
PRÓLOGO
Hace ahora un decenio que dejé mi apacible cátedra de Economía en Stanford (Estados Unidos) para mudarme a Washington, donde me incorporé al Consejo de Asesores Económicos del presidente Clinton, que más tarde presidiría. Había pasado el cuarto de siglo precedente ocupado en mis investigaciones sobre teoría y política económicas. Quería saber lo que pasa de verdad, ser un observador desapercibido. Claro que también quería ser algo más. Mi dedicación a la economía comenzó en los sesenta, esa década de derechos civiles y movimientos pacifistas. Supongo que quería cambiar el mundo, aunque no supiera cómo; y en tanto que académico, antes necesitaba entenderlo mejor.
Poco sospechaba cuánto acabaría aprendiendo. Para cuando dejé Washington —después de haber desempeñado cargos públicos durante todo el mandato del presidente Clinton, seguidos de otros de vicepresidente primero y economista jefe del Banco Mundial— muchas cosas habían cambiado: eran los tumultuosos pero felices años noventa, una década de negocios astronómicos y crecimiento desbocado. De todo ello dan fe las estadísticas. Pero, mientras empollaba el huevo del que nacería el presente libro, empecé a considerar otros tantos aspectos menos conocidos, o peor comprendidos. Un ejemplo: la recuperación de la recesión de 1991 parecía desafiar las enseñanzas impartidas en las facultades de Economía del mundo entero. La versión para consumo popular —difundida a bombo y platillo por parte del Gobierno Clinton— aseguraba que la recuperación se debía a la reducción del déficit público. No obstante, la teoría económica al uso establece que reducir el déficit empeora las economías en baja. Otro ejemplo: yo mismo, que he librado más de una batalla por la desregulación y la contabilidad, creo que, especialmente en cuanto a la desregulación bancaria, fuimos demasiado lejos. También hemos desperdiciado oportunidades de mejorar la contabilidad empresarial. Hablando más en general, los noventa marcaron el surgimiento de la que dio en llamarse Nueva Economía, caracterizada por unos incrementos de productividad que duplicaban, o triplicaban, lo conocido durante las dos décadas precedentes. La economía de la innovación había sido una de mis áreas de especialización en el campo académico; y era importante, o a mí me lo parecía, lograr un mejor entendimiento de las razones que provocaron un enorme descenso de la productividad en los setenta y ochenta, así como otras que explicaran el resurgir registrado en los noventa.
Pero antes de que pudiera escribir ese libro, los acontecimientos se adelantaron. La economía entró en recesión, demostrando de forma harto elocuente que las recesiones no eran ningún resabio del pasado. Los escándalos empresariales destronaron a los sumos sacerdotes del capitalismo norteamericano: daba la impresión de que los directores generales de algunas de las empresas más importantes de Estados Unidos se estaba lucrando a expensas de sus accionistas y empleados. La globalización —esto es, la mayor integración entre los países del mundo como consecuencia de la reducción en los costos de transportes y comunicaciones, por un lado, y de la supresión de barreras artificiales, por otro—, que tan recientemente se había saludado como el comienzo de un mundo nuevo, también parecía verse con malos ojos. La reunión de la Organización Mundial del Comercio celebrada en Seattle en 1999 tenía como fin ahondar en la apertura del mundo, bajo el liderazgo estadounidense; todo ello asociado al nombre de la ciudad en que se inauguró la globalización y sirviendo como recordatorio permanente de la contribución de Clinton al respecto. En lugar de lograr estos objetivos, la reunión acabó en disturbios protagonizados conjuntamente por ecologistas, proteccionistas y otros grupos preocupados por los efectos, a veces devastadores, que la globalización tenía sobre los más pobres, o por la ausencia de democracia que caracterizaba a las instituciones económicas globales.
El 11 de septiembre de 2001 nos mostró una cara aún más tenebrosa de la globalización: las mayores facilidades para la movilidad transfronteriza beneficiaban también al terrorismo. Y aunque las raíces de esta lacra sean complejas, resultaba evidente que la desesperación y los altos índices de desempleo imperantes en buena parte del mundo constituían un buen caldo de cultivo. Los felices noventa se desmadejaban bien pronto, antes incluso de que Clinton abandonara la Casa Blanca. Y la madeja arrojaba nuevas luces sobre lo que había ocurrido en esa década, acentuando la necesidad de reinterpretarla.
Resultó que este proyecto acabó enlazándose con otro: una de mis preocupaciones más recurrentes había sido determinar el papel del Estado en nuestra sociedad; más exactamente, en nuestra economía. Unos años antes de trasladarme a Washington, escribí un breve volumen titulado El papel económico del Estado [ed. esp. del Instituto de Estudios Fiscales, 1993], en el que intentaba delimitar cuáles serían los roles idóneos del Estado y los mercados, basándome tanto en las virtudes como en las flaquezas de ambos. Mi propósito era identificar algunos principios generales de lo que un Gobierno debe o no debe hacer. Después de observar uno de bien cerca durante ocho años, estaba listo para retomar el tema. La oportunidad se presentó con un estudio de los noventa: los éxitos del Gobierno Clinton eran, en parte, atribuibles a nuestros esfuerzos por restaurar un equilibrio entre las funciones del Estado y las del mercado que se había perdido durante la década de Reagan y Thatcher; ahora bien, nuestros fracasos —algunos de los cuales no se manifestarían hasta el final del decenio— eran parcialmente atribuibles a aquellas áreas donde no habíamos dado con el equilibrio correcto.
Se está ventilando una pugna ideológica entre quienes abogan por reducir al mínimo la intervención del Estado en la economía y quienes sostienen que el Gobierno debe asumir un papel importante, si bien limitado, no sólo para corregir las carencias y limitaciones del mercado, sino también para tender hacia un grado más alto de justicia social. Yo me cuento entre los segundos; y este libro pretende explicar por qué estoy convencido de que, aun cuando los mercados están en el centro del éxito de nuestra economía, si los dejamos funcionar solos, no siempre funcionan como debieran; por qué no son ninguna panacea y por qué el Gobierno siempre será un aliado relevante para ellos.
En consecuencia, este libro no se limita a rescribir la historia económica de los noventa, sino que es, en la misma medida, una historia del futuro, del punto en que Estados Unidos y el resto de los países desarrollados se encuentran en este momento, y de hacia dónde deberían tender. Muchas instituciones cardinales de nuestra sociedad —desde la Iglesia hasta la dirección de muchas grandes empresas, pasando por la judicatura, la contabilidad o la banca— han sufrido una merma de su credibilidad muy considerable y, en algunos casos, irreversible. En el presente volumen me limitaré a analizar nuestras instituciones económicas, aunque no pueda evitar la sospecha de que lo que ocurre en ellas se refleja, y acarrea consecuencias harto significativas, sobre lo que ocurre fuera de las mismas.
Tanto la izquierda como la derecha han perdido la brújula. Los fundamentos intelectuales de la economía del laissez faire —a saber, la creencia en que los mercados se bastan a sí mismos para manejar con eficacia, no digamos con justicia, toda la economía— se han derrumbado estrepitosamente. La crisis mundial provocada por los hechos de aquel 11 de septiembre nos ha enseñado que debemos actuar conjuntamente. Los escándalos empresariales que han azotado a Estados Unidos y, en menor medida, a Europa han hecho ver incluso a los más conservadores que el Gobierno tiene un papel que desempeñar. El colapso de la Unión Soviética, que significó el fin de la guerra fría, vino también a suprimir el apuntalamiento económico de la izquierda: los socialistas —o al menos los socialistas de la vieja escuela— se desvanecieron incluso de aquellos países donde habían tenido un tremendo vigor.
Hoy el reto consiste en lograr un equilibrio correcto: entre Estado y mercado, entre la acción colectiva a escala local, nacional y global, y entre la acción gubernamental y la no gubernamental. A medida que van cambiando las circunstancias económicas, es preciso rediseñar este equilibrio. El Gobierno está obligado a emprender nuevas actividades, archivando las obsoletas. Hemos entrado en una era caracterizada por la globalización, en la que los países y pueblos del mundo están más integrados entre sí que nunca. Pero la propia globalización nos impele a alterar el equilibrio: necesitamos más acción colectiva a nivel internacional; y resulta ineludible abordar cuestiones de democracia y justicia social en esta misma escena.
Los notables cambios a los que han tenido que enfrentarse nuestras economías, nuestras sociedades, en los últimos quince años han ejercido una enorme distorsión sobre el equilibrio entre Estado y mercado, sin que hayamos sido capaces de reaccionar adecuadamente. Los problemas que últimamente han pasado a primer plano son en parte reflejo de este fracaso. A lo largo de este libro propondré un esquema de trabajo que nos ayude a recobrar el equilibrio.
Hay un tema más detrás de este libro. Estamos hablando de la década en la que las finanzas imperaron sin oposición. En Wall Street se ganaban millones de dólares, millardos en algunos casos, haciendo negocios y recabando fondos para negocios incipientes. Lo mejor y lo más brillante de la juventud estadounidense quiso participar en el entusiasmo. Estados Unidos adoptó la línea general de la economía de mercado: las recompensas eran un reflejo de la productividad. Los mejor pagados eran los que más aportaban a la sociedad. Era natural que la juventud se sintiera atraída por este frenesí. Podrían ayudar a la sociedad mientras se ayudaban a sí mismos.
En los círculos políticos rigió esta misma deferencia hacia el mundo financiero. Los bancos centrales, dirigidos principalmente por expertos procedentes de la comunidad financiera, tuvieron las manos libres para fijar la política monetaria y los pies firmes para asegurarse un crecimiento estable sin inflación. El libro de Robert Woodward The Agenda (1994) describe elocuentemente cómo la reducción del déficit pasó a ser asunto prioritario en la agenda de Clinton. Esto no formaba parte del programa que habían votado los ciudadanos, pero Clinton estaba convencido de que si no reducía el déficit, los mercados financieros lo castigarían y sin apoyo financiero no conseguiría cumplir el resto de su programa. Todo lo demás se arrojó al baúl de los recuerdos, de donde mucho nunca volvería a salir.
Será mejor que me explique: creo en la importancia del mundo financiero. Desde luego, mi propio trabajo en la economía de la información me ayudó a clarificar la relación entre finanzas y economía. Antes de mí, por ejemplo, premios Nobel de Economía como Franco Modigliani del MIT y el difunto Merton Miller de la Universidad de Chicago ya alegaron que, consideraciones fiscales aparte, la forma en que se financiaran las empresas no suponía absolutamente ninguna diferencia. En cuanto a mis trabajos sobre la información asimétrica, ayudaban a explicar el papel central que desempeñan las finanzas en una economía moderna. Pero es que esos mismos trabajos también explicaban por qué los mercados financieros desregulados a menudo no funcionan bien, por qué existe la necesidad de cierta intervención del Estado, y por qué lo que era bueno para Wall Street bien pudiera no serlo tanto —y a menudo no lo era— para el conjunto del país en total o para algunos grupos dentro de éste.
Lo que ocurrió en los felices noventa era que el reciente empuje de las finanzas había trastornado en algunos aspectos esenciales un conjunto de viejos equilibrios y contrapesos: el equilibrio entre Wall Street, el comercio y los trabajadores, entre la vieja industria y las nuevas tecnologías, entre el Gobierno y el mercado. Todo el mundo pareció remitirse al juicio de los financieros; y éstos dictaron a países enteros, incluido Estados Unidos, que debían someterse a la disciplina del mercado. Se desdeñó la sabiduría acumulada durante tantos años, que nos enseñaba que existían políticas alternativas, que las políticas diferentes afectaban a los diferentes grupos sociales de manera diferente, que debía respetarse el toma y daca, y en fin que era precisamente la política la que proporcionaba el escenario para evaluar este intercambio de mutuas compensaciones y adoptar la decisión más conveniente.
En el Gobierno Clinton sabíamos bien cuán nocivo podía resultar hacer caso omiso de las enseñanzas del pasado. Si el reino de las finanzas fuera realmente indiscutible, si no existiera más que un solo conjunto de políticas a las que todos debieran adscribirse, entonces lo único que nos distinguiría de los republicanos sería nuestra mayor competencia. Pero se impuso una especie de esquizofrenia: aun cuando creíamos estar fomentando una política diferente y más benéfica para las clases medias y bajas que la defendida por los republicanos, y aun cuando fuéramos conscientes de la necesidad de alternativas, demasiadas personas con capacidad de decisión parecieron acatar la idea de que el mercado de obligaciones, o más generalmente los mercados financieros, conocían el mejor camino para avanzar. Parecía como si los mercados financieros sirvieran a los intereses del país en igual medida que al suyo propio. Tal cosa se me antojaba a mí una sandez. Por el contrario, pensaba que ya era hora de reconocer que, si hacíamos algo que no gustara al mercado de obligaciones u otros mercados financieros, y si tuviéramos que pagar un peaje por ello, a lo mejor eso significaba que merecía la pena pagarlo[1]. Después de todo, por muy importante que sea el mundo financiero, Wall Street no deja de ser un grupo de presión como cualquier otro.
Escribo este libro como estadounidense, como ciudadano que ha participado en el debate político de su país y está seriamente preocupado por los derroteros que va tomando. Pero también escribo como quien se ha implicado profundamente en debates paralelos por todo el mundo, así como en el debate, más general, que gira en torno a la globalización, una de las cuestiones de nuestro tiempo. No creo que los fracasos de Estados Unidos —la prosperidad y la crisis, la gestión inadecuada de la macroeconomía, los excesos de la desregulación y los escándalos empresariales que ésta propició— incumban sólo a los estadounidenses. La historia que contaré en este volumen interesará, por distintas razones, a personas de muchas partes del mundo.
La globalización nos ha hecho a todos más interdependientes. Antes se decía que cuando Estados Unidos estornuda, México se resfría. Ahora, cuando Estados Unidos estornuda, pocos en el resto del mundo se libran de la gripe. Y ahora, lo de Estados Unidos pasa de la congestión nasal: cualquier análisis económico de los problemas que padece el mundo desde el principio de la década precedente tiene que empezar por este país.
Es más: el significado de la globalización no se agota en la mayor libertad de movimientos para bienes, servicios y capitales a través de las fronteras, sino que conlleva una difusión más veloz de las ideas. Como he señalado antes, en los noventa Estados Unidos se puso a sí mismo como modelo para el resto del mundo. Estados Unidos servía como ejemplo de equilibrio idóneo entre Gobierno y mercado, y del tipo de instituciones y políticas necesarias para que la economía de mercado funcione. En todo el mundo empezaron a adoptarse prácticas propias de las empresas estadounidenses, que presionaban para imponer además su contabilidad allí donde se les permitía hacerlo así. Los países que se resistían a emular acríticamente el ejemplo de Estados Unidos y esperar a ver si así su economía experimentaba también un boom, incluidos aquellos en cuya opinión Estados Unidos no había dado con el equilibrio correcto, fueron engatusados, importunados y, en el caso de los países en vías en desarrollo dependientes de las ayudas del Fondo Monetario Internacional, forzados sin más a someterse a lo que dio en llamarse el barrido de la historia.
Poco puede sorprender que los problemas aquí descritos hayan tenido sus paralelos en muchos países del mundo. Los escándalos empresariales han afectado a las empresas europeas, llevándose por delante a directores generales de gigantes como Vivendi, y propagando el pánico hasta empresas aparentemente tan intachables como la cadena holandesa de supermercados Ahold. En el resto del mundo, puede que no se haya llegado al bochorno de las conductas ilegales evidentes en la dirección de no pocas empresas estadounidenses, pero la tendencia es profundamente preocupante.
Otras cuestiones que centran la atención en este drama norteamericano se han estrenado, de modo análogo, en otros teatros. En otros países, la pleitesía rendida ante el sector financiero —y a su poderío— suele ser incluso superior a la practicada en Estados Unidos; y así, los puntos de vista de la comunidad financiera dictan políticas y llegan a determinar el resultado de las elecciones. El mantra de la reducción del déficit, combinado con un celo desaforado por combatir los problemas provocados por la inflación de hace casi dos decenios han atado las manos de Europa a la hora de afrontar la baja económica que empezó a acusarse en 2001. En el momento de dar este libro a la imprenta, las economías europeas han de lidiar con el miedo a la deflación y el aumento del desempleo, siendo así que una acción temprana bien pudiera haber detenido el declive hacia la recesión. Y con la economía japonesa en situación de estancamiento como mínimo, el mundo se está enfrentando a la primera crisis mundial de la era de la globalización.
Pero lo más decisivo es que la batalla ideológica entre quienes abogan por una reducción al mínimo de la intervención del Estado en la economía y los que creen en la necesidad de que aquél desempeñe un papel relevante si estamos decididos a lograr el tipo de sociedad que quisiéramos se está librando en un país tras otro, no menos en el mundo en desarrollo que en el desarrollado, y a ambas riberas del Atlántico o el Pacífico. La reciente experiencia estadounidense aporta lecciones para todos, y espero que las que extraigo en los últimos capítulos del presente volumen —así como la agenda que esbozo para el futuro— sirvan tanto para otros países como son aplicables a Estados Unidos.
Esto no es periodismo de investigación. Tanto los escándalos como otros problemas que describo ya se han documentado exhaustivamente en otros trabajos[2]. Mi objetivo en este caso es interpretar, ayudar a comprender qué es lo que no funcionó y cómo arreglarlo. En tanto que científico social, no creo que problemas de semejante magnitud puedan ser meros accidentes ni atribuibles a individuos aberrantes. Busco fallos sistémicos… y los hallo en abundancia. También es interesante observar cómo muchos de los problemas estaban íntimamente ligados con la que ha sido mi agenda investigadora a lo largo de tres décadas; y relacionados asimismo con problemas de información imperfecta, y en especial asimétrica: es decir, con situaciones en las que algunos disponen de información que otros ignoran. Avanzar en esta línea de pensamiento nos ayuda a comprender qué falló y por qué. También ayuda a explicar por qué, años antes de que los problemas salieran a la superficie, combatí, dentro del Gobierno Clinton, muchas de las políticas que acabarían engendrándolos. Cuando se plantearon estas cuestiones hace una década, pertenecían en gran medida al ámbito teórico. Hoy, las pruebas están a la vista de todos. No obstante, en algunos círculos, persiste la renuencia al cambio, a afrontar estos problemas[3].
Este libro, como el anterior, encierra una profunda deuda de gratitud para con el presidente William Jefferson Clinton, quien me dio oportunidad no sólo de servir a mi país, sino también de contemplar de primera mano el funcionamiento de su Gobierno. Para un científico social, fue una oportunidad sin par.
Esta enorme deuda mía con el presidente no es sólo por la oportunidad que me ofreció, sino también por el respeto que siempre mostró hacia el especial papel que el Consejo de Asesores Económicos desempeña en nuestro sistema de Gobierno. Los asesores nos permitimos el lujo de no tener que responder ante ninguna circunscripción electoral… excepto el pueblo estadounidense, que prestaba bien poca atención a lo que dijéramos o hiciéramos. Gozamos de una libertad de la que no suelen disfrutar otras agencias gubernamentales, siempre sometidas a las presiones del lobby de turno. Una de las conclusiones de este libro es que los individuos responden a incentivos: los que no se comportaron como hubieran debido en el mundo empresarial y financiero no eran particularmente venales, ni necesariamente más venales que los que ocuparon sus mismos puestos en una era más temprana; sino que más bien respondían a incentivos diferentes que dieron en determinar su comportamiento. Por nuestra formación, los asesores de Clinton estábamos más orientados hacia el descubrimiento de incentivos mal diseñados. Además, era nuestro trabajo y en cierto modo nos incentivaban para detectar incentivos erróneos: esto realzó nuestra categoría dentro de nuestra propia profesión. Del mismo modo, existían fuertes incentivos para resistir la presión de los lobbies, por cuanto sucumbir ante ellos habría menoscabado nuestro prestigio. Casi todos los miembros del consejo proveníamos del mundo académico, al cual volveríamos una vez cumplida nuestra misión. Así pues, la máxima prioridad de la mayoría era conservar su prestigio dentro de este círculo.
La presidencia del Consejo de Asesores Económicos me otorgó algo más que una butaca de primera fila en la adopción de decisiones por parte del Gobierno: me proporcionó una oportunidad única de observar la economía estadounidense. Además de supervisar lo que ocurría, entre mis responsabilidades cotidianas figuraba la de prever todo aquello que pudiera fallar, y arreglarlo antes de que se notara demasiado. Tuve el privilegio de contemplar la economía estadounidense desde una variedad de perspectivas poco habitual: al dirigirnos a los principales economistas en los ámbitos empresarial, gubernamental y académico, buscando sus diferentes interpretaciones de los acontecimientos, tuve asimismo la oportunidad de departir con líderes sindicales y con directores generales, con capitalistas de alto riesgo así como con financieros de Wall Street. El presidente realizó un notable esfuerzo para no perder comba del modo en que los cambios de la economía estaban afectando al estadounidense de a pie: celebró cumbres económicas regionales en Atlanta, Portland y Columbus, entre otras. Parte de mi trabajo consistía tanto en prestar oídos a las preocupaciones de todos estos agentes económicos como en explicarles nuestro propio trabajo. Estas frecuentes incursiones tuvieron la virtud de ponerme en contacto con los ciudadanos de un modo inusual para un académico.
Uno de los principales cambios ocurridos en los años noventa fue el que alteró la posición económica global de Estados Unidos, y mis cargos como presidente del Consejo de Asesores Económicos de Clinton por un lado, y como vicepresidente primero y economista jefe del Banco Mundial, por el otro, me permitieron asistir a dicho cambio desde dos perspectivas bastante diferentes. Pude percibir el impacto de los felices noventa no sólo en Estados Unidos, sino también en el extranjero. También pude apreciar la incoherencia entre lo que defendemos en casa y lo que imponemos en el extranjero. En particular, vi cómo los mismos que abogaban por la justicia social y los valores democráticos dentro de su país, alegando preocupación por los más desfavorecidos, a menudo parecían mucho menos interesados por tan altos valores cuando peligraban en el extranjero.
Mis dos cargos públicos me otorgaron además una impagable oportunidad de observar a Estados Unidos y al resto de países desarrollados tal como nos ven en el resto del mundo. Es propio de la comunidad científica no saber de fronteras ni reconocer autoridad alguna. Mis alumnos y mis colegas de profesión procedían de cualquier lugar del mundo, y yo mismo había pasado un cuarto de mi vida laboral en el extranjero. Mis valiosos contactos me habían procurado una entrée poco transitada por los funcionarios públicos, pero lo que vi y sentí me entristeció: hasta los que se habían formado en Estados Unidos y amaban a este país y sus gentes, se mostraban profundamente decepcionados por las políticas de su Gobierno. De algún modo, nuestro comportamiento colectivo como nación, resultaba a menudo muy distinto de lo que cada uno de nosotros defendía en tanto que individuo. En los capítulos que siguen intentaré mostrar por qué hay más de una pequeña parte de verdad en estas percepciones extranjeras, además de intentar explicar, no sólo el camino que nos ha llevado al presente estado de cosas, sino también por qué el modo en que hemos gestionado nuestro nuevo papel en la economía global no sirve, una vez concluida la guerra fría, a nuestros intereses a largo plazo.
Al igual que mi anterior libro El malestar en la globalización [ed. esp. Taurus, 2002] tampoco éste está concebido como una mirada desapasionada de lo que ocurrió durante los felices noventa y su secuelas. ¿Cómo podría ser de otra manera, considerando mi participación en parte de los acontecimientos? Pero sí me he propuesto aportar datos fidedignos, conciliando lo que sé sobre los acontecimientos con mi entendimiento de los procesos económicos y políticos, a fin de ofrecer una interpretación de qué pasó y de lo que dichos acontecimientos presagian para el futuro. A lo largo de los años, mis convicciones democráticas se han visto reforzadas, pero también se ha fortalecido mi convicción de que, si quieren que sus democracias funcionen, los ciudadanos tienen la obligación de comprender los retos más cruciales a que se enfrentan nuestras sociedades y el modo en que operan nuestros gobiernos. Ninguna cuestión entraña mayor importancia para la mayoría de la gente que las que rodean a nuestra economía y a las relaciones entre el mercado y el Estado.
Como profesor que soy, he pasado la mayor parte del último cuarto de siglo dedicado a la actividad docente. Pues bien, todo profesor sabe bien hasta qué punto nos vemos obligados a simplificar dentro de las aulas; no hay otro remedio, pero he intentado no simplificar demasiado. En el momento de entregar a la imprenta mi narración de los acontecimientos que marcaron el pasado decenio, he basado mis simplificadas exposiciones en unas ideas bastante complicadas, las mismas que he presentado detalladamente en varios libros y docenas de artículos. Quiero creer que esta exposición simplificada de ideas complejas es más convincente que esa articulación simplificada de ideas ya excesivamente allanadas que han caracterizado algún que otro enfoque alternativo de esta misma cuestión; y en particular la simplista ideología del libre mercado. En tanto que docente, narro la historia de los acontecimientos sucedidos en los noventa, no solamente porque sean interesantes por derecho propio —e indudablemente a nadie suscitarán más interés que a aquellos de nosotros que somos parte implicada en ellos—, sino también por las lecciones generales que cabe extraer de ellos.
Se trata de lecciones importantes para Estados Unidos, pero no menos aplicables a otros lugares del mundo. La estadounidense es la economía más fuerte y boyante del mundo, y como tal es objeto de emulación. Además, Estados Unidos, en su calidad de país más poderoso del mundo, impone su particular visión del papel del Estado en la economía, sobre todo a través de organismos económicos internacionales como el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el Banco Mundial. Uno de los temas centrales que más adelante desarrollaré en el libro es la constatación de que ideas que Estados Unidos fomenta en el extranjero son notablemente diferentes de que las que practica en el interior. El modo en que tanto Estados Unidos como otros países interpretemos nuestros éxitos (y nuestros fracasos) tendrá enormes consecuencias sobre las medidas políticas, programáticas e institucionales del resto del mundo. Por eso resulta tan importante asegurarse de aprender la lección correcta.
Al leer mis críticas al Gobierno Clinton, algunos lectores llegarán a la misma conclusión errónea que extrajeron algunos lectores del artículo que a propósito del mismo asunto publiqué en Atlantic Monthly. Si alguna vez doy la impresión de juzgar a este Gobierno con excesiva severidad, ello se debe en parte a las elevadas esperanzas que concebimos al asumir nuestras responsabilidades a principios de 1993, y al modo en que tantas de estas esperanzas han quedado frustradas. Pero no desearía inducir a confusión: por más que yo tienda a ser estricto como examinador, al final suelo calificar basándome en la curva de rendimiento comparado. A la vista de lo que precedió al Gobierno de Clinton —y especialmente a la vista de lo que ha llegado después— las notas que obtiene casi resultan brillantes por comparación. La cuestión, sin embargo, va más allá de una mera calificación: se trata de comprender lo que salió mal y lo que salió bien; y lo que es más importante: de cómo podemos construimos un futuro en el que la política económica se gestione con mayor eficacia.
Estoy extremadamente orgulloso de los logros de Clinton y su equipo. Sí, es verdad que quizá pudimos haber hecho más, especialmente por reformar el paisaje global que siguió a la guerra fría, por lograr que la globalización beneficiara a todo el mundo y no solamente a nuestro país. Y sí, no es menos cierto que el país habría marchado mejor si no nos hubiéramos rendido como lo hicimos al mantra de la desregulación. Pero asumimos el legado recibido del anterior Gobierno —incluidos déficits astronómicos, desigualdades enormes y en aumento y una economía que aún no había logrado recuperarse totalmente de la recesión— y hemos progresado muy significativamente a partir de aquella herencia: se ha suprimido el déficit público y consolidado fuera de toda duda la recuperación económica. También se ha reducido la pobreza y detenido el crecimiento de las desigualdades. Además, la expansión de programas como el Head Start mantuvo su promesa de ulteriores victorias en esta larga batalla. La situación política del momento pudo haber dificultado, por no decir imposibilitado, que se lograra mucho más. Sin embargo, cualquiera que albergue dudas sobre mi postura al respecto puede resolverlas acudiendo al epílogo del presente volumen, donde contrasto lo ocurrido en la era Clinton con lo que nos han deparado los años que siguieron. Estos dos últimos años han despertado de forma abrupta a los que desdeñaban la política o proclamaban que todos los que se dedican a ella son iguales.
Quizás mi mayor motivo de orgullo por nuestra labor en el equipo de Clinton sea la fe en la democracia y el compromiso con sus valores y con la justicia social que prácticamente todos compartíamos de forma prioritaria. Pocas veces se había reunido un equipo así que aportara tanta inteligencia y dedicación. Algunos, muy pocos, dejaron a veces que su ego se interpusiera en su sentido del deber; pero tampoco debe extrañarnos que aquellos capaces de sobrevivir a contratiempos tan arduos como los que preceden a la asunción de puestos con tanta responsabilidad desarrollen un ego más grande de lo habitual. Algunos amigos que desempeñaron cargos de relevancia en Gobiernos anteriores me habían advertido de que no le diera la espalda a nadie… salvo que quisiera recibir una puñalada a las primeras de cambio. No diré que el mandato de Clinton se caracterizara por la ausencia de esas refriegas tan habituales en cualquier Gobierno, pero sí que la incidencia de tales puñaladas metafóricas fue notablemente baja. Clinton supo crear un clima de respeto mutuo. La democracia es algo más que la convocatoria periódica de elecciones: implica dar cauces para que se oigan todas las voces, así como verificar que exista un proceso de deliberación. Sabedores de que lo que cada uno de nosotros aportaba a la acción de Gobierno era su propia perspectiva particular —y que ésta se encogía inevitablemente a la luz de nuestras propias experiencias—, nos afanamos por debatir y deliberar desde la mañana temprano hasta altas horas de la noche.
Escribo este libro porque las batallas en que participé han de volver a librarse. En democracia, estos asuntos nunca quedan zanjados. Algún error cometeríamos, pero ninguno que no tenga solución. Ahora bien, para corregirlos es preciso entender por qué las cosas salieron de manera distinta a lo esperado, dónde nos equivocamos. Este libro es mi interpretación de lo ocurrido; y espero contribuya a futuros debates y deliberaciones de Gobiernos que compartan los valores en que creemos.
He regresado al mundo académico, del que procedía. Cuando yo no era más que un muchacho de catorce años que crecía en la ciudad siderúrgica de Gary (Indiana), en la ribera meridional del lago Michigan, ya había decidido que de mayor quería dedicarme a la docencia a la vez que ingeniármelas para combinar esta vocación con alguna forma de servicio público. Algunos años más tarde, ya alumno del Amherst College y enamorado de la ciencia económica, fui perfilando aquellas tempranas ambiciones: lo que quería era desentrañar las causas de la pobreza, el desempleo y la discriminación tan familiares en el lugar donde me crié, y contribuir a erradicar tan abrumadoras lacras. A lo mejor he conseguido poner mi granito de arena en este sentido, pero será otra generación la que siga batallando. El idealismo, el entusiasmo y el compromiso que percibo en mis alumnos me llenan de esperanza.

AGRADECIMIENTOS
Al escribir un libro como éste, uno acumula una larga lista de deudas: con mis colegas del mundo académico, que me ayudaron a entender algo de las nociones económicas básicas que subyacen bajo los problemas debatidos en el presente volumen; con aquellos que trabajaron conmigo en Washington y en todo el mundo, que me ayudaron a mirar la experiencia estadounidense desde una perspectiva diferente; y con los que han ayudado a redactarlo y corregirlo. Pido disculpas a los involuntariamente omitidos. Muchos de los mencionados a continuación rechazarán mis interpretaciones; otros discreparán de mis conclusiones políticas; y no todos compartirán la conclusión alcanzada en los capítulos finales de este libro. Pero, a sabiendas o no, todos han contribuido a pergeñar las perspectivas aquí descritas.
He examinado los acontecimientos de la década de los noventa y los años que le siguieron desde una perspectiva dominada por la influencia de mis investigaciones de los cuarenta últimos años, que se centraron en la economía de la información, la economía del sector público, la macroeconomía y las finanzas. Tuve la fortuna de aprender de algunos de los mejores catedráticos del mundo en Amherst, del Massachusetts Institute of Technology (MIT), y en Cambridge: Arnold Collery (quien más adelante sería decano en Columbia), Jim Nelson, Ralph Beals, Paul Samuelson, Robert Solow, Franco Modigliani, Charles Kindleberger[1], Nicholas Kaldor, Joan Robinson, y Frank Hahn. El campo de la economía de la información quedaría desbrozado en muchos aspectos por Kenneth Arrow, mi profesor en el MIT y mi colega en Stanford. Escribí mis primeras ponencias con mi compañero de pupitre en el MIT, George Akerlof, con quien tuve el honor de compartir el Premio Nobel en 2001. Todavía recuerdo algunas de nuestras tempranas conversaciones sobre las limitaciones de los mercados y los problemas de la información imperfecta, hace ya casi cuarenta años. También tuve la oportunidad de trabajar con A. Michael Spence (quien también compartiría el galardón) a su llegada a Stanford —donde yo era catedrático a la sazón—, recién graduado en los años setenta. Los problemas de los incentivos y los riesgos, de la información y la adopción de decisiones, la gobernación de las empresas y las finanzas, las OPA y los eslabones entre el funcionamiento de la macroeconomía y lo que ocurría dentro de las firmas me mantuvieron absorto en proyectos de investigación con Michael Rothschild, Peter Diamond, Richard Arnott, Barry Nalebuff, Sanford Grossman, Carl Shapiro, Ian Gale, Alex Dyck, Thomas Helmann, Peter Neary, Steve Salop, Kevin Murdoch, Andrew Weiss y Bruce Greenwald. Aunque Bruce no estará de acuerdo con mucho de lo que he escrito aquí, se mostró particularmente clarividente al ayudarme a ver los eslabones entre la microeconomía empresarial y el funcionamiento de la macroeconomía; y también al entender los errores, y los aciertos, respecto a la afirmación hecha por el Gobierno de Clinton de que la reducción del déficit era la responsable de la recuperación de 1993.
Estoy igualmente en deuda con Michael Boskin, colega mío en Stanford y presidente del Consejo de Asesores Económicos de George H. W. Bush; David Mullins, que enseñaba en la Harvard Business School y fue nombrado vicepresidente de la Reserva Federal por el presidente Bush; Mark Wolfson, catedrático de contabilidad en Stanford, quien desempeñó un papel crucial en el replanteamiento de la contabilidad a través del lente de la economía de la información[2].
Columbia ha sido un entorno particularmente fértil para desarrollar mi tarea. Deseo mostrar mi agradecimiento al decano Myer Feldberg de la Graduate School of Business; y a la decana Lisa Anderson de la School of International and Public Affairs, así como al nuevo presidente de Columbia, Lee Bollinger, por su apoyo entusiástico. La amplia gama de perspectivas presentes en Columbia, no sólo a propósito de la globalización sino sobre el capitalismo en general, así como el espíritu abierto de debate y discusión, con economistas como Ned Phelps, Robert Mundell, Jagdish Bhagwati, Glenn Hubbard, Frank Edwards, Frederic Mishkin y Charles Calomiris, fomentaron el tipo de debate que refleja este libro.
Algunos de mis colegas en el mundo académico habrían preferido un libro más analítico, lleno de ecuaciones y regresiones, de «datos contantes y sonantes» y de teorías bien formuladas en apoyo de las hipótesis que presento. Pero estas teorías y pruebas ya se presentan en otros libros. El objetivo de este libro es diferente: éste es un libro para lectores genéricos que deseen aprender más sobre materias económicas claves que afectan a la vida de todos nosotros. Una opinión pública bien informada es la base de una democracia bien engrasada; y el objeto de este libro es una persuasión imperturbablemente razonada: l
