Los felices 90

Joseph E. Stiglitz

Fragmento

Prólogo Agradecimientos

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AGRADECIMIENTOS

Al escribir un libro como éste, uno acumula una larga lista de deudas: con mis colegas del mundo académico, que me ayudaron a entender algo de las nociones económicas básicas que subyacen bajo los problemas debatidos en el presente volumen; con aquellos que trabajaron conmigo en Washington y en todo el mundo, que me ayudaron a mirar la experiencia estadounidense desde una perspectiva diferente; y con los que han ayudado a redactarlo y corregirlo. Pido disculpas a los involuntariamente omitidos. Muchos de los mencionados a continuación rechazarán mis interpretaciones; otros discreparán de mis conclusiones políticas; y no todos compartirán la conclusión alcanzada en los capítulos finales de este libro. Pero, a sabiendas o no, todos han contribuido a pergeñar las perspectivas aquí descritas.

He examinado los acontecimientos de la década de los noventa y los años que le siguieron desde una perspectiva dominada por la influencia de mis investigaciones de los cuarenta últimos años, que se centraron en la economía de la información, la economía del sector público, la macroeconomía y las finanzas. Tuve la fortuna de aprender de algunos de los mejores catedráticos del mundo en Amherst, del Massachusetts Institute of Technology (MIT), y en Cambridge: Arnold Collery (quien más adelante sería decano en Columbia), Jim Nelson, Ralph Beals, Paul Samuelson, Robert Solow, Franco Modigliani, Charles Kindleberger[1], Nicholas Kaldor, Joan Robinson, y Frank Hahn. El campo de la economía de la información quedaría desbrozado en muchos aspectos por Kenneth Arrow, mi profesor en el MIT y mi colega en Stanford. Escribí mis primeras ponencias con mi compañero de pupitre en el MIT, George Akerlof, con quien tuve el honor de compartir el Premio Nobel en 2001. Todavía recuerdo algunas de nuestras tempranas conversaciones sobre las limitaciones de los mercados y los problemas de la información imperfecta, hace ya casi cuarenta años. También tuve la oportunidad de trabajar con A. Michael Spence (quien también compartiría el galardón) a su llegada a Stanford —donde yo era catedrático a la sazón—, recién graduado en los años setenta. Los problemas de los incentivos y los riesgos, de la información y la adopción de decisiones, la gobernación de las empresas y las finanzas, las OPA y los eslabones entre el funcionamiento de la macroeconomía y lo que ocurría dentro de las firmas me mantuvieron absorto en proyectos de investigación con Michael Rothschild, Peter Diamond, Richard Arnott, Barry Nalebuff, Sanford Grossman, Carl Shapiro, Ian Gale, Alex Dyck, Thomas Helmann, Peter Neary, Steve Salop, Kevin Murdoch, Andrew Weiss y Bruce Greenwald. Aunque Bruce no estará de acuerdo con mucho de lo que he escrito aquí, se mostró particularmente clarividente al ayudarme a ver los eslabones entre la microeconomía empresarial y el funcionamiento de la macroeconomía; y también al entender los errores, y los aciertos, respecto a la afirmación hecha por el Gobierno de Clinton de que la reducción del déficit era la responsable de la recuperación de 1993.

Estoy igualmente en deuda con Michael Boskin, colega mío en Stanford y presidente del Consejo de Asesores Económicos de George H. W. Bush; David Mullins, que enseñaba en la Harvard Business School y fue nombrado vicepresidente de la Reserva Federal por el presidente Bush; Mark Wolfson, catedrático de contabilidad en Stanford, quien desempeñó un papel crucial en el replanteamiento de la contabilidad a través del lente de la economía de la información[2].

Columbia ha sido un entorno particularmente fértil para desarrollar mi tarea. Deseo mostrar mi agradecimiento al decano Myer Feldberg de la Graduate School of Business; y a la decana Lisa Anderson de la School of International and Public Affairs, así como al nuevo presidente de Columbia, Lee Bollinger, por su apoyo entusiástico. La amplia gama de perspectivas presentes en Columbia, no sólo a propósito de la globalización sino sobre el capitalismo en general, así como el espíritu abierto de debate y discusión, con economistas como Ned Phelps, Robert Mundell, Jagdish Bhagwati, Glenn Hubbard, Frank Edwards, Frederic Mishkin y Charles Calomiris, fomentaron el tipo de debate que refleja este libro.

Algunos de mis colegas en el mundo académico habrían preferido un libro más analítico, lleno de ecuaciones y regresiones, de «datos contantes y sonantes» y de teorías bien formuladas en apoyo de las hipótesis que presento. Pero estas teorías y pruebas ya se presentan en otros libros. El objetivo de este libro es diferente: éste es un libro para lectores genéricos que deseen aprender más sobre materias económicas claves que afectan a la vida de todos nosotros. Una opinión pública bien informada es la base de una democracia bien engrasada; y el objeto de este libro es una persuasión imperturbablemente razonada: l

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