Fuego al machismo moderno

Júlia Salander
Júlia Salander

Fragmento

Prólogo

Introducción

Este libro nace de una pregunta que muchas mujeres me hacen a diario: «¿Cómo respondo a esto?». Esa frase puede venir de un comentario en una cena familiar, un mensaje en las redes sociales o una discusión en el trabajo. A veces, es tan evidente la misoginia que no deja dudas, pero otras, su sutileza lo hace parecer inocente o incluso lógico. Es en esa sutileza donde el machismo encuentra su fortaleza, camuflándose en el lenguaje cotidiano, en las bromas, en los mantras que repetimos sin cuestionarlos. Y otras veces nos chirría, en el fondo sabemos que está mal, pero nos cuesta encontrar palabras para desmontarlo.

Vivimos en un momento histórico en que los discursos machistas se están reorganizando y adaptando con una habilidad que no podemos subestimar. Los comentarios del «cuñado» de toda la vida siguen presentes, pero ahora conviven con el machismo más reaccionario y profesionalizado, amplificado por las redes sociales y respaldado por líderes que construyen narrativas peligrosas. Trump, Vox, Alvise, Milei, Meloni. . . El fenómeno no es local ni anecdótico, es estructural y está ganando terreno, sobre todo entre quienes creen que el feminismo ha llegado «demasiado lejos». Y, tías, el feminismo seguirá siendo necesario hasta que veamos cero feminicidios, cero violencia vicaria, cero agresiones sexuales. No existe un «demasiado lejos» en una lucha que pretende acabar con la violencia, porque nunca hay demasiada paz ni demasiada igualdad.

La herramienta del machismo para controlarnos es el miedo y la culpa: miedo a denunciar una agresión, a que no nos crean, a que nos acusen de denuncia falsa, a estar expuestas; pero también, a no denunciar, a tardar demasiado. Miedo a ir por la calle de noche, a viajar solas. Miedo a dejar una relación, a su reacción, a decir que no. Miedo a pedir ayuda, a necesitarla, a llamar las cosas por su nombre.

Miedo a envejecer, a las canas, a las arrugas, a cumplir años, a estar vivas y que se note en nuestros cuerpos. Miedo a ser la polioperada, a ir pintadas como una puerta; pero también, a ir con la cara lavada. Miedo a no ser madres, a arrepentirnos, a que se nos pase el arroz; a la vez, a ser madres, en concreto, a ser malas madres, a no disfrutar de la crianza, a no tener tiempo para nosotras, a quedarnos sin vida. Miedo a que nos juzguen constantemente por nuestra maternidad.

Miedo a hacer topless y que nos graben, a que nos extorsionen. Miedo a ser la guarra y miedo a ser la estrecha. Miedo a decir que paren. Miedo a sufrir una violación. Miedo a tener miedo. El machismo ha creado todos estos miedos, y vivir con miedo no es normal. Dejemos de normalizar algo que nunca debería haber existido. Reivindicamos el feminismo más que nunca porque nuestro objetivo es eliminar todos estos miedos y seremos necesarias hasta que lo consigamos.

El machismo moderno no solo se perpetúa por la ignorancia o la tradición, sino porque sabe renovarse. Ha aprendido a disfrazarse de ironía, de un falso sentido común, de discursos basados en la libertad o incluso camuflado en la ciencia (el supuesto llamado a la biología, madre mía, qué bien me lo he pasado respondiendo a eso). Y muchas veces nos pilla desprevenidas. Estamos tan acostumbradas a ridiculizarlo que no siempre vemos la seriedad de su avance. Nos sorprendemos con los resultados electorales, incapaces de entender cómo alguien podría votar a quienes parecen decir barbaridades, ¿cómo puede ser que casi 77 millones de personas hayan votado a Donald Trump? ¿Cómo es posible que 3 millones de personas hayan votado a Vox? ¿Por qué hay vídeos virales en las redes con discursos profundamente misóginos y con millones de likes? ¿El machismo está de moda entre la gente joven?

Por eso, este libro tiene un propósito claro: desmontar el relato machista frase a frase, idea por idea. Aquí encontrarás respuestas para cuando te quedes en blanco, herramientas con las que desarmar esos argumentos que pretenden invalidarte, y un chute de análisis crítico que nos permita reconocer y combatir incluso las formas más sutiles de violencia simbólica. No se trata solo de respuestas ingeniosas, sino de comprender el trasfondo de cada frase y las dinámicas de poder que la sostienen.

Estamos en un momento crucial en el que ya no nos quedamos calladas. Cada vez más mujeres alzan la voz frente a comentarios machistas, desmontan argumentos o responden públicamente en las redes sociales. Esto es decisivo porque el silencio, aunque a veces parece la opción más cómoda, tiene un precio: cede espacio al machismo, le permite normalizarse y ganar terreno. Responder no es solo una reacción; es una forma de resistencia activa. Es una manera de dejar claro que no toleramos más ese discurso, de marcar límites y, sobre todo, de sembrar dudas en quienes lo reproducen sin cuestionarlo. Que no quede impune esparcir odio.

Aunque también hemos de escoger nuestras batallas. No siempre vale la pena desgastarnos en discusiones donde no hay voluntad de escucha o que solo buscan provocarnos. Saber cuándo hablar y cuándo guardar nuestras energías no es rendirse, es estrategia. Contestar al machismo no significa responder a todo ni a todos, sino identificar los momentos cuando nuestra palabra puede tener impacto: en un espectador indeciso, en una amiga que empieza a cuestionarse, o en espacios donde nuestro silencio podría interpretarse como complicidad. Se trata de encontrar el equilibrio entre no dejar pasar lo intolerable y protegernos de la sobreexposición que tantas veces nos agota.

Y, al final, el feminismo tiene algo que incomoda al machismo: no nos rendimos y ya no tenemos miedo. Y, aunque las luchas parezcan interminables, cada palabra que desmontamos, cada idea que transformamos y cada persona que dejamos pensando es un paso hacia delante. Este libro es para quienes no se quedan calladas, para quienes quieren entender y para quienes creen, como yo, que tenemos las herramientas para cambiar el mundo.

He disfrutado muchísimo escribiendo este libro, he conectado con la rabia y el enfado que me produce el machismo, pero también con la fuerza y contundencia que nos proporciona saber que tenemos la razón. Espero que lo disfrutéis igual que yo.

Guía práctica para debatir dándolo todo y sin perder los nervios

Bueno, antes de empezar el libro con una lluvia de frases machistas, hemos de prepararnos. Y este es el momento Get ready with me para debatir con machirulos. Porque sí, hay días en los que te gustaría mandar a la mierda al señoro de turno y desconectar del mundo, pero entonces aparece esa duda interna: «¿Debería responderle?». Y ahí estás tú, debatiéndote entre dejarlo pasar o sacar toda la artillería.

Spoiler: no tienes por qué hacerlo siempre. Escoger nuestras batallas no es rendirnos, es una estrategia. Y no todo el mundo está dispuesto a escucharnos de forma activa y, bueno, hablarle a una pared es una pérdida de tiempo, eso ya lo sabemos. Pero cuando decides entrar al ruedo, hay que hacerlo con todo. Aquí no se trata de convencer a quien no quiere escuchar, sino de no dejar que el machismo siga impune, sin respuesta. Porque, cuando callamos, les damos espacio. Y eso, tías, es exactamente lo que no podemos permitir.

En este apartado, te dejo una guía de supervivencia para esos debates inevitables. Desde la amiga despistada que recita argumentos machistas sin darse cuenta hasta el machista chungo que te provoca para hacerte saltar. Porque sí, podemos responder sin perder los nervios. O perderlos, pero a nuestra manera y con estilo.

1. Con la amiga despistada que se ha tragado el machismo: «la inconsciente»

Aquí no hay maldad, solo lleva toda la vida bebiendo de esa fuente contaminada sin darse cuenta. ¿La clave aquí? Ponerle el espejo delante con paciencia, pero sin bajar la guardia. Lo mejor es hacer preguntas, lograr que ella misma se dé cuenta de la incoherencia o de los huecos argumentales en sus frases.

Estrategia: haz preguntas que le permitan reflexionar: «¿De verdad crees que si una mujer sufre acoso es porque iba vestida de X manera?». No es un interrogatorio, es causar que piense antes de repetir mantras. Si ves que la cosa fluye, puedes darle ejemplos o datos. Si no, suelta una frase potente y corta ahí: «Si ese argumento te lo hubiera dicho un tío, ¿te sonaría igual de lógico?».

2. Con el tipo que no se entera: «el despistado»

Es este que, en pleno 2024, aún pregunta qué es el patriarcado. Y es diferente al que te lo pregunta con sorna para «ponerte a prueba». A este literalmente no le interesa la movida, solo pregunta para integrarse en la conversación, pero la sensación es que no escucha mucho lo que le respondes. La intención puede no ser mala, pero su actitud resulta agotadora.

Estrategia: mantén la calma. . . hasta cierto punto. No tienes por qué hacerle una clase intensiva, no tenemos por qué ser profesoras veinticuatro horas, pero sí puedes lanzarle algo que lo descoloque. «Si te interesa tanto, te puedo pasar fuentes fiables para que leas. Si no, me ahorro el monólogo». La idea es dejar claro que no eres Google, pero que, si está dispuesto a aprender, puede empezar a currárselo él mismo.

3. Con el hijo sano del patriarcado: «el que lo lleva en la sangre»

Este personaje ha mamado machismo desde la cuna y lo defiende con orgullo. Tiene argumentos heredados y suele ser combativo. Repite eslóganes y consume el pódcast Redpill, intentará minimizar lo que padecemos las mujeres para resaltar la violencia que sufren los hombres.

Estrategia: aquí sí que toca ir con todo. Dale datos, casos concretos y, sobre todo, no entres en su juego de provocación emocional. «Es curioso que pienses eso porque hay estudios que dicen justo lo contrario. ¿Te interesa debatir con hechos o solo quieres pelear?». Mantente firme y corta en seco si se pasa: «Tu opinión es una, pero no es la realidad, y no pienso normalizarla». Y cuando te saque que los hombres se suicidan más o que también tienen trabajos precarios como la mina: «Paco, nadie niega que a los hombres les pasen cosas. Pero ¿por qué cuando hablamos de lo que sufrimos nosotras automáticamente hablas de ti?».

4. Con el falso aliado que te da lecciones: «el mansplainer progre»

Es el que parece estar de tu lado, aunque cuando menos lo esperas te está explicando el feminismo como si él lo hubiera inventado. Repite las consignas feministas, pero en una conversación más profunda te das cuenta de que no lo piensa de verdad. Te sacará el tema de la biología y los monos para intentar «pillarte» y justificar que el patriarcado es algo natural que, por lo tanto, no se puede cambiar.

Estrategia: desarmarlo con su propia lógica. «¿Te das cuenta de que estás haciendo lo que criticamos? Gracias, pero no necesito que un hombre me valide para tener razón». Si insiste, puedes añadir con ironía: «Guau, no sabía que necesitaba un mentor para entender mi propia lucha. Gracias por la iluminación». Humor cortante 1, mansplaining 0. Cuando te saque el tema de la biología o el mundo animal: «José Luis, no somos monos. Nos dan igual los bonobos. El machismo es social y todo lo social se puede desaprender».

5. Con el machista chungo: «el provocador profesional»

Este no quiere debatir, quiere que pierdas los nervios. Busca provocar para desacreditarte. Te faltará al respeto e intentará humillarte para rascar cuatro likes en Instagram.

Estrategia: no le des el gusto. Mantén la calma y usa respuestas cortas, contundentes y sin entrar en su dinámica. «No tengo tiempo para tu show, cuando quieras debatir de verdad, hablamos». Si te insiste, termina con algo del estilo: «Tu odio no va a frenar nuestra lucha, así que suerte lidiando con ello». Y si ves que se pasa, no dudes en exponerlo: «Este tipo de comentarios son la razón por la que seguimos luchando. Gracias por recordarnos por qué el feminismo es necesario». Aquí lo mejor es desistir, no entrar en su juego. Un buen bloqueo siempre es una opción.

1.

ATAQUES A FEMINISTAS

La primera reacción del machismo es atacarnos y nuestra mejor defensa, unos buenos argumentos.

Las feministas están siempre enfadadas

MACHISTÓMETRO:

Ilustración de tres llamas. Dos de ellas coloreadas.

MACHIRULO EN PRÁCTICAS

TE LO DESMONTO CON TRES ARGUMENTOS:

1. Si nos enfadamos es porque tenemos motivos, ¿quieren que hablemos de feminicidios con una sonrisa?

2. Se critica el tono de enfado como una excusa, lo que realmente les molesta es el mensaje.

3. Dejaremos de estar enfadadas cuando se acabe el machismo.

Empezamos por todo lo alto. Esta frase da muchísimo de sí y es el ejemplo perfecto de cómo se intenta estigmatizar e invalidar nuestra lucha y derechos aludiendo a. . . ¡que nos enfadamos! Vaya por dios. Nos recuerda mucho al típico: «Calladita estás más guapa», parece ser que el sistema habitualmente encuentra otras formas para terminar diciendo lo mismo.

«Las feministas están siempre enfadadas». Esto forma parte del tone policing, es decir, una falacia que consiste en poner el foco en el tono de alguien que ha expresado un punto de vista, descartándolo por ser emocional o de enfado en lugar de abordar la sustancia de lo que dice esa persona. Forma parte de una técnica para invalidar al otro: me centro en tu tono y te invalido absolutamente todo lo que has dicho y no hablamos del tema en cuestión.

En el caso del feminismo, la estrategia es dejar de lado las razones legítimas que nos hacen luchar por nuestros derechos y reducirlo todo a una mera expresión de enfado o frustración sin contexto ni motivos. Esto también nos recuerda bastante a la lógica de un maltratador psicológico: «te llevo al límite y, cuando pierdes las formas, señalo que te has alterado». Cuanto más analizo esta frase, más preocupante me parece.

El feminismo va de esto, ¿no? De señalar todos los elementos estructurales que nos oprimen y nos violentan: estamos hablando de feminicidios, de violencia sexual, de la presión estética que tenemos encima, de las cargas que implican la maternidad, de la doble explotación laboral, de un sistema que merma nuestra autoestima para hacer negocio, de tener miedo por la calle, de ser invisibles a medida que cumplimos años, de cobrar menos por ser mujeres. . . ¿Quieren que hablemos de todo esto con una sonrisa en la boca? Porque es una falta de respeto a nuestra lucha y a nuestros derechos. El feminismo no es una reacción irracional, sino una respuesta racional a siglos de opresión.

Pero, aunque todo esto lo tengamos claro, estas frases calan muy profundamente. Y aquí se presenta la eterna dicotomía: estás en una mesa con gente o en un grupo de WhatsApp y alguien suelta la típica frase machista de mierda y, claro, ¿qué haces? Saltas y respondes, exponiendo la burrada que ha dicho, o te quedas callada porque si no eres la pesada del grupo, a la que acusan de ser una «exagerada», «loca» o «histérica». La presión que tenemos encima es brutal porque el calado que hay detrás de todo esto es una medida correctiva para que no denunciemos la violencia que sufrimos. En el caso de que se nos ocurra hacerlo, seremos repudiadas por el grupo. Se entenderá que somos nosotras las que creamos una incomodidad, cuando debería estar claro que el origen es el machirulo de turno que ha dicho una burrada.

Y es que, a ver, el feminismo que no incomoda es marketing. Esto no es un simple eslogan manido que repetimos de forma superficial, sino una realidad que nos hemos de grabar a fuego. ¿Os imagináis una huelga de la clase obrera que no incomode, donde la prioridad sea respetar los sentimientos de los propietarios capitalistas y la patronal? ¿Por qué a la lucha feminista se le exige que priorice no molestar al opresor? Es absurdo.

El problema de fondo es que al sistema no le gusta ni le interesa que las mujeres incomoden. No se atreve a adentrarse en nuestro discurso o lo que estamos diciendo porque tampoco interesa escucharnos. Es mucho más fácil rechazar algo por el envoltorio y no por el contenido.

Esto nos deja en una encrucijada: por una parte, como feministas tenemos que denunciar las opresiones y violencias que sufrimos; por otra, no podemos estar enfadadas y no tenemos que incomodar a los hombres. Para variar, se nos exige a las mujeres que seamos dulces, suaves, empáticas hasta para el activismo. Al enmarcar la lucha feminista como un enfado, se despolitiza el discurso y se trivializan nuestras demandas, reforzando la idea de que las mujeres debemos mantenernos en el espacio emocionalmente controlado que la sociedad pretende asignarnos.

Y no solo eso, sino que también se nos responsabiliza de no conseguir que los hombres se interesen por el feminismo o hasta de que les genere rechazo nuestro movimiento. Da igual lo que pase, que la culpa siempre es nuestra. No solo nos hemos tenido que deconstruir e identificar los inputs machistas del sistema, sino que encima tenemos la obligación moral de propagar el mensaje, hacer pedagogía y transmitir nuestras reclamaciones bajo algodones para que nadie se ofenda.

Y aquí va el mensaje: tenemos derecho a estar enfadadas, habrá mujeres que sean más pedagógicas que otras, habrá mujeres que tengan más paciencia, y habrá mujeres que tengan una forma de comunicar que sea más directa y contundente. No nos olvidemos de que el feminismo no es una fiesta, es una reivindicación, una lucha. Y estamos hartas. El activismo feminista se nutre de la indignación frente a la violencia, la desigualdad y la opresión. Como han señalado muchas teóricas feministas, el enfado puede ser una fuerza transformadora, ya que moviliza a las personas para luchar por el cambio. En lugar de descalificar ese enojo, deberíamos preguntarnos qué lo provoca y qué cambios sociales necesitamos para construir una sociedad más justa.

NUESTRA RESPUESTA:

LAS FEMINISTAS NOS ENFADAMOS CUANDO TENEMOS MOTIVOS.

Las feministas odian a los hombres

MACHISTÓMETRO:

Ilustración de tres llamas. Dos de ellas coloreadas.

MACHIRULO EN PRÁCTICAS

TE LO DESMONTO CON TRES ARGUMENTOS:

1. Las feministas odiamos el machismo y repudiamos a los machistas, no a los hombres.

2. Los hombres porque no son un grupo homogéneo, son la mitad de la humanidad. Además, también hay mujere

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