El cuaderno dorado

Doris Lessing

Fragmento

El cuaderno dorado

Prefacio



A continuación se explica cómo es la estructura de esta novela.

Tiene un armazón o marco titulado «Mujeres libres», novela corta convencional que puede sostenerse por ella misma. Pero está dividida en cinco partes y separada por los cinco períodos de los cuatro diarios: negro, rojo, amarillo y azul. Los diarios los redacta Anna Wulf, un personaje importante en «Mujeres libres». Lleva cuatro diarios en vez de uno, pues, como ella misma reconoce, los asuntos deben separarse unos de otros, a fin de evitar el caos, la deformidad…, el fracaso. Los diarios terminan a causa de presiones internas y externas. Se traza una gruesa raya negra que atraviesa la página, un cuaderno tras otro. Pero una vez terminados, puede surgir de sus fragmentos algo nuevo: El cuaderno dorado.

A través de los diarios, la gente ha polemizado, teorizado, dogmatizado, etiquetado y clasificado, a veces con palabras tan generales y representativas de la época que resultan anónimas. Podéis ponerles nombres a la usanza de las viejas comedias morales: el señor Dogma y el señor Soy-libre-porque-no-pertenezco-a-ninguna-parte; la señorita Necesito-amor-y-felicidad y la señora Cuanto-haga-debo-hacerlo-bien; el señor ¿Dónde-hay-una-mujer-auténtica? y la señorita ¿Dónde-hay-un-hombre-real?; el señor Estoy-loco-porque-dicen-que-lo-estoy y la señorita La-vida-es-experimentarlo-todo; el señor Hago-la-revolución-luego-existo, y el señor y la señora Si-resolvemos-perfectamente-este-pequeño-problema-entonces-seguramente-podremos-olvidarque-debemos-fijarnos-en-los-grandes. Pero todos ellos se han reflejado también los unos en los otros; tienen aspectos comunes, dan nacimiento a los pensamientos y a la conducta de unos y de otros… Son cada uno de ellos, forman totalidades. En el texto de El cuaderno dorado, los asuntos se han reunido, hay deformidad en el final de la fragmentación… y triunfa el segundo tema, que es el de la unidad. Anna y Saul Green, el fracaso americano. Son lunáticos, chiflados, locos, lo que queráis. Fracasan una con el otro y con los demás, y rompen con los moldes falsos que han construido a partir de su pasado. Las fórmulas y patrones que han creado para sostenerse entre sí se disuelven y cada uno oye los pensamientos del otro; uno se reconoce en la otra, en ellos mismos. Saul Green, el hombre que ha sido rencoroso y destructor para con Anna, ahora la apoya, la aconseja, le da el tema para su próximo libro, «Mujeres libres», de título irónico. El libro comienza así: «Las dos mujeres estaban solas en el piso londinense…». Y Anna, que ha estado celosa de Saul hasta la locura, que ha sido absorbente y exigente, le entrega el nuevo y bello diario, El cuaderno dorado, que previamente se había negado a darle, y le brinda también el tema para su próximo libro y le escribe la primera frase: «En Argelia, en la árida ladera de una loma, un soldado observaba la luz de la luna brillar en su fusil». En el texto de El cuaderno dorado, escrito por ambos, ya no podéis distinguir lo que es de Saul y lo que es de Anna, ni distinguir entre ellos y los otros personajes que aparecen en el libro.

Sobre este tema del fracaso que, a veces, cuando la gente se derrumba, es una forma de curarse a uno mismo de las falsas dicotomías y divisiones más íntimas, evidentemente ya han escrito otros desde entonces, y también yo misma. Pero aquí es donde, aparte de la vieja y extraña historia, lo hice primeramente, de manera más ruda, más próxima a la experiencia, antes de que esta se hubiera moldeado a sí misma en pensamiento y forma; y quizá resulte más valiosa por tratarse de un material más primario.

Pero tampoco nadie se ha dado cuenta de este tema central, ya que el libro fue inmediatamente despreciado por críticos tanto amistosos como hostiles, cual si tratara de la guerra de los sexos. Las mujeres, por su parte, lo consideraron arma utilizable en dicha guerra.

Desde entonces me he encontrado en una falsa posición, ya que lo último que habría yo querido es negar apoyo a las mujeres.

Para dejar bien sentado el asunto de la liberación femenina, doy mi apoyo sin dudarlo, porque las mujeres son ciudadanas de segunda clase, como ellas afirman enérgica y cabalmente en muchos países. Puede decirse que, por lo menos en un aspecto, tienen éxito: se las escucha con atención. Quienes al principio se mostraron indiferentes u hostiles hoy matizan: «Otorgo mi apoyo a sus aspiraciones, pero me disgustan sus voces chillonas y sus toscas maneras». Esta es una fase inevitable que refleja un período fácilmente reconocible en todo movimiento revolucionario. Los reformistas deben esperar verse desautorizados por aquellos que experimentan mayor satisfacción en el disfrute de lo que ganaron para ellos. No creo que la liberación de la mujer avance mucho, y no precisamente porque haya algo equivocado en sus aspiraciones, sino porque ya está clarísimo que el mundo entero se ve sacudido por los cataclismos que estamos atravesando: probablemente, cuando salgamos de esta etapa, si lo logramos, las aspiraciones de la liberación femenina se nos aparezcan pequeñísimas y extrañas.

Pero esta novela no fue un toque de clarín en pro de la liberación femenina. Describía muchas emociones femeninas de agresión, de hostilidad, de resentimiento. Las puse en letra de molde. Aparentemente, lo que muchas mujeres pensaban, sentían y experimentaban les causó una gran sorpresa. De inmediato entró en acción un arsenal de armas muy antiguas. Como de costumbre, las principales apuntaron a los argumentos «ella no es femenina» o «ella odia a los hombres». Este reflejo en concreto parece indestructible. Los hombres y muchas mujeres dijeron que las sufragistas no eran femeninas, que eran marimachos, que estaban embrutecidas. No recuerdo haber leído que hombres de cualquier sociedad en cualquier parte, cuando las mujeres pedían más de lo que la naturaleza les ofrecía, no cayeran en esta reacción. Y también caían… algunas mujeres. Muchas de ellas estaban furiosas con El cuaderno dorado. Lo que unas mujeres dicen a las otras, murmurando en sus cocinas, quejándose o chismorreando, o lo que ponen en claro sobre su masoquismo, es frecuentemente lo último que proferirían en voz alta: un hombre podría oírlas. Si las mujeres son tan cobardes, ello se debe a que han estado medio esclavizadas durante mucho tiempo. Es aún reducido el número de mujeres dispuestas a sostener su punto de vista acerca de lo que realmente piensan, sienten o experimentan con un hombre al que aman. La mayor parte de las mujeres saldría corriendo como un perrito apedreado cuando un hombre dice: «No sois femeninas, sois agresivas, os portáis mal conmigo». Tengo el convencimiento de que cualquier mujer que se casa o, de alguna forma, toma en serio a un hombre que recurre a ese tipo de injurias, se merece lo que tiene. Ya que tal hombre es dominante, lo ignora todo del mundo en el que vive o acerca de la historia del mismo: hombres y mujeres han desempeñado cantidad infinita de papeles, tanto en el pasado como actualmente, en distintas sociedades. Por lo tanto, es un ignorante o teme marcar equivocadamente el paso o es un cobarde… Escribo todos estos comentarios con la misma sensación que escribiría una carta para echarla al correo en un distante pasado: tan segura estoy de que cuanto consideramos ahora como definitivo será barrido en la próxima década.

(¿Por qué, entonces, escribir novelas? Realmente, ¿por qué? Imagino que debemos seguir viviendo como si…)

Algunos libros no se leen correctamente porque han omitido un sector de opinión: presumen una cristalización de informaciones en la sociedad que aún no ha tenido efecto. Este libro fue escrito como si las actitudes creadas por los movimientos de liberación femenina ya existieran. Se publicó por vez primera hace diez años, en 1962. Si apareciese ahora quizá se leyera, pero no provocaría ninguna reacción: las cosas han cambiado rápidamente. Ciertas hipocresías han desaparecido. Por ejemplo, hace diez o incluso cinco años (hemos atravesado una época muy obstinada en materia sexual) se escribían abundantes novelas y comedias cuyos autores criticaban furiosamente a las mujeres (particularmente en Estados Unidos, pero también en Inglaterra), retratándolas como bravuconas y traidoras, pero, sobre todo, como zapadoras que segaban la hierba bajo los pies. Sin embargo, en escritores masculinos, estas actitudes solían admitirse y aceptarse como bases filosóficas sólidas y normales, y en ningún caso como reacciones propias de individuos agresivos o neuróticos o misóginos. Desde luego que todo sigue igual, pero, aun así, alguna mejora se advierte.

Me hallaba tan absorta en escribir este libro que ni pensé en cómo iba a ser recibido. Estaba comprometida no solo porque era duro de escribir (conservando el guion en mi mente y escribiendo la obra desde el principio hasta el fin de un tirón, empresa muy difícil), sino debido a lo que iba aprendiendo a medida que lo escribía. Quizá proyectando una estructura sólida, imponiéndome limitaciones, exprimiendo nuevo material de donde menos lo esperaba. Toda suerte de experiencias y de ideas que yo no reconocía como propias fueron apareciendo a medida que escribía. El hecho mismo de escribir resultó más traumatizante que la evocación de mis experiencias, hasta el punto de que eso me transformó. Al concluir este proceso de cristalización, al entregar los manuscritos a editores y amigos, supe que había escrito un panfleto acerca de la guerra de los sexos, y pronto descubrí que nada de lo que dijera podría cambiar este diagnóstico.

Sin embargo, la esencia del libro, su organización y cuanto en él aparece, exhorta, implícita y explícitamente, a no dividir los asuntos, a no establecer categorías.

«Atados. Libres. Buenos. Malos. Sí. No. Capitalismo. Socialismo. Sexo. Amor…», dice Anna en «Mujeres libres», planteando un tema, gritándolo, enunciando una consigna a bombo y platillo…, o así lo imaginé. También creí que en un libro titulado El cuaderno dorado, la parte íntima así llamada, «cuaderno dorado», debía presumirse que era su punto central, el que soporta el peso del asunto y propone un planteamiento.

Pero no.

Otros temas intervinieron además en la elaboración de este libro y dieron lugar a una época crucial para mí: se juntaron pensamientos y temas que había guardado en mi mente durante años.

Uno de ellos era que no podía hallarse una novela que describiera el clima moral e intelectual de cien años atrás, a mediados del siglo pasado, en Inglaterra; algo equivalente a lo que hicieron Tolstói en Rusia y Stendhal en Francia. Llegados a este punto, conviene hacer las excepciones de rigor. Leer Rojo y negro y Lucien Leuwen es conocer aquella Francia como si se viviera en ella, como leer Anna Karénina es conocer aquella Rusia. Pero no se ha escrito una novela así de útil que refleje la época victoriana. Hardy nos cuenta lo que se experimenta siendo pobre, teniendo una imaginación rica en una época limitada, sin posibilidades, o siendo una víctima. George Eliot es buena hasta donde alcanza. Pero creo que el castigo que pagó por ser una mujer victoriana consistió en tener que mostrarse como una buena mujer, aunque estaba disconforme con las hipocresías de su tiempo y hay gran cantidad de cosas que su sentido moral no le permitía comprender. Meredith, escritor sorprendente y poco valorado, quizá rozó más la realidad. Trollope trató el asunto, pero le faltaron posibilidades. No hay una sola novela que tenga el vigor y el conflicto de sentimientos en acción que se encuentran en una buena biografía de William Morris.

Desde luego que esta tentativa mía presuponía que el filtro usado por la mujer para mirar la vida tiene idéntica validez que el que usa el propio hombre… Dejando aparte este problema o, más bien, no considerándolo siquiera, decidí que la expresión del «sentido» ideológico de nuestro medio siglo debería colocarse entre socialistas y marxistas, debido a que los grandes debates de nuestro tiempo han tenido por escenario los congresos socialistas. Los movimientos, las guerras y las revoluciones han sido vistos por sus participantes como otros tantos procesos de diversos tipos de socialismo o marxismo, ya en avance, ya detenidos, ya en retroceso. Creo que debemos intentar, por lo menos, que cuando el pueblo mire hacia atrás y contemple nuestra época, pueda verla, si no tan bien como nosotros mismos, al menos de igual forma que nosotros vemos retrospectivamente las revoluciones inglesa y francesa, e incluso la rusa. O sea, de forma distinta a como las vio el pueblo que las vivió. Pero el marxismo y sus varios vástagos han hecho fermentar las ideas por todas partes, y tan rápida y enérgicamente que lo que fue «exótico» ha sido absorbido, pasando a integrarse en el pensamiento actual. Ideas que estaban confinadas a la extrema izquierda treinta o cuarenta años atrás, han penetrado de forma general en la izquierda hace veinte, y han suministrado los lugares comunes del pensamiento social convencional, desde la derecha hasta la izquierda, durante los últimos diez años. Algo tan plenamente absorbido ya está liquidado como fuerza, pero fue dominante, y en una novela del tipo que estoy tratando de escribir debe ser central.

Otro pensamiento con el que he estado bregando mucho tiempo era que el personaje principal debía ser algún artista, pero con un «bloqueo». Esto se debía a que el tema del artista ha dominado en el arte por algún tiempo: el pintor, el escritor, el músico, por ejemplo. Los escritores importantes lo han usado, y también muchos de menor categoría. Esos prototipos —el artista, y su contrafigura, el hombre de negocios— han cabalgado nuestra cultura, uno visto como un latoso insensible, y el otro como un creador cuyas producciones le hacían acreedor del perdón por todos sus excesos de sensibilidad, sufrimiento y orgulloso egoísmo. Desde luego que exactamente igual debía perdonarse al hombre de negocios por sus obras. Nos hemos acostumbrado a lo que tenemos, y hemos olvidado que el artista como ejemplo es un tema nuevo. Cien años atrás, raramente los artistas solían ser héroes. Eran soldados y forjadores de imperios, exploradores, sacerdotes y políticos. Tanto peor para las mujeres, que, a lo sumo, habían tenido éxito produciendo una Florence Nightingale. Solamente los chiflados y los excéntricos querían ser artistas, y tenían que luchar para lograrlo. Pero para usar este tema de nuestro tiempo, «el artista», «el escritor», decidí desarrollarlo situando a la criatura sumida en un bloqueo y discutiendo las razones del mismo. Estas deberían estar relacionadas con la disparidad entre los abrumadores problemas de la guerra, el hambre y la pobreza y el minúsculo individuo que trataba de reflejarlos. Pero lo intolerable, lo que no podía soportarse por más tiempo, era este parangón, monstruosamente aislado y encumbrado. Parece que por su propia cuenta, los jóvenes han comprendido y han cambiado la situación, creando una cultura propia en la que cientos y miles de personas hacen películas, ayudan a hacerlas, publican periódicos de todo tipo, componen música, pintan cuadros, escriben libros y toman fotografías. Han abolido esta figura aislada, creadora y sensible, copiándola en cientos de miles. La corriente ha llegado a su extremo, a su conclusión, y habrá, como siempre sucede, alguna reacción de algún tipo.

El tema «del artista» debe relacionarse con otro: la subjetividad. Cuando empecé a escribir, se ejercía presión sobre los escritores para que no fueran «subjetivos». Esta presión surgió de dentro de los movimientos comunistas, como expresión de la crítica socioliteraria desarrollada en Rusia en el siglo XIX por un grupo de notables talentos. De ellos, el más conocido era Belinski, que usaba de las artes y particularmente de la literatura en su lucha contra el zarismo y la opresión. Esta forma de crítica se extendió rápidamente por todas partes, pero solo en la década de los cincuenta halló eco en nuestro país con el tema del compromiso. Aún pesa mucho en los países comunistas. «¡Preocuparse por vuestros estúpidos problemas personales cuando Roma arde!»: tal es la forma que adopta esa crítica al nivel de la vida corriente, y era difícil oponerse a ella, pues procedía del ámbito más inmediato y más querido, y de personas cuya labor merecía nuestros mayores respetos. Por ejemplo, esa labor podía ser la lucha contra el prejuicio racial en Sudáfrica. A pesar de todo, las novelas, los cuentos y el arte de toda especie se volvían cada vez más personales. En el cuaderno azul, Anna escribe acerca de conferencias que había pronunciado: «“El arte, durante la Edad Media, era comunitario e impersonal, y procedía de la conciencia del grupo. Estaba exento del aguijón doloroso de la individualidad de la era burguesa. Algún día dejaremos atrás el punzante egoísmo del arte individual. Regresaremos a un arte que no expresará las divisiones y clasificaciones que el hombre ha establecido entre sus semejantes, sino su responsabilidad para con el prójimo y la fraternidad. El arte occidental se convierte cada vez más en un grito atormentado que refleja un dolor. El dolor se está transformando en nuestra realidad más profunda…” (Digo cosas por el estilo. Hace unos tres meses, en mitad de una conferencia, empecé a tartamudear y no pude terminarla…)».

El tartamudeo de Anna se debe a algo que está eludiendo. Una vez que se ha iniciado una corriente o una presión, no hay manera de esquivarla. No había manera de no ser intensamente subjetiva; era, si queréis, la tarea del escritor en ese tiempo. No podía ignorarlo: no puede escribirse un libro que trate de la construcción de un puente o una presa y no descubrir la mente y los sentimientos de quienes la construyen. ¿Creéis que esto es una caricatura? Absolutamente, no. Este «o eso/o aquello» está en el corazón de la crítica literaria de los países comunistas en la actualidad. Por fin comprendí que la manera de salir del problema o de resolverlo, el tormento interno de escribir acerca de «problemas personales intrascendentes», era reconocer que nada es personal, en el sentido de que solo es personalmente nuestro. Escribir acerca de uno mismo equivale a escribir acerca de los otros, dado que vuestros problemas, dolores, placeres y emociones (y vuestras ideas extraordinarias o notables) no pueden ser únicamente vuestros. La forma de tratar el problema de la «subjetividad», ese chocante asunto de estar preocupado por el pequeño individuo, que al mismo tiempo queda atrapado en tal explosión de terribles y maravillosas posibilidades, es verlo como un microcosmos y, de esa manera, romper a través de lo personal, de lo subjetivo, convirtiendo lo personal en general, como en verdad siempre hace la vida transformando en algo mucho más amplio una experiencia privada; o así lo cree uno cuando es aún niño: «Me estoy enamorando», «Siento esta o aquella emoción» o «Estoy pensando tal o cual cosa»… Creer, en definitiva, no es más que comprender que todo el mundo comparte la única e increíble experiencia propia.

Otra idea era que si el libro estaba moldeado de modo correcto, haría su propio comentario acerca de la novela convencional: este debate no se ha interrumpido desde que nació la novela, y no es algo reciente, como se puede imaginar leyendo a académicos contemporáneos. Considerar la novela corta «Mujeres libres» como un sumario y condensación de toda esa masa de materiales, era decir algo acerca de la novela convencional, otra forma de describir el descontento de un escritor cuando algo ha terminado: «Qué poco he logrado decir de la verdad, qué poco he logrado de toda esa complejidad, cómo puede esa cosa pequeña y pulida ser verdadera, cuando lo que experimenté era tan rudo y aparentemente deforme y sin modelar».

Pero mi mayor aspiración era elaborar un libro que se comentara por sí mismo, que equivaliese a una declaración sin palabras, que diera a entender cómo había sido elaborado.

Como ya dije, esto ni siquiera fue advertido.

Una de las razones estriba en que el libro se integra más en la tradición novelística europea que en la inglesa. Mejor dicho, en la tradición inglesa de entonces. Al fin y al cabo, la novela inglesa comprende Clarissa y Tristram Shandy, Los comediantes trágicos… y Joseph Conrad.

Pero es indudable que pretender escribir una novela de ideas significa imponerse limitaciones: la estrechez de miras de nuestra cultura es enorme. Por ejemplo, década tras década salen de las universidades jóvenes brillantes, de uno u otro sexo, capaces de decir orgullosamente: «Claro está que no sé nada de literatura alemana…». Es la moda. Los victorianos lo sabían todo acerca de la literatura alemana, pero eran capaces, con la conciencia muy tranquila, de saber bien poco de la francesa.

En cuanto a los otros… Bueno, no es casualidad que la crítica más inteligente que se me hizo procediera de gente que era o había sido marxista. Entendieron lo que intentaba hacer. Se debe a que el marxismo ve las cosas como una totalidad y relacionadas las unas con las otras, o al menos lo intenta, pero no es el caso ahora hablar de sus limitaciones. Una persona que ha sido influida por el marxismo da por sentado que un suceso en Siberia afectará a otro en Botsuana. Creo que el marxismo fue el primer intento, en nuestra época, aparte de la religión formal, de un pensamiento mundial, de una ética universal. Fue por mal camino: no pudo evitar dividirse y subdividirse, como las otras religiones, en capillitas cada vez más pequeñas, en sectas y credos. Pero fue un intento.

Ocuparme en ver qué intentaba hacer me lleva a hablar de los críticos y al peligro de provocar un bostezo. Esta triste riña entre escritores y críticos, comediógrafos y críticos, a la que el público ya está tan acostumbrado, hace que este piense de ella lo mismo que de las querellas infantiles «¡Oh, sí! ¡Niñerías! Otra vez a las andadas…» o «Vosotros, los escritores, recibís todos esos elogios, o si no elogios, mucha atención; entonces ¿por qué os sentís siempre tan heridos?». Y el público está casi en lo cierto. Por razones de las que ahora no voy a hablar, tempranas y valiosas experiencias en mi vida de escritora me dieron un sentido de perspectiva acerca de los críticos y comentaristas. Pero a propósito de esta novela, El cuaderno dorado, lo perdí: pensé que en su mayor parte las críticas eran demasiado tontas para ser verdaderas. Recuperando el equilibrio, comprendí el problema. Y es que los escritores buscan en los críticos un álter ego, ese otro yo más inteligente que él mismo, que se ha dado cuenta de dónde quería llegar, y que le juzga tan solo sobre la base de si ha alcanzado o no el objetivo. Nunca encontré a un escritor que, enfrentado finalmente con ese raro ser, un crítico auténtico, no pierda toda su paranoia y se vuelva altamente agradecido: ha hallado lo que cree necesitar. Pero lo que él, el escritor, pide, es imposible. ¿Por qué debería esperar ese ser extraordinario, el perfecto crítico (que ocasionalmente existe); por qué debería haber alguien más que comprenda lo que intenta hacer? En definitiva, solo hay una persona hilando ese capullo particular, solo una cuyo interés sea hilarlo.

No les es posible a los críticos y comentaristas proporcionar lo que ellos mismos pretenden y los escritores desean tan ridícula e infantilmente.

Eso se debe a que los críticos no han sido educados en tal sentido. Su entrenamiento va en dirección opuesta.

Todo empieza cuando el niño tiene apenas cinco o seis años, cuando entra en la escuela. Empieza con notas, calificaciones, premios, «bandas», «medallas», estrellas y, en ciertos lugares, hasta galones. Esa mentalidad de carrera de caballos, ese modo de pensar en vencedor y en vencidos, conduce a lo siguiente: «El escritor X está o no unos cuantos pasos por delante del escritor Y. El escritor Y ha caído más atrás. En su último libro, el escritor Z ha rayado a mayor altura que el escritor A». Desde el principio, se entrena al niño a pensar así: siempre en términos de comparación, de éxito y de fracaso. Es un sistema de desbroce: el débil se desanima y cae. Un sistema destinado a producir unos pocos vencedores siempre compitiendo entre sí. Según mi parecer —aunque no es este el lugar donde desarrollarlo—, el talento que tiene cada niño, prescindiendo de su coeficiente intelectual, puede permanecer con él toda su vida, para enriquecerle a él y a cualquier otro, si esos talentos no fueran considerados mercancías con valor en un juego de apuestas al éxito.

Otra cosa que se enseña desde el principio es a desconfiar del propio juicio. A los niños se les enseña sumisión a la autoridad, cómo averiguar las opiniones y decisiones de los demás y cómo citarlas y cumplirlas.

En la esfera política, al niño se le explica que es libre, demócrata, con un pensamiento y una voluntad libres, que vive en un país libre, que toma sus propias decisiones. Al mismo tiempo, es un prisionero de las suposiciones y dogmas de su tiempo, que él no pone en duda debido a que nunca le han dicho que existieran. Cuando el joven ha llegado a la edad de escoger —seguimos dando por descontado que una elección es inevitable— entre el arte y las ciencias, escoge a menudo las artes por creer que ahí hay humanidad, libertad, verdadera elección. Él no sabe que ya ha sido moldeado por un sistema, ignora que la misma elección es una falsa dicotomía arraigada en el corazón de nuestra cultura. Quienes lo notan y no quieren ser sometidos a un moldeado ulterior tienden a irse, en un intento medio inconsciente e instintivo de encontrar trabajo donde no vuelvan a ser divididos contra ellos mismos. Con todas nuestras instituciones, desde la policía hasta las academias, desde la medicina a la política, prestamos poca atención a los que se van, a ese procedimiento de eliminación que siempre se produce y que excluye, muy tempranamente, a quienes podrían ser originales y reformadores, dejando a aquellos que se sienten atraídos por una cosa porque eso es precisamente lo que ya son ellos mismos. Un joven policía abandona el cuerpo porque dice que no le gusta lo que debe hacer. Un joven profesor abandona la enseñanza, quebrantado su idealismo.

Este mecanismo social funciona casi sin hacerse sentir; sin embargo, es poderoso como cualquiera para mantener nuestras rígidas y opresoras instituciones.

Esos muchachos que se han pasado años dentro del sistema de enseñanza se convierten en críticos y comentaristas y no pueden dar lo que el autor, el artista, busca tan tontamente: juicio original e imaginativo. Lo que pueden hacer, y lo hacen muy bien, es decir al escritor si el libro o la comedia concuerda con los modelos corrientes de pensar y sentir, con el clima de opinión. Son como el papel de tornasol. Son veletas valiosas. Son los barómetros más sensibles a la opinión pública. Podéis ver los cambios de modas y de criterios entre ellos mucho antes que en ninguna parte, excepción hecha del terreno político —se trata de personas cuya educación ha sido precisamente esa—, podéis verlos buscando fuera de ellos mismos para saber sus pareceres, para adaptarse a las figuras de la autoridad, para «oír opiniones», frase maravillosa y reveladora.

Puede que no exista otro medio de educar al pueblo. Al menos, no lo creo. Entretanto, sería de gran ayuda describir por lo menos correctamente las cosas, llamarlas por su nombre. Idealmente, lo que debería decirse y repetirse a todo niño a lo largo de su vida estudiantil es algo así: «Estáis siendo adoctrinados. Todavía no hemos encontrado un sistema educativo que no sea de adoctrinamiento. Lo sentimos mucho pero es lo mejor que podemos hacer. Lo que aquí se os está enseñando es una amalgama de los prejuicios en curso y las selecciones de esta cultura en particular. La más ligera ojeada a la historia os hará ver lo transitorios que pueden ser. Os educan personas que han sido capaces de habituarse a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Se trata de un sistema de autoperpetuación. A aquellos de vosotros que sean más fuertes e individualistas que los otros, les animaremos para que se vayan y encuentren medios de instruirse por sí mismos, educando su propio juicio. Los que se queden deben recordar, siempre y constantemente, que están siendo modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de esta sociedad concreta».

Como cualquier otro escritor, recibo continuamente cartas de jóvenes que están a punto de escribir tesis y ensayos acerca de mis libros, desde varios países, especialmente de Estados Unidos. Todos dicen: «Deme, por favor, una lista de los artículos sobre su obra, las críticas que los expertos hayan escrito sobre usted». También piden mil detalles totalmente inútiles que no vienen al caso, pero que se les ha enseñado a considerar importantes: tantos detalles que parecen los de un expediente del Departamento de Inmigración.

Esas peticiones las contesto de la siguiente forma: «Querido estudiante: está usted loco. ¿Para qué gastar meses y años escribiendo miles de palabras acerca de un libro, o hasta sobre un autor, cuando hay cientos de libros que esperan ser leídos? ¿No se da cuenta de que es víctima de un sistema pernicioso? Y si usted ha escogido por su cuenta mi obra como tema y si tiene que escribir una tesis (y créame que le estoy muy agradecida de que lo que he escrito lo haya encontrado usted útil), entonces ¿por qué no lee mis obras y se hace una idea propia acerca de lo que usted piensa, cotejándolo con su propia vida, con su propia experiencia? ¡Olvídese de los profesores Blanco y Negro!».

«Estimado escritor —me contestan—: Debo saber lo que dicen los expertos, porque si no los cito mi profesor no me va a dar nota.»

Este es un sistema internacional, absolutamente idéntico, desde los Urales hasta Yugoslavia, desde Minnesota hasta Manchester.

El caso es que estamos tan acostumbrados a él que ya ni nos damos cuenta de lo malo que es.

Yo no puedo acostumbrarme, debido a que abandoné la escuela a la edad de catorce años. Durante cierto tiempo sentí pesar por eso y creí haber perdido algo de mucho valor. Ahora estoy muy contenta de tan afortunada salida. Después de la publicación de El cuaderno dorado, se me metió entre ceja y ceja descubrir algo acerca del mecanismo literario, examinar el proceso que crea al crítico y al comentarista. Hojeé incontables exámenes escritos y no podía dar crédito a mis ojos. Me senté en clases donde se enseña literatura y no podía dar crédito a mis oídos.

Quizá digáis: «Es una reacción exagerada y no tiene derecho a decir tales cosas, porque usted misma confiesa que nunca ha sido parte del sistema». Pero creo que no exagero en absoluto y que la reacción de alguien del exterior es valiosa, simplemente porque es fresca y no está mediatizada por la lealtad a una educación particular.

Pero después de esta investigación no tuve dificultad en contestar mis propias preguntas: ¿por qué son tan estrechos de miras, por qué son tan personales, cómo poseen tan poco talento? ¿Por qué siempre atomizan y desprecian, por qué les fascinan tanto los detalles y se desinteresan del conjunto? ¿Por qué su interpretación de la palabra «crítica» es siempre la de encontrar faltas? ¿Por qué acuden siempre a los escritores en conflicto unos con otros, y no a aquellos que se complementan…? Simplemente, porque han sido educados para pensar así. La persona valiosa que comprende lo que usted está haciendo, lo que usted está intentando, y puede hacerle una crítica válida y darle un consejo, es casi siempre alguien que está fuera del mecanismo literario, incluso fuera del sistema universitario. Puede que se trate de un estudiante que acaba de empezar y que siente aún amor por la literatura, o quizá sea una persona que piensa mucho y lee mucho, siguiendo su propio instinto.

A esos estudiantes que tienen que pasarse un año o dos escribiendo tesis sobre un libro, les digo: «Solamente hay una manera de leer, que es huronear en bibliotecas y librerías, tomar libros que llamen la atención y leer solamente esos, dejándolos a un lado cuando aburren, saltándose las partes pesadas y nunca, absolutamente nunca, leer algo por sentido del deber o porque forme parte de una moda o de un movimiento. Recuerde que el libro que le aburre cuando tiene veinte o treinta años le abrirá perspectivas cuando llegue a los cuarenta o a los cincuenta, o viceversa. No lea un libro si no es para usted el momento oportuno. Recuerde que ante todos los libros que se han impreso, hay tantos o más que nunca se han publicado o que nunca han sido escritos, incluso ahora, en esta época de reverencia al papel impreso. La historia, e incluso la ética social, se enseñan por medio de historias, y la gente a la cual se ha condicionado para que piense solo en términos de lo que está escrito (y desgraciadamente todos los productos de nuestro sistema educativo no pueden hacer otra cosa) pierde lo que tiene ante la vista. Por ejemplo, la historia real de África está aún en custodia de narradores de historias negros y hombres sabios, historiadores negros, médicos negros: se trata de una historia oral, a salvo del hombre blanco y de sus depredaciones. En todas partes, si mantiene usted despierta la mente, encontrará la verdad en palabras que no han sido escritas. Así que no deje nunca que la palabra escrita se adueñe de usted. Debe saber, por encima de todo, que el hecho de que tenga que pasarse un año o dos con un libro o un autor significa que usted ha sido mal instruido, que usted debía haber sido educado para leer a su manera, de una preferencia a otra; debiera haber aprendido a seguir su propio sentimiento, intuitivamente, acerca de lo que necesita, y no la manera como debe citarse a los otros».

Pero, desgraciadamente, casi siempre es demasiado tarde.

Pareció, de momento, que las recientes rebeliones estudiantiles les cambiarían las cosas, como si su impaciencia ante el material muerto que les enseñan fuera lo bastante fuerte para sustituirlo por otro más fresco y útil. Pero parece que la rebelión ya pasó. Lamentable. Durante aquel vivaz período en Estados Unidos, recibí cartas donde me contaban que en las aulas los estudiantes habían rehusado tomar apuntes y llevaban a clase libros de su propia elección y que habían encontrado apropiados para su vida. Las clases emocionaban. A veces eran violentas, airadas y excitantes, con calor vital. Claro está que eso ocurrió solamente con profesores simpatizantes, decididos a ponerse del lado de los estudiantes contra la autoridad y preparados para las consecuencias. Existen maestros conscientes de que imparten una enseñanza de mala calidad y aburrida, pero afortunadamente quedan muchos que, con un poco de suerte, pueden derrumbar lo que está mal, aunque los estudiantes hayan perdido su ímpetu.

Mientras tanto, hay un país…

Hace treinta o cuarenta años que, en ese país, un crítico hizo una lista privada de escritores y poetas que él, personalmente, consideraba que constituían lo más valioso para la literatura, dejando a un lado a todos los demás. Esta lista la defendió públicamente durante largo tiempo y la imprimió, porque la Lista se convirtió de inmediato en un tema muy polémico. Millones de palabras se escribieron a favor y en contra, nacieron escuelas y sectas atacándola y defendiéndola. A pesar de los años transcurridos, la discusión continúa… y a nadie le parece ridícula esta situación…

En ese país hay libros de crítica de inmensa complejidad y conocimiento que tratan, a veces de segunda o tercera mano, de obras originales: novelas, comedias, historias. La gente que escribe esos libros constituye todo un estrato en universidades de todo el mundo; se trata de un fenómeno internacional, de la capa superior del mundo literario. Sus vidas han sido empleadas en la crítica y para criticar la crítica de los otros críticos. Estos consideran su actividad más importante que la misma obra original. Es posible que los estudiantes de literatura empleen más tiempo leyendo críticas y críticas de críticas del que invierten en la lectura de poesía, novelas, biografías, narraciones… Muchísima gente contempla este estado de cosas como normal y no como triste y ridículo…

En el país en cuestión leí recientemente un ensayo sobre Antonio y Cleopatra, escrito por un joven a punto de pasar a cursos superiores. Rebosaba originalidad y entusiasmo inspirado por la pieza teatral; el sentimiento que una enseñanza real de la literatura debería causar. El ensayo fue devuelto por el profesor con este comentario: «No puedo calificar su trabajo; usted no ha citado a los expertos». Pocos maestros considerarían eso triste y ridículo…

La gente de ese país que se considera educada, y realmente superior y más refinada que la gente común que no lee, se acercó a un escritor (o a una escritora) y lo felicitó por haber obtenido una buena crítica en alguna parte, pero no creyó que fuera menester leer el libro o pensar siquiera que en lo que está interesada es en el éxito…

Cuando en el país a que nos referimos aparece un libro que, por ejemplo, trata de la observación de las estrellas, inmediatamente una docena de sociedades, colegios y programas de televisión escriben al autor pidiéndole que vaya y les hable de la observación de las estrellas. Lo último que se les ocurriría hacer sería leer el libro. Esta conducta se considera muy normal y nada ridícula…

Un hombre o una mujer joven de ese país, comentarista o crítico que no ha leído nada más del escritor que la obra que tiene ante sí, escribe paternalmente, o más bien como aburrido o como si considerara que las buenas calificaciones deben otorgarse a un ensayo acerca del autor en cuestión —que puede que haya escrito quince libros y haya estado escribiendo durante veinte o treinta años—, y da al mencionado escritor instrucciones sobre lo que debe escribir en lo sucesivo y cómo. Nadie piensa que esto sea absurdo, por lo menos el joven con toda seguridad no va a pensarlo. Porque a ese joven crítico o comentarista le han enseñado a hacer propaganda en artículos desde Shakespeare hasta nuestros días…

Un profesor de arqueología de ese país puede escribir sobre una tribu de Sudamérica que tiene un avanzado conocimiento de las plantas, de medicina y de métodos psicológicos: «Lo sorprendente es que ese pueblo carezca de lenguaje escrito». Y nadie considera absurdo el razonamiento del profesor.

En ocasión del centenario de Shelley, la misma semana y en tres revistas literarias diferentes, tres jóvenes de idéntica educación, procedentes de universidades parecidas —siempre del país al que venimos refiriéndonos—, pudieron escribir trabajos literarios sobre Shelley, condenándole con los argumentos más débiles y con tono idéntico todos ellos, como si hicieran al poeta un gran favor al mencionarlo, y nadie parece creer que haya algo seriamente equivocado en nuestro sistema literario.

Finalmente, esta novela continúa siendo para su autora la más instructiva de las experiencias. Ejemplo al canto. Diez años después de haberla escrito me llegan, en una semana, tres cartas sobre ella remitidas por personas inteligentes, bien informadas e interesantes, que se han tomado la molestia de sentarse a la mesa para escribirme. Pueden estar una en Johannesburgo, otra en San Francisco y una tercera en Budapest. Y aquí estoy yo, sentada, en Londres, leyendo esas cartas una tras otra, agradecida como siempre a quienes me escriben y encantada de que mi prosa haya estimulado, iluminado… o incluso molestado. Pero una de las cartas trata íntegramente de la guerra de los sexos y de la falta de humanidad del hombre hacia la mujer, y la corresponsal llena páginas y más páginas acerca de eso solamente porque ella —y no solamente ella— no puede ver nada más en el libro.

La segunda carta trata de política. Probablemente es de un antiguo rojo como yo misma, y escribe muchas páginas acerca de política, sin mencionar otro tema.

Ese tipo de cartas solían ser las más comunes cuando el libro era reciente.

La tercera carta, de una clase en otro tiempo rara, pero que ahora ya tiene compañeras, la escribe un hombre o una mujer que no puede ver en el libro más que el tema del desequilibrio mental.

Pero el libro sigue siendo el mismo.

Y, claro está, esos incidentes sacan de nuevo a colación preguntas acerca de qué ve la gente cuando lee un libro y por qué cierta gente ve alguno de los aspectos y nada en absoluto de los otros; y lo raro que es un autor con una visión tan clara de su libro, tan distinta de la que tienen del mismo sus lectores.

Y de este modo de pensar surge otra conclusión: no solamente resulta infantil que un escritor persiga que los lectores vean lo que él ve, y que entiendan la estructura y la intención de una novela como él las ve. Que el autor desee esto demuestra que no ha entendido el punto más fundamental: a saber, que el libro está vivo y es poderoso, fructificador y capaz de promover el pensamiento y la discusión solamente cuando su forma, intencionalidad y plan no se comprenden, debido a que el momento de captar la forma, la intencionalidad y el plan coincide con el momento en que no queda ya nada por extraer.

Y cuando la trama, el modelo y la vida interior de un libro están tan claros para el lector como para el propio autor, quizá haya llegado la hora de echar a un lado el libro, como si ya hubiera pasado su momento, y empezar algo nuevo.

DORIS LESSING

Junio de 1971

Mujeres libres

1


Anna se encuentra con su amiga Molly, un día del verano de 1957, después de una separación...

Las dos mujeres estaban solas en el piso londinense.

—El caso es que… —dijo Anna al volver su amiga de hablar por teléfono en el recibidor—, el caso es que por lo visto todo se está desmoronando.

Molly era una mujer adicta al teléfono. Cuando este empezó a sonar acababa de preguntar: «Bueno, ¿qué me cuentas?». Y ahora volvía diciendo:

—Es Richard, que viene. Al parecer, hoy es el único día libre que va a tener en todo el mes. Por lo menos eso es lo que dice.

—Pues yo no me voy —dijo Anna.

—No, tú te quedas donde estás.

Molly examinó su aspecto: llevaba pantalones y un jersey, ambas prendas bastante usadas.

—Tendrá que aceptarme como me encuentre —concluyó, y se sentó junto a la ventana—. No ha querido decir qué ocurre… Será otra crisis con Marion, supongo.

—¿No te ha escrito? —preguntó Anna con cautela.

—Los dos, él y Marion, me han escrito cartas llenas de sencillez. Curioso, ¿verdad?

Este «curioso, ¿verdad?» era como la contraseña que indicaba el tono confidencial de las conversaciones entre ellas dos. No obstante, después de haber dado la contraseña, Molly cambió el tono.

—Es inútil hablar ahora. Ha dicho que venía enseguida.

—Seguramente se marchará cuando vea que estoy yo —comentó Anna alegremente, aunque con cierto deje agresivo.

—Ah, y ¿por qué? —preguntó Molly mirándola incisivamente.

Se había dado siempre por supuesto que Anna y Richard se desagradaban mutuamente; y antes Anna siempre se había marchado cuando Richard estaba a punto de llegar.

—La verdad es que creo que le gustas bastante, en el fondo —dijo Molly en ese momento—. Pero se ve obligado a que le guste yo, por principio… ¡Es tan ridículo que las personas le gusten del todo o nada! Por eso, lo que no le gusta de mí te lo carga a ti.

—Encantada —replicó Anna—. Pero ¿sabes una cosa? Mientras estabas fuera, he descubierto que para mucha gente tú y yo somos casi intercambiables.

—¿Ahora te das cuenta de eso? —inquirió Molly triunfalmente, como siempre que Anna descubría lo que para ella eran hechos evidentes.

Desde muy al principio, en la relación entre las dos mujeres se había llegado a un equilibrio: Molly poseía mucho más conocimiento del mundo que Anna, quien, por su parte, estaba dotada de un talento superior.

Anna tenía sus propias ideas. En aquella ocasión sonreía, reconociendo que había sido muy lenta.

—¡Y somos tan distintas en todo! —exclamó Molly—. Es curioso; supongo que es porque las dos llevamos el mismo tipo de vida…, sin estar casadas y todo eso. Es lo único que ven.

—Mujeres libres —dijo Anna con una mueca. Y añadió, con una furia desconocida para Molly, lo que le valió de nuevo una mirada escudriñadora de su amiga—: Todavía nos definen según nuestras relaciones con los hombres, incluso los mejores.

—Bueno, es lo que hacemos nosotras mismas, ¿no? —comentó Molly, mordaz—. En fin, es muy difícil evitarlo —añadió rápidamente a causa de la sorpresa con que Anna la miraba.

Se produjo una breve pausa en la que las dos mujeres no se miraron, sino que reflexionaron que un año sin verse era mucho tiempo, incluso para viejas amistades.

—¡Libres! —Molly suspiró—. ¿Sabes?, durante este tiempo que he estado fuera he pensado en nosotras dos, y he decidido que pertenecemos a un tipo de mujer completamente nuevo. Por fuerza, ¿no lo crees?

—No hay nada nuevo bajo el sol —repuso Anna tratando de adoptar un acento alemán.

Molly, irritada (hablaba bien una docena de lenguas), repitió:

—No hay nada nuevo bajo el sol.

Sus palabras imitaron a la perfección la voz de una vieja astuta con acento alemán. Anna hizo una mueca, admitiendo su fracaso. No tenía facilidad para los idiomas, y era demasiado vergonzosa para imitar a otra persona: por un instante Molly había llegado a parecerse a Madre Azúcar, es decir, a la señora Marks, a quien las dos amigas habían acudido para psicoanalizarse. Las reservas con que ambas habían acogido el solemne y doloroso ritual las expresaban con aquel mote casero de Madre Azúcar que, con el tiempo, se convirtió en mucho más que el mote de una persona: llegó a designar todo un modo de ver la vida (tradicional, enraizado y conservador, a pesar de su escandalosa familiaridad con todo lo amoral). A pesar de…

Así era como Anna y Molly, al analizar el ritual, lo habían creído; aunque, últimamente, Anna había ido presintiendo con mayor fuerza que era «a causa de», y esta era una de las cosas que deseaba discutir con su amiga.

Pero en aquella ocasión Molly reaccionó como solía hacerlo en el pasado ante la más mínima crítica a Madre Azúcar sugerida por Anna.

—No importa —repuso con viveza—; era maravillosa, y yo me encontraba en un estado pésimo para poder criticar.

—Madre Azúcar decía «Tú eres Electra» o «Tú eres Antígona», y para ella todo terminaba con eso —contestó Anna.

—En fin, no todo —comentó Molly refiriéndose con ironía a las horas penosas y difíciles que ambas habían pasado.

—Sí, sí —dijo Anna insistiendo inesperadamente, lo cual hizo que Molly la mirara por tercera vez con curiosidad—. No digo que no me hiciera mucho bien, pues estoy segura de que sin ella no habría podido enfrentarme con todo lo que tuve que pasar. Pero… Recuerdo muy bien una tarde, sentada allí, en aquel cuarto grande de luces indirectas, discretas, con el Buda, los cuadros y las estatuas.

—¿Y qué? —inquirió Molly con tono ya de desaprobación.

Frente a aquella determinación tan clara, aunque implícita, de no querer hablar de ello, Anna replicó:

—He pensado en ello durante estos últimos meses… y me gustaría hablarlo contigo. Al fin y al cabo, las dos lo pasamos y con la misma persona…

—¿Y qué?

—Recuerdo aquella tarde en que sabía que ya no iba a volver —insistió Anna—. Era por causa de aquellos malditos objetos de arte por todas partes…

Molly aspiró con fuerza.

—No sé a qué te refieres. —Y al no obtener respuesta de Anna añadió, acusadora—: Y tú ¿has escrito algo desde que me marché?

—No.

—Te he dicho miles de veces —profirió Molly chillando— que no te perdonaré nunca si echas a perder tu talento. De verdad. Es lo que he hecho yo y no puedo soportar verte a ti… Yo he perdido el tiempo pintando, danzando, actuando y escribiendo. Ahora… ¡Tienes tanto talento, Anna! ¿Por qué? La verdad, no lo entiendo.

—¿Cómo te lo puedo explicar, si tú siempre utilizas ese tono acusador y de reproche?

A Molly se le llenaron los ojos de lágrimas y los clavó en su amiga, con expresión de gran pena y reproche. Consiguió decir, no sin dificultad:

—En el fondo, yo siempre pensaba: «Bueno, me casaré, así que no importa que eche a perder todas las aptitudes con que nací». Hasta hace poco, incluso soñaba con tener más niños… Sí, ya sé que es idiota, pero es verdad. Y ahora tengo cuarenta años y Tommy ya es mayor. Pero lo importante es que si tú no escribes tan solo porque piensas en casarte…

—¡Pero si las dos queremos casarnos! —dijo Anna bromeando.

El tono jocoso volvió a prestar distancia a la conversación; Anna había comprendido, con pena, que no podría discutir ciertos temas con Molly.

Molly sonrió secamente y dirigió a su amiga una mirada de reproche.

—Muy bien —concluyó—, pero te arrepentirás más tarde.

—¿Arrepentirme? —dijo Anna riendo sorprendida—. Molly, ¿es que nunca te vas a creer que la otra gente tiene las mismas ineptitudes que tú?

—Tú has tenido la suerte de que te concedieran un talento, no cuatro.

—Tal vez mi talento se ha visto presionado en la misma medida que tus cuatro.

—No puedo hablar contigo en este tono. ¿Te preparo un té mientras esperamos a Richard?

—Prefiero cerveza o algo parecido —dijo Anna antes de añadir, provocativa—: He pensado que quizá, dentro de un tiempo, podría darme a la bebida.

Molly contestó, con el tono de hermana mayor que Anna había provocado:

—No deberías hacer bromas, Anna. Especialmente cuando has visto cómo afecta a las personas… Mira a Marion. Me pregunto si habrá bebido mientras yo estaba fuera.

—Pues sí, ha bebido… Vino a verme varias veces.

—¿Vino a verte? ¿A ti?

—A esto es a lo que me refería cuando te decía que tú y yo parecemos ser intercambiables.

Molly tenía cierto sentido de la propiedad y mostró resentimiento, tal como Anna había supuesto.

—Supongo que vas a decir que Richard también ha venido a verte.

Anna asintió con la cabeza.

—Voy a por cerveza —anunció Molly en voz alta.

Regresó de la cocina con dos vasos altos que goteaban de frío.

—Bueno, más vale que me lo cuentes todo antes de que Richard llegue, ¿no crees?

Richard era el marido de Molly; mejor dicho, lo había sido. Molly era el producto de lo que ella llamaba «uno de aquellos veinte matrimonios». Su madre y su padre habían brillado muy brevemente en los círculos bohemios e intelectuales, cuyos focos lumínicos eran Huxley, Lawrence, Joyce, etcétera. Su infancia había sido desastrosa, pues el matrimonio de sus padres duró solo unos meses. Ella se había casado a los dieciocho años con el hijo de un amigo de su padre. Ahora sabía que lo hizo por alcanzar cierta seguridad e, incluso, respetabilidad. Tom, su hijo, era fruto de aquel matrimonio. A los veinte años, Richard ya había dado indicios de convertirse en el sólido hombre de negocios que finalmente había resultado; por lo tanto, Molly y él no toleraron aquella mutua incompatibilidad durante más de un año. Luego, él se casó con Marion y tuvieron tres chicos. Tommy se quedó con Molly. Richard y ella, una vez pasado el asunto del divorcio, volvieron a ser amigos. Después, Marion se hizo también amiga suya. Esta era, pues, la situación a la que Molly a menudo se refería diciendo: «En conjunto resulta curioso, ¿verdad?».

—Richard me vino a ver concretamente para hablar de Tommy —dijo Anna.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—¡Oh! Es idiota. Me preguntó si yo creía que era bueno para Tommy pasarse tanto tiempo meditando. Yo contesté que a cualquiera le hacía bien meditar, si por ello se entendía reflexionar, y que, de todos modos, como Tommy tenía veinte años y ya era mayor, no nos incumbía a nosotros.

—Pues no le hace ningún bien —dijo Molly.

—Me preguntó si yo creía que le haría bien a Tommy marcharse con no sé qué expedición a Alemania… Un viaje de negocios, con él. Yo le dije que se lo preguntara a Tommy, no a mí. Naturalmente, Tommy dijo que no.

—Claro. Pero siento que Tommy no fuera.

—La razón auténtica por la que vino fue, creo yo, Marion. Pero ella acababa de venir a verme y, por lo tanto, tenía prioridad, por decirlo así. O sea, que yo no iba a hablar de Marion. Me parece que va a venir a hablar de ella contigo.

Molly observaba a Anna detenidamente.

—¿Cuántas veces fue a verte Richard? —preguntó.

—Unas cinco o seis.

Después de un corto silencio, Molly dejó escapar su ira.

—Es muy curioso. Parece esperar que yo casi controle a Marion. ¿Por qué yo? ¿O tú? En fin, bien pensado, tal vez será mejor que te marches. Va a ser difícil, si ha tenido lugar toda una serie de complicaciones a mis espaldas.

—No, Molly —replicó Anna con firmeza—. Yo no pedí a Richard que viniera a verme. Ni se lo pedí tampoco a Marion. Al fin y al cabo, no es culpa tuya ni mía si la gente tiene la impresión de que hacemos el mismo papel. Yo les he dicho lo que habrías dicho tú… En fin, así me lo parece.

Había un tono de súplica festiva, casi infantil, en estas palabras. Pero era deliberado. Molly, la hermana mayor, sonrió.

—Bueno, está bien.

Seguía observando a Anna con atención, mientras esta procuraba fingir que no se daba cuenta. En aquel momento, Anna no quería decir a Molly lo que había ocurrido entre ella y Richard; no quería decírselo hasta que no le pudiera contar toda la historia de aquel desgraciado año pasado.

—¿Bebe mucho Marion ahora?

—Sí, me parece que sí.

—¿Y te lo ha contado todo?

—Sí. Con detalles. Y lo más curioso es que te juro que hablaba como si yo fuera tú. ¡Hasta se equivocaba, me llamaba Molly y otras cosas así!

—En fin, no sé —dijo Molly—. ¿Quién lo hubiera creído? Tú y yo nos parecemos como un huevo a una castaña.

—Tal vez no somos tan distintas —repuso Anna, pero Molly se rio con escepticismo.

Era una mujer más bien alta, de huesos grandes, aunque tenía un aspecto frágil, casi muchachil. Ello era debido a cómo llevaba el pelo, dorado, a mechas y cortado como un chico, así como a su modo de vestir. Para esto último tenía una enorme gracia instintiva; disfrutaba con los diversos estilos que le iban bien. Por ejemplo, tan pronto parecía una adolescente, con pantalones estrechos y jersey, como una sirena, con sus ojazos verdes maquillados, los pómulos marcados y luciendo un vestido que resaltara sus bien formados pechos.

Era uno de sus juegos secretos con la vida que Anna le envidiaba. No obstante, cuando le daba por reprocharse cosas, le decía a Anna que se avergonzaba de sí misma por lo mucho que disfrutaba representando distintos papeles:

—Es como si realmente fuera distinta. ¿No lo comprendes? Incluso me siento una persona distinta. Hay algo de desprecio en ello… ¿Sabes aquel hombre de quien te hablé la semana pasada? La primera vez, me vio con aquellos pantalones viejos y aquel jersey ancho… Pues bien; cuando me presenté en el restaurante nada menos que al estilo de una femme fatale, el pobre no sabía cómo tratarme; no dijo una palabra en toda la noche… Y yo disfrutaba. ¡Ya me dirás!

—Pero tú te divertías —le contestó Anna, riendo.

Anna, en cambio, era pequeña, delgada, morena, vivaracha, con unos ojos grandes y negros, muy abiertos, y un pelo lanoso. En conjunto, estaba satisfecha de su tipo, pero era siempre el mismo. Envidiaba la capacidad de Molly para reflejar sus cambios de humor. Anna se ponía ropa pulcra y delicada, lo que tendía a darle un aire peripuesto, o tal vez un poco estrafalario; confiaba en el efecto de sus manos, blancas y delicadas, y en la cara, pequeña y angulosa. Pero era tímida, incapaz de imponerse, y estaba convencida de que la pasaban fácilmente por alto.

Cuando las dos mujeres salían juntas, Anna se eclipsaba deliberadamente y contribuía a que el dramatismo de Molly se luciera. Cuando estaban solas, ella solía dominar. Sin embargo, esto no respondía de ningún modo a lo que había sucedido al comienzo de la amistad entre ellas. Molly, brusca, directa, sin tacto, había dominado francamente a Anna. Poco a poco, y a ello habían contribuido los buenos oficios de Madre Azúcar, Anna había aprendido a ser dueña de sí misma. Pero a veces debería contradecir a Molly y no lo hacía. Ella misma reconocía que era cobarde; siempre prefería ceder antes de provocar peleas y escenas. Una pelea deprimía a Anna durante días, mientras que a Molly le sentaba estupendamente. Rompía a llorar a gritos, decía cosas imperdonables, y al cabo de medio día se olvidaba de todo. Mientras tanto Anna, exhausta, se quedaba en el piso, reponiéndose.

Que las dos carecían de «seguridad» y de «raíces», palabras de la época de Madre Azúcar, era algo que ambas reconocían con mucha franqueza. Pero Anna, recientemente, había aprendido a usar estas palabras de un modo distinto, no como algo por lo que una debiera disculparse, sino como banderas o pancartas de una actitud que implicaba un sistema filosófico diferente. Había disfrutado imaginándose que decía a Molly:

—Nuestra actitud ante las cosas ha sido equivocada, y es por culpa de Madre Azúcar. ¿Qué son esta seguridad y este equilibrio que se suponen tan deseables? ¿Qué hay de malo en vivir emocionalmente a manos llenas en un mundo que está cambiando con tanta rapidez?

Sin embargo, en aquel momento, junto a Molly, Anna decía, como tantas otras veces antes:

—¿Por qué siento esta necesidad tan horrible de forzar a los otros a que vean las cosas como yo? Es infantil; ¿por qué habrían de hacerlo? En el fondo, me da miedo encontrarme a solas con mis sentimientos.

La habitación donde estaban se encontraba en el primer piso y daba a una calle estrecha de poco tránsito, con las ventanas de las casas llenas de tiestos de flores y los postigos pintados de colores. En la acera había tres gatos tumbados al sol, un pequinés y el carretón del lechero, que pasaba tarde porque era domingo. El lechero llevaba las mangas de su camisa blanca arremangadas; su hijo, un chico de dieciséis años, iba sacando botellas relucientes de una cesta de alambre para colocarlas frente a cada puerta. Al llegar a la ventana de las mujeres, el hombre alzó la cabeza y saludó.

—Ayer entró a tomar café —dijo Molly—. Inflado de orgullo. Su hijo ha conseguido una beca y el señor Gates quería que me enterara. Le dije enseguida, antes de que siguiera: «Mi hijo ha tenido todas estas ventajas, toda esta educación y mírelo, papando moscas. En cambio, el suyo no les ha costado ni un penique y ha conseguido una beca». «Así es», contestó él, «así son las cosas». Entonces pensé: «¡Que me maten si me quedo callada!». Y añadí: «Señor Gates, su hijo va a ascender a la clase media, con todos nosotros, y se encontrará con que usted no habla la misma lengua que él. Ya lo sabe, ¿verdad?». «¡Así es el mundo!», exclamó. «No, el mundo no es así», repuse. «Ni hablar. Lo que es así son las cosas en este maldito país, obsesionado por la distinción de clases.»

Porque el señor Gates es uno de esos malditos tories de la clase obrera, ¿sabes? Bueno, pues él me contestó: «El mundo es así, señorita Jacobs. ¿Dice usted que su hijo no sale adelante? Es triste». Y se marchó con la leche, mientras yo subía para encontrarme a Tommy sentado en la cama, sentado, sin más. Seguramente continúa igual, si es que está en casa. El chico del señor Gates es todo de una pieza, da la cara por lo que quiere. En cambio, Tommy… Desde que volví, hace tres días, todo lo que ha hecho es sentarse en la cama y pensar.

—Venga, Molly, no te preocupes tanto. Acabará bien.

Estaban asomadas a la ventana, mirando al señor Gates y a su hijo. Aquel era un hombre bajo, vigoroso y fuerte, mientras que este era un muchacho alto, robusto y bien parecido. Las dos mujeres miraban cómo el chico volvía con una cesta vacía, sacaba otra llena de la parte trasera del vehículo, y escuchaba las órdenes de su padre sonriente y moviendo la cabeza. En aquel momento, había una comprensión perfecta entre ambas: eran dos mujeres con hijos, sin el apoyo de un hombre, que intercambiaban una sonrisa contraída por la envidia.

—La cuestión es que ninguna de las dos estábamos dispuestas a casarnos solo para dar un padre a nuestros hijos —dijo Anna—. Así que ahora debemos aceptar las consecuencias…, si es que las hay. ¿Acaso tiene que haberlas?

—Para ti todo es fácil —contestó Molly con amargura—. Nada te preocupa; dejas tranquilamente que las cosas sigan su curso.

Anna se contuvo para no responder, pero luego hizo un esfuerzo para decir:

—No estoy de acuerdo. Exigimos demasiado. Hemos rechazado siempre comportarnos según las reglas. ¿Por qué, pues, nos alarmamos cuando el mundo no nos trata conforme a ellas? Eso es lo que ocurre.

—Ya empezamos —replicó Molly—. Pero yo no soy de las que teorizan. Tú siempre lo haces: frente a un conflicto, empiezas a inventarte teorías. Yo simplemente estoy preocupada por Tommy.

Anna no pudo contestar; el tono de su amiga era demasiado fuerte. Volvió a observar la calle. El señor Gates y su hijo desaparecían por la esquina, tirando del carretón rojo de la leche. Por el otro extremo de la calle apareció un nuevo motivo de atención; se trataba de un hombre empujando una carreta de mano y gritando: «Fresas recién llegadas del campo, fresas del campo mañaneras…».

Molly miró a Anna y esta asintió con la cabeza, con una sonrisa de niña pequeña. (Le incomodaba darse cuenta de que aquella sonrisa era para aplacar los reproches de Molly.)

—Compraré también para Richard —dijo Molly, y salió corriendo de la habitación tras recoger su bolso de encima de una silla.

Anna siguió asomada a la ventana en un espacio calentado por el sol y mirando a Molly, que conversaba enérgicamente con el hombre de las fresas. Molly se reía y gesticulaba, y el hombre sacudía la cabeza en desacuerdo, a la vez que llenaba el plato de aquella fruta roja y densa.

—Usted no tiene gastos —oía Anna—; ¿por qué hemos de pagar el mismo precio que en las tiendas?

—En las tiendas, señorita, no venden fresas acabadas de coger. Como estas no las hay.

—¡Venga, hombre! —exclamaba Molly llevándose el plato blanco lleno de fruta carmesí—. ¡Vaya estafa!

El hombre de las fresas, joven, pálido, flaco y con cara de hambre, alzó la cabeza gruñendo y miró hacia la ventana, a la que Molly volvía ya a asomarse. Al ver juntas a las dos mujeres, dijo mientras manipulaba la reluciente balanza:

—¡Gastos! ¿Qué sabe usted de gastos?

—Pues suba a tomar café y nos lo cuenta —gritó Molly, con la cara animada por el desafío.

El hombre bajó la cabeza y miró la calzada.

—Algunos tienen que trabajar; otros, no.

—Venga, hombre —insistió Molly—. No sea tan cascarrabias. Suba y coma fresas de las suyas. Yo le invito.

Él no sabía qué pensar. Se detuvo, ceñudo, su rostro joven con expresión incierta detrás de una cortina de pelo desteñido y grasiento.

—Sepa usted que yo no soy de esos —acabó observando en voz baja.

—Tú te lo pierdes —dijo Molly apartándose de la ventana y dirigiendo una carcajada a Anna, que estaba claro que se negaba a sentirse culpable.

No obstante, Anna volvió a asomarse, comprobó su opinión de lo que había ocurrido con una mirada a la espalda tiesa y resentida del hombre, y murmuró:

—Le has ofendido.

—¡Caray! —dijo Molly encogiéndose de hombros—. Es el retorno a Inglaterra… Tanto silencio, tanta susceptibilidad; me dan ganas de estallar y gritar y chillar cada vez que vuelvo a tocar esta tierra helada.

—Aun así, cree que te estabas burlando de él.

Otro comprador había salido de la casa de enfrente; era una mujer con el atuendo de estar por casa de los domingos: pantalones, una blusa y un pañuelo amarillo en la cabeza. El hombre de las fresas la servía, indiferente. Antes de alzar el mango con el que empujaba la carreta, volvió a mirar hacia la ventana y, al ver solo a Anna, con su pequeña barbilla escondida tras el antebrazo, sus ojos negros clavados en él y sonriente, refunfuñó de buen humor:

—Gastos, dice ella…

Y soltó un pequeño gruñido de fastidio. Las había perdonado.

Arrancó a andar calle arriba, detrás de las pilas de fruta roja y suave que brillaba al sol, gritando:

—¡Fresas frescas y tempranas, cogidas esta mañana!

Después, su voz se confundió con el rumor del tránsito de la calle principal, que se encontraba unos metros más allá.

Anna se volvió y encontró a Molly repartiendo las fresas en platos llenos de nata, encima del antepecho de la ventana.

—He decidido que no vale la pena dejar para Richard —dijo Molly—. No le gusta nunca nada. ¿Más cerveza?

—Con las fresas, vino; es de cajón —dijo Anna con glotonería.

Y movió la cuchara por entre la fruta para sentir su volumen blando y resbaladizo, y la nata deslizante bajo la capa rugosa del azúcar.

Molly llenó con destreza los vasos de vino y los puso encima del antepecho blanco. El sol cristalizaba junto a los vasos y sobre la blanca pintura, en oscilantes rombos de luz carmesí y amarilla, y las dos mujeres se sentaron frente a él; suspiraron de placer y extendieron las piernas al calor huidizo, contemplando los colores de la fruta en los platos relucientes y el rojo del vino.

Pero entonces llamaron a la puerta, y las dos, instintivamente, se recogieron en posturas más modestas. Molly volvió a asomarse a la ventana.

—¡Cuidado con la cabeza! —gritó al tiempo que dejaba caer la llave de la puerta envuelta en una bufanda vieja.

Observaron a Richard agacharse para coger la llave sin dirigir una sola mirada hacia arriba, a pesar de que debía de saber que por lo menos Molly estaba allí.

—Odia que haga esto —dijo ella—. ¿No es curioso, al cabo de tantos años? Su manera de expresarlo es hacer como que no ocurre.

Richard entró en la habitación. No aparentaba la edad madura a la que ya había llegado, debido a la tez morena adquirida durante unas tempranas vacaciones en Italia. Vestía una camisa amarilla, informal, bien entallada, y unos pantalones nuevos de color claro. Todos los domingos del año, fuera invierno o verano, Richard Portmain se ponía un atuendo que proclamaba que era un hombre hecho para el aire libre. Era miembro de varios distinguidos clubes de golf y tenis, aunque no jugaba más que por razones de negocios. Desde hacía tiempo tenía una casa en el campo, adonde enviaba a la familia por su cuenta; él solo iba algún fin de semana, cuando convenía invitar a amigos de negocios. Revelaba en todo su ser un hombre de ciudad. Pasaba los fines de semana recorriendo clubes, bares y tabernas. Tenía un cuerpo más bien bajo, compacto, casi grueso. Su cara redonda, atractiva cuando sonreía, tenía un gesto obstinado que llegaba a ser hosco cuando no sonreía. En conjunto, su cuerpo fornido, con la cabeza echada hacia delante y la mirada imperturbable, daba una impresión de decisión y tenacidad. En aquel momento le estaba entregando a Molly, con impaciencia, la llave medio envuelta en la bufanda escarlata de ella. Molly la tomó y se puso a deslizar la tela suave por entre sus dedos blancos y duros, mientras observaba:

—¿Dispuesto a pasar un día saludable en el campo, Richard?

Con un esfuerzo para encajar la broma, al fin y al cabo insignificante, él sonrió, tieso, y escudriñó, a través del resplandor del sol, el espacio junto a la ventana blanca. Cuando reparó en Anna frunció el ceño sin querer, la saludó rígidamente con la cabeza y se apresuró a sentarse en el extremo de la habitación opuesto al de ellas.

—No sabía que tenías una visita, Molly.

—Anna no es una visita. —Esperó deliberadamente a que Richard tuviera ocasión de gozar del espectáculo de ellas dos expuestas perezosamente al sol, con las caras vueltas hacia él en expresión interrogadora y al fin le ofreció—: ¿Vino, Richard? ¿Cerveza? ¿O tal vez una agradable taza de té?

—Si tuvieras whisky, no me vendría mal.

—Está junto a ti —dijo Molly.

Una vez dada la nota, a su entender muy masculina, se quedó inmóvil.

—He venido para hablar de Tommy —señaló, dirigiendo una elocuente mirada hacia Anna, que estaba comiéndose la última fresa.

—Por lo que he oído, ya has hablado de ello con Anna, así que los tres juntos podemos hablar de nuevo.

—O sea que Anna te ha dicho…

—No me ha dicho nada. Hoy es la primera vez que hemos conseguido vernos.

—O sea que estoy interrumpiendo vuestra primera cita —dijo Richard haciendo un esfuerzo sincero para mostrarse tolerante y jovial.

A pesar de ello resultaba condescendiente, y las dos mujeres respondieron con un gesto de malestar festivo.

Bruscamente, Richard se puso en pie.

—¿Ya te vas? —preguntó Molly.

—Voy a ver a Tommy.

Se había llenado los pulmones de aire para levantar la voz perentoriamente, tal como ellas esperaban, cuando Molly le atajó:

—Por favor, Richard, no le grites. Ya no es un niño. Aparte de que me parece que no está en casa.

—Sí que está.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque está asomado a la ventana de arriba. Me sorprende que no sepas siquiera si tu hijo está en casa.

—¿Por qué? No lo tengo atado.

—Sí, magnífico. Pero ya me dirás qué has conseguido con ello.

Los dos se enfrentaban cara a cara, serios y en franca pugna. Como respuesta a aquel «Ya me dirás qué has conseguido», Molly dijo:

—No estoy dispuesta a discutir sobre cómo se le debería haber educado. Antes de contar los tantos esperemos a que los tres tuyos hayan crecido.

—No he venido para hablar de mis tres hijos.

—¿Por qué no? Hemos hablado de ellos centenares de veces. Y supongo que con Anna igual.

Se produjo una pausa, en la que los dos controlaron su enojo, sorprendidos y alarmados de que ya hubiera llegado a tal intensidad. Su historia era la siguiente: se habían conocido en 1935. Molly estaba muy entregada a la causa de la República española. Richard también. (Aunque, como observaba Molly cuando él recordaba aquella desgraciada caída en el exotismo político: «¿Quién no lo estaba en aquella época?».) Los Portmain, una familia rica, suponiendo precipitadamente que aquello era la demostración de una tendencia permanente hacia el comunismo, le habían suprimido la pensión. (Tal como lo contaba Molly: «¡Chica, lo dejaron sin un penique! Naturalmente, Richard estaba encantado. Nunca jamás le habían tomado en serio. Inmediatamente, fue y se hizo del Partido».) Richard, que solo tenía talento para ganar dinero, lo que en aquella época todavía estaba por descubrir, fue mantenido por Molly durante dos años, mientras él se preparaba para ser escritor. (Molly se preguntaba, unos cuantos años más tarde: «¿Es posible imaginar cosa más trivial? Pero, claro, Richard tenía que ser vulgar en todo. Todo el mundo iba a convertirse en gran escritor, ¡todo el mundo! ¿Tú conoces el siniestro secreto de la guarida comunista? ¿La horrible verdad? Todos aquellos veteranos del Partido, toda aquella gente que una se imaginaba había pasado años no viviendo más que para el Partido, todos tenían un manuscrito o un pliego de poemas en el cajón. Todos iban a ser el Gorki o el Maiakovski contemporáneo. ¿No lo encuentras espantoso? ¿Lamentable? Absolutamente todos eran artistas fracasados. Estoy convencida de que esto es indicativo de algo, aunque no sé de qué».) Molly continuó manteniendo a Richard después de haberle dejado, durante meses, movida por una especie de desprecio. La repulsión de él hacia la política de izquierdas había sobrevenido repentinamente, y coincidía con su decisión de que Molly era inmoral, sentimental y bohemia. Ella tuvo la suerte de que él ya se hubiera liado con una chica. Aunque esta vinculación duró poco, llegó a divulgarse lo bastante para que no pudiera obtener el divorcio y la custodia de Tommy, como había amenazado hacer. Fue entonces cuando volvió a ser admitido en el seno de la familia Portmain, y cuando aceptó lo que Molly llamaba, con amistoso desdén, «un puesto en la City». No tenía idea todavía de lo poderoso que Richard se había vuelto con solo aquel acto de decidir heredar una posición. Luego él se casó con Marion, una chica muy joven, afectuosa, agradable y tranquila, hija de una familia pasablemente conocida. Tenían tres hijos.

Mientras tanto Molly, que tenía aptitud para distintas cosas, hacía un poco de danza, aunque la verdad es que no tenía el tipo físico de bailarina. Interpretó un número de canto y baile en una revista, decidió que era demasiado frívolo… y lo dejó para tomar clases de dibujo. Luego, al comienzo de la guerra, abandonó el dibujo para ponerse a trabajar como periodista, profesión que poco después cedió ante su vehemente deseo de trabajar en una de las ramas culturales del Partido Comunista. Finalmente, cesó en el Partido por la misma razón que lo hacían otros como ella: no podía soportar aquel aburrimiento mortal… y se convirtió en una actriz de segunda clase, resignándose, después de mucho sufrimiento, ante el hecho de que no era más que una diletante. Su orgullo era no haber cedido —así es como ella lo expresaba—, no haberse arrastrado hacia algún cobijo bien resguardado, hacia un matrimonio seguro.

Su secreta razón de malestar era Tommy, acerca del cual había tenido años de lucha con Richard. Este le reprochaba, con más fuerza que nunca, que ella se hubiera marchado lejos por un año, dejando al chico solo en la casa.

—He visto a Tommy a menudo este año —le dijo Richard resentido—, al dejarle solo…

—No me canso de explicarte —le interrumpió Holly—, o al menos lo intento, que lo medité con cuidado y decidí que le haría bien quedarse solo. ¿Por qué siempre hablas de él como si fuera un niño? Había cumplido diecinueve años, y le dejé en una casa bien acomodada, con dinero y todo organizado.

—¿Por qué no confiesas que lo pasaste fenomenal de comilona en comilona por toda Europa, libre de Tommy?

—Claro que lo he pasado bien. ¿Por qué no?

Richard rio fuerte y desagradablemente, y Molly dijo con impaciencia:

—¡Oh, por Dios! Claro que disfruté de sentirme libre por primera vez desde que tuve un hijo. ¿Por qué no? ¿Y tú? Tienes a Marion, la buena esposa, atada de pies y manos a los niños, mientras tú haces lo que te da la gana… Y hay algo más. Te lo he explicado cientos de veces, pero no escuchas. No quiero que se parezca a ninguno de estos malditos ingleses, pegaditos a las faldas de sus madres. Yo quiero que se despegue de mí. Sí, no te rías. No era sano permanecer los dos juntos en esta casa, siempre tan unidos y al corriente uno de lo que hacía el otro.

Richard hizo una mueca de disgusto.

—Sí, ya conozco tus teorías sobre la cuestión.

En este punto, Anna intervino:

—No es solo Molly… Todas las mujeres que conozco, quiero decir las mujeres de verdad, están preocupadas por si sus hijos van a crecer así… Y con mucha razón.

Ante esto, Richard reaccionó con una mirada hostil hacia Anna, mientras Molly les observaba con astucia.

—¿Así cómo, Anna?

—Quiero decir —contestó Anna con estudiada suavidad— si estarán insatisfechos con sus relaciones sexuales. ¿O crees que exagero…?

Richard se ruborizó; era un rubor oscuro y de mal augurio. De pronto se dirigió nuevamente a Molly.

—De acuerdo. Yo no digo que hicieras deliberadamente algo malo.

—Gracias.

—Pero ¿qué diablos le ocurre al chico? Jamás hizo un examen pasablemente correcto, se negó a ir a Oxford, y ahora se arrastra por los sitios, meditando y…

Anna y Molly soltaron una carcajada por la palabra «meditando».

—El chico me preocupa —afirmó Richard—. De verdad.

—Me preocupa a mí —dijo Molly con tono razonable—. Y de esto es de lo que vamos a hablar, ¿verdad?

—Me empeño en ofrecerle cosas. Le invito a toda clase de sitios para que conozca a gente que le pueda hacer bien.

Molly volvió a reír.

—Muy bien, ríete y búrlate. Pero al punto al que han llegado las cosas, no podemos reírnos.

—Cuando has dicho hacerle bien, imaginé que querías decir en el aspecto emocional. Siempre me olvido de que eres pretencioso.

—Las palabras no hieren a nadie —dijo Richard con insólita dignidad—. Insúltame si quieres. Tú has vivido de una manera; yo, de otra. Lo que intento decir es que estoy en una posición en la que le puedo ofrecer a este chico…, en fin, lo que quiera. Y él ni caso. Si hubiera emprendido algo constructivo a tu manera, sería otra cosa.

—Tú siempre hablas como si yo tratara de predisponer a Tommy contra ti.

—¿Y acaso no es así?

—Si te refieres a que yo siempre he dicho lo que pensaba de tu manera de vivir, de tus principios, de tus ideas sobre el éxito, de todo eso, pues claro que sí. ¿Por qué tendría que callarme lo que creo? Pero siempre le he dicho: «Ahí está tu padre; tienes que conocer su mundo, pues, al fin y al cabo, existe».

—Muy magnánima.

—Molly siempre le apremia a que pase más tiempo contigo —aseguró Anna—. Lo he visto. Y yo también se lo he dicho...

Richard hizo un gesto de impaciencia con la cabeza, sugiriendo que lo que le hubieran dicho no tenía importancia.

—Tú eres muy estúpido con los niños, Richard. No les gusta que los dividan —intervino Molly—. Fíjate en la gente que ha conocido conmigo: pintores, escritores, actores…

—Y políticos. No te olvides de los camaradas.

—Bueno, ¿y qué? Crecerá con un conocimiento del mundo en que vive, que es más de lo que tú puedes presumir con tus tres hijos. Eton y Oxford, eso es lo que va a ser el mundo para los tres. Tommy conoce a toda clase de gente. Para él el mundo no será como para los que lo miran desde esa vitrina de la clase alta.

—No vais a conseguir nada si continuáis así —dijo Anna. Parecía enfadada, pero intentó arreglarlo con una broma—: Lo que ocurre es que vosotros dos no deberíais haberos casado y os casasteis. O, por lo menos, no deberíais haber tenido ningún hijo, pero lo tuvisteis… —Volvía a hablar con voz enojada, y otra vez suavizó el tono—: ¿Os dais cuenta de que los dos habéis dicho las mismas cosas, una y otra vez, durante años? ¿Por qué no os resignáis a que nunca estaréis de acuerdo en nada y acabáis con ello?

—¿Cómo podemos acabar con ello, tratándose de Tommy? —inquirió Richard con irritación y en voz muy alta.

—¿Es necesario gritar? —le reprendió Anna—. ¿Cómo puedes estar seguro de que no lo ha oído todo? Seguramente de ahí vienen los problemas. Debe de sentirse como la manzana de la discordia.

Molly corrió hacia la puerta, la abrió y escuchó.

—Tonterías. Le oigo escribir a máquina arriba —aseguró antes de añadir—: Anna, me cargas cuando adoptas esta actitud de inglesa tan austera.

—Odio los gritos.

—Pues yo soy judía, y a mí me gustan.

Se veía que Richard volvía a agitarse.

—Sí, y te haces llamar señorita Jacobs. Señorita, para salvaguardar tu derecho a la independencia y a tu identidad… Entendiendo por tal Dios sabe qué. Pero Tommy tiene a la señorita Jacobs por madre.

—No es el señorita lo que te molesta —dijo Molly alegremente—. Es el Jacobs. Claro que sí. Siempre has sido antisemita.

—¡Oh, vete al diablo! —exclamó Richard con tono impaciente.

—Dime, ¿cuántos judíos se cuentan entre tus amigos íntimos?

—Según tú, yo no tengo amigos íntimos, solo tengo amigos de negocios.

—Si exceptúas a tus amigas, naturalmente. Me parece interesante el que, después de mí, tres de tus mujeres hayan sido judías.

—¡Por Dios! —atajó Anna—. Me marcho a casa.

Y, realmente, se bajó de la ventana. Molly se levantó riéndose y le dio un empujón para que volviera a sentarse.

—Tienes que quedarte —argumentó—. Tú llevas la discusión; lo necesitamos.

—Muy bien —aceptó Anna, con firmeza—. Así lo haré. Pero dejad de reñir. Vamos a ver, ¿de qué se trata? El hecho es que todos estamos de acuerdo, todos aconsejamos lo mismo, ¿no es eso?

—Ah, ¿sí? —preguntó Richard.

—Sí. Molly opina que tú deberías ofrecer a Tommy algún trabajo en uno de tus tinglados.

Anna, lo mismo que Molly, hablaba con desprecio automático del mundo de Richard; este compuso una mueca de irritación.

—¿En uno de mis tinglados? ¿Y tú estás de acuerdo, Molly?

—Si me das una oportunidad para opinar, pues sí.

—¡Ya está! —concluyó Anna—. Lo cierto es que no hay razón ni para discutir.

Richard se sirvió un whisky con un gesto de paciente benevolencia, en tanto que Molly aguardaba con benevolente paciencia.

—¿Así que todo está solucionado? —dijo Richard.

—Naturalmente que no —replicó Anna—. Tommy tiene que estar de acuerdo.

—O sea que volvemos al punto de partida. Molly, ¿se puede saber por qué no estás en contra de que tu precioso hijo se mezcle con las huestes de Mamón?

—Porque yo le he educado de tal modo que… Es una buena persona, es honesto.

—¿O sea que no puede ser corrompido por mí? —Richard hablaba con ira contenida, sonriendo—. ¿Y se puede saber de dónde sacas esta fantástica seguridad en tus principios? Bien que han sufrido sus altos y bajos estos dos años pasados, ¿no es así?

Las dos mujeres se miraron, como diciéndose: «No podía menos de decirlo; capeemos el temporal».

—¿No se te ha ocurrido nunca que el verdadero problema de Tommy es que la mitad de su vida la ha pasado rodeado de comunistas o de gente que pretendía serlo? Casi toda la gente que él ha conocido estaba de un modo u otro implicada en ello. Y ahora todos salen del Partido o ya están fuera. ¿No te parece que esto ha debido de afectarle?

—Pues claro que sí —repuso Molly.

—¡Naturalmente! —exclamó Richard con una sonrisa de exasperación—. Es obvio que se trata de eso. Pero ¿qué valen tus preciosos principios? Tommy ha crecido en la fe de la belleza y la libertad de la gloriosa patria soviética.

—No estoy dispuesta a discutir de política contigo, Richard.

—No, claro que no —dijo Anna—. No deberíais discutir de política.

—¿Por qué no, si concierne al caso?

—Porque tú no discutes —afirmó Molly—. Tú solo usas frases de los periódicos.

—Bien, permíteme que te lo plantee del siguiente modo: hace dos años, tú y Anna ibais a muchos mítines y estabais siempre a punto para organizar lo que fuera…

—Yo no —replicó Anna.

—No importa. Molly sí. Y ahora, ¿qué? Rusia ha caído en desgracia, y ¿qué valen los camaradas ahora? La mayoría de ellos sufren depresiones nerviosas o están ganando mucho dinero, por lo que veo.

—La cuestión —argumentó Anna— es que el socialismo, en este país, está de capa caída…

—En este país y en todas partes.

—De acuerdo. Si quieres decir que uno de los problemas de Tommy es que creció en un ambiente socialista y que los tiempos no son fáciles para ser socialista…, bueno, estamos de acuerdo.

—Estamos de acuerdo. Pero ¿ese plural es el real, el socialista, o simplemente es el de Anna y Molly?

—El socialista, para el caso —contestó Anna.

—Y, sin embargo, en estos dos últimos años, habéis dado un viraje.

—No, no es verdad. Es una cuestión de cómo se enfoca la vida.

—¿Queréis hacerme creer que ser socialista consiste en enfocar la vida como lo hacéis vosotras, como una especie de anarquía, según me parece a mí?

Anna miró a Molly, y esta hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, pero Richard lo vio.

—No se discute en presencia de los niños, ¿verdad? Lo que me deja atónito es vuestra fantástica arrogancia. ¿De dónde la sacas, Molly? ¿Qué eres tú? De momento, tienes un papel en una obra maestra llamada Las alas de Cupido.

—Las actrices de segunda clase no podemos escoger las piezas. Además, he pasado un año revoloteando, sin ganar dinero, y estoy en la ruina.

—¿O sea que tu aplomo procede de holgazanear por ahí? Porque seguro que no viene del trabajo que haces.

—Alto —dijo Anna—. Yo soy el moderador… Se terminó esta discusión. Hablemos de Tommy.

Molly no hizo caso de Anna y pasó al ataque.

—Lo que dices de mí puede que sea o no sea verdad. Pero tú, ¿de dónde sacas el aplomo? No quiero que Tommy sea un hombre de negocios. Y tú, precisamente tú, no puedes ponerte como modelo de lo buena que es esa vida. Cualquiera puede dedicarse a los negocios, tú mismo me lo has dicho. Vamos, Richard, ¿cuántas veces has venido a verme y, sentado en este sillón, me has dicho cuán vacía y tonta era tu vida?

Anna hizo un rápido gesto de advertencia.

—De acuerdo, no soy oportuna —añadió Holly encogiéndose de hombros—. ¿Por qué debería serlo? Richard dice que mi vida no vale mucho; de acuerdo, también. Pero ¿y la suya? Tu pobre Marion se ve tratada como ama de casa o como anfitriona, pero jamás como ser humano. Tus chicos están marcados por el molde de las clases altas por mero capricho tuyo, a la fuerza. Tus amoríos son estúpidos. ¿Qué razón me das para admirarte?

—Por lo visto habéis estado hablando de mí —arguyó Richard con una mirada de abierta hostilidad hacia Anna.

—No, eso no es verdad —aseguró Anna—. O, por lo menos, no hemos dicho nada nuevo. Además, estamos hablando de Tommy. Vino a verme y yo le dije que se dirigiera a ti, Richard, que a lo mejor podía hacer uno de esos trabajos de expertos, no de negocios (es ridículo hacer solo negocios), sino algo constructivo, como las Naciones Unidas o la Unesco. Tú podrías conseguirle un empleo, ¿no?

—Sí, es posible.

—¿Qué dijo él, Anna? —preguntó Molly.

—Dijo que quería estar solo y pensar. ¿Y por qué no? Tiene veinte años. ¿Por qué no puede reflexionar y experimentar con la vida, si esto es lo que desea hacer? ¿Qué razón hay para forzarle?

—El problema de Tommy es que nadie le ha forzado nunca a hacer nada —afirmó Richard.

—Gracias —dijo Molly.

—No ha tenido nunca una orientación. Molly se ha limitado a dejarle solo, como si fuera un adulto, desde siempre. ¿Qué imaginas que significa para un niño la libertad, el «decide por tu cuenta», el «no quiero forzarte…» y, al mismo tiempo, los camaradas, la disciplina, el sacrificio personal y la sumisión a la autoridad…?

—Lo que debes hacer es lo siguiente —le cortó Molly—: búscale un empleo en uno de tus tinglados, que no consista en vender acciones o fomentar la producción o ganar dinero. A ver si encuentras algo constructivo. Entonces se lo propones a Tommy y déjale que decida.

Richard tenía el rostro rojo de ira, por encima de aquella camisa demasiado amarilla y demasiado estrecha, y sujetaba el vaso de whisky con las dos manos, dándole vueltas, los ojos fijos en él.

—Gracias —estalló por fin—. Lo haré.

Lo decía con una confianza tan obstinada en la calidad de lo que iba a ofrecer a su hijo que Anna y Molly volvieron a mirarse, levantando las cejas en un signo evidente de que consideraban que la conversación había sido en vano, para variar. Richard interceptó el cambio de miradas.

—¡Sois tan ingenuas, vosotras dos! —comentó.

—¿En cuanto a los negocios? —inquirió Molly con una alegre carcajada.

—En cuanto a los grandes negocios —asintió Anna con calma, risueña, pues en sus conversaciones con Richard le sorprendió descubrir la magnitud de su poder.

Eso no había engrandecido la idea que ella tenía de él, sino que lo había empequeñecido contra el fondo de las finanzas internacionales. Y había sentido mayor afecto hacia Molly por su falta total de respeto hacia aquel hombre que había sido su marido y que, realmente, era uno de los magnates de la nación.

—Aaah —gruñó Molly con impaciencia.

—Negocios muy gordos —dijo Anna riendo e intentando llamar la atención de Molly.

Pero la actriz hizo un gesto de indiferencia, con su peculiar y amplio movimiento de hombros, alzando sus manos blancas con las palmas vueltas hacia el techo y dejándolas posarse sobre las rodillas.

—Trataré de impresionarla más tarde —sugirió Anna a Richard—. O, por lo menos, lo intentaré.

—¿De qué hablas? —inquirió Molly.

—Es inútil —dijo Richard con sarcasmo, malhumor y resentimiento.

—¿No sabes que durante todos estos años ni se le ha ocurrido preguntar?

—Has pagado el colegio de Tommy, y eso es todo lo que te he pedido.

—Tú nos has estado pintando a Richard, durante años, como una especie de…, en fin, como un pequeño negociante con cierta iniciativa, como un tendero venido a menos —explicó Anna—. Y ahora resulta que es un magnate. Pero un potentado de verdad, un pez gordo, una de las personas a quienes debemos odiar…, en principio —concluyó riéndose.

—¿De verdad? —dijo Molly con interés, contemplando a su marido medianamente sorprendida de que aquel hombre común, y en su opinión no muy inteligente, pudiera ser alguien de cierta importancia.

Anna comprendió la mirada —era lo mismo que ella sentía— y rio.

—¡Dios mío! —exclamó Richard—. Hablar con vosotras dos es como hablar con un par de salvajes.

—¿Por qué? —preguntó Molly—. ¿Deberíamos mostrarnos impresionadas? Ni siquiera es mérito tuyo. Lo has heredado, simplemente.

—¿Y qué importa? Lo que me importa es la cosa en sí. Puede que sea un mal sistema, no voy a discutirlo… Claro que con vosotras sería imposible. En economía sois unas paletas, pese a que eso es lo que hace funcionar al país.

—Sí, claro —profirió Molly con las manos todavía encima de las rodillas, las palmas vueltas hacia arriba.

Al decir esto, las juntó sobre el regazo, imitando inconscientemente el gesto de un niño atento a la lección.

—¿Por qué despreciarlo? —preguntó Richard con clara intención de seguir, pero interrumpiéndose al mirar aquellas manos mansamente burlonas. Y terminó por exclamar con un tono de renuncia—: ¡Oh, Dios!

—¡Pero si no despreciamos la economía! Es demasiado… anónima para despreciarla. Nosotras te despreciamos a… —Molly suprimió la palabra «ti», y como si se diera cuenta de que cometía una falta de educación, hizo que sus manos abandonaran aquella actitud de silenciosa impertinencia.

Se apresuró a esconderlas detrás de la espalda, mientras Anna, observándola, pensaba divertida: «Si le dijera a Molly que ha interrumpido a Richard burlándose de él solo con las manos, no sabría a qué me refiero. Qué estupendo poder hacer esto, qué suerte tiene…».

—Sí, ya sé que me despreciáis, pero ¿por qué? Tú eres una actriz de éxito mediano y Anna escribió una vez un libro.

Las manos de Molly surgieron de pronto instintivamente de detrás de ella y, tocándose con los dedos, distraída, la rodilla, repuso:

—Qué pesado eres, Richard.

Entonces, él la miró y frunció el ceño.

—Esto no tiene nada que ver —dijo Molly.

—Ah, ya.

—Es que nosotras no hemos capitulado —añadió Molly gravemente.

—¿Ante qué?

—Si no lo sabes, no te lo podemos decir.

Richard estaba a punto de salir disparado de la silla. Anna alcanzaba a ver cómo los músculos le temblaban, muy tensos; quiso evitar una pelea y dijo, precipitadamente, para atraer hacia sí la ira de Richard:

—Este es el problema, que tú hablas y hablas, pero estás tan lejos de lo real… Nunca entiendes nada.

Lo logró. Richard giró todo su cuerpo hacia ella, inclinándose de tal modo que Anna vio cómo se le echaban casi encima aquellos brazos tersos y calientes, tenuemente cubiertos de un dorado vello, con el cuello desnudo y moreno, la cara de un tono rojizo y sofocada. Ella se desplazó un poco hacia atrás, con una expresión inconsciente de repugnancia, mientras él decía:

—En fin, Anna, he tenido el privilegio de conocerte mejor que antes, y no puedo decir que te admire por lo bien que sabes lo que quieres, lo que piensas o cómo hay que tomarse las cosas.

Anna, consciente de que enrojecía, le miró a los ojos con un esfuerzo y, arrastrando las palabras deliberadamente, repuso:

—Tal vez lo que no te gusta es que sé lo que quiero. He estado siempre dispuesta a experimentar, nunca pretendo convencerme para que lo mediocre sea más que mediocre, y sé cuándo hay que decir que no.

Molly, mirando a uno y a otra rápidamente, resopló, hizo un gesto de exclamación con las manos, dejándolas caer separadas y con énfasis sobre las rodillas, e inconscientemente asintió con la cabeza…, en parte porque acababa de confirmar una sospecha y en parte porque aprobaba la brusquedad de Anna.

—¡Eh! ¿Qué es esto? —exclamó lentamente y con arrogancia, de modo que Richard se apartó de Anna y la miró—. Si nos vuelves a atacar por la manera como vivimos, lo único que te puedo decir es que cuanto menos hables, mejor, teniendo en cuenta tu vida privada.

—Yo conservo las formas —se defendió Richard con una disposición tal para adaptarse al papel que ellas esperaban de él que las dos se echaron a reír a la vez.

—Sí, querido, ya lo sabemos —convino Molly—. En fin, ¿cómo está Marion? Me encantaría saberlo.

Por tercera vez, Richard afirmó:

—Ya veo que habéis hablado de ello.

—Le he dicho a Molly que viniste a verme —aclaró Anna—. Le he dicho lo que no te dije a ti…, que Marion había venido a verme.

—Bueno, ¿y qué? —inquirió Molly.

—Pues nada —dijo Anna, como si Richard no estuviera presente—, que Richard está preocupado porque Marion le resulta un problema.

—Eso no es nada nuevo —repuso Molly con el mismo tono.

Richard se quedó inmóvil mirando alternativamente a las dos mujeres, que aguardaban, dispuestas a cambiar de tema, a que él se levantara y se fuera, a que se defendiera… Pero él no decía nada. Parecía fascinado por el espectáculo de las dos mujeres, ostentosamente hostiles hacia él; una cómica pareja unida en su aversión. Llegó incluso a dar pruebas de asentimiento con la cabeza, como si dijera: «Bien, seguid».

—Como todos sabemos —añadió Molly—, Richard se casó con una mujer inferior a él… No en el aspecto social, no…, bastante se cuidó él de no hacer tal cosa…, sino, según sus propias palabras, con una mujer agradable y sencilla, aunque afortunadamente provista de toda una serie de lores y ladies esparcida por las ramas colaterales de la familia, muy útiles, qué duda cabe, para dar nombre a las empresas.

En este punto, Anna soltó un bufido sarcástico, pues ni los lores ni las ladies tenían nada que ver con el tipo de dinero que Richard controlaba. Pero Molly no hizo caso de la interrupción y continuó:

—Claro que casi todos los hombres que conocemos están casados con mujeres agradables, sencillas y deprimentes. Es una pena, pobres. La verdad, Marion es una persona excelente, nada tonta, aunque ha estado casada durante quince años con un hombre que la hace creerse estúpida…

—¡Qué harían estos hombres sin sus estúpidas esposas! —comentó Anna suspirando.

—¡Oh, no lo puedo ni imaginar! Cuando quiero estar deprimida de veras, me pongo a pensar en todos los hombres brillantes que conozco, casados con esposas estúpidas. Se me parte el alma, en serio. Y, claro, ahí tenemos a la tonta y vulgar Marion. Como es natural, Richard le fue fiel durante el mismo espacio de tiempo que los otros, es decir, hasta que ella fue a la clínica para tener el primer niño.

—¿Por qué necesitáis remontaros tanto? —exclamó Richard involuntariamente, como si aquella hubiera sido una conversación en serio, y de nuevo las dos mujeres rompieron a reír.

Molly paró de reírse y dijo con seriedad, aunque impaciente:

—¡Por Dios, Richard! ¿Por qué hablas como un idiota? No haces más que compadecerte porque Marion es tu talón de Aquiles y aún nos preguntas por qué hemos de remontarnos tan al principio. —Hizo una pausa antes de espetarle, muy seria y acusadora—: Cuando Marion fue a la clínica.

—De eso hace trece años —adujo Richard, agraviado.

—Te apresuraste a venir a verme a mí. Parecías convencido de que me acostaría contigo, y llegaste a sentirte herido en tu orgullo masculino porque rehusé. ¿Te acuerdas? Es que nosotras, las mujeres libres, sabemos que en el momento en que las esposas de nuestros amigos van a la clínica, sus queridos Tom, Dick o Harry vienen enseguida a vernos, ansiosos siempre de acostarse con las amigas de sus mujeres. ¡Dios sabrá por qué, pero es uno de esos fascinantes fenómenos psicológicos! En fin, es un hecho. Yo no iba a aceptarlo, así que no sé a quién acudiste…

—¿Cómo sabes que me acosté con alguien?

—Porque Marion lo sabe. Es una pena cómo se saben estas cosas. Tú has tenido toda una serie de chicas desde entonces, y Marion ha sabido de todas ellas, porque tú tienes que confesarle todos tus pecados. No sería tan divertido si no se lo contaras todo, ¿verdad?

Richard hizo un movimiento como si fuera a levantarse e irse; Anna vio de nuevo cómo se le tensaban los músculos de las piernas, y luego se le relajaban. Cambió de parecer y siguió inmóvil. Fruncía la boca con una extraña sonrisita. Daba la impresión del hombre decidido a sonreír bajo el látigo.

—Mientras tanto, Marion criaba a tres niños. Se sentía muy desgraciada. De vez en cuando, tú insinuabas que no estaría mal si se echara un amante…, equilibraría las cosas. Incluso llegaste a sugerir que era una burguesa convencional y monótona… —Molly volvió a hacer una pausa, sonriendo a Richard, y añadió—: ¡Eres tan hipócrita y condescendiente!

Lo dijo con un tono casi amistoso, aunque con algo de desprecio. Y de nuevo Richard movió las piernas al sentirse incómodo, y pidió, como si estuviera hipnotizado:

—Continúa. —Luego, viendo que era una provocación excesiva, rectificó rápidamente—: Tengo interés en ver cómo lo describes.

—No va a resultarte nuevo —contestó Molly—. No sé de una sola vez en que me callara lo que pensaba de cómo tratas a Marion. La has dejado siempre sola, aparte del primer año. Cuando los niños eran pequeños, no te vio nunca el pelo, excepto si se trataba de recibir amistades de negocios en tu casa o de organizar cenas elegantes y todas estas tonterías. Pero nunca te interesaste por ella. Entonces un hombre le demostró interés y fue lo suficientemente ingenua para creer que tú no objetarías nada… ¡Al fin y al cabo, le habías dicho tantas veces que se echara un amante cuando ella se quejaba de tus amigas! Así que ella tuvo una aventura y se armó la de Dios. Tú no lo podías aguantar y empezaste a amenazarla. Entonces él quiso casarse con ella y llevarse a los tres niños…; sí, señor, la quería tanto como para eso. Pero no. Tú te pusiste a dar sermones de moral a voz en cuello, más fanático que un profeta del Antiguo Testamento.

—Él era demasiado joven para ella; no habría durado.

—¿Quieres decir que tal vez ella no habría sido feliz con él? ¿Acaso a ti te preocupaba que ella fuera o no feliz? —inquirió Molly con una carcajada de desprecio—. No: era tu vanidad herida. Te esforzaste realmente para volver a seducirla; no paraste de montar escenas de celos y de cariño hasta que, por fin, ella rompió con él. Y en el momento en que la tuviste bien segura, perdiste todo el interés y volviste a acostarte con las secretarias en aquel fantástico sofá que tienes en tu suntuoso despacho. Y tú crees que es muy injusto que Marion sea desgraciada y se queje y beba más de lo que le conviene. O quizá sería mejor decir: más de lo que le conviene como mujer de un hombre de tu posición. En fin, Anna, ¿hay algo nuevo desde que me marché, hace un año?

—No tenéis por qué convertir esto en un dramón —dijo Richard enfadado.

Ahora que Anna iba a intervenir y que ya no era una discusión con su antigua mujer, Richard estaba enojado.

—Richard vino a verme para preguntarme si yo creía que había suficientes razones para mandar a Marion a un sanatorio o a algún lugar parecido. Porque estaba resultando una influencia pésima para los chicos.

Molly aspiró una bocanada de aire.

—Supongo que no lo has hecho —aventuró.

—No. Pero no alcanzo a comprender por qué resulta tan terrible. Estaba pasando una temporada en que bebía mucho, y para los chicos es malo… Paul tiene ya trece años y la encontró una noche en que se había levantado a beber agua… Estaba en el suelo, inconsciente, bebida.

—¿Tenías de verdad intención de enviarla lejos?

La voz de Molly sonaba ahora neutra y vacía, pero con cierto matiz de censura.

—Bueno, Molly, bueno. Pero ¿qué harías tú? Y no te preocupes, que tu lugarteniente se escandalizó tanto como tú. Anna me hizo sentir todo lo culpable que a ti te gusta. —Volvía a reírse, aunque con cierta tristeza—. Y la verdad es que cuando salgo de esta casa me pregunto si realmente merezco tan poca simpatía. ¡Exageras tanto, Molly! Me tratas como si fuera una especie de Barba Azul. He tenido una media docena de aventuras sin importancia. Como todos los hombres que conozco que llevan casados cierto tiempo. Pero sus mujeres no beben por ello…

—Tal vez habría sido mejor que hubieras escogido una mujer realmente estúpida y sin sensibilidad —sugirió Molly—. Si, al menos, no le hubieras informado de lo que hacías… ¡Estúpido! Es mil veces mejor que tú.

—Sí, por descontado —admitió Richard—. Tú supones siempre que las mujeres son mejores que los hombres. Pero eso no ayuda en nada. Mira, Molly, Marion confía en ti. Por favor, ve a verla en cuanto puedas y háblale.

—¿Para decirle qué?

—¡Yo qué sé! No me importa, lo que sea… Insúltame si quieres, pero a ver si deja de beber.

Molly suspiró teatralmente y se quedó mirándole con un gesto de semidesprecio en la boca.

—En fin, de verdad que no sé —dijo por último—. Realmente, es todo muy curioso. Richard, ¿por qué no haces tú algo? ¿Por qué no hacer lo posible para que sienta que le gustas, por lo menos? Te la llevas de vacaciones o lo que sea.

—Me la llevé a Italia.

A pesar suyo, la voz le sonó llena de resentimiento por haber tenido que hacer aquel viaje.

—¡Richard! —exclamaron las dos a la vez.

—No disfruta en mi compañía… —prosiguió Richard—. Me espiaba todo el tiempo… Continuamente podía notar cómo espiaba si yo miraba a alguna mujer, esperando a que me delatara. No lo aguanto.

—¿Bebía mientras estabais de vacaciones?

—No, pero…

—¿Ves? —dijo Molly abriendo sus grandes manos blancas, como diciendo: «¿Qué más queda por aclarar?».

—Mira, Molly, no bebía porque era como una competición, ¿comprendes? Casi como un pacto. Yo no bebo si tú no miras a las chicas. Por poco enloquezco. Además, los hombres nos encontramos con ciertas dificultades prácticas… Bueno, estoy seguro de que vosotras dos, como mujeres emancipadas que sois, lo comprenderéis; pero yo no puedo hacer nada con una mujer que me vigila como un carcelero… Acostarse con Marion después de una de aquellas tardes maravillosas era, en cierto modo, como un reto, como un «a ver si quedas bien». Total, que con Marion no conseguí que se me levantara. ¿Entendéis lo que quiero decir? Y ya hace una semana que estamos de vuelta. De momento, todo parece funcionar. He pasado todas las noches en casa, como un buen marido: nos sentamos en el salón y nos comportamos muy bien. Ella procura no preguntarme qué he hecho o a quién he visto, y yo procuro no dirigir la vista hacia la botella de whisky. Pero la miro cuando sale de la habitación y alcanzo a oír su cerebro que va diciendo, como un tic: «Debe de haber estado con alguna mujer, porque no me desea». Es un infierno, de verdad. ¡De acuerdo! —gritó de pronto, doblándose hacia delante y haciendo un esfuerzo desesperado para ser sincero—. De acuerdo, Molly.

Pero no se puede pedir todo. Vosotras sermoneáis mucho sobre el matrimonio… Puede que tengáis razón; tal vez sí. Todavía no he visto ni un matrimonio que se acercara a lo que se supone que debería ser. De acuerdo. Pero vosotras cuidáis de manteneros bien alejadas de todo ello. Es una institución endiablada, de acuerdo. Pero yo estoy metido en ella y vosotras habláis desde fuera, bien a salvo.

Anna miró a Molly con dureza, y esta levantó las cejas con un suspiro.

—¿Y ahora qué? —preguntó Richard jovial.

—Estamos reflexionando sobre cuán a salvo nos encontramos estando al margen —dijo Anna con el mismo tono.

—Basta de bromas —intervino Molly—. ¿Tienes idea del precio que nos hacen pagar a las mujeres como nosotras?

—Bueno —repuso Richard—, no lo sé, y la verdad es que vosotras os lo habéis buscado. ¿Por qué debería importarme? Lo que sé es que hay un problema que vosotras no tenéis…, un problema puramente físico. ¿Cómo lograr una erección con la mujer que está casada con uno desde hace quince años?

Esto lo dijo con tono de camaradería, como quien pone sobre la mesa la última carta, olvidados ya todos los resentimientos.

Al cabo de una pausa, Anna observó:

—Tal vez sería más fácil si hubieras adquirido la costumbre.

—¿Problema físico, dices? —exclamó Molly interrumpiendo—. ¿Físico? Es emocional. Empezaste a acostarte con otras porque tenías un problema emocional… No tiene nada que ver con lo físico.

—Ah, ¿no? Es fácil para las mujeres.

—No, no es fácil para las mujeres. Pero por lo menos tenemos más sentido común y no usamos esas palabras de físico y emocional como si no estuvieran relacionadas.

Richard se arrellanó en el sillón y rompió a reír.

—Muy bien —dijo por fin—. Estoy equivocado. Claro, de acuerdo… Debí suponerlo. Pero quiero que me contestéis a una pregunta: ¿creéis realmente que todo es culpa mía? Yo soy el malo, según vosotras. Pero ¿por qué?

—Deberías haberla querido —replicó Anna simplemente.

—Eso es —añadió Molly.

—¡Señor! —exclamó Richard, perplejo—. ¡Dios bendito! En fin, me doy por vencido. Después de todo lo que he dicho, y mirad que no me ha sido nada fácil… —Esto lo dijo en tono casi amenazador, y se puso rojo cuando las dos mujeres soltaron el trapo, desternillándose de risa—. No, no es fácil hablar de asuntos sexuales con mujeres.

—No sé por qué. No ha sido ningún descubrimiento lo que has dicho —dijo Molly.

—¡Eres un… asno tan presumido! —añadió Anna—. Sacas del buche todo eso como si fuera la última revelación de yo qué sé qué oráculo. ¿A que hablas de cuestiones sexuales cuando estás solo con una chica? Entonces ¿para qué adoptar esta pose de hombre en el casino, solo porque estamos nosotras dos?

—No hemos decidido nada acerca de Tommy —se apresuró a intervenir Molly.

Se produjo un movimiento detrás de la puerta, que Anna y Molly oyeron, pero Richard no.

—De acuerdo, Anna, me inclino ante vuestro mundo. No hay nada que añadir. Bien. Ahora quiero que vosotras, mujeres superiores, arregléis una cosa. Quiero que Tommy venga una temporada conmigo y con Marion. Si él se digna. ¿O es que no le gusta Marion?

Molly bajó la voz y contestó, mirando hacia la puerta:

—No te preocupes por eso. Cuando Marion viene a verme, Tommy y ella conversan durante horas.

Se produjo otro ruido, como una tos o algo al caer al suelo. Los tres se quedaron en silencio al abrirse la puerta y entrar Tommy.

No era posible adivinar si había oído algo o no. Saludó primero a su padre, atentamente.

—Hola, padre.

Luego hizo un gesto con la cabeza a Anna, manteniendo los ojos bajos para evitar que le recordara que la última vez que se habían visto él se había franqueado ante su comprensiva curiosidad; y a su madre le dirigió una sonrisa amistosa, aunque irónica.

Finalmente, les volvió la espalda para servirse unas cuantas fresas que aún quedaban en el plato, y todavía de espaldas preguntó:

—¿Y cómo está Marion?

Así que había oído. Anna pensó que era capaz de escuchar detrás de la puerta. Sí, podía imaginárselo escuchando precisamente con aquella misma sonrisa distanciada e irónica con que había saludado a su madre.

Richard, desconcertado, no respondió, y Tommy insistió:

—¿Cómo está Marion?

—Muy bien —repuso Richard con cordialidad—. Realmente muy bien.

—Me alegro. Porque ayer, cuando fui a tomar un café con ella, parecía encontrarse pésimamente.

Molly, alarmada, miró a Richard levantando las cejas. Anna hizo una mueca. Por su parte, Richard las miraba sacando chispas por los ojos, como diciendo que la culpa era enteramente de ellas.

Tommy, sin levantar los ojos e indicando con todos los gestos de su cuerpo que no apreciaban en lo que se merecía su comprensión de la situación y su juicio implacable sobre ellos, se sentó y se puso a comer despacio las fresas. Se parecía a su padre, es decir, era un joven de cuerpo bien formado, redondo, oscuro como su padre, y sin la menor huella del brío y la vivacidad de Molly. Pero a diferencia de Richard, cuya terca obstinación era franca y le brillaba en los ojos oscuros, revelándose en todos sus movimientos eficaces e impacientes, Tommy parecía estar enfundado, como prisionero de su propio carácter. Aquella mañana vestía una camiseta escarlata y tejanos azules y anchos, pero le habría sentado mejor un traje serio de hombre de negocios. Cada gesto que hacía, cada palabra que pronunciaba, era como en cámara lenta. Molly se había quejado, en broma, naturalmente, de que parecía haber hecho voto de contar hasta diez antes de decir una palabra. Y un verano en que él se había dejado crecer barba, ella se quejó, también en broma, de que parecía que aquella barba de donjuán se hubiera pegado a su rostro solemne. Ella siguió haciendo aquellos comentarios francos y joviales, hasta que, un día, Tommy observó:

—Sí, ya sé que preferirías que me pareciera a ti, que fuera de buen ver. Pero ¡qué mala pata! He salido con tu carácter y habría tenido que ser al contrario, pues seguro que si tuviera tu aspecto físico y el carácter de mi padre… En fin, su resistencia al menos habría sido mejor, ¿verdad?

Había insistido en ello, tercamente, como siempre que trataba de hacerle ver una cuestión que ella se obstinaba en no querer comprender. Molly, en aquella ocasión, estuvo preocupada muchos días, e incluso llegó a llamar a Anna.

—¿No es horrible, Anna? ¿Quién se lo hubiera imaginado? Durante años estás pensando en algo y lo llegas a aceptar, pero luego, de repente, te das cuenta de que también lo han estado pensando los demás…

—¡Pero si a ti seguro que no te gustaría que se pareciera a Richard!

—No, de acuerdo, pero tiene razón en lo de la resistencia. Y la manera como lo dijo…: «¡Qué mala pata que haya salido con tu carácter!».

Tommy comió las fresas hasta que no quedó ninguna, una detrás de otra. No dijo nada, y los otros tampoco. Le miraban comer, como si él les hubiera forzado a ello. Comía cuidadosamente, moviendo la boca en el acto de masticar como en el acto de hablar, separadas las palabras, enteras y una a una lo mismo que las fresas. Fruncía el ceño, con las cejas negras muy juntas, como un niño pequeño estudiando la lección. Los labios incluso hacían gestitos preliminares antes de cada bocado, como los de un viejo. O como los de un ciego, pensó Anna, reconociendo el movimiento; una vez, en el tren, se había sentado frente a un ciego cuya boca tenía un gesto como aquel: era una boca bastante gruesa y firme, con un mohín dulce y ensimismado. Y sus ojos también eran como los de Tommy: incluso cuando miraba a alguien, parecía como si los entornara hacia su interior. Pero, naturalmente, aquel hombre era ciego. Anna se había sobrecogido en un pequeño ataque de histeria, sentada frente al ciego, mirando aquellos ojos sin vista que parecían nublados de introspección. Y veía que Richard y Molly sentían lo mismo; estaban con el entrecejo fruncido y haciendo nerviosos movimientos de desasosiego. Nos está intimidando, pensó Anna, enojada; nos está intimidando de una manera horrible. Y volvió a imaginárselo de pie detrás de la puerta, escuchando, seguramente durante un largo rato. Estaba ya injustamente segura de ello, y le había cogido manía al chico por la manera que les tenía, por gusto, clavados en las sillas y esperando.

Anna hacía esfuerzos para romper el silencio, en contra de la más fantástica prohibición de decir nada que emanaba de Tommy, cuando este dejó el plato sobre la mesa y puso con cuidado la cuchara a su través.

—Los tres estabais hablando otra vez de mí —dijo con calma.

—Pues claro que no —replicó Richard cordial y convincentemente.

—Pues claro —añadió Molly.

Tommy les concedió una sonrisa de tolerancia.

—Has venido para ofrecerme un puesto en una de tus empresas. Pues lo he estado reflexionando, tal como tú sugeriste, y, si no te importa, me parece que lo rechazaré.

—¡Oh, Tommy! —exclamó Molly con desesperación.

—La verdad es que no demuestras mucha lógica, madre —expuso Tommy mirando hacia donde estaba ella, pero no a ella. Tenía una manera de mirar hacia alguien conservando la impresión de reconcentrarse en sí mismo. El rostro aparecía grave, con una expresión casi de estupidez, a causa del esfuerzo que estaba haciendo para dar a cada uno su merecido—. Tú sabes que no se trata simplemente de hacer un trabajo, ¿no es así? Significa que tengo que vivir como ellos. —Richard cambió las piernas de posición y soltó un bufido, pero Tommy prosiguió—: No estoy criticando, padre.

—Si no estás criticando, ¿qué es lo que haces? —inquirió Richard con una risa de enojo.

—No es una censura, es solo un juicio de valores —dijo Molly, triunfante.

—Ah, ya —exclamó Richard.

Tommy no les hizo caso y continuó dirigiéndose hacia la parte de la habitación donde estaba su madre.

—La cuestión es que, para bien o para mal, me has criado de modo que creyera en ciertas cosas, y ahora de repente me dices que más vale que vaya y acepte un trabajo con los Portmain. ¿Por qué?

—¿Quieres decir que por qué no te ofrezco algo mejor? —le interrumpió Molly llena de humildad y amargura.

—Quizá no haya nada mejor. No es culpa tuya, y no es eso lo que sugiero —repuso él en un tono de fatalidad, muy suave y abrumador, que hizo que Molly suspirara franca y ruidosamente, se encogiera de hombros y abriera las manos—. No me importaría ser como todo vuestro grupo; no es eso. Hace años que escucho a vuestros amigos, y todos vosotros parecéis tener un lío en la cabeza o lo creéis así aunque no lo tengáis —añadió frunciendo el ceño y pronunciando cada frase después de haberla meditado cuidadosamente—. Esto no me importa, pero para vosotros todo fue accidental; vosotros no os dijisteis en cierto momento: «Voy a ser este tipo de persona». Quiero decir que para ti y Anna hubo un momento en que os asombrasteis, y pensasteis con cierta sorpresa: «Ah, pues soy este tipo de persona».

Anna y Molly intercambiaron una sonrisa y dirigieron otra a Tommy, reconociendo que era verdad.

—Bueno, pues está solucionado —saltó Richard—. Si no quieres ser como Anna y Molly, aquí está la alternativa.

—No —dijo Tommy—. Si dices eso es que no me he explicado bien. No.

—¡Pero tienes que hacer algo! —gritó Molly sin pizca de buen humor, con tono inflexible y atemorizado.

—No es verdad —dijo Tommy como si fuera evidente.

—¡Si acabas de decir que no querías ser como nosotros! —replicó Molly.

—No es que no quiera serlo; es que me parece que no podría. —Se volvió hacia su padre para explicarle con paciencia—: Lo importante acerca de madre y de Anna es lo siguiente: uno no dice Anna Wulf la escritora o Molly Jacobs la actriz… Y si lo dice es porque no las conoce. No son… Lo que quiero decir es que no son lo que hacen; en cambio, si me pongo a trabajar contigo, seré lo que haga. ¿Comprendes?

—Con franqueza, no.

—Lo que quiero decir es que prefiero… —Se notaba que estaba haciendo un esfuerzo para ser exacto, y se quedó en silencio un instante, moviendo los labios, frunciendo el ceño—. He reflexionado sobre ello porque sabía que tendría que explicártelo —profirió de pronto, con paciencia, totalmente dispuesto a satisfacer las exigencias injustas de sus padres. Y añadió—: Las personas como Anna, Molly y todo ese grupo no solo son una cosa, sino muchas. Y uno sabe que podrían cambiar y ser algo diferente. No quiero decir que cambien de carácter, pero no se han fijado en un molde. Uno sabe que si ocurriera algo en el mundo, si hubiera un cambio de alguna clase, una revolución o algo… —se detuvo un momento, esperando pacientemente a que Richard expeliera la bocanada de aire que había aspirado con irritación al oír la palabra «revolución», y continuó— serían algo distinto, si ello fuera necesario. En cambio, tú nunca cambiarás, padre. Tú siempre tendrás que vivir como vives ahora. Yo no quiero que me ocurra lo mismo —concluyó, dejando que en sus labios se formara aquel mohín indicador de que había terminado la explicación.

—Vas a ser muy desgraciado —manifestó Molly, casi con un gemido.

—Sí, además eso —contestó Tommy—. La última vez que discutimos, terminaste diciendo: «Ah, qué desgraciado vas a ser». Como si eso fuera lo peor que uno puede ser. Al fin y al cabo, si hablamos de ser o no ser felices, yo no diría que tú o Anna seáis felices, pero por lo menos sois mucho más felices que mi padre. Y no hablemos de Marion —añadió estas últimas palabras suavemente, acusando con franqueza a su padre.

—¿Por qué no escuchas mi versión de la historia, además de la de Marion? —replicó Richard, irritado.

Tommy no hizo caso.

—Ya sé que voy a parecer ridículo. Antes de empezar ya sabía que iba a parecer ingenuo…

—¡Claro que eres ingenuo! —exclamó Richard.

—No eres ingenuo —afirmó Anna.

—Después de la última conversación que mantuve contigo, Anna, vine a casa y pensé: «Anna debe de pensar que soy muy ingenuo».

—No, no es verdad. El caso no es este. Lo que tú no pareces comprender, Tommy, es que quisiéramos que salieras adelante mejor que nosotras.

—Pero ¿por qué?

—Bueno; tal vez todavía cambiemos y mejoremos algo —explicó Anna como muestra de deferencia hacia la juventud. Al oír la súplica de su propia voz, rompió a reír y añadió—: Por Dios, Tommy, ¿no te das cuenta de lo juzgadas que nos haces sentir?

Por vez primera, Tommy mostró un rasgo de humor. Las miró de verdad, primero a ella y luego a su madre, con una sonrisa.

—Olvidáis que os he estado escuchando hablar toda mi vida. De vosotras sé cosas, ¿no? Yo creo que a veces las dos sois bastante infantiles, pero prefiero esto a…

No miró a su padre, como prescindiendo de él.

—Es una pena que nunca me hayas dejado hablar a mí —dijo Richard, aunque con lástima de sí mismo.

Tommy reaccionó con un gesto, terco y rápido, de repulsión.

—Prefiero ser un fracasado, como vosotras, antes que llegar lejos y todo lo demás. Lo que no quiere decir que escoja el fracaso. Porque uno no escoge ser un fracasado, ¿verdad? Yo sé lo que no quiero, pero no lo que quiero.

—Una o dos cuestiones prácticas —intervino Richard, mientras Anna y Molly, de mal humor, hacían un esfuerzo por aceptar la palabra «fracaso», usada por el muchacho exactamente en el mismo sentido que ellas lo habrían hecho.

Así y todo, ninguna de las dos se la había aplicado a sí misma… o, por lo menos, no de aquella manera tan certera y dolorosa.

—¿De qué vas a vivir? —preguntó Richard.

Molly se enojó. No quería que los sarcasmos de Richard arrastraran a Tommy fuera de aquel tranquilo período de reflexión que ella le ofrecía.

—Si a madre no le importa, a mí no me molestaría vivir a su costa por una temporada. Al fin y al cabo, apenas gasto nada. Pero si me veo forzado a ganar dinero, puedo dar clases.

—Te encontrarás con que es un modo de vida mucho más inflexible que el que yo te ofrezco —arguyó Richard.

Tommy se sentía violento.

—Me parece que no has comprendido realmente lo que he tratado de decir. Quizá no me he expresado bien.

—Te vas a convertir en un haragán de café —predijo Richard.

—No. No me parece probable. Tú lo dices porque a ti solo te gusta la gente que tiene mucho dinero.

Los tres adultos se quedaron callados. Molly y Anna, porque el chico era capaz de defenderse por su cuenta; Richard, porque temía salirse de sus casillas.

—Quizá probaré a ser escritor —dijo Tommy al cabo de un buen rato.

Richard soltó un gemido. Molly no dijo nada, no sin un esfuerzo. En cambio, Anna exclamó:

—¡Oh, Tommy! ¿Qué ha sido de aquellos consejos tan buenos que te di?

—Te olvidas, Anna —contestó él afectuosamente, pero con firmeza—, de que yo no tengo esas ideas tuyas tan complicadas sobre lo que es escribir.

—¿Qué ideas son esas? —inquirió Molly, tajante.

—He reflexionado sobre lo que me dijiste —afirmó Tommy dirigiéndose a Anna.

—¿Qué te dijo? —exigió Molly.

—Tommy, eres una persona temible de conocer —declaró Anna—. Una dice algo y tú te lo tomas en serio.

—Pero tú ibas en serio, ¿no?

Anna reprimió un impulso de acabar aquello con una broma.

—Sí, iba en serio.

—Ya lo sé. Así que he reflexionado sobre lo que dijiste. En ello había cierta arrogancia.

—¿Arrogancia?

—Sí, creo que sí. Las dos veces que he ido a verte, tú has hablado, y cuando he puesto en claro todo lo que has dicho, me suena a arrogancia. Como una especie de desprecio.

Los otros dos, Molly y Richard, se tomaban un descanso, con sonrisas, encendiendo cigarrillos, sintiéndose excluidos, intercambiando miradas.

No obstante, Anna, al recordar la sinceridad con que el chico acudió a ella, había decidido dejar de lado incluso a su vieja amiga Molly, de momento por lo menos.

—Si he dado la impresión de desprecio, es que no me he explicado bien.

—Sí. Porque significa que no confías en la gente. A mí me parece que tienes miedo.

—¿Miedo de qué? —preguntó Anna.

Se sentía al descubierto, especialmente ante Richard, y tenía la garganta seca y dolorida.

—De la soledad. Sí, ya sé que esto suena extraño para ti porque, naturalmente, tú eliges estar sola antes que casarte para no estar sola. Pero yo me refiero a algo diferente. Tú tienes miedo a escribir lo que piensas sobre la vida, porque puede que te encuentres al descubierto, que te desenmascares, que te encuentres a solas.

—¡Ah! —exclamó Anna sin entusiasmo—. ¿Tú crees?

—Sí. Y si no tienes miedo, entonces es desprecio. Cuando hablamos de política, tú dijiste que lo que habías aprendido siendo comunista es que lo más terrible de todo, lo peor, era cuando los jefes no decían la verdad. Dijiste que una pequeña mentira podía convertirse en una ciénaga de mentiras y envenenarlo todo. ¿Te acuerdas? Hablaste de ello largo rato… Bueno, pues dijiste eso sobre la política y tú tienes libros enteros que te has escrito para ti misma, que nadie ha visto. Tú dijiste que todo el mundo tiene libros en los cajones, que la gente escribe para sí misma… y esto, incluso, en países donde no es peligroso escribir la verdad. ¿Te acuerdas, Anna? Pues esto es un modo de desprecio. —Sus ojos no la habían mirado a ella, pero le habían dirigido una mirada seria, oscura, de introspección. Se dio cuenta, entonces, de que ella enrojecía, y titubeando añadió—: Anna, tú decías lo que realmente pensabas, ¿verdad?

—Sí.

—Pero ¡vamos! Es imposible que no imaginaras que yo iba a reflexionar sobre todo esto.

Anna cerró los ojos un instante, con una sonrisa de dolor, y adujo:

—Supongo que no tuve en cuenta… lo muy en serio que me ibas a tomar.

—Es lo mismo, es lo mismo que con el escribir. ¿Por qué no había de tomarte en serio?

—No sabía que Anna hubiera estado escribiendo durante esta temporada —intervino Molly, decidida a entrar en serio en la conversación.

—Es verdad, no he escrito —se apresuró a admitir Anna.

—¿Ves? —dijo Tommy—. ¿Por qué dices eso?

—Recuerdo que te dije que me había sobrecogido un horrible sentimiento de aversión, de futilidad. Tal vez no quiera propagar emociones como estas.

—Si Anna te ha estado llenando de aversión por la carrera literaria —prorrumpió Richard, riendo—, por una vez no voy a contradecirla.

Era una observación tan falsa que Tommy se limitó a pasarla por alto, lo que logró cortésmente controlando su confusión y diciendo:

—Si sientes aversión, pues sientes aversión. ¿Por qué pretender lo contrario? Pero el caso es que tú hablabas de responsabilidades. Esto es también lo que yo experimento. La gente no se siente responsable hacia los demás. Tú dijiste que los socialistas han dejado de ser una fuerza moral, de momento, al menos, porque no han tomado sobre sí la responsabilidad moral… Excepto unos pocos. Dijiste eso, ¿no? En cambio, escribes y escribes en cuadernos, en los que dices lo que piensas acerca de la vida, pero los cierras con candado. Y eso no es ser responsable.

—Un gran número de personas diría que lo irresponsable es propagar el sentimiento de aversión, anarquía o desconcierto… —Anna dijo esto medio en broma, quejosa, con abatimiento y procurando forzar a su interlocutor a adoptar el mismo tono.

Pero él reaccionó inmediatamente cerrándose, dejándolo correr, demostrándole que no había estado a la altura que esperaba de ella. Como todos los demás, resultaba inevitable que acabara por decepcionarle; esto era lo que sugería aquel gesto suyo de paciencia y terquedad. Se refugió en sí mismo diciendo:

—En todo caso, he bajado para decir esto. Me gustaría seguir sin hacer nada durante un mes o dos. Al fin y al cabo, cuesta mucho menos que ir a la universidad, como vosotros queríais.

—No es una cuestión de dinero —adujo Molly.

—Vas a ver que es una cuestión de dinero —intervino Richard—. Cuando cambies de parecer, me llamas.

—Te llamaré de todos modos —repuso Tommy a su padre con tono considerado.

—Gracias —dijo Richard, con la sequedad del que está ofendido. Permaneció un momento de pie, con una sonrisa enojada hacia las dos mujeres, antes de despedirse—. Pasaré uno de estos días, Molly.

—Cuando quieras —contestó Molly con dulzura.

Él inclinó fríamente la cabeza hacia Anna, puso la mano un instante sobre el hombro de su hijo, quien se quedó indiferente, y se marchó. Enseguida, Tommy se puso de pie.

—Subo a mi cuarto.

Salió con la cabeza echada hacia delante, girando con una mano el pomo de la puerta, que se abrió lo necesario para dejar pasar su cuerpo: era como si se escurriera de la habitación. Las dos mujeres oyeron sus pisadas monótonas y pesadas por la escalera.

—En fin… —dijo Molly.

—En fin… —dijo Anna preparándose para el desafío.

—Parece que han ocurrido muchas cosas mientras yo estaba fuera.

—De momento, parece que a Tommy le he dicho cosas que no debería.

—O no suficientes.

Anna hizo un esfuerzo para explicar:

—Ya sé que quieres que hable de problemas artísticos y demás. Pero para mí es distinto… —Molly aguardaba con una expresión de escepticismo, e incluso de ofendida—. Si viera la cuestión en términos de un problema artístico, entonces sería fácil, ¿no? Podríamos tener conversaciones muy inteligentes sobre la novela moderna…

La voz de Anna sonaba llena de irritación, y trató de sonreír para suavizar su efecto.

—¿Qué hay, pues, en esos diarios?

—No son diarios.

—Lo que sean.

—Caos, esa es la cuestión.

Anna se quedó mirando los dedos de Molly, gruesos y blancos, que se retorcían y entrelazaban. Las manos parecían decir: «¿Por qué me ofendes así? Pero si te empeñas, lo aguantaré».

—Si escribiste una novela, no veo por qué no puedes escribir otra —prorrumpió Molly, provocando la risa de Anna, que no pudo contenerse pese a que los ojos de su amiga se llenaron de lágrimas.

—No me reía de ti.

—¿Es que no lo entiendes? —sollozó Molly tragándose con determinación las lágrimas—. Ha significado siempre tanto para mí que tú crearas algo, aunque yo no creara nada…

Anna estuvo por decir, con firmeza: «Yo no soy una prolongación de ti». Pero sabía que era una de las cosas que podría haber dicho a su madre, así que se contuvo. Anna recordaba muy poco a su madre. ¡Había muerto tan pronto! Sin embargo, en momentos como aquel, era capaz de formarse la imagen de alguien fuerte y dominador, contra quien Anna debía luchar.

—Con algunas cosas, te enfadas tanto que no sé cómo empezar —dijo Anna.

—Sí, estoy enfadada. Estoy enfadada. Estoy enfadada con toda la gente que conozco y que se echa a perder. No se trata solo de ti. Hay muchas más personas.

—Mientras estuviste fuera, ocurrió algo que me interesó. ¿Te acuerdas de Basil Ryan? Me refiero al pintor.

—Claro. Le conocí.

—Pues bien; apareció un artículo en el periódico, y decía que no iba a volver a pintar. Afirmaba que como el mundo es tan caótico, el arte no tiene ninguna importancia. —Se produjo un silencio, hasta que Anna imploró—: ¿Eso no significa nada para ti?

—No. Y sobre todo, en relación contigo. Al fin y al cabo, tú no eres de las que escriben novelitas sobre las emociones. Tú escribes sobre lo que es real.

Anna casi se echó a reír de nuevo, y luego añadió muy seria:

—¿Te das cuenta de cuántas cosas son solo ecos? Esta observación que acabas de hacer es un eco de la crítica del Partido Comunista…, en sus peores momentos, además. ¡Dios sabrá lo que significan observaciones así! Yo, desde luego, lo ignoro. Nunca las he comprendido. Si el marxismo tiene alguna significación, esta es que una novelita que trate de las emociones debe reflejar «lo que es real», puesto que las emociones son una función y un producto de una sociedad… —Se detuvo a causa de la expresión de Molly—. No pongas esa cara, Molly. Has dicho que querías que hablara de ello, y lo estoy haciendo. Pero hay algo más. Algo fascinante, si no fuera tan deprimente. Aquí estamos, en 1957, y han ocurrido muchísimas cosas. De súbito, en Inglaterra, se produce un fenómeno en el campo de las artes que yo, desde luego, no había previsto. Todo un grupo de gente, que jamás tuvo que ver con el Partido, se levanta y exclama, como si se le acabara de ocurrir a él solito, que las novelitas o las piezas de teatro sobre emociones no reflejan la realidad. La realidad, te sorprendería oírlo, es la economía o las ametralladoras que aniquilan a quien protesta contra el nuevo orden.

—Todo porque no tengo facilidad para expresarme. ¡Es injusto! —exclamó Molly rápidamente.

—Al fin y al cabo, solo escribí una novela.

—Sí, ¿y qué vas a hacer cuando ya no te dé dinero? Has tenido suerte con esa obra, pero algún día terminará…

Anna se contuvo, inmóvil, con un esfuerzo. Molly había hablado por puro despecho. «Me alegro de que vayas a estar sujeta a las mismas dificultades con que nosotros tenemos que enfrentarnos —pensó Anna—. Ojalá no me hubiera vuelto tan consciente de todo, de cada pequeño matiz. Antes no me habría dado cuenta. En cambio, ahora, en cada conversación, en cada encuentro con una persona parece que cruzara un campo de minas. ¿Y por qué no puedo aceptar que a veces la amiga más íntima me clave un puñal bien hondo en la espalda?»

Casi estuvo por contestar, secamente: «Te alegrarás de saber que el dinero ya solo me llega como con cuentagotas, y que pronto tendré que buscarme un empleo». Pero dijo, de buen humor, respondiendo solo al sentido aparente de las palabras de Molly:

—Sí, me parece que pronto voy a estar falta de dinero, y tendré que encontrar trabajo.

—Y no has hecho nada mientras he estado fuera.

—No cabe duda de que he conseguido llevar una vida bien complicada. —Molly volvió a poner cara de escepticismo, por lo que Anna decidió dejarlo. Añadió alegremente, con ligereza—: Ha sido un año malo. Para empezar, casi tuve un asunto con Richard.

—Eso parece… Debe de haber sido un año muy malo para que llegaras a pensar en Richard.

—¿Sabes que allá arriba las cosas están en un estado de anarquía muy interesante…? Te quedarías sorprendida. ¿Por qué no has hablado nunca con Richard de su trabajo? Es tan extraño…

—¿Quieres decir que él te interesó por ser tan rico?

—¡Oh, Molly! Claro que no. No, ya te lo he dicho. Todo se está desmoronando. Toda esa gentuza de las altas esferas no cree en nada. Me recuerdan a los blancos de África central… Acostumbraban a decir: «Pues claro, los negros van a echarnos al mar dentro de cincuenta años». Lo decían alegremente, y en otras palabras significaba: «Ya sabemos que lo que hacemos está mal». Pero ha resultado ser mucho menos de cincuenta años.

—Es de Richard de quien quiero que hables.

—Pues me llevó a una cena elegante. Era para celebrar algo. Acababa de adquirir una participación mayoritaria en todas las sartenes de aluminio, los estropajos, las hélices de avión de Europa…, o algo por el estilo. Había cuatro magnates y cuatro chicas. Yo era una de ellas. Me senté a aquella mesa y miré las caras de los demás comensales. ¡Dios mío, daba miedo! Retrocedí a mi fase más primitiva de comunismo. ¿Te acuerdas? Cuando una cree que hay que matar a esos hijos de puta… En fin, antes de enterarte de que los del otro lado son exactamente igual de irresponsables. Miré aquellas caras, no hice más que permanecer en la silla mirando aquellas caras…

—Pero esto es lo que siempre habíamos dicho —interrumpió Molly—. ¿Por qué te sorprende?

—Me recordó cuán verdad era. Y, además, la manera como tratan a las mujeres… Todo inconscientemente, claro. ¡Dios mío, a ratos puede que nos sintamos muy desgraciados, pero qué suerte tenemos! Los nuestros, por lo menos, son medio civilizados.

—Cuenta de Richard.

—¡Ah, sí! En fin, no tuvo ninguna importancia. Fue solo un episodio. Me trajo a casa en su nuevo Jaguar. Le ofrecí café. Él estaba a punto. Yo me quedé pensando: «Pues no es peor que algunos de los imbéciles con quienes me he acostado».

—Anna, ¿qué mosca te ha picado?

—¿Me quieres decir que nunca has sentido ese horrible cansancio moral en que todo te importa un bledo?

—Es por la manera como hablas. Es nuevo.

—¡No me digas! Pero he decidido que si llevamos lo que se dice una vida libre, esto es, una vida como los hombres, entonces ¿por qué no podemos usar el mismo lenguaje?

—Porque no somos como ellos. Esta es la cuestión.

Anna se rio.

—Hombres. Mujeres. Atados. Libres. Buenos. Malos. Sí. No. Capitalismo. Socialismo. Sexo. Amor…

—Anna, ¿qué pasó con Richard?

—Nada. Le estás dando demasiada importancia. Me estuve sentada, tomando café y mirando la estúpida cara que tiene, mientras pensaba que si yo fuera un hombre me acostaría con él, simplemente porque le encontraría estúpido… Si él fuera una mujer, quiero decir. Y, además, ¡me aburría tanto, tanto, tanto! Entonces él sintió mi aburrimiento y decidió reclamarme. Así que se levantó y dijo: «Bueno, supongo que será mejor que me vaya a casa, al número 16 de Plane Avenue, o lo que sea». Esperaba que yo dijera: «¡Oh, no! No soportaría que te marcharas». Ya sabes, el pobre marido atado a la mujer y a los niños. Todos hacen lo mismo. «Por favor, compadécete de mí; tengo que marcharme a casa, al 16 de Plane Avenue, a la siniestra casa electrodoméstica de los suburbios.» Lo dijo una vez. Lo dijo tres veces… Como si no viviera allí ni estuviera casado con ella, como si aquello no tuviera nada que ver con él. ¡La casita del número 16 de Plane Avenue y la señora!

—Para ser más exactos, una mansión enorme, con dos criadas y tres coches, en Richmond.

—Debes reconocer, sin embargo, que irradia un aire de suburbio. Curioso, ¿no? Pero con todos pasa…; quiero decir que todos aquellos magnates producían el mismo efecto. Una podía ver realmente todos los aparatos electrodomésticos, y a los niños con el pijama, corriendo para darle las buenas noches a su papá. Unos cerdos presumidos, eso es lo que son.

—Hablas como una puta —dijo Molly; luego puso cara avergonzada y sonrió, sorprendida de haber pronunciado aquella palabra.

—Pues, por cierto, solo gracias a mucha fuerza de voluntad evito sentirme como una de ellas. Ponen tanto esfuerzo, inconscientemente, claro, que acaban consiguiendo, cada vez, que una se sienta de este modo. En fin… Total que dije: «Buenas noches, Richard. Tengo mucho sueño… Muchas gracias por haberme mostrado esos círculos tan elegantes». Él se quedó de pie, preguntándose si no había llegado el momento de exclamar: «¡Pobre de mí! Tengo que irme a casa junto a mi cargante mujer» por cuarta vez. Se estaba preguntando cómo era que aquella Anna, tan poco imaginativa, no sentía ninguna compasión hacia él. Luego pude ver cómo pensaba: «Claro, esta no es más que una intelectual. ¡Qué pena no haber salido con una de las otras!». Así que esperé, ya sabes, a que se produjera aquel instante en que te lo tienen que cobrar. Dijo: «Anna, deberías cuidarte más. Pareces diez años más vieja de lo que eres; te estás apergaminando». Entonces yo le contesté: «¡Pero Richard! Si yo te pidiera que te acostaras conmigo, me estarías diciendo en este mismo instante lo guapa que estoy… Y, la verdad, no debe de ser ni tanto, ni tan poco».

Molly apretaba un cojín contra sus pechos, abrazándolo y riéndose a carcajadas.

—Entonces él me replicó: «Pero Anna, cuando me invitaste a entrar para tomar café sabías lo que significaba. Soy un hombre muy viril —puntualizó—, y con una mujer, o tengo una relación o no la tengo». Entonces ya me harté y dije: «¡Por Dios, lárgate, Richard! Eres una lata…». O sea que, como puedes imaginar, era forzoso que hoy se produjeran… No sé si la palabra adecuada es «tensiones» entre Richard y yo.

Molly contuvo su risa para poder hablar.

—De todos modos, tanto tú como Richard debéis de estar locos.

—Sí —repuso Anna, completamente en serio—. Sí, Molly, me parece que me he salvado por los pelos.

Pero en aquel momento Molly se levantó.

—Voy a preparar algo para almorzar.

La mirada que dirigió a Anna era de culpa y arrepentimiento.

Anna también se puso en pie.

—Pues voy un momento contigo a la cocina.

—Podrás contarme los chismes.

—¡Ahhh! —Anna bostezó con naturalidad—. Bien pensado, ¿qué puedo contarte que sea nuevo? Todo sigue igual, exactamente igual.

—¿Después de un año? El Vigésimo Congreso, Hungría, Suez… ¿Y la innegable progresión natural del corazón humano de una cosa a otra? ¿Tampoco esto ha cambiado?

La pequeña cocina era blanca, estaba muy bien ordenada, con sus relucientes hileras de tazas, bandejas, platos pintados y las gotas de vapor que se condensaban en las paredes y el techo. Las ventanas estaban empañadas. El horno parecía brincar y palpitar con la fuerza del calor que llevaba dentro. Molly abrió de golpe la ventana, y un olor caliente de carne asada se esparció inmediatamente por los tejados húmedos y los patios sucios, a la vez que la luz del sol rebotaba como una pelota contra el marco y caía al interior de la cocina.

—¡Inglaterra! —dijo Molly—. Inglaterra. Esta vez el regreso ha sido peor que nunca. Ya en el barco empecé a sentir cómo se me escapaba la energía del cuerpo. Ayer fui de tiendas y miré todas estas caras amables, honestas… ¡Todo el mundo es tan bondadoso, tan decente y tan asquerosamente aburrido!

Lanzó una breve mirada por la ventana y luego se volvió de espaldas a ella con determinación.

—Más vale que aceptemos el hecho de que nosotras, y todo el mundo que conocemos, seguramente nos vamos a pasar la vida quejándonos de Inglaterra. Sin embargo, vivimos en ella…

—Yo me vuelvo a marchar pronto. Me iría mañana mismo si no fuera por Tommy. Ayer estuve ensayando en el teatro. Todos los hombres del personal son maricas excepto uno, que tiene dieciséis años. Así que ¿qué hago aquí? En todo el tiempo que estuve en el extranjero, las cosas sucedieron naturalmente. Los hombres te tratan como mujer, te sientes bien, jamás me acordé de la edad que tenía, jamás pensé en el sexo. Tuve un par de asuntos simpáticos, sin atormentarme, con tranquilidad. Pero en cuanto pisas este país, tienes que apretarte el cinturón y recordar: «¡Cuidado, estos hombres son ingleses!». Excepto alguna rara excepción, así que te vuelves muy consciente de ti misma y del sexo. ¿Cómo puede ser este un buen país, con toda esta población tan acomplejada?

—Te volverás a sentir cómoda dentro de un par de semanas.

—No quiero sentirme cómoda. Ya ahora noto cómo la resignación empieza a invadirme. ¿Y esta casa? Debería volver a pintarla. Sencillamente, no me da la gana volver a empezar, volver a pintar y a colgar cortinas. ¿Por qué aquí todo viene tan cuesta arriba? En Europa no ocurre. Duermes un par de horas por la noche y eres feliz. Aquí, duermes y todo cuesta un esfuerzo…

—Sí, sí —asintió Anna riendo—. En fin, estoy segura de que nos haremos el mismo discurso durante años, cada vez que regresemos de alguna parte.

La casa tembló al paso de un tren subterráneo.

—Y deberías arreglar el techo —añadió Anna mirándolo.

La casa, partida en dos por una bomba hacia el final de la guerra, había estado vacía durante dos años, con todas las habitaciones expuestas a la lluvia y al viento. La habían vuelto a arreglar, pero cuando pasaban los trenes se oía rajarse la pared por detrás de la capa de pintura nueva. El techo tenía una grieta.

—¡Vaya gaita! —exclamó Molly—. No me siento con ánimos. Pero supongo que lo haré. ¿Por qué solo en este país todos a quienes conocemos dan la impresión de poner al mal tiempo buena cara, todos van arrastrando estoicamente su cruz?

Los ojos se le empañaban de lágrimas; parpadeó para apartarlas y se volvió hacia el horno.

—Porque este es el país que conocemos. Los otros son los países acerca de los cuales reflexionamos.

—Esto no es del todo verdad, y tú lo sabes. En fin… Más vale que te apresures con las noticias; voy a servir el almuerzo dentro de un minuto.

Ahora le tocaba a Molly denotar un aire de soledad, de incomprendida. Sus manos, dramáticas y estoicas, acusaban a Anna. Esta, por su parte, pensaba: «Si ahora me enfrasco en una de las sesiones acerca de qué es lo que no va con los hombres, no me iré a casa, me quedaré a almorzar y me pasaré aquí toda la tarde, con lo que Molly y yo nos sentiremos reconfortadas y muy unidas, sin ninguna barrera. Y cuando me vaya, se producirá un resentimiento súbito, un rencor, porque, al fin y al cabo, nuestra auténtica lealtad es hacia los hombres y no hacia las mujeres…». Anna casi se volvió a sentar, dispuesta a sumergirse. Pero no lo hizo. Pensó: «Quiero acabar con ello. Basta de este asunto de los hombres y las mujeres, de todas las quejas, acusaciones y traiciones. Además, es deshonesto. Hemos elegido una manera de vivir, sabíamos el precio que nos costaría…, o si no lo sabíamos, lo sabemos ahora. Así pues, ¿por qué gimotear y lamentarse?… Además, si no voy con cuidado, Molly y yo vamos a rebajarnos a una especie de soltería mancomunada, nos vamos a pasar la vida recordando a tal o cual hombre, cuyo nombre ya habremos olvidado, que dijo aquello tan desconsiderado allá por 1947…».

—Va, suéltalo —dijo Molly de pronto con mucho ánimo a Anna, quien hacía rato que no hablaba.

—¡Ah, sí! Supongo que no quieres saber nada de los camaradas, ¿verdad?

—En Francia y en Italia los intelectuales hablan día y noche sobre el Vigésimo Congreso y Hungría, sobre las perspectivas, las lecciones y los errores que se desprenden de ello.

—En tal caso, como aquí es igual, aunque gracias a Dios la gente empieza ya a estar harta de ello, lo dejo pasar.

—Bien.

—Pero voy a mencionar a tres de los camaradas… Solo de pasada —se apresuró a añadir Anna al ver la mueca de Molly—. Tres hermosos hijos de la clase obrera y dirigentes sindicales.

—¿Quiénes son?

—Tom Winters, Len Colhoun y Bob Fowler.

—Sí, ya los conozco —puntualizó Molly. Siempre conocía o había conocido a todo el mundo—. ¿Y bien?

—Inmediatamente antes del Congreso, cuando había mucha inquietud en nuestro medio, con intrigas, lo de Yugoslavia y demás, tuve ocasión de frecuentarlos, en relación con lo que ellos llamaban rutinariamente «asuntos culturales». Con condescendencia… En aquellos días, yo y otros como yo dedicamos muchas horas a luchar dentro del Partido… ¡Qué ingenuos éramos, intentando convencer a la gente de que más valía reconocer que las cosas iban mal en Rusia que negarlo! En fin. Un buen día recibí cartas de los tres, por separado, naturalmente, pues ninguno de ellos sabía que los otros habían escrito. Eran cartas muy firmes. Cualquier rumor acerca de que algo no marchaba como era debido en Moscú, de que no había marchado o de que el Padre Stalin había dado algún mal paso, procedía de los enemigos de la clase obrera.

Molly rio, aunque solo por cortesía; aquella fibra sensible la habían tocado ya demasiadas veces.

—No, pero eso no es lo que importa. Lo importante es que las tres cartas eran intercambiables… Exceptuando la letra, claro.

—Ya es mucho exceptuar.

—Como diversión, pasé a máquina las tres cartas, que eran muy largas, por cierto, y las puse una junto a la otra. En las frases, estilo, tono, eran idénticas. Resultaba imposible afirmar «esta la escribió Tom» o «esta es de Len».

—¿Lo hiciste para ese cuaderno o lo que sea, acerca del que tú y Tommy mantenéis tanto misterio? —preguntó Molly con tono resentido.

—No. Era para aclarar algo. Pero no he terminado todavía.

—Bien, no insisto.

—Entonces vino el Congreso y casi enseguida tuve otras tres cartas. Las tres histéricas, autoacusadoras, llenas de culpabilidad y humillación.

—¿Las volviste a pasar a máquina?

—Sí. Y a ponerlas una junto a la otra. Parecían escritas por la misma persona. ¿Es que no te das cuenta?

—No. ¿Qué intentas demostrar?

—Pues, lo lógico: ¿a qué estereotipo pertenezco yo? ¿De qué todo anónimo formo parte?

—Ah, ¿tú crees? Yo no lo veo así.

Lo que Molly estaba diciendo era: «Si tú quieres reducirte a una nadería, muy bien, pero no me pongas la etiqueta a mí».

Decepcionada, porque este descubrimiento y las ideas que le habían seguido era lo que más había esperado discutir con Molly, Anna dijo apresuradamente:

—¡Ah, bueno! A mí me pareció interesante. Y esto es casi todo… Hubo un período que podría describirse como de confusión, y algunos salieron del Partido. O digamos que todos salieron del Partido, quiero decir aquellos a quienes se les había agotado el tiempo psicológico. Entonces, un día de la misma semana, y esto es lo más fantástico de todo, Molly… —a pesar suyo, Anna volvía a recurrir a Molly—, la misma semana recibí otras tres cartas, purgadas de dudas, firmes y llenas de resolución. Fue la semana después de Hungría. En otras palabras: el látigo había vuelto a chasquear y los tres indecisos habían vuelto a formar en las filas. Las tres cartas eran también idénticas… No me refiero a las palabras en sí, claro —puntualizó Anna, con impaciencia, al poner Molly una expresión escéptica—. Me refiero al estilo, las expresiones, la manera en que se ligaban las palabras. Y aquellas cartas del período intermedio, aquellas cartas histéricas de humillación, era como si no las hubieran escrito nunca. De hecho, estoy convencida de que Tom, Len y Bob las han suprimido de su memoria.

—Pero ¿tú las has conservado?

—No tengo la intención de usarlas en ningún tribunal, si te refieres a eso.

Molly estuvo secando vasos lentamente, con un trapo de rayas rosas y moradas, y mirándolos a contraluz antes de colocarlos en su sitio.

—Pues yo estoy tan harta de todo esto que me parece que no voy a interesarme por ello nunca más.

—Pero Molly, eso es imposible. Durante años fuimos comunistas, casi comunistas o como quieras llamarlo. No podemos, un buen día, decir: «En fin, me aburre».

—Lo curioso es que me aburre. Sí, ya sé que es raro. Hace dos o tres años me sentía culpable si no pasaba todo el tiempo libre organizando algo. Ahora no me siento nada culpable si me limito a hacer mi trabajo y dedico el resto del tiempo a holgazanear por ahí. Me importa un bledo, Anna. Francamente, un bledo.

—No se trata de sentirse culpable. Es cuestión de reflexionar sobre lo que significa todo esto.

Molly no respondió, por lo que entonces Anna se apresuró a añadir:

—¿Quieres noticias de la Colonia?

La Colonia era el nombre que daban a un grupo de americanos que vivían en Londres por razones políticas.

—¡Por Dios, no! También estoy harta de ellos. No. Me gustaría saber qué ha sido de Nelson; le tengo cariño.

—Está escribiendo la obra maestra americana. Abandonó a su mujer porque ella era una neurótica. Encontró a una chica muy simpática, pero decidió que también era neurótica y volvió junto a su mujer. Luego decidió otra vez que era neurótica y la abandonó de nuevo. Finalmente ha encontrado a otra chica, que por ahora no se ha vuelto neurótica.

—¿Y los demás?

—De una manera u otra, ídem.

—En fin, pasémoslos. Conocí a la colonia americana en Roma. Son unos tipos lamentables.

—Sí. ¿Quién más?

—Tu amigo, el señor Mathlong… Ya sabes, el africano.

—Claro que lo sé. Pues de momento está en la cárcel, o sea que supongo que dentro de un año va a ser primer ministro.

Molly se rio.

—Queda tu amigo de Silva.

—Era mi amigo —dijo Molly volviendo a reír, aunque defendiéndose del tono crítico de Anna.

—Pues los hechos son como siguen: regresó a Ceilán, con su mujer… ¿Te acuerdas? Ella no quería irse. Bien; él me escribió porque se había dirigido a ti y no obtuvo respuesta. Decía que Ceilán es maravilloso, muy poético, y que su esposa esperaba otro niño.

—¡Pero si ella no quería tener más hijos!

De repente, Anna y Molly se echaron a reír juntas; volvían a estar en armonía.

—Luego me escribió diciendo que echaba de menos Londres y su libertad cultural.

—Entonces, esperemos que aparezca por aquí en cualquier momento…

—Volvió. Hace un par de meses. Al parecer, ha abandonado a su mujer. Es demasiado buena para él, dice, derramando gruesas lágrimas…, aunque no muy gruesas porque, al fin y al cabo, se encuentra en Ceilán sin poder salir, con dos niños y sin dinero. Así que no teme nada.

—¿Le has visto?

—Sí.

Pero Anna descubrió que era incapaz de contar a Molly lo ocurrido. ¿De qué habría servido? Acabarían como ella se había jurado que no ocurriría, pasando la tarde con una de aquellas conversaciones mordaces y resentidas, tan naturales entre ellas dos.

—¿Y qué cuentas de ti misma, Anna?

Por primera vez, Molly formulaba la pregunta de una manera a la que Anna podía contestar. Así pues, se apresuró a responder:

—Michael vino a verme. Hará cosa de un mes.

Había vivido cinco años con Michael. La unión se había roto tres años antes, en contra de la voluntad de ella.

—¿Y cómo fue?

—Pues, en algunos aspectos, como si no hubiera pasado nada.

—Claro, como os conocéis tan bien…

—Pero se comportaba… No sé cómo decirlo. Yo era una amiga de toda la vida, ¿te lo imaginas? Me llevó en coche a un sitio adonde yo quería ir. Hablaba de un colega suyo. «¿Te acuerdas de Dick?», me preguntó. Curioso, ¿no? No se acordaba de que yo recordaba perfectamente a Dick, puesto que en aquella época le veíamos a menudo… «Dick ha conseguido un destino en Ghana», dijo. «Se llevó a su mujer. Su amante también quería ir, ¿sabes?» Y seguidamente añadió, echándose a reír: «Te ponen en un aprieto estas amantes…». Pronunció esta última frase con toda naturalidad, como una nota cordial. Esto era lo penoso. Luego se azoró, porque recordó que yo había sido su amante, se sonrojó y adoptó un aire culpable.

Molly no dijo nada. Observaba de cerca a Anna.

—Eso es todo, imagino.

—Son una pandilla de cerdos —dijo Molly alegremente, pulsando a propósito la nota que haría reír a Anna.

—¡Molly! —exclamó Anna con pena, con tono de súplica.

—¿Cómo? ¿De qué sirve seguir pensando en ello, eh?

—Pues he reflexionado… Es posible que hayamos cometido una equivocación.

—¿Qué? ¿Solo una?

Pero Anna no se reía.

—No. Va en serio. Las dos estamos convencidas de que somos fuertes… No, escúchame. Hablo en serio. Quiero decir: un matrimonio naufraga; bien, decimos que nuestro matrimonio ha sido un fracaso y que peor para él. Un hombre nos deja plantadas; bien, qué le vamos a hacer, no importa. Sacamos a los niños adelante, sin un hombre, y nos decimos que no cuesta nada, que somos muy capaces de hacerlo. Pasamos años en el Partido Comunista y luego suspiramos: «¡Vaya, vaya! Cometimos un error. ¿Qué le vamos a hacer?…».

¿Qué intentas decir? —la interrumpió Molly con cautela y a una gran distancia de Anna.

—¿No te parece que podría ser, por lo menos podría ser, que las cosas nos fueran tan mal que ni siquiera pudiéramos recobrarnos? Porque yo, cuando de verdad me enfrento con ello, no creo que haya podido olvidar a Michael. Creo que a mí me ha ido mal. Sí, ya sé que lo que he de decir es: «¡Vaya, vaya! Me ha plantado… Después de todo, ¿qué son cinco años? Adelante, y a otra cosa».

—Pero es como debe ser: adelante, y a otra cosa.

—¿Por qué será que la gente como nosotras nunca reconoce un fracaso? Nunca. Tal vez valdría más que lo reconociéramos. Y no se trata solo de amor y de hombres. ¿Por qué no podemos decir algo como: «Somos gente que, a causa de nuestra situación en la historia, nos entregamos con gran energía, aunque solo en nuestra imaginación (y de ahí viene todo), al gran sueño; y ahora tenemos que reconocer que el gran sueño se ha desvanecido y que la verdad es otra, que nosotros ya no servimos para nada»? Al fin y al cabo, Molly, no es una gran pérdida un puñado de personas, un puñado de personas de un tipo determinado que dicen que están acabadas, que no hay nada que hacer. ¿Por qué no? Es casi arrogancia no ser capaces de decir eso.

—¡Oh, Anna! Todo esto es simplemente a causa de Michael. Y acaso un día de estos vuelva y reanudéis lo vuestro. Y si no vuelve, ¿de qué te quejas? Tú tienes tus libros.

—¡Por Dios! —murmuró Anna—. ¡Por Dios…! —Después, al cabo de un momento, hizo un esfuerzo y volvió a sacar la voz de inmunidad—: Sí, es muy extraño todo… Bueno, tengo que irme a casa.

—Creí que habías dicho que Janet se había ido a casa de una amiga.

—Sí, pero tengo trabajo.

Se besaron con rapidez. El hecho de no haber podido realmente encontrarse se lo comunicaron con un pequeño apretón de manos, un apretón tierno, casi en broma. Anna salió a la calle y se dispuso a andar hasta su casa; estaba solo a unos minutos de allí, en Earls Court. Antes de entrar en la calle donde vivía, la suprimió automáticamente de su campo visual. No habitaba en la calle, ni siquiera en el edificio, sino en el piso; y no permitiría que la vista volviera a sus ojos hasta que hubiera entrado y cerrado la puerta.

Las habitaciones ocupaban dos pisos en lo alto de la casa. Eran cinco cuartos grandes, dos abajo y tres arriba. Michael había persuadido a Anna, cuatro años antes, para que cogiera un piso ella sola. No le convenía, le dijo, vivir en la casa de Molly, siempre al amparo de la hermana mayor. Al quejarse ella de que no se lo podía permitir económicamente, él le aconsejó que alquilara una habitación. Así lo hizo, imaginando que él compartiría aquella vida con ella; pero poco después la abandonó. Durante un tiempo, ella continuó viviendo según el ritmo que él le había impuesto. Había dos estudiantes en una habitación grande, su hija en la otra, y el dormitorio y el cuarto de estar organizados como para dos personas, ella y Michael. Uno de los estudiantes se fue, pero ella no se preocupó de reemplazarlo. Le invadió una gran repugnancia por su dormitorio, pensado para compartirlo con Michael, y se trasladó al cuarto de estar, donde dormía y se dedicaba a sus cuadernos. Arriba continuaba el otro estudiante, un joven de Gales. A veces, Anna pensaba que podría decirse que compartía el piso con un joven; pero él era homosexual y no se producía la menor tensión. Apenas se veían. Anna se ocupaba de sus cosas mientras Janet permanecía en el colegio, dos manzanas más abajo; y cuando Janet estaba en casa, se dedicaba a ella. Una mujer de edad acudía una vez por semana a limpiar el piso. El dinero le llegaba poco a poco, y con irregularidad, de su única novela, Las fronteras de la guerra, que había sido un éxito de ventas capaz de proporcionarle todavía dinero suficiente para vivir. El piso era bonito, todo pintado de blanco y con el suelo brillante. La balaustrada y la barandilla de la escalera perfilaban un dibujo blanco contra el rojo del papel.

Este era el marco de la vida de Anna. Pero solo cuando se encontraba sola, en el cuarto grande, era ella de verdad. Se trataba de una habitación rectangular, con un nicho que albergaba una cama estrecha. Alrededor de la cama se amontonaban libros, papeles y un teléfono, mientras que en la pared exterior había tres ventanas altas. En un extremo de la habitación, cerca de la chimenea, aparecía un escritorio con una máquina de escribir que utilizaba para contestar las cartas, hacer las recensiones de libros y, con decreciente frecuencia, escribir artículos. En el extremo opuesto había una mesa de caballete, pintada de negro, en uno de cuyos cajones guardaba cuatro cuadernos. Esta mesa siempre estaba despejada. Las paredes y el techo del cuarto eran blancos, pero sucios a causa del aire negro de Londres. El suelo estaba pintado de negro. La cama tenía una colcha negra. Las largas cortinas eran de un rojo apagado.

Anna iba, despacio, de una ventana a la otra, examinando la débil y desteñida luz del sol, que no lograba alcanzar los fragmentos de acera que constituían el suelo de la hendedura entre las altas casas victorianas. Cubrió las ventanas, escuchando con placer el íntimo sonido que producían las anillas de las cortinas al deslizarse por la honda ranura de la barra, y el suave crujido del roce y de los pliegues de la espesa seda. Encendió la luz que había sobre la mesa de caballete, de modo que se iluminó la brillante superficie negra, en la cual, a su vez, se reflejó el destello rojizo de la cortina más próxima. Finalmente, extendió los cuadernos, cuatro, disponiéndolos uno al lado del otro.

Para sentarse usaba un anticuado taburete de música. Lo hizo girar hasta ponerlo a su altura máxima, que alcanzaba casi tanto como la mesa, y luego se acomodó en él, mirando desde allá arriba los cuatro cuadernos. Parecía un general que, en la cima de una montaña, observara a su ejército desplegarse en el valle, a sus pies.


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