PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
Para advertir a mis hijos de los peligros de la lectura, y animarles a hacer atletismo o a salir a trotar al campo, siempre les contaba la muerte de Plinio el Viejo, el sabio romano del siglo I que, entre otras obras hoy perdidas, escribió la famosa Historia natural, con sus treinta y siete libros, compendio de todo el saber enciclopédico de la antigüedad. Según el relato de su sobrino, también llamado Plinio, su tío era prefecto de la flota de Miseno, en el golfo de Nápoles, cuando el 24 agosto del año 79 el Vesubio entró en erupción. «Prorrumpir» es un verbo muy ajustado a esa terrible, explosiva y sustanciosa expectoración de la tierra que acabaría cubriendo de cenizas, y conservando en un cajón repentino, las bulliciosas ciudades de Pompeya y Herculano. Pues bien, el curioso y solidario Plinio el Viejo, observando desde Miseno la nube que se elevaba desde el cráter y en respuesta a los mensajes de auxilio recibidos desde la ladera del volcán, cruzó el golfo con sus galeras y desembarcó en Castellammare di Stabia, donde —siempre en la versión de su sobrino— demostró una serenidad olímpica y casi temeraria, propia —desde luego— de la filosofía estoica que siempre había profesado en su vida y en sus escritos. Mientras evacuaba a la población y consolaba a los niños, en medio del tronar del cosmos, sobre un suelo roto y estremecido, bajo una implacable lluvia de ceniza y lapilli, indiferente a su propia supervivencia, mandó preparar el almuerzo en casa de un amigo y, tras comer con ostentosa lentitud, se dio un largo baño en sus aposentos. Manifestaba así su desdén hacia el peligro y su superioridad frente a la gritona e impotente naturaleza que intentaba alterar sus hábitos. Plinio fue el último, pues, en abandonar la ciudad, como los capitanes en un naufragio, pero no le dio tiempo a llegar al embarcadero. Empujando a los últimos rezagados —en medio del estrépito del cosmos, entre nubes tóxicas y sacudidas de tierra, bajo una nutrida lluvia de piedras—, Plinio el Viejo murió al pie de su galera, tras haber salvado muchas vidas, agotado por el esfuerzo.
La verdad es menos honorable. A sus cincuenta y siete años, Plinio era un hombre gordo —muy gordo— y de salud frágil y, al parecer, murió nada más poner el pie en Castellammare. La historia de la comida ceremoniosa y el largo baño traducen a un lenguaje digno las tentativas de sus sirvientes y amigos para reanimarlo después de que perdiera el conocimiento en la atmósfera espesada por el humo y las cenizas. Plinio no sólo no salvó a nadie, sino que se convirtió en un obstáculo para las operaciones de evacuación, pues él mismo tuvo que ser evacuado, inerte y voluminoso, ya difunto, como si se tratara de una mesa o un arcón.
¿Y por qué estaba Plinio tan gordo y respiraba tan mal? Porque estaba obsesionado con la lectura. Era tan aficionado a los libros que, para no perder el tiempo, leía siempre, en todas partes, sin parar. Todos los pasajes entre dos libros le parecían hasta tal punto tiempo muerto o tiempo perdido que se impuso la supresión de todas las transiciones. La transición más banal es el desplazamiento entre dos puntos. Plinio, como todos, tenía que cambiar a menudo de lugar: ir al Senado o a las termas, visitar al emperador, viajar a la Campania o sencillamente ir al retrete o salir al jardín. Pues bien, para no perder un solo minuto, para no tener que interrumpir la lectura de la obra en curso, se hacía trasladar a todas partes en litera o en silla de manos. Así lo veían pasar los ciudadanos de Roma por las calles de la ciudad: cada vez más gordo, cada vez más jadeante, flotando por encima de sus cabezas, absorto en sus pensamientos. Cuando entró en erupción el Vesubio en el año 79, Plinio el Viejo llevaba quizás treinta años sin poner el pie en el suelo; el primer paso fue ya superior a sus fuerzas y, en el aire enrarecido del Vesubio, alargó la pierna y le reventó el corazón.
No es que mis hijos no saltaran, jugaran y rodaran, como todos, pero lo cierto es que esta historia ejemplar tenía el efecto paradójico de inmovilizarlos en el sofá, desde el que reclamaban otra historia que a su vez aplazaba el momento de salir al campo. Como por una epidemia de hipervínculos, mientras yo los sacaba a empellones a la calle, pasábamos luego a la historia de Petronio, «príncipe de la elegancia», escritor romano contemporáneo de Plinio al que Nerón condenó a muerte y que, obligado a suicidarse, se abría y se cerraba las venas en la bañera para prolongar su agonía, tomándose —digamos— su tiempo frente a los soldados que lo apremiaban, en un gesto, sí, de dignidad frente al tirano, pero también con el propósito de prolongar la obra —escribiendo y escribiendo mientras se desangraba— que había provocado la ira de Nerón. De Petronio —mientras caminábamos ya por un sendero, pues los relatos son también trayectos— pasábamos tal vez a la muerte en 1793 de Jean-Paul Marat, el revolucionario francés asesinado en la bañera, donde —según la imagen consagrada por el famoso cuadro de Jacques-Louis David— estaba escribiendo un artículo contra el rey cuando Charlotte Corday lo apuñaló.
Es fácil defender —no sé— las fresas, los ordenadores y hasta los coches de carreras. Pero ¿los libros?, ¿los relatos? La necesidad de hacer campaña una y otra vez a favor de la lectura —de promover, estimular y colorear las letras— revela una doble angustia. Los lectores —primera— sentimos los libros amenazados. Los lectores —segunda— nunca encontramos argumentos convincentes a favor de nuestro vicio.
Es verdad que los hombres se han quejado siempre de las inclemencias del tiempo, pero sólo hoy podemos hablar de cambio climático. Es verdad que ya Cicerón se lamentaba de la escasa pasión por la lectura de los jóvenes romanos, pero sólo hoy podemos hablar de un cambio de paradigma. Instrumento de dominio y de liberación, la escritura está en peligro como lugar de construcción y decisión de los destinos humanos. Algunos datos sumarios así lo expresan. Mientras aumenta el número de títulos y las cifras de ventas, disminuye el de lectores efectivos. Mientras se mantiene el analfabetismo real en los países pobres, aumenta el analfabetismo funcional en los países ricos. Mientras se multiplican los medios tecnológicos de registro y archivo de la humanidad, flaquea y agoniza la memoria individual de los humanos. Mientras se multiplican las palabras —tiene razón García Márquez— en todos los formatos, se extinguen las frases largas. Pocos somos capaces ya de recordar un poema, una canción, una cita de memoria; pocos somos capaces de recordar —como un fuego vivo bajo nuestros pies— los acontecimientos más recientes: la caída del muro de Berlín es para las nuevas generaciones tan antigua, tan inexpresiva, tan irrelevante como la caída de Roma; incluso la invasión de Iraq es tan remota y está tan desprovista de sentido como la conquista de Granada o las Cruzadas. La Historia ha desaparecido en el instantáneo y sucesivo consumo de imágenes muy intensas, muy solubles, que no dejan más rastro que el apetito de una imagen nueva, de una visualidad ininterrumpida: la mirada se ha convertido en una extensión del sistema digestivo.
En estas condiciones, los libros no hace falta ni quemarlos: se descatalogan solos a medida que salen de la imprenta. En estas condiciones, los libros —pobrecitos— no pueden defenderse a sí mismos. En la mitad pobre del mundo son inalcanzables; en la mitad rica se distinguen ya mal de una chocolatina o de un electrodoméstico. Si queremos salvarlos —junto a los elefantes, los glaciares y los niños—, habrá, por tanto, que cuestionarse el modelo en su conjunto. Si queremos salvar a Joyce y a García Lorca —aunque sólo queramos salvar a Joyce y a García Lorca—, tendremos que salvar a los elefantes; si queremos salvar la Ilíada y el Quijote —aunque sólo queramos salvar la Ilíada y el Quijote—, tendremos que salvar también los glaciares y a los niños.
Pero ¿por qué salvar los libros? ¿Para qué leer? Es verdad que la lectura enseña, pero también enseña cosas erradas o perjudiciales. La lectura libera, pero también ata a prejuicios y sinsentidos. La lectura entretiene, pero es más entretenido el sexo, la montaña rusa o la televisión. La lectura informa, pero también manipula. La lectura hace pensar, pero ¿quién quiere pensar? La lectura puede cambiar el mundo, pero hoy casi nos conformaríamos con conservarlo. La lectura ayuda a conservar el mundo, pero mucho me temo que no podremos conservarlo sino con las manos y todos juntos. Entonces ¿para qué leer? ¿Para qué narrar?
El crítico y escritor George Steiner sostiene que precisamente en esta indeterminación —anfibia entre el bien y el mal— radica la fuerza de la literatura. Yo diría —lo digo en este libro— que radica más bien en el hecho de que esta indeterminación es absolutamente determinada. Es decir, en que esta indeterminación luce una caperuza roja o una barba azul; o se nos presenta «pequeña, peluda, suave, tan blanda por fuera que se diría toda de algodón»; o parece «verde que te quiero verde»; o tiene cincuenta años y es «de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza»; o ha nacido en un lugar concreto llamado Macondo.
La vida, decía Kafka, es un enigma del que hemos olvidado la clave. Los libros, al contrario, son claves —llaves— cuyo enigma no hemos localizado todavía. Las grandes novelas, los grandes relatos, los buenos poemas, dan respuesta a preguntas que aún no nos hemos hecho, que todavía no hemos encontrado. La vida es un cuaderno de ejercicios; los vamos haciendo sin saber jamás si hemos dado o no con la solución justa. Frente a ella, los buenos relatos proporcionan siempre soluciones justas —preciosísimas— a problemas que luego hay que reconocer y plantear. Sabemos que está ahí la solución, pero no sabemos cuál es ni a qué dilema responde. Sabemos, en todo caso, que se trata de problemas radicales y generales cuya solución es una flor concreta de retama agarrada a la falda del Etna, una niña concreta que quiere tocar el piano y acaba trabajando de cajera en unos almacenes, un pirata concreto con una pata de palo concreta y un loro concreto posado en el hombro; o una concreta mañana de mayo en que un viejo lama concreto llega a la concreta ciudad de Lahore. Cada vez que leemos a Leopardi o a Carson McCullers o a Stevenson o a Kipling nos embarga la certidumbre maravillosa de haber llegado a alguna parte, aunque no sepamos adónde, y de haber resuelto alguna adivinanza, aunque no sepamos cuál.
El enigma de una solución concreta —una flor concreta, una niña concreta, un pirata concreto, un lama concreto— es que no sabemos a qué enigma responde. Por eso, la maravillosa satisfacción, la apaciguadora certidumbre de los buenos libros va acompañada enseguida de una insatisfacción no menos intensa: porque una clave sin enigma es un nuevo enigma cuya solución habrá que buscar en un nuevo libro. De ahí que leer sea tan peligroso; empezar es azaroso, imprevisible, incoercible; terminar es imposible. Hay un cuentecito en el que un sabio oriental trata de concentrar toda la sabiduría humana en una página, luego en una frase, por fin en una palabra; y acaba por sumirse en el silencio e imponer silencio a todo el mundo. Hay escritores que sueñan con escribir el último libro, el libro definitivo, el libro después del cual ya no habrá que leer más libros. Y están las religiones llamadas «del Libro», que consideran que la Biblia o el Corán vuelven ociosos o redundantes todos los libros y que, a fuerza de imponer la lectura de un solo libro, acaban por impedir precisamente la lectura. El monoteísmo, el monobiblismo, es el silencio del mundo antes del big bang de la creación.
La lectura no tiene fin porque se compone de muchos comienzos y sólo podemos comenzar algunos de ellos antes de que nuestra vida termine. No es un proceso, como la reproducción de la vida o la acumulación de riqueza, sino una sucesión, sí, de paradas y comienzos (como el recorrido de un tren o la línea de un autobús). Sólo los niños muy pequeños, los militares y los capitalistas cuentan los números. Las cosas finitas, los hombres concretos, son incontables. Por eso no los contamos, sino que los contamos. No hacemos cuentas con ellos, sino cuentos. Por eso, al mismo tiempo, la literatura es lo contrario de la tecnología: podemos decir que el ordenador ha suprimido la máquina de escribir, pero no que Coetzee ha suprimido a Balzac o Roberto Bolaño a Dickens. En todos ellos encontramos por igual la emoción alboral de ese nuevo comienzo contenido en el «había una vez» de los relatos: el placer cardinal, el suspense local —localizador— de que haya algo en lugar de nada (o de yo mismo); la excitación subracional de que ocurran cosas que no hemos decidido nosotros y que pueden cambiar una vida concreta en un espacio concreto; quizás también nuestra vida y nuestro espacio.
Pero ¿quién puede querer dedicar su vida —un solo minuto de su vida— a acumular soluciones para las que hay que buscar luego un enigma? ¿A encadenar respuestas a las que aún les falta la pregunta? Cualquier ser humano que tenga problemas; es decir, cualquier ser humano digno de ese nombre.
¿Y quién puede querer concentrar su atención —un solo minuto de atención— en un terreno en el que hay innovaciones y descubrimientos pero no progreso? Cualquier ser humano que tenga antepasados; es decir, cualquier ser humano digno de ese nombre.
Entonces ¿para qué leer? ¿Para qué narrar? Marcel Proust escribía que, de la misma forma que no percibimos la rotación de la tierra, tampoco percibimos el paso del tiempo, y que las novelas son por eso —y la suya más que ninguna otra— relojes paradójicos que, al acelerar el tiempo, lo introducen allí donde habitualmente no sentimos su movimiento. Se dirá que no tenemos tiempo para la lectura. Pero esto es como decir que no tenemos tiempo para el tiempo; que no tenemos tiempo para la duración. Tenemos tiempo, en cambio, para ignorarlo durante horas, para abolirlo ilusoriamente durante días; para despreciarlo durante toda una vida. Tenemos tiempo para ir a Australia, pero no para llegar hasta la cocina o hasta la casa de enfrente; tenemos tiempo para fotografiar un millón de veces las Pirámides, pero no para levantar en la playa un castillo de arena; tenemos tiempo para dar la vuelta al mundo en una pantalla, pero no para pelar una patata. Tenemos, claro, ese minuto que basta para la destrucción de un mundo, pero ya no los siete días que hacen falta para crear uno. Tenemos tiempo, en fin, para la digestión y para la televisión, pero no para la duración.
Los relatos y los hijos no quitan sino que dan tiempo, nos devuelven el tiempo; nos devuelven precisamente el tiempo geológico que necesitan las montañas para formarse, los niños para crecer, la atención para fijar la mirada, las manos para prestar cuidados, la lengua para conservar su riqueza, los cuerpos para conocerse, la inteligencia y la imaginación para interesarse por un objeto o un ser humano concretos. En ese tiempo —que el reloj del relato nos restituye y que es el tiempo propiamente humano— pueden ocurrir cosas terribles. Pero sin ese tiempo, las buenas, las mejores, aquellas de las que dependen la salvación de los elefantes, los niños y los glaciares, son imposibles. El problema hoy no es el desprecio por la realidad sino el desprecio por el relato, la degradación de esa trabajada ficción —aprendizaje del tiempo— desde la que hemos venido juzgando durante los últimos siglos la consistencia real del mundo exterior. Se puede leer y abandonar a los propios hijos; se puede leer y conquistar a sangre y fuego otro país; se puede leer y colaborar en un genocidio. Pero ¿cómo va a impresionarnos la muerte de Aicha y Omar en Siria o en Iraq (¡con esos nombres!) si no nos impresiona la muerte de Jo en Casa desolada? ¿Cómo va a afectarnos el dolor de los palestinos si no nos afecta el de los liliputienses? ¿Cómo vamos a interesarnos por el destino de la humanidad si no nos interesamos por el de los unicornios o el de los mulefas?
Evocando ahora —mientras recordaba la primera vez que se las conté a mis hijos— las muertes de Plinio el Viejo y de Petronio, me doy cuenta de hasta qué punto los peligros de la lectura son inseparables de la guerra contra el tiempo, de la lucha por el tiempo, la materia prima y última de nuestras vidas. En la versión heroica de su sobrino, Plinio el Viejo se concedía tiempo —para saborear un vino y darse un baño, sin duda con un libro entre las manos— frente a la naturaleza que expectoraba sus cenizas mortales, y esto como prolongación de las lecturas que había robado al tiempo; y Petronio, de la misma manera, robaba tiempo al tirano —dueño del Tiempo— para prolongar el relato que lo destronaba. En cuanto a mis hijos y yo, que evocábamos en voz alta sus historias, producíamos tiempo, como la araña hilo, para atar con él nuestros cuerpos. El tiempo de los relatos —cuyo opuesto es el tiempo basura de los aeropuertos y el tiempo derretido de las tecnologías— es algo así como el nudo gordiano que el conquistador Alejandro, impaciente y voraz, cortó de un tajo con su espada para no tener que desatarlo.
Hace ocho años, cuando se publicó por primera vez este libro en la hermosísima edición de Caballo de Troya, Lucía tenía catorce años y Juan once. En estos ocho años han pasado muchas cosas —millones de mercancías arrojadas a la basura, catástrofes aéreas, revoluciones fallidas—, pero ha pasado sobre todo el tiempo. Cuando volvemos a leer Kim o El corazón es un cazador solitario o Casa desolada, volvemos a encontrar a los mismos personajes con la misma edad y no podemos cambiar su destino; si algo cambia en los libros —y por eso la relectura es fundamental— son los lectores, que se van transformando en el exterior. En estos ocho años han pasado ocho años. Y Juan y Lucía, personajes también de Leer con niños, han ido cambiando a su vez en sus afueras; mantienen de alguna manera el carácter que los hace reconocibles y queribles, pero más allá de los aparatosos cambios físicos sufridos (llenos ahora de pelos, de bultos, de espaldas y narices) se han ido deslizando, como por una resbaladiza pendiente de tiempo pulido y aceitado, fuera del espacio de las lecturas en común: fuera sencillamente de casa. No viven ya en mi casa. Me he quedado, por así decirlo, viuda; viuda de mis niños y viuda también de nuestros relatos compartidos. En julio de 2014, Juan y yo, en ausencia ya de Lucía, hicimos la última lectura en voz alta, A sangre fría, de Truman Capote, que me pareció tan bueno como la primera vez que lo leí pero mucho menos salvaje, quizás porque Capote abrió una ruta que luego adocenó la televisión (por no hablar de nuestros irreales y truculentos telediarios). Antes de eso, durante ocho años, Lucía, Juan y yo contábamos las horas con el reloj de los relatos que íbamos leyendo y que nos daban el tiempo que íbamos produciendo y consumiendo. Leímos, por ejemplo, los siete tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y llorábamos los tres (Lucía con quince años y Juan con doce) en las últimas páginas, cuando el autor describía el precipicio del tiempo que se cerraba sobre sí mismo dejándonos de pronto al margen: el verdadero drama era que se terminaba el libro: el tiempo que el libro mismo nos había entregado. Leímos también, poco después, y esto es pura jactancia, el Ulises de Joyce, que yo había leído «por obediencia debida» a los dieciocho años y que tomé con muchas prevenciones, empujado por la adolescencia exigente de Lucía. Fue toda una sorpresa. Salvo Rabelais y las películas de los hermanos Marx, no creo que nada nos haya hecho reír tanto juntos, con tan pocos remordimientos y tanta complicidad como esa grandiosa payasada contraliteraria; pero con la tristeza también de esas últimas páginas en las que Molly Bloom, en su normal, carnal y cronorrágico soliloquio, consuma la cuenta atrás (10, 9, 8, 7…) de todas las vidas y todos los libros. El Ulises de Joyce, por cierto, al igual que el primer Ulises, el de Homero, al igual que todos los grandes relatos, es un relato oral que gana mucho si se lee en voz alta y en compañía.
Ocho años después, soy viuda. En castellano no tenemos ninguna palabra para describir ese estado, y el término «viuda» —cuyo masculino, «viudo», no es en absoluto sinónimo— ciñe más o menos bien esta condición muy convencional en virtud de la cual las mujeres antiguas, volcadas en los cuidados del marido, caían de pronto en un tiempo vacío, sin el metrónomo de los guisos, la plancha y los remiendos. El tiempo de las viudas no es tiempo. Es, como el del aeropuerto y el de las tecnologías, un tiempo sin masa, sin sustancia, sin las montañas de la duración. Sin los cuerpos de la duración. Yo soy viuda. Me he quedado sin mis hijos, los cuerpos que más me han interesado y que más he cuidado, y me he quedado sin el tiempo de los relatos, lanzado cuesta abajo hacia la muerte, obligado ahora a escribir, hacer política, follar y beber vino para matar el tiempo o —lo que es lo mismo— para consolarme de mi viudez o viudedad. Soy una viuda literaria. Después de releer con mis hijos en voz alta toda la literatura del mundo, mis lecturas no tienen sabor, como las comidas en solitario del fast food, y carecen, por así decirlo, de mundo o de atmósfera en la que pesar. No pesan. Y me hacen pensar, por contraste y con dolorosa nostalgia, en el peso físico de mis propios hijos recostados, a un lado y otro, sobre mis hombros mientras yo empezaba a leer: «Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera». Ese «peso físico» es el verdadero objeto de Leer con niños.
Ocho años después, en todo caso, hay más motivos que nunca para tratar de establecer algún vínculo improbable entre los libros, los niños y el tiempo, frente a un capitalismo y unas tecnologías cada vez más digestivas. Sin muchas esperanzas, ésa sigue siendo la pretensión de este libro, cuya reedición, por razones obvias relacionadas con mi viudedad, me produce mucha satisfacción. No sé si servirá para algo. De la misma manera que ningún argumento de un ateo sensato podrá jamás persuadir a un fanático religioso para que piense por sí mismo (es decir, con otros hombres), tampoco ningún argumento a favor de la lectura o de los niños podrá jamás persuadir a un soltero, disuelto en sus imágenes intensas, para que lea a Stendhal, a Jack London o a Proust. Creo que en un mundo menos injusto habría más gente razonable; y creo que en un mundo más lento la lectura (que es siempre lectura en común, incluso entre cuerpos separados) tendría aún una oportunidad. La justicia y la lentitud habrá que defenderlas a la intemperie. Entretanto, por misteriosas razones que tienen que ver con el fracaso parcial de la lógica en los cuerpos concretos, siguen siendo posibles, como en los cuentos, las conversiones: bajo el contacto de un beso inesperado —un aburrimiento desarmado, un maestro heroico, un revés movilizador, una madre lectora—, algunas ranas se convierten todavía a la conciencia y a la literatura. Por eso, aunque sea en las catacumbas o en minoría, tenemos que seguir pronunciando en voz alta el nombre de la justicia y la libertad: por eso, aunque sea en las catacumbas y en minoría, tenemos que seguir pronunciando en voz alta los títulos de nuestras obras preferidas. Para salvar a los elefantes, los glaciares y los niños —si conseguimos salvar a los elefantes, los glaciares y los niños—, estas palabras y estos libros nos serán indispensables.
INTRODUCCIÓN
Cuando nació Lucía en 1992, vivíamos en El Cairo y la potencia inmensa de esa pequeñez eclipsó y redujo al silencio a una de las ciudades más populosas y más ruidosas del mundo. No porque Lucía fuese muy bonita, que también, sino porque era sobre todo muy gritona. Diminuta, frágil, siempre en huelga de hambre, parecía agarrada a la tierra sólo con los ojos y con la voz. Dormía poco y lloraba mucho, con tanta energía, continuidad y frecuencia que el brutal horizonte acústico del tráfico retrocedía al poso sin relieve de un modesto cuchicheo. Mientras su madre trabajaba fuera de casa, yo trataba en vano de contener su llanto y un día en mi desesperación —el gesto revela el grado de emergencia— decidí leerle a Dante. Con Lucía apoyada en una sola mano, sosteniendo en la otra la bellísima edición homeopática de Ulrico Hoepli, me movía a grandes zancadas por el cuarto, como una balanza equilibrada entre dos pesos minúsculos, mientras desgranaba en voz alta los versos de la Divina Comedia. La combinación tuvo un efecto ansiolítico inmediato, para ella y para mí, y pocos minutos después pude seguir leyendo sentado al lado de la cuna, desde donde Lucía me miraba, atontada por mi voz y con un brochazo ya de sueño en las pupilas. A partir de entonces y sin ningún escrúpulo utilicé contra mi hija la más dura de las drogas; en esos primeros seis meses de su vida, en efecto, cada vez que ella rompía a llorar yo me ponía a vociferar a Dante o los poemas de Pessoa —especialmente la «Oda marina» de Álvaro de Campos, que le gustaba mucho—, o el Canto cósmico de Cardenal, o también, por una asociación evidente, Josefina la cantora, el cuento de Kafka de la ratita chillona. No sé si fue ésta la causa de que Lucía dejase de llorar para ponerse inmediatamente a hablar, antes de cumplir un año, con la misma pasión, energía y continuidad agotadoras; o si es que sencillamente llorar y hablar eran para ella, en su miniatura de cuerpo, la única forma de hacerse notar; lo cierto es que, después de ese chaparrón de palabras puras recibidas directamente
