Amos del mundo

Juan Carlos Castillón

Fragmento

1
Noviembre de 2004: el hombre más poderoso del mundo es escogido entre dos candidatos de una misma logia

TIM RUSSERT: Ustedes dos pertenecen a Skull and Bones, una sociedad secreta de Yale. ¿Qué nos dice eso?

JOHN KERRY: Uy, no mucho, porque es un secreto. [Risas del público].

Meet the Press, 31 de agosto de 2003,
entrevista con el candidato a la presidencia John Kerry.

TIM RUSSERT: Ustedes dos pertenecen a Skull and Bones, la sociedad secreta.

GEORGE W. BUSH: Es tan secreta que no podemos hablar sobre ello.

RUSSERT: ¿Qué significa eso para América? Los teóricos de la conspiración se van a volver locos.

BUSH: Seguro. No lo sé. Aún no he visitado el website. [Risas del público].

Meet the Press, 8 de febrero de 2004,
entrevista con el presidente George W. Bush.

Recuerdo la fecha exacta en que comencé a escribir este libro, el 3 de noviembre de 2004, el día en que se confirmó la victoria de George W. Bush en las elecciones presidenciales estadounidenses. Hijo de presidente y nieto de senador, George W. Bush era confirmado como el hombre más poderoso del mundo. Hasta ese momento yo había estado esperando a ver si tenía o no que sentarme a revisar un texto anterior, dedicado a la historia más reciente de los Estados Unidos. Fui así uno de los pocos españoles que tuvo motivos de alegrarse por la victoria republicana. A pesar de lo mucho que se parecía a su rival, una victoria de John Kerry, el rival de Bush, me hubiera obligado a reescribir una buena parte de aquel otro libro.

Las elecciones presidenciales estadounidenses de 2004 fueron el escenario del enfrentamiento de dos millonarios que habían heredado sus fortunas, crecido en el privilegio, graduado en Yale y eran miembros de una misma sociedad secreta —la fraternidad Skull and Bones (Calavera y Huesos)—. Para completar el paralelismo entre ambas candidaturas, los dos aspirantes a la vicepresidencia estadounidense —Richard Dick Cheney y John Edwards— habían asistido en su día a reuniones del grupo Bilderberg.

Los dos candidatos eran suficientemente parecidos en sus orígenes como para que sus declaraciones sobre los Skull and Bones fueran intercambiables. De haber ganado Kerry habría sido el cuarto miembro de esa sociedad electo como presidente de los Estados Unidos, y el primero en serlo en una candidatura demócrata. Todos los demás presidentes procedentes de esa sociedad, William H. Taft, en el siglo XIX, y los dos miembros de la familia Bush, han sido republicanos.

La misma semana de las elecciones estadounidenses la portada del Nouvel Observateur francés, una revista seria y responsable, estaba dedicada a los escándalos de la masonería en Niza: «[Se] plantea de nuevo el problema de la influencia de la francmasonería en el buen funcionamiento de la justicia».

Ese mismo mes la portada de la edición española de FHM, el tipo de revista que no necesita ser leída para ser disfrutada, ofrecía en portada una foto de la actriz Alissa Milano en una postura más que atractiva, un consejo que pocos debieron de seguir —«Mírala a la cara»— y la información de que a Lady Di la habían matado los extraterrestres. La noticia sobre Lady Di procedía de un artículo sobre las conspiraciones. Era una noticia estúpida. Los que siguen de cerca conspiraciones y tesis conspirativas creen —en realidad «saben»— que a Lady Di la mató el Mosad, en complicidad con el MI-5, por encargo de la familia real británica. Tesis improbable pero que nos recuerda la poca gente que acepta en Inglaterra que Lady Di muriese de accidente: una encuesta del London’s Evening Standard, efectuada el año 2004, indicaba que el 43 por ciento de los 4.170 encuestados creía que Diana había sido asesinada.

Un mes antes la portada de Clio, una revista quizá menos seria que Le Nouvel Observateur, pero que supongo más seria que FHM, estuvo dedicada a los amos del mundo con una portada llena de símbolos masónicos, extraídos del diseño de un billete de dólar. No he leído el artículo pero supongo que hace notar que ese billete lleva impreso el año en que se creó la Orden de los Illuminati, 1776. Algo que es cierto y sería incluso sospechoso si aquel año no hubieran pasado otras cosas que justificaran su presencia en ese billete, como —es posible que también eso haya influido en el diseño del billete— la independencia de los Estados Unidos.

Basta con echar una ojeada a cualquier mesa de novedades en una gran librería para ver una veintena de títulos directa o indirectamente ligados con tesis conspirativas. Libros sobre el servicio secreto vaticano o sobre los masones. A veces puede verse uno escrito por un historiador serio, veo uno de César Vidal, pero está rodeado por una veintena de libros sobre templarios, novelas populares sobre secretos medievales, guardados durante siglos por oscuros grupos de neotemplarios, o sobre reyes merovingios descendientes de Cristo, Illuminati, conjuras y secretos centenarios que siempre incluyen suficientes elementos cultos —los más sencillos y fáciles de identificar— para que el autor de la faja que rodea el libro pueda compararlo con Umberto Eco o Dan Brown, y a veces incluso con los dos en una misma frase.

Las conspiraciones, o en su defecto las tesis conspirativas, nos rodean. ¿Qué es una conspiración? ¿Qué es una tesis conspirativa? Conspiración viene del latín conspirare, «respirar juntos». Desventajas de haber heredado una biblioteca básicamente francesa, puedo saber en qué momento apareció en el idioma de nuestros vecinos mejor que en el nuestro. Conspiration aparece durante el siglo XII, alrededor del año 1160. Conspirateur, con el sentido de celui qui maquine (el que maquina) fue usado por primera vez en 1302. A partir del siglo XVI un conspirador pasa a ser no sólo el que maquina sino el que lo hace contra el poder. Por su parte, para la Real Academia Española conspiración es: 1. f. Acción de conspirar (unirse contra un superior), y 2. f. Acción de conspirar (unirse contra un particular).

Conspirare, originalmente «respirar juntos», implica cercanía, incluso intimidad. Hace falta realmente compartir mucho, la existencia de una complicidad profunda, para que dos o más personas coincidan en los riesgos que implica la definición del artículo 17 del código penal español de 1995: «La conspiración existe cuando dos o más personas se conciertan para la ejecución de un delito y resuelven ejecutarlo». A pesar del más común de sus usos actuales, el término no tenía connotaciones negativas en la Antigüedad clásica. La primera acepción de conspiratio que aparece en mi diccionario de latín-español es «acuerdo», «unión». Mi viejo Vox, recuerdo de un bachillerato de letras que aún incluía el latín, lista como primeras acepciones del verbo conspiro «concordar», «armonizar», «estar de acuerdo» (cum aliquo, «con alguien»; ut, «para»; ne, «para evitar que») y sólo después conspirar en el sentido actual del término (perdere aliquem, «contra alguien»; ad res novas, «para hacer una revolución»).

La teoría conspirativa no es tan fácil de definir. Los diccionarios la evitan. Es normalmente una tesis que desafía la forma en que hechos políticos o científicos, ya sean históricos o de actualidad, son comúnmente aceptados. Las teorías conspirativas afirman que un suceso histórico de resultados ya conocidos nace no sólo de acciones legítimas, o al menos evidentes, sino de la acción de fuerzas ocultas, normalmente ilegítimas. Los elementos en el origen de cualquier tesis conspirativa son la complicidad de por lo menos dos personas, actuando en secreto y con mala intención. Aquellos que creen en tesis conspirativas suelen creer que la mayor parte de los sucesos históricos —tal vez todos— son el resultado de un plan previo. El presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt llegó a decir: «En política, nada sucede por accidente. Si sucede, ha sido planeado». Además, no suelen creer sólo que existe un plan previo, sino que responde a un plan exclusivo y beneficioso de y para una minoría. El embajador Joseph Kennedy, enemigo de Roosevelt y padre de uno de sus sucesores en la Casa Blanca, creía que «cincuenta hombres controlan América y es una estimación quizá alta». Walter Rathenau, antiguo consejero del káiser Guillermo II y ministro después durante la República de Weimar, opinaba lo mismo sobre Europa: «Trescientos hombres, que se conocen entre sí, dirigen el destino económico de Europa y escogen sus sucesores entre ellos». Una frase que algunos podrían emplear hoy para definir las actividades del Club Bilderberg.

Hay que tener cuidado con lo que se dice, dónde y cómo se dice. Sabemos que por lo menos a Rathenau le tomaron en serio. Rathenau, que pronunció su frase cuando era ministro del káiser, llegado el período de entreguerras topó con miembros de la Organización Cónsul (paramilitares anticomunistas y antisemitas) que habían leído trescientos judíos donde él había escrito trescientos hombres y entendido que confesaba ser uno de esos trescientos: lo mataron.

Conspiraciones, tesis conspirativas y sociedades secretas forman parte de la vida cotidiana de muchos de los que nos rodean. De Roosevelt al comprador de novelas de Dan Brown o el lector de los Protocolos de los sabios de Sión, son muchas las personas que compartiendo nuestro mundo lo ven de forma distinta a la nuestra. Creen —en realidad saben con absoluta certeza y más allá de cualquier duda— que cincuenta hombres controlan Norteamérica, los masones la judicatura francesa y que a Lady Di la mataron los extraterrestres —o la familia real británica— porque estaba embarazada de un musulmán y pensaba convertirse al islam; en algunos casos extremos —cuando han leído al escritor inglés David Icke—* «saben» incluso que las dos tesis citadas son ciertas y complementarias porque la familia real británica es de origen extraterrestre; saben también, por el contrario, que, aunque los extraterrestres estén entre nosotros, el hombre no ha aterrizado en la Luna y que fue Stanley Kubrick quien filmó un falso aterrizaje en los estudios usados para su filme 2001, una odisea del espacio; saben que el sida ha sido creado por médicos judíos para acabar bien con los negros, bien con los homosexuales, en un laboratorio de su gobierno y pueden incluso indicar el nombre del médico que lo hizo —el doctor Wolf Szmuness—, como lo han hecho en un par de libros con la casi absoluta impunidad que supone acusar a un muerto que no puede defenderse; saben que Kennedy fue asesinado por la mafia, la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el gobierno de Castro o el exilio cubano; que Juan Pablo II era amigo del médico que creó el sida y que Juan Pablo I fue asesinado por los banqueros del Vaticano, en complicidad con la CIA y el Opus Dei, que necesitaban un Papa anticomunista para derrotar al comunismo; saben que las mafias dominan el mundo en secreto y que los amos del mundo se reúnen en el Club Bilderberg, que es el primer escalón de un gobierno secreto mundial que incluye el Consejo de Relaciones Exteriores y la Comisión Trilateral y que, a través de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), piensa acabar con la soberanía de las naciones e imponer el pensamiento y la moneda únicos; saben que la historia no es tal y como se cuenta y que por ejemplo la Revolución francesa fue una venganza templaria por la muerte de su último gran maestre varios siglos antes; saben que la venganza de los caballeros templarios y la Revolución francesa fueron los primeros pasos visibles de una Gran Conjura.

El 2 de noviembre de 2004, un Skull and Bones fue reelecto a la Casa Blanca, pero dos días antes su padre, el ex presidente George Bush, otro Skull and Bones, apareció caricaturizado en mi televisor, en un capítulo repetido de Los Simpsons. En un momento dado del episodio se le podía ver entre los dirigentes mundiales de una —otra— sociedad secreta llamada The Stonecutters (los Canteros).

2
«Los Simpsons» y «Nikita»: cultura popular y conspiración

¿Quién controla la Corona británica?

¿Quién impide el sistema métrico?

Nosotros, nosotros.

¿Quién deja Atlantis fuera de los mapas?

¿Quién mantiene ocultos a los marcianos?

Nosotros, nosotros.

«The Stonecutters drinking song»
(Canción de borrachera de los Canteros)

Me gusta ver la televisión. Éste no es el tipo de confesión que uno espera encontrar en un libro con pretensiones serias, pero me gusta ver la televisión y sobre todo la estadounidense. Después de vivir casi veinte años en los Estados Unidos he descubierto que todo lo que necesitaba saber de ese país podría haberlo aprendido más fácilmente, de forma menos dolorosa, quedándome en casa y viendo sus series televisivas. El televisor, junto al cine en versión original y el jazz, es una de las formas en que me mantengo en contacto con una lengua que necesito para trabajar y con un país en el que llegué a ser feliz.

Todos los imperios han buscado su forma de perpetuarse. Los romanos dejaron una arquitectura civil que les sobrevivió siglos, España dejó conventos e iglesias en todas sus antiguas posesiones, y Napoleón un código civil. A la hora de crear una memoria, los norteamericanos llegaron tarde a la historia, cuando todas las formas tradicionales de expresión ya estaban tomadas, pero eso no les ha impedido crear un arte imperial nuevo y propio, que es a la vez industria, y exportarlo al resto del mundo. Los norteamericanos han escogido como medio para dejar prueba de su grandeza y poder el reality show, la soap opera, el western, el sitcom, la televisión. Pocos países antes han colocado la intimidad de sus ciudadanos, su forma de vivir, sus mitos, sus deseos y sus temores de forma más clara ante el resto del mundo.

He visto, pues, mucha televisión estadounidense. He logrado incluso darme una excusa lógica para hacerlo que va más allá de la atracción por el vacío. Sin embargo, después de haber vivido casi veinte años en Norteamérica, es aquí, en España, donde he venido a descubrir y apreciar a Los Simpsons.

Los Simpsons es una de las series más duraderas de la televisión, dieciséis temporadas y más de trescientos episodios desde 1989. Si en España puede haber gente que se obstine en confundirla con una serie infantil, en los Estados Unidos es televisada en una franja horaria adulta. No es la primera serie de dibujos animados que ocupa ese horario. De 1960 a 1966 también la ocuparon Los Picapiedra. Aunque es difícil adivinarlo viéndola hoy, también Los Picapiedra fue originalmente una serie orientada a los adultos. Ver Los Picapiedra y compararlos con Los Simpsons es un ejercicio interesante. Los dos shows tienen que ver con la familia estadounidense, en los dos el pater familias es un obrero y la esposa carece de oficio y permanece en casa, algo más común hace cuarenta años que ahora. Ahí acaba toda similitud.

Aunque rodada en los años sesenta, Los Picapiedra seguía el modelo establecido por los sitcoms de los años cincuenta, inspirada en The Honeymooners, una serie anterior, que nunca llegó a verse en España: gran parte de su poder humorístico, perdido con los años, venía de la forma en que retrataba la vida en un suburbio residencial recién inventado; la vida en esos grandes barrios de casas independientes pero iguales, que ahora nos parecen monótonos, aburridos y deprimentes, para los norteamericanos de aquella generación, nacidos o crecidos en medio de la Gran Depresión, el New Deal y la Segunda Guerra Mundial eran todavía una novedad y motivo de celebración y orgullo. Ralph Krandem, personaje central de The Honeymooners, vivía en un apartamento pequeño, estrecho y mal aireado. Fred Flintstone —nuestro Pedro Picapiedra— había progresado hasta lograr vivir en una casita independiente y con patio.

Ralph Krandem y Pedro Picapiedra eran blue collar workers gordos, como había tantos en la Norteamérica real de los años cincuenta. El obrero del mundo real que pudo inspirar esos personajes era demócrata, pagaba sus impuestos, pertenecía a un sindicato, comía demasiada carne roja y fumaba, se consideraba feliz de formar parte del país más poderoso del mundo, obedecía las leyes y creía en su gobierno. Los Picapiedra era un programa tan adulto que fue inicialmente esponsorizado por los cigarrillos Winston. Pedro Picapiedra confiaba en Winston y llegó a fumar en pantalla, aunque no en la serie sino en los anuncios. El obrero que lo inspiró también fumaba y confiaba en Winston. Era un hombre orgulloso del poder de su país y de sus leyes, y sabía que una gran empresa tabacalera estadounidense nunca mentiría a sus clientes, ni conspiraría para dañarlos.

Pedro Picapiedra, como otros cientos de miles de estadounidenses blancos de clase media y media baja, era miembro de una «sociedad fraternal» de inspiración masónica y acudía de forma regular a una logia, en la que bebía barato, jugaba a las cartas con los amigos y —ésa era la gran excusa para estar lejos de su esposa— organizaba actos de caridad que mostraban su solidaridad con los menos favorecidos. Aquellas logias le proporcionaban todo lo que un hombre necesitaba para sentirse feliz fuera de su casa: cerveza a precio de coste; amigos, con los que le uniría un apretón de manos secreto y con los que se encontraría —y le ayudarían— más tarde en la Cámara de Comercio local o en el banco en el que tenía su cuenta corriente, y la posibilidad de ayudar a niños con la polio. Los Estados Unidos de Truman y Eisenhower eran buenos, sencillos, felices y lo ignoraban.

Los Simpsons, por su parte, sin llegar a ser subversivos —los programas subversivos no son televisados en cadena de costa a costa—, es uno de los retratos más mordaces de la sociedad estadounidense y ha ridiculizado casi todos los aspectos y mitos de su cultura popular.

Entre las dos series han pasado muchas cosas y Homer Simpson, el pater familias de la serie, es también un obrero gordo, pero no es feliz; no vota o lo hace con desgana, por políticos en los que no cree, o en los que cree pero le engañan; trabaja en una empresa que reprime o niega su derecho a sindicarse; pertenece a una generación que no ha afrontado ningún reto grave, pero que ha visto su poder económico decrecer de año en año; evade los impuestos cuando puede; no siente respeto ni por su alcalde corrupto, ni por su jefe de policía incompetente y brutal; teme a su patrón que a su vez le desprecia. Homer Simpson podría saber que las compañías tabacaleras han envenenado a toda una generación de sus compatriotas, mezclando amoníaco y otros aditivos en los cigarrillos para hacerlos más adictivos, pero lo ignora porque es estúpido y, además, no le importa serlo porque en algún momento de la historia más reciente de su país, incluso sus líderes han sido incapaces de decir dos frases sin leerlas antes en un teleprompter; sólo ve la versión estadounidense de la telebasura y se aburre cuando tratan de explicarle algo que escapa a su más inmediato interés: sexo, dinero y cerveza. Homer Simpson es, desde luego, sólo una caricatura, pero la caricatura es también una forma de retrato, y a menudo la más sincera de las mismas.

En el episodio «Homer, el grande», éste ingresa en una orden secreta y mística, La Antigua Sociedad de los Canteros, de la que llega a ser líder mundial por una serie de desgraciados accidentes. También Pedro Picapiedra fue miembro de una logia, y ése es uno de los puntos en que podemos ver la diferencia de una generación a otra. Los Búfalos Mojados a los que pertenecían los personajes de Los Picapiedra eran una sociedad fraternal, copiada de los Rotarios o los Elks, mientras que los Canteros toman su ceremonial y aspecto del que la leyenda, más que la historia, atribuye a los Illuminati y, según su canción de borrachera —un catálogo de las leyendas urbanas y mitos conspirativos en los que creen tantos estadounidenses—, amañan los Oscar, controlan la Corona británica, e impiden el desarrollo de nuevas formas de locomoción.*

Los Estados Unidos y, a través de su cultura popular, el resto de Occidente, han cambiado entre las dos series. Las viejas sociedades fraternales de Elks y Rotarios han envejecido hasta languidecer y desaparecer. Se puede ver aquí y allá, en las afueras de las pequeñas ciudades, los edificios semiabandonados y tristes de las sociedades fraternales, con sus grandes aparcamientos vacíos. El estadounidense medio de las últimas décadas y del nuevo siglo no es solidario como el representante de la generación de sus padres. Por el contrario, ese nuevo estadounidense es capaz de reconocer una utilería, unos símbolos, y de creer en unas tesis ignoradas por sus mayores, porque si hace cuarenta años alguien en los Estados Unidos hubiera mencionado la palabra illuminati y hubiese pretendido explicar toda la historia de su país, o del mundo, a partir de la terrible conjura de una logia paramasónica alemana del siglo XVIII todo o casi todo el mundo le hubiera mirado como si estuviera loco. A mediados de los años sesenta ni siquiera la John Birch Society, el principal grupo anticomunista de los Estados Unidos, a pesar de creer en la existencia de una conjura comunista, había oído hablar de los Illuminati ni acusaba a los masones de ser partícipes de la Gran Conjura. Tal vez se deba a que entre los fundadores del más viejo club anticomunista de los Estados Unidos no faltaron los masones.

La creencia en tesis conspirativas, que después de la Segunda Guerra Mundial había quedado reducida en Europa a pequeños grupos políticos marginales, ha vuelto de la mano de la cultura popular estadounidense y está recuperando espacios cada vez más amplios en la imaginación de los europeos.

Hoy millones de estadounidenses creen en las conspiraciones, y esto se refleja en las formas de cultura popular que les son más propias, como el cine y la televisión: JFK, Conspiración, Enemigo público, Arlington Road, temerás a tu vecino, Hombres de negro, El mensajero del miedo, Expediente X, Millenium, Alias, Dark Skies, Nikita (la serie televisiva), The Skulls, sociedad secreta, Cortina de humo, Tomb Raider... La lista podría alargarse aún más. La búsqueda, un filme que tiene que ver con los templarios, los masones y la fundación de los Estados Unidos, se estrenó cuando escribía los primeros capítulos del presente libro. Conocemos todas esas películas, casi todas esas series. Los Estados Unidos han sabido exportar sus mitos hasta convertirlos en los del resto del mundo.

JFK es un filme sobre el asesinato de Kennedy; Conspiración, sobre un taxista loco que cree ser perseguido por el Estado —y el guionista es tan cobarde que le da la razón—; Enemigo público, sobre un abogado cuerdo que es realmente perseguido por el Estado; Arlington Road, temerás a tu vecino, sobre un terrorista de la muy peculiar extrema derecha estadounidense que perpetra y escapa de un atentado idéntico al de Oklahoma City —que es a su vez evocado en las escenas iniciales de la versión cinematográfica de Expediente X—. Filmes y series televisivas de ciencia ficción sobre una agencia inexistente que administra la inmigración de extraterrestres —Hombres de negro— y sobre una agencia federal muy real —el FBI— a la que vemos perseguir, de nuevo, a extraterrestres. Cortina de humo, una comedia de enredos curiosamente anterior al affaire Clinton-Lewinsky, trata sobre un presidente que organiza una guerra en los Balcanes para evitar un escándalo sexual en la Casa Blanca. Hay series televisivas —Alias, Nikita— sobre grupos de gente poderosa y sin nombre que se mueven en medio del secreto y el lujo y se escudan en el crimen en su afán de poder, y filmes sobre una todopoderosa fraternidad universitaria estadounidense —los Skulls (pero no Bones)—, que van ya por su tercera entrega. Todos ellos, la recreación histórica y la ciencia ficción, el thriller y la comedia negra tienen por tema común la mentira, la ocultación, la conspiración. Incluso en Tomb Raider, una película para adolescentes que se niegan a crecer, basada en un juego de computadora, los malos son los Illuminati. La televisión está llena de ejemplos de conspiraciones que muestran al espectador estadounidense, y por extensión al occidental, que la realidad nos es ocultada de forma sistemática por nuestro gobierno, o en todo caso a sus ciudadanos por el gobierno estadounidense.

He visto todas estas películas, y tengo que confesar que no sólo veo cine y televisión estadounidenses, sino que, además, me entusiasman las series más increíbles, las películas más ridículas, las que se emiten a las dos de la mañana en las emisoras de televisión más marginales, o en la cadena Fox en su mejor horario.

De entre todas las series basadas en conspiraciones Nikita era la que más me gustaba. Primero, porque la pasaban avanzada la noche, cuando comenzaba a dormirme y mi sopor hacía ganar en profundidad y misterio a sus guiones, y segundo, por sus protagonistas, unos actores inexpresivos que repetían sus parlamentos con absoluta indiferencia dando a unas tramas imposibles, o incomprensibles, una dimensión onírica. Nikita era una serie oscura y claustrofóbica, en que la agencia sin nombre de los buenos —sabemos que eran buenos porque eran guapos, su pelo estaba bien cortado y llevaban elegante ropa negra— mataba, mentía y torturaba para salvar al mundo de unos malos —suponemos que eran malos porque su ropa negra era menos elegante que la de los buenos, de la misma forma que ellos eran menos atractivos—, de los que no les diferenciaba nada. Puede ser sólo un detalle secundario, pero los buenos tenían una sala de torturas en su cuartel subterráneo.

Treinta años antes de que Nikita se dedicara a matar —o torturar—, había existido El agente de Cipol, otra serie televisiva cuyos personajes, a pesar de pertenecer a otra organización policial secreta, no se dedicaban a matar, ni a torturar. Entre los Picapiedra y los Simpsons, entre El agente de Cipol y Nikita han pasado cuarenta años. Los agentes de Cipol eran buenos a pesar de su oficio, mientras que los agentes de Nikita no son sociópatas porque tengan un oficio en el que les sea permitido matar, sino que les han dado un empleo que les exige matar porque ya eran sociópatas cuando fueron reclutados. Las conspiraciones, como el siglo, han ido haciéndose más y más siniestras.

Cuando yo veía Nikita en mis madrugadas norteamericanas, era una serie increíble. Con el tiempo, mi opinión sobre la idea de un grupo de torturadores con sanción oficial ha cambiado, pero seis años antes de la ocupación de Irak, ¿quién podía tomarse en serio la idea de una agencia estadounidense dedicada a la tortura? ¿Quién podía siquiera imaginarlo antes de que supiéramos que existía una cárcel en un lugar llamado Abu Ghraib?

Podemos reírnos de la televisión estadounidense, pero ¿podemos reírnos de las tesis conspirativas?, o, mejor dicho, ¿podemos reírnos por igual de todas las tesis conspirativas? La agencia de Nikita no existe, pero un grupo no tan distinto en su concepto, Gladio, sí existía, y probó que en contra de lo que todo el mundo creía, varios miles de italianos sí podían guardar un secreto. Y lo mismo pasó con gente de otras nacionalidades. La red Stay Behind fue revelada por primera vez en 1978, por su antiguo jefe, el ex director de la CIA, William Colby, en su autobiografía Hombres de honor, mi vida en la CIA. Aparte de Gladio, la existencia de otros grupos similares fue también reconocida de forma oficial en Alemania (Bundesdeutscherjungend), Austria (Schwert), Bélgica, Dinamarca, Francia (Rose des Vents), Grecia, Luxemburgo, Noruega, Holanda, Portugal, Reino Unido, Suecia, Suiza y Turquía. Sin embargo, de entre todos los políticos que sabían de ella sólo Giulio Andreotti dio explicaciones a su país.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el temor al expansionismo soviético y la inferioridad de las fuerzas de la OTAN con relación al Kominform (Pacto de Varsovia) condujeron a las naciones de Europa occidental a imaginar nuevas formas de defensa no convencionales, creando en sus territorios una red oculta de resistencia destinada a actuar en caso de ocupación enemiga. Su misión: recoger información, cometer actos de sabotaje, propaganda y acciones guerrilleras.

Redes de resistencia fueron organizadas por Gran Bretaña en Francia, Holanda, Bélgica y posiblemente en Dinamarca y Noruega. Francia se encargó de los territorios alemanes y austríacos sometidos a su control y de su territorio nacional hasta los Pirineos, mientras que Yugoslavia centró su preparación militar esencialmente en las fuerzas de operaciones especiales. Por su parte, en nuestro país el Servicio de Información de las Fuerzas Armadas (SIFAR) estudió desde 1951 la creación de una organización «clandestina» de resistencia bien para uniformar en un único cuadro operacional de defensa las estructuras militares italianas con las de los aliados, bien para desarrollar las iniciativas comenzadas de forma autónoma por una potencia extranjera en la Italia septentrional (los Estados Unidos).

A medida que avanzaba la instalación de la estructura italiana, se firmó un acuerdo entre los servicios americanos y el SIFAR, relativo a la organización y actividades de la red clandestina postocupación, acuerdo comúnmente referido como Stay Behind con el que se confirmaban todas las obligaciones previamente tomadas entre Italia y los Estados Unidos.

Así fueron fijadas las bases para la operación clandestina indicada bajo el nombre de Gladio. Una vez constituido el organismo clandestino de resistencia, Italia fue llamada a participar, a demanda francesa, de los trabajos del CCPU (Comité Clandestino de Planificación) operante dentro del cuadro del SHAPE (Supreme Headquarters Allied Powers Europe)...

En el comité estaban ya representados los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania y otros países de la OTAN. En 1964, nuestro servicio de información fue invitado a unirse al CCA (Comité Clandestino Aliado), organismo encargado de estudiar y resolver problemas de cooperación entre los diferentes países, para el funcionamiento de redes de evasión y fuga. Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Bélgica, los Países Bajos, Luxemburgo y Alemania occidental ya pertenecían a ese comité...

A la luz de los recientes y significativos sucesos que han transformado la Europa del Este [Andreotti se refiere a la caída del muro de Berlín y posterior desaparición del bloque soviético], el gobierno se ha impuesto reconsiderar todas las disposiciones en materia de guerra no ortodoxa, promover y verificar toda iniciativa propia, tanto sobre el plano político como en el técnico-militar, la actual validez y la utilidad de estos sistemas de protección sobre el territorio nacional (Giulio Andreotti, Informe sobre la Operación Gladio / Fragmentos).

Los gobiernos mienten. Los estados tienen razones y realizan acciones que van en contra de la moral o de sus propias leyes y prefieren conservarlas en secreto. Tras estas consideraciones, ¿qué cabe pensar cuando Robert Gallo —el hombre que identificó y aisló el virus del VIH— declara que el sida es una enfermedad provocada artificialmente? ¿Qué, cuando algunos de los líderes de la Nation of the Islam —los Musulmanes Negros— van un poco más lejos y afirman que el sida fue creado por médicos judíos para matar intencionadamente a negros estadounidenses? Los porcentajes de creyentes son en cualquier caso reveladores: un 27 por ciento de los afroamericanos creen que el gobierno ha creado la epidemia; un 12 por ciento creen que la CIA ha participado directamente en su creación, un 15 por ciento que ha sido creado con el fin específico de destruir a la comunidad negra.

¿Son algunas de estas tesis más disparatadas que otras, tras quedar demostradas por la historia más reciente? Durante este último medio siglo, Pedro Picapiedra descubrió que existía la mafia —el mafioso Joe Valachi no lo reconoció ante una Comisión Informativa del Congreso estadounidense hasta 1963—; que la CIA había derribado gobiernos legalmente establecidos en Centroamérica y Sudamérica, promovido guerras que nunca aparecerán en los libros de historia, entrenado a torturadores, traficado con opio en Indochina y ayudado a desarrollar drogas como el LSD dentro de los Estados Unidos; que ese mismo gobierno controla una red para la interceptación de comunicaciones, llamada ECHELON, con la que trata de controlar toda la información que pasa por correo electrónico, fax o teléfono; y que algunos de los hombres más poderosos, inteligentes y ricos del planeta —tres categorías que no siempre se corresponden— se reúnen todos los años, sin ningún tipo de supervisión oficial, para discutir sobre política y negocios en un club que toma su nombre del hotel holandés donde se reunieron por primera vez en 1954, el hotel Bilderberg.

3
Conspiraciones norteamericanas, conspiraciones europeas y la Gran Conjura

¿Acaso deberían importarnos las tesis conspirativas en las que creen los norteamericanos? Las últimas elecciones estadounidenses fueron seguidas en España como si fueran propias. El Atlántico no es tan ancho como solía ser. ¿Acaso hemos tenido más suerte los europeos? También en Europa —y en España— circulan las tesis conspirativas. Muchos franceses saben que la masonería domina los tribunales de justicia de su país, y bastantes policías británicos creen que tiene demasiada influencia en los ascensos dentro de Scotland Yard; de igual forma, un gran número de italianos saben que su país está dominado por la gran industria en complicidad con la mafia; gran parte de la antigua izquierda europea sabe que la caída del muro de Berlín fue causada por la CIA; un gran porcentaje de rusos culpa a los judíos tanto de la llegada del comunismo al poder en su país, como de su posterior caída, y parecen además hacerlo con el mismo encono; a un nivel más local, el ex presidente Aznar parece estar convencido de que las bombas del 11 de marzo le tenían por objetivo principal y no faltan tesis conspirativas —la llamada «pista marroquí»— en torno al peor atentado terrorista de la historia española.

También en Europa se teme a las grandes conjuras, y a veces basta con algo tan sencillo como cambiar Rockefeller por Rothschild para poner una conjura estadounidense en horario europeo. Se trata muchas veces de las mismas tesis que vienen arrastrándose desde el siglo XVIII, antimasónicas o antisemitas, junto a nuevas variantes de las mismas, llegadas de los Estados Unidos. Una de las primeras consecuencias de la globalización ha sido la estandarización, antes incluso que la moneda, de las costumbres o leyes, y de los temores. En cualquier caso, Europa no puede pretender sobre los Estados Unidos ningún tipo de superioridad en el terreno de la razón y el escepticismo. No cuando las televisiones francesas presentan un libro dedicado a las tesis conspirativas como si fuera una obra de periodismo de investigación —L’effroyable imposture de Thierry Meyssan, obra que trata de demostrar que el Pentágono no fue atacado el 11 de septiembre—. Mucho menos cuando se considera que incluso las tesis conspirativas que, por su desmesura, creemos más estadounidenses han nacido en nuestro continente, en el siglo de la Ilustración y en el país que se ha considerado siempre el centro de la razón. Porque si los Estados Unidos marcan hoy la moda, hubo un tiempo en que ésta nacía en París, donde se forjaron todas las grandes tesis conspirativas hasta bien entrado el siglo XX.

Las conspiraciones europeas son casi idénticas a las conspiraciones estadounidenses. A falta de algo mejor, compartimos los mismos mitos, aunque éstos sean a menudo interpretados de forma distinta. Donde en Europa existe aún un antisemitismo más o menos camuflado, en los Estados Unidos existe el temor a un Estado fuerte, y es en torno a ese Estado y sus aparatos de control que gira el folclore de los grupos antiglobalización y nativistas estadounidenses, las milicias, el Klan y los grupos separatistas negros, tan separados por el color y tan parecidos en sus planteamientos.

Podemos ver mejor la diferencia entre norteamericanos y europeos comparando cómo algunos teóricos de la conspiración de los dos continentes ven las reuniones de los Bilderbergs. En Europa es evidente que se trata de una conjura capitalista destinada a colocar el mundo a los pies de los Estados Unidos y su plutocracia dirigente. Para los norteamericanos es evidente que se trata de una siniestra maniobra de viejos autócratas europeos para privar a los Estados Unidos de su independencia y someterla al gobierno de las Naciones Unidas. Los europeos que creen en las conspiraciones hacen notar la presencia de capitalistas y políticos estadounidenses, algunos de ellos de origen judío, entre los asistentes. Por el contrario, los norteamericanos nunca se olvidan de recordar que el primer organizador de esas reuniones fue el príncipe Bernardo de Holanda, un antiguo miembro de la Allgemeine SS. Existe, sin embargo, una diferencia más interesante, no sólo entre los europeos y los norteamericanos que creen en las conspiraciones, sino sobre todo entre los norteamericanos que hoy creen en ellas y sus homólogos de otros tiempos y continentes: por primera vez el mito de la Gran Conjura es articulado en un país que puede considerarse como vencedor y está en una situación de poder. Normalmente las tesis conspirativas nacían en países que estaban en una situación de desventaja, oprimidos o derrotados: la Alemania de la República de Weimar y la Tercera República francesa han pasado a la historia como dos de las mayores productoras de mitos conspirativos.

Matices nacionales aparte, existe desde hace dos siglos, aunque sea sólo en la imaginación de sus enemigos, una gran conspiración, que absorbe y justifica todas las otras pequeñas conspiraciones, cuyos miembros pueden variar de país a país, de siglo a siglo, de versión en versión, sin cambiar de medios u objetivo. Su existencia, o al menos la sombra de su existencia, es una presencia constante en la literatura política —también en la popular— desde la Revolución francesa hasta hoy. Han sido muchos los que han creído ver una mano oculta en todo lo que pasa en el mundo, desde los días lejanos en que el abate Augustin Barruel denunció la presencia de sectas iluministas y logias masónicas entre los revolucionarios en su libro Memoria para servir a la historia del jacobinismo, hasta los ataques actuales contra el Fondo Monetario Internacional (FMI) y otras entidades multinacionales, como los Bilderbergs o la Comisión Trilateral. Esa mano oculta ha podido cambiar de propietario pero el plan que le es atribuido apenas ha cambiado desde hace dos siglos.

¿Cuándo empezó ese plan? Algunas novelas populares lo remontan a la Edad Media. En 1803, un enemigo de los Illuminati, August Starck, publicó un libro, El triunfo de la filosofía en el siglo XVIII , que hacía remontar la conspiración que había llevado a la Revolución francesa desde los filósofos griegos y los herejes medievales hasta los Illuminati de Baviera. No era el primero en trazar los supuestos orígenes de la masonería hasta los caballeros templarios, pero sí el primero en llevar las tesis conspirativas hasta un tiempo lejano en que la conquista del mundo era imposible porque los límites del mismo aún no eran conocidos ni estaban trazados.

¿Qué busca ese plan? Los medios han ido cambiando de siglo en siglo, si bien se ha mantenido una característica común. El plan busca el poder y no sólo la riqueza, aunque la riqueza pueda acompañar al poder. Y busca en concreto el poder sobre todo el mundo. Un poder que sólo ha sido posible en tiempos modernos y una ambición que ha sido atribuida sucesivamente a Napoleón, Hitler, Stalin, varios papas católicos, algunos presidentes de los Estados Unidos y la mayor parte de los genios malvados que aparecen en las novelas de James Bond.

Junto a ese plan, el Plan por excelencia, han aparecido otros muchos de tipo local, a veces opuestos, las más de las veces complementarios de esa gran conspiración. Ningún país está tan libre de patriotas para que no surjan voces en el mismo que lo presenten como objetivo central y prioritario de una u otra conjura de dimensiones internacionales. En El Salvador, gracias a la presencia de los profesores jesuitas de la UCA (la Universidad Centroamericana) en e

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