INTRODUCCIÓN
No digas palabrotas
Eran los noventa y unos cuantos niños uniformados de chándal de hipermercado nos íbamos a un solar anejo a la estación de tren abandonada del pueblo, un páramo de cristales rotos y jeringuillas de yonqui, y las decíamos: cabrón, puta, chocho, zorra, maricón, joder, mongólico, follar, subnormal, coño, polla, lisiado, porculo, cojones, sidoso, mierda, te reviento, me cago en tus muertos, me cago en tu madre, me cago en tu alma. Tenía ocho o nueve años y experimentaba un placer singular con las palabrotas.
Por una parte, estaba el sabor del taco, que era el de la libertad, pero no solo eso. Poner porquería léxica en nuestras bocas nos provocaba también un goce onanista. El viejo «caca-pedo-culo-pis», en órbita desde que el mundo es mundo. Estallábamos en carcajadas cantando canciones tan monstruosas que hubieran hecho llorar a las funcionarias del Ministerio de Igualdad. No tengo ni idea de dónde las sacábamos; dudo que fueran de cosecha propia. Supongo que corrían de boca en boca como material de estraperlo o aquel rumor sobre Ricky Martin, el perro y la mermelada que inauguró lo que hoy llaman posverdad.
Decíamos tacos y cantábamos canciones de follar y cagar, de cojones y chochos, de irse de putas. Ninguno se convirtió en proxeneta que yo sepa. El contenido educativo de nuestra diversión nos traía al pairo, como es lógico. Todos los niños detestan la moralina, como supo ver Roald Dahl y como olvidan los actuales pedagogos y censores de libros infantiles. Nos deleitaba la sonoridad de las palabrotas, la violencia del lenguaje y la velocidad con que la coprolalia nos llenaba de éxtasis y alegría. El goce estaba en decir lo que habría acarreado castigos de llegar a oídos de los adultos. Nuestro gusto era atávico: romper un tabú.
El universo de los niños se parece al de algunas tribus en que los tabúes ocupan un lugar predominante. Al niño se le dice que no toque eso, que no diga aquello, que no se hurgue ahí, que no haga ese ruido tan molesto; se le exige que se acueste a una hora temprana mientras los adultos siguen despiertos, que no vea esa película que ellos sí ven, que no toque ese libro que parece tan interesante, que no haga ascos a la comida asquerosa que a veces le dan. Sus afanes y caprichos están cercados por límites que para él son antiguos y arbitrarios.
¿De dónde vienen? ¿Por qué se impusieron? Y sobre todo: ¿qué los hace tan importantes? ¿Por qué reaccionan los mayores como si la vida entera fuera a torcerse irremediablemente si el niño pisa la estúpida línea roja? Su deseo de cruzarla es intenso y nadie ofrece explicaciones convincentes para el veto. Eso es caca, eso está mal, eso hace daño. No es no, porque lo digo yo. Pero los niños ven a los mayores transgredir esos límites todo el tiempo. Son testigos de los tacos que sueltan, del vino que beben, del tabaco que fuman, y ellos quieren hacer las mismas cosas porque interpretan que en esos actos prohibidos se esconde la libertad.
Cuando el niño oye reír a los adultos en una complicidad que lo excluye, cuando no capta el doble sentido ni la turbia insinuación que hace que sus padres se carcajeen hasta ponerse colorados, lo que él desea es crecer a toda prisa, entender, participar, ser admitido en el club de los mayores. Parapetado en la frontera de la edad parece un refugiado en busca de asilo en un país cuyos trámites de admisión son demasiado lentos. De ahí que todos los niños jueguen a lo mismo, a ser mayores: mecánicos, enfermeros, aventureros, policías, vulgares.
Pienso que el taco es el primer trago del licor que el niño bebe a escondidas, la primera señal de peligro que burla para aventurarse en una suerte de allanamiento de morada, como cuando registra de arriba abajo los cajones de la cómoda de la abuela o espía lo que ven sus padres en la tele después de la hora de dormir. Si has tratado con niños sabrás que parecen ajenos a vuestra conversación, pero en realidad están sumamente atentos a las palabrotas que se os escapan. Cuando te oyen decir una levantan las orejas, te señalan con el dedo y tal vez quieran cobrarte una multa: ¡me debes un euro por decir esa palabra!
Esa palabra que no repite es una cosa impresionante para el niño, incluso para el que no la dice y se escandaliza cuando otros sí. Su existencia separada del resto del idioma, como si el vocablo fuera leproso o radiactivo, le explica algo de gran importancia: que el lenguaje no es un territorio homogéneo sino que tiene riscos, desfiladeros y grutas infectadas. Además, el niño sabe que basta pronunciar esa palabra (no las otras) para que papá y mamá se enfaden, y la reacción le está enseñando que hay palabras como conjuros, atrayentes y repulsivas a un tiempo, cargadas de poder. Sobre este poder, el tabú, tratan los cuatro primeros capítulos de este libro.
Si te has interesado en leer esto, quizá hayas pensado que hoy las malas palabras no solo se les reprochan a los niños. En esta época los adultos también estamos bajo vigilancia, y proliferan los curitas laicos dedicados al monólogo moralista, las seños rígidas y castigadoras, en palabras de Michi Panero: «los coñazos». ¿Por qué? Por una parte, nuestra sociedad ha perdido la grandiosa estructura con forma de escalera que servía como yincana a los chicos para dejar de serlo, y las etapas del antiguo ceremonial que ha acompañado a los humanos hacia la vida adulta en todas las culturas y a lo largo de la historia de la humanidad se ha desdibujado; por otra parte, el mundo adulto se ha hecho patéticamente infantil.
La televisión emite programas de cocina donde menores de edad trabajan bajo una presión de tiburones de finanzas y muchos de sus espectadores son gente adulta sin hipoteca, sin ataduras ni seguridad, que siguen compartiendo piso en el parque temático de la vida precaria. El éxito de las sagas interminables de los superhéroes de Marvel o los productos recocinados de Star Wars son la cara amable de una moneda que tiene en el reverso la pasión por el maximalismo, la obsesión maniquea y la polarización en una sociedad dividida y subdividida de forma simplista en buenos y malos, en héroes y villanos, donde la vida política es pura esclerosis.
En esta parálisis del crecimiento, donde la vida adulta tarda demasiado en desplegarse y lo hace al fin de forma frágil e insegura, adolescentes como Greta Thunberg o los activistas universitarios tienen una popularidad increíble. Son señales de una extraña inversión moral en la que generaciones deslavazadas intercambian sus papeles tradicionales: los jóvenes castigan y aleccionan a los mayores mientras estos tratan de parecer jóvenes, siempre a la última, sin asumir la más mínima responsabilidad o compromiso más allá de las soflamas tuiteras.
En las redes sociales, a las que dediqué mi anterior ensayo, los individuos se prestan al placer sadomasoquista de vigilar mientras son vigilados. Expuestos al mismo acoso de patio de colegio que los niños, a las mismas camarillas, a la misma ansia de validación por parte de los líderes del grupo, adaptan su discurso y quizá también su pensamiento a las corrientes de opinión dominantes, puesto que presuponen que ir por libre es una actividad de riesgo que puede traer consigo la acusación de herejía. La búsqueda del volátil prestigio social de las redes nos hace más vulnerables al juicio ajeno y esclavos de nuestras propias palabras. De nuevo, analizaré algunos de los síntomas que todo ello produce en las próximas páginas.
Pero no nos quedaremos ahí. Con este libro intento mirar a nuestra propia época con una distancia que me permita unir puntos que parecen no tener relación entre sí. Por ejemplo, las viejas recauchutadas y tanoréxicas que salen transfiguradas de la mesa de operaciones, los políticos que recomiendan apasionadamente Operación Triunfo y los cuarentones que se abren una cuenta en TikTok y afean al panadero que no se haya enterado de que hay ciento treinta identidades de género diferentes son, desde mi punto de vista, caras del mismo prisma. No es solo la ola de infantilismo que, según los analistas malhumorados, recorre Occidente como una pandemia, sino nuestro Zeitgeist: porque ay de quien no baile al compás de la innovación en un mundo donde todo lo viejo es automáticamente tachado de extinto y obsoleto.
Mientras el público asiste fanatizado al lanzamiento de un nuevo producto Apple, es previsible que se derribe una estatua de George Washington, que se retire el nombre de David Hume de la torre de la Universidad de Edimburgo, que el lenguaje, los museos, los cánones artísticos, el relato histórico y hasta los comportamientos comunes se conviertan, a ojos de la epidemia de gurús, en un nido de pecado y subdesarrollo. Que el pretexto para poner patas arriba museos y bibliotecas sea tan siniestro e ideológico como salvar al hombre de sí mismo no cambia las cosas; nos encontramos ante el culto a la novedad, hipnotizados por el adanismo, huraños hacia todo lo que hemos heredado y sin tener claro qué buscamos. Sin forma.
En esta tensión sin perspectiva, en esta celebración de la desmemoria, en esta demolición es donde las identidades colectivas simples y vulgares (hombre, mujer, negro, blanco, trans, gay, hetero) se han convertido, junto con los viejos nacionalismos y confesiones religiosas, en fortines donde la gente desorientada y desesperanzada se refugia. Y ahí es donde florecen las nuevas herejías, a las que está dedicada la segunda parte del libro. Porque no basta con ser mujer, hombre o trans, negro, mestizo o blanco, musulmán, ateo o cristiano, español o francés, sino que hay que serlo de la forma ordenada por los integristas: asumiendo un paquete de ideas, de expresiones, de enemistades; de censuras, de ángulos muertos, de limitaciones.
Uno de tantos ejemplos de ese ensimismamiento identitario es la situación actual del islam en Europa, una deformación grotesca de la religión intoxicada de política reactiva, producida en las refinerías de petróleo de Arabia Saudí. Detengámonos un momento en esto. Sabéis que el islam prohíbe la representación gráfica de Mahoma, comer cerdo y beber alcohol, pero nadie entra a tiros en el Palacio del Jamón gritando por la gloria de Alá antes de inmolarse para impedir que zampes paleta ibérica, ni apunta con un kaláshnikov a la cabeza de los engullidores de salchichas alemanas, ni dispara al charcutero, ni vigila los bares de copas en el centro de Madrid.
En Europa los musulmanes conviven con los cristianos y los ateos que beben alcohol y tragan el manjar prohibido sin que la transgresión pública del tabú desate la violencia. Pasa lo mismo con la costumbre de vestir como furcias de muchas europeas (a ojos del recato islamista). Pese a que los musulmanes asisten a mezquitas salafistas regadas con dinero saudí y muchos han terminado prefiriendo que sus esposas se disfracen de monjas, los casos en que un fanático molesta a una europea en la playa o la calle siguen siendo anecdóticos.
Esta paz en la discordia, este equilibrio entre interpretaciones morales opuestas es la grandeza de las democracias occidentales. Sin embargo, todo equilibrio depende de la distribución del peso de las partes, y las sociedades no son estáticas, sino organismos en movimiento permanente. Por un lado, pueden surgir grupos disolventes que se aprovecharán de la tolerancia para minar el sistema; por otro, un sutil desplazamiento de una pieza puede trastocarlo todo de la misma forma que una cucharadita de estiércol estropearía el sabor de un steak tartar.
Unas simples caricaturas de Mahoma publicadas en 2006 en una revista satírica francesa de ínfima tirada bastaron para poner patas arriba las relaciones entre el islam y la democracia en Europa. Si el nombre de la revista está en tu cabeza no es por su trayectoria ni por su contenido, sino por la catástrofe. Hemos asumido que la masacre ocurrió como consecuencia de las caricaturas como si los hechos no pudieran haber sido distintos, pero a mí todavía me sorprende que algo tan nimio como un dibujo produjera una reacción tan descomunal.
Solo unos pocos años antes el vuelo de una viñeta como esa hubiera sido corto. Sin embargo, para 2006 el motor de la red y la gasolina de la ofensa ya funcionaban y la condujeron hasta los cuatro confines. La blasfemia de Charlie Hebdo fue un rasgo imprevisto de la globalización: algo típico de un país democrático y laico, una blasfemia, provocaba graves desequilibrios en teocracias islámicas lejanas y entre la población musulmana francesa, parte de la cual había llegado al país en busca de la libertad que hacía posible esa ofensa.
En 2007 la justicia francesa rechazó los alegatos de grupos musulmanes que buscaban castigo denunciando que las caricaturas incitaban al odio contra el mundo islámico. El mundo islámico, en su versión más abominable, se tomó en 2015 la justicia por su mano: doce muertos, a cuya memoria está dedicado mi anterior ensayo.
Cualquier corazón bienintencionado hubiera creído que la masacre de 2015 había puesto el punto final al ansia de represalia del integrismo musulmán, pero en 2020 un profesor francés llamado Samuel Paty mostró los dibujos en una clase sobre libertad de expresión y la sangre volvió a llover sobre la democracia. El profesor ofreció a sus alumnos musulmanes que abandonaran el aula si querían para no resultar heridos por el material didáctico que se proponía utilizar, pero este trigger warning tan americano, claro, no sirvió de nada.
Tras una serie de reuniones y quejas de padres musulmanes ofendidos, empezó a correr la voz en Facebook hasta que un desconocido se presentó en la puerta de la escuela, preguntó a los niños con aspecto musulmán quién era Samuel Paty, dio con él, lo siguió, lo decapitó en plena calle a veinte kilómetros de París y se grabó después con la cabeza en la mano. El terrorista, Abdoullakh Abouyedovich Anzorov, tenía dieciocho años y era checheno.
Esa nueva atrocidad demostró que el poder desencadenado por los dibujos de Charlie Hebdo no se había atenuado tras la masacre de la revista. En el homenaje a la víctima, el presidente Emmanuel Macron defendió la libertad de blasfemar y trató a Paty como un mártir de la república. Eran las únicas palabras posibles en un líder europeo ante un asesinato tan monstruoso, pero muchos musulmanes franceses protestaron y la ira se contagió de nuevo a otros países. Hubo manifestaciones contra Macron en ciudades de Occidente y del mundo islámico, y finalmente nuevos atentados en Francia y Austria.
En los debates que suscitó esta nueva ola de violencia, la presencia de los tabúes era pertinaz. Por una parte, estaba la incapacidad de muchos musulmanes europeos de tolerar la ofensa, lo que hizo de las expresiones de condena sin paliativos (es decir: aquellas que no solo execraban el asesinato, sino que apoyaban el derecho a la blasfemia) una excepción. Por otra, estaba el tabú de los ciudadanos franceses de izquierdas, para los que la mera alusión a que el islam pueda ser un problema suponía un acto de xenofobia. Por último, estaba la derecha nacionalista, que utilizaba los atentados para defender la expulsión de los musulmanes, es decir, para convertir a una parte de la sociedad compuesta por gente muy diversa en tabú.
Pero hubo algo que pasó inadvertido y que es el asunto medular del libro que tienes en las manos: el hecho de que el profesor ofreciera a sus alumnos musulmanes abandonar la clase para no ser ofendidos por las caricaturas que iba a mostrar. Aquí está la clave de nuestra derrota colectiva, en ofrecer a los alumnos de un credo que se mantengan ajenos a una lección tan importante como la que enseña la libertad de expresión. Esto supone haber asumido la mentira de que la sociedad democrática no es el lugar donde, independientemente de nuestras creencias e identidades, todos tenemos sitio si nos sometemos a los derechos universales.
Ofrecer a un grupo identitario ausentarse de la clase sobre un derecho fundamental es muy diferente de no poner cerdo en el comedor o respetar una dieta vegetariana. Supone dar por válida la monstruosa idea de que una identidad es incompatible con la democracia, es decir, asumir la derrota de la sociedad multicultural y cubrirse las espaldas ante los problemas sentimentales que pueda acarrear compartir una idea clave. ¿Acaso los niños musulmanes no tienen derecho a aprender por qué la blasfemia está consentida en Francia? ¿No son algunos de ellos, de hecho, quienes más necesitan comprender este principio fundamental, que con frecuencia les negarán sus familias y, si viven en guetos, cosa fácil en Francia, sus comunidades?
La desafortunada forma de «respetar» la identidad y separarla de unos valores intrínsecos a la democracia, que es lo que se adivinaba tras la invitación bienintencionada de Samuel Paty a sus alumnos musulmanes, se ha extendido como la gangrena en Occidente. La consecuencia de esta perspectiva, que importamos de Estados Unidos y sus nefastas políticas de la identidad, es el separatismo cultural: como veremos en la tercera parte de este libro, el fin de la sociedad multicultural, basado en la renuncia acobardada de quienes dicen defender este modelo social con más ahínco.
Comparto con las almas puras la idea de que nadie con un mínimo de sensibilidad mencionaría la soga en la casa del ahorcado, pero, como veremos en las próximas páginas, nos enfrentamos a un problema enorme: en el mundo global e hipercomunicado la casa del ahorcado no tiene paredes, ni puerta por la que escapar; abarca el mundo entero sin dejar un resquicio para la libertad. Digamos lo que digamos, una comunidad dominada por sus integristas podrá venir a castigarnos como a niños que juegan a decir palabrotas en una estación de tren abandonada. Y esto, amable lector, es mucho más grave que una ola de infantilismo: es la mayor amenaza contra la sociedad abierta que se ha visto en las últimas décadas.
PRIMERA PARTE
Tabú
1 Cook a la conquista de Hawái
El descubrimiento del tabú
Donde se describe el lugar y circunstancias en que
los occidentales hallaron la palabra «tabú»
y nació la antropología, mientras los imperios conquistaban el mundo
El 17 de enero de 1779, los nativos de la isla Grande, la mayor de las extensiones de tierra del archipiélago de Hawái, se quedaron estupefactos. Se dibujaban en el horizonte las mismas criaturas marinas que habían visto otros indígenas justo antes de que todo cambiase para ellos: un par de barcos británicos. Las naves que se aproximaban eran los buques HMS Discovery y HMS Resolution. A bordo del segundo viajaba un personaje singular: el explorador y capitán de la marina británica James Cook. Alegres y hospitalarios, diez mil hombres, mujeres y niños se congregaron en la playa para recibir a los visitantes, subieron a sus canoas y se acercaron a ellos, cantando y bailando sin parar: no se veía una sola arma. Cuando Cook y sus hombres consiguieron poner pie en la arena diamantina, la fiesta llegó al clímax. Los británicos solo querían abastecerse de agua dulce y comida para seguir su viaje, un trámite para el que no esperaban un recibimiento tan asombroso. Un sacerdote envolvió a Cook con una tela roja bordada con los motivos de un templo y lo guio hacia el lugar sagrado. Todo esto no entraba en lo previsto por el explorador. Habían tenido tiempo de sobra para tratar con nativos a lo largo y ancho de los mares y esta vez les acuciaba un plan más urgente. Además, Cook ya había pasado por estas islas un año antes, y había ordenado a su cartógrafo que las esbozase en el mapa y escribiera la palabra «Sandwich». Llamó de esta forma al archipiélago de Hawái en honor del conde de Sandwich, John Montagu.[1]
Durante esta travesía, la tercera y última para Cook, habían devuelto a un indígena tahitiano llamado Omai a su hogar, después de llevarlo a Londres tras la segunda expedición para convertirlo en objeto de estudio antropológico. La devolución de Omai era un pretexto para ocultar a las potencias extranjeras su verdadera misión: los británicos querían encontrar una nueva ruta entre el Pacífico Norte y el Atlántico, cruzando el paso del Noroeste, posibilidad que entonces seguía siendo controvertida y que, en caso de existir, otorgaría grandes ventajas a sus descubridores. Lo que no podía imaginarse Cook era la trascendencia que tendría para él y para el mundo de las ideas aquel puñado de islas polinesias. En este paraíso terrenal a él le esperaba la muerte y a nosotros, un concepto. Aparecería en sus diarios y sería explicado por los supervivientes de la expedición. Era una simple palabra, sí, pero cambiaría para siempre nuestra forma de pensar en las cosas en las que no podemos pensar.
En las playas bañadas por el agua turquesa del Pacífico de los archipiélagos polinesios de Tonga, Fiyi y Hawái, remotos entre sí, escucharon por primera vez los oídos de un europeo las tres variaciones que dan origen a nuestra palabra «tabú». Era tapu en Fiyi, tabu en Tonga y kapu en Hawái, y no hay un solo fonema en este tétrico vocablo que nos induzca a pensar en las playas paradisiacas, sino que nos remite a peligro, a oscuridad y a silencio. Resulta paradójico que un término como este, que tiene por costumbre envolverse en la tiniebla, fuera hallado en escenarios tan luminosos como las islas polinesias. Pero, como vamos a ver, las paradojas se multiplicarán a medida que avancemos en la historia del tabú. En su expedición a Tonga dos años antes, Cook ya había anotado en sus diarios la palabra tabu, pero en Hawái tendría nuevas y trágicas oportunidades para aprender sobre ella. La primera adaptación de este vocablo en los caracteres de un idioma occidental está en la anotación del diario de Cook del día 15 de julio de 1777:
Cuando la cena llegó a la mesa, ninguno de mis invitados quiso sentarse a tomar un bocado de lo que había allí. Cada uno era «tabú», una palabra fácil de entender que en general significa «prohibido».
Es divertido, por seguir con las paradojas, que las tres voces hawaianas más populares en el resto del mundo remitan a nociones tan extremadamente contradictorias. Además del tabú (kapu), utilizamos wiki («rápido») para referirnos a la enciclopedia más dinámica y políglota del planeta, y hula-hop para el anillo que los niños usan para mover alegremente las caderas en el patio del colegio.
La danza hula resultó, de hecho, mucho más interesante que la palabra «tabú» para los marinos de James Cook. También el saludo aloha, que las mujeres de Hawái pronunciaban mientras se les aproximaban contoneando las caderas con incitante sensualidad. David Samwell, ayudante del cirujano del Resolution, consignó en su diario que las mujeres hawaianas eran muy hermosas y que «empleaban todas sus artes para atraer a nuestra gente a sus casas, hasta el punto de obligarles al darse cuenta de que los marinos no habían de ser seducidos por sus halagos. Tal era su determinación que de ninguna manera aceptaban ser rechazadas».
Pese a que un tabú impedía a las mujeres salir de su casa en presencia de los británicos, ellas parecían más que dispuestas a transgredirlo. No sería el único tabú roto: la preocupación de Cook por emponzoñar el paraíso con gonorrea británica, como había ocurrido en otras expediciones, le llevó a prohibir terminantemente a sus hombres cualquier trato carnal con las nativas, pero según Samwell, «se sabía que algunos de los que estaban en tierra tenían relaciones con las mujeres». Los astutos marineros incluso las disfrazaban de hombres para llevarlas hasta el barco. Samwell anotó en su diario que «ningún pueblo del mundo da rienda suelta a sus apetitos sexuales tanto como este», y aquí tenemos otra paradoja: cuando decimos «tabú» usamos el concepto de un pueblo con el que los británicos se las vieron en una ausencia de tabúes escandalosa y excitante.
La promiscuidad no era el único tabú cristiano que los hawaianos parecían saltarse a la torera. También violaban otro más sagrado para un británico del siglo XVIII: el de la propiedad privada. Los primeros nativos que subieron a bordo del Resolution, después de escenificar en sus canoas unos rituales que los marinos atribuyeron a un ejercicio de purificación, se dedicaron a saquear el barco ante la estupefacción de los británicos. Uno de ellos agarró lo primero que tuvo a mano, la sonda, y cuando fue detenido por los marinos dijo simplemente que se lo estaba llevando a su canoa. El guardiamarina Gilbert observó que, «con mucha parsimonia» y «sin ningún escrúpulo ni vacilación», agarraban todo lo que les gustaba y se sorprendían cuando los británicos les pedían que restituyesen los objetos, «pues no podían creer que lo hiciéramos en serio, sino que imaginaban que les dejaríamos tomar lo que quisieran». Cook reflexionaba en su diario sobre esta disposición al robo: «Pensaban que tenían derecho sobre cualquier cosa a la que pudieran poner las manos encima», pero añade que no se mostraban violentos, sino sorprendidos, cuando los marinos devolvían las piezas del barco a su lugar. Quizá pensaban, como sugiere el antropólogo Marshall Sahlins, que los siglos de sacrificio recibían al fin su recompensa.[2]
Durante los años venideros, los misioneros puritanos de América del Norte intentarían enseñar infructuosamente los mandamientos en estas islas placenteras. Darían fe de que los impulsos sexuales de este pueblo eran tal y como los habían descrito los primeros exploradores, y de que toda esta deliciosa exuberancia anidaba muy profundamente en la cultura local. De nuevo según Sahlins, algunos famosos gobernantes eran bisexuales, y se podía ascender en la escalera social, o incluso caer en desgracia, por medio del sexo. Se jugaba a juegos eróticos de intercambio de pareja y se socializaba a los niños y a las niñas de la élite en las artes del amor, como ocurría con los varones entre la aristocracia culta de la antigua Grecia. «A las niñas se les enseñaba a hacer el “amo, amo”, el “parpadeo de la vulva” y otras técnicas para “hacer gozar sus muslos”», mientras los niños eran instruidos por los mayores para cimentar con buen arte amatorio sus futuras carreras políticas. Algunos versos de las canciones rituales y populares confirman la posición central de la sexualidad en aquella cultura: «Fuego ardiente aquí dentro, el acto de amor embarga mi cuerpo, palpitando anoche. Dos de nosotros hemos conocido el poder, el relajamiento pacífico, haciendo el amor dentro de mi cuerpo». «Nosotros dos en la espuma, oh, alegría, los dos juntos, abrazándonos estrechamente en la frescura.» El lingüista Samuel Hoyt Elbert explica que, debido al escaso número de fonemas y a la gran cantidad de homónimos, la lengua hawaiana propicia el juego de palabras y el «significado oculto». Es decir, una cultura inclinada a la sugerencia y a la libertad sexual hablaba un idioma que funcionaba igual. Una nueva paradoja, pues el tabú también se refiere a lo que no debe ser dicho.
Es fácil imaginar, pues, el choque cultural que deparaba el siglo de las misiones evangelizadoras puritanas en Polinesia. El estirado pastor Lorrin Andrews se quejaba de que los hawaianos tenían «más de veinte modalidades de relaciones sexuales ilícitas, y otras tantas palabras para designarlas», de manera que, si se elegía uno de esos vocablos para explicar a los nativos el sexto mandamiento, estos tenían todo el derecho de deducir que las otras diecinueve formas de hacer el amor eran admitidas por la Biblia. Durante el siglo siguiente a la entrega del concepto «tabú» a Cook, los hawaianos tuvieron que soportar que una tropa de castos misioneros les exigiera convertir en tabú lo que para ellos era sagrado.
Sahlins, de cuyo extraordinario trabajo he sacado parte de esta información, explica que los misioneros consideraron la danza hula blasfema por su erotismo, «que era justo lo que le otorgaba el carácter religioso para los hawaianos». A lo largo del siglo XIX, los misioneros suprimieron «toda mención al sexo en las canciones y los bailes». Un viaje de ida y vuelta que nos permite intuir una de las ideas fundamentales que aparecerán más adelante: es evidente que para los cristianos existía la noción de tabú antes de descubrir la palabra. Desde los tiempos del Levítico, el tabú aparece con el nombre de «blasfemia», «obscenidad», «impureza» o «pecado» para señalar como peligrosos y contaminantes un sinfín de comportamientos, términos y funciones corporales humanas. Lo que lleva a pensar que las palabras no crean una realidad, como suponen cada vez más ciudadanos occidentales aficionados a la corrección política, sino que hay realidades que esperan su palabra exacta como los hawaianos esperaban los botes de Cook. Entretanto, estas realidades se conforman con otros nombres o sin ningún nombre.
La pregunta que se estará haciendo el lector más atento es esta: si los nativos de Hawái tenían costumbres tan disolutas no ya a ojos de un misionero, sino de los experimentados marinos del Resolution, si eran tan hospitalarios y alegres con los visitantes y no desconfiaban de ellos, y si vivían, por así decirlo, en un lugar parecido al paraíso terrenal, ¿qué demonios significaba el tabú para ellos y por qué era tan importante? ¿Cómo pudimos importar una palabra tan castrante de una tierra, en apariencia, tan promiscua e impúdica?
En los diarios de la tripulación de Cook, las variaciones hawaianas, fiyianas y tonganas de la palabra se traducen como «prohibido» y se aplican de igual manera a ciertas zonas de la isla, a frutos y animales, a vestidos y tipos de plumas de adorno, y también a personas, como, por ejemplo, el sacerdote o el jefe. Los británicos observaron que los hawaianos tenían que asumir tabúes en función de su rango social, en sus relaciones con el mana, como llamaban a los espíritus sagrados, y entre ellos. Una batería de tabúes limitaba sus movimientos en la isla. Había lugares kapu, generalmente señalados con dos astas cruzadas; había tabúes para cada rango de edad o la casta social;y había personas que llevaban el kapu dentro de sí, expandiéndose a su alrededor como una burbuja invisible que no debía ser traspasada. Así pues, «prohibido» nos proporciona solo una noción muy superficial del significado de «tabú». Wilhelm Wundt, citado copiosamente por Freud en su estudio sobre el tótem, el tabú y la neurosis, nos ofrece una breve definición que nos permitirá empezar a pensar sobre el concepto llevándolo más allá de las observaciones de Cook: Wundt señaló que es tabú una persona, lugar, objeto o acto «en el que santidad e impureza no están todavía diferenciados».[3] Subrayémoslo ahora, puesto que volveremos una y otra vez a esa ambigüedad.
Si pensamos en actos en los que la santidad y la impureza no están bien diferenciados, sin duda el sexo será el primero que nos venga a la cabeza. Para muchos cristianos contemporáneos, el sexo sigue siendo a la vez el generador de vida y el de pecado. La gente que no tolera o no entiende la homosexualidad, aplica sin saberlo el concepto de tabú a unos grupos humanos y libera a otros; así, un hombre podrá yacer con una mujer, pero no con otro hombre. El hombre será, desde este punto de vista, tabú para el hombre.
Con esto, que tiene que ver con la asociación entre el tabú y la distinción (o lo selectivo), hemos dado ya un paso muy interesante, pero, como ahora veremos, la noción de kapu tampoco resultaba en Hawái tan sencilla de entender ni de delimitar como pensó Cook. Al igual que ocurre en todas las culturas regidas por la observancia del tabú, y también en nuestras sociedades sofisticadas, el concepto de tabú es tremendamente escurridizo. Según entresaca Sahlins de la documentación del Resolution, las mujeres «violaban los tabúes rituales que las confinaban en sus casas para mantener relaciones amorosas con los tripulantes de los barcos europeos. Este apasionado intercambio pronto llegó a ser un importante vehículo para el comercio, con vistas a eludir tanto los tabúes de los sacerdotes como el negocio de los jefes». Es decir, tras los tabúes de Hawái había, a su vez, una compleja forma de organización social. Vetos no solo a lo inmoral o peligroso, sino también al comercio. Empezamos a intuir con esto que la cultura hawaiana no era tan promiscua e impúdica como les pareció a los británicos y a constatar que proliferaban numerosas prohibiciones muy concretas que formaban una intrincada telaraña de límites no escritos en ninguna ley, pero presentes en la vida de los habitantes de las islas. Veremos más adelante que las prohibiciones de los hawaianos eran, como los tabúes que nos afectan en el siglo XXI, mucho menos arbitrarias de lo que parecían. Pero sigamos con la historia del encuentro entre James Cook y los inventores del tabú.
Como decíamos al principio, el 17 de enero de 1779 la multitud de Hawái había recibido a los británicos con una desconcertante algarabía. El sacerdote de la tribu había envuelto al capitán en una tela roja bordada con los motivos de un templo. Según los diarios de Ellis, ayudante del cirujano en el Discovery, el sacerdote condujo al Gran Navegante de la mano hasta el templo Hikau. A su paso, un hombre gritaba: «Oh, Lono!», y al oír el grito las multitudes corrían hacia el interior de sus chozas para postrarse en el suelo. Lono, dios hawaiano de la fertilidad, regresaba cada año sobre las aguas con las lluvias del invierno y buscaba a su novia sagrada en la isla. Sahlins señala que la llegada de los británicos coincidió con el homenaje anual que rinden allí al dios Lono, y que aquel año se honró a Cook con los ritos de bienvenida habitualmente destinados a él.
Pese a la rudimentaria simplicidad que podría suponer un profano a los asuntos políticos de los nativos, lo cierto es que la situación política en Hawái era muy compleja, y la relación entre los jefes políticos y los sacerdotes era intrincada y difícil. Que Cook fuera confundido con Lono, como creyeron los marinos británicos, sigue siendo hoy un tema controvertido para los antropólogos. Pero hubo al menos una parte de los hawaianos, sobre todo del clero, que creyó que era él o que al menos estuvo interesada en favorecer esta confusión. La venida de un dios a la tierra siempre es buena para el clero y mala para los políticos.
Sea como sea, la estancia de los británicos en Hawái hasta los primeros días de febrero fue fructífera y amistosa. Como hemos visto, hubo intercambios sexuales, pese a estar prohibidos por las órdenes de Cook y por el tabú que afectaba a las mujeres hawaianas, y hubo también comercio entre nativos y británicos, acto vetado a su vez por otro tabú. Sahlins explica gráficamente que «comenzó una carrera de violaciones de los tabúes por parte de las mujeres del pueblo». Esta situación se prolongó durante los días de fiesta en honor a Lono y, casualmente, el 3 de febrero, poco después de concluida la fiesta, el Resolution y el Discovery levaron anclas y el capitán Cook se alejó de Hawái.
Todo parecía haber terminado bien, pero el tiempo es malo en esa parte del mundo durante esas fechas, y los de Cook se toparon en el mar con una tormenta en la que el trinquete del Resolution se rompió, lo que obligó a los británicos a regresar a las islas para repararlo. Hay que hacer hincapié en que Cook ya estaba enfermo para entonces. La teoría más aceptada es que se intoxicó con algún pescado. Padecía dolores intestinales y su comportamiento era cada vez más errático. Hay investigadores que hablan de parásitos, pero, de cualquier forma, Cook no era ya el mismo cuando regresó a Hawái para reparar su barco. Tampoco se encontró con los mismos isleños de los que se había despedido.
Para sorpresa británica, esta vez los hawaianos se mostraron hostiles. Sahlins encuentra en este cambio de actitud una posible prueba de que los sacerdotes habían hecho creer a una parte de la comunidad que Cook era el dios Lono. Su regreso a los pocos días de marcharse se salía del calendario sagrado. No pintaba nada allí en febrero: el propio dios estaba violando un tabú, y la crisis ritual podía desembocar en otra política. El 13 de febrero, un grupo de isleños propinó una paliza a los marinos que cargaban agua y robaron el bote con el que habían llegado a la playa. Al día siguiente, el 14 de febrero de 1779, Cook decidió emplear la fuerza como represalia:los británicos se adentraron en el pueblo de Ka’awaloa y secuestraron al rey Kaliniopu’u. Si los hawaianos querían liberarlo, tendrían que restituir el bote que habían robado. Esta misma táctica de extorsión les había funcionado a los marinos en Tahití, pero esta vez las cosas no salieron como esperaban. Los hawaianos protagonizaron una violenta refriega con ellos en la playa, tumbaron a Cook de un mazazo en la cabeza y después lo asesinaron con los mismos cuchillos que él les había entregado antes de partir. Los británicos que pudieron salvarse y escapar observaron que los «salvajes» despedazaban el cuerpo del capitán en la playa, como si quisieran asegurarse de que sus hombres podían verlo.
Así terminó la vida del explorador que nos trajo de aquellos archipiélagos la palabra «tabú». Sin embargo, escribe Sahlins que, «incluso después de la muerte de Cook, mientras predominaba una situación de hostilidad entre los británicos y los jefes Ka’awaloa, los sacerdotes de Lono enviaban diariamente provisiones a los barcos, [...] más como en cumplimiento de una obligación religiosa que como efecto de la simple generosidad». Además, preguntaban con insistencia a los británicos si sabían cuándo iba a volver el dios, como si el asesinato de Cook formara parte del ritual, o como si creyeran que Lono podía regresar al año siguiente en otro cuerpo. El lugar donde el capitán fue asesinado se convirtió asimismo en tabú, quedó marcado y solo algunos individuos podrían pisarlo. Esto puso en aprietos a los británicos, que exigían recuperar los restos de su capitán para enterrarlo con honores en el mar. Finalmente, los sacerdotes les entregaron la mayor parte del cadáver, aunque parece que se guardaron algunos huesos para venerarlos como reliquias. Hoy, un monolito blanco se eleva entre el verdor selvático en este punto de la costa hawaiana.
En Hawái, los tabúes variarían para adaptarse a la era del capitalismo. Sahlins explica que el rey Kamehameha, con
