Los grandes seductores y por qué las mujeres se enamoran de ellos

Betsy Prioleau

Fragmento

Introducción. Grandes seductores: los hombres y los mitos

Introducción

Grandes seductores:

los hombres y los mitos

Un hombre sin las delicias del amor es poco más que una triste mazorca de maíz.

PEIRE D’ALVERNHE, canción trovadoresca1

Casi todas las mujeres han soñado con un «gran amor».

SIMONE DE BEAUVOIR, El segundo sexo2

Pembroke, una aldea conocida en otra época como Scuffletown (2.800 habitantes), se encuentra en las llanuras del sureste de Carolina del Norte, junto a la autopista 711. Alberga al equipo de béisbol de los Braves de la Universidad de Carolina del Norte, a los indios ojizarcos, la iglesia baptista de Berea, la floreciente cadena de tiendas de un dólar Dollar Tree, la brasería Papa Bill’s Ribs, una pista para competiciones de acrobacias con vehículos, y además es el hogar de uno de los seductores más atractivos de nuestros tiempos. Jack Harris es profesor universitario de psicología, tiene cuarenta y tantos años y el pelo cortado a cepillo, arrastra las palabras al hablar y tiene una vocación que no abunda hoy en día: embelesar a las mujeres. «Desde que tengo uso de razón —comenta mientras bebe una cerveza— siempre ha habido mujeres (en el ático, en el tren o en el autobús) que se han sentido atraídas hacia mí. ¿Por qué? Déjeme pensar… Bueno, creo que intuyo lo que necesitan. Las amo y quiero complacerlas.»

Hay muchas formas de llamar a un hombre así: libertino, crápula, castigador, casanova, donjuán, seductor, mujeriego, imán sexual y rompecorazones. En francés lo llaman tombeur; en japonés, ikemen; en ruso, krasavchik; en chino, «lobo de colores»; en inglés, ladykiller; en portugués, mulherengo; en alemán, Frauenjäger. Sin embargo, es un misterio en cualquier idioma, se ve envuelto por un halo de mito, los prejuicios y las teorías de estar por casa. ¿Quién es en realidad ese donjuán, ese demonio tan atractivo?

Lo cierto es que no hay un término ideal para definirlo. Un hombre que enciende la pasión en las mujeres, las adora y las enamora de por vida desafía todo tipo de modelos conocidos: pícaros con tablas, cachas con un buen miembro, hombres forrados de pasta o cualquiera de las versiones científico-terapéuticas del macho alfa romántico. El seductor pone en tela de juicio todas las imágenes arraigadas; es el amante que nadie conoce.

Jack, por ejemplo, no se ajusta a ningún patrón. «Siempre he considerado que soy bastante normalito», reconoce. Y es verdad. Tiene la cara alargada, al estilo del Greco, y viste de manera informal, anodina: camiseta de manga corta, vaqueros sin marca, botas camperas y una cadena con un crucifijo de oro. No tiene pedigrí, ni riqueza, ni poder, ni recursos, ni los atractivos de la seguridad y la estabilidad. (Dejó un puesto fijo en el sur de Texas por un arrebato y reconoce que es bastante «volátil».)

En cuanto a las técnicas de seducción: «No me esfuerzo. Creo que es instintivo. Simplemente me siento muy cómodo entre las mujeres. Y —apura la cerveza y aplasta la lata vacía para dar más énfasis al comentario— soy incapaz de hacer el amor a menos que sienta un vínculo emocional con la otra persona; no soy del tipo de hombres que ligan y pasan página. Me refiero a que hay muchas mujeres que me han roto el corazón…».

¿Y este es el famoso Don Irresistible? ¿Este es el hombre al que persiguen las mujeres, a quien codician y no pueden olvidar en décadas? No me cuadra. A simple vista, Jack no debería entrar en este grupo, y mucho menos ser capaz de embelesar a mujeres a diestro y siniestro y tener que rechazar las proposiciones de las alumnas que se le acercan con notitas arrugadas en las temblorosas manos.

Durante siglos, los seductores como Jack han quedado encasillados en el estereotipo, distorsionados y estigmatizados hasta tal punto que resultan irreconocibles. Sin embargo, los sentimientos hacia ellos están drásticamente divididos; hay quien los critica y quien los admira, hay quien los censura y quien los valora aunque no lo reconozca. Son la encarnación de lo prohibido: una amalgama de envidia, deseos reprimidos y pasiones contenidas.

Muchas veces también han sido silenciados. No obstante, si dejamos que los hombres irresistibles nos den su opinión, observaremos que son radicalmente distintos al estereotipo: son personas románticas, complejas y atípicas que rompen el molde del «seductor» y redefinen el atractivo masculino. A pesar del concepto del «mapa del amor» individual y la creencia popular en la media naranja, lo cierto es que un número reducido de hombres han sido capaces de robar el corazón de la mayor parte de las mujeres a lo largo de la historia.3 En un estudio transcultural del ADN llevado a cabo en 2004, el doctor Michael Hammer y sus colaboradores de la Universidad de Arizona descubrieron que ciertos hombres habían traspasado buena parte de los genes a la siguiente generación.4 La conclusión del estudio fue que, al parecer, las mujeres tienen gustos similares;5 hay hombres a quienes prefieren de manera sistemática en lugar de otros; son más atractivos, más fascinantes, más «no sé qué». Un crítico proclamaba hace poco que «no hay nada más que decir acerca de la cuestión [del donjuán]». Bueno, pues aquí acabamos de empezar.6

Por ejemplo, ¿que es ese «no sé qué»? ¿De dónde sacan los hombres irresistibles esa garra, ese don para las mujeres? ¿Cómo consiguen crear la magia: el hechizo con el que enamoran y saben mantener enamoradas a todas las mujeres que deseen, cuando y donde lo deseen? ¿Quiénes son esos personajes tan enigmáticos? Para empezar, será preciso que rasquemos todas las capas acumuladas de detritus culturales del lienzo (las supersticiones heredadas, los manidos mitos y caricaturas, los sesgos «científicos» y las teorías peregrinas) para ver por fin la verdadera imagen del cuadro.

Es preciso aclarar que los seductores van acompañados de una advertencia para las menores de edad. No son guardianes de la moral, ni varas rectas, ni dóciles gatos domesticados. Nos transportan al territorio prohibido y a los rincones oscuros de nuestra psique, y no siempre son políticamente correctos. Pero constituyen una hermandad selecta que ama a las mujeres y las encandila. Además, pueden enseñarnos algo muy valioso: no solo son enloquecedoramente atractivos, carismáticos y adorables en todo momento, sino que conocen uno de los secretos más codiciados: saben qué desean de verdad las mujeres y cómo proporcionárselo.

En primer lugar, abrámonos paso entre los mitos.

El seductor satánico

¡Abstente, vil embaucador! ¡Puerco libidinoso!

BEN JONSON, Volpone o El zorro7

El malvado castigador es la cara más conocida del seductor. Con su aire siniestro y sus encantos letales, se pasea por infinidad de novelas, poemas, obras de teatro y películas, y siembra la desgracia entre el sexo femenino. Según escribe la crítica Juliet Mitchell, es el prototipo del «tipo más repugnante de masculinidad».8 Un hombre frío y calculador que se aprovecha sexualmente de las mujeres y cuyo único objetivo es aumentar el número de sus conquistas.

Es John Malkovich con su aire maléfico, el siniestro caballero que desflora a sus desafortunadas víctimas en hoteles franceses y desaparece en plena noche. Es el amante latino caradura contra el que advierten las madres, un embaucador que se desliza como un reptil enfundado en sus trajes oscuros de diseño y emplea ardides sádicos. Puede tener tres colores: negro, negrísimo y requetenegro.

El historiador Denis de Rougemont cree que hay algo demoníaco en el donjuán, una idea que arrastramos desde hace miles de años.9 En Sumeria, en 2400 a.C., el seductor tomaba la forma de «Lilu», un demonio nocturno que asaltaba a las mujeres en el lecho y las dejaba embarazadas. Es el antepasado del íncubo, un espíritu nocturno de las leyendas occidentales, aficionado a las bellas durmientes y a las esposas desatendidas. Dante colocó al seductor en el octavo círculo del infierno, y John Milton lo retrató como una encarnación de Satán en El paraíso perdido, donde reptaba cual serpiente hacia el Edén para cautivar a Eva y condenarla para toda la eternidad.

El malévolo Don Juan ha sido una constante en el imaginario cultural. Desde Lothario, el personaje dieciochesco de La bella penitente (la obra teatral de Nicholas Rowe), que deshonra a la pura Calista, hasta el romántico «hombre fatal», pasando por La máquina del amor de Jacqueline Susann, y por Don Draper, de la serie televisiva Mad Men, ese pícaro personaje que intenta aprovecharse del sexo femenino aparece por doquier. En la novela contemporánea de Francesca Stanfill Sombras y luz. Una pasión irremediable, una sofisticada artista de la sociedad se derrite ante las pérfidas maquinaciones de un mujeriego. La estrella del rap 50 Cent es una de las encarnaciones de Satán más recientes. I’m into having sex, I ain’t into making love / […] the hoes they wanna fuck / But homie… («A mí me va el sexo, no hacer el amor […] Las tías quieren follar / pero el colega no es fácil de atrapar»), canta.10

Esos depravados mantienen la actitud despectiva por una serie de motivaciones muy variadas: poder, dominación, ambición militar frustrada, lascivia y, en la mayor parte de los casos, pura misoginia. Aborrecen a las mujeres que caen en sus garras. Lovelace, el disoluto caballero de la novela Clarissa, de Samuel Richardson, lleva hasta el extremo de la lógica su odio hacia las mujeres y viola brutalmente a la protagonista. Incapaces de amar, los enemigos licenciosos ven a sus «presas» como si fueran cifras, no personas sino objetos intercambiables en un carrusel interminable de parejas sexuales.

Las mujeres no tienen posibilidad de sobrevivir ante este crápula satánico. Abducidas por sus sigilosas artes del engaño y la trampa, se enfrentan a un final trágico. Se les altera la psique y caen en una espiral de enfermedad, locura y catatonia. Lo más habitual es que terminen en la tumba antes de tiempo o se arrojen a las vías del tren, como Ana Karenina.

El verdadero seductor satánico

Sin duda existen mujeriegos despiadados y crápulas fríos y calculadores, pero no son auténticos seductores. Un auténtico cautivador de mujeres no desprecia sus conquistas ni ansía su destrucción. «El seductor de profesión, que hace de la seducción un proyecto, es un hombre abominable —insistía Giacomo Casanova—, sustancialmente enemigo del objeto en el que ha puesto los ojos. Es un verdadero criminal que, si tiene las cualidades requeridas para seducir, se vuelve indigno cuando abusa de ellas para hacer infeliz a una mujer.»11

El propio Casanova es la prueba contra ese estereotipo del seductor villano al que con el tiempo ha dado nombre. Aventurero veneciano del siglo XVIII que obtuvo grandes logros (fue escritor, empresario, violinista, estudioso, diplomático y bon vivant), Casanova fue también uno de los mejores amantes del mundo. Admiraba y respetaba a las mujeres, y convirtió la felicidad de todas ellas en su empresa vital. Las trataba «como si fueran sus iguales», escribe un biógrafo, «y las desnudaba como si fueran sus superiores».12

Siempre dispuesto a complacer, se especializó en el placer femenino y llegó a proporcionar catorce orgasmos en una misma velada. Las mujeres solían ser quienes tomaban la iniciativa y ninguna de ellas se sintió abandonada ni ultrajada por Casanova; cuando se separaban era de mutuo acuerdo. En lugar de sentirse destrozadas y con instintos suicidas, a menudo sus parejas se sentían mejor después de su relación con él, tanto en el plano material como en el psicológico. Nunca engañaba a sus enamoradas ni tuvo un número de amantes exagerado para los estándares actuales (unas 120 amantes a lo largo de toda su vida), y siempre las recordaba con afecto.

Si hubiera que definirlo, diríamos que estaba enamorado del amor. Durante la época que duró su gran idilio amoroso, estuvo a punto de perder el juicio y la vida. A los veinticuatro años conoció a la misteriosa Henriette, una mujer francesa que viajaba de incógnito para huir de su familia, y se enamoró «perdidamente» de ella.13 Henriette era una mujer ingeniosa y culta, con talento para la música, y juntos pasaron tres meses perfectos en «tierna unión» sin «un solo instante vacío» ni un «bostezo».14 Cuando los familiares de la mujer dieron por fin con ella, la joven dejó escrito en el cristal de la ventana del hotel suizo en el que se alojaban con la punta de un diamante: «También olvidarás a Henriette».15 Pero no pudo olvidarse de ella, ni siquiera en la vejez.

Cuando Henriette se marchó, Casanova se refugió en una pensión remota, se negó a comer y se habría muerto de inanición si no hubiera sido porque una desconocida irrumpió en su habitación y lo salvó. Dieciséis años después, estaba de nuevo a las puertas de la muerte cuando volvió a saber de Henriette. Se hallaba de viaje por la zona de Aix y se puso gravemente enfermo. Durante los siguientes cuatro meses, una enfermera acudió a su habitación a diario para cuidarlo, enviada por su antigua amante Henriette, que entonces era marquesa y vivía en un castillo cercano. Todavía le amaba, y para demostrárselo le mandó una carta en blanco que iba dirigida «Al hombre más honrado que he conocido en el mundo». Casanova, emocionado, se preguntó si no quería volver a verlo porque temía que sus «encantos podían haber perdido la fuerza con que encadenaron [su] alma hace dieciséis años».16 Una actitud que dista de la imagen de mujeriego despiadado que ha pasado a la historia.

Casanova tenía sus vicios (el juego, las estafas y la vanidad), pero, en conjunto, era un hombre de gran carácter y sensibilidad que se adelantó varios siglos a su tiempo. Su error fue haber «nacido para el sexo [opuesto]», ser demasiado experto en las artes amatorias y ser objeto de envidia allá donde fuera.17

Los seductores no son en absoluto dechados de virtudes, pero tienden a parecerse al patrón de Casanova. En lugar de ser los manidos hombres malvados que se atusan el bigote en el escenario, son una raza mestiza (hombres como el filósofo francés Albert Camus) que encandilan y magnetizan a las mujeres. Según el propio Camus, él era el seducido: «Yo no seduzco —escribió en su diario—. Me rindo».18 Tampoco desprecian a sus conquistas con frialdad. Aman con intensidad, saben ser fieles y tratan a sus amadas con respeto, cortesía y genio erótico. Pocas veces acaban las mujeres destrozadas y hundidas; a menudo salen a flote después de la ruptura y muchas veces continúan amando a estos donjuanes. De la mano de los genuinos «seductores», dejaremos atrás a la calaña que se aprovecha de las mujeres y entraremos en un territorio ignoto y complicado.

El adulador de mujeres patológico

[El donjuán representa] un caso clínico del carácter perverso.

GAIL S. REED, Psychoanalytic Quarterly19

A principios del siglo XX, en la época del modernismo norteamericano, el seductor adquirió otra personalidad demoníaca. En esta representación, el donjuán es algo más que un mujeriego amoral y un extorsionador sexual: está perturbado. Ya sea porque está demente o porque sufrió una infancia cruel, o por ambos motivos, está obsesionado por las mujeres y presenta una gran variedad de trastornos mentales. Aunque Freud (por extraño que parezca) no tenía nada que decir sobre la figura del seductor, sus sucesores se apresuraron a llevar a Casanova al diván del psicoanalista.

Un médico español20 describió en 1927 al mujeriego como «hombre histérico», mientras que el psiquiatra Otto Rank le diagnosticó un «complejo de Edipo», en una búsqueda eterna y frustrada de la posesión materna.21 Una generación posterior de psicólogos arremetió contra su narcisismo, un ensimismamiento anormal que impedía la empatía y los vínculos normales.22 El antihéroe de Jules Feiffer en Harry es un perro con las mujeres es un ejemplo clásico, un «monstruo del amor» que forra su apartamento con espejos y responde a la pregunta de una de sus novias «¿En qué piensas?» con un lacónico: «En mí».23

El diagnóstico va de mal en peor. El problema con los mujeriegos, sostiene Gregory Pacana en el Philadelphia Mental Health Examiner, es que tienen el «trastorno de Casanova», un subtipo de trastorno de la personalidad límite que implica once síntomas, que van desde la fobia social hasta la manía.24 El doctor Gregorio Marañón describió el «donjuanismo» como el «erotismo deformado hasta el delirio».25 Hoy en día recibe el nombre de adicción al sexo, y los enfermos vuelven «al buen camino» mediante un programa de doce pasos de abstinencia sexual impuesta, arrepentimiento público y terapia de grupo.26

Un perfil psiquiátrico todavía más extremo es el del seductor como sociópata. Se trata de agresores sexuales carentes de conciencia que dominan las artes de la seducción y a quienes no importa recurrir al abuso sexual.27 En el punto más criminal del espectro, son psicópatas: temibles impostores, como Michael Murphy, de treinta y seis años. Murphy, que cumplía una condena de veintiséis años en una cárcel de Montana, puso en práctica su talento como seductor de un modo tan eficaz que convenció al menos a cinco funcionarias de prisiones para que se acostaran con él y le permitieran prácticas de contrabando. Su terapeuta, que sin saber cómo acabó besándolo (y algo más) en su despacho, reconoció: «No pude decirle que no». Y dos de las guardianas de la cárcel le mandaron cartas de amor. En una se leía: «Estoy enamorada de ti». El contenido de la otra no puede reproducirse.28

El verdadero adulador de mujeres

Por supuesto, la salud mental es relativa y existe en un continuo. Pocas personas pueden soportar las tormentas de la vida sin inmutarse. Los seductores no son una excepción. También tienen su ración de traumas y momentos de locura. El poeta romántico e ídolo amoroso Alfred de Musset sufría ataques de nervios de vez en cuando; Casanova se planteó el suicidio en una ocasión; y tanto Richard Burton como Kingsley Amis eran alcohólicos. Pero como colectivo, desafían el modelo patológico del mujeriego. Con bastante frecuencia pertenecen a otra categoría: son hombres normales y corrientes con psicología positiva.29 Muchos comparten varias o todas las cualidades actualizadas del «espécimen humano sano»: fortaleza de ego, vitalidad, resistencia, autenticidad, creatividad, autonomía, inconformismo, crecimiento personal y capacidad de amar.30

En su estudio revisionista, la psicoanalista Lydia Flem sitúa a Casanova en esta categoría. Se encaprichaba de forma sincera con todas y cada una de sus amantes, anhelaba relaciones profundas con ellas y nunca abandonó a ninguna. Luchador y pasional, vivía con fervor y «completa armonía entre la mente y los sentidos».31 Llegó a ser un erudito diestro en las normas de sociedad y entabló amistad con Voltaire, Catalina la Grande y otras personalidades de la misma talla.

Entre sus amigos se contaba también un seductor de calibre similar que ha caído en un olvido relativo: Lorenzo Da Ponte. Da Ponte era un homme du monde, libretista de veintiocho óperas, entre ellas tres de Mozart, y poseía una habilidad para encandilar que parecía «casi mágica».32 Una mujer tras otra sucumbían a sus encantos, desde dos venecianas casadas hasta una posadera austríaca (que le escribió «Ich liebe Sie» en una servilleta el día en que se conocieron), pasando por «la Bella Inglesina», Nancy Grahl, quien sería su esposa durante cuarenta años.33 Cuando se casó con Grahl, Da Ponte estaba en la bancarrota, desdentado, sin trabajo y tenía veinte años más que ella.

Igual que Casanova, compañero de juventud, Da Ponte tenía la psicología de un gran triunfador, un hombre imponente que deslumbraba con su ímpetu y su confianza en sí mismo. Estaba por encima de la simple cordura: era capaz de crear, amar intensamente, evolucionar y plantar cara a la adversidad. Nació en 1749 con el nombre de Emmanuele Conegliano, en un gueto judío de Venecia, y aprendió las lecciones de la vida a golpes. Era pobre, huérfano de madre desde los cinco años, iletrado (sus compañeros de clase lo llamaban Idiota) y se vio obligado a convertirse al cristianismo y cambiarse de nombre cuando su padre se casó con una joven cristiana. Lo internaron en el seminario y acabó por ordenarse cura católico.

Sin embargo, Da Ponte rompió los moldes. Aprendió de forma autodidacta a escribir poesía y a los veinticuatro años se escapó del convento y huyó a Venecia, donde enseñaba y escribía sonetos por encargo. Tenía magnetismo y era apuesto: con una elegante nariz aquilina, la mandíbula fuerte y unos radiantes ojos iridiscentes. Las mujeres se fijaban en él. Durante los siguientes cuatro años les devolvió los favores y fue amante de varias signoras, antes de que los inquisidores lo obligaran a exiliarse por su moral disoluta y sus poemas pecaminosos.

En Viena aduló al emperador José II de Habsburgo hasta conseguir que lo nombraran poeta de la corte. Allí colaboró con los más grandes, en especial con Mozart, y se convirtió en un célebre libretista. Igual que antes, las mujeres cayeron rendidas a sus pies. Era un «romántico empedernido»,34 siempre enamoradizo, aunque nunca le decía «Te amo» a una mujer, insistía, a menos que lo dijera de corazón.35 A lo largo de diez años mantuvo una «querida» habitual, con la que tuvo un hijo,36 y una tal Calliope que le ofrecía «café, tartas y besos» cada vez que Da Ponte tocaba la campanilla mientras escribía Don Giovanni.37

Una de sus inamoratas rechazó la propuesta matrimonial de un cirujano con demasiado fervor porque prefería seguir con su amante; además de decirle al cirujano que era feo, añadió que adoraba a Da Ponte. El cirujano se vengó recetándole ácido nítrico a Da Ponte para remediar un absceso, con el fin de que se le cayeran todos los dientes. Pues aun así, las mujeres seguían considerándolo irresistible. Siempre prefirió a las amantes con carácter, y su último escarceo amoroso fue con una belicosa diva, la Ferrarese, que duró hasta que se cernió el desastre; su patrón, el emperador, murió y sus enemigos desterraron de Viena a Da Ponte.

Poco después, conoció a la lingüista de veintidós años Nancy Grahl, con quien se casó y se mudó a Londres sin un penique. Empezó a trabajar como librero y más adelante emigró a América con su esposa en 1805, en la bancarrota y sin contactos. Da Ponte, un verdadero ave Fénix, se reinventó en Pensilvania y Nueva York, probó fortuna con varias profesiones (entre otras cosas, fue verdulero) y acabó convirtiéndose en un miembro distinguido de la sociedad de Manhattan.38 Escribió sus memorias, contribuyó a la fundación de una ópera italiana, y al final ejerció de profesor de italiano en la Universidad de Columbia. Poco antes de cumplir los setenta años, sus cincuenta y ocho alumnas todavía «suspiraban por él en secreto».39

Debemos admitir que Da Ponte tenía sus defectos: era vanidoso, se ofendía con facilidad y su exagerada ansiedad lo hacía irritante. Pero desde luego, no era un casanova con complejos. No solo no tenía síntomas patológicos, sino que sabía salir a flote ante las dificultades y se esforzó al máximo por desarrollar una identidad plena y creativa. Está a la altura de muchos grandes amantes (hombres como Denis Diderot, el príncipe Grigori Potemkín y Benjamin Franklin), adorados precisamente por su personalidad expansiva, su capacidad de recuperarse ante la tragedia y su furioso espíritu vital.

El macho alfa darwiniano

El despliegue de poder y la abundancia de recursos funcionan en cualquier época.

REUBEN BOLLING,
«Tom the Dancing Bug», Salon40

Los biólogos especializados en la procreación aseguran: «Por supuesto, nadie que hable en serio pone en duda que las mujeres desean hombres acaudalados y con un estatus alto».41 Esta imagen del mujeriego nos llega por cortesía de la psicología evolutiva. Como lleva el sello de la ciencia, el caballero ideal darwiniano se ha convertido en el dogma establecido en los círculos dedicados a las relaciones personales.

No obstante, aunque parezca sorprendente, la teoría del macho alfa se basa en un experimento del pensamiento cuya validez es dudosa. Los psicobiólogos se proyectan en la remota prehistoria y especulan que las primeras mujeres, vulnerables y asediadas, buscaban machos poderosos que las protegieran de los elementos, dieran sustento a la progenie y proporcionaran genes superiores. Con el transcurso de millones de años, defienden estos científicos, la preferencia por tales hombres se soldó en la libido femenina y creó una «fijación» sexual permanente. En consecuencia, las mujeres persiguen de manera instintiva al galán que les ofrece mejores opciones de supervivencia y un mejor ADN. Las listas de cualidades que dan los científicos varían, pero casi todos coinciden en los cuatro requisitos primordiales. El psicólogo evolutivo David Buss los resume así: 1) capacidad económica y estatus; 2) estabilidad y fidelidad; 3) afecto y compatibilidad; 4) inteligencia y superioridad física.42

La primera premisa para el atractivo sexual masculino, riqueza y estatus social, aparece con frecuencia en casi todas las culturas. Un casanova sin prestigio y sin dinero es prácticamente un oxímoron. Casi todos los especialistas en las relaciones de pareja, desde la doctora Helen Fisher hasta el doctor Phil, lo corroboran. «Un hombre de estatus social elevado —escribe el conductista Donald Symons— es la mejor opción tanto para marido como para pareja sexual.»43 Alentados por el patrón del anciano rico con una amante joven, los hombres pelean con uñas y dientes para ascender en la escala social y muestran sus flamantes tarjetas de crédito, que destellan como un relámpago. Es «básico»: los dandis conquistan a las nenas, porque tienen lo imprescindible para adaptarse: recursos y esperma de primera calidad.

La seguridad es otro artículo de fe. Según los neodarwinistas, las mujeres quieren hombres «formales»: fieles, comprometidos y con «conductas equilibradas […] desde el punto de vista emocional».44 El hombre de sus sueños, declara Richard Dawkins en El gen egoísta, es «un buen ejemplar, doméstico y leal».45 Con niños pegados a las faldas y tigres con colmillos de sable acechando en la puerta, a nuestras antepasadas no les convenían las parejas volubles ni juerguistas. Si aplicamos la lógica darwinista, una mujer tenía que estar loca para no entregar su corazón a un hombre casero, un protector capaz de defender el fuerte y de proporcionarle seguridad.

La compatibilidad y la decencia también resultan seductoras. En tiempos revueltos (guerras entre tribus, caminatas sobre placas de hielo y esfuerzos por conseguir provisiones), el oscuro desconocido implicaba un peligro potencial y una dificultad añadida. De ahí la preferencia femenina por el buen tipo de la misma tribu, alguien con un punto de vista parecido, con las mismas costumbres, gustos y opiniones. Los puntos en común, aseguran los científicos, conllevan ventajas evolutivas: cooperación doméstica, menos discusiones y relaciones más duraderas. Todo eso añade atractivo al vecino.

Luego está la belleza y la musculatura, la quintaesencia del atractivo masculino. Desde la perspectiva evolutiva, las mujeres están predestinadas para preferir al hombre fornido y musculoso que augura protección e hijos hermosos. El sociobiólogo Bruce Ellis insiste en este punto: «Para todas las mujeres del mundo, el atractivo masculino está ligado a la fuerza […] y la destreza».46 Los mujeriegos, por obra de la selección natural, son altos, apuestos y guapos con bíceps como jamones y una entrepierna abultada.

El verdadero macho alfa

Los divulgadores científicos no se cansan de repetirlo: «Desde el punto de vista biológico, todavía somos prehistóricos».47 Pues de ser así, los seductores proceden de otra prehistoria. El tipo de hombre que de manera constante seduce a las mujeres pone en entredicho el modelo del macho alfa darwinista.

El caso de Gabriele D’Annunzio es prototípico. D’Annunzio, una de las figuras más atractivas de la Europa de fin de siècle, fue un célebre poeta italiano, novelista, político, héroe de guerra y seductor nato. «La mujer que no se había acostado con él —dijo una salonnière parisina— era el hazmerreír del resto.»48 Las mujeres lo encontraban arrebatador. Lo perseguían por toda Europa como si fueran ménades enloquecidas, le dedicaban apasionadas declaraciones de amor, abandonaban a sus familias y, en dos ocasiones, le ofrecieron una fortuna a cambio de sus favores. La actriz de teatro Eleonora Duse, diva internacional, nunca se recuperó después de conocer a su Apolo.

Sin embargo, Apolo no es lo primero que viene a la cabeza al pensar en D’Annunzio. Como prueba contra el progreso evolutivo, era un espécimen de físico muy poco agraciado: bajo, calvo y «feo», con dientes «estropeados», piernas gordas, caderas anchas, ojos de párpados caídos, labios pálidos y la piel gruesa y moteada.49

Tampoco irradiaba el atractivo de ser un gran proveedor de riquezas. Casi siempre tenía deudas y en mitad de su carrera profesional sufrió una bancarrota estrepitosa, perdió todas sus posesiones, entre ellas sus treinta perros de caza, en una subasta que duró diez días. Cuando llegó a Roma, era un don nadie sin pedigrí, sin reputación, ni dinero ni contactos. Los hombres de su calaña no eran bien recibidos. No obstante, gracias a su influencia sobre las mujeres, se introdujo en la alta sociedad y acabó abandonando a la hija de una duquesa… embarazada de tres meses. A pesar del desprecio infligido a su aristocrática esposa, ella lo amó hasta el final de sus días y acudió para cuidarlo en la vejez.

La inestabilidad iba de la mano con él en todo momento. De una infidelidad crónica y siempre de paso, vivía de capricho en capricho. De todas formas, las mujeres se derretían a sus pies. Eleonora Duse no solo toleraba sus aventuras, sino que una vez lo arrojó en brazos de una rival. «Mire, ya que tanto lo ama —le dijo a una de sus invitadas—, ¡aquí lo tiene!» Y discretamente cerró la puerta.50 Otra pretendiente se negó a marcharse de forma tan discreta. Una marquesa rusa se enfrentó a la Duse después de un escarceo con D’Annunzio, sacó una pistola y se la fue pasando «de mano en mano» hasta que la diva hizo las maletas y se marchó. La Duse intentó «en vano olvidar a su gran amor» durante el resto de su vida.51

D’Annunzio era también impulsivo y voluble, propenso a los arrebatos y a las juergas. Tras una de sus escapadas, dijo extasiado: «Preciso de todo lo superfluo: divanes, telas preciosas, alfombras persas, porcelana japonesa, adornos de bronce, marfiles, alhajas, todas las cosas inútiles y bellas».52 Ni siquiera se podía confiar en él ante la adversidad, pues abandonó a algunas mujeres cuando estaban enfermas o en momentos turbulentos.

No era del estilo fraternal. D’Annunzio era un hombre enigmático, de rareza exótica, atuendo extraño (plumas de oca y casullas clericales), escondites misteriosos (un refugio monástico barroco) y afición a comentarios como «las bocas verdes de las sirenas chuparon mi voluptuosa sangre».53 En lugar de ser el vecino de al lado, era el hombre de la galaxia de al lado, un «hechicero», como él mismo se definía.54

Los hechiceros no se caracterizan por jugar limpio, y D’Annunzio hacía oídos sordos a la moral burguesa. Aunque se mostraba gentil y generoso cuando se lo proponía, también sabía comportarse mal. Pero nadie era capaz de cautivar, mimar y arrebatar a las mujeres como lo hacía D’Annunzio. Era «el amante más extraordinario de [su] época»,55 «un seductor ante cuyas artes inclinaría la cabeza admirado el más radiante de los donjuanes».56

Igual que D’Annunzio, pocos seductores encajan en el patrón del neodarwinismo. Por supuesto, sí hay hombres mujeriegos ricos, guapos, famosos, amables y estables. Pero hay algo más que enciende la chispa de su poder erótico. Los artistas muertos de hambre y los anodinos obreros abundan en las listas de grandes amantes. Los impasibles guardianes del fuego del hogar y de los víveres, conocidos desde la infancia, también entran en esa lista, pero no predominan…, ni mucho menos. Los casanovas tampoco son siempre hombres de anuncio. Un tipo puede tener michelines, orejas de soplillo, genitales diminutos, papada y una piel áspera, y aun así ser el hombre más deseado del planeta. Hace falta mucho más de lo que concibe la psicología evolutiva para hechizar a las mujeres.

El seductor cazador

A las mujeres no les atraen los pánfilos.

DAVID DE ANGELO, Dobla tus citas57

El presentador de radio y consejero sentimental Payton Kane promete lo siguiente a todos los hombres que se sienten solos al otro lado de las ondas: su «Equipo de Transformación es capaz de convertir a cualquier hombre normal en un ligón ¡en cuatro horas!».58 El seductor que surge de esa transfiguración es una de las versiones más convincentes del nuevo casanova. Es el cazador, el pícaro, el artista del ligoteo. Esta encarnación con pocas luces del machismo neodarwinista se hizo famosa gracias a Neil Strauss con su bestseller de 2005, El método, y lo secundan decenas de gurús de las citas cibernéticas. La premisa que se aplica en este caso es que un maestro del amor es un machote que conquista a las mujeres con un repertorio de maniobras paramilitares: bravuconadas, alarde y disparos certeros. Para los estándares de Casanova, el objetivo es modesto: no se trata de que lo amen (eso está en otra liga) sino de llevárselas al catre.

Lo fundamental en el sistema del cazador gallito es desplegar la sensación de dominación. A menos que seas el «jefe de la tribu», no te ligarás a la chica, exhorta el gurú Mystery, un tipo con aspecto gótico, un sombrero que recuerda una alfombra con flecos y las uñas pintadas de negro.59 Entra con aplomo en un bar, indica, actúa como si fueras «el premio» y deja que las mujeres sepan quién manda.60 Esto requiere un repertorio de bromas y «desprecios» sarcásticos como: «¿Qué puntuación te dan en la cama?», seguido de un: «Pues acabas de bajar de la posición número 1 a la 10».61

La estrategia para cerrar el trato parece sacada de la Operación Cacique. A menudo con la ayuda de una «mano derecha», el «experto en seducción» predispone a su objetivo con «palabras mágicas» (términos que despiertan la sensualidad como «revolcón», «mamada» o «placer») y una buena dosis de halagos y desprecios combinados.62 Según Mystery, es tan eficaz como un buen tirón de la correa del perro.63

Cuando la víctima se atusa el pelo y sonríe, ha llegado el momento de la «cinética», toques estratégicos en la cadera, la cintura y el pecho. Por fin, el «artista de Venus» aísla a la chica, la besa, le pide el número de teléfono y la deja ahí como si tuviera cosas mejores que hacer.64 Más tarde la llama y le propone un «lugar para el sexo»; luego se dirige a la cita, listo para matar.65 En uno de los comentarios de la página alardea Extramask: «Le di unos buenos azotes».66

A lo largo de esta campaña de seducción y conquista, el mujeriego mantiene el tipo y se blinda emocionalmente. Un artista del ligoteo aprende a «eliminar el deseo» (como recomienda el donjuán Dex en la película El tao de Steve) y a ocultar los deseos, si se interfieren.67 Los seductores mantienen la cabeza bien fría, huyen de la palabra «amor» y se convencen de que «siempre habrá otra mujer».68 En su caso, es cierto. Los «logros» que describen son números intercambiables (valorados del 6 al 10). Suelen ser mujeres desesperadas: strippers, esposas aburridas, aspirantes a modelo y un despliegue de solteronas que deambulan por las discotecas.

Neil Strauss, aficionado a la caza femenina, aseguraba haber estudiado a los artistas del ligoteo durante dos años para «convertirme en lo que todas las mujeres quieren; no lo que dicen que quieren, sino lo que quieren en realidad».69 Pero se equivocó de colegio. Los hechizadores del mundo real proporcionan un mensaje muy distinto y aspiran a una categoría de mujeres que dista del triste reparto de Strauss, compuesto por camareras adolescentes, bailarinas exóticas y señoras con habilidades de «actriz porno».70

El verdadero seductor

El príncipe Alí Khan sería la envidia de cualquier seductor cazamujeres. Apodado «el Príncipe Dorado»,71 Khan fue famosísimo en la década de 1950: galán internacional, soldado condecorado, deportista, filántropo, vicepresidente de la ONU, líder espiritual de veinte millones de musulmanes ismailíes, y amante de la crème de la crème. Hubo quien dijo: «No estabas en la onda, sino déclassé, démodé, no eras nadie, no contaban contigo, si no te habías acostado con Alí».72 Se hizo famoso por seducir a la Diosa del Amor, Rita Hayworth, y alejarla de su marido, para después casarse con ella por todo lo alto junto a una piscina llena de colonia.

No obstante, Khan rechazaba el credo del cazador. «Tiró el manual y empezó a jugar de manera intuitiva.»73 En lugar de ser frío y arrogante, Khan era la caballerosidad personificada y se desvivía por complacer a las mujeres. Era modesto y discreto sobre sus conquistas, que superaban con creces los sueños más atrevidos de un artista del ligoteo. Aunque su forma de vestir y su aspecto eran poco espectaculares (de piel cetrina y con entradas), irradiaba «dulzura», «suavidad» y «una humildad que derretía».74

Cuando quería conquistar a una mujer, desdeñaba las estrategias bélicas, los despliegues de dominación y la indiferencia fingida. Iba a por todas. Las amantes decían que les echaba el ojo entre los invitados en las fiestas e iba directo hacia ellas. Una vez, en Ascot, dio la espalda a las carreras de caballos y se quedó mirando fijamente a quien después sería su amante, que se hallaba en la tribuna. En otra ocasión, le dijo a una de las mujeres con las que compartía mesa en un banquete, a quien acababa de conocer: «Preciosa, ¿quiere casarse conmigo?». La honorable Joan Guinness, esposa del magnate de la cerveza negra, no tardó en divorciarse de su marido y lo hizo.75

Los desplantes lacónicos no eran de su estilo. La cantante y estrella del cine francesa Juliette Gréco consideraba que la zalamería era el punto fuerte de Khan. En su primera cita, recordaba, la aduló «de una forma encantadora, muy especial».76 Se concentró únicamente en ella, en sus intereses y en su carrera profesional, sin mirar ni una vez al desfile de chicas glamurosas que se pasearon por delante de su mesa. Hizo que se sintiera como una «reina».77 Haber echado el anzuelo a una mujer le habría parecido a Khan algo torpe y pueril; él se dedicaba al afrodisíaco arte del aplauso: piropos, atención continua y caricias.

Aunque tuvo muchas aventuras amorosas, Khan siempre estaba «loca y perdidamente enamorado» (si bien de manera fugaz) y dejaba al descubierto su corazón.78 En lugar de ocultar sus sentimientos, hacía alarde de ellos. En cuanto vio a Rita Hayworth, suspiró: «¡Dios mío! ¿Quién es esa mujer?» y empezó a asediarla para conseguir

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