Las mujeres facturan

Yolanda Domínguez

Fragmento

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Decirlo en alto

El 11 de enero de 2023 la cantante colombiana Shakira convulsionó al mundo entero con la letra de una canción: «Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan». La onda expansiva de tal afirmación tuvo más alcance que la de una explosión nuclear: agitó a las madres del colegio, resquebrajó juntas directivas, subió las cifras en contratos laborales y lo petó en los grupos de WhatsApp. También se estampó en tazas, gorras, camisetas, chapas y sudaderas.

La frase formaba parte de una canción que la artista dedicaba a su expareja, el futbolista Gerard Piqué, por estar con otra mujer. Las rimas sobre infidelidades y venganzas no eran nada nuevo en el panorama musical ni tampoco en su discografía, la cantante ya se había inspirado en otros episodios de su vida para componer. Lo que descolocó por completo a media humanidad fue el ojo seco, la ausencia de congoja o de signos de abatimiento. En su lugar, mirada al frente, señalamientos con el dedo y pose de esfinge egipcia. La artista no solo no se mostraba hundida, sino que declaraba sin rodeos que iba a ganar dinero.

Las reacciones no se hicieron esperar. Para algunas personas, la canción era un auténtico himno feminista, una oda al empoderamiento de las mujeres. Otras ponían el foco en el agravio que suponía para los hijos de la cantante, para la familia del ex, para el ex e incluso para la propia amante. «¿Dónde está la sororidad?», «pobres hijos…», «mala madre», «no había necesidad». Que una mujer sufra por amor es algo ampliamente aceptado, pero ¿que hable de su separación sin desconsuelo? ¿Que se anteponga a los demás? ¿Y que encima haga caja con ello?

En menos de veinticuatro horas, BZRP Music Sessions #53 batió el récord de visitas en YouTube y Spotify. Según algunos medios, Shakira y Bizarrap se embolsaron alrededor de 272.000 euros en tan solo unos días. Ni un solo comentario sobre las ganancias del productor argentino, sin embargo, a la de Barranquilla le llovieron las críticas. El problema no fue la ruptura, el desamor ni la historia de infidelidad. El pecado de Shakira fue mostrar ante el mundo una actitud poco femenina, porque el dinero es cultural e históricamente la antítesis de la feminidad.

La disruptiva expresión de ocho palabras separada por una coma que pronunció sin pestañear es toda una síntesis de estereotipos sexistas. Plantea la eterna dicotomía entre lo femenino y lo masculino. A un lado de la coma, lo que se considera altruista, sentimental e infantil; al otro, lo que se estima autosuficiente, racional y egoísta. Y esa minúscula pero precisa barrera ortográfica significa que solo puedes estar a un lado o al otro, nunca en los dos al mismo tiempo, porque así están estipulados los géneros. Gastar dinero es femenino y ganarlo, masculino. Ellos han imaginado lo que deben desear las mujeres y luego se lo han vendido. A lo largo de la historia, las mujeres no han sido poseedoras, sino poseídas. No han sido comerciantes, sino mercancía. Gracias por decirlo alto y claro, Shakira: ya es hora de cambiar el paradigma.

Hoy empiezo

Con el subidón que me proporcionó la canción me puse manos a la obra y solicité mi vida laboral. Me sorprendió descubrir que había cotizado más años que mi pareja y que, sin embargo, no tenía más dinero que él en la cuenta.

He tenido contratos de trabajo desde que tenía dieciocho años, nunca he estado en paro y solo he cobrado dos semanas de baja por covid. Durante los primeros años tuve nóminas y no recuerdo ningún conflicto. Aceptaba el sueldo que me proponían, no pedía aumentos ni preguntaba a mis compañeros cuánto cobraban ellos. Pero, desde que soy autónoma, las cosas han cambiado, tengo que enfrentarme cada día a la negociación de mis honorarios y de los de las personas que colaboran conmigo. Utilizo la palabra «enfrentar» porque he descubierto que hablar de dinero siendo una mujer es un tema árido.

Recibo muchos correos con propuestas para impartir talleres y conferencias, diseñar campañas… El vocabulario es extenso y variado cuando se trata de convencerme: «admiramos tu gran labor», «reconocemos tu trayectoria», «eres justo lo que buscamos»… Termino de leer y ni una sola mención al dinero. Para cerciorarme, activo el buscador, pero la lupita no encuentra ni una sola vez las palabras «honorarios», «pago» o «euros». Recordarle a la gente que comes, que haces frente a un alquiler o a una hipoteca, que te vistes, que cumples con tus obligaciones fiscales y que, por lo tanto, tienes que cobrar te obliga a enfundarte el traje de funambulista. Todas las luces te enfocan. La cuerda está tensa. El público en silencio total. Si la negociación es vía correo electrónico, notas que en la respuesta desciende el número de palabras cariñosas. Si es en persona, el gesto se endurece, ya no les caes tan bien. Haces lo posible por mantener el equilibrio y mueves el contrapeso. Explicas esto y aquello. Da igual lo que digas, porque solo oyen «esto» y «aquello». Empiezas a sudar y miras al suelo. Te dijeron que habían colocado la red, pero nadie la ha puesto. Comienza el zarandeo. «Tenemos poco presupuesto», «te estamos dando visibilidad», «siempre pagamos lo mismo». Tú te empiezas a marear (¿o es que te sientes culpable por haber pedido que te paguen?). Al final, no sabes muy bien cómo, has rebajado tu precio y, además, has adelantado los gastos del viaje, has abonado el hotel y la cena, has hecho unas cuatro mil gestiones de papeleo previas, te has descargado un PDF de cincuenta páginas para entender cómo usar el programa específico de facturación del ayuntamiento en cuestión, has presentado una factura electrónica y has pagado los impuestos correspondientes antes de cobrar. En conclusión, eres prácticamente más pobre que antes de trabajar.

Las cosas no mejoran si eres tú la que pagas, porque, siendo mujer, careces de autoridad. Las indicaciones que das a las personas a las que contratas no deben de sonar convincentes, porque las tienes que repetir mil veces. Yo misma he tenido que recurrir a pasarle el teléfono a algún compañero para que dijera exactamente las mismas palabras que yo pero con voz de hombre para que me hiciesen caso. Resulta que esa frecuencia sí que la oyen. Mientras que lo que una mujer propone suena a sugerencia, lo que ellos dicen suena a orden. He llegado a ensayar cómo pedir las cosas ante el espejo del cuarto de baño, pero no he conseguido aún el mismo registro que Stallone.

Observo que las cosas que planteo se ponen en duda y perdemos horas en dar vueltas y más vueltas sobre la misma idea. Al final, acabo rehaciendo lo que me envían. Así, además de ser la ideóloga, hago de productora, fotógrafa, actriz, retocadora, montadora, sonidista… Pero las facturas de todos esos servicios las cobran quienes lo tendrían que haber hecho según mis indicaciones desde el principio. A la hora de pagarles, también pasan cosas raras. En la cuenta van apareciendo más y más extras que nadie ha mencionado durante el proyecto, pero que figuran al final… como los títulos de crédito. Extra por este aparato que he tenido que comprar. Extra porque ha venido a ayudarme un amigo mío. Extra porque he estado pendiente del teléfono en mi día libre. Extra porque es Navidad. Tú lo pagas todo, por supuesto, y sin rechistar. Quieres que la gente se sienta bien trabajando contigo porque tienes fama de ser muy exigente (aunque, en realidad, solo pides una única cosa pero de muchas maneras, a ver si hay suerte y alguna cuela), así que te rascas el bolsillo. Incluso adelantas los pagos sin haber cobrado tú porque es lo justo, porque entiendes que la gente suele comer y pagar el alquiler. Lo das todo y más porque pedir dinero para nosotras está mal, pero dárselo a los demás es genial.

Pero aunque la generosidad es una virtud, para una mujer, muchas veces acaba siendo otra cosa. Pasas de ser la amiga con la que todo el mundo quiere quedar para comer a ser una inconsciente manirrota. «Es un desastre», «tiene los bolsillos rotos», «es que no ahorra»… Pero ¿cómo voy a ahorrar si lo estoy pagando yo todo? Aunque en algo tienen razón: no me fijo en esas pequeñas etiquetas naranjas que hay sobre los envases. No leo los letreros en los que pone OFERTA en el supermercado, ni reviso los tíquets de las cenas para comprobar si se han equivocado. Nota mental: comprobar todas las suscripciones a plataformas de pago que no estoy usando y que disfrutan mis amigos y familiares con mis claves. Luego soy de las que dicen: «No sé adónde se va el dinero».

Tengo compañeras cuya trayectoria profesional es m

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