Puro humo

Guillermo Cabrera Infante

Fragmento

Ten, toma un puro.

¡Enciéndelo y sé alguien!

Pete Kelly’s Blues

Smoke! Smoke! Smoke that cigarette!

Canción de 1947

En La novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein) se ve al infame doctor Pretorius, un villano vicioso pero vivaz, cenando en una cripta cavernosa, cavada en el camposanto de las tierras del Barón. Con una gran servilleta de un blanco inmaculado, metida por dentro del cuello duro, el viejo científico remilgado usa, como mesa, un ataúd vacío —del cual sus servidores acaban de extraer el cadáver exquisito de una virgen del pueblo. «Cosa bella», exclamó el primer enterrador como si la mujer muerta se llamara Casabella. «Espero que sus piernas estén firmes», musitó el doctor Pretorius, algo receloso. El dilema del doctor nace de observar los llenos muslos marmóreos de la lívida muchacha mientras piensa en su cena. ¿Acaso tenía el pollo frío en mente? El doctor Pretorius suspira pero procede enseguida a cenar a la luz de las velas la copiosa comida regada con un buen Mosela frío.

No es hasta que está sorbiendo tranquilo su café (ni leche ni azúcar), que el viejo necrófilo se da cuenta de la presencia del monstruo en su campo de visión. La criatura se le acerca rápida: una amenaza incoercible, imperiosa. Impertérrito, el doctor Pretorius convida al monstruo obra del hombre con la maestra hebra con lumbre: «Tenga, un puro». Hace, sin embargo, una confesión pertinente: «Es mi único vicio». Pero el humanoide huraño tampoco es virgen. Había saludado al doctor llamándolo Fuma, aunque no lo conocía. Pese a una recurrente fobia al fuego, el monstruo ha fumado hace poco su primer habano. De hecho, parece que ahora todo el mundo le ofrece puros. ¿Es acaso porque la criatura es un recién nacido? Sea como sea, tomó el hábito de un ermitaño antes en la película: el eremita tocaba al violín el Ave María y el monstruo se conmovió hasta las lágrimas. Más tarde se convirtió al vicio al apreciar un buen cigarro. El hombre creado por Frankenstein aspiraba su habano con deleite y, de la mañana a la noche, se había transformado en un connoisseur apreciable: «¡Bueno! ¡Bueno!». Esto, incluso entre cadáveres, es savoir vivre.

Estas dos secuencias, en un filme con un final feliz, contienen toda la historia de la relación de cinco siglos entre el caballero europeo y su tabaco. Todo empezó en el Nuevo Mundo, donde el tabaco no era para los caballeros sino para los brujos —y para el jefe indio titular: el que llevaba las plumas.

Como casi todo en América, todo comenzó con Colón (nuestro Colono). Podemos ser precisos en cuanto al descubrimiento: «Puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre». Era América pero no era aún América. En cuanto a los puros, Colón puede ser alabado o criticado. Arribar —simplemente— a tierras americanas fue un logro bastante ambiguo en ese amanecer de la geografía y mañana de la historia de una tarde. Para ser precisos, todo empezó con el segundo mejor desembarco del Gran Almirante: primero probó, luego aprobó. (Probable no reprobable, debo admitirlo.) En esta ocasión confundió a Cuba con Cipango —¿o era Catai? Este navegante que no solía navegar tampoco podía nombrar la isla. De hecho, ¡ni sabía nadar! Vino, es visible tan sólo por el dinero. O, mejor dicho, por el oro. El dinero hace girar al mundo (y te puede hacer girar alrededor del mundo) pero tiende a devaluarse y a declinar de lo absoluto a lo obsoleto. Justo como el dólar de los Confederados. El oro, por el contrario, es para siempre. O eso es lo que pensó el Descubridor tras leer Il Milione de Marco Polo.

Pero no hay mucha gente que conozca lo mucho que debe Colón a dos marineros insignificantes llamados Rodrigo. (En la España medieval uno de cada tres hombres se llamaba Rodrigo y una de cada dos mujeres Ximena.) Fue Rodrigo de Triana el primero en otear América desde el palo mayor de la Santa María. La nao española había sido rebautizada en honor de la Virgen María. Pero antes esta carabela era conocida como Marigalante, en honor de alguna mujer mala que hacía el Puerto de Palos. Colón la reformó. «Las burdas del trinquete son bastante retorcidas», se quejaba. «Pueden llevar a la gente a atar demasiados cabos.»

Un descubrimiento, visto desde una nao, se parece bastante a un naufragio. Así, hubo un poco de desconcierto cuando Colón descubrió América a bordo de la Santa María. Fue el muy joven Rodrigo de Triana quien gritó desde el palo mayor, «¡Veo tierra!». Colón lo reprendió: «¡Es Habeo terram, no Ya veo tierra!». «Ya veo», dijo Rodrigo. «Digo, ¡habeo!» Pero antes de que el eco del «¡Habeo!» se extinguiese murió el eco del «¡Ya veo!». Después llegó el ruido, la alarma y la confusión como en el puente del Titanic cuando el teniente Lightoller gritó: «¡Abandonen el barco!», y el barco le abandonó a él. La Santa María volvió instantánea a su estado de Marigalante, con la nave comportándose como una buscona de los muelles. Pinzón, punzante como una puya, lanzó el bauprés por la borda diciendo: «¡Allá va eso!». Colón lo miró furioso. Lo que había hecho estaba fuera de tono pero, aunque sin ton, Pinzón tenía el son: «Ahí va el timón, ahí va el bauprés... y es que, en el trópico, todo anda al revés...». El Gran Almirante pareció calmarse y, ya tranquilo, le conminó: «E ancora qué vas a fare...?». De esta semilla de retruécano ítalo podría venir la enemistad que creció entre Colón y los Pinzones como hiedra de cien cabezas. Al menos explicaría por qué los otros Pinzones, Vicente y Martín Alonso, trataron de llegar antes que Colón a España trayendo la buena nueva: «¡Hemos descubierto América y ustedes no estaban!». La interpretación de Pinzón era que Colón (cuidado con la rima) andaba demasiado ávido, probablemente de oro, aunque impávido lo pronunció pávido[1].

Colón escribió a Isabel y Fernando diez años más tarde acerca del suceso: «Para la hesecuçión de la inpresa de las Indias no me aprovechó rasón ni matemática ni mapamundos; llenamente se cunplió lo que diso Isaías». Colón se refería al profeta Isaías. Esto hace que la sátira anterior pueda ser no sólo probable sino también posible. Isaías habla de la enseña de las gentes que los Gentiles deberán buscar. Tanto de más para aquellos que creyeron que Colón, marino de profesión, descubrió el Nuevo Mundo con la ayuda del recién inventado sextante y las eternas estrellas. ¿Descubrió también Colón el tabaco gracias a una profecía? En las Escrituras no se menciona que nadie fume. Pero, una vez en América, el primer descubrimiento fue la planta indígena.

Rodrigo de Xeres (cuyo apellido delata que viene de Jerez, cálida tierra de caldos: ya connoisseur de nacimiento) fue enviado por Colón a tierra para buscar oro. De Xeres no volvió con pepitas, pero sí con una noticia verdaderamente nueva: había encontrado la tierra de los hombres-chimenea. Coló

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