Mitólogos

Toni Aira Foix
Toni Aira Foix

Fragmento

cap

Ten mucho cuidado, no permitas que la luz del día entre en la magia.

WALTER BAGEHOT

Cada época puede utilizar imágenes arquetípicas para acopiar renovadas fuerzas.

WILLIAM BLAKE

NEOPTÓLEMO: La historia dice que moriste en el campo de batalla. Tenemos tu retrato en una jarra de vino.

FILOCTETES: Bien, pues no os creáis todo lo que os inventáis.

SÓFOCLES, Filoctetes

La suerte es donde confluyen la preparación y la oportunidad.

SÉNECA

El personal es política.

ELIZABETH WARREN

El objetivo de este libro

Friedrich Nietzsche afirmó que toda palabra es un prejuicio y que cada una tiene su propio olor, pues existe antes de ser pronunciada, y es ahí donde radica su poder. Si viviera hoy, habría expresado lo mismo, aunque quizá poniendo las imágenes como protagonistas.

Esta conexión de ideas me vino a la mente al releer La seducción de las palabras (2010), en la que Álex Grijelmo escribe: «Todo el idioma está integrado por un cableado formidable del que apenas tenemos conciencia, y que, sin embargo, nos atenaza en nuestro pensamiento. Pensamos con palabras; y la manera en que percibimos los vocablos, sus significados y sus relaciones, influye en nuestra forma de sentir».

Quince años después —que, en términos de comunicación, parecen siglos— la realidad se ha transformado: ya no pensamos solo con palabras, lo hacemos sobre todo con imágenes. Son ellas las que ahora ejercen el mayor impacto en nuestros sentimientos, nutriéndose de un inconsciente colectivo cuyas raíces se hunden en lo más profundo de la historia.

Este libro se adentra en ese sustrato, fruto de una inquietud que he cultivado durante más de dos décadas: arrojar luz sobre el arte (y los artistas) de lo invisible. Porque todos reconocemos el poder manifiesto de las imágenes, pero pocas veces reparamos en la fuerza silenciosa que albergan. En gran medida, su capacidad de influencia radica en aquello que permanece oculto a la percepción consciente del espectador, pues el poder del lenguaje visual puede ser utilizado para elevar el pensamiento, pero también para explotarlo con intenciones menos nobles. Por eso, comprender su alcance y sus códigos permite que podamos reducir nuestra vulnerabilidad ante la manipulación. Desentrañar la seducción que emana de las imágenes exige desvelar las claves que, a lo largo del tiempo, han modelado su impacto.

Grijelmo tiene razón cuando afirma que nada podrá medir el poder encerrado en una palabra, a lo que añado: tampoco podemos imaginar el poder que reside en las imágenes, que, como suele decirse, valen más que mil palabras. Así como el lenguaje madura y se expande en la inteligencia, las imágenes echan raíces en la memoria colectiva; se insertan en nuestros sentimientos, habitan en el alma y permanecen latentes hasta que, en determinados momentos, despiertan con renovada intensidad, emergiendo con la fuerza de los recuerdos dormidos. Lo que Grijelmo describe sobre la seducción del lenguaje verbal también se puede aplicar a las imágenes: su espacio en la historia es vasto e inconmensurable porque, al igual que las palabras, encierran significados muchas veces inaccesibles a la razón consciente, aunque encuentran un eco inmediato en el inconsciente. Es desde ahí que operan con eficacia.

Del mismo modo que Grijelmo sostiene que el lenguaje posee un mecanismo de transmisión análogo al genético, en este libro demostraré que esto también ocurre con las imágenes: su sentido se ha recontextualizado a lo largo de los siglos, conservando en su núcleo un relato implícito que sigue ejerciendo influencia. A través de esta cadena de significados, las imágenes han sido empleadas con fines diversos, ya sea para iluminar o para manipular, apelando siempre a ese mensaje subliminal que actúa sin necesidad de argumentación.

Desde otra perspectiva, en Elogio y refutación del ingenio, José Antonio Marina plantea que las palabras tienen su propio inconsciente y pueden ser psicoanalizadas. La misma lógica puede aplicarse a las imágenes: su análisis permite desentrañar los códigos del inconsciente colectivo de sociedades enteras, en especial para nosotros, las occidentales.

Las imágenes icónicas no son producto del azar; han sido modeladas a lo largo del tiempo con inteligencia y cálculo, acumulando durante siglos un sedimento emocional que las ha acompañado a lo largo de su historia. Como las palabras, las imágenes no solo comunican, también evocan. Lo señalaba Yolanda Fernández Acevedo: «El lenguaje no es un producto, sino un proceso psíquico; y estudiar este proceso es estudiar la psique humana». Pasemos, pues, por ese diván, explorando nuestra relación con el lenguaje visual, examinando la historia acumulada en imágenes que han atravesado múltiples usos y los vínculos que las entrelazan. Porque el impacto de una imagen es el resultado de experiencias y costumbres que, con el tiempo, se han consolidado en nuestra percepción. Como las palabras, las imágenes tienen una vida larga y expansiva.

Por otra parte, en Logoi. Una gramática del lenguaje literario, Fernando Vallejo escribe: «El idioma no se inventa, se hereda», y del mismo modo que la literatura contemporánea es deudora de textos como la Odisea o la Ilíada, las imágenes de hoy beben de las que las precedieron. Pero ¿sucede con todas las imágenes? No, si bien algunas han adquirido un poder seductor que trasciende generaciones. Son imágenes que se heredan a sí mismas, que incorporan la carga simbólica que cada época les confiere, unidas por un vínculo resistente. Más que persuadir, las imágenes seducen, pues la persuasión implica resistencia, por pequeña que sea; en cambio, la seducción no busca que el receptor comprenda, sino que sienta: no apela al intelecto, sino a la emoción. Es ahí donde reside su poder.

Este libro plantea una exploración profunda del mecanismo de seducción que encierran ciertas imágenes, aquellas que despiertan percepciones enraizadas en la historia de los afectos más que en la lógica del razonamiento. En él me propongo analizar el modo en que los estímulos visuales activan resortes internos que desencadenan respuestas emocionales y cómo tanto el poder como cualquier individuo que comprenda sus claves puede utilizar ese proceso, de manera meticulosa y hasta profesional, en beneficio propio. Porque, al final, el lenguaje de las imágenes puede ser manejado por todos.

Una última advertencia antes de embarcarnos en este recorrido: ni la seducción ni la fascinación son intrínsecamente buenas o malas, es decir, se pueden emplear tanto para fines nobles como perversos. No se trata de demonizar estos procesos, sino de entenderlos, de conocer sus mecanismos para así desenmascarar la manipulación y también utilizarlos para comunicar con eficacia.

Las herramientas están sobre la mesa; el lector decidirá cómo usarlas. Porque si bien este libro aspira a iluminar, no se responsabilizará de quien decida transitar la senda de la manipulación. No es ese, desde luego, su propósito.

Introducción

Sin mitos no hay paraíso

Roland Barthes, autor de Mitologías, odiaba lo ceremonioso y nos enseñó a leer desconfiando de la intención del autor. Sin embargo, muy a su pesar, esa obra acabaría convirtiéndolo también a él en un mito, en el pensador que cambió el curso de las ciencias sociales en la segunda mitad del siglo XX. Murió atropellado en 1980 cuando volvía a casa después de un encuentro con François Mitterrand, quien poco más de un año después acabaría siendo el presidente de Francia que mejor alimentaría la mitomanía a su alrededor. Mitterrand, a quien sus contemporáneos apodaron la Esfinge, cultivó como pocos el misterio en torno a su figura personal y política.

Durante más de treinta años como notable en la escena política francesa, Mitterrand destacó por autorrepresentarse a la perfección y, claro está, con intención. A diferencia de Barthes, él sí construyó a conciencia su propio mito. La Esfinge. Imperturbable, contra viento y marea. La mitología egipcia y su influencia simbólica son indiscutibles, y ejemplo de ello es la Gran Esfinge de Guiza, que con cabeza humana, la del faraón, y cuerpo de león, erigida para simbolizar el poder de este y del imperio, permanece aún impertérrita frente al paso del tiempo. Quizá de ahí la imagen escogida por los franceses para representar a Mitterrand.

En el caso de Occidente, la mitología griega sigue alimentando el imaginario del poder para influir en la gente, en forma de imágenes que, a lo largo de los siglos, se han incrustado en la memoria colectiva de la civilización occidental y han dejado una huella de la que las nuevas (e incluso no tan nuevas) generaciones del carpe diem, del adanismo y del «no memorices, búscalo en Google» han hecho las religiones seculares a las que se antoja cool seguir.

DE LA MEDIA NARANJA A LAS VELAS DEL PASTEL

Pero modas y religiones pasajeras aparte, el ser humano siempre ha buscado respuestas a su origen, a la realidad y a la naturaleza; de ahí que Heráclito, uno de los grandes pensadores de la Antigüedad, formulara el aforismo «un hombre no se baña dos veces en el mismo río», porque el flujo constante del agua, aunque se nos presente siempre igual, nunca es el mismo. Resulta indiscutible que pocos postulados siguen tan vigentes (y reivindicados) como la defensa de Heráclito de que la gran verdad de las cosas es el cambio constante. Querámoslo o no, todo fluye, nada es igual para siempre.

Sí, nada permanece, aunque en el sustrato persiste un hilo conductor: nuestra cultura, cambiante, en evolución o involución constante, con una arquitectura de referencias que parecen eternas entre lo más elevado y lo más trivial. Veamos un ejemplo. ¿Quién no ha escuchado que en alguna parte está nuestra otra mitad, nuestra media naranja, esperando por nosotros? El origen de esta frase lo encontramos en Aristófanes, quien nos dice que fuimos separados de nuestra otra mitad por un rayo de Zeus, lo que nos condenó a buscarla para aliviar el dolor de la separación.

¿O cuántos de nosotros, al soplar las velas, reconocemos que en esta forma de celebrar el cumpleaños permanece el modo en que los antiguos habitantes de Grecia veneraban a una de las diosas del panteón griego? A Artemisa se le ofrendaba un pastel que representaba la luna y, para iluminarla, encendían velas a su alrededor. Este ritual finalizaba con diferentes peticiones a la diosa. Suena familiar, ¿verdad?

Veamos un último ejemplo que también nos es común y nos llena de ilusión: el 25 de diciembre como la fecha del nacimiento de Jesús, un artificio de la tradición cristiana diseñado por el papa Julio I, y que culminó su sucesor Liberio, a partir de una celebración que ya existía: el nacimiento del dios Apolo y las Saturnales.

Estos son solo algunos ejemplos de muchas otras «realidades de nuestro tiempo» que iremos desgranando en este libro. La mitología permanece; es un hecho que los mitos siempre han funcionado y que seguirán siendo útiles a todo aquel que quiera, mediante ellos, grabar en la mente de la gente (no solo desde el poder) una historia, ya sea individual o colectiva.

TECNOLOGÍA EN FORMA DE RAYO DE ZEUS

Volviendo al principio de esta introducción, para proyectar su imagen con fuerza, como tantos otros antes que él en la arena política y más allá, el astuto François Mitterrand hizo un mito de sí mismo. Hoy en día, pasadas las décadas, en la era del teléfono móvil omnipresente, una nueva generación de ciudadanos se ha convertido en protagonista, realizadora y distribuidora de su propia autorrepresentación, sin necesidad de ostentar ningún cargo ni de nutridos equipos de asesores. Porque hoy todos contamos con el poder de una tecnología —con el poder del rayo de Zeus de fondo— que llega donde pocos antes imaginaron.

Vivimos una época de individuos que han mutado en medios de comunicación de sí mismos, creando canales temáticos sobre su vida o, más precisamente, sobre una interpretación de lo que desean ser a ojos de los demás. Ya lo dijo el empirista George Berkeley: esse est percipi, «ser es ser percibido». Pero si la democratización y el dominio de la tecnología han puesto estas herramientas al alcance del ciudadano medio, ¿qué no habrán hecho posible a lo largo de la historia para quienes construyen la realidad política y el poder?

Profesionales dedicados a la (auto)representación del poder han existido siempre, utilizando las técnicas de comunicación y propaganda más eficaces del momento para persuadir a las grandes audiencias. Los pioneros se remontan a aquellos que les susurraban al oído a reyes, césares y emperadores en la Antigüedad. En El poder en escenas el sociólogo francés Georges Balandier describió cómo el poder se teatraliza para legitimarse y conquistar a su audiencia. No solo se ejerce, también se representa en una serie de rituales y símbolos que buscan seducir y convencer. La modernidad tecnológica ha elevado estas representaciones a cotas sin precedentes, en las que el grado de persuasión es más sofisticado y penetrante que nunca. Así, los profesionales dedicados a la (auto)representación de hoy disponen de algoritmos, datos e inteligencia artificial que les permiten ser extremadamente eficaces a la hora de idear, distribuir y viralizar historias cargadas de intención: convencernos de algo, engancharnos a alguien, construir mitos y hacernos amar aquello que primero gobernará nuestras emociones y luego nuestra vida.

LA MANIPULACIÓN DEL INCONSCIENTE COLECTIVO

Edward Bernays, el padre de las relaciones públicas, defendía que «la manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones de las masas es un elemento importante en una sociedad democrática». Y remataba: «Aquellos que manipulan este mecanismo no visible de la sociedad constituyen un gobierno invisible, que es el verdadero poder gobernante de nuestro país». Esta afirmación resuena hoy más que nunca.

Sabemos desde hace tiempo (aunque lo ignoremos a conveniencia) que nuestra mente es moldeada, nuestros gustos formados y nuestras ideas sugeridas. El perfeccionamiento de estas técnicas y la falsa creencia de que la comunicación está ahora fuera del control de unos pocos nos han hecho bajar la guardia. Así, muchos ciudadanos siguen adorando, incluso idolatrando, a líderes a los que durante un tiempo mitifican. Más rápido que antes, como casi todo hoy en día, llegará la desmitificación. Para entonces, estos mitos vivientes y quienes los construyen a ojos de los demás ya habrán conseguido muchos de sus objetivos. Uno de ellos, sin duda, acceder y mantenerse en el poder.

Roland Barthes analiza en Mitologías cómo los mitos contemporáneos se construyen y se naturalizan en la cultura de masas. Según él, son herramientas ideológicas que transforman la historia en naturaleza, haciendo parecer como naturales y eternas ciertas construcciones culturales —nuestros reyes y gobernantes, por ejemplo— que en realidad son históricas y contingentes.

LA ICONOFILIA QUE NOS HACE NIÑOS

Así como el caballo que los troyanos permitieron que entrara en la ciudad era una trampa, un espejismo que en vez de representar un gesto de buena voluntad por parte de los aqueos ocultaba una intención saqueadora, las imágenes que hoy consumimos están cuidadosamente diseñadas para atraer y mantener nuestra atención, y ocultar las verdaderas intenciones que esconden. Pero ¿quiénes son esos constructores de mitos contemporáneos y cuáles son las imágenes más icónicas y atractivas que han clavado en nuestras retinas? ¿Con qué mitología de referencia operan? ¿Cómo y por qué son icónicas las escenas de la familia real británica en el palacio de Buckingham? ¿Por qué los políticos más populares (o populistas) son antes celebrities? ¿Por qué se envuelven en banderas, incluso en forma de chándal? Estas son maneras, como dice Jorge Carrión, de «escribir con imágenes» para esa humanidad que él bien apunta que ha regresado a la infancia. También Milan Kundera lo resumía cuando nos negaba la condición de Homo sapiens sapiens para redescubrirnos como una nueva especie, Homo sentimentalis, que, configurada por las generaciones que más acceso han tenido a la formación y a la información, ahora es más susceptible de ser apelada a través de la emoción.

Sin saber leer, en el sentido más profundo de la palabra, nos movemos por sensaciones, por instintos, por la pulsión de satisfacer nuestras necesidades más primarias o bien, de lo contrario, nos indignamos y lo mostramos sin tapujos, mecánica, compulsivamente, rápido, atropellados, como casi todo en estos tiempos del scroll infinito que ante nuestros ojos nos reclama cambio, cambio y cambio, sin saber exactamente por qué o para qué, pero necesitándolo, sintiendo que lo necesitamos. ¿Hay alguien que nos empuje a sentirlo así? O, como mínimo, ¿los hay que sepan aprovecharse de este estado de las cosas? Sería absurdo pensar que no. Tal como somos, lo servimos en bandeja.

Carrión lo describe de una manera inmejorable: «El planeta entero parece estar regresando, con la expansión imparable de formas gráficas de comunicación, arte y entretenimiento, a una relación eminentemente visual con el mundo». ¿Cómo? «Desde los videojuegos o el intercambio cotidiano de emoticonos y stickers, pasando por la gran circulación de los memes, la búsqueda de imágenes en Google, el uso conversacional de la fotografía en WhatsApp o la abundancia de autorretratos y paisajes en Instagram, todo apunta hacia la constatación de que la iconofilia ha llegado para quedarse». Ha llegado, pues, para ponerse al servicio de quienes quieren mover, en una dirección determinada, a una parte concebida como público objetivo de entre esta humanidad que ha regresado a la infancia y que se activa, sobre todo, por lo que se representa ante sus ojos.

Luis Arroyo, uno de los asesores españoles con más práctica y reflexión sobre su negociado, explica en El poder político en escena que la política moderna es, en gran medida, una cuestión de escenificación y simbolismo. Los políticos, como actores en un escenario, deben proyectar una imagen que resuene con el público, utilizando símbolos y gestos que refuercen su mensaje y atractivo. Utilizando, añado, construcciones que apelen y conecten con lo más profundo de nuestra cultura y que partan de estereotipos que entendamos y que hayamos ido reproduciendo desde la Antigüedad. La mitología griega es, en este sentido, una mina de oro.

LOS MITÓLOGOS DEL PODER

Pero ¿qué entendemos por mito? Joseph Campbell, autor de El hombre de las mil caras y uno de los grandes filósofos, mitólogos y antropólogos del siglo XX, lo definió magistralmente como «una historia que se cuenta para explicar el mundo y la experiencia humana, a menudo involucrando dioses, héroes y fuerzas

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