien domine el arte de la presentación social, y sepa vestirse para cada ocasión, tendrá mayor atractivo que quien dé una imagen más propia de un indigente.

El sexto elemento es la propia sexualidad: la competencia y energía sexuales, la imaginación erótica, el espíritu lúdico y cuanto caracteriza a los partenaires sexualmente satisfactorios. Que alguien sea buen amante, o no, solo lo sabe su compañero de cama. Naturalmente, es una competencia sujeta a variaciones, no solo en función de la edad, sino de la competencia y el entusiasmo del otro integrante de la pareja, dado el elemento de interactividad. De por sí, una libido alta no es garantía de competencia sexual, aunque el hecho de tenerla aumente las probabilidades de adquirir la experiencia que acaba generando una mayor habilidad. Salvo algunas excepciones, las encuestas nacionales sobre sexo no aportan ningún dato sobre el atractivo y la competencia sexuales de los encuestados.5 Lo que sí ponen al descubierto son variaciones drásticas en el impulso sexual de cualquier población: hay una exigua minoría de hombres y mujeres sexualmente muy activos; la mayoría son activos con moderación, y existe una minoría básicamente célibe.6 Parece razonable concluir que la habilidad sexual no es un atributo universal, ni siquiera entre los adultos, y que la baza de una competencia extrema se reduce a unos pocos. Este factor aparece en el último lugar de la lista debido a que no suele salir del ámbito de las relaciones privadas e íntimas, mientras que los otros cinco están presentes en todos los contextos sociales, de manera visible o invisible.

El capital erótico se define por estos seis elementos, tanto para los hombres como para las mujeres. La importancia respectiva de los seis difiere a menudo en función del género, y varía entre culturas y siglos. En Papúa-Nueva Guinea son los hombres quienes se adornan el pelo con plumas y se pintan la cara de colores vivos y diseños creativos. En Europa occidental, las mujeres se pintan el rostro con maquillaje, pero los hombres no lo hacen casi nunca. El valor del capital erótico puede depender de la ocupación de la persona, en el sentido de que lo saque o no a relucir: los informáticos, por poner un ejemplo, no acostumbran a necesitarlo; tal vez venga de ahí su estereotipo generalizado como «frikis» o «empollones». En contraste, las geishas japonesas y las cortesanas tawa’if de Pakistán tienen en el recurso al capital erótico una parte esencial y central de su trabajo. Lo que cambia es la mezcla exacta de los seis elementos, ya que las geishas son anfitrionas, animadoras y artistas a título completo, y no brindan servicios sexuales por sistema, mientras que las cortesanas tawa’if pueden ofrecer el sexo como uno de sus atractivos, aparte de su condición de consumadas bailarinas y cantantes ghazal.7 En ambos casos, el protagonismo recae en las habilidades sociales, el lujo en el vestir, el coqueteo en la conversación, la gracia y el encanto que garantizan una relación social placentera, lo cual se refleja en los honorarios. El valor social y económico del capital erótico queda de relieve en lo que podría describirse, a grandes rasgos, como «actividades de animación».8 Sin embargo, también se da en otros contextos sociales.

En ciertas culturas, el capital erótico de las mujeres está estrechamente vinculado a su fertilidad. Muchas de las imágenes humanas más antiguas, que en algunos casos se remontan a hace trece mil años, son de mujeres, probablemente diosas que han sido interpretadas como símbolos de fertilidad, por ejemplo los dogu, estatuillas de barro japonesas. En las sociedades cristianas, las imágenes de una Virgen María joven, con su hijo pequeño, son las más populares del arte religioso. En muchos grupos antillanos, la fertilidad es tan básica para el atractivo sexual de las mujeres que las jóvenes demuestran su fertilidad antes de que exista matrimonio propiamente dicho; y así, es común que las prometidas se queden embarazadas y den a luz un hijo sano antes de que se concierte el enlace. En la India, los hijos se consideran tan esenciales para el matrimonio, y para la vida misma, que a las parejas que carecen de ellos se las considera como víctimas desventuradas de la infertilidad, no como personas que han decidido no procrear. En algunas culturas, una de las razones para estigmatizar la homosexualidad es que impide tener hijos.9 Muchas culturas atribuyen atractivos adicionales a las mujeres fértiles, sobre todo si sus hijos son sanos y guapos. Una mujer italiana comenta que en su país los hombres la admiran por lo guapo que es su hijo, mientras que en Estados Unidos solo la admiran por tener unas piernas largas y bonitas, y una lustrosa melena. En algunas culturas, la fertilidad es un elemento más —el séptimo— del capital erótico, exclusivo en este caso de las mujeres, dado que los hombres no pueden quedarse embarazados. En determinadas culturas, este elemento tiene un peso adicional enorme, que da automáticamente ventaja a las mujeres respecto a los hombres. Otra posibilidad es que el capital reproductivo, por separado, sea una quinta baza personal, que en las sociedades modernas del siglo XXI parece tener menos valor que el que tuvo en las sociedades agrícolas, caracterizadas por su elevada fertilidad.10

En ciertas culturas, los capitales erótico y cultural mantienen una estrecha relación, tal como ejemplifican las hetairas de la antigua Grecia, las geishas japonesas y las cortesanas del Renacimiento italiano. A estas mujeres se las admira tanto por sus dotes artísticas (bailar, cantar, tocar instrumentos, pintar, recitar o componer poemas) como por su belleza y su atractivo sexual. La italiana Veronica Franco fue al mismo tiempo una poetisa de renombre y una célebre cortesana.11 El equivalente actual son los actores y cantantes que proyectan su atractivo sexual en películas, vídeos y conciertos, como Monica Bellucci, George Clooney, Beyoncé Knowles y Enrique Iglesias. Algunos artistas del mundo del espectáculo crean toda una performance a partir de su propio personaje, tanto en el escenario como fuera de él, según puede verse en la extravagancia con que han vestido y visten cantantes tan famosos como Lady Gaga, Grace Jones y David Bowie.

El capital erótico, en definitiva, es una combinación de elementos estéticos, visuales, físicos, sociales y sexuales que resultan atractivos para los otros miembros de la sociedad, especialmente los del sexo opuesto, en todos los contextos sociales. (Alterno el uso de los términos «poder erótico» y «capital erótico» en aras de la variedad estilística.) El capital erótico incluye habilidades que se pueden aprender y perfeccionar, así como rasgos determinados por el nacimiento, como ser alto o bajo, o negro o blanco.12 En general, las mujeres lo tienen más que los hombres, incluso en culturas donde la fertilidad no es un factor imprescindible, y recurren a él de forma más activa. Sus peinados, por ejemplo, suelen ser más elaborados que los de los hombres. También dedican más tiempo a cuidar y mantener la figura. Yo conozco a mujeres que tienen más de cien pares de zapatos, de todos los colores y estilos, mientras que sus maridos se las apañan con dos o tres. El capital erótico es un activo importante para todos los grupos con menor acceso al capital económico, social y humano, incluidos los adolescentes y los jóvenes, las minorías étnicas y culturales, los grupos desfavorecidos y los inmigrantes.

Mi concepto de capital erótico va mucho más allá que otras versiones anteriores centradas en el atractivo sexual:13 tiene en cuenta los últimos datos sobre la sexualidad y el ocio para adultos, enumera con precisión sus elementos constitutivos y vale tanto para la cultura mayoritaria heterosexual como para las subculturas minoritarias homosexuales de Norteamérica y Europa.

Valdría la pena establecer una comparación por culturas y épocas, y ver cómo difiere el capital erótico entre hombres y mujeres, cuáles son los elementos de mayor peso y qué valor se le otorga en comparación con los demás activos personales. En este libro me centro en las sociedades modernas contemporáneas, porque es donde mayor importancia y valor adquiere el capital erótico.

EL CUARTO ACTIVO PERSONAL

Cuatro son los tipos de activo personal que tienen las personas, y el cuarto de ellos es el capital erótico. La distinción y relación entre los capitales económico, cultural y social fue establecida por primera vez en 1983 por el sociólogo francés Pierre Bourdieu.14 Estos conceptos demostraron tanta utilidad que pronto pasaron no solo a las ciencias sociales, sino al lenguaje cotidiano, sobre todo en Europa.15

El capital económico es la suma de los recursos y los activos que usan las personas para obtener ganancias económicas, como dinero, tierras o bienes.

El capital cultural comprende el capital humano tal como lo define la economía: títulos, formación, aptitudes y experiencia laboral que tengan valor para el mercado de trabajo, y cuyo uso pueda reportar ingresos.16 Sin embargo, el concepto de capital cultural de Bourdieu va más allá del simple capital humano, y engloba los conocimientos y artefactos culturales. Abarca los recursos y activos informativos que se valoran socialmente, como el conocimiento del arte, la literatura y la música, la cultura internalizada que define el buen gusto y el acento adecuado, que otorga «distinción» a una persona. También se extiende a artefactos culturales como cuadros, música, esculturas, obras de teatro y libros, muebles de calidad o casas diseñadas por arquitectos o dotadas de valor histórico, cosas concretas, todas ellas, que se pueden poseer, comprar y vender (a diferencia del buen gusto), y que pueden contribuir a elevar el nivel social de la persona. Los millonarios hechos a sí mismos a menudo consolidan su nuevo estatus social invirtiendo en artefactos culturales.

Tal como lo define Bourdieu, el capital social es la suma de los recursos, reales o potenciales, que confieren a una persona o grupo el acceso a una red de relaciones o la pertenencia a un grupo, tribu o club que pueda generar relaciones útiles: a quién se conoce, en contraste con qué se conoce. De ese modo, la aplicación del término «capital social» puede convertir el tráfico de influencias, la palanca, el nepotismo y la corrupción en algo socialmente aceptable. La mafia italiana depende mucho del capital social,17 así como los políticos e intelectuales que crean deudas de apoyo y reconocimiento mutuos para prosperar en sus respectivos ámbitos. El capital social se puede usar para subir en el escalafón social, ejercer poder e influencia o ganar dinero. (Los buenos contactos sociales pueden ser básicos para determinadas iniciativas empresariales.) El capital político es una forma especial del capital social, que designa las redes, activos y recursos políticos de una persona. El capital social (y el político) es acumulable: cuanto más ricas son las personas, y más éxito tienen, más fácil les resulta relacionarse, y son conocidas por más gente de la que conocen ellos. El volumen o valor del capital social de una persona está en función del tamaño de su red y del valor del capital económico y cultural poseído por los integrantes de esta última. Por eso, si todos tus amigos son pobres y carecen de formación, es posible que en la práctica tu capital social tenga un valor cercano a cero.18

En 1988, poco después de que se publicara la traducción inglesa del artículo de Bourdieu sobre los tres tipos de capital, el estadounidense James Coleman introdujo un factor de confusión al hacer público un texto en el que presentaba otro concepto de capital social, sin referencias al estudio de Bourdieu. Esta segunda teoría, algo confusa, no entiende el capital social como un activo individual, sino como propiedad de familias, grupos sociales y comunidades. Pese a ciertos aspectos en común, los conceptos de capital social de Bourdieu y Coleman son radicalmente distintos. Donde más se ha desarollado el de Coleman es en Estados Unidos, en estudios como Solo en la bolera, de Robert Putnam, que documenta el ascenso y declive de los lazos cívicos en Estados Unidos durante el siglo XX. Hoy en día se usa a menudo para designar la cultura cívica, la sociedad civil y el bien común que se crean cuando en las comunidades existen muchas asociaciones transversales y muchos lazos entre familias, que generan confianza y normas consensuadas cuya aplicación surge de toda la colectividad.19

El marco teórico que se usa en este libro es el de Pierre Bourdieu, el de los activos personales, más amplio y elegante, con mayor influencia en Europa, y de una utilidad más extendida. Si esta clasificación ha resultado útil es porque explica que las personas que no nacen ricas puedan tener éxito en las sociedades capitalistas gracias al recurso a otras formas de capital. Hay personas que medran porque su talento las lleva a los colegios o universidades adecuadas, y otras que, pese a no tener un gran talento, aciertan en sus amistades.

Aunque Bourdieu, y otros científicos sociales, lo hayan ignorado,20 el capital erótico tiene tanto valor como el dinero, la educación y los buenos contactos. Las sociedades pueden atribuir un peso variable a los distintos tipos de capital, como variable es la convertibilidad de estos últimos en beneficios económicos. Existen personas bien dotadas en cualquier tipo de capital. Los más pobres, en cambio, pueden no tener prácticamente nada de peso o de valor. La mayoría de la gente presenta combinaciones de activos personales que varían a lo largo de las etapas de su vida. Los jóvenes pueden ser económicamente pobres, pero ricos en capital erótico, y en vitalidad y atractivo. La gente mayor puede ser económicamente rica, pero sin atractivo físico. Una de las razones por las que se ha pasado por alto el capital erótico es que la élite no puede monopolizarlo, así que les interesa menospreciarlo y marginarlo. En el capítulo 3 se analizan otras razones.

La belleza se diferencia de los otros tipos de capital en que su impacto es visible a partir de la cuna, tal como explico en el capítulo 4. Los niños atractivos crecen en un mundo más benévolo, y desarrollan su capital erótico desde temprana edad. Otras formas de capital no suelen declararse casi nunca hasta el principio de la edad adulta. En las meritocracias modernas, la gente invierte veinte años en el fomento de su capital humano, normalmente a través del sistema educativo, y a veces formándose en el mundo laboral. Crear una red de contactos sociales útiles, y acumular cierta cantidad de riqueza, suele requerir varios años de esfuerzos, a menos que se hayan heredado de los padres u otros parientes.21 En contrapartida, la inversión en capital erótico puede empezar en la infancia o en la primera adolescencia, momento en que los jóvenes comienzan a darse cuenta de los beneficios que reporta ser física y socialmente atractivo. En consecuencia, para algunas personas el capital erótico puede ser un activo crucial a lo largo de sus vidas, mientras que otras invierten todos sus esfuerzos en su educación y en su carrera.

¿SE PUEDE COMPRAR EL CAPITAL ERÓTICO?

Pierre Bourdieu analizó las relaciones entre hombres y mujeres, y fue sensible a la competición que se produce dentro de ellas para obtener el control y el poder.22 En lo que no reparó fue en el capital erótico, tal vez porque se diferencia claramente de los otros tres activos. Para Bourdieu, el capital económico (básicamente el dinero) estaba en la raíz de los otros dos tipos, pero el capital erótico es la excepción: ningún padre rico puede garantizar que sus hijos nazcan guapos y atractivos (aunque les pueda comprar ropa bonita y enseñarles buenos modales, para que la impresión que den sea la mejor posible). Los vínculos entre el capital erótico y las otras tres formas de capital no son previsibles ni fiables, sino contingentes. Es lo que confiere al capital erótico el carácter disidente y subversivo de los comodines; y es, también, uno de los motivos para devaluarlo y tratar de eliminar su importancia social.

Algunos autores han tratado de ampliar el concepto de capital social, haciéndolo extensivo al atractivo. Hay estudiosos, por ejemplo, que afirman que Bourdieu trató el atractivo sexual como una parte más del capital cultural.23 Es posible que malinterpreten la referencia que hace Bourdieu de pasada a un físico musculoso y bronceado como una referencia al atractivo sexual, cuando en realidad sirve para ilustrar el argumento de que muchos aspectos de la persona física tienen más de rasgos adquiridos que de características innatas, connaturales y adscritas.24 A Bourdieu solo le interesaba el capital cultural encarnado que exhibe ventajas sociales de clase, como el acento y las maneras que denotan orígenes sociales elevados, y que se inculcan en el seno de la familia, o el bronceado que tradicionalmente indica vacaciones caras en yates y países cálidos (no horas en un salón de bronceado de los de hoy en día). Si no vio el capital erótico fue porque este último no es prisionero de las jerarquías económicas y sociales al uso, profundamente estructuradas por la familia y la clase de origen (no por el esfuerzo y la iniciativa personal). Una de las claves del capital erótico es que puede ser completamente independiente del origen social, y erigirse en un vehículo de movilidad social ascendente muy rápido.

El punto de vista de Bourdieu ha quedado desfasado. Él no podía prever el impacto de los estilos y las tribus urbanas del siglo XXI que trascienden los grupos socioeconómicos (como los góticos y los punks, o los fanáticos del deporte y de la música), ni las complejidades estilísticas de las sociedades multiculturales. Hace poco, por ejemplo, un estudio realizado en Gran Bretaña demostró que a las personas mestizas se las considera las más atractivas,25 como se aprecia en el caso de la modelo francesa Noémie Lenoir, presencia habitual en los anuncios de la cadena de ropa Marks & Spencer, cuya clientela abarca todos los sectores de la sociedad. En Gran Bretaña, las personas mestizas (sobre el 3 por ciento de la población) son una minoría muy pequeña, como en la mayoría de los países. Dentro de las sociedades multiculturales constituyen, como grupo, una verdadera novedad, que el pensamiento del siglo XX no tiene en cuenta.

Con la incorporación del capital erótico como el cuarto activo personal que faltaba, el marco teórico de Bourdieu continúa siendo el más útil, aunque se haya quedado desfasado; y lo es porque hace hincapié en la convertibilidad de los tipos de capital. Para Bourdieu, todos los tipos de capital eran activos personales, de volumen, composición y convertibilidad variables. Todas las formas de capital son tipos de poder, según queda de manifiesto en cualquier intercambio social. El intercambio más obvio es entre dinero y los otros tres tipos de capital, pero la mayoría de los intercambios resultan más opacos: así, se considera apropiado fingir que el motor de nuestra vida social es un sincero interés por los demás, no su posible utilidad para el trabajo o los negocios; y se acostumbra a ver como una falta de elegancia la compra de obras de arte como simple inversión, no por amor al arte, o la elección de una carrera universitaria por ser la que brinda mayores ingresos, no porque nos despierte un interés sincero, ya se trate del derecho, de la economía o de la administración de empresas.

La escasez de cualquier bien genera valor de escasez, valor social y económico, y por ende, estatus de lo que Bourdieu llamaba «distinción».26 La escasez se halla en el origen de todas las formas de capital, que no son otra cosa que formas disfrazadas de capital económico. En todos los intercambios sociales existe algún factor de transferencia económica que coexiste con los elementos sociales, culturales o eróticos.27

En consecuencia, todas las formas de capital se pueden convertir entre sí, en grado variable. El dinero se puede invertir para desarrollar y comprar capital cultural y capital social. Los artefactos y conocimientos culturales se pueden incluir en el proceso de ganar dinero, invitando a la ópera a personas con quienes se hacen negocios, por ejemplo, o fomentando contactos sociales útiles mediante comidas, cenas y fiestas caras en marcos culturales atractivos. Gastar dinero en odontología cosmética, cirugía plástica, la cuota de un gimnasio o un entrenador personal puede contribuir a incrementar el capital erótico. Lo cierto, sin embargo, es que un chico o una chica que vivan en la más absoluta pobreza pueden ser tan increíblemente guapos y sexualmente atractivos que la sencillez de su ropa y sus modales pierda cualquier importancia, mientras que una mujer o un hombre de lo más normales seguirán sin conseguir admiradores por muy caros que sean sus adornos. Por eso tienen tanta difusión los cuentos de príncipes que se casan con campesinas guapas, o la historia de la Cenicienta; y por eso, también, en un país moderno como Gran Bretaña son más las millonarias que los millonarios. Normalmente, los hombres solo pueden ganar una fortuna por la vía del trabajo y de la empresa. En cambio, las mujeres pueden llevar una vida igual de opulenta, y gozar de las mismas ventajas sociales, a través del matrimonio, no solo del éxito en su trabajo.28 Los hombres guapos que se casan con mujeres ricas aún son pocos en comparación con las mujeres guapas que se encuentran en la misma situación.

El capital erótico tiene especial valor en situaciones donde se entretejen la vida pública y la privada (como la política y los sectores de la comunicación y el ocio), o en situaciones en que la persona física se exhibe con frecuencia (como el deporte o el arte); y no siempre, o no solo, se trata de atractivo y competencia sexuales, sino que en algunos contextos el protagonismo recae en las habilidades sociales.

Así se vio en un acto social celebrado en una embajada británica de Sudamérica. El gran tema de conversación era la nueva esposa del embajador, que se estrenaba como anfitriona de la gala. El embajador británico se había casado con una japonesa, motivo por el que sus superiores le habían pedido que mandase una carta de dimisión sin fecha, a fin de poder hacerla efectiva de inmediato si en algún momento su esposa, no británica, planteaba algún problema diplomático. Todos tenían una gran curiosidad por saber en qué medida el atractivo de la dama podía justificar un riesgo tan enorme para una carrera muy prometedora en el servicio diplomático.

El acto social dio todas las respuestas. La mujer del embajador, de serena belleza, enfundada en un vestido que la favorecía mucho, hizo un grandísimo despliegue de encanto y gracia al moverse por la sala y conversar con todos sus invitados, haciendo que se sintieran especiales y honrados por la invitación. Tenía don de gentes, mucho estilo y un aspecto fantástico. Al final de la velada, todos convinieron en que la nueva esposa tenía una belleza y un encanto irresistibles, y en que a partir de aquel momento supondría una gran baza social en la carrera del embajador.

Se dice que los triunfadores siempre tienen detrás a una mujer que les apoya. La socióloga Janet Finch lo estudió en Married to the Job, analizando esas trayectorias profesionales en tándem donde las esposas deben desempeñar algunos de los deberes propios del oficio de su marido. Uno de los ejemplos que aportó era el de la mujer de diplomático, de quien se espera que ejerza a menudo de anfitriona, y asista junto con su cónyuge a los actos sociales de la diplomacia. Está claro que las mujeres de los diplomáticos realizan un despliegue de capital erótico en sus actividades sociales. Aun así, Finch no consideró que el capital erótico fuese una aportación clave a las dobles carreras. Para la mayoría de estas profesiones a dos bandas no se requiere mucho capital erótico. Las mujeres de fontaneros, electricistas u otros autónomos, por ejemplo, se ocupan a menudo del papeleo, la correspondencia y la contabilidad, un trabajo rutinario de secretaria para el que no hace falta recurrir prácticamente al capital erótico. Este tipo de profesionales no dedican ningún tiempo a recibir a sus clientes. Donde adquiere valor el capital erótico es en ocupaciones que requieren alternar y mostrarse en público por motivos profesionales, ocupaciones en que la vida privada tiene una parte de actuación pública, y en que el capital erótico cobra especial importa

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