Capítulo I
Tradiciones y leyendas de la antigüedad
De cómo Hércules fundó Sevilla
Todos los comentaristas e historiadores coinciden en afirmar hque Sevilla fue fundada por Hércules.
Pero ¿podemos dar crédito a esta afirmación? ¿No es Hércules un dios de la mitología clásica? ¿Cómo vamos a creer en un dios mitológico?
Hacia el año 1000 antes de Jesucristo, o sea hace ahora alrededor de tres mil años, llegaron los primeros navegantes fenicios a España. Venían surcando el mar Mediterráneo, habiendo costeado el Norte de África, donde aprendieron la religión egipcia (la del dios Osiris y la diosa Isis); y donde fundaron una colonia, cerca de la actual Túnez, a la que dieron el nombre de Kar-tago, que significa Ciudad Nueva. Desde ahí continuaron progresando en sus periplos o navegaciones, acercándose cada vez más al estrecho de Gibraltar, el cual al principio no osaban pasar, por el miedo que sentían todos los antiguos al océano desconocido, el Atlántico.
Solamente un navegante, más atrevido que los otros, llamado Melkart, se decidió a pasar con su barco, desafiando las corrientes, por entre los dos promontorios que forman el Peñón de Gibraltar y el Peñón de Calpe.
Después de encontrar el océano Atlántico, siguió costeando hacia el norte, hasta que encontró la desembocadura del Gua
dalquivir, remontando este río, hasta llegar al lugar que hoy ocupa Sevilla. Aquí, en un islote formado entre dos brazos del río, encontró sitio para fundar una factoría comercial, y efectivamente lo hizo en el lugar que hoy ocupan la plaza del Salvador, cuesta del Rosario y plaza de la Pescadería, lugares en los cuales, actualmente, cuando se hacen zanjas para abrir cimientos cada vez que se construye un edificio, o cuando se efectúan reparaciones del alcantarillado, suelen aparecer fragmentos de cerámicas y otros vestigios de la primera fundación fenicia.
Melkart, el navegante, no solamente estableció aquí la primera factoría comercial fenicia a la que dio el nombre de Hispalis, que en idioma fenicio parece significar «llanura junto a un río», o sea ««marisma», sino que además consiguió mediante tratados, y mediante incursiones armadas, apoderarse del monopolio de las pieles y cueros de Andalucía, probablemente enseñando a los indígenas turdetanos a capturar y matar los infinitos toros bravos que ocupaban los montes y llanos de la región, sometiendo al rey de los turdetanos, llamado Gerión, a quien impuso además de una servidumbre comercial, el cambio de la religión primitiva que profesaban los turdetanos, por la nueva religión egipcia.
Hasta aquí los hechos tal como ocurrieron. Más tarde, sobre esta base real se formó la leyenda. Melkart, cuando murió, fue declarado por los egipcios y fenicios como héroe, santo y dios, cambiándose luego su nombre de Melkart por el de Herakles, y entre los latinos por Hércules.
Es natural que se le considerase héroe, puesto que había sido el primero en atreverse a una navegación por un océano desconocido que se suponía lleno de maleficios y peligros. Es natural que se le considerase santo y dios, por haber llevado una religión a unos pueblos salvajes.
En realidad los fenicios se comportaron exactamente igual que se han comportado los pueblos posteriores, y así nosotros los españoles hemos considerado héroes a los audaces descubridores de América, que fundaron ciudades en México o en
Perú, y les hemos reconocido virtudes piadosas, por haber llevado nuestra religión cristiana a los indios salvajes del Nuevo Mundo. No han faltado repetidas proposiciones e intentos para canonizar a Cristóbal Colón como santo, por haber sido el iniciador de la cristianización de América, y aún hoy se está promoviendo por ese motivo la causa de santidad en favor de la reina Isabel la Católica, por haber patrocinado el descubrimiento de América, que duplicó el ámbito de la cristiandad.
Pues del mismo modo fue como Melkart, llamado Herakles y Hércules, subió a los altares de la mitología clásica.
Después, los poetas y los autores de tragedias, en Grecia y Roma, inventaron, con sucesos auténticos de su vida, las leyendas de Los doce trabajos de Hércules entre los cuales figuran, más o menos embellecidos, «el haber roto las montañas que unían África y España», lo que significa simbólicamente el haber forzado el paso del Estrecho, derribando los mitos y temores, y convirtiendo en «Plus Ultra» lo que hasta entonces había sido «Non plus Ultra». Y otro suceso, el de haberse apoderado del mercado de cueros y pieles de toros, que enriqueció el comercio fenicio, se convierte en la leyenda de que «limpió los establos del rey Gerión y domesticó a los toros feroces».
Sevilla, a través de todos los historiadores y cronistas, ha reconocido siempre, y reconoce, a Hércules como fundador de la ciudad. Por esto, encontramos su estatua colocada en los lugares públicos, y en el puesto de honor de los padres de la patria. Así, en el arquillo del Ayuntamiento, la estatua de Hércules es la primera. Y cuando el insigne asistente de la ciudad, don Francisco de Zapata y Cisneros, conde de Barajas, construyó el paseo de la Alameda, puso en él, rematando una de las columnas traídas del templo de la calle Mármoles al nuevo paseo, la estatua de Hércules, fundador de Sevilla, y dio precisamente su nombre al lugar, que desde entonces se llama Alameda de Hércules.
Finalmente diremos que en la Puerta de Jerez (puerta de la muralla, derribada en el siglo xix) hubo sobre el arco de entrada unos versos latinos, que traducidos al castellano decían:
Hércules me edificó,
Julio César me cercó
de muros y torres altas,
y el rey santo me ganó
con Garci Pérez de Vargas.
Lo que viene a ser, en sólo cinco versos, todo un compendio de la historia de Sevilla.
Leyenda del tesoro del Carambolo
Cuentan que los primeros habitantes del territorio sevillano, los más antiguos abuelos nuestros, fueron los tartesios. Algunos historiadores les llaman turdetanos. Esta palabra, Turdetán, por su sílaba última, «tan» (la misma que llevan Pakistán, Kurdistán, Beluchistán), indica su procedencia oriental, de la India, cuna de la civilización euroasiática, por lo que podemos deducir que los turdetanos o tartesios serían una tribu perteneciente a la gran horda indoeuropea. También puede encontrarse este origen indostánico de los turdetanos o tartesios, estudiando sus vestigios arqueológicos, y ello se advierte sobre todo en el medallón o colgante descubierto hace pocos años por el profesor don Juan de Mata Carriazo (por cuyo motivo se le llama el Bronce Carriazo), que demuestra un íntimo parentesco entre el arte tartesio y el indostánico.
Parece que los turdetanos, al llegar aquí procedentes de la India, fueron los primeros en poner en explotación las minas de cobre de Tharsis (Huelva) y que por el nombre de esas minas, se extendió a su pueblo y a toda la región el nombre de Tartesos, con que se les conoce históricamente.
Estos tartesios vivían en buenas relaciones comerciales con los fenicios que habían fundado su factoría comercial en Sevilla. Los tartesios traían al mercado fenicio las pieles de animales feroces (en España había leones y tigres en aquel entonces), y los cueros de los toros, así como el cobre de Tharsis, y la púrpura o tinte para las telas, extraído de los caracoles múrices, de la costa atlántica.
La exportación de todos estos productos al mundo entero daba a la región andaluza un gran bienestar económico. Así que las antiguas viviendas en cuevas, o en chozas de cañas y ramas, fueron sustituidas por casas de piedra, o de ladrillos, blanqueadas primorosamente de cal. Se formaron ciudades, y los habitantes, enriquecidos por el trabajo, vestían y se adornaban con una mayor riqueza.
Pero los fenicios, cuando ya estuvieron seguros de su poderío comercial, pretendieron abusar de los andaluces, y explotarlos. Para ello disminuyeron la demanda de productos, a fin de depreciarlos, y obtenerlos entonces más baratos, aun a costa de sumir en la miseria y el hambre a los andaluces.
Era entonces rey de los tartesios el célebre Argantonio, el cual tenía un hijo llamado Terión.
Argantonio acudió a los fenicios para exponerles que la baja de precios significaba el hambre de su pueblo, y que si los fenicios se mantenían firmes en no pagar más por los productos, él se vería obligado a romper los tratados comerciales que otorgaban el monopolio a Fenicia, y buscaría otros compradores directos, suprimiendo las factorías comerciales de los fenicios, y expulsándoles del país.
No habiendo obtenido respuesta satisfactoria, Argantonio comunicó a los fenicios que debían abandonar Andalucía, a lo que éstos se negaron. Se había planteado, pues, el conflicto armado.
Argantonio decidió atacar simultáneamente las dos princi
pales factorías fenicias, Cádiz y Sevilla, dividiendo en dos su ejército de andaluces. La mitad la tomó bajo su dirección, y confió el mando de la otra mitad a su hijo Terión. Desde la ciudad de Tartesos, situada al borde de la marisma, partieron los dos ejércitos, precedidos por la ágil caballería, y ostentando los guerreros sus emblemas entre los que se reproducían las cabezas de toro, el animal totémico sagrado.
Sin embargo, los fenicios no se habían descuidado. Reuniendo en Cádiz y en Sevilla sus numerosas flotas, decidieron una maniobra audaz: atacar por sorpresa a la propia ciudad de Tartesos, desguarnecida en aquellos momentos por la salida de los ejércitos de Argentonio. A favor de la noche, los barcos fenicios, navegando por el Guadalquivir, llegaron hasta las proximidades de Tartesos, desembarcando de ellos los fenicios, que no se proponían conquistar la ciudad, sino destruirla rápidamente.
No hubo ni siquiera asalto, sino un incendio pavoroso. Los fenicios, valiéndose de flechas empenachadas, lanzaban miles de antorchas sobre los tejados de Tartesos, y muy pronto la ciudad entera estuvo en llamas. Entonces sus moradores, ancianos, mujeres y niños, que eran los únicos que habían quedado en la ciudad (pues los hombres útiles habían marchado con los ejércitos de Argantonio y de Terión a intentar la conquista de Cádiz y de Hispalis), intentaron huir. Pero los fenicios los recibían en las puertas de la muralla, a golpes de espada y de lanza. Arroyos de sangre se deslizaban por las pendientes hacia el Guadalquivir. Así pereció hasta el último de los habitantes de la capital de Argantonio, bajo el fuego y el arma.
A unas leguas de allí el ejército de Argantonio vio iluminarse el cielo con el resplandor del incendio, y desesperadamente intentó regresar para salvar a la ciudad. La diferencia de velocidad entre los que iban a caballo y a pie, la fatiga de la doble jornada de camino, hicieron que el ejército tartesio se desorganizara, y así, al llegar a las inmediaciones de Tartesos, ya no era un ejército, sino una angustiada multitud que presenciaba impotente cómo el fuego destruía sus casas y los cuerpos de sus familias.
En ese momento, sobre el fatigado y desalentado ejército de Argantonio, cayeron los fenicios formados en compactos grupos, y precedidos por los flecheros con sus escudos protectores. Los tartesios, impotentes para resistir la avalancha, y diezmados por las veloces flechas, se dispersaron por la llana marisma, siendo cazados como alimañas por los arqueros fenicios. Unas horas después todo había terminado. Argantonio y su numeroso ejército habían perecido hasta el último hombre.
Solamente un fugitivo logró salvarse de la carnicería, y huir en dirección a Sevilla, para dar aviso a Terión de lo que había sucedido, y entre gritos y sollozos le pudo dar la terrible noticia.
—Tu padre Argantonio ha muerto; el ejército ha sido aniquilado. La ciudad incendiada, y sus moradores muertos. Eres ahora rey de los tartesios, pero tu pueblo no es más que este ejército que te queda.
—¿Y mi madre?
—Muerta también; y tu mujer; y tus hijos; y tus hermanos.
¡Todos! Lo único que se ha salvado son las insignias reales.
Aquí las tienes.
Y puso a los pies de Terión un lienzo en el que, al abrirlo, aparecieron los brazaletes y el collar de rey de Tartesos.
Terión permaneció un momento en silencio, sobrecogido por el espanto y el dolor, pero en seguida recobró su fiereza. Tomó las insignias, se las puso y gritó a los suyos:
—¡Venganza! ¡Venganza! A conquistar Hispalis.
Y alzando su lanza, puso en marcha al ejército tartesio, en dirección a Sevilla. Pero la rabia y el dolor no nublaban su mente. Sabía que para vencer a los fenicios necesitaría astucia, al mismo tiempo que valor.
Así, al llegar a los altos de lo que hoy llamamos Castilleja de la Cuesta, ordenó acampar, ocultándose las tropas en la espesura de los bosques de alerces que entonces llenaban el contorno de Sevilla.
—Esperaremos a que los fenicios hayan regresado con sus buques a Hispalis y se hayan entregado al descanso. Solamente así podremos derrotarlos.
En efecto, durante la noche fueron entrando en el puerto de Sevilla los cientos de barcos que habían transportado las tropas para atacar Tartesos. Los fenicios venían contentos, gritando de júbilo por su victoria, tras haber destruido la capital de los tartesios. Poco después se entregarían al descanso, y ése sería el momento de atacar.
Terión aguardó a la hora del amanecer. Sería el momento en que mejor podría sorprender a sus enemigos. Pero antes de atacar quiso Terión tomar una grave decisión política. Muerto Argantonio, él era el rey de los tartesios. Pero habiendo perecido en la matanza su mujer y sus hijos, no había un sucesor a quien dejar en custodia las insignias reales. Y las costumbres de los guerreros tartesios exigían que el rey no entrase en batalla portando el collar y los brazaletes sagrados, para impedir que pudieran perderse en la refriega. Tradicionalmente, cuando un rey marchaba a la batalla, era la reina la encargada de custodiar el tesoro, al mismo tiempo que ejercer el mando, en ausencia de su esposo.
Pero Terión no tenía ya una esposa. Ni siquiera había quedado una mujer con vida tras la destrucción de la ciudad.
Terión se arrodilló para orar a los dioses. Después, tomó un cántaro de barro de los que llevaban los soldados para mitigar la sed en la marcha, y se alejó unos pasos en silencio. No habiendo nadie que pudiera custodiar las joyas, las enterró en un hueco del terreno, tapándolas con piedras, para recogerlas cuando terminase la batalla.
Volvió poco después al campamento, y arengó a los guerreros:
—Incendiad los barcos para que ningún fenicio pueda escapar. Pasadlos a cuchillo, pero respetad a las mujeres. Ni una sola debe morir. Necesitamos mujeres para reconstruir el pueblo de los tartesios.
Y lanzó a sus hombres a la batalla. Los fenicios, cogidos por sorpresa en el descanso, no pudieron defenderse y perecieron todos, mientras la enorme flota ardía sobre las aguas del Guadalquivir.
Pero Terión no pudo nunca recobrar sus joyas reales, ni reconstruir la ciudad de Tartesos, pues durante el asalto a Sevilla una flecha le quitó la vida, sin que pudiera confiar a nadie el secreto de dónde había escondido el tesoro.
Aniquilados los fenicios de Sevilla, el ejército tartesio victorioso marchó a Cádiz que también fue conquistada.
Sobrevino un largo período de trescientos años en que los tartesios disfrutaron una paz completa, y volvió a florecer la agricultura, la ganadería y la minería, pero sin que los tartesios dependieran de ningún otro pueblo. El historiador Estrabón afirma que cuando llegaron a España los griegos, encontraron a los tartesios con un alto nivel de cultura, y que las leyes se escribían en verso para que pudieran aprenderlas de memoria los jóvenes.
Sin embargo, los tartesios ya no tenían su capital en Tartesos, que nunca fue reconstruida, sino en Sevilla.
Y las joyas reales, el collar de oro, el pectoral y los brazaletes, nunca aparecieron, durante más de dos mil años.
Solamente ahora, el 30 de septiembre de 1956, cuando unos obreros excavaban en el cerro del Carambolo, a mitad de camino entre Sevilla y Castilleja de la Cuesta, en el término de la villa de Camas, al hacer una zanja para instalar las jaulas del Club de Tiro de Pichón, encontraron en un hueco del terreno un cántaro de barro, y al romperlo, aparecieron dentro, refulgiendo al sol, las brillantes piezas de oro del tesoro Real de los tartesios. Ésas son las joyas que, con el nombre de «Tesoro de El Carambolo», se exhiben hoy al público en el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla.
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La cierva de Sertorio
Tras la conquista de Sevilla por los romanos había sobrevenido una época de laboriosa paz. Pero he aquí que cuando ya estaban tranquilizados los belicosos españoles que tanto trabajo había costado a Roma dominar, se produce la discordia entre los propios romanos, a causa de la rivalidad de los dos bandos políticos, encabezados por los senadores Mario y Sila. Los dos bandos tienen por jefes en España a Sertorio y Metelo, respectivamente.
Sertorio supo ganarse la confianza de los sevillanos, explotando hábilmente el sentido de lo mágico y lo milagroso que la psicología de nuestro pueblo tiene como principal característica. En general se hacía acompañar de una cierva blanca, de piel inmaculada, la cual había domesticado pacientemente. El hermoso animal aprendió a acercar su hocico a la oreja de Sertorio, moviendo los belfos y emitiendo un suave sonido como si le hablase al oído. Sertorio hizo correr entre el pueblo la voz de que aquella cierva era un animal sagrado, y que los dioses a través de ella transmitían a Sertorio sus consejos y órdenes. De este modo, cada decisión de Sertorio era acatada con temor y reverencia, no como un mandato de gobernante, sino como un designio de la propia voluntad de los cielos.
La guerra terminó desastrosamente para el bando de Sertorio, y su enemigo, Metelo, conquistó Sevilla, derrotando no directamente a Sertorio, sino a su lugarteniente el general Hyrtuleyo, en una batalla que dio en la Vega de Triana, o en las proximidades de Itálica.
Metelo castigó a Sevilla por haber sido sertoriana, imponiéndole un fortísimo tributo de guerra, y después unos impuestos exorbitantes que agobiaban al vecindario.
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La cabeza de Gneo Pompeyo
En el año 69 había estado en Sevilla ocupando el cargo de cuestor (especie de delegado de Hacienda) un joven funcionario, de familia patricia, llamado Julio César, el cual quedó tan enamorado de la ciudad que, cuatro años después, al ser nombrado pretor de la España Ulterior (gobernador regional) puso su residencia en Sevilla, protegió a los sevillanos y obtuvo del Senado de Roma que se aligeraran los impuestos que sufría Sevilla, y que habían sido creados por el encono de Metelo.
Pero poco después volvía a estallar la guerra civil entre los romanos, ahora entre Pompeyo y César. Guerra que duró varios años, y que ocasionó la muerte de Pompeyo en la batalla de Farsalia, y la destrucción de su ejército.
Pero no había terminado ahí la guerra, pues los dos hijos de Pompeyo, llamados Sexto y Gneo Pompeyo, continuaron la contienda, valiéndose de algunas legiones veteranas romanas, y de numerosos partidarios que levantaron en España. Todavía hubo una gran batalla final, la de Munda, que se dio en un campo situado entre Lora de Estepa y Casariche, donde César derrotó completamente a los pompeyanos, resultando muerto Sexto Pompeyo, mientras su hermano Gneo Pompeyo se daba a la fuga.
César, terminada la batalla de Munda, regresó a Sevilla, indignado porque en esta última etapa los sevillanos se habían puesto en favor del bando pompeyano, habían albergado en la ciudad a las tropas de aquel bando, le habían suministrado oro y armas, y en fin habían prestado apoyo de toda clase a Pompeyo.
El ejército pompeyano que guarnecía Sevilla y algunas tropas fugitivas de Munda que se habían encerrado en Sevilla o acampado en sus alrededores para oponerse a César fueron destrozados, y por fin quedó César dueño de España. Desde Itálica preparó su entrada oficial en Sevilla, para descansar de la batalla, y por la mañana, montado en su carro de guerra, y
vestido con las insignias de dictador (dictador no significaba usurpador, sino que era un rango legal; significaba algo así como general en jefe a quien Roma había conferido, por circunstancias excepcionales, el derecho a gobernar promulgando decretos-leyes), se dirigió a Sevilla. Al llegar a donde está hoy la Cartuja, uno de sus soldados le entregó la cabeza de Gneo Pompeyo, cuyo cadáver acababan de encontrar entre los montones de cuerpos de la batalla del día anterior. César, llevando en su mano el sangriento despojo, entró en Sevilla por la puerta de la muralla que daba a la plaza de Villasís, y siguiendo la actual calle Cuna, se dirigió al Foro, o plaza Mayor, que estaba donde ahora la Alfalfa. Es de suponer que en el camino y sobre todo en la plaza del Salvador, que formaba una sola con la plaza del Pan, sería aclamado por sus partidarios, y mirado con temor por los sevillanos simpatizantes de Pompeyo, que aún quedarían algunos.
Al llegar al Foro, descendió César de su carro, y dirigiéndose al edificio del Pretorio o palacio del Praesidens (gobernador o presidente), depositó la cabeza sangrienta de Gneo Pompeyo sobre las gradas altas del pórtico, donde todos pudieran verla, y desde allí alzando la voz pronunció un discurso violento, áspero y amenazador, cuyo texto —incompleto pero suficiente— nos ha conservado el historiador Aulo Hircio en la obra De Bello Hispanensi (Guerra hispánica).
César estaba agraviado porque los sevillanos habían tomado partido por su rival Pompeyo en vez de serles fieles a él, como estaban obligados por lazos de gratitud, ya que él, César, durante su época de gobernador, había conseguido del Senado de Roma que les aligerasen los excesivos tributos que les había impuesto Metelo. Por último les dijo:
—Si erais tan adictos a Pompeyo, y tan valientes, ¿por qué no habéis sido capaces de salir todos a la batalla, y habríais podido derrotarme? Pero no, porque vosotros neque in pace concordia, neque in bello virtute (ni en la paz sois capaces de tener concordia ni en la guerra valor).
Tras estas duras palabras, César se retiró a Itálica.
Sin embargo, su enfado duró poco. César, en el tiempo que había vivido como cuestor y como gobernador, había tomado gran cariño a Sevilla, por lo que ahora decidió convertirla en la mayor ciudad de España. Personalmente estudió el proyecto y dirigió los trabajos, y en el plazo brevísimo de un año, amplió la muralla, desde Osario hasta la Macarena, y desde ahí a la Resolana, calle Feria, Doctor Fedriani, San Martín, a Villasís, con lo que el tamaño de la ciudad quedó duplicado.
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Los dos hijos de Julio César
Hasta aquí, lo que hemos contado es rigurosamente histórico. Pero como la Historia siempre quiere acompañarse de leyenda, en Sevilla se cree que César tuvo aquí amores con una joven llamada Syoma Julia, la cual le dio dos hijos. Uno, el primogénito, al cual César, para ganarse la protección de los dioses, sacrificó, dándole muerte, y enterrando su cuerpecillo ensangrentado bajo el cimiento de la muralla nuevamente reconstruida, con lo cual propiciaba el que la muralla y la ciudad serían invencibles. Desesperada Julia por la muerte de su primogénito, huyó del lado de César, y ocultó a su segundo hijo, el cual cambiados su nombre e identidad, más tarde sería el que con el nombre de Bruto dio muerte a César, el día de los idus de marzo, en Roma, precisamente al pie de la estatua de Pompeyo.
La ciudad de Sevilla siempre ha guardado a la memoria de César gran respeto y amor, ya que al ampliar la muralla y engrandecer el perímetro urbano, convirtió a Hispalis en la gran metrópoli del sur que aún es hoy. Por ello figura la estatua de César en el arquillo del Ayuntamiento, junto a la de Hércules, y también está en la Alameda de Hércules sobre
una de las dos columnas romanas que puso allí el conde de Barajas en 1574.
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Tradición de la verdadera patrona de Sevilla
Muchas personas creen que la patrona de Sevilla es la Virgen de la Hiniesta, mientras otras piensan que la Virgen de los Reyes. Vamos a aclarar esta cuestión del patronazgo o de los patronazgos con que cuenta la muy noble, muy leal y mariana ciudad de Sevilla.
Para ello hemos de sacar a la luz los datos que hay en dos trabajos históricos, procedentes de la iglesia parroquial de San Vicente, en que constan por menor y con curiosos pormenores, los orígenes de la comunidad cristiana de Sevilla.
Hacia el año 40, o sea unos siete años después de la muerte y resurrección de Jesucristo, salió de Roma el apóstol Santiago, quien ya había recorrido la Palestina, Tiro, Sidón, la Grecia y la Italia, predicando el Evangelio, y creando los primeros grupos de fieles a la nueva religión, muchos de ellos judíos que aceptaron pasar del Antiguo al Nuevo Testamento, y otros paganos que abandonaron la religión de los dioses grecolatinos Júpiter, Venus, Marte, Minerva, Saturno, etc., para adorar a Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Desde Roma, decidió Santiago dirigirse a España, y siendo en España la más importante y rica región la Bética, embarcó para Sevilla, a donde llegó e inició su evangelización. Y habiendo reunido un pequeño grupo de prosélitos, a los que bautizó, nombró por jefe y obispo de éstos a un hombre honesto, misericordioso y temeroso de Dios, a quien por su piedad bautizó imponiéndole el nombre de Pío.
Este Pío era de oficio escultor, y había nacido en Massia, un puertecillo de pescadores en la orilla del río, entre los pueblos que hoy llamamos Puebla del Río y Coria del Río. Este hombre era un buen artista, y se ganaba bien la vida haciendo esculturas para el adorno de los suntuosos edificios que por aquel entonces se construían en Hispalis o Sevilla, y en su vecina Itálica. Seguramente si se estudian las firmas o marcas de las esculturas romanas que hay en los museos de Itálica y Sevilla, o las que vayan encontrándose, podrá hallarse en alguna de ellas la firma de Pío, escultor y primer obispo de Sevilla.
Desde nuestra ciudad, marchó el apóstol Santiago a evangelizar Granada, Córdoba y otras ciudades de la Bética, y habiendo vuelto a Sevilla, comunicó a Pío que iba a emprender viaje a la región Tarraconense, y le rogó que le acompañase.
Así pues, se pusieron en camino Santiago y Pío, dirigiéndose desde Sevilla, por las calzadas romanas, hacia el norte. Y habiendo llegado a Zaragoza, ante las dificultades que encontraban para convertir a aquellos paganos, el apóstol Santiago se desalentó, y sentado a la orilla del Ebro, junto con su compañero Pío, lloraron ambos amargamente.
Es entonces cuando la Virgen María, que todavía no había muerto, se les apareció a los dos, en cuerpo y alma, puesta de pie sobre una columna de piedra que había en aquel lugar. No fue, pues, una aparición de la Virgen a Santiago Apóstol, sino a Santiago Apóstol y a Pío, obispo de Sevilla, conjuntamente.
Tras aquella visión, que les consoló y animó mucho, Santiago tranquilizado ya respecto al buen éxito que le esperaba a su predicación, no consideró ya necesaria la compañía de Pío, y mandó a éste que volviera a Sevilla, y le encargó vehementemente que pues era escultor, labrase una estatua o imagen representando a la Virgen María puesta de pie sobre un pilar, tal como la habían visto ambos, y que la colocase sobre el altar de su iglesia o casa de reuniones de los cristianos en Sevilla, teniéndola como patrona, pues con la protección de la Señora se mantendría la comunidad cristiana, y llegaría a cristianizarse toda la ciudad.
Obedeció Pío el mandato de Santiago y habiendo regresado a Sevilla, marchó a su taller junto al río, y allí valiéndose
del barro modeló una imagen de la Virgen puesta de pie sobre la columna o pilar. Esta imagen, de barro cocido, fue llevada a la casa donde se reunían secretamente los cristianos, o sea la primera iglesia sevillana, que estaba situada a espaldas del Circo de la ciudad. Dado que hoy, por las excavaciones que se hicieron para construir la avenida de la Cruz Roja, sabemos que los cimientos del Circo llegan desde el Hospital de la Cruz Roja hasta la calle Fray Isidoro de Sevilla, puede casi asegurarse que la dicha primera iglesia
