Tres millones de viviendas

Jorge Galindo
Jorge Galindo

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN
«No vas a tener una casa en tu puta vida»

Corría septiembre de 2007. Los primeros millennials cumplíamos entre 18 y 25 años. Empezamos el siglo entrando en la vida pública y arrastrando un problema que le resultará familiar a cualquiera que hoy tenga este libro entre las manos, pero sobre todo a los millennials y a la generación Z: no íbamos «a tener casa en nuestra puta vida», como sintetizó el eslogan con el que se convocaron manifestaciones en 14 ciudades de España, en ese mismo otoño, porque los precios eran totalmente inaccesibles.

Dos décadas después, la historia rima. Como país, pero también para los hogares de mi generación. El año 2024 cerraba con una manifestación parecida en tono y asistencia a aquella de hacía diecisiete otoños. Yo empecé 2025, el año en que cumpliría cuarenta, buscando casa por no tenerla. Teníamos techo. Y uno muy bueno, la verdad. Vivíamos de alquiler en un piso espléndido, con unos propietarios fantásticos, en una zona tan agradable como bien ubicada, en la ciudad más cara de España. Pero no teníamos casa. No éramos propietarios. Si queríamos comprar algo en ese barrio, de características similares, aun sumando los ahorros de dos personas con carreras profesionales prósperas y afortunadas, teníamos que asumir una hipoteca casi inviable según los criterios bancarios actuales. El mercado inmobiliario, el más importante para el bienestar de los hogares, tal y como lo califica el economista Joan Monràs,[1] está roto.

Un piso en Madrid como el que habitábamos cuesta, ahora mismo, el equivalente a por lo menos cuatrocientos viajes de una semana en pareja a algún destino europeo. Medirlo en viajes es una licencia retórica que me sirve para responder a eso que a la gente de mi edad para abajo nos han echado en cara alguna vez: que si gastáramos menos y ahorrásemos más podríamos comprar. Pero entonces tendríamos que pasarnos poco más de un siglo ahorrando. Una manera estándar de medir este esfuerzo es hacerlo en salarios anuales: ese dato lo encontrarás en el capítulo 1, en el que analizo a fondo qué está pasando y las razones que hay detrás de ello. La perspectiva que trato de dar ahí es tanto económica como sociológica, producto de que estudié lo segundo y me dedico a lo primero. De hecho, mi motivación para escribir ese capítulo fue personal: quería entender cómo podía ser que, si me ha ido bien en la vida, fuera tan difícil plantearme comprar un piso en la capital de mi país. En ese momento, la sensación predominante, que compartía en conversaciones con otras personas de mi edad, en la misma ciudad y situación, era: «Pero ¿no nos tocaba ya?». Una frustración de expectativas mucho peor, en órdenes de magnitud, para quienes en nuestro mismo entorno recibían salarios más bajos o tenían contratos laborales más precarios, que ni siquiera se planteaban comprar y solo aspiraban a no llevarse un susto con el precio de su alquiler o con, de repente, verse buscando un piso turístico para pasar unas semanas o meses mientras les echaban de uno y buscaban otro. Para todos ellos, como para mucha gente en España, la ausencia de vivienda accesible y estable no es solo un muro contra el que se estrellan ciertos sueños y esperanzas; es, más bien, una auténtica trituradora de oportunidades. Si no tienes ninguna capacidad de elegir dónde o cómo vivir, todo lo demás en tu vida (estudios, trabajo, pareja...) queda condicionado por ello.

¿De quién es la culpa de todo esto?, nos preguntábamos. De nadie y de muchos, me temo. En el capítulo 2 hago un repaso de los culpables. Hablaré de bancos e hipotecas y, con ello, de las diferencias cruciales entre aquella burbuja y la crisis de acceso actual. También hablaré de ricos, de inversores extranjeros y, quizá, también hablaré de ti, si resulta que tú sí eres propietario de una vivienda (¡o dos!) en Madrid. Si la tienes, tal vez no te consideres una persona rica, aunque (comparativamente) lo eres. Pero descuida: no es mi objetivo, ni creo que sea útil, señalar culpables. Creo que todos (tú, yo, el fondo de inversión, la persona no residente que compra en la Costa Blanca) nos movemos por incentivos y posibilidades. La realidad es que, en la crisis actual, solo algunos pueden comprar, y quien puede lo hace pasando por delante de los demás, porque el incentivo para hacerlo es considerable. Lo que necesitamos desbloquear es la posibilidad de que más personas puedan comprar o alquilar algo que se acerque a lo que desean.

Los capítulos 1 y 2 nos conducirán a una conclusión: hoy, en España, hay menos viviendas disponibles de las que hacen falta según la demanda, por no hablar de la que se viene (sí, va a ser todavía mayor), y quien sale ganando es aquel que tuvo la suerte de comprar antes de la crisis de acceso. Este diagnóstico tiene, creo, una virtud: nos ayuda a enfocarnos en el problema concreto y de base, la ausencia de oferta suficiente, y establece lo que percibimos como síntomas de ese problema: no podemos competir en el mercado si no tenemos dinero en los bolsillos, herencia u otro capital inmobiliario por vender para comprar —y otros sí pueden—, porque estamos atrás en una cola que es demasiado larga para lo poco que hay en el escaparate. Por eso a veces los pisos se los quedan los primeros que los ven, también para alquilar.[2] Es, literalmente, una fila, que percibimos en extremo injusta porque lo es: no está organizada por necesidad ni por orden de llegada, sino por una mezcla de capital disponible en tu familia, ingresos (menos), arraigo y algo de suerte. Pero se sentiría mucho, muchísimo menos injusta si en el escaparate hubiera tanto disponible como personas vamos entrando en la fila. La necesidad de organizarla (que demasiadas veces desemboca en fracaso) viene de la escasez. Es ahí donde debemos centrarnos.

Pero lo sorprendente es que si hay un incentivo tan enorme, tanto de mercado (¡los precios!) como político (¡los votos!), ¿por qué el sector privado o el Estado no se dedican a completar esa oferta que falta por cualquier medio posible? Esta historia sí irá más de culpables, pero quizá no son los que esperas. En esta parte me cambio el gorro de analista socioeconómico por el de politólogo, una disciplina glorificada primero y denostada después durante la última década que, en última instancia —espero demostrártelo—, es útil para entender por qué no suceden cosas que para cualquier observador externo es obvio que deberían ocurrir. ¿Qué paraliza al Estado y al mercado para que no estén siendo capaces de dar una respuesta al problema? Mi impresión es que las señales propias con las que funcionan estos dos mecanismos (precios y votos) están rotas. Las han destrozado la propia manera en que funciona el Estado (en todos sus niveles y tonos ideológicos) respecto a este problema, que es, de hecho, ejemplo de otros: en el mejor de los casos, siendo incapaz de priorizar realmente la vivienda sobre otros objetivos, de apoyar las palabras con hechos suficientes; en el peor, desenfocando el diagnóstico del problema, ignorando el déficit de viviendas para fijarse de forma exclusiva en las consecuencias de esa escasez. A las pocas señales claras que cortan a través de este ruido, al sector de la construcción le cuesta responder con agilidad por los problemas que arrastra tras la explosión de la burbuja de hace década y media. A los políticos también les cuesta debido a lo que exigimos nosotros mismos, o esa parte de nosotros que prefiere un modelo productivo y una regulación que no se lo ponga fácil a quien quiera construir, sea un promotor privado o una alcaldía valiente.

En sí mismo, este diagnóstico me interesa para el problema de la vivienda, pero también porque es en cierta medida generalizable. Estamos atrapados en un bucle de suma cero: pasamos más tiempo ordenando filas que imaginando y materializando soluciones que amplíen las oportunidades para la mayoría. Este enfoque es especialmente paradójico para quienes se autodefinen como progresistas: ¿dónde está el progreso en gestionar la escasez? La justicia no consiste en repartir turnos de manera (pretendidamente) equitativa, sino en construir una abundancia que no pueda acapararse. Si, de entre todas las decisiones que podemos tomar de forma colectiva, queremos escoger las que más impacten en la vida de las personas, la primera prioridad es atender sus condiciones materiales, y la mejor vía para ello no es quedarnos atrapados en debates sobre a quién sacamos de la fila o a quién dejamos pasar primero, sino centrarnos en cómo podríamos evitar que existiera la cola desde el principio.

Tenemos que hacer más cosas concretas, tangibles. Hacer cosas, además, genera más consenso, porque te resuelve una parte de los dilemas entre ganadores y perdedores: no quitas una ruta de bus para poner otra, ni mueves una escuela de un lugar a otro, ni cambias de sitio un proyecto de nueva vivienda. Pones un bus, levantas una escuela, defines un nuevo barrio. Otra parte no te la resuelve, claro: el presupuesto es limitado y hay que elegir qué cosas hacer. Creo que esa es la clase de dilema que queremos tener: en quién o en qué invertimos más.

Volviendo al asunto que nos ocupa: no es conveniente que agotemos el debate en dirimir si el control de alquileres es mejor o peor que dar una ayuda monetaria a las personas que viven de alquiler. Es necesario destinar una parte del debate a esto, porque esas medidas están vigentes y es imprescindible comprobar sus efectos (y lo haré en este libro). Pero ¿no deberíamos estar invirtiendo más tiempo y atención de forma colectiva en decidir dónde crea

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos