Prólogo
Hay que saludar con gran satisfacción y alegría la iniciativa de la editorial Debate de publicar una selección de los artículos de economía que José Luis Sampedro escribió, sobre todo, a finales de los años cincuenta y durante los sesenta y setenta del pasado siglo, y que vieron la luz en diferentes publicaciones. De este modo se revitaliza la figura de Sampedro como economista, que ha quedado ensombrecida por su reputación como literato. En parte es lógico que esto suceda, pues la novela está dirigida a un público más amplio y es leída por más gente que la que puede estudiar economía, sobre todo cuando se trata de novelas tan magníficas como las que escribe y con las que nos deleita Sampedro.
Las novelas de Sampedro, que son seguidas por la mayor parte de los economistas que han sido alumnos suyos, no solamente nos proporcionan el placer de la lectura haciéndonos pasar momentos maravillosos de disfrute, sino que resultan de una gran enseñanza acerca de las relaciones humanas, de las relaciones sociales, esto es, de la vida en general.
Pero conviene resaltar que junto a este gran novelista, hay un Sampedro que ha sido un importante economista en nuestro país. Sampedro ha ejercido su profesión en la administración pública, en el Banco Exterior de España, y ha participado en misiones españolas en negociaciones con otros países y organismos internacionales en momentos decisivos para una economía que, tras permanecer cerrada al exterior durante muchos años de autarquía, empezó a insertarse en la economía internacional a finales de los años cincuenta del siglo XX.
Contribuyó con su granito de arena a abrir puertas hacia el mundo exterior y a poner las bases para el crecimiento económico que tuvo lugar en la década de 1960, que sacó a nuestra economía del atraso y a muchas familias de la pobreza y de la penuria que habían padecido durante dos décadas.
No obstante, su labor más importante la realizó como docente, estudioso e investigador de la economía. Durante años preparó a varias generaciones de estudiantes, que cada vez en mayor número llegaban a las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales de la Universidad Complutense a estudiar economía. Fue capaz de aunar enseñanza con deleite, pues esto es lo que se obtenía escuchando su magnífica oratoria, la originalidad de sus planteamientos, al tiempo que se disfrutaba de su gran erudición. Con él se aprendía economía mundial, y también a discurrir, reflexionar y a pensar críticamente. Pues Sampedro era un disconforme con la realidad en la que estábamos inmersos y con el saber convencional.
Fruto de esta labor como docente y estudioso, publicó libros realmente memorables, por el tema abordado y por el tratamiento dado, que además destacaban por la brillante escritura que los ha hecho siempre accesibles a los estudiantes —lo que era muy de agradecer—, a licenciados y a un público interesado en comprender temas relevantes de la economía mundial. La publicación de libros fue acompañada, como no podía ser de otra manera, por la de artículos, de los que una buena muestra se puede encontrar en este libro que ahora ve la luz.
Ahora bien, algunos se preguntarán: ¿qué interés tiene publicar artículos escritos hace tiempo y en un contexto muy distinto del actual? Pues desde luego mucho. Es indudable que resultan de enorme interés para los historiadores de la economía y para conocer el pensamiento económico de la época y su evolución, pero también para los que, sin ser historiadores, nos sentimos interesados por la historia, por conocer una realidad diferente a la de ahora, pero que viene de allí y resulta meridianamente claro que, sin penetrar en nuestro pasado, no podemos entender el presente. Además, como se trasluce en los artículos, se trata de rescatar el pensamiento y las reflexiones de un gran observador de la realidad que le rodea, penetrante en los análisis que realiza, y poseedor de una gran agudeza en su visión sobre la economía.
Leyendo estos artículos se aprende no sólo sobre nuestro pasado, sino sobre cómo afrontar el análisis de la realidad con un enfoque estructural, algo que tendría que ser más necesario que nunca ante el rígido corsé que ha introducido la economía convencional en el estudio de las leyes que rigen la producción, la distribución, el intercambio y el consumo presentes y pasados. Las corrientes dominantes actuales en la economía no van por ahí. Sin embargo, ante los graves problemas que acucian hoy al mundo, a pesar de los avances logrados, el análisis estructural es fundamental para saber hacer las preguntas correctas y tratar de buscar las respuestas adecuadas a la hora de entender algo de lo que está sucediendo. Como digo, no es esto precisamente lo que domina en el estudio actual de la economía, y de ahí su pobreza a la hora de interpretar la dinámica económica. Por eso Sampedro introduce un aire fresco en el enfoque que defiende y que ha contribuido a formular gracias a su forma de dirigir su mirada a la economía concreta y material.
Este rescate de artículos de Sampedro es importante para conocer una parte de su obra y, como he señalado, también para reivindicar su importancia en la formación de economistas y en lo que su contribución ha supuesto en la difusión y en la transmisión del conocimiento económico, tanto oral como escrito. Me considero un aprendiz suyo y he tratado, en mis ya largos años de profesor universitario y de estudioso de la economía, de mantener vivo su pensamiento al igual que la originalidad de su enfoque. Siempre he mantenido que tener a Sampedro como profesor es lo mejor que nos pudo suceder a los estudiantes, que en muchos casos de forma despistada nos iniciábamos en el estudio de la economía.
Dio prestigio a una facultad y a unos estudios, junto con otros profesores que, por desgracia, eran minoría. Sampedro enseñaba cosas que no se aprenden normalmente en las aulas ni en los manuales al uso. Fue, además, un adelantado en su época en muchas cosas, rompiendo tabúes establecidos. Fue, por ejemplo, un europeísta convencido cuando no era fácil serlo, pues el régimen dictatorial condenaba a esa Europa democrática, y muchos de los que ahora presumen de serlo no lo eran cuando se constituyó el Mercado Común por el Tratado de Roma en 1957.
Casi todos los estudiantes que han pasado por sus manos tienen un grato recuerdo de sus enseñanzas y de su magisterio. Sin embargo, su contribución trata de ser ninguneada por algunas de las historias del pensamiento económico publicadas en nuestro país, o en recopilaciones de artículos que se han publicado acerca de lo que algunos autores decían sobre la integración europea que se estaba iniciando, cuando fue uno de los que más publicó y que con más rigor lo hizo. Esto no resulta fácil de explicar y lo que algunos autores, responsables de estas ediciones, hacen es pecar de sectarismo, llevados sin duda por los celos que el éxito de Sampedro como profesor siempre les causó. O quizá también sea porque sus planteamientos heterodoxos resultan incómodos a la ortodoxia oficial. Con esta publicación se pretende, por tanto, reparar una injusticia. Algunos de los que se han erigido en mandarines del saber oficial no quieren reconocer como deberían los méritos de Sampedro, pero en cambio goza de los más importantes como son el reconocimiento y el cariño de sus alumnos.
Estos artículos son una muestra de su frescura, de su talante, de su buen hacer y escribir. A pesar del tiempo transcurrido, resulta una delicia leerlos. He contribuido a su selección, y me siento muy orgulloso de escribir este prólogo sobre quien ha sido un verdadero maestro en la universidad de entonces y lo sigue siendo, aun a distancia, en la de ahora. Juzguen ustedes mismos lo que digo. Aquí podemos encontrar, como ya he señalado, el enfoque estructural, análisis críticos y descriptivos acerca de la economía española, planteamientos pioneros sobre ecología —cuando entonces no había la conciencia que existe hoy día sobre esta problemática y apenas se hablaba de ello—, sabrosos análisis sobre la economía mundial y el desarrollo y acerca de la crisis de los años setenta.
Esa crisis no fue una crisis más, fue estructural y no coyuntural. Aquellos años setenta dieron al traste con muchas cosas y surgieron entonces mutaciones que configuraron la economía actual globalizada y cada vez más liberalizada. Desde la atalaya en la que se encuentra con su experiencia como profesional de la economía y con el rigor que le proporciona el análisis estructural, Sampedro hace una reflexión de lo más acertada sobre lo que sucedió entonces y que tantas repercusiones ha tenido posteriormente.
Vivimos tiempos de crisis y se necesitan analistas con la lucidez de Sampedro en lugar de la miopía de tantos que, enredados en datos y modelos, no saben ver con perspectiva lo que está pasando. La economía utiliza técnicas cuantitativas cada vez más sofisticadas, pero se olvida con frecuencia de que éstas por sí mismas no bastan para entender la compleja realidad, pues como el mismo Sampedro dice, los análisis cuantitativos deben ir acompañados de análisis cualitativos. Por eso, en tiempos de penumbra, el pensamiento de Sampedro nos sigue sirviendo para encontrar una luz que nos ilumine, aunque sea tenue, para salir del túnel en el que nos hemos metido.
CARLOS BERZOSA,
rector de la Universidad
Complutense y catedrático de
Economía Aplicada
Introducción
Sesenta años después
Los trabajos reunidos en el presente volumen fueron elaborados a lo largo de sesenta años de actividad docente y profesional, iniciada en 1947 con mis primeras lecciones de estructura económica dictadas en la Universidad Complutense.
De entonces data, además, la primera de mis publicaciones académicas: un breve artículo en la Revista de Ciencia Aplicada (octubre de 1947) sobre el problema de las áreas económicamente deprimidas en Gran Bretaña. Entonces la reconstrucción europea tras la Segunda Guerra Mundial reavivaba el interés por aquellos temas, pero hoy el artículo resulta antiguo. Así y todo, ese trabajo de quien entonces era un principiante lograba —así lo creo— adelantarse a su tiempo al constatar un hecho entonces casi inadvertido pero ahora imposible de ignorar en el análisis del momento actual. En aquel trabajo manifestaba yo mi asombro ante la decadencia del ímpetu vital y el espíritu de aventura en el pueblo británico durante los años treinta. Como es sabido, en el siglo XIX, durante la revolución industrial, Inglaterra fue escenario de numerosos desplazamientos de población dentro del país, desde los campos a las ciudades y desde las faenas rurales a las nuevas fábricas; migraciones emprendidas por los trabajadores a su costa, sin ayudas oficiales ni subsidios, buscando empleos en otras residencias y afrontando riesgos para adaptarse a tan radicales cambios en sus vidas. Por contraste con aquella actuación, en los primeros años treinta del siglo XX los obreros se mostraban incapaces de similares iniciativas. Se resistían a desplazarse de las áreas e industrias deprimidas por la crisis hacia otras regiones emergentes y, aunque el gobierno les ofrecía subsidios y asistencia, escolarizando incluso a sus hijos, permanecían apegados a sus viejas vidas, sin coraje para remediarlas. El pueblo emprendedor del siglo anterior había perdido, en sus inmediatos descendientes, el ánimo y la capacidad de reacción de sus abuelos.
Sesenta años después sigo sorprendiéndome de que yo, todavía en mis comienzos, lograse avizorar algo que hoy se nos muestra con toda su trascendencia. Pues muchos creemos que ya no cabe cerrar los ojos a la evidencia de que mientras en el siglo XV Europa impulsaba a sus gentes a embarcarse en cáscaras de nuez hacia lo desconocido, en nuestro tiempo se repliega sin iniciativas y abdica de su activa presencia anterior en el escenario mundial. Por eso nos parece vivir la decadencia de nuestro sistema occidental, al comparar ese ocaso con la explosión vital de su pasado amanecer. Y, pese al progreso técnico desde entonces, nos parece que la historia está repitiendo la ruina del Imperio romano, cuyo solar europeo pasó a ser ocupado por nuevas fuerzas que conducirían al feudalismo y, tras él, al capitalismo actual.
Por supuesto, me doy cuenta de que mi diagnóstico es contrario a la optimista versión del pensamiento económico dominante en los países más adelantados. Baste recordar el éxito inmediato que hace pocos años obtuvo la tesis fukuyamesca del «fin de la historia», según la cual el sistema de vida americano representa la cima alcanzable en la evolución humana y no tiene ya sentido plantearse hipótesis de supuestas alternativas. En ese mundo privilegiado y dueño de un poder que condiciona el del resto de la humanidad, se ofrecen (según esa tesis finalista) beneficios tales como la libertad, la igualdad ante la ley, la democracia y el desarrollo económico. Los economistas justificadores del sistema, y los que ingenuamente acatan sus dictámenes, se reúnen a menudo con los políticos y con los medios informativos en espectaculares conferencias, reiterando las líneas de acción presentes y prometiendo gracias a ellas el progreso que conduzca al final de la pobreza actual en un plazo de pocos años. Como mucho, por toda mejora se organizan nuevas instituciones internacionales encargadas de ejecutar los programas.
Sin embargo, con el apoyo de autores más independientes, mantengo mi opinión sobre la decadencia del sistema. Es verdad que se ofrece una igualdad ante la ley, falsa por completo dada la injusta distribución mundial de los bienes del planeta entre sus habitantes, desigualdad que no se ha corregido en todos los decenios en que se viene hablando de suprimir la pobreza. También es cierto que el sistema proclama declaraciones democráticas, pero la realidad nos enfrenta con organizaciones oligárquicas que mantienen su poder gracias al dominio de los medios informativos, con la consiguiente manipulación de la opinión pública, además de justificarse con ideologías elaboradas por los intelectuales a su servicio. En cuanto al desarrollo económico, recibe el injustificado nombre de sostenible, cuando en realidad la triplicación de la población mundial en un siglo, y el deterioro del medio ambiente en este tiempo, conducen a la conclusión de que el proceso no podrá mantenerse mucho tiempo como hasta ahora. Y en cuanto a la libertad, basta asomarse a esos mismos medios informativos para tener que preguntarse inmediatamente quiénes son los verdaderos beneficiarios de la misma. El caso de llevar la libertad a Irak a lomos de bombas y misiles demuestra de sobra a qué intereses conviene semejante barbarie. Si especificamos, en fin, que se trata de libertad económica, como la que atribuye al mercado un autor tan fanático del sistema como Milton Friedman, basta la experiencia cotidiana para comprender que el que es libre en el mercado es únicamente el dinero. Sin él no es posible obtener ningún beneficio. Aclaremos que la palabra «libertad» tiene distintos sentidos según el usuario. Cuando el poderoso exige libertad, la quiere para no encontrar ninguna traba que le impida conseguir más beneficios. Cuando el débil pide libertad, es para reducir la explotación a la que está sometido.
Existen, por tanto, dos versiones contrapuestas para interpretar la situación del sistema imperante: la de sus satisfechos apologistas y la de quienes lo vemos descarriarse. No puede extrañar tan honda discrepancia porque, como es sabido, la índole epistemológica de las ciencias sociales no es la misma que la de las exactas y naturales. En aquéllas es mucho menos posible ofrecer contrastaciones empíricas, abundando en cambio los razonamientos y formulaciones de carácter ideológico; tema del que me ocupé en mi artículo (incluido en este volumen) titulado «Triple nivel, doble estrategia y otro desarrollo». Como escribió muy bien John Kenneth Galbraith, buena parte de los textos de ciencia económica en los dos últimos siglos contienen formulaciones en el sentido deseado por los poderes establecidos. Se comprende que este excelente economista no pudiera obtener el premio Nobel, concedido en cambio a su oponente Friedman.
El diagnóstico negativo de la situación global y la percepción de su decadencia se confirma, a poco que se reconozca la aberración de seguir impulsando un estilo de desarrollo ya insostenible. A eso se añaden actuaciones en otros campos que rayan en la barbarie porque afectan a valores básicos constitutivos del sistema. Así ocurre con la falta de respeto a la vida y a los derechos humanos, vulnerando repetidamente normas de leyes y del derecho internacional creado por nuestra civilización; la negación del libre derecho a las migraciones construyendo muros y barreras territoriales precisamente cuando se dispone de los excelentes medios de comunicación y, sobre todo, la restricción de las libertades personales con el pretexto de una lucha contra el terrorismo que no trata de combatir las causas del problema. El terrorismo no se resolverá reprimiendo los derechos de los ciudadanos en el mundo desarrollado, sino instaurando el derecho vital de la humanidad pobre a unos bienes terrenales que les niega un reparto injusto. No me cabe la menor duda de que la ideología económica vigente, halagadora de los intereses dominantes, es un aspecto más de la decadencia global.
Lejos de sumarse a esa ideología, los trabajos incluidos en este volumen responden a una trayectoria docente inspirada en el espíritu social de los maestros que me formaron; es decir, de lo que expresivamente se llamaba entonces «economía política». En aquel tiempo interesaba producir bienes, pensando en las necesidades de la pobreza, mucho más que idear mecanismos financieros y especulativos para multiplicar ganancias. Los temas aquí tratados —estructura real, desarrollo, problemas sociales— acreditan esa filiación que me conforta y, de paso, muestran cuánto han variado las cosas desde mi época de estudiante. Otra forma sencilla de subrayar tales cambios es recordar que en aquel tiempo los manuales ofrecían el agua y el aire como ejemplos clamorosos de los que se llamaban «bienes autorrenovables» porque, al no ser escasos, no reclamaban la atención de los economistas. La precaria situación actual de ambos elementos, bien por escasos o por contaminados, basta por sí sola para poner de manifiesto la irracionalidad cotidiana del sistema en su uso y abuso de los grandes recursos naturales.
Vivimos la decadencia del sistema, pero la historia no se acaba. Al derrumbamiento del Imperio romano sucedieron otros acontecimientos que iniciaron nuevas estructuras e instituciones. La llamada «invasión de los bárbaros» resultó ser una operación quirúrgica que abrió paso a nuevos escenarios. Pienso que lo mismo ocurrirá ahora. Se perciben ya agentes transformadores tanto en la aparición de nuevos protagonistas históricos externos a la cultura occidental, como también en el desarrollo vertiginoso de la ciencia, único aspecto del sistema en continuo progreso, con nuevos descubrimientos y técnicas. No me cabe duda, como afirmé en mi obra El mercado y la globalización, de que otro mundo es seguro, pero no resulta posible predecir las características de una nueva o nuevas organizaciones humanas. La respuesta la dará la historia, que es el nombre dado a la evolución de la humanidad. Como escribió Neruda, «no es hacia abajo ni hacia atrás la Vida».
JOSÉ LUIS SAMPEDRO
I
EL CONCEPTO DE ESTRUCTURA.
LA TEORÍA ESTRUCTURAL
1
El problema de las áreas económicamente deprimidas y su planteamiento actual en la Gran Bretaña[1]
No es de ahora la observación de ciertos desequilibrios en la distribución de la industria y de la población. Para no citar sino un ejemplo, aplicable además a nuestro caso, nos referiremos simplemente al ofrecido por Marshall, que en sus Principios y en sus Elementos de economía industrial, cuyas primeras ediciones son de 1890 y de 1892, respectivamente, advierte que las industrias pesadas tienen el inconveniente de emplear únicamente una clase de trabajo, «el que sólo pueden realizar hombres fuertes», dejando parados a mujeres y niños. La solución consiste en instalar industrias que complementen esa demanda, y por ello surgen, junto a aquellas instalaciones industriales, manufacturas textiles que absorben, sobre todo, mano de obra femenina y juvenil. Estas industrias ligeras, añade el propio Marshall, «han sido en algunos casos atraídas de un modo gradual y casi imperceptible, pero otras veces, como, por ejemplo, en Barrow, se han establecido deliberadamente y a gran escala desde un principio, con el fin de ofrecer diversidad de ocupación en una localidad donde hasta entonces apenas existió demanda para el trabajo de mujeres y niños».
No obstante este clarísimo precedente en la aplicación de una deliberada política para corregir el desequilibrio, lo cierto es que los «problemas de áreas» o «de zonas» no irrumpen en los estudios teóricos con todo el interés que hoy se les asigna hasta que, con la Gran Depresión iniciada a finales de 1929, el mundo no se derrumba de su prosperidad. Es entonces cuando se plantean con gravedad y en un doble aspecto tales «problemas de áreas». Por una parte, dentro de las órbitas nacionales, en forma, sobre todo, de un paro más intenso y de una mayor inactividad en ciertas zonas industriales; por otra, en el ámbito internacional, en forma de un bajo nivel de vida y escasa capacidad de compra en grandes regiones del globo poco o nada industrializadas, lo que a su vez repercute sobre los países manufactureros. Del problema de las «áreas internacionales económicamente retrasadas» he tenido ocasión de ocuparme en otro lugar.[2] Me propongo ahora resumir brevemente los fundamentos teóricos sobre «áreas deprimidas» nacionales y confrontarlos con un caso real tan típico y representativo como lo es el de las zonas británicas, oficialmente denominadas hoy «áreas de fomento» (development areas).
Con estos problemas, la teoría de la localización se hace extraordinariamente compleja y viva, viéndose obligada a prescindir de sucesivas aproximaciones decrecientemente simplificadas ante la urgencia de atender a quienes se angustian sobre las múltiples facetas sociales y económicas que presenta cada caso. No es culpa del autor si con eso la teoría se aleja de aquella rigurosa elegancia en las soluciones que caracterizan, v. gr., las exposiciones de Weber en su teoría pura de la localización industrial. Si a esto se añade que la teoría de la localización es, en su conjunto, una de las más recientes y menos elaboradas ramas de la economía, y que la bibliografía e información necesaria no siempre es accesible directamente y hay que limitarse a transcripciones y referencias, aunque éstas sean de la máxima garantía científica, se comprenderá la dificultad que encierra el adentrarse por territorios tan poco explorados, y las excusas que ha de presentar el autor apoyándose en su deseo de aportar detalles sobre un tema tan esencial como lo es la adecuada localización de las industrias.
EL PROBLEMA TEÓRICO
La mayor sensibilidad de las industrias productoras de bienes de capital (siderurgia, astilleros, maquinaria pesada, etc.) a las fluctuaciones cíclicas es, asimismo, otro fenómeno bien conocido y cuya justificación teórica no podemos desarrollar aquí, siendo, por otra parte, fácil de encontrar en las obras más difundidas sobre la materia. Cuando tales industrias se concentran, y existen tendencias a ello, en una zona determinada, la impregnan de aguda sensibilidad a las depresiones y de más fácil acceso al paro en masa, no sólo porque su demanda de trabajo casi exclusivamente masculino reduce los ingresos familiares que pueden aportar los varones, sino porque, además, suelen depender generalmente de la exportación, es decir, de mercados exteriores situados fuera del alcance de la autoridad nacional y sujetos a competencias extranjeras.
Como quiera que sea, el problema del paro, por una parte, y, por otra, el de la desequilibrada y unilateral concentración industrial en dichas áreas, sólo ofrece dos soluciones: o el desplazamiento de la mano de obra sobrante, o la creación de empleo en la zona afectada, mediante la recuperación de las industrias existentes o la implantación de otras nuevas. Ambas pueden aplicarse a la vez, siendo de tener en cuenta que, más bien que un carácter alternativo, dichas soluciones presentan cierta conjugabilidad, toda vez que la primera es más aplicable a corto plazo que la segunda, pues ésta exige tiempo para una modificación de la estructura industrial de la zona. La primera responde a un criterio de flexibilidad o movilidad de la mano de obra; la segunda, a un principio de estabilidad del trabajo por medio de la diversificación industrial.
Movilidad de la mano de obra
Para la teoría clásica, que daba por supuesto el pleno empleo de los recursos productivos, la movilidad del factor trabajo no sólo era deseable, sino que habría de producirse naturalmente, puesto que sólo podría existir paro en una región a base de que en otra hubiera una demanda de trabajo insatisfecha que atraería a los desocupados. Pero es evidente que tan pronto como se abandone ese supuesto, se pasa a admitir la posibilidad realista de una depresión general, y la movilidad de la mano de obra deja de aparecerse como la solución de todo problema de paro.
Se mantienen, sin embargo, bajo este nuevo supuesto, razones teóricas que aconsejan facilitar esa movilidad, aun prescindiendo de un criterio de justicia en el sentido de distribuir la plaga del paro sobre todo el país. En primer lugar, cabe que ciertas razones técnicas induzcan a pensar que la decadencia de las industrias afectadas es definitiva, estando indicada en tal caso la transferencia de la mano de obra a una nueva ocupación. En segundo término, y como hemos insinuado ya, mientras se procura modificar la estructura industrial de un área deprimida, pueden ser necesarias migraciones temporales para dar empleo entretanto a la masa inactiva. Por último, algún autor opina que esos operarios desplazados, una vez situados en un medio más próspero, pueden ser capaces de crear trabajo sin perjuicio para los ya empleados en este nuevo ambiente.[3]
En estos principios se apoya una política de movilidad de la mano de obra, facilitada por algunos de los procedimientos siguientes, que figuran entre los que más se han aconsejado teóricamente: a) recogida de información y difusión de orientaciones a los parados sobre nuevos empleos; b) organización de bolsas de trabajo; c) fundación de centros para formar a los parados en el paso de unas a otras industrias; d) eliminación de obstáculos a los desplazamientos, como, por ejemplo, el tiempo mínimo habitual de residencia en la nueva localidad para percibir el subsidio de paro, y e) incluso ayuda directa a la migración, costeando los movimientos de la mano de obra.
Fácil es advertir, sin embargo, que una movilidad absoluta nunca sería deseable, porque, sin duda, no resultaría compensado el coste de desplazamientos continuos y quizá contrapuestos para eludir focos de paro a veces puramente temporales. Por otra parte, esta política tropieza en la práctica con dos inconvenientes: la resistencia de los presuntos desplazados a abandonar sus residencias y la hostilidad que contra ellos se crea en las nuevas zonas adonde se dirigen. Y ya los sociólogos nos advierten de los peligros de debilitar el sentimiento de colectividad con la ruptura de los grupos familiares, algunos de cuyos miembros se desplazan, y de la inestabilidad que introducen en la comunidad los grupos desarraigados de su ambiente tradicional. Estas consideraciones son hoy día un límite y una grave objeción contra el empleo a fondo de la movilidad de la mano de obra. De ahí que sea llegado el momento de volver a nuestra segunda dirección teórica.
Diversificación de la estructura industrial
Aparte de los intentos para reactivar las industrias deprimidas, puede procurarse la creación de trabajo para las masas inactivas mediante la atracción de nuevas industrias de tendencias compensadoras de las primeras en cuanto a su actividad y a la clase de trabajo que demandan, modificando así favorablemente la estructura industrial de la zona. En esto consiste la política de diversificación, que puede ser puramente negativa —una mera intervención que impida el establecimiento de nuevas factorías no deseables—, pero que sólo alcanza toda su importancia cuando el Estado influye positivamente en la estructura afectada. Aquí nos limitaremos a examinarla brevemente en su aplicación a los «problemas de áreas», prescindiendo de otros objetivos que puede proponerse esta política, como, por ejemplo, la industrialización de regiones rurales.
De lo expuesto hasta ahora se comprenderá que las industrias deseables son, sobre todo, las productoras de bienes de consumo menos sensibles al ciclo. Estas industrias, que en algunos casos y por innovaciones técnicas pueden presentar inesperadas expansiones, incluso en períodos de depresión, permiten sustituir los desplazamientos geográficos de la mano de obra por cambios de ocupación dentro de la propia residencia, defienden la estabilidad de los ingresos familiares al no dejarlos vinculados exclusivamente al jornal masculino y mejoran incluso otros servicios, como, por ejemplo, los bancarios, a los que salvan de la rigidez y unilateralidad de un solo tipo de negocios y de financiaciones.
Los métodos ofrecidos por la teoría para ejecutar una política de diversificación son muy variables, oscilando la intervención estatal desde las formas más directas, como la construcción de factorías nacionales, hasta las más indirectas y de más libre campo a la iniciativa privada, como las facilidades a empresas que busquen ubicación, o incluso la mera propaganda desarrollada muchas veces a la manera comercial por las autoridades locales. Y todas ellas acompañadas de la necesaria reeducación de los operarios, practicada unas veces por las propias empresas, pero que otras puede exigir el auxilio oficial.
Movilidad y diversificación, o ambas a la vez, son las posibles formas de políticas directas. Pero no cerraremos esta forzosamente breve exposición sin aludir a las formas indirectas de tipo general, cuyo examen rebasa el marco de este estudio, y singularmente a la política financiera, con su mantenimiento de un nivel de gastos suficiente, a la política comercial exterior, en cuanto afecta vitalmente a las industrias exportadoras, y a la política oficial de investigación que, en centros estatales o en colaboración con las empresas privadas, persiga nuevos métodos o productos más rentables.
EL PROBLEMA REAL EN LA GRAN BRETAÑA
Antecedentes
Después de la breve depresión de 1920-1921, que elevó el número de parados en la Gran Bretaña a la cifra de 2,5 millones en junio de 1921, la situación fue aliviándose, y en todo el período anterior a 1929 la cifra media, salvo durante la huelga carbonífera de 1926, se mantuvo en torno al millón y cuarto (1.128.000 en 1929).[4] Pero la Gran Depresión incrementó pronto esta cifra, elevándola a 2.633.000 y 2.770.000 en 1931 y 1932, respectivamente.[5] Hasta mediados de 1933, en que se inició la recuperación, no descendió por debajo de los dos millones y medio (2.429.000), decreciendo poco a poco hasta un millón y medio, aproximadamente, en 1937. Es natural que, al agravarse la situación en 1930 de esa alarmante manera, surgiesen preocupaciones por el problema del paro que, por las razones expuestas al principio de este trabajo, se concentró, sobre todo, en las zonas del país en que estaba localizada la industria pesada, no sólo por aquellos motivos, sino además por la depresión general del comercio exterior, factor que, como veremos, pesa grandemente en el caso de la Gran Bretaña. Pronto surgieron estudios y trabajos sobre el tema, oficiales unos (como, v. gr., el Board of Trade Industrial Survey of the North East Coast, de 1931), y debidos otros a iniciativas privadas o al estímulo de autoridades comarcales. Es entonces cuando se engloban dichas zonas más agudamente afectadas bajo la denominación de «áreas deprimidas» (depressed areas).
Sin embargo, no se emprende una acción sistemática hasta la aprobación en 1934 de la Special Areas (Development and Improvement) Act, más tarde modificada por la Special Areas (Amendment) Act, de 1937; textos en los que merece notarse ante todo la nueva denominación que sustituye a la anterior de áreas deprimidas, contra la cual se habían formulado objeciones por sus inconvenientes para la propaganda en beneficio de las propias zonas. En la primera de dichas leyes se establecen cuatro «áreas especiales»: la del nordeste, la de Cumberland occidental, la de Gales meridional y la de Escocia. En conjunto, y aunque las cuatro zonas sólo comprendían la séptima parte (6,5 millones de habitantes) de la población total de la Gran Bretaña, en ella se concentró la tercera parte del paro nacional. La difícil situación consiguiente puede también ponerse de relieve por el hecho de que mientras la proporción media de parados en relación con los individuos activos asegurados fue durante dicho período en toda la Gran Bretaña de un 14 por ciento, en las «áreas especiales» osciló entre el 23 por ciento (Escocia) y el 33 por ciento (Cumberland).[6] Para ocuparse, además, del problema se designaron en las distintas zonas unos comisarios que dieron a la publicidad algunos informes,[7] aplicándose, sobre todo a partir de 1936-1937, uno de los métodos que más fecundos en resultados habían de mostrarse: el de los trading estates (aproximadamente, «propiedades industriales»), a los que nos referiremos más adelante como rasgo típico de la política británica de localización. Ulteriormente, y para diagnosticar a fondo el problema y sugerir sus remedios, se creó la Royal Commission on the Distribution of the Industrial Population, que ultimó en diciembre de 1939 y publicó en 1940 un informe conocido como Barlow Report, en atención al nombre de su presidente, sir Montague Barlow.[8] Aunque relacionado principalmente con los problemas demográficos que su título indica, el informe incluyó también conclusiones sobre la ubicación de la industria, destacando en este aspecto su fundamental recomendación de que se creara un nuevo organismo central y nacional para planear la localización de la industria tanto como la distribución de la población.
Las «áreas especiales» en la posguerra
La Segunda Guerra Mundial absorbió prontamente el paro existente; pero, como es natural, ello no alteraba la desequilibrada estructura industrial de las zonas deprimidas, por lo que el problema se plantearía nuevamente a la terminación del conflicto, tan pronto como decayesen las demandas de trabajo residuales de carácter bélico, especialmente la reparación de los destrozos sufridos en ataques aéreos. De ahí que, como medidas de previsión, se dieran dos pasos importantes para nosotros, plasmados en el Libro Blanco sobre Política de Ocupación, de mayo de 1944 (Cmd. 6527), y la Ley sobre la Distribución de la Industria (Distribution of Industry Act), aprobada en junio de 1945.

El Libro Blanco subraya desde el principio la importancia del comercio exterior en la revitalización de la economía británica[9] y en la absorción del paro. Examina luego los problemas de la transición desde la guerra a la paz y, en el capítulo 3, expone ya las medidas necesarias para lograr una «equilibrada distribución de la industria y de la mano de obra». Este capítulo comienza por recoger la existencia del problema, para presentar inmediatamente las líneas de ataque, que en principio consisten: a) en estimular la actividad de las propias industrias básicas deprimidas en cada zona aumentando su rendimiento y facilitándoles mercados exteriores, y b) en adoptar medidas generales para el mantenimiento de un nivel de gastos suficiente en todo el país. Seguidamente se reconoce, sin embargo, que ambas actitudes no bastan en nuestro caso por razones locales, puesto que la particular estructura industrial de las zonas deprimidas las hace singularmente vulnerables a las fluctuaciones cíclicas, por lo que es precisa una política de diversificación que el Libro Blanco propone emprender por los dos procedimientos de influir en la localización industrial y en la movilidad de la población, con el complemento de los centros de reeducación necesarios. Es de notar que en el Libro Blanco las «áreas especiales» reciben el nuevo nombre de «áreas de fomento», ya de por sí significativo de una nueva actitud en la que las zonas afectadas no se contemplan como focos de una plaga que hayan de ser tratados aparte del resto de la comunidad. Véase cuánto ha evolucionado la actitud frente al problema desde la primitiva designación de áreas deprimidas.
Para modificar su estructura industrial, el Libro Blanco anuncia diversas medidas: instalación de nuevas factorías del Estado; facultades al gobierno para influir sobre la localización de las empresas privadas; conservación en esas zonas de las industrias de guerra que convenga mantener activas durante la paz; prioridad en su favor al concederse licencias para el establecimiento de nuevas industrias; aumento de facilidades a las pequeñas empresas para su instalación en las áreas de fomento; prioridad en la ejecución de contratos para el gobierno, e incluso auxilios financieros. El desarrollo concertado y unitario de esa política se encomienda al Board of Trade.
En cuanto a la movilidad y distribución de la mano de obra, el Libro Blanco se ocupa especialmente de los problemas de la reeducación laboral, que se efectuará en formas diversas, desde la formación en las propias factorías, cuando ello sea posible, hasta el paso por institucio
