NOTA DE LA AUTORA
Puede que, al leer el título de este libro, te sientas lista para profundizar en el tema del racismo. O puede que estés a la defensiva, queriendo proteger «tu país» de lo que consideras un insulto. Porque, claro, ¿cómo podrían llamarnos racistas? A nosotros, un país que siempre ha «celebrado» la diversidad de culturas. A mí, que colaboro con una organización porque amo a los niños de África. A mí, que saludo todos los días a mis vecinos marroquíes y tengo una amiga negra. O a mí, que le compro una pulserita cada día a «Antonio», un chico africano que en realidad no se llama Antonio, pero tú le llamas así porque es más fácil.
Antes de continuar, te invito a que revises tu definición de racismo. No es un insulto. No te lo tomes como algo personal. El racismo es una estructura que va más allá de actos individuales o buenas intenciones. Es un sistema de poder que perpetúa desigualdades hacia personas no blancas. Y cualquiera que viva en una sociedad predominantemente blanca puede reproducir, consciente o inconscientemente, estas violencias. Reconocerlo no es un ataque personal, sino una oportunidad para entender cómo funciona el sistema y cómo podemos empezar a desmantelarlo.
Por último, considero importante aclarar que en este libro el término «moro» es utilizado de manera consciente y con un objetivo de reapropiación por parte de las personas moras. Aunque históricamente no tenía un uso despectivo, con el tiempo fue cargado de connotaciones negativas a raíz de la construcción del racismo antimoro. Hoy en día, la reapropiación del término busca desafiar y resignificar esa carga, transformándolo en un símbolo de identidad y resistencia.
INTRODUCCIÓN
Tienes nueve, catorce, quince, diecisiete, dieciocho o veintitantos años.
Lo llevas soñando desde que tienes uso de razón o te despiertas un día y decides migrar.
Veinte horas debajo de un camión o debajo de un autobús. Tembloroso. En una patera.
Con visado —porque tu familia ha conseguido prestados los miles de euros que te exigen tener para pisar este país, aunque ellos con su pasaporte rojo tienen el privilegio de visitar el tuyo de mochileros, comer y dormir en tu casa aprovechándose de la hospitalidad de tu familia y sin gastarse ni un duro—.
Caminando solo durante meses.
Sin avisar a tu familia. No quieres preocupar a tu madre.
Porque no quieres seguir en tu país.
Porque muchos amigos tuyos, de tu barrio, lo han hecho.
Porque ves fotos de ellos en la gran Barcelona y en la gran Europa.
Y tú también quieres.
Porque cobras una mierda.
Porque no hay universidades en tu ciudad. Y aunque las haya el sistema está corrupto.
Por las expectativas de futuro.
Porque te han obligado.
Por la pobreza.
Por la guerra.
Por las consecuencias del colonialismo.
Porque quieres.
Porque consumías cola, rivotril, karkubi y pensaste que país nuevo, vida nueva.
Mil razones, tantas como personas.
Te arriesgas.
Te pilla la policía marroquí debajo del camión y te pega una paliza. Patrocinada por Europa. Y tú, si sigues vivo, lo vuelves a intentar.
Llevas dos años en Nador, Melilla o en Ceuta intentando hacer riski y nada.
O lo logras.
Llamas, dices que hace mal tiempo, que estás en una patera, que está entrando agua y que varios compañeros con los que viajas, han fallecido.
No viene nadie. Mueres ahogado y los medios lo silencian. O te deshumanizan.
La mafia te deja tirado. La mafia con corbata que se reúne en parlamentos europeos.
O llegas, por fin lo has conseguido.
No es lo que pensabas.
Te miran mal. Te discriminan. Te prejuzgan.
Pensabas que nada cambiaría, pero en tu ausencia nace tu hermana.
Muere tu padre.
Muere tu abuela.
Muere tu madre.
Y tú no puedes ir.
No tienes los papeles.
Te rajas el brazo.
Gritas.
No tienes permiso de trabajo.
No tienes permiso de residencia.
No tiene sentido este viaje. Tú querías ayudar a tu familia.
Pasan dos años. Cinco. Diez o quince.
No puedes volver a tu país de origen.
No puedes ver a tu familia.
La Ley de Extranjería te atrapa. Te ahoga. Te mata.
No era lo que esperabas.
Lloras.
Ríes.
Todo esto y la gente te pone una sola etiqueta. Una etiqueta que ya tenían incluso antes de que llegaras. Antes de que nacieras.
Pasas a la fase del inmigrante en España.
Que ha sobrevivido a la primera partida.
Pero te das cuenta de que hay otra. Muy dura. Parece eterna.
Y se hereda. Sí, tus hijos la heredarán.
En la que vives con miedo constantemente.
La de la Ley de Extranjería. CIE, comisarías...
Racismo en la calle, en el supermercado, en el bar, en el vestuario, en una manifestación.
Racismo violento.
Te pega.
Te encierra.
Te mata.
El policía de la comisaría te mira por encima del
