El rugido de nuestro tiempo

Carlos Granés

Fragmento

Introducción. El desorden del mundo

INTRODUCCIÓN

EL DESORDEN DEL MUNDO

En uno de los poemas de Tout à Coup, un libro publicado en 1925, el poeta Vicente Huidobro se inventaba para sí mismo un oficio o una especialidad maravillosa: encontrar las horas que ha perdido su reloj. Quizás así se veía, como alguien que rastreaba la locura del mundo, que la celebraba, incluso. Y aunque bien podría aducirse que en general eso es lo que hacen los poetas, tal vez esa especialidad o ese oficio, al menos en lo que atañe a escrutar la locura del mundo, encaje más con el de los ensayistas. Si después de una fiesta le corresponde a alguien, el único sobrio, limpiar los estropicios que deja la euforia, una vez se deshace el remolino de la actualidad, de la noticia y del escándalo, le toca al ensayista ver cómo han quedado la vida y las sociedades, a dónde diablos ha ido a dar la racionalidad política o en qué anda la creatividad artística. Como la del forense, aunque no con un cadáver sino con materia viva, su misión es hacer un corte en la trama de los días para echar un vistazo e identificar las horas que andan a destiempo o las que avanzan desbocadas, lo mucho o poco que se ha desordenado el mundo. Y 2025, cuando el nuevo milenio cumple su primer cuarto de siglo, parece un buen momento para hacerlo.

Tres son los temas, o mejor sería decir problemas, quizás dilemas, que abordaré en este ensayo. En todos ellos entran en juego la cultura y la política, las batallas culturales y las trifulcas políticas a las que asistimos en el presente, pero es en el primer capítulo donde más claramente se observan sus cambios y tensiones. En la política y en las artes han pasado cosas que no hubiéramos creído posibles: mientras los presidentes convertían en rockstars, trols y performers, los creadores asumían la misión de señalar los males del mundo. Tal vez no haya una paradoja más notoria en el mundo contemporáneo, nada que produzca más perplejidad o confusión. La cultura, que solía ser el campo de la experimentación y del libertinaje, está ahora asediada por cuestionamientos morales. Y la política, que solía ser el campo de la responsabilidad y del compromiso moral, ahora tiene licencia para polarizar, dividir y sembrar el odio entre los ciudadanos. Un novelista se mete en problemas si aborda temas sensibles, como el infanticidio, pero nadie cancela a un político que arroja carroña a sus votantes para que lleguen convertidos en hienas a las urnas. A los líderes se les permite rugir y usar como materia prima las bajas pasiones, traficar electoralmente con el rencor y dividir el campo político entre amigos y enemigos; a los artistas, en cambio, se los sienta en la primera fila a que presten atención a las lecciones del profesor de ética contemporánea.

En el segundo capítulo, la lente se cierra un poco y se centra en América Latina, aunque también, por contagio, aborda la actualidad de España. El asunto vuelve a congregar a la política y el arte, pero de un modo distinto. Para ser exactos, invoca y describe a los políticos que se creen artistas, a esos líderes mesiánicos que se ven a sí mismos como creadores de naciones o de pueblos, refundadores de patrias y emancipadores de estirpes condenadas. No se puede decir que esto sea algo nuevo, lamentablemente. El caudillismo providencial ha sido una de las pestes más persistentes de América Latina, que se renueva de generación en generación con cepas cada vez más delirantes y lisérgicas. Aquí exploraré la última camada de redentores latinoamericanos, la de los líderes que ocupan o acaban de dejar el poder en México, Colombia, Chile, Argentina y El Salvador; presidentes que, independientemente de su orientación política, se creyeron destinados a cambiar la historia de sus naciones.

Para finalizar, el tercer capítulo vuelve sobre el desorden del mundo contemporáneo, y sobre las dudas existenciales que persiguen a españoles y latinoamericanos, es decir, a los hispanos. ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Pertenecemos a la civilización occidental? ¿Somos herederos de Grecia y Roma o venimos de linajes distintos? Como era de esperar, en un mundo que se desordena, esta discusión cobra relevancia y adopta posturas radicales y extremas. Al menos tres rugidos se oyen en el horizonte. El primero, el decolonialista, intenta separar a América Latina de España, incluso de Occidente, porque considera que de allí, de esa civilización que colonizó el Nuevo Mundo, llegaron todos los vicios que corrompieron a las estirpes nobles que no sabían qué era la esclavitud ni la transfobia. El segundo, el rugido panhispanista, vincula a Latinoamérica con España, recalca los elementos culturales que compartimos, la lengua y la religión

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