La orden

John Dickie

Fragmento

1. Lisboa. Los secretos de John Coustos

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Lisboa. Los secretos de John Coustos

El 14 de marzo de 1743, al salir de una cafetería de Lisboa, John Coustos, un joyero londinense de cuarenta años, fue apresado, esposado e introducido en un carruaje. Poco después se encontraba en uno de los edificios más temidos de Europa. Alzándose imponente en el extremo norte de la plaza del Rossio, el palacio de los Estaus albergaba el cuartel general del Santo Oficio de la Inquisición portuguesa.

Al igual que cientos de brujas, herejes y judíos que habían sido llevados allí antes que él, a Coustos le afeitaron la cabeza y le quitaron toda la ropa, a excepción de unos calzones de lino. Confinado en una mazmorra, fue sometido a un régimen meticuloso. Se imponían un aislamiento y un silencio estrictos; a otro prisionero que padecía una tos persistente lo dejaron inconsciente a garrotazos. No estaba permitida la comunicación con amigos y familiares. Tampoco las posesiones o los libros, ni siquiera una Biblia. Nada que pudiera interrumpir la voz de la conciencia divina. Nada que impidiera al prisionero imaginar de manera gráfica los horrores que le deparaba el auto-da-fé de la Inquisición. Ese gran espectáculo de justicia religiosa era una procesión que culminaba con oraciones, conjuros y la ejecución pública por medio de uno de estos dos métodos: la misericordia del estrangulamiento para quienes aceptaran la fe católica en el último momento y el indecible tormento de las llamas para los obstinados.

Coustos relata que, al principio, los inquisidores lo interrogaron empleando un tono espiritualmente solícito. No obstante, él sabía que sus respuestas eran fútiles. A la postre, lo sacaron de la celda y lo llevaron ante el presidente del Santo Oficio, que le leyó los cargos como quien habla con una pared:

Que ha infringido las órdenes del papa por pertenecer a la secta de los francmasones, siendo esa secta un horrendo compendio de sacrilegio, sodomía y muchos otros delitos abominables, de los cuales, el inviolable secretismo y la exclusión de las mujeres son indicadores sumamente claros, circunstancia que constituye el mayor delito de todo el reino. Y el susodicho Coustos se ha negado a confesar a los inquisidores la verdadera tendencia y naturaleza de las reuniones de los francmasones, amén de persistir en lo contrario, afirmando que la masonería es buena. En vista de ello, el supervisor de la Inquisición exige que dicho prisionero sea juzgado con el máximo rigor. Y, a tal fin, desea que el tribunal ejerza toda su autoridad y que incluso proceda a someterlo a torturas.

Coustos fue conducido a una sala cuadrada sin ventanas situada en una torre. La puerta estaba revestida de una tela acolchada para amortiguar los gritos que provenían del interior. La única fuente de luz eran dos velas sobre una mesa a la que estaba sentado el secretario del tribunal esperando a documentar su confesión. Desde las sombras lo observaban un médico y un cirujano.

Cuatro hombres fornidos lo sujetaron a un potro horizontal rodeándole el cuello con una argolla de hierro. En los pies le colocaron unas anillas atadas a unas cuerdas y tiraron de las extremidades todo lo que pudieron. Luego pasaron ocho vueltas de cuerda, dos en cada brazo y dos en cada pierna, por la estructura y se la dieron al torturador. Coustos notó cómo se tensaban las cuerdas hasta que empezaron a hundírsele en la piel. Debajo de él, la sangre salpicaba el suelo. Le dijeron que, si moría en aquel tormento, la única culpable sería su obstinación. Entre sus propios gritos oía al inquisidor formular las preguntas que ya le habían hecho muchas veces. «¿Qué es la francmasonería? ¿Cuáles son sus principios? ¿Qué acontece en las reuniones de la logia?». Al final se desmayó y lo llevaron de vuelta a las mazmorras.

Seis semanas después, los inquisidores lo intentaron de nuevo con otro método: el temido strappado. De pie en esta ocasión, a Coustos le estiraron poco a poco los brazos hacia atrás, con las palmas de las manos hacia fuera hasta que los dorsos de estas se unieron. Luego, tiraron lentamente de los brazos hacia arriba hasta que le dislocaron los hombros y le salía sangre por la boca. Mientras él suplicaba paciencia a los cielos, los inquisidores persistían en sus preguntas.

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«¿La masonería es una religión? ¿Por qué no admitís a mujeres? ¿Es porque sois sodomitas?».

Cuando los médicos le hubieron recolocado los huesos, y tras dos meses de convalecencia, la tortura comenzó de nuevo. Esta vez le rodearon el torso con una cadena que le ataron a las muñecas. Unas poleas tensaban cada vez más la cadena, que le retorció las entrañas y le dislocó las muñecas y los hombros. «¿Por qué tanto secretismo en la francmasonería? ¿Qué tenéis que ocultar?».

Coustos nos cuenta que pasó un total de dieciséis meses en las mazmorras del palacio de los Estaus y que soportó nueve episodios de tortura hasta que llegó el momento de hacerlo desfilar por las calles en el auto-da-fé del 21 de junio de 1744. Pero tuvo suerte. Mientras que ocho de sus compañeros fueron quemados vivos en el clímax de la procesión, a él lo condenaron a cuatro años a galeras. La relativa libertad que brindaba esa condena le permitió contactar con unos amigos, que movilizaron al Gobierno británico para que mediara en su liberación.

Cuando llegó a Londres el 15 de diciembre de 1744, se dispuso a escribir su historia; pero apenas había comenzado cuando estalló la rebelión jacobita de 1745. El «Gentil Príncipe Carlos» Estuardo alzó su estandarte en las Tierras Altas de Escocia con el propósito de hacer valer su derecho católico al trono, que antaño había pertenecido a su abuelo. El ejército jacobita llegó hasta Derby, en el corazón de Inglaterra, y sembró el pánico en la capital. Aunque finalmente fue aplastada, la insurrección revivió el apetito ciudadano por los libros que documentaban las barbaridades de la Iglesia de Roma. Sufferings of John Coustos for Free-Masonry, que incluye grabados de todas las torturas que padeció su autor, fue publicado en el momento justo. Coustos se convirtió en una celebridad. El libro fue traducido a numerosos idiomas y siguió reeditándose hasta bien entrado el siglo XIX. Coustos era un mártir de la masonería y su «inviolable secreto».

© The Trustees of the British Museum

Pero las cosas no fueron exactamente como él decía.

Más de dos siglos después, gracias a la transcripción de su interrogatorio, conservada en los archivos de Lisboa, trascendió que sí había desvelado los misterios de la francmasonería que había jurado proteger con su vida. Muy razonablemente, ante la posibilidad de la cámara de torturas y el auto-da-f

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