1
Ropa de encaje o una historia de muertos
El día que murió la abuela tomamos sopa. Es lo primero en lo que pienso cada vez que vuelvo a aquella mañana de febrero. El mantel blanco del mesón con la servilleta de tela a juego extendida sobre mi regazo, el caldo humeante sobre la mesa, quemarme la lengua a sorbos ansiosos. El olor del cocido impregnando cada rincón de un comedor vestido de etiqueta. Las risas, los brindis en recuerdo de.
Llevaba un vestido negro de invierno. Era corto, de encaje, con una abertura redonda en la espalda a la altura de los omoplatos. Lo había comprado unos meses antes, para Nochevieja. La noche anterior me di cuenta de que también era del color del luto y entonces lo bajé de la percha, saqué unas medias oscuras y lo coloqué en la silla junto a la cama. Casi nunca preparo la ropa del día siguiente, pero una siempre quiere estar guapa en las ocasiones especiales. Sobre todo cuando tienes dieciséis años.
En ese momento todavía no lo sabía, pero llevaré ese mismo vestido en otros dos entierros más. Una mortaja en vida para despedir los cuerpos de los otros. Una prenda que, con el peso de mis muertos, también me acompañará a cenas, citas e incluso entrevistas de trabajo. Ese vestido, ya viejo y que aún me pongo, cumple un único requisito: me sienta bien.
Lo que no recuerdo es qué llevaba puesto la tarde anterior, cuando me enfrenté a ella por última vez. Mi abuela paterna es mi primer cadáver. Y no parece ser quien fue, ahí colocadita en su caja tras el cristal como una muñeca de cera. Los pómulos chupados y sus vivaces ojos azules encerrados bajo el párpado y las capas de un maquillaje que no es el suyo. No es el suyo.
El abuelo también se había dado cuenta, hundido en la esquina del sofá amarillo pastel de la funeraria. Tenía la mirada clavada en la vitrina. El bastón, apoyado entre el cojín y su rodilla, estaba a punto de resbalarse y caer al suelo. Pero a él no pareció importarle, tampoco que su nieta se sentara a su lado y escuchara su murmullo en silencio. No le han pintado los labios. No le han pintado sus labios de rojo. No llevaba el carmín que se ponía para ir a misa, para recibir a sus hijos y nietos en las comidas familiares, para evadir la fealdad del cáncer. Era verdad, no le habían pintado los labios. Le habían puesto un color nude, un rosa palo a la mujer que siempre llevó la boca escarlata para sentirse bonita. Y el hombre, su hombre, sacudía la cabeza. Nadie se fijó en su disgusto.
Cuando él muera, cinco años después, seré yo quien lleve labial rojo a modo de homenaje durante la ceremonia. También para distraer la mirada de mis mejillas, que se habrán comenzado a hinchar y a cubrir de acné. Al cabo de un par de meses iré al médico y me dirán que es estrés. Después, que es hormonal. Luego, una mezcla de ambos. Le quitarán importancia hasta que llegue al punto de tener que drogarme. Tomar Isotretinoína a diario durante 365 días. Tendré que huir del sol durante el verano y podría reventarme el hígado. Pero ¿qué es un hígado a cambio de una piel tersa y brillante? Un riesgo que estoy dispuesta a asumir.
En el momento de la despedida de mi abuelo todavía estoy muy lejos de ese punto. Lo entierran como entierran a los hombres, calladamente, sin aspavientos. Aunque él, en su cama de hospital, había confesado que eso de morirse, tras haber atendido él a tantos en su último hálito, le daba un poco de cosa. Se marchó una semana después. Era diciembre.
Cuatro meses más tarde, en abril, muere ella, la última que me quedaba; la madre de mi madre. Para entonces mi cara ya no tenía remedio. Con veintiún años y los mofletes como roscas me había entregado a las pastillas del dermatólogo. Me habían avisado, claro: «Te vas a hinchar, pero si haces deporte y controlas lo que comes, no se te notará mucho, no engordarás demasiado». Aquella fue la principal advertencia. Yo, por supuesto, no comí mejor. Me atiborraba con las patatas fritas que ponían de acompañamiento con el pescado seco casi todas las noches en el comedor de mi residencia de estudiantes. Los viernes siempre tocaba pizza. También me habían prohibido quedarme embarazada. Las consecuencias del tratamiento no es que fueran las más adecuadas para un protohumano. Bueno, pensé, esto no está mal. Así nadie se atreverá a cuestionarme un aborto. Me hicieron firmar un papelito responsable y me preguntaron si me estaba tomando la píldora. «¿Cuál de las dos?». No les hizo gracia. Mentí: «Sí».
Una noche, tumbada en la cama sin poder dormirme, decidí leer el prospecto. Sí, ya sé que debería haberlo hecho antes, pero qué más da. Me habían explicado lo que tenía que hacer y lo que no. Además había decidido que, pasase lo que pasase, me iba a deshacer de esa cara redondeada que cada día se parecía menos a la mía. Yo, que nunca me había pintado la piel más allá de los párpados, ahora me bañaba en pote para cubrir las rojeces de la inflamación con un resultado que hoy calificaría de paisaje montañoso y monocromático. Y encima dejándome los cuartos, porque las bases de maquillaje no comodogénicas no son nada baratas.
Eran alrededor de las dos de la madrugada cuando me levanté, agarré la caja de las pastillas y saqué el folleto arrugado: «El hígado se te puede ir a la mierda». Vale, eso ya lo sabíamos. Debes pasar el verano en modo vampiro. Sí, lo sé. Tenía en mente comprarme un set de pamelas en un bazar para ser la más diva de la piscina. No pasa nada, seguimos: me puedo quedar calva. Mmm, eso no tiene tanta gracia, pero pone que le pasa a muy poca gente, así que vamos a arriesgarnos. Creo que entre la piel y el pelo elegiría el pelo. Siempre me han dicho que es mi mayor atributo, salvo en el colegio. Ahí no. Ahí era el peor. Leo que me pueden salir llagas rojas o grietas profundas en la comisura de la boca o en los labios. ¡Bingo!, ese ya lo teníamos. Aquel año viví abonada a Liposan, aunque no me hicieron nunca el descuento que me merecía. «Puede afectar a su salud mental, en particular signos de depresión (fuerte sentimiento de tristeza o arrebatos de llanto, tentativas de autolesión o alejamiento de su familia o sus amigos)». ¿¡Cómo!? «Es posible que no note algunos cambios en su estado de ánimo y comportamiento, por lo que es muy importante que le diga a sus amigos y familiares que está tomando este medicamento. Es posible que ellos noten estos cambios y le ayuden a identificar rápidamente cualquier problema sobre el que necesite hablar con su médico». Y yo que pensaba que estaba triste porque se me estaban deshaciendo dos abuelos a la vez y porque el chico que me gustaba en ese momento no me estaba haciendo el caso que querría… Aunque él, en realidad, no me gustase del todo. Yo solo quería que me deseara a pesar de mi cara granuda y abultada. Seguir compitiendo en la carrera por ser la más guapa y la más lista. Sobre todo la más guapa.
Dos muertes seguidas, un noviazgo que era como cenar pechuga de pollo con arroz blanco a diario y la jeta hecha un Cristo a consecuencia anticipada de todo lo demás. Aquel, desde luego, no estaba siendo mi año. Por lo menos la ropa me seguía sentando bien.
Eso sí, decidí no volver a leer todos los efectos adversos de ningún medicamento. Por si acaso. Y no, no intenté suicidarme. Aunque sí que es verdad que en esa época estuve a punto de matarme una noche. Pero fue sin querer.

La madre de mi madre murió en la madrugada del 1 de abril de 2018, era Semana Santa. Fue la llamada de su hermana mayor la que nos dio la noticia. Era la más sensible de sus tres vástagas y le había tocado pasar aquellas últimas horas junto a la cama de hospital. Recuerdo el rictus momentáneamente descompuesto de mi madre y aquel en su guardia no. En su guardia no. Pero en su guardia sí.
A ella, a quien de adolescente me decían que le había robado el rostro al crecer sus facciones sobre las mías, yo la traicioné. Vestí de nuevo el conjunto de encaje y luto a pesar de que durante muchos años nos dijera que, el día de su muerte, por favor, no lleváramos una sola prenda de color negro, porque el negro le había robado a ella varios años de infancia.
—Niña, viste de colores y sigue viviendo por mí—. Era fácil, pero yo dije no.
Si pregunto en mi familia, su hija menor me dirá que la pusieron de luto cuando murió su madre, a los tres años. También cuando, a los doce, se le fue el padre después de habérsele ido su hermana mayor. Ella vivía con sus tíos, porque en el verano del 36 se la llevaron al pueblo y allí se quedó en unas vacaciones estivales que le durarían —casi— toda una vida. Una huérfana que no lo era del todo, pero a la que vistieron de negro un año por la hermana y cinco por el padre. Y todos sin salir de casa. Las amigas iban a verla y pasaba los recreos sin pisar el patio, entretenerse con un libro o la nada. Una niña que no podía salir a correr, saltar, mancharse.
Ella, que enviudó con poco más de cuarenta años, no volvió a vestir nunca de ese color. El traje de misa de los domingos era dorado con iridiscencias rosas; la bata de casa, turquesa; la sombra de ojos, verde. El rímel, marrón. El sexo, inexistente.
—Ni mis amigas ni yo hemos tenido nunca un orgasmo, ni siquiera nos lo planteábamos. La mayoría solo hemos estado con un hombre. Supongo que nos hemos perdido algo —me soltó en una ocasión, como quien dice que ha preparado estofado para comer, mientras yo la miraba estupefacta, sorprendida de que una mujer tan pudorosa de su intimidad comentara algo así en voz alta. No volvimos a hablar del tema.
Pensé en ella ese día por la mañana, frente al espejo, con la cara lavada y enrojecida y el bote de maquillaje en la mano. Pensé en ella mientras me tapaba meticulosamente todos los granos asentados en la parte baja de mi cara. En todo lo que no hizo, en todo lo que le hicieron no desear, en todo lo que deseaba yo. Pensaba en ella mientras me enfundaba mi uniforme para velar muertos. Pensé en ella mientras me miraba el culo. Me maquillé los ojos muy fuerte, mezclando sombras oscuras y brillantes. El delineado color marrón, los labios desnudos y las mejillas cargadas de polvos color carne. Color mi carne. Me guardé la cajita en el bolso. Intuía que iría muchas veces al baño para retocarme.
El entierro fue bien. ¿Hay alguno que vaya mal? El día había amanecido gris e hizo frío. Acudió poca gente, habíamos llevado el tema con discreción y en sus últimos dos meses habíamos evitado las visitas. No hay imágenes de su decrepitud. Ella era coqueta, a veces pienso que la protegimos. Otras, que le cercenamos los adioses. Me gusta decantarme por la primera opción.
De aquel día recuerdo los besos. Los besos y el escozor constante de unas mejillas en carne viva. Que te baboseen la cara entera como una muestra de empatía por tu dolor es algo que no me termina de convencer. Un hombre gordo, rosado y bajito fue uno de los últimos en restregarme su ADN. Se detuvo un instante antes de hacerlo y me miró algo confundido:
—Tienes… tienes algo en la cara—, me dijo y extendió la mano para tocarme los bultos rojizos que asomaban bajo los restos de mi maquillaje. Quise sacarle los ojos.
Al día siguiente salí de fiesta. Besé al chico que no me gustaba tanto y al que yo tampoco le gustaba tanto y me aburrí en su cama individual y estrecha. Él me decía que no me preocupase, que estaba guapa. Me pasé un año entero preguntándole a la gente si estaba guapa, si los granos me quitaban el atractivo. Si mis brazos, mi cara y mi barriga inflados me habían arrebatado el pasaporte al mundo de los bellos. Si alguna vez había contado con ese pasaporte. Probablemente no haya nada menos atractivo que eso: preguntarle al otro si eres suficiente. Y yo fui muy poco atractiva durante un año, seis meses y quince días. Dos últimas semanas de espera en las que tu cuerpo elimina el medicamento y tu hígado se prepara para el festín al que lo vas a someter. Me dije que no iba a volver a beber, que no lo había pasado tan mal yendo a cervezas sin alcohol y que, además, el alcohol son calorías vacías y es malo para piel. La primera noche que pude hacerlo salí a cuatro patas de aquel bar.

Pero aún estamos muy lejos de entonces, estamos en otra fiesta. Una quedada universitaria del Colegio Mayor donde viví (casi) toda mi vida universitaria. Había ido con mi amiga Gabriela, la única persona a la que le gustan los hombres tanto como a mí. La única persona que dice que eso es mentira, que ella no es como las demás, mientras te acuchilla con sus ojos azules. «No te atrevas a llevarme la contraria», dice. Tú te callas, claro, porque tampoco eres como las demás. Somos otra cosa, somos más listas, más lindas, tenemos más gracia y nos acabaremos despreciando la una a la otra. Pero, insisto, todavía faltan unos meses para eso.
Es noviembre, hace frío y estamos en una terraza techada sorbiéndonos los mocos, sujetando un botellín con dedos temblorosos mientras hablamos con ellos. Son nuestros compañeros, nuestros amigos de la residencia, «¡Colegio Mayor!», me corregirán. Bueno, eso, lo mismo da. Son amigos un poco impuestos, la verdad. Nos han tocado porque pertenecemos al mismo círculo. Somos suyas y ellos son nuestros. Algo así nos dieron a entender quienes se consideraban nuestros veteranos un par de años atrás. Y, claro, yo soy un animal de costumbres. Así que aquí estoy, con mis amigos. Me caen bien, son majos. Lo suficiente como para echar un rato. Hemos llegado con otro par de colegas, pero enseguida las perdemos en el fondo del bar. Quedamos Gabriela, yo, los chicos de siempre y alguien nuevo.
—Es mi primo Edu —dice Guille, un estudiante de medicina aficionado a llevar los pantalones un par de tallas menos de lo que debería. Le miro la carne al descubierto y pienso que debe de tener unos tobillos de acero, a prueba de inviernos.
Edu sonríe, es alto y lleva gafas. Ni guapo ni feo, normal. Probablemente no me hubiera dado cuenta de su presencia si no me lo hubieran puesto delante, si no fuera la novedad del lugar. Si no fuera porque se ha quedado hablando conmigo y no con Gabriela, que chasquea la lengua, tuerce el morro y mira el fondo de su cerveza sin alcohol como si fuera lo más interesante que ha visto en todo el día. Su fastidio me da placer.
Ella tampoco bebe, aunque no está tomando ningún medicamento. Es lo primero que dice cuando aparece una persona nueva. Abre mucho sus enormes ojos y dice «Yo, es que no bebo. No me hace falta», y entonces enseña todos sus dientes. Siempre está a punto de añadir que es porque es más divertida e interesante que todos los demás, pero Gabriela estudia filología hispánica y le encantan las elipsis.
Edu lleva un rato hablándome, acodado sobre el poyete de la ventana. No tengo ni idea de qué me está contando, pero le sonrío. Él se va inclinando poco a poco sobre mí, me acaricia la mandíbula llena de granos. No parecen importarle. Me pregunta si puede besarme. Le digo que no.
Oh, Edu. Esto es lo más bonito que me ha pasado en todo el año.
Al día siguiente estoy en una nube, todavía no soy invisible. Bajo al comedor flotando. Me he maquillado antes de salir de mi habitación, eso sí. En chándal. Con el pelo sucio, pero con las mejillas cubiertas.
Hace tres años que aprendí a comer allí. Debo evitar el queso y la fritanga. Todos los días hay patatas fritas de acompañamiento y mucho queso. De postre, fruta inmadura o dulces. Al principio lo cogía todo todos los días, porque un día es un día, hasta que deja de serlo. Es la prueba de fuego por la que pasan las nuevas en el primer año de residencia: el comedor. Muchas engordan, otras languidecen por no comer. Casi nadie mantiene su cuerpo tal y como era antes.
Gabriela nunca tenía hambre. Siempre bebía tres vasos de agua antes de cada comida. Decía que lo hacía para hidratarse. Yo asentía con la boca llena de culpa y grasa. Su mirada, reprobatoria, se clava en la montaña de mi plato.
Aquella mañana tocaba sopa de fideos y trucha reseca rellena de beicon y queso acompañada de patatas fritas. Gabriela apenas dio un par de sorbos sin probar la pasta y desmenuzó y esparció el pescado por el borde del plato mientras hablaba muy deprisa. Un trampantojo para que nadie la molestara. Yo no la molesté, cogí el bol con el caldo, me lo acerqué a la cara e inspiré hondo. Cada vez que huelo a sopa pienso en mis muertos. Y, a veces, cuando pienso en sexo, pienso en la madre de mi madre y en todo lo que no.
2
Niña, siéntate bien
Don Federico mató a su mujer,
la hizo picadillo y la echó a remover.
Canción popular infantil
Una tarde, cuando tenía nueve años, mi primo mayor me dijo que había encontrado una revista debajo de la cama de sus padres. En la portada salía una mujer desnuda que estaba haciéndose el amor ella sola. Con una mano. Le había parecido una cosa rarísima. Unas horas después, esa misma noche, me masturbé por primera vez. Creo que en ese momento dejé de ser una niña; mucho antes de que me bajara la regla, mucho antes de que me lo dijeran los otros. Fue entonces, en aquel octubre de infancia, cuando empecé a guardar un secreto. Cuando me sentí sucia por primera vez.
Ya había comenzado antes, claro. Recuerdo un viaje al norte con papá, mamá y el niño, que aún no había dejado de ser bebé. Una criatura que se desparramaba sobre una sillita que casi se le había quedado pequeña. Íbamos a la playa del norte. Una pareja de interior que pasaría una semana de vacaciones en el apartamento prestado de unos amigos para que sus críos pudieran asomarse al mar, escuchar los chillidos de las gaviotas y que el pelo y la boca y la nariz se les impregnaran con el olor y el sabor del salitre. Para que nuestros dedos, regordetes y pringosos de chocolate y nata del helado que acababa de derretírsenos hasta el codo, se agitaran excitados al señalar las olas rompientes contra el acantilado. El primer contacto con la inmensidad.
Siempre he amado el mar. Una querencia postiza para alguien que ha crecido rodeada de planicie y tierra. El olor de los míos es el del pino, la lavanda y el romero. Los pájaros son, sobre todo, de color marrón. Como casi todos los animales que hay por aquí: los conejos muertos que te encuentras al borde del camino, los jabalíes y los corzos perseguidos por los furtivos. Nuestros ríos son estrechos y del color de la arena removida. ¿Cómo es posible echar de menos los lugares que nunca han sido tuyos?
Durante ese viaje en el que me enamoraría de las aguas de los otros, mis padres condujeron por una carretera comarcal, estrecha, con baches y llena de subidas y bajadas, como en una atracción sencilla. Con el ritmo, empecé a sentir el roce del vaquero entre las piernas. Me daba gustito y se lo dije a mi hermano entre risas. «¡Mira! ¡Mira!, ¿no lo sientes?», exclamaba refiriéndome a la electricidad que me recorría el cuerpo y explotaba en la boca de mi estómago. El niño bebé reía y se concentraba a ver si…
Entonces, tras descubrirlo yo unos minutos antes, le dije que si te hacías cosquillas con los dedos sobre la junta del vaquero y entre las piernas mientras se bamboleaba el coche, era mucho más divertido. Estaba casi gritando de la risa, extasiada.
—Para, no hagas eso —dijo mamá.
—Pero ¿por qué no?
—Porque no. No hagas eso y punto. Y no molestes a tu hermano.
No entendí y seguí. Era bien gustoso y divertido y hacía que el viaje no se sintiera tan largo. Tres horas en los tiempos de la infancia equivalen a tres días.
—¡Para ya! —gritó mi padre.
Ahí ya me callé, pero seguí haciéndolo, discreta y algo confundida. «¿Qué tiene de malo?», pensaba sin abrir la boca. Mi padre, como muchos padres, como muchos hombres, nunca dice nada. Nunca siente nada. Una boca apretada en una línea que sobresale, una mirada dura y poco más. Parece una figura inmutable de brazos y manos y espalda enorme. No reacciona hasta que, sin avisar, y por algo chiquito, como que alguien no ha fregado bien una sartén o la entrada de la casa está llena de tierra porque has vuelto a entrar y a subir las escaleras con las botas de la calle y cuántas veces te tengo que decir que las botas te las quitas en la puerta, explota. Es un volcán temible de voz grave que te atraviesa y se queda retumbando tras las costillas. Si no tuviera pólipos en las cuerdas vocales y supiera afinar, podría trabajar como barítono en la Ópera. Y nosotros tendríamos más dinero, eso seguro.
La ira del padre provoca la estampida y el refugio. Lo aprendemos bien y lo aprendemos pronto. Tardamos más en darnos cuenta de que no es ira, sino emociones reprimidas. Son sus silencios y sus dolores los que salen a borbotones en el peor momento. Silencios que, al principio, no nos importaban. Pensábamos que no hacía falta decir nada más. Quizá debimos decir algo más.
Me di cuenta de que lo suyo era nerviosismo y pérdida de control por no saber qué hacer en la adolescencia, cuando empezaron a entrar chicos a casa. Cuando, muy despacito, me crecieron las tetas y el deseo se convirtió en el motor de mi vida. Todo lo que he hecho desde entonces ha sido para gustarle más al otro, a los otros. Para dominar su placer. Y de paso el mío.
Pero, de momento, lo que estaba tratando de dominar esos días era el tiempo en el que tardaba en devorar un helado. Algo que, por el estado de mis brazos y mi camiseta, aún no se me daba demasiado bien. Siempre con los morros, los dedos y la ropa pegajosa mientras mi madre frotaba, amorosa, los envites grasientos contra su vestido recién planchado. Una niña con el pelo lleno de quiquis perfectos, endomingada y completamente sucia en cuestión de minutos. Al tercer cambio de ropa en un mismo día, mis padres encontraron la solución: él nos redondeaba los helados. O sea, se comía la mitad, al principio con carita de pena, como haciéndonos un favor. La montaña de chocolate se convertía así en una bolita inofensiva sin posibilidad de rebasar el borde del cono de galleta.
—¡Papá, papá!, ¡redondéame el helado! —gritaríamos contentos durante varios años, corriendo hacia él con nuestra presa en la mano. Y él se sacrificaría, por supuesto. Todo por los hijos. Ella nunca, demasiadas calorías, demasiada grasa para un cuerpo como el suyo. También sería demasiada grasa para un cuerpo como el mío, pero todavía no lo sabía. Era una información reservada para mi catorce cumpleaños.
La noche en que me masturbé por primera vez no relacioné mi hallazgo con lo que se había despertado en mi entrepierna en aquel viaje en coche. Solo pensé que estaba mal, que algo fallaba. En silencio, escuchaba a Porta en el mp4 que me había comprado mi padre meses antes y donde había descargado todas las canciones que le había pedido. Sin hacer demasiadas preguntas. Enchufaba los auriculares y movía los labios al ritmo de «Las niñas ya no comen chuches / ahora comen pollas. / Van a la moda con Samblancat. / Doce años y ya follan. / No es normal, pero es lo que ahora se lleva. / Las niñas de hoy en día son todas unas guarras». Y doce años eran muchos más de los que yo tenía. Con nueve años me mataba a pajas. ¿Las niñas se pueden matar a pajas? Ansiedad. Si nadie se entera, está bien. Si nadie lo sabe, no está ocurriendo.
La primera vez que me dijeron que yo era una chica, y que eso tenía implicaciones directas en mi vida, llevaba un vestido granate que me llegaba hasta la rodilla, leotardos blancos y unos zapatitos negros. Y estaba repantingada en una silla. Era en la sobremesa de una comida familiar. Afuera, el frío. Dentro, un surtido de dulces, pastas y mantecados se desparramaban por la mesa kilométrica cubierta por un mantel de cuadros azules y blancos.
—Niña, siéntate bien. —Mi tía. Me enderecé, cuadré los hombros y dejé que mis extremidades colgaran a ambos lados de la silla—. Así no, cierra las piernas. No puedes sentarte con las piernas abiertas con un vestido. Y sin él, tampoco.
Miré a mi primo mediano, jugando a su Nintendo DS con una pose muy similar a la mía. Nadie le dijo nada. Aunque es verdad que él no llevaba puesto un vestido, sino una camiseta de manga larga y un pantalón vaquero con muchos bolsillos. Cerré las piernas. Al rato se me olvidó, ocupada como estaba de chuparme los dedos, cubiertos de glaseado. Una mirada y las volví a cerrar de golpe.
Me pasé el resto de la tarde concentrada en mi cuerpo, en cómo se abría y extendía en cuanto dejaba de pensar él. Así que decidí someterme a un régimen militar. Estábamos la teniente coronel (yo) contra su rebelde tropa (mis piernas). Abre, cierra, abre, cierra, abre, cierra. Abre. De tanto apretar me acabaron entrando muchas ganas de hacer pis. Salí disparada de la silla hacia el frío de la calle, hacia el retrete, que estaba en una habitación espaciosa pegada al merendero de mis abuelos donde hacíamos las comidas familiares. Un cuarto alargado lleno de trastos que habían usado alguna vez, que quizá volverían a usarse, que cómo vamos a tirarlo si nos harán falta en algún momento. Que quedarían olvidados. La decoración la completaba una pila de leña que ocupaba una pared entera, para la caldera. Y, en una esquina, rodeado por una cortina blanca, como de ducha: el váter.
Me bajé las bragas que llevaba encima de los leotardos para que estos no se me estuvieran resbalando constantemente, las bragas de verdad y apoyé el culo, un poquito solo, en el borde de la taza. Estaba congelada. Tan fría que casi no me salía el pis. Después me subí los pantis hasta los sobacos. Era un truco que me había dicho mamá: cuanto más altos los lleves más tardarán en caerse. Yo era una niña muy alta, pero tenía las rodillas peladas y llenas de cardenales.
Cuando volví,
